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Contraataque a De la Sota
Contraataque a De la Sota
OfftopicporAnónimo2/19/2013

Contraataque a De la Sota Por David Cufré Las disputas entre el gobierno nacional y el de la provincia de Córdoba sumaron ayer un nuevo capítulo. La Anses hizo su primera presentación ante la Corte Suprema de Justicia en respuesta a la demanda que le entabló la administración de José Manuel de la Sota por una supuesta deuda de 1040 millones de pesos. El reclamo es por la suspensión de los envíos de fondos a ese distrito comprometidos en un acuerdo de Armonización Previsional. El gobernador afirma que la Nación lo discrimina y exige ante el máximo tribunal que le reintegren el dinero. La Anses respondió que la razón por la cual dejó de girar los fondos es que la provincia incumple los compromisos asumidos en el convenio, que la obligaban a adecuar su sistema jubilatorio al del gobierno federal y reducir su creciente déficit presupuestario. La Anses, además, advirtió que le iniciará a Córdoba una contrademanda por esos incumplimientos y recusó a uno de los ministros de la Corte, Juan Carlos Maqueda, por ser ex ministro de De la Sota y haber intervenido en el tema cuando ejercía esa función. El conflicto previsional arrancó en agosto del año pasado, con un cruce de acusaciones públicas entre De la Sota y el jefe de la Anses, Diego Bossio. Y siguió con la presentación de la querella por parte del gobierno cordobés ante la Corte Suprema. A mediados de septiembre hubo una audiencia de conciliación de la que participaron el gobernador y el titular del organismo previsional, con la presencia de todos los ministros del máximo tribunal. Como era previsible, no llegaron a ningún entendimiento y la causa empezó a hacer su recorrido. En ese marco, la Anses hizo ayer su primer descargo en el expediente. Como se indicó al comienzo, el organismo rechazó los términos de la demanda por considerar que el gobierno cordobés no cumplió con los compromisos pactados. “Este incumplimiento generó un fuerte desfinanciamiento de la Caja de Previsión provincial, exponiendo a sus jubilados a no poder cobrar sus haberes en el mediano plazo”, alertó la Anses en un comunicado. Pero el ente previsional no se limitó a la defensa, sino que pasó al ataque. En el mismo escrito, planteó una contrademanda a la provincia. Le pidió a la Corte Suprema que fije un plazo razonable para que cumpla con los compromisos asumidos en el acuerdo y advirtió que si el gobierno cordobés continúa en rebeldía, pedirá que el tribunal ordene “la restitución de todas las sumas ya pagadas por el Estado nacional para financiar su déficit previsional, más los intereses”. “De la Sota no ha explicado que en su demanda habla de sólo tres de cada veinte jubilados que viven en Córdoba, y que además son jubilados estatales. Está en todo su derecho a hacerlo, pero es importante entender que 17 jubilaciones de cada 20 en Córdoba las paga la Nación”, señaló Bossio. Del universo de jubilados cordobeses, 486 cobran directamente de la Anses, mientras que 92 mil son los que dependen de la caja provincial. De estos últimos, 16.525 jubilados provienen de los poderes Judicial, Ejecutivo y Legislativo de la provincia y cobran más de 15 mil pesos en promedio por mes. Ese grupo explica el 75 por ciento del déficit de la caja provincial. Bossio insistió en que Córdoba puede pagar el 82 por ciento móvil y el monto de las jubilaciones que quiera, pero no a costa de que se lo financie el gobierno nacional. El acuerdo de Armonización Previsional fijaba una serie de cambios que debía implementar la provincia para reducir su déficit y adaptar su sistema de jubilaciones al nacional. Una de las críticas que le hace la Anses a De la Sota es que autorizó jubilaciones masivas de empleados públicos a los 55 años, lo cual desfinanció el sistema, que hoy presenta un fuerte déficit. En esa línea, la Anses recusó al ministro de la Corte Juan Carlos Maqueda, quien se desempeñó como ministro de Gobierno de De la Sota en el pasado, y entonces su imparcialidad fue puesta en duda

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El manual delictivo de Maslatón - Por Jorge Dorio
OfftopicporAnónimo2/23/2013

El manual delictivo de Maslatón Por Jorge Dorio Bullrich, el modelo y la sinceridad de los delincuentes Un mensaje para todos los productores de granos de la República Argentina, un instructivo que reúne iniciativas fácilmente detectables en el Código Penal, una expresa apología del delito. Análisis del alcance y la significación de este tipo de manifestaciones. La confrontación política no siempre es transparente a los ojos de la ciudadanía. Un aspecto clave en el movimiento público de los grupos de opinión es el vínculo entre los objetivos que se plantean y las estrategias concebidas para alcanzarlos. Por ejemplo: un grupo partidario puede difundir su voluntad de conquistar el gobierno y, exponiéndolo, está en su legítimo derecho. Ahora bien, si el método para lograr esa meta es un golpe de Estado, la propuesta cambia brutalmente de signo y pierde su potencial legal para convertirse en un plan delictivo. Sin embargo, no siempre la cuestión es tan sencilla. Puede ocurrir que un dirigente enumere una serie de acciones que, inocuas y hasta loables en su apariencia, oculten en su ejecución consecuencias nocivas para el conjunto de la ciudadanía. Ese podría ser el caso de quienes reclamaban la implementación inmediata del 82% para las jubilaciones sin aclarar que la medida podía generar un descalabro del sistema previsional echando por tierra la progresiva consolidación alcanzada en los últimos años. Se me dirá que semejante conducta es concebible solamente desde el humor, la estupidez o la locura. Y que la realidad de la vida política no alberga ese tipo de huéspedes. Permítanme presentarles una notable singularidad argentina. El día de ayer, con la estridencia de una propuesta sin maquillaje o condicionamiento ninguno, apareció en el paisaje de la red el siguiente bando: GRANOS, NO PAGUEN LA SOGA CON LA QUE LOS AHORCARÁN Mensaje para todos los productores de granos de la República Argentina. Hoy, como nunca antes en la historia nacional, es legítima la evasión tributaria, aunque el gobierno la repute como criminal. Cada peso que se le pague a la dictadura kirchnerista será malversado y puesto al servicio de la consolidación del régimen. Cada peso y cada dólar que ustedes conserven, será salvado del desastre y podrá ser invertido eficientemente en el momento de la redención republicana, que está más cerca que lejos. Las siguientes actividades convienen a los intereses objetivos de la Patria: 1) Acaparar granos en silos-bolsa; 2) Realizar contrabando sin pasar por la confiscatoria Aduana Argentina, eludiendo retenciones y cualquier otro impuesto; 3) Subfacturar exportaciones; 4) Retener divisas en el extranjero sin liquidárselas a tipo de cambio miserable a la tiranía; 5) Mantener cuentas bancarias o efectivo en el extranjero resultante de sus actividades productivas fuera del conocimiento de la organización hitleriana AFIP. Promoveré personalmente amnistías para todo productor que desarrolle cualquier conducta descripta, si acaso el actual aparato represivo del estado instruyera acciones penales o civiles en contra de quienes con su esfuerzo generan gran parte del producto nacional bruto y son esquilmados para subsidiar a empresarios ladrones que fabrican basura a precios carísimos y que, de remate, necesitan protección aduanera para seguir robándonos cada día del año. Firmado: Carlos Maslatón; CUIT 20-13131163-0. El instructivo que aquí reproducimos reúne iniciativas fácilmente detectables en el Código Penal y por cuya comisión un tribunal cualquiera no tendría mayores problemas en condenar a quienes decidieran sostener el emprendimiento. Lo notable del caso es que el texto lleve la firma de un dirigente y haya aparecido en la página web de una agrupación política que ha remozado su fervor proselitista desde el inicio del presente año electoral. El firmante Maslatón integró las filas del capitán ingeniero Álvaro Alsogaray en tiempos en que los liberales no habían contaminado aún sus huestes con falsos peronistas. Militó en la derecha un iversitaria reunida bajo la sigla UPAU. La agrupación que hoy lo alberga es la UPT, sonora sigla de una corriente liderada por la ex ministra ajustadora de jubilados Patricia Bullrich. Más allá del dislate que supone por parte de una fuerza política hacer pública una expresa apología del delito y el instar a cometerlo, vale la pena detenerse en algunas implicancias clave contenidas en el panfleto. El sistema tributario de una Nación es un instrumento básico en la definición de un rumbo político determinado y del modelo de país que se pretende imponer. Otro elemento determinante es el papel del Estado en la regulación de la vida económica de una comunidad y su actitud y voluntad en la redistribución de la riqueza. Ambos perfiles son los encarados por el vocero del crimen para minar con sus propuestas la arquitectura del modelo nacido con Néstor Kirchner y sostenido consecuentemente por la Presidenta. Pero basta una recorrida por los ítems referidos para notar la coincidencia de ciertas acciones con reclamos y denuncias de algunos sectores de la arena política que, aislados y extraídos del contexto global de una acción de gobierno, han generado más de un traspié pagado ulteriormente por el conjunto der la ciudadanía. Ese es el caso de la Resolución 125 y las retenciones del ámbito agropecuario, disfrazadas en su momento como un ataque a la propiedad privada. La acumulación de granos, las medidas en el plano cambiario y la calificación de la AFIP como organismo “hitleriano” forman parte del mismo conjunto de intereses seriamente afectados por una década en la que después de largo tiempo se han iniciado políticas concretas para reducir la brecha abismal entre ricos y pobres al tiempo que se restañan las heridas letales generadas a la nación toda a partir de las recetas dictadas por los profetas del neoliberalismo. En concreto, la discusión de base que se plantea por fuera de la anécdota es la misma que confronta al modelo sostenido por el Ejecutivo y sus críticos más encarnizados. Dónde reside el poder real, cuál es la lógica que sostiene la administración pública y qué tipo de sociedad se persigue son las preguntas que yacen en la disputa del día a día. La capacidad decisoria del Estado o la voracidad deshumanizada del mercado es, en esencia, una de las alternativas que así se formulan. Lo económico por encima de lo político y la propiedad privada por encima de la democracia son las jerarquías en las que esos núcleos de opositores, tanto los pudorosos como los desembozados, coinciden en sostener. El confeso manual delictivo de Maslatón fue retirado al rato de aparecer. El sincericidio es una práctica en la que los defensores de los privilegios de las minorías nacionales no suelen incurrir. La otra opción es que tal vez se haya tratado simplemente de una identificación errónea entre un militante desbocado y los ancestros de su jefa en tanto vendedores de hacienda. Hay gente que, desde el fondo de la historia, ha estado de remate.

