Decálogo de un Filósofo Por Bertrand Russell Bertrand Russell, filósofo. Es conocido por todos y muy difundido en Internet un decálogo compuesto por este genial filósofo británico, del que no daré más datos biográficos que su nacimiento en 1872 y su fallecimiento en 1870. En Taringa! sobran biografía, vida y obra de Russell y no quiero repetir. Este famoso decálogo antedicho fue compuesto en 1951 y publicado por la New York Times Magazine el 16 de diciembre de ese mismo año, dentro de una nota titulada “La mejor respuesta contra el fanatismo: Liberalismo”. Ese decálogo liberal era destinado a profesores para que se rigieran por él y lo impartiesen a sus alumnos. Y decía lo siguiente: 1. No estés absolutamente seguro de nada. 2. No creas conveniente actuar ocultando pruebas, pues las pruebas terminan por salir a la luz. 3. Nunca intentes oponerte al raciocino, pues seguramente lo conseguirás. 4. Cuando encuentres oposición, aunque provenga de tu esposo o de tus hijos, trata de superarla por medio de la razón y no de la autoridad, pues una victoria que dependa de la autoridad es irreal e ilusoria. 5. No respetes la autoridad de los demás, pues siempre se encuentran autoridades enfrentadas. 6. No utilices la fuerza para suprimir las ideas que crees perniciosas, pues si lo haces, ellas te suprimirán a ti. 7. No temas ser extravagante en tus ideas, pues todas la ideas ahora aceptadas fueron en su día extravagantes. 8. Disfruta más con la discrepancia inteligente que con la conformidad pasiva, pues si valoras la inteligencia como debieras, aquélla significa un acuerdo más profundo que ésta. 9. Muéstrate escrupuloso en la verdad, aunque la verdad sea incómoda, pues más incómoda es cuando tratas de ocultarla. 10. No sientas envidia de la felicidad de los que viven en el paraíso de los necios, pues sólo un necio pensará que eso es la felicidad. Sin embargo pocos saben que este ejercicio (el de componer decálogos) ya había sido practicado por Russell tan atrás como el año 1930. Fue publicado en la revista Everyman el 3 de abril de ese año. Incluía no sólo las diez máximas sino una descripción de cada una de ellas. Se llamaba “Mis diez mandamientos”. La versión que aquí transcribo es la que apareció, traducida al castellano, en la enciclopedia “Nuestro Universo Maravilloso”, dirigida por el notable escritor argentino Ernesto Sábato. Sin más preámbulo ahí va: Doy por sentado que todo el mundo tiene una lista propia de aquellas virtudes que intenta poner en práctica; más aún, que si fracasa en la realización de tales actos virtuosos, se siente avergonzado sin que para ello tenga nada que ver la opi¬nión ajena. He procurado resumir en algo así como un decálogo aquellas virtudes que yo quisiera poseer; helo aquí: 1 - No mientas para ti mismo. Jean-François de Troy - «El tiempo desvelando la verdad» (1733). Considero que este mandamiento es el más esencial de todos. Alguien harto racio¬nalista podría argüir que es inútil mentir para sí mismo, puesto que uno no podría jamás creer en el embuste propio, pero es¬te argumento se funda en mera ilusión. Coué nos ha enseñado a curar enfermedades mediante la autosugestión, y el mismo método es igualmente eficaz cuando se lo aplica con miras a obscurecer la conciencia o percepción de nuestros propios defectos. Si uno ha estado ocupado en realizar una transacción comercial y ha logrado efectuar un negocio que dejara pingües ganancias a expensas de alguien mucho más pobre que uno mismo, no tiene más que asegurar para sus adentros todas las noches, cuando está por dormirse, que supo dar muestras de extraordinaria generosidad y que la inmensa mayoría de la gente habría procedido con menos blandura; y acabará por creerlo cuando lo haya repetido para sí durante una semana o un mes. Los jactanciosos no tardan en creer en las proezas de arrojo que atribuyen a su propia persona. Si uno quiere crear alguna doctrina teológica o política que aumente sus rentas, atribuirá mayor fuerza a los argumentos en pro que a los en contra, a menos que tenga sumo cuidado. Y hablando en términos generales, uno será capaz de perpetrar cualquier villanía con la más clara conciencia, a menos que practique el hábito de decir la verdad para sí mismo. 