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El espejo deformante de la biografía de Menem

Offtopic3/11/2013
El espejo deformante de la biografía de Menem



Por Alejandro Horowicz

El menemismo expresa la derrota mundial de los trabajadores, frente al arrollador avance del capital globalizado.

1955, jueves 30 de junio. Refiere a una frase de la señora Bibiloni de Bulrich: "Yo no soy una mujer frívola; a mí lo único que me importa es el dinero”. Según Borges, se cree muy virtuosa mientras lo dice: "Son frases que las personas pueden decir; pero si las oyen, dichas por otras, se escandalizan. Pueden decirlas porque conocen las razones, porque las justifican.”
Borges, de Adolfo Bioy Casares.

La anunciada muerte del comandante Hugo Chávez Frías quedó retratada en los dolientes rostros de millones de sus seguidores, dentro y fuera de Venezuela. La escena que festejara anticipadamente la prensa carroñera sucedió, pero el brindis les quedó atragantado en el gaznate. Ni siquiera en su insensible miserabilidad dejan de percibir la sencilla imponencia del dolor popular. En ningún caso sus esperados comentarios hablan del comandante, de los motivos de tanta congoja, todo el tiempo remiten a sí mismos, al odio que les "figura" el alma, de ahí no pasan. La prostituida idea que tienen del afecto personal, pura proyección de sus propias razones para el amor, derrapa en desprecio racista por ese incesante desfile de hombres y mujeres sencillos, y la abismada sorpresa les congela el festejo. Al igual que los editores "globales" de El País, no entienden nada; imposible entender sin un mínimo de empatía, sin ponerse un minuto en el lugar del otro.

Por eso, las imágenes de la CNN, en cadena permanente con Caracas, los comentarios de algunos de sus periodistas –habituales detractores del comandante– resultan una suerte de elogio póstumo. Acostumbrados a que el periodismo no sea mucho más que anunciar la muerte de Lady Kennyston, que su dama de compañía nos cuente de sus inefables virtudes cuando los televidentes a gatas si habían registrado su vida, entonces la muerte de un líder popular golpea duro. La conmoción se nota, pero no exageremos, no cambia básicamente las cosas. Una pregunta inhóspita golpea próxima: la muerte, la propia muerte. ¿Cuando muera digamos Carlos Saúl Menem, cosa que inevitablemente terminará sucediendo, quién lo llorará? ¿Emir Yoma? ¿Oscar Camilión? ¿Multitudes estremecidas por la desaparición de un estadista?

No voy a contestar, al menos en esta columna, preguntas de tan distinto peso conceptual. Imposible, al menos para mí, saber si su ex cuñado guarda alguna clase de sentimiento cálido hacia Menem, o si solo se trata – para citar un ejemplo suficientemente bastardeado –de los "préstamos" millonarios que el Banco Nación le concediera –contra la opinión de la línea gerencial– por presión directa de la administración Menem; préstamos que termináramos honrando todos los ciudadanos de a pie, ya que las garantías eran manifiestamente insuficientes. El banco fue estafado por decisión del directorio y la complicidad de un orden político que Menem educó en mirar cuidadosamente para otro lado. Era otra versión del famoso "botín de guerra" inaugurado por la dictadura burguesa terrorista, que como un hilo negro sulfila las continuidades de una historia que se resiste a concluir.

Imposible saber si Camilión guardará en su fuero íntimo la alegría de haber formado parte del gobierno más cipayo de la historia argentina, o si la sentencia de la Cámara Nacional de Casación Penal –por el contrabando de armas a Ecuador y Croacia– terminará por embotarle la sensibilidad. En sus términos, tanto Menem y Rogelio Frigerio eran verdaderas cumbres nacionales. Claro que el valor máximo del menemismo líquido, cómo ignorarlo, sigue siendo ganar; los que pierden no merecen otra cosa, y por tanto se mira para otro lado y sigue la rueda.