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La película completa - Por Eduardo Aliverti
OfftopicporAnónimo7/23/2012

La película completa Por Eduardo Aliverti La etapa política que vive Argentina se presta a algunas confusiones. Ciertamente, hay hechos que lo justifican. Y otros que están desnaturalizados por el armado mediático. Por ejemplo: es cierto que la provincia de Buenos Aires sufre un déficit económico estructural, que Scioli se durmió en la confianza por la asistencia nacional y que Cristina le hizo sufrir el pago del medio aguinaldo. Tal vez no hacía falta que la Presidenta jugara con la especulación de perforar al gobernador. Finalmente, la ayuda que le brindó es pan para hoy y hambre para mañana, si Scioli no se decide a encarar una reforma estructural que provea mayores recursos de los sectores más concentrados de la riqueza. Y aun si eso ocurriera, los efectos no se verían de inmediato por obvias razones de tiempos recaudatorios. Como fuere, la decisión de agujerear al mandatario provincial, porque ideológicamente está a contramano, no debe ir en perjuicio de que la gente del común deje de cobrar lo que le corresponde. En apreciación fiscal, el problema no son los que cobran, sino los que no pagan lo que deberían. Asimismo, la ausencia comunicacional del Gobierno en torno de la disparada del dólar paralelo o ilegal es inquietante. En ese sentido fue bienvenida la aparición del ministro Lorenzino, explicando que los avatares de ese mercado no tienen ninguna influencia en la marcha de la economía. Pero parecen espasmos. El Gobierno sólo confía en el carisma cristinista por cadena nacional, como si no se anoticiara que al enemigo, aunque debilitado, le sobran recursos para taladrar. De todas maneras, lo dicho no supone que deban perderse de vista los grandes fondos. Para esta altura del año pasado, el escenario político estaba exclusivamente dominado por las elecciones primarias del 14 de agosto. Hasta poco antes, casi sólo se hablaba de si la Presidenta se presentaría como candidata. Después, todo consistió en quién sería su compañero de fórmula. Cristina arrasó con el 50 por ciento de los votos, para estupefacción de un arco opositor-mediático que hablaba del inminente fin del kirchnerismo. Mas luego, mientras la oposición brindaba un espectáculo lamentable de astillamiento y travestismo, la única incógnita pasó a ser por cuánto ganaría en los comicios presidenciales del 23 de octubre. Si nos vamos al 2010 había la masividad de los festejos por el Bicentenario, con una alegría callejera también noqueadora para los sermoneadores del odio y la depresión. Un rato más tarde se moría Kirchner. La imponencia popular del funeral volvió a dejar a la oposición con la boca abierta. Fue, para recordar íconos, el momento asqueroso y desopilante de Elisa Carrió, al aducir que el velorio lo había organizado Fuerza Bruta. Y el de Mirtha Legrand, con aquello de que Néstor no estaba en el cajón. Atónitos, los voceros del desconcierto se concentraron en plantear serias dudas sobre la fortaleza anímica de Cristina para seguir adelante y ya se sabe cómo les fue. Sigamos para atrás. En 2009 se venía de que las elecciones parlamentarias ratificaran el golpe de las patronales agrogarcas. El comando periodístico “opo-corpo” señalaba que el bloque de campestres y Peronismo Federal abría una oportunidad inmejorable para liquidar al kirchnerismo. La realidad fue que ni siquiera pudieron articular tácticas parlamentarias. El “campo” continuó orgiásticamente empachado de divisas. Archivó su falsa prepotencia de construcción política. El Gobierno fugó hacia delante cuando nadie lo preveía. La oposición acabó en el desastre de 2011. Y todavía queda resto para retroceder. Julio, 2008: Cobos, quien ahora dice que vuelve a la política transformándose en una parodia de sí mismo, vota negativo contra la 125 y se convierte en el vértice de la pirámide reaccionaria. Mariano Grondona y Hugo Biolcati (que termina de escenografiarse con lamentos pornográficos en la apertura de la exposición ruralista de Palermo, rodeado por el capanga Venegas y un jefe de Gobierno porteño discapacitado para agarrar el mate) juegan, en Hora Clave, a que Cobos está al caer para sustituir a Cristina. También terminó comprobándose que el mendocino es más bien un potus. Si se quiere, puede corroborarse igualmente lo que fue de las aspiraciones presidenciales de Mauricio, quien concluyó abandonando toda batalla nacional porque, entre otras cosas, había y hay que trabajar. Y del mismo modo analítico, quien quiera puede darse una vuelta por qué habrá sido de la vida políticamente arrolladora de testimonialistas nac&pop, dirigentes sindicales despechados, radicales que se jugaron a la derecha, padrinos extintos, derecha que apostó a los radicales, frentes amplios que no amplían nada de nada. ¿A qué viene este repaso de sucesos? En primer lugar, al solo hecho de valorar la memoria. Sin mayores esfuerzos, porque son evocaciones que quedan a la vuelta de la esquina. Y en segundo término, se trata de la combinación entre eso y la necesidad de dimensionar cuánto de cierto, o de profundo, tiene este machacante panorama de que se pudre todo. El dólar blue, Scioli, las tarifas diferenciadas del transporte público, Moyano, el paro en los micros de larga distancia, los gendarmes en Santa Cruz, la basura inundando la Capital, la compraventa de inmuebles parada. Ante este escenario, en parte armado u operado y en parte real, de conflictos cotidianos, invariables, pretendidamente asfixiantes, ¿no hay que pegarse una (otra enésima) vuelta por cuáles son las alternativas ofrecidas por los pastores evangélicos de la oposición mediática? Se habla de los medios no por vicio profesional. Es que no hay otra oposición que ésa. Y que no la haya da el resultado de qué puede esperarse de lo que hay enfrente del kirchnerismo. Dejemos aparte que esos contendientes deben ser nutridos por la inteligencia y la militancia de quienes detestan a Cristina. Sólo tienen el odio de clase y las cacerolas (Q.E.P.D.) en esquinas top de Buenos Aires. La soja cotiza a su máximo histórico; España se derrumba con un plan de ajuste increíble, capaz de llamar a que el FMI pida prudencia; el proteccionismo comercial está mundialmente a la orden del día para que por acá sostengan los ataques contra Guillermo Moreno. Grandes temas, entre otros. ¿Alguien registra que digan algo al respecto los Binner, los Solanas, los Scioli, los radicales, los Moyano? ¿Quiénes son los cuadros políticos que rodearían a esas figuritas para dejar de usar el diminutivo? Los editorialistas de la militancia periodística opositora les reclaman a esos ¿pretendientes? que produzcan alguna acción. A Scioli, que demuestre amor propio contra las embestidas del “matón” Mariotto “dirigido” por Cristina. A Macri, que exhiba algún gesto para enrostrar que no es un nene de papá, imposibilitado de toda convocatoria que no sea para armar cenas de egresados, con sus compañeros de Cardenal Newman. Pero, ¿cómo pedirles ejecuciones a quienes no tienen una idea? Ese fue el fracaso de la cena que les dio Magnetto cuando los juntó a todos. El CEO de Clarín quería alentar a un cuatro, y se encontró con un seleccionado de pomelos. Lo expresado por esta implosión de la derecha criolla es que lo mejor del capitalismo epocal y vernáculo lo significa Cristina. ¿Nadie se pregunta por qué no existe la oposición? Sí. Se lo preguntan muchos. Pero el problema es la respuesta. Cristina o, si se prefiere, la tensión dramática encarnada en el kirchnerismo, es que no hay absolutamente nada mejor que ella –o que lo que ella representa– para vivir mejor o para seguir zafando. Si se toma nota de eso, se entenderá qué sentido mayor o menor puede darse a los avatares de la tarjeta SUBE, los gendarmes de Santa Cruz, la cotización del dólar blue, o si les avisaron a los trabajadores del Sarmiento que hay una reestructuración operativa. Como toda la vida, sólo es cuestión de ver la película completa. Y no los fragmentos que les interesan a las marionetas que prenden y apagan.

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De llantos y laberintos - Por Eduardo Aliverti
OfftopicporAnónimo8/13/2012