2 - No mientas para otros a menos que estén ejerciendo tiranía. Carracci, Annibale - Alegoría del tiempo y la verdad (1584-5) Esto está en franca oposición con la opinión generalmente aceptada, según la cual uno debería decir la verdad a los fuertes, pero no a los débiles. Se considera justo y adecuado que los gobiernos y ciertos órganos mientan sobre asuntos públicos; se considera bien hecho que los padres mientan a sus hijos sobre asuntos sexuales y aun sobre la excelencia moral de dichos padres. Mi principio es el anverso de todo esto. Yo considero que los gobiernos deberían decir la verdad a sus súbditos o ciudadanos, y que los padres también deberían expresar la verdad a sus hijos, por muy inconveniente que esto pueda parecer; pero no creo que los tiranos tengan derecho a esperar verdad de labios de sus víctimas. En casos extremos, esto sería admitido; un conspirador que bajo la tortura se niega a traicionar a su cómplice, conquista admiración siempre que su caso no sea demasiado abominable. Pero creo que el principio tiene aplicaciones mucho más amplias. Yo no culparía a los niños por mentir ante sus padres si éstos son severos hasta más allá de toda razón; yo no culparía a un librepensador por ocultar sus opiniones si el darlas a conocer hubiera de perjudicarlo hasta el grado de hacerlo morir de hambre. 3 - Cuando creas que tu deber es causar dolor, examina a fondo las razones que tengas para ello. Grabado representando las torturas de la Inquisición. Dolor por motivos religiosos. Yo aconsejaría: “No te complazcas en causar dolor”, si no fuera porque ésta es una cuestión que está más allá del dominio de la voluntad. Si uno encuentra placer en causar dolor, quizá logre alterar su carácter mediante varios métodos indirectos; pero no conseguirá eliminar dicha sensación placentera por el mero hecho de decir para sus adentros que aquello es bajeza. Mediante un acto volitivo uno puede, sin embargo, abstenerse de cometer acciones a las que se siente tentado por el deseo de ese placer. A decir verdad, el deseo de causar dolor es mucho más común que cuanto cree la mayoría de la gente, y se encuentra en el fondo de muchas creencias consideradas como morales. Hubo entre nosotros muchos que creyeron —y la opinión per¬siste aún en Japón— que es perverso que una mujer reciba anestesia durante el alumbramiento. Esta creencia jamás tuvo otra base que el sadismo, a pesar de que para ella se ha dado toda clase de razones seudocientíficas. Dudo que operaciones tales como la extirpación de las amígdalas sean siempre necesarias cuando las reco¬miendan los cirujanos, y sospecho que al¬gunos de éstos encuentran inconsciente¬mente una fuente de placer en causar dolor. Todo cirujano tiene el deber de in¬hibir su repulsión natural a causar dolor, mas ciertamente hay una tendencia psico¬lógica a permitir que dicha inhibición ceda el puesto a impulsos sádicos. Admiramos y alabamos el sacrificio propio, y nos com-placemos ante la contemplación de vidas virtuosas totalmente despojadas de felici¬dad; esto también suele tener sus raíces en la crueldad, y hace que los moralistas con¬denen el sacrificio propio aun cuando no haga ningún bien para nadie. Por todas estas razones nos inclinamos demasiado a creer que el dolor es bueno para los de¬más; y si bien esa creencia se halla a veces justificada, como por ejemplo en el caso de una operación quirúrgica necesaria, de¬beríamos estar completamente seguros encada caso de que nuestro juicio no se en¬cuentra sometido a la influencia de algún impulso hacia la crueldad. 