Durante sus días felices, Carlitos saludaba fraternalmente a José Alfredo Martínez de Hoz, marca inequívoca del nuevo orden, y los fotógrafos registraban la "noticia", mientras los vecinos del Joe en el Kavanagh lo habían vuelto literalmente transparente. Los beneficiarios personales del "nuevo orden del '76" se desentendían de Martínez de Hoz, y la convertibilidad todavía rugía. ¿Ahora sería distinto? ¿Los grandes diarios comerciales concentrados pueden, es una pregunta irónica, pueden digo manipular hasta ese punto los sentimientos colectivos?

No lo creo.

Entonces: ¿Cómo pensar a Menem? ¿Como marca de la corrupción? ¿Como jefe de una banda? ¿Cómo pensar el menemismo? ¿Como síntesis privilegiada de los vientos tras la caída del Muro de Berlín?

Escribí en Las dictaduras argentinas: "El menemismo constituye el programa de una clase dominante que no es una clase dirigente, mediante la sustitución de un proyecto colectivo por la naturalización de la decadencia ininterrumpida. Naturalización que opera a través de la reproducción ampliada de una mayoría amorfa, requerida para el sometimiento automático al dictat del mercado mundial, mediante la renuncia a la política como herramienta de transformación compartida. Es decir, la política queda reducida a la administración de lo dado."

Mientras el presidente Menem conservó las palancas de comando de la política nacional arrastró, sin mayores dificultades, al Poder Legislativo, y en el ínterin rehacía la cúspide del judicial. Con la Suprema Corte bastaba, ya que el resto había sido retocado por Videla, Viola y Galtieri. Menem contó para tal fin con el irrestricto apoyo de la Unión Cívica Radical; basta recordar que Raúl Alfonsín renunció seis meses antes de culminar su mandato, y que durante ese lapso ambas cámaras no incorporaron los nuevos diputados y senadores. Es decir, la mayoría radical encolumnada por la dirección de la UCR obedeció sin rechistar cada una de las "órdenes" del flamante presidente. De modo que alfonsinismo cristalizado y menemismo gaseoso cogobernaron, y por cierto no fue esa la única vez.

La administración Menem no sólo terminó agravando los problemas materiales, morales y políticos de la sociedad argentina, además resultaba evitable: lógica y contrafácticamente evitable. Una cosa era la incorporación de la sociedad argentina al nuevo ciclo del mercado mundial, esa era la novedad histórica que aportaba la caída del Muro de Berlín, y muy otra la forma ("las relaciones carnales" ) en que se produjo esa incorporación por parte del cuarto peronismo.

Aun los críticos más tenues, los que sólo objetan la "forma" con que se llevaron a cabo las privatizaciones ("sin adecuados instrumentos de control" ) reconocen la insensatez sistémica de prorrogar indefinidamente la convertibilidad; insensatez que permitió saquear todas las reservas del Banco Central ante la vista de todos y sin la resistencia de nadie; estos "críticos" se ven obligados a reconocer que el damero de instrumentos era sensiblemente mayor. No estamos hablando de novatos en materia económica. La mayor parte de los docentes de la carrera de Economía –facultad de Ciencias Económicas, UBA– tras el derrumbe de 2001 admitieron que no "había forma de evitarlo". Como se ve, no se trata de un "error” sino de un suicidio programático.

No basta la dictadura burguesa terrorista del '76 para la liquidación definitiva de todos los proyectos constituidos desde la crisis del '30, incluso el de postguerra, El menemismo expresa además la derrota mundial de los trabajadores, frente al arrollador avance del capital globalizado. Tanto el radicalismo de Hipólito Yrigoyen, como el movimiento encabezado por el coronel Perón nacen en otras circunstancias históricas. Ambos acompañan el ciclo expansivo de los procesos populares. El menemismo no.

Se trata de saber si ese ciclo ha concluido, si Sudamérica es capaz de parir uno nuevo, si el entierro del comandante Chávez es asimismo el de su movimiento histórico, o si nos encaminamos hacia otra batalla decisiva.
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