De llantos y laberintos Por Eduardo Aliverti No deja de ser curioso, o atractivo, algo que ocurrió la semana pasada. Por un lado, entre Buenos Aires “colapsada” a raíz de la huelga en los subtes, la intervención a Ciccone, el choque por el proyecto de ley que quita al Banco Ciudad los depósitos compulsivos de trámites judiciales y los cuatro millones de litros de leche que tiraron los tamberos, hubo y se creó la sensación de un clima muy dificultoso. Y por otro, en el ambiente periodístico fue coincidente hablar de una semana más bien “fiambre”. O muy poco novedosa. El paro en los subtes lo disimuló. Recién hacia el viernes, la mención presidencial a cierta modalidad en los ingresos de un periodista marcó otro pico de atención, despegado de Leonas, Generación Dorada y joyas de o contra Moria Casán. Pero fue centralmente una repercusión de redes sociales. Los medios de la oposición prefirieron amortiguar el impacto, remitiendo la denuncia al marco de un nuevo exabrupto y “buchoneo” de Cristina por cadena nacional. Quedará para otro momento, que jamás llega, el debate profundo acerca de la reciprocidad entre ejercicio de la profesión y vínculos publicitario-corporativos. Es injusto, o parcializado, concentrar en sólo un colega el marcaje de una práctica generalizada. Pero es tan inequitativo como dedicarse con exclusividad a la relación entre posicionamiento ideológico y publicidad oficial. Esos son los principios del periodismo que se proclama independiente. Si hay quienes no están de acuerdo, puede probarse con otros. Dicho esto, retrocedamos unas líneas y apliquémonos al (presunto) contraste mencionado: ¿pasa de todo o estructuralmente no hay mayores sucesos? Acerca de la medida de fuerza en los subterráneos, puede otorgarse el handicap de obviar lo elemental. Que los subtes corren por la capital. Que la empresa rectora es de la ciudad. Que Macri firmó un acta haciéndose cargo de que dos más dos son cuatro. Que produjo un tarifazo del que no se retrotrajo. Y que escucharlo a él, a Macri, hablando de que su prioridad son las necesidades básicas de los jardines de infantes y los comedores escolares afectados si acepta gestionar los subtes sin la Nación haciéndole las obras, es lo mismo que creer en la virginidad de María. Obviemos. Más todavía: hagamos, incluso, que Macri tiene razón o una parte de ella. Que firmó el acta porque Cristina le dijo que tendría la plata de las obras como fuere. Que le corresponde no la legitimidad pero sí la licitud de seguir esperando que todo le venga de arriba, porque administrativamente tiene de qué agarrase para hallar excusas constantes. Que todo lo que no funciona en su ejido es invariable culpa de otros. Que no importa que el presupuesto porteño sea descomunal. Hagamos que Macri es una víctima. Si eso fuera lo cierto o prioritario, ¿se justifica hacer pasar por los dramas o inconvenientes de una ciudad el centro del universo? ¿No pasa más nada en este país, ni en el mundo? Vaya la siguiente pregunta, que el firmante dudó –y mucho– en insertar, no tanto por su incorrección política como en función de lo despreciativa que puede repiquetear, para tanta gente con todo su derecho a la extendida angustia cotidiana nada menos que del transporte. ¿Sólo cuenta que se complica llegar al laburo, en lugar de cuál proyecto, modelo o gestión atestigua que el trabajo esté mejor garantizado? ¿Cabe que la polémica no se encuadre, a su vez, en cuál es el trazado de una política de transporte público de comprobación inexistente? Circulan, por carril consonante, todos los temas restantes de los últimos días. La intervención a Ciccone podría haberse resuelto con antelación, en vez de dejar otro orificio libre para que se interprete como única intentona de proteger a Boudou. Sin embargo, eso no quita que el nudo final de la cuestión sea la prerrogativa estatal de imprimir moneda como mejor le conviene. ¿Qué es lo perseguido, de manera obsesiva, con el señalamiento de que el vicepresidente incurrió en, por lo menos, irregularidades inquietantes? ¿No es, acaso, la pretensión de darles a sus eventuales andanzas el carácter de corrupción orgánica? Si ocurriera la demostración de que Boudou es culpable o responsable de tráfico de influencias, ¿en qué variaría la apreciación de la película completa? Si la aspiración de máxima es el virtuosismo absoluto de los funcionarios públicos como condición indispensable para juzgar la política, y si encima ese anhelo lo motoriza la gente de negocios de las corporaciones mediáticas, simplemente no se puede seguir discutiendo de nada. Eso es una extorsión, y cínica. No una discusión honesta. Apelan a estos ardides porque no consiguen anclar en una dirigencia opositora profesional y eficaz, capaz de fijar un menú competitivo contra el establecido, méritos y yerros mediante, por el Gobierno en general y –sobre todísimo– la Presidenta en particular. Volvieron a demostrarlo otros episodios de la semana. La llamada “ley Ciccone” fue aprobada en las comisiones senatoriales con apoyo opositor. Y en Diputados, el “moyanismo” actuó dividido ante el proyecto sobre el Banco Ciudad. Todo esto, sin siquiera darse el lujo de incluir la nómina de asuntos que auguraban, según el temario contrincante, un segundo semestre terrible. No hay ninguna tirada de manteca al techo. Hay el reconocimiento oficial de que la creación de empleo se frenó, sin ir más lejos. Pero también resultó que el pronóstico de apocalipsis por el control cambiario no tenía asidero alguno, y que las fatalidades endosadas al mandamás de YPF fueron una operación de prensa. Podría augurarse que el próximo culebrón conflictivo será atravesado por las secuelas de la renuncia de Silvina Gvirtz. Pero la ex titular de Educación bonaerense se fue por izquierda, alertando que no piensa ser “la ministra del ajuste”. Los gremios docentes de la provincia le manifestaron su apoyo, y entonces solamente hay espacio para que los medios opositores defiendan a Scioli por la derecha, sin perspectivas de aliento largo. Lo que vuelve a estar en juego por infinita vez, en acciones concretas, es que sólo el oficialismo marca el paso y que, por tanto, sus virtudes y defectos se potencian. O macro-exponen. En esa dinámica, también se refuerzan las definiciones de cada quien respecto del partido que toma. Dijo Leopoldo Marechal que oía hablar de escritores comprometidos y no comprometidos, y que a su entender era una clasificación falsa. “Todo escritor, por el hecho de serlo, ya está comprometido: comprometido en una religión, o comprometido con una ideología política o social, o comprometido en una traición a su pueblo, o comprometido en una indiferencia o sonambulismo individual culpable o no culpable.” Años más tarde, Rodolfo Walsh acentuaría la definición pero adjudicándola al papel imprescriptiblemente obligatorio que tienen los intelectuales: “Un intelectual que no comprende lo que pasa en su tiempo y en su país es una contradicción andante; y el que comprendiendo no actúa, tendrá un lugar en la antología del llanto, no en la historia viva de su tierra”. Se está con las necesidades de las mayorías o se está con sus enemigos. No hay término medio. Sentencias como las aludidas desafían al rol intachablemente virtuoso con que pretenden investirse hoy las corporaciones mediáticas y sus cagatintas. El paso del tiempo sólo modificó aspectos formales. Las grandes cadenas de contextura periodística ocupan el lugar determinante que antes se confería, entre otros, a escritores e intelectuales. Nada parece tener contexto. Nada de nada. Basta comentar o editar de manera aislada cualquier conflicto, llámese paro en los subtes, denuncias sobre militantes o sospechas de corrupción, para tejer desde esas indignaciones un entramado de podredumbre generalizada. Las partes por el todo, como si encima no hubiera los antecedentes de qué ocurrió cuando gobernaron los catedráticos del moralismo. Como si pudiera creerse en la religiosidad de los socios del silencio. De los cómplices activos o pasivos con las dictaduras. Y, en algunos casos, de la traición a sí mismos si se toman en cuenta sus discursos de otrora, cuando eran progresistas y cargaban contra sus patrones actuales. De todo laberinto se sale por arriba, decía también Marechal en uno de sus poemas. Buena apelación para convocar o enrostrar a tanto tonto que se confunde entre agitaciones naturales y rumbos generales.

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Locura, ¿dónde, quién? - Por Ricardo Forster
OfftopicporAnónimo5/6/2013