4 – Cuando desees el poder, examina cuidadosamente el porqué de ese deseo. Collier, Evert - Vanitas Still-Life (1705). Clara alusión alegórica del poder pasajero. El ansia de poder es parte del mecanismo esencial de la naturaleza humana y no debe ser considerado como un mal en sí; sólo se convierte en malo cuando va asociado a ciertos otros deseos e impulsos. Los “líderes” religiosos, los reformadores políticos y los hombres de ciencia obran todos bajo la influencia de varias formas de amor al poder, mas no por ello tenemos derecho a pensar mal de ellos. Por otra parte, es malo que aquel poder dependa completamente de esos otros deseos para cuya realización deseamos conquistar tal poder. Si con semejante deseo se aspira a ser poderoso para ser cruel, más valdría que quien lo experimentara se sometiera al tratamiento en manos de un psicoanalista para que le cambiara el carácter. . . o de lo contrario que se suicidara. 5 - Cuando tengas el poder, úsalo para dar facilidades al pueblo y no para oprimirlo. Presidente Roosevelt pidiendo al zar de Rusia que termine la opresión judía - Emil Flohri (1904) Esta máxima tiene especial aplicación en lo que se refiere a la educación. Aquellos que tratan con los jóvenes, tienen inevitablemente el poder en sus manos y resulta harto fácil ejercer ese poder más bien en forma que complazca al educador que no con miras a lograr utilidad para el niño. El ejemplo clásico, por así decirlo, nos lo da el padre que quiere que su hijo le siga las huellas en todo; que aspira a que, como él, el vástago sea un estadista eminente, un financista prominente, un distinguido hombre de ciencia, y esto y aquello y lo de más allá; que se indigna cuando llega a descubrir que los gustos de su hijo son completamente distintos de los suyos. Toda propaganda en cuestiones de educación cae realmente dentro de este capítulo, ya que consiste, no en enseñar a los jóvenes a pensar para sí, sino en hipnotizarlos para que acepten sin pensar determinadas fórmulas. El poderío sobre naciones sometidas a un régimen central cabe dentro del mismo capítulo. La historia tiene pocos casos en los cuales el dominador haya abandonado voluntariamente semejante poder; en cambio, abundan los ejemplos de situaciones en los que aquél ha causado grandes perjuicios. 6 - No intentes vivir sin vanidad, porque eso es imposible; antes bien, elige acertadamente la clase de auditorio que haya de admirarte. Franciscus Gysbrechts - Vanitas (1672 - 1676) El hombre que aspira a conquistar la admiración de los tontos es a su vez un tonto, y el hombre que aspira a ganar la de los pillos es o se vuelve un pillo; en cambio, el hombre que busca la admiración de los sabios y los buenos tiene que convertirse en sabio y bueno. La vanidad, como el poder, es un ingrediente esencial de la naturaleza humana, y cometen craso error quienes se crean capaces de vivir sin ella. Pero la vanidad tiene formas que son nobles y formas que son innobles. La vanidad es el tema del discurso mortuorio de Hamlet. Mas ésta es una forma noble de vanidad, esencial para todos los más grandes caracteres. 7 – No pienses en ti como en un elemento totalmente contenido dentro de sí mismo. Terremoto de Tokio de 1923, mencionado en la presente máxima. En el hombre es natural tener cierto grado de egoísmo, pero la teoría nos ha hecho egoístas más completos que lo que somos por naturaleza. Por lo menos para ciertos propósitos, el hombre natural incluye a su familia, a su tribu, a su nación y aun a la humanidad entera dentro de los lindes de su egoísmo. Incluirá a su familia cuando se esfuerza por proteger a-sus hijos contra la muerte o el desastre; incluirá a su tribu o a su nación en tiempo de guerra; tal vez incluya a toda la humanidad al verse ante algún cataclismo