Locura, ¿dónde, quién? Por Ricardo Forster Recuerdo, siempre recuerdo, una película que vi en mi adolescencia y que, en distintas circunstancias, regresa por los pasadizos de la memoria. Me ha sucedido mientras daba alguna clase en la facultad y el tema de la locura rondaba mientras hablaba de la “divina manía” de los filósofos griegos, de la loca inspiración de los poetas románticos, del marqués de Sade o de ese libro maravilloso de Michel Foucault que se llama Historia de la locura en la época clásica; pero también su potencia espectral se me apareció en muchas de esas circunstancias en que uno no puede dejar de preguntarse dónde está la locura, quiénes son los locos, de qué manera intentar dilucidar la fuerza disruptiva de ese lenguaje que transgrede el orden de la razón y que, muchas veces, nos cuestiona hasta el corazón de nuestras certezas. Mirando con espanto las imágenes de la terrible represión que desencadenó la Policía Metropolitana (fuerza de choque del macrismo) en el predio del Hospital Borda contra pacientes, médicos, trabajadores de la salud, periodistas, manifestantes y legisladores, no pude sino recordar Rey por inconveniencia, la estupenda película de Philippe de Broca en la que hace de la pregunta por la locura el centro de su potencia argumentativa. Un film de 1966, plena década de la contracultura en la que empezaban a cuestionarse tantas cosas y se buscaba invertir la visión que hasta ese momento se tenía del mundo. El argumento quizás hoy parezca sencillo pero, cuando se exhibió en aquellos años de convulsiones y rechazos, de invenciones y cuestionamientos, no dejó de tener un profundo impacto entre los jóvenes que iniciaban sus caminos experimentales y dirigían sus miradas críticas contra la sociedad creada por sus padres (y, entre nosotros, influyó sobre Piazzolla y Ferrer que compusieron, en aquellos días, su memorable “Balada para un loco”). En ocasiones una obra de arte tiene la capacidad de ofrecernos la verdad del mundo pero sin transformarla en un dogma intocable. Nos susurra lo obturado por el poder; nos exige aprender a mirar de otro modo, como quien descubre una ranura en un muro aparentemente sólido. Lo que se resquebraja inevitablemente es la dureza de una representación de la realidad que ya no se corresponde con la iluminación que surge de ese giro en la mirada. ¿Habrá porteños votantes de Macri que, después de observar no sin azoramiento las escenas alucinadas de la guardia pretoriana descargando su furia sobre los indefensos, comiencen a cambiar su visión de lo que está pasando en la ciudad? ¿Habrán sentido que se pasó un límite? ¿Se preguntarán dónde está la locura? ¿Habrán visto, alguna vez, Rey por inconveniencia? ¿Los habrá hecho pensar? ¿Tal vez, por qué no, se podría proponer que se convierta en parte de la formación escolar? ¿Será acaso una propuesta subversiva que altera la visión del mundo de los funcionarios macristas que sueñan con su famoso centro cívico allí donde hasta ahora estaban los locos y sus inútiles talleres? ¿Será que no entendemos la decidida lucha que vienen dando contra la manicomialización y a favor de la no discriminación de los enfermos mentales? ¿Será que no alcanzamos a entender su progresismo demoledor custodiado por los cosacos de la Metropolitana? Nos encontramos en octubre de 1918, la Primera Guerra Mundial está por terminar, un general británico se entera de que los alemanes, en su retirada, han sembrado de bombas un pequeño pueblo francés y decide enviar a su mejor especialista para que desactive los artefactos. Siempre hay que recordar que la guerra del 14 fue el punto de inicio de una barbarie que no se ha detenido y que lanzó a millones y millones de seres humanos al peor de los infiernos; un infierno construido con las grandes invenciones de la ciencia y la tecnología cuya justificación “racional” no fue otra que contribuir a consolidar el avance de la civilización y a sostener las fuerzas del progreso. La barbarie naciendo del fondo oscuro de la razón civilizatoria como memorablemente lo retratará Joseph Conrad en su novela El corazón de las tinieblas o como lo expresara de manera impresionante Walter Benjamin al escribir que “todo acto de cultura es al mismo tiempo un documento de la barbarie”. Ernest Jünger, el escritor alemán que participó de las dos grandes guerras del siglo XX, la llamó la “época de la movilización total” en la que la “guerra de materiales” transformó a los seres humanos en materia prima de la industria de la muerte. Nada de las ilusiones decimonónicas, nada de los sueños forjados en la ilustración quedó en pie después de esas carnicerías alucinadas que, por ejemplo en apenas una par de jornadas durante la batalla del Somme, se devoraron a medio millón de soldados. ¿Dónde la locura? ¿Quiénes los locos? La película de de Broca intenta preguntarse por el lugar de la locura y lo hace internándose en un pueblito que ha sido abandonado por todos menos por los pacientes del manicomio que allí se han quedado sosteniendo, pese a su debilidad, su propio mundo. Charles Plumpick –así se llama el soldado inglés interpretado por Alan Bates– descubre, azorado, que en ese extraño lugar reina una paz inimaginable mientras sus habitantes, olvidados por la “civilización” que afuera se desgarra bajo el impacto de una violencia incalculable y homicida, no sólo viven con alegría sino que deciden convertirlo en su rey de corazones. Tremenda parábola que nos enfrenta con un mundo dislocado que ha sabido encerrar a la locura mientras se dedicó, con los auspicios de la racionalidad más depurada, a destruirse con fuerza implacable y bajo una inimaginable dosis de crueldad sostenida por la coherencia de un discurso de la cordura y la sensatez. Plumpick, primero anonadado por el contraste, luego cautivado por la serena belleza que descubre entre los locos y, también, cautivado por el amor, invierte la tabla de valores que habían sostenido no sólo su visión del mundo sino esa misma e implacable convicción que condujo a la guerra. En el final de la película, cuando la experiencia vivida ya ha conmovido su espíritu, se despoja de su uniforme y, desnudo y apenas llevando un pájaro enjaulado como único equipaje, se queda con los locos. Esa fue la imagen que inmediatamente se contrapuso en mí a lo que estaba viendo por la pantalla de televisión el viernes mientras la policía de Macri descargaba una represión homicida contra los débiles entre los débiles. ¿En qué cerebro afiebrado puede formarse la decisión de ordenar tamaño desatino? ¿Cómo es posible que una fuerza de seguridad que tiene protocolos, que debe cuidar a la ciudadanía, y sobre todo a los más indefensos, se haya convertido en una máquina alucinada en su desmesura represiva? ¿Es posible que la avidez inmobiliaria o que la priorización absoluta de la propiedad por sobre la vida sea la que determine en nuestra ciudad la acción policial? Las imágenes demenciales (pero profundamente cuerdas desde la lógica de una política fundada pura y exclusivamente en un principio patrimonialista y en una estrategia rentabilística) se correspondieron con lo real de una derecha que suele utilizar una retórica cool y políticamente correcta, pero que a la hora de fijar sus prioridades y su línea de acción pone en funcionamiento un aparato represivo capaz de descargar una tremenda dosis de violencia sobre las espaldas de los más débiles (ahora les tocó a los pacientes del Borda, antes a los sin techo y a quienes duermen donde pueden mientras el gobierno desactiva todos los planes de contención y de cuidado). Macri, ordenando la salvaje intervención de la Metropolitana, busca interpelar a muchos de sus votantes, esos porteños de la clase media que piden seguridad, mano dura contra quienes se manifiestan y perturban sus vidas a la hora de transitar por la ciudad; aquellos que lo único que desean es que se valorice sus propiedades y que les parece una locura que haya un hospicio en una zona tan apetecible de Buenos Aires. Que no sueñan con una ley de salud mental en pleno funcionamiento capaz de avanzar adecuadamente en la desmanicomialización sino que compran las artimañas y las mentiras de la derecha macrista que lo único que busca es la rentabilidad inmobiliaria. De una política que nos quiere recordar, bajo la impronta de una policía brava, lo que es y significa una política de derecha. Represión y negocios sigue siendo la clave última, la ratio final, de esa derecha que busca convertir a la ciudad de Buenos Aires en el laboratorio de lo que sería una política nacional si pudiera hacerse con el gobierno del país. ¿Podemos imaginar al macrismo o a cualquier otro sector político afín que hoy pululan entre la variopinta oposición, con la capacidad de volver a imponer, como en otros tiempos no tan lejanos de nuestra historia, su proyecto de sociedad? Lo que sucedió en el Borda es anticipo de una concepción de la vida que busca seguir convenciendo a un sector de la ciudadanía de que ya es hora de terminar con cierta gentuza que afea la cotidianidad porteña. Sin locos ni pobres, sin chicos pidiendo en las esquinas ni movilizaciones reivindicando derechos, sin espacios públicos que sean ejes de una genuina vida democrática e igualitaria ni reclamos de visibilidad de los invisibles, esa es la gran apuesta de una derecha que no duda en cargar con la más bestial de las fuerzas sobre las espaldas de los más débiles. ¿Locura? ¿De quién y para qué? Hace casi dos años, cuando la ciudad se aprestaba a elegir su jefe de gobierno escribí lo siguiente que, me parece, conserva su actualidad: Buenos Aires guarda en su interior los cruces y las tensiones de un país siempre en estado de “oportunidad”. Su lugar, muchas veces paradójico y otras trágico, ha sido el de ser el centro de una experimentación, la punta de lanza de proyectos enfrentados que vienen atormentando y esperanzando desde antaño la vida de los argentinos. A diferencia de la cotidianidad de otras geografías nacionales, cotidianidad surcada por climas menos propensos a la dialéctica de lo maníaco y lo depresivo, más introspectivos, menos colgados a las histerias comunicacionales, la ciudad de los personajes de Roberto Arlt y de Capusotto vive, casi siempre, en estado de urgencia, enfrentada a todo tipo de ultimatums y signos catastrofales que transforman cada acontecimiento en algo decisivo aunque no sea más que un producto de la sociedad del espectáculo y del amarillismo mediático. Una ciudad eléctrica que se mira a sí misma como siendo el centro del mundo y que no puede concebir la realidad por fuera de sus lucubraciones e intereses. Pero también, y esto es justo decirlo, una ciudad que se ha vestido con las galas de los ideales, de las utopías, de las rebeldías y de los sueños de un país más justo y que ha pagado, a través de la represión más feroz, el precio terrible de esas ilusiones. Por algunas de estas apresuradas cosas que escribo, por “el amor y el espanto”, por sus intensidades culturales incomparables, por sus barrios que cobijan las memorias de una ciudad entrañable, Buenos Aires no es lo que una elección quiere decirnos que es. No es, ni puede ser, una mayoría inclinada hacia el macrismo que parece desligarse de su travesía por el tiempo, de sus hazañas urbanas, de su belleza secreta, de sus transversalidades igualitarias, de sus poetas y de sus músicos, de sus personajes literarios, de una caminata mítica por las calles de Saavedra o de encuentros amorosos en el Parque Lezama. Tal vez por algunas de estas cosas, por mi propia memoria porteña, por los espectros danzantes de una ciudad amenazada es que quisiera terminar este artículo con una profesión de fe en el sueño de otra ciudad que se reencuentre con lo mejor de sí misma: Hay una ciudad en la ciudad. Una Buenos Aires que no se pinta de amarillo ni renuncia a sus sueños de igualdad. Hay una ciudad en la ciudad que sabe de los pasadizos que conducen a la memoria, aquella que nos recuerda la infancia, la libertad, las locas aventuras entrecruzadas de esperanzas y de dolores. Hay una ciudad en la ciudad que guarda la presencia, entre nosotros, de una ciudad que supo ser equitativa y audaz, nostálgica y creadora, rebelde y soñadora. Una ciudad trabajada por millones de manos que la soñaron más justa y equitativa. Hay una ciudad en la ciudad que está siendo castigada por una derecha que mientras se disfraza con los recursos de evangelismos tecno-publicitarios y se ofrece como la portadora de los ideales de la tolerancia y el amor, no duda en quebrarle el espinazo a esa otra ciudad de la igualdad. Hay una ciudad en la ciudad que descubre, cada día que pasa, como se destruye su memoria urbana y se transforman sus barrios en un gigantesco botín de la especulación inmobiliaria. Hay una ciudad en la ciudad que nos pide que la defendamos, que protejamos sus historias, sus espacios públicos, su educación, su salud, su cultura, de la depredación mercantil y de la piqueta privatizadora. Hay una ciudad en la ciudad que siente horror ante la discriminación y el racismo manipulados por quienes la gobiernan; una ciudad en la ciudad que no puede aceptar la violencia contra los más débiles y las retóricas oscuras que apelan a la brutalidad del prejuicio y la xenofobia. Hay una ciudad en la ciudad que somos todos nosotros: los trabajadores, los artistas, los estudiantes, las amas de casa, los poetas, los profesionales, los que duermen bajo las estrellas olvidados por los diseñadores de políticas de la exclusión, los locos del Borda y del Moyano, los maestros y los médicos, los intelectuales, los músicos, los cineastas, los almaceneros y los albañiles. Esa ciudad, nuestra querida y entrañable ciudad autónoma de Buenos Aires, a la que le cantó Gardel, la que despidió a Mercedes Sosa y supo decirles su conmovido adiós a algunos hombres y mujeres irreemplazables de la vida nacional, la que recorrieron con su literatura Borges y Marechal, Sabato y Arlt, Cortázar y Martínez Estrada, la ciudad de todos nuestros desvelos, la de nuestros abuelos y la de nuestros hijos, hoy, ahora, urgente, nos pide que nos unamos para defenderla defendiendo a los más débiles entre los débiles.

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El espejo deformante de la biografía de Menem
OfftopicporAnónimo3/11/2013

El espejo deformante de la biografía de Menem Por Alejandro Horowicz El menemismo expresa la derrota mundial de los trabajadores, frente al arrollador avance del capital globalizado. 1955, jueves 30 de junio. Refiere a una frase de la señora Bibiloni de Bulrich: "Yo no soy una mujer frívola; a mí lo único que me importa es el dinero”. Según Borges, se cree muy virtuosa mientras lo dice: "Son frases que las personas pueden decir; pero si las oyen, dichas por otras, se escandalizan. Pueden decirlas porque conocen las razones, porque las justifican.” Borges, de Adolfo Bioy Casares. La anunciada muerte del comandante Hugo Chávez Frías quedó retratada en los dolientes rostros de millones de sus seguidores, dentro y fuera de Venezuela. La escena que festejara anticipadamente la prensa carroñera sucedió, pero el brindis les quedó atragantado en el gaznate. Ni siquiera en su insensible miserabilidad dejan de percibir la sencilla imponencia del dolor popular. En ningún caso sus esperados comentarios hablan del comandante, de los motivos de tanta congoja, todo el tiempo remiten a sí mismos, al odio que les "figura" el alma, de ahí no pasan. La prostituida idea que tienen del afecto personal, pura proyección de sus propias razones para el amor, derrapa en desprecio racista por ese incesante desfile de hombres y mujeres sencillos, y la abismada sorpresa les congela el festejo. Al igual que los editores "globales" de El País, no entienden nada; imposible entender sin un mínimo de empatía, sin ponerse un minuto en el lugar del otro. Por eso, las imágenes de la CNN, en cadena permanente con Caracas, los comentarios de algunos de sus periodistas –habituales detractores del comandante– resultan una suerte de elogio póstumo. Acostumbrados a que el periodismo no sea mucho más que anunciar la muerte de Lady Kennyston, que su dama de compañía nos cuente de sus inefables virtudes cuando los televidentes a gatas si habían registrado su vida, entonces la muerte de un líder popular golpea duro. La conmoción se nota, pero no exageremos, no cambia básicamente las cosas. Una pregunta inhóspita golpea próxima: la muerte, la propia muerte. ¿Cuando muera digamos Carlos Saúl Menem, cosa que inevitablemente terminará sucediendo, quién lo llorará? ¿Emir Yoma? ¿Oscar Camilión? ¿Multitudes estremecidas por la desaparición de un estadista? No voy a contestar, al menos en esta columna, preguntas de tan distinto peso conceptual. Imposible, al menos para mí, saber si su ex cuñado guarda alguna clase de sentimiento cálido hacia Menem, o si solo se trata – para citar un ejemplo suficientemente bastardeado –de los "préstamos" millonarios que el Banco Nación le concediera –contra la opinión de la línea gerencial– por presión directa de la administración Menem; préstamos que termináramos honrando todos los ciudadanos de a pie, ya que las garantías eran manifiestamente insuficientes. El banco fue estafado por decisión del directorio y la complicidad de un orden político que Menem educó en mirar cuidadosamente para otro lado. Era otra versión del famoso "botín de guerra" inaugurado por la dictadura burguesa terrorista, que como un hilo negro sulfila las continuidades de una historia que se resiste a concluir. Imposible saber si Camilión guardará en su fuero íntimo la alegría de haber formado parte del gobierno más cipayo de la historia argentina, o si la sentencia de la Cámara Nacional de Casación Penal –por el contrabando de armas a Ecuador y Croacia– terminará por embotarle la sensibilidad. En sus términos, tanto Menem y Rogelio Frigerio eran verdaderas cumbres nacionales. Claro que el valor máximo del menemismo líquido, cómo ignorarlo, sigue siendo ganar; los que pierden no merecen otra cosa, y por tanto se mira para otro lado y sigue la rueda. Durante sus días felices, Carlitos saludaba fraternalmente a José Alfredo Martínez de Hoz, marca inequívoca del nuevo orden, y los fotógrafos registraban la "noticia", mientras los vecinos del Joe en el Kavanagh lo habían vuelto literalmente transparente. Los beneficiarios personales del "nuevo orden del '76" se desentendían de Martínez de Hoz, y la convertibilidad todavía rugía. ¿Ahora sería distinto? ¿Los grandes diarios comerciales concentrados pueden, es una pregunta irónica, pueden digo manipular hasta ese punto los sentimientos colectivos? No lo creo. Entonces: ¿Cómo pensar a Menem? ¿Como marca de la corrupción? ¿Como jefe de una banda? ¿Cómo pensar el menemismo? ¿Como síntesis privilegiada de los vientos tras la caída del Muro de Berlín? Escribí en Las dictaduras argentinas: "El menemismo constituye el programa de una clase dominante que no es una clase dirigente, mediante la sustitución de un proyecto colectivo por la naturalización de la decadencia ininterrumpida. Naturalización que opera a través de la reproducción ampliada de una mayoría amorfa, requerida para el sometimiento automático al dictat del mercado mundial, mediante la renuncia a la política como herramienta de transformación compartida. Es decir, la política queda reducida a la administración de lo dado." Mientras el presidente Menem conservó las palancas de comando de la política nacional arrastró, sin mayores dificultades, al Poder Legislativo, y en el ínterin rehacía la cúspide del judicial. Con la Suprema Corte bastaba, ya que el resto había sido retocado por Videla, Viola y Galtieri. Menem contó para tal fin con el irrestricto apoyo de la Unión Cívica Radical; basta recordar que Raúl Alfonsín renunció seis meses antes de culminar su mandato, y que durante ese lapso ambas cámaras no incorporaron los nuevos diputados y senadores. Es decir, la mayoría radical encolumnada por la dirección de la UCR obedeció sin rechistar cada una de las "órdenes" del flamante presidente. De modo que alfonsinismo cristalizado y menemismo gaseoso cogobernaron, y por cierto no fue esa la única vez. La administración Menem no sólo terminó agravando los problemas materiales, morales y políticos de la sociedad argentina, además resultaba evitable: lógica y contrafácticamente evitable. Una cosa era la incorporación de la sociedad argentina al nuevo ciclo del mercado mundial, esa era la novedad histórica que aportaba la caída del Muro de Berlín, y muy otra la forma ("las relaciones carnales" ) en que se produjo esa incorporación por parte del cuarto peronismo. Aun los críticos más tenues, los que sólo objetan la "forma" con que se llevaron a cabo las privatizaciones ("sin adecuados instrumentos de control" ) reconocen la insensatez sistémica de prorrogar indefinidamente la convertibilidad; insensatez que permitió saquear todas las reservas del Banco Central ante la vista de todos y sin la resistencia de nadie; estos "críticos" se ven obligados a reconocer que el damero de instrumentos era sensiblemente mayor. No estamos hablando de novatos en materia económica. La mayor parte de los docentes de la carrera de Economía –facultad de Ciencias Económicas, UBA– tras el derrumbe de 2001 admitieron que no "había forma de evitarlo". Como se ve, no se trata de un "error” sino de un suicidio programático. No basta la dictadura burguesa terrorista del '76 para la liquidación definitiva de todos los proyectos constituidos desde la crisis del '30, incluso el de postguerra, El menemismo expresa además la derrota mundial de los trabajadores, frente al arrollador avance del capital globalizado. Tanto el radicalismo de Hipólito Yrigoyen, como el movimiento encabezado por el coronel Perón nacen en otras circunstancias históricas. Ambos acompañan el ciclo expansivo de los procesos populares. El menemismo no. Se trata de saber si ese ciclo ha concluido, si Sudamérica es capaz de parir uno nuevo, si el entierro del comandante Chávez es asimismo el de su movimiento histórico, o si nos encaminamos hacia otra batalla decisiva.

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La impostura y la obsesión (Lanata- Sarlo) - Por R. Forster
OfftopicporAnónimo8/19/2012

La impostura y la obsesión Por Ricardo Forster Todos los cañones del dispositivo mediático están dirigidos, sin medias tintas, a horadar no sólo y exclusivamente al gobierno nacional, a debilitar sus políticas, a describir un escenario de catástrofe que siempre está cumpliéndose o por cumplirse, a demostrar que el rumbo económico que sigue el país nos conduce directamente al precipicio mientras avanza la impunidad delincuencial asociada a una justicia inoperante que se deja seducir por el garantismo que, como es sabido, se preocupa por los criminales y no por los ciudadanos. Hay algo más. El principal objetivo de algunos de sus “comunicadores” estrella es “deconstruir” (para utilizar un lenguaje más acorde con los juegos semiológicos de los artículos de Beatriz Sarlo), demoler y desbaratar (en sintonía con la jerga efectista de Lanata) los discursos y las intervenciones públicas de Cristina Fernández. De lo que se trata es de rebajar esas intervenciones políticas de quien está al frente del Gobierno y que, día tras día, toma decisiones significativas ante la impasibilidad de una oposición reducida a comparsa de la corporación mediática, a un ejercicio banal propio de un aficionado al stand up. Una retórica de imitador que pone en evidencia, eso señala una y otra vez Sarlo en sus columnas de La Nación (véase en especial la última del lunes 13 de agosto), que la Presidenta no aspira a otra cosa que a la construcción verosímil de una ficción que poco o nada tiene que ver con la realidad pero sí con su abrumador “personalismo” que parece hacer girar toda la espesura del mundo alrededor de sus cuestiones privadas. Siempre se trata de la impostura que sería la marca de origen de aquello que inició Néstor Kirchner y que continúa, con libreto mejorado, su compañera. Una impostura, eso dicen, que se disfraza de producir transformaciones que en realidad sólo existen en el relato. La Argentina, desde esta visión compartida por Sarlo y Lanata, sigue atrapada en la lógica del simulacro y en la persistencia de la más abrumadora y humillante desigualdad. Para ellos, en definitiva, nada de lo realizado en estos años constituye un cambio en un sentido popular sino un engaño más. De la política de derechos humanos a la recuperación de YPF, de la reconstrucción del trabajo a la reestatización del sistema jubilatorio, del desendeudamiento a la formulación de una política latinoamericana de matriz emancipadora, de la ampliación de derechos sociales a la asignación universal, de la defensa del salario y del mercado interno a la ley de medios, nada real ha sucedido en el país, apenas el gesto virtuoso de quien domina con maestría el arte de la simulación y la retórica ficcional. Escriben y hablan, piensan y actúan, ironizan y trivializan, movilizando la espesa trama de prejuicios, banalidades, cuentapropismos morales, ombliguismos varios y sentido común obnubilado propio de amplios sectores medios urbanos (particularmente afincados en las grandes ciudades) que suelen analizar la realidad desde esos esquemas construidos alrededor de frases ruidosas e impactantes, conceptualizaciones simplificadas al extremo, retórica que bordea lo soez, individualismo autorreferencial, y profundo y significativo rechazo de la política. La reaparición de lo popular democrático los espanta y en sus afiebrados cerebros los fantasmas del populismo se afincan provocándoles un pavor atávico. La figura de Cristina, su indudable capacidad para abrirse un lugar en el sentimiento de los más humildes, su coraje para enfrentar a los poderes corporativos y por afianzar una política a contramano de las hegemonías del capitalismo neoliberal, se les ha convertido en una obsesión a la que buscan destruir de cualquier manera. Saben que ahí se encuentra el blanco fundamental. Y contra él disparan su artillería mediática. Se combinan bien: una escribe utilizando los sofisticados instrumentos de la crítica del discurso y del análisis de las estéticas contemporáneas; el otro movilizando todos los recursos del efectismo televisivo y de las retóricas del golpe bajo con una buena dosis de gestualidad cool y posmoderna destinada a impactar en un target joven y urbano. ¿Se preguntará Sarlo por qué los lectores de La Nación festejan y se sienten tan identificados con sus artículos obsesionados por la figura de Cristina? ¿Y que los dueños del principal diario de la derecha argentina la tengan como una de sus columnistas estrella no le hace el mínimo ruido cuando revisa su historia? ¿Todo da lo mismo? ¿Encontrará Lanata el hilo secreto que le permite ser el fundador de Página 12 y actual periodista todoterreno del Grupo Clarín? ¿Qué continuidades existen entre cierto “progresismo” que proliferó en la década del ’90 al calor de la desideologización y las retóricas sarliana y lanatista? "Suelen analizar la realidad alrededor de frases ruidosas e impactantes, conceptualizaciones simplificadas al extremo, retórica que bordea lo soez, individualismo autorreferencial, y profundo y significativo rechazo de la política". Nunca, en estos comentadores que despliegan su tarea de “demolición” desde los grandes medios de comunicación sin siquiera interrogarse por el famoso “lugar de enunciación”, aparece una reflexión crítica respecto de los intereses de aquellos que atacan sin contemplaciones al gobierno nacional. Nunca emergen los rostros del poder económico, nunca despliegan una contextualización histórica ni se preocupan por pensar la disputa en el interior de la sociedad. No existe, para ellos, crisis económica mundial, concentración de la riqueza, neoliberalismo, impunidad de un capitalismo afincado en la acumulación financiera, intentos sistemáticos de debilitar a los gobiernos populares de Sudamérica, conjuras restauracionistas de una derecha que siempre está a la espera de su oportunidad para recuperar las riendas del poder político, golpes de mercado, corporaciones mediáticas, acciones destituyentes que utilizan recursos constitucionales (¿les dice algo los nombres de Honduras y Paraguay?), impunidad para los genocidas y manipulación de la historia bajo las premisas de la reconciliación y el olvido. ¿No resulta extraño que haya desaparecido de su vocabulario cualquier referencia a la derecha, al poder corporativo e, incluso, al neoliberalismo? Los actuales “progresistas” prefieren desviar su atención hacia los semblantes, las estéticas, el estilo discursivo de Cristina, los simulacros, las “carencias republicanas”, el “hegemonismo autoritario” expresado en el uso de la cadena nacional, la supuesta falta de “calidad institucional” y el infaltable latiguillo de la “corrupción”. Lo demás es silencio. Un profundo obstáculo epistemológico (para utilizar la certera categoría inventada por Gastón Bachelard) les impide comprender la novedad que viene aconteciendo en esta región del mundo. El obstáculo, en ellos, se corresponde con su elección política y su identificación con el poder económico-mediático. Por eso le han declarado la guerra (munidos de una impiadosa munición discursiva) al kirchnerismo bajo la modalidad de disparar, casi siempre, hacia la figura presidencial. Lo llamativo es que siguen insistiendo con aquello de que es el propio kirchnerismo el que ha transformado el escenario argentino en una guerra sin cuartel mientras se dedican, sin sonrojarse, a alimentar el odio de ciertos sectores de las clases medias. Sarlo y Lanata escriben y hablan desde una abstracción mediática; siguen, con absoluta consecuencia, por los andariveles de la espectacularización discursiva tan afín a la época dominada por el esteticismo, el golpe de efecto, la ficcionalización y la reducción de lo real a pura virtualidad. Les encanta moverse (no sólo a Lanata) por los escenarios que conducen hacia las candilejas de las celebridades. Y para eso, para adecuarse a las exigencias de la sociedad del espectáculo, diluyen el espesor de la realidad, la compleja trama en la que se expresan los distintos intereses sociales, políticos, económicos e ideológicos, a discursividades vacías y de rápida digestión intelectual. En el mundo en el que se mueven todo es impostura que se adapta, sin inconvenientes, al guión de turno, ese que requiere cada stand up del capocómico del periodismo, y que tiene como principal objetivo, como núcleo estratégico de la oposición “real”, reducir a risa y a sarcasmo aquello identificable con el kirchnerismo. El odio violento, el prejuicio salvaje se disfraza de ejercicio grotesco y de imaginativa comicidad. Horadar, dañar, esmerilar, vaciar de contenido, despolitizar, son algunas de las intenciones de estas “críticas” que siempre giran alrededor de los discursos de Cristina. Sarlo y Lanata, como ejemplares representantes de cierta clase media aficionada a leer La Nación y a regodearse con el stand up dominguero, dejan que su imaginación se impregne de la totalidad del prejuicio que enfervoriza el reaccionarismo contemporáneo y que asume, como decía Nicolás Casullo, la forma del cualunquismo antipolítico. En el fondo no han salido de la década del ’90. Su visión del mundo sigue respondiendo a la matriz hegemónica de una época que vino, cual nuevo evangelio, a anunciar el fin de la historia y la muerte de las ideologías. Nada quedaba del espesor de una realidad convertida, por arte y magia de los lenguajes audiovisuales, en una pugna de imágenes y relatos virtuales responsables por el desvanecimiento de la materialidad histórico-social. Era, y para ellos sigue siendo, el tiempo de la ficción y de lo que Beatriz Sarlo llamó “celebrityland”. Nada de conflicto real, nada de disputa de poder ni de politización, nada de contradicciones sociales ni económicas, fin de toda forma localizable de dominación, evaporación de la lógica capitalista transformada, ahora, en globalización sin contenidos. Por eso no pueden interpretar los discursos de Cristina sin recurrir, una y otra vez, al paradigma baudrillardiano de “la realidad virtual” que le permitió al filósofo francés reducir la primera Guerra del Golfo a un videogame. Capturados por la ideología noventista, fascinados por los lenguajes mediáticos y atrincherados en su fobia ante la amenaza del “retorno” del conflicto propio del genuino lenguaje político-democrático, ese que recupera la dimensión material de los asuntos humanos, no pueden sino reducir la disputa que puso en evidencia el kirchnerismo a un mero asunto de ficciones en pugna. Y en esa disputa de relatos artificiales tampoco aparece, en Sarlo y Lanata, la descripción crítica del “otro relato”, de ese contra el que ejerce su batalla “épica” Cristina. Nada de interrogarse, aunque sea de pasada, por los espectros corporativos a los que hace referencia el kirchnerismo. Detrás de bambalinas no hay nada. No hay concentración de la riqueza, no hay manipulación mediática, no hay derecha ni políticas neoliberales dispuestas a regresar a escena, no tienen ideología ni intereses La Nación y el Grupo Clarín, nada significan los procesos populares que se vienen desarrollando en América latina ni tampoco hay lugar para detenerse a pensar qué significación tiene la crisis del capitalismo central ni, claro, establecer algunas relaciones entre lo que sucedió entre nosotros en los ’90 y el salvajismo de las políticas de ajuste que se vienen llevando adelante en la Europa mediterránea. Como ya no hay historia ni realidad, como de lo único que se trata es de la virtualidad y de sus evanescencias lingüísticas, no es necesario regresar sobre anacronismos insustanciales que, en verdad, sólo nos conducen hacia un pasado convertido en pieza de museo. Ellos son hipermodernos, sofisticados cultores de las nuevas tecnologías de la comunicación y estetas del más allá de la política y de las ideologías. Cruzados, aunque la palabra los horroriza, contra el “retorno”, así lo sienten, del populismo profusamente representado por la impostura de las imposturas: el kirchnerismo.

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Los diez años del kirchnerismo
OfftopicporAnónimo5/25/2013

Los diez años del kirchnerismo MARTIN SABBATELLA * Un hermoso presente escrito en plural El 25 de mayo de 2003 comenzó uno de los más extraordinarios procesos de transformación del país a favor de los sectores populares. El rescate de cinco millones de fuentes de trabajo, la caída abrupta del índice de pobreza, la casi absoluta extinción de la indigencia, la ampliación en 2,5 millones del número de personas con cobertura previsional, la creación de asignaciones especiales para casi cien mil embarazadas y 3,7 millones de hijos e hijas de trabajadores sin empleo o la generación de más 2500 paritarias salariales, son sólo algunas de las más importantes medidas dirigidas a una mayoría de la población que había sido castigada y marginada por las políticas económicas conservadoras y neoliberales que asolaron nuestro país. A poco de andar su gestión como presidente, Néstor Kirchner demostró que no sólo daba inicio a otro gobierno democrático en el país sino que comenzaba una etapa histórica, definitivamente contrastante con la sufrida durante las tres décadas anteriores. Una etapa nacional, popular, transformadora, que se fue haciendo cada vez más intensa y profunda con la sucesión de políticas públicas de su gobierno y el que lidera, desde 2007, Cristina Kirchner. Ambos son los principales responsables de haber puesto de pie al pueblo y a la Patria, y también de ganarse un lugar en nuestra historia, a fuerza de principios, de militancia, de compromiso, de amor y de ideales. La década ganada se expresa tangible, bien concreta, en miles de conquistas sociales, económicas, institucionales, políticas o culturales. Pero, sobre todo, late inasible, emocionada, incontenible en las manos ya arrugadas de las Madres, en las sonrisas de los pibes, en las frentes altas de los y las laburantes, en los brazos disponibles de jóvenes que militan y en los corazones felices de millones y millones de argentinos y argentinas protagonistas centrales de este hermoso presente que escribimos en plural. * Presidente de la Autoridad Federal de Servicios de Comunicación Audiovisual (Afsca). CARLOS TOMADA * Los 3653 días que cambiaron el rumbo Una década ganada. Diez años que pasarán a la historia como un emblema de la recuperación de derechos. 2003 fue el inicio de un proceso que restableció las instituciones laborales. Todos juntos dejamos atrás décadas de retroceso en lo político, en lo económico y en lo social. Juntos trabajamos para cambiar la exclusión por inclusión. ¿Quién se hubiera aventurado en el 2002 a plantear un desempleo menor al 10 por ciento? O pensar en cinco millones de puestos. O 200 mil nuevas empresas sólo en industria y comercio. Cambiamos la flexibilización y precarización de la ley Banelco por la defensa del empleo, incluso frente a las crisis internacionales. Cambiamos un Estado ausente por un Estado presente. Con inspección laboral. Y hoy tenemos el mayor nivel de trabajo registrado de los últimos 38 años. Cambiamos salarios estancados por paritarias libres para avanzar en la redistribución del ingreso. Se recuperó el Consejo del Salario Mínimo. Y hoy este salario es el más alto de Latinoamérica. Cambiamos el abandono de los jubilados por cobertura social concreta. Fortalecimos la seguridad social con una ley que prevé aumentos automáticos cada seis meses. Y con una moratoria que incorporó a más de dos millones y medio de personas. Y se recuperaron los fondos de las AFJP. Cambiamos asistencialismo por capacitación. Más de un millón 600 mil personas se formaron en estos diez años. Cambiamos el histórico olvido hacia los jóvenes por programas de acceso al primer empleo. El Plan Jóvenes con Más y Mejor Trabajo acercó al mundo laboral a más de 600 mil personas de entre 18 y 24 años. Cambiamos explotación infantil por protección a los más pequeños. 3,4 millones de chicos reciben la AUH. El 86 por ciento de los niños son sujetos de una transferencia de ingresos. Con acceso a la educación y la salud. Y son protegidos con las leyes que sancionan el Trabajo Infantil. Cambiamos discriminación por equiparación de derechos. Lo hacemos todos los días con los temas de género y de violencia laboral. E incorporamos a dos colectivos postergados. Los trabajadores rurales con una nueva ley y la cobertura social del Renatea. Y las trabajadoras de casas particulares que ahora tienen los mismos derechos que el resto de los trabajadores. Cambiamos “trabajo esclavo” por trabajo digno. Decente. Con la lucha para erradicar esta explotación y con la ley contra la trata de personas. Argentina cambió. Pero falta más. Lo vamos a hacer juntos. Néstor nos marcó el camino. Cristina lo profundiza. Hoy tenemos una década ganada con mucho trabajo. Con más Derechos, más Igualdad y más Patria. * Ministro de Trabajo, Empleo y Seguridad Social. OSCAR LABORDE * La integración regional Al recorrer con la mirada la última década del proceso de integración regional, no podemos eludir la reflexión sobre cuál era la realidad de Latinoamérica durante el apogeo de las políticas neoliberales y cómo es el actual contexto. El triunfo de Hugo Chávez en 1998 y, posteriormente, las presidencias de Lula y Néstor Kirchner llevaron a un quiebre con el pasado, fenómeno que se simbolizó en el NO al ALCA en Mar del Plata en 2005. Hace diez años los pueblos resistían. Utilizaban distintas formas de lucha, para enfrentar las políticas del Consenso de Washington. Era la época de las privatizaciones, la represión, la supresión de los derechos laborales y sociales, con millones de compatriotas en la miseria. Los pueblos enfrentaron ese modelo, gestando distintas formas de organización como el Foro de San Pablo, que permitió reunir a las organizaciones y partidos políticos populares y de izquierda de todo el continente. De allí, surgieron presidentes como Evo Morales, Rafael Correa, Tabaré Vázquez, José Mujica, Cristina Kirchner o Dilma Rousseff. Presidentes que respondieron a las históricas reivindicaciones populares. En América latina surgió una nueva institucionalidad representada por la Unasur, la Celac, y un Mercosur más ligado a la integración productiva y la participación social. En lo interno, se pusieron en funcionamiento políticas de inclusión social, de industrialización y empleo. En lo externo, la mirada se extendió con fuerza a Sudamérica generando espacios de complementariedad y solidaridad económica. En lo político, se impidió el golpe en Ecuador, la guerra entre Colombia y Venezuela y la secesión en Bolivia, entre otros logros evidentes. Mientras todo eso iba aconteciendo, Europa explotaba financieramente y una burbuja inmobiliaria volvía a desnudar la fragilidad de la economía estadounidense, salvando a los bancos y entidades financieras y haciendo recaer sobre los trabajadores y la clase media las consecuencias de esa crisis. América del Sur en general y Argentina en particular decidieron enfrentar los efectos de ese derrumbe a través de medidas activas que sostuvieran el empleo, abriendo los mercados regionales y acordando medidas para proteger lo hasta aquí logrado. Esta integración regional de la Patria Grande tiene como base los proyectos colectivos y la independencia económica. Estamos parados en el umbral de nuevos desafíos y de proyectos que deben profundizar los logros conquistados. * Representante especial para la Integración Económica Regional de la Cancillería. PEDRO MOURATIAN * Los derechos que llegaron Con la llegada de Néstor Kirchner a la presidencia de la Nación en el 2003 y la aprobación del Plan Nacional contra la Discriminación se abrió un camino en el que muchas personas de la sociedad civil, en articulación con el Estado, hicieran suya la idea de la igualdad como un compromiso comunitario, voces fundamentales en la construcción de la diversidad como un valor político. Un proceso que se profundizó en los sucesivos gobiernos de Cristina Fernández de Kirchner. En Argentina y América del Sur estamos atravesando un período histórico en el que se avanza en un conjunto de reivindicaciones que parecían muy difíciles de alcanzar un tiempo atrás. Lo que está en juego es la reformulación tanto de un modelo de desarrollo como la reconstrucción de las relaciones entre el Estado y la sociedad, la reducción de las desigualdades sociales y el restablecimiento de criterios de justicia que las reformas neoliberales asociadas a una concepción estrecha y mercantilista de la globalización han traído a nuestros países. Por primera vez, desde el fin del ciclo de dictaduras en varios de los países del Cono Sur, se retoma el camino de consolidación y ampliación de la democracia, la participación política asociada a la plena vigencia de los derechos humanos y la reparación de la deuda social con grandes sectores de la población que han sido históricamente vulnerabilizados. Se trata de una tarea eminentemente política que exige respuestas integrales capaces de atender las situaciones de desigualdad concreta, también en materia de políticas contra la discriminación. Las más de 90 nuevas leyes de ampliación de derechos de estos últimos diez años surgieron de las más diversas necesidades. Por eso, la última década nos convirtió en pioneros en la región a partir de algunas conquistas como la ley de matrimonio igualitario y como la Ley de Identidad de Género, que es considerada un modelo por la comunidad internacional. Cada acción del Inadi tiene el compromiso de aportar al cambio cultural, confirmar el avance sostenido y garantizar un futuro donde la igualdad social repercuta en una ciudadanía plena en todos los niveles de la vida cotidiana. Una tarea que es posible llevarla a cabo en el marco de un proyecto nacional y popular que hoy cumple diez años, pero cuyos logros en esta materia llegaron para quedarse. * Interventor del Inadi.

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La mediación peronista - Por Edgardo Mocca
OfftopicporAnónimo6/10/2013

La mediación peronista Por Edgardo Mocca La suerte del kirchnerismo se jugará en el interior del peronismo. Será más temprano, ahora nomás, o dentro de dos años en las presidenciales. Serán unos u otros los actores centrales del drama. Pero la relación de fuerzas en el peronismo será la clave de la continuidad o la interrupción del proceso político abierto en 2003. Muchos de quienes podrían acordar con esta hipótesis, y actúan en la oposición, creen que así demuestran otra hipótesis: la de que el kirchnerismo es nada más que un movimiento pendular en la historia del peronismo, que siempre termina constituyendo un sistema político en sí mismo. Sin embargo, una afirmación no se desprende directamente de la otra. Se puede sostener al mismo tiempo que el kirchnerismo es una etapa específica de la historia política nacional y que su proyección depende de la conducción actual y concreta del peronismo. Y cuando hablamos del peronismo, lo hacemos en dos planos: la identidad política de masas y la estructura territorial-estatal. Entre esos planos no se establece una relación simple y lineal como la que describe la tesis elitista del “clientelismo”, como simple intercambio de favores por votos, tal como profundamente lo investigó y lo argumentó Javier Auyero. Pero tampoco las estructuras del justicialismo son las cáscaras vacías que predican quienes creen en la muerte de los partidos políticos. Estamos hablando básicamente de la relación entre clases populares y política, para lo cual necesitamos situarnos fuera de los esquemas doctrinarios y pensar en las transformaciones socioculturales y estatales atravesadas en las últimas décadas. El peronismo es una identidad política que perdura y se actualiza a través de una red de prácticas y experiencias sociales y políticas. Mucho se ha insistido y, claro está, siempre críticamente, en la complacencia del kirchnerismo con la maquinaria política del justicialismo. Se le reprocha particularmente a Néstor Kirchner el rápido abandono de la promesa de “transversalidad”, fórmula en la que algunos creyeron ver la licuación del peronismo en una malla de referencias “progresistas”. No es el caso aquí de investigar las intenciones profundas del desaparecido presidente en los días de su asunción, con una magra fuerza electoral y una endeble estructura de apoyos partidarios. Lo que se olvida es que Néstor formulaba la tesis de la transversalidad como corolario de otra tesis, la de la necesidad de un sistema político que expresara claramente las diferencias entre el país “progresista” y el país “conservador”. La transversalidad no presuponía –salvo la presunción de un temprano suicidio político– sino la pelea por conducir al justicialismo desde una perspectiva progresista (o, para decirlo con más fidelidad a la experiencia, nacional-popular) capaz de asegurar hegemonía interna y, al mismo tiempo, atraer liderazgos de otras procedencias. La verdad es que, así interpretada, la fórmula nunca fue abandonada y acaso en pocos momentos tuvo tanta vigencia práctica como en estos días. Todos reconocen hoy, contentos o amargados, la existencia del cristinismo, que funciona a la vez como corriente hegemónica del peronismo y como expresión del frente político que respalda activamente al gobierno. También habría que reconocer que la experiencia de los elencos dirigentes de la estructura justicialista no fue inmune al accionar del kirchnerismo y no todos los apoyos que el gobierno nacional recibe de esa línea pueden ser interpretados en la clave simplista del oportunismo. Si el futuro del país, digamos después de 2015, se jugara en términos de la lucha entre quienes hoy gobiernan y quienes hoy están fuera del gobierno, no sería posible –porque nunca lo es en política– asegurar un resultado; pero sí habría una clara condición de favorito para el oficialismo. En última instancia, toda la cuestión radicaría en el alcance de algunos logros en la gestión política que sostuvieran y animaran el apoyo popular. Claro que esto último sigue siendo decisivo en cualquier configuración política pero, en este caso hay una mediación: es el peronismo. Vale aquí una puntualización: en este texto, “peronismo” y “estructura justicialista” se toman como sinónimos; claramente no lo son, habida cuenta de la experiencia añeja, y fortalecida en estos años, de un peronismo identitario y activo que se mueve fuera de la estructura partidaria. Pero en el contexto del argumento que aquí se desarrolla, cuenta el hecho de que el peronismo no tiene otra expresión práctico-política con gravitación decisiva que no sea el PJ o, para decirlo con más precisión, la red territorial, social y estatal que hace política desde esa pertenencia. Volvamos entonces; entre el proyecto de continuidad kirchnerista y la voluntad ciudadana hay una fuerte mediación, la del peronismo. Y la mediación ha devenido más tensa y compleja que en cualquier otro momento, por el límite que supone el actual impedimento constitucional para una nueva reelección de Cristina Kirchner. La limitación no puede dejar de impactar en el territorio peronista. Tanto dentro del campo que se ha mantenido leal a la conducción, como el que armó su propio campamento en los confines de la disidencia. Entre los primeros está el legítimo interés de discutir el lugar de cada cual en el marco de la búsqueda de la sucesión. Entre los disidentes, la no reelección es una variable muy importante porque abre un campo de operaciones posible en el justicialismo y, a la vez, genera un enorme interrogante sobre la posibilidad de crecimiento fuera de la estructura; un interrogante que tiene acentos dramáticos después del papel que hicieron Duhalde y Rodríguez Saá en la última elección presidencial. Se podría arriesgar la hipótesis de que uno de los grandes obstáculos que tiene hoy la construcción de un frente de centroderecha, el macriperonismo, es esa incertidumbre peronista. El otro obstáculo es la sospecha –o seguridad– del macrismo acerca del escaso atractivo electoral que algunos de los referentes de la disidencia aportarían a la causa común. En estos días se desarrolla afiebradamente la “operación Massa”. La cercanía de las primarias abiertas, el estancamiento de las oposiciones y su dispersión –levemente atenuada en estos días por el acuerdo, en la ciudad de Buenos Aires, entre el radicalismo y una serie de fuerzas menores más o menos abarcables por el equívoco nombre de “progresistas”– generan una urgencia mediático-política que ya ha alcanzado uno de sus resultados: el espectacular aumento del precio político del intendente de Tigre. Habrá que ver qué ocurre con esa cotización, un poco artificialmente elevada en estos días, en el futuro más o menos próximo. Cualquier decisión del involucrado supone oportunidades y riesgos que este comentario no se propone analizar. Lo que aquí quiere ponerse de relieve es que el principal y casi único enigma que ha situado su solución en un lugar de interés con vistas a las elecciones legislativas proviene del campo justicialista. Las perspectivas de gobierno para una derecha que tenga que vérselas con un peronismo unido en lo fundamental –o no más dividido que hasta ahora– son francamente problemáticas, por lo menos en un marco de estabilidad política. El radicalismo tiene una presencia federal que no ha quedado intacta por los grandes terremotos atravesados por el partido, pero que sigue siendo un importante capital. Aun así, la posibilidad de enfrentar, en común con algunas fuerzas con presencia exclusiva en un distrito y otras electoralmente irrelevantes, a un peronismo unido tampoco parece arrojar fáciles pronósticos favorables. En dos de sus últimas intervenciones, la Presidenta ha hablado de esta cuestión. En su discurso en la Plaza, el 25 de Mayo, dijo que quienes hablaban de “fin de ciclo” no estaban hablando de una elección ni de una boleta partidaria, sino de un rumbo y de un conjunto de conquistas que son lo que realmente está en juego. Estaba hablando del poder. Pocos días después criticó con mucha energía a quienes “no la defienden” y quieren “ser amigos de todos”. No es una arbitrariedad el nexo entre esas dos afirmaciones. Cristina ha dejado absolutamente claro que lo que debe esperarse no es la administración burocrática de una sucesión a ejecutarse con base en sondeos de opinión ocasionales. Lo que viene es una lucha por la continuidad de un proyecto de poder y una hegemonía política. Toda hegemonía política se sostiene en un relato, mal que les pese a quienes impugnan el concepto identificándolo con la simple mentira. El relato kirchnerista es el de un proyecto nacional peronista inconcluso después del derrocamiento de 1955 y frustrado en la experiencia de los enfrentamientos de la década del ’70. La crisis de 2001 es en esa narración el epílogo de un largo proceso que alcanzó su etapa más crítica con el golpe de 1976 y la readaptación del país al mundo del neoliberalismo consumada en la era menemista. De esa crisis resurgió un proyecto nacional-popular alternativo al neoliberalismo, ensamblado con un proceso transformador de alcance sudamericano y en el contexto de una grave crisis del capitalismo global. El peronismo opositor, por su parte, se relata a sí mismo como el partido del orden argentino, aquel que siempre dispone de los recursos políticos para sacar al país de la crisis y reorientarlo según los vientos de la época: neoliberales en 1989, nacional-populares en 2003... y seguramente recuperadores del orden, la seguridad jurídica y el diálogo en los tiempos venideros. Claro que la disputa entre dos relatos no es teórica. No se resuelve en congresos ni en think tanks. Se define en la lucha política. Y no se define principalmente en el siempre imprescindible terreno de las maniobras y las roscas, sino ante todo en la relación con el bloque social que sustenta esta experiencia política. La lucha por el peronismo no es una “lucha interna”; su terreno es la voluntad de grandes masas de millones de hombres y mujeres que serán quienes decidan en última instancia. El resultado de la batalla no lo conocemos. Lo que sí parece seguro es que la batalla no será reemplazada por el retiro, por más “ordenado” que sea, de la actual fuerza dirigente

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Una crítica desleal - Por Eduardo Aliverti
OfftopicporAnónimo4/15/2013

Una crítica desleal Por Eduardo Aliverti ¿Cuáles antecedentes habrá de que una medida de Gobierno (no éste en particular: cualquiera) haya sido cuestionada, desde la unanimidad opositora, sólo “por las dudas”? ¿Cuántas veces pasó que sea virtualmente imposible encontrar una, apenas una fundamentación técnica para contraponerse a tal o cual acción del oficialismo de turno? Pero, sobre todo, ¿se tiene registro de que haya habido alguna oposición de turno capaz de reconocer que de eso se trata? ¿Admitir que únicamente es cuestión de me opongo porque me opongo? Casi con toda certeza, debe haber historial al respecto. Sin embargo, el solo hecho de tener que dedicarse a revolver para toparse con algo parecido, en la historia reciente o lejana, ya habla de la dimensión del asunto no por su importancia en sí, ni por el interés popular que despierta. De ser por eso, admítase que la reforma judicial es uno de esos temas mueve pelos masivos. Es tomada como cosa de jueces, abogados, gente del mundo del derecho o de políticos que quieren aprovecharla. Hablan de ampliar casaciones, de Consejo de la Magistratura, de juridicidad más democrática, y no hay manera de descubrir que en la conciencia o el espíritu social mayoritario esté hecho carne. Lo cual no tendría por qué decir algo sustantivo. Cuando Kirchner ordenó bajar el cuadro de Videla de las paredes del Colegio Militar, nadie se lo reclamaba. Estuvo a la izquierda de la sociedad cuando hizo eso. Pero fue uno los actos fundacionales para construir y ejecutar un relato, que sirvió –entre otros aspectos– a fin de que jóvenes y desencantados volvieran a confiar en la política. Es que alguien, desde allí, podía animarse a patear algún tablero. La justeza de una medida o una actitud, su proyección a largo plazo, su modalidad, pueden no ser apreciados por las masas como un elemento determinante, cuando en verdad lo es. Para eso están los líderes, los estadistas, las figuras sobresalientes: para adelantarse a las expectativas sociales. De modo que no. No se señala que la reforma judicial no deba importar porque, hoy, le interesa solamente a una minoría de cenáculos. Sí se apunta que, tenga de fondo lo que tuviere, el Gobierno vuelve a marcar agenda. Pero esta vez, en lugar de que se acuerda una Súper Card con los supermercados y se retruca con que eso es una mera transferencia de ingresos, de los bancos a un sector del comercio; en lugar de que haya publicidad oficial en exceso y se cuestione que el Gobierno usa los fondos públicos para propagandizar, y no para dar cuenta constitucional de sus actos; en lugar de que Cristina haya hecho uso y abuso de la cadena nacional, para contraponer que ese recurso debe limitarse a casos de gravedad o repercusión masiva, el Gobierno propone tal y tal medida sobre el funcionamiento de los Tribunales y le dicen “no, no te creo nada; no nos incumbe entrar en ningún debate; estamos en año electoral y lo único relevante es nuestra capacidad de convencer para cuestionar lo que sea”. Si acaso lo entrecomillado puede parecer una exageración interpretativa, una semblanza retórica y punto, vean lo realmente ocurrido. Una serie de dirigentes enfrentados al Gobierno, de cuya existencia no se tenía mayor noción pero que fueron presentados en los títulos del periodismo opositor como un arco monolítico, llamó a la rebeldía ciudadana sin más ni más. En previa sintonía, Federico Pinedo, del PRO, quien, ya hemos dicho, no es ni de lejos el peor gurka de la derecha sino un tipo habitualmente centrado, twiteó que no tiene idea de lo propuesto por el Gobierno pero que cabría presumir un avance sobre la independencia de la Justicia. Carrió equiparó al proyecto oficial con “una dictadura de facción”, y la cúpula radical la reprodujo en palabras textuales. Los socialistas (?), o alguna de sus caras más visibles, se subieron a lo mismo. Se entiende de qué hablan, en cuanto a intencionalidad política. Están en todo su derecho democrático de hacerlo. Lo improbable es localizar objetivamente en cuál soporte argumentativo se amparan. Y en mayor o menor medida, todos concluyen en que ahora viene el 18-A y “los ciudadanos” deben conformar ese ahí, ese cuándo, esa explosión. A ganar la calle, sin que tampoco alguien explique para qué por fuera de engancharse al odio de clase, a la libertad de comprar dólares, a la defensa de esas “instituciones” que jamás precisan y en las que se defecaron toda la vida. Un otrora icono de la frivolidad reaccionaria, Bernardo Neustadt (periodista de presunto o auténtico gran influjo entre la última dictadura y los comienzos del menemismo), tenía el mérito de aprovechar o inventar frases efectistas. Una de ellas era “prohibido criticar sin proponer”. Imaginemos ese concepto, que Neustadt usaba para amparar a los militares y a sus mandantes civiles, aplicado a los que ahora serían sus seguidores contra la dictadura kirchnerista. La propuesta vendría a ser “dejemos todo como está, que estamos bárbaro”. Para el caso, en la Justicia. Cuando pasan estas cosas, el carácter de lo simbólico es mucho más fuerte que el análisis de toda proposición. Más que importar si esto es bueno o malo (la coyuntura de una medida o lo estructural de un gobierno), de seguro sería peor –mucho peor– en manos de una runfla que supera a la hibridez de lo que fue la Alianza, cuando la articulación entre viudas peronistas, radicales y compañía en la decadencia del menemismo. Aquello, por lo menos o digamos, tenía algún sentido de consenso para acabar con la corrupción, siempre que no fuera la sistémica. Esto, en cambio, es un rejunte que mezcla el agua con el aceite sin ningún empacho vergonzante. Sindicalistas de aparato extorsivo; empresarios-nenes bien metidos en política, a falta de cuadros políticos que defiendan sus intereses mejor que ellos; tipos con un piné que se agota, con suerte, en manejar intendencias; legisladores que entran por acá y terminan allá, en esos monobloques unificados en sí mismos. Y los campestres que el jueves pasado, en una asamblea de la extinta Mesa de Enlace, en presencia de Eduardo Buzzi y adláteres, llamaron a “hacer desaparecer” al Gobierno. Entre todos no juntan uno solo capaz de marcar el paso. Eso es lo que vuelve a verse ante la dichosa reforma judicial que impulsa el oficialismo: no tienen un dirigente, ni uno y ni por asomo, en condiciones de dar debate. Lo rehúyen. Carecen de quien pueda valerse de lo mediático para discutir, aun cuando tienen los medios a disposición para escandalizar sin contrapartida. Un breve repaso sobre el objeto de estudio. Están más o menos todos de acuerdo en extender las cámaras de Casación más allá de las fronteras de lo penal. Luego, gente progre del derecho expresa que restringir los recursos cautelares hace pagar a justos por pecadores, porque, por vía de cercar a Clarín y a sus chicanas, se protegerían los abusos del Estado contra particulares. Pero de esto, en la oposición, se habla un poco más que nada y hasta al revés. Solamente los excita que en las elecciones habrá que votar candidatos a Consejo de la Magistratura. Y que, por tanto, tendrán que pensar de quiénes disponen para presentar postulantes. Como para eso tienen igualmente a nadie, el ardid es señalar que el Gobierno se quedará con la Justicia enterita, a través de candidaturas mezcladas en las listas sábana, en las que van aspirantes a diputados, senadores y concejales, nacionales y provinciales. ¿No tendrían que interrogarse por qué le tienen pánico al sufragio popular? Si están tan confiados en que el ciclo kirchnerista se acabó, y en que en agosto/octubre de este año, o en 2015, surge una Nueva República Grondoniana, o Carriotística, ¿por qué preocuparse? Si el 18-A van a tapizar de bronca propositiva el Agora ateniense; si la yegua ya está con la lengua afuera; si les falta nada más que el último empujón, ¿cuál es el problema? Van, votan a sus chicos y sanseacabó. Así de fácil, en acuerdo proporcional a lo que indican como el crepúsculo del oficialismo. No se presentan a debatir. Conservan o usufructúan la ofensiva mediática para no dormirse del todo en los laureles. Y chau. ¿No es así? ¿Será igual que en 2009, cuando se deleitaban con Cobos en reemplazo urgente del matrimonio presidencial derrotado? ¿Será que un par de años más tarde de imaginarlo debieron digerir el 54 por ciento? ¿Será que no le confían a que el 18-A, y antes el 8-N o el 13-S, tengan traducción política? No se entiende. Hay algo que no cierra. O tienen la potencia necesaria para descansar en que la bronca masiva hará de las suyas a favor. O saben que “la gente” no es tonta, tras ratificar durante diez años –en las urnas y en la convicción activa o pasiva– este modelo de construcción que radica en ir cimentando como se pueda. Con el convencimiento prioritario de que no puede construirse nada que valga la pena a través de las recetas de los ’90. Disculpas por lo sempiternamente reiterativo, pero uno ve que en contra de esta ampulosa o tibia reforma judicial están los voceros periodísticos de los privilegios de clase, los peronistas disidentes, Sanz, esos radicales trajeados de republicanos impolutos, Carrió, Moyanos, algún trosco imperturbable. La suma de todos los fracasos comprobados. Y no queda otra que fugar a no, está bien, dejá, me quedo con lo que hay. Deberíamos estar discutiendo que el patrón energético del país es paupérrimo; que caridad no es solidaridad; que Cristina sola no alcanza; que sin perjuicio de lo que fue el devastador huracán noventista se impone avanzar más enérgicamente en la calidad del empleo, en ir dejando atrás el asistencialismo. Es difícil, muy difícil. Si los que cuestionan absolutamente todo no quieren discutir absolutamente nada, ¿puede darse alguna discusión leal?

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