natural. Esto último no ocurre fatalmente. Por ejemplo, con motivo del terremoto de Tokio muchos japoneses consideraban a los coreanos como culpables hasta cierto punto, y por eso comenzaron a matarlos. Pero por regla general un conjunto de hombres que se encuentra ante un grave peligro natural —como una tempestad o el naufragio de una nave— tiende a cooperar con sus semejantes mientras esté convencido de que dicha cooperación le ofrece alguna perspectiva de salvación. La mayoría de esa especie de unión de esfuerzos es hija del temor, de tal modo que la gente se vuelve más individualista conforme va siendo más poderosa. Sin embargo, ésta no es una ley inexorable de la naturaleza humana. Es posible que la fuerza dirigente sea la esperanza y no el temor, y que haya cooperación para alcan¬zar algo bueno antes que para evitar lo malo. Ahí tenemos el caso de los atenienses, que tras derrotar a los persas cooperaron en la obra de embellecer a Atenas; de los ingleses, que después de derrotar a la Gran Armada cooperaron para que Inglaterra fuera grande y espléndida. Doquiera haya existido semejante cooperación, ha sido un movimiento instintivo genuino y no mera obediencia al deber. La posibilidad de lograr dicha cooperación en gran escala es lo que nos permite tener esperanzas en el porvenir de la humanidad. Pero esto depende de la existencia de un sentido social tan profundo e instintivo como el de los animales gregarios, y por razones algún tanto oscuras el mundo moderno es enemigo de esta clase de sentido social, salvo bajo la única forma de patriotismo, que es demasiado limitada y demasiado vinculada con la guerra como para poder servir a la manera de una fuente de progreso social. El sacrificio propio consciente jamás debería ser empleado. Cuando alguna vez existe, lleva fatalmente aparejado un sentimiento de repulsión para con el objeto que motiva ese sacrificio. 8 - Hazte acreedor a la confianza ajena. Con esto quiero proponer toda una serie de virtudes sin aliciente, pero necesarias, tales como la puntualidad, el cumplir con todos los compromisos, adherirse a los planes que tienen que ver con nuestros semejantes, abstenerse de toda traición aun bajo sus formas más insignificantes. Toda esta serie de virtudes solía en otro tiempo ser más común que actualmente entre los jóvenes. La educación moderna ha dejado de recalcar la importancia de la disciplina y con ello creo que ha dejado de producir seres humanos dignos de confianza en lo que concierne a las obligaciones sociales. 9 - Sé justo. Chad Awalt – La dama ciega. Por años esta ha sido la alegoría de la Justicia Con esto quiero decir que los actos de todo el mundo deberían ser juzgados sin tener para nada en cuenta la simpatía o antipatía que despierten en nosotros las gentes de quienes se trata. Pero ésta es una virtud rarísima y difícil de practicar, ignorada, pongamos por caso, en los tribunales. No hay un solo país en todo el orbe en donde un extranjero pueda esperar confiado en que se le hará justicia en un pleito contra un nativo; no hay en toda la tierra una institución cuya cabeza dirigente no tenga favoritos a quienes permite llegar a latitudes que son prohibidas para aquellos que no gozan de sus favores. La justicia es, en esencia, una virtud intelectual que exige el poder para pensar sin apasionamiento alguno. Empero, los intelectuales no la practican de ningún modo. Si hubiera existido entre ellos, no se habrían conducido como lo hicieron durante la Gran Guerra. . . y ello ni en Alemania ni en ninguna otra parte. 10 - Sé benévolo. Amabilidad No hay ninguna colección de virtudes —aun cuando se trate de las más brillantes— capaz de hacer que sea tolerable una persona que en la vida diaria está constantemente entregada al hábito de refunfuñar o de quejarse. Para que la vida sea simple y feliz es indispensable que haya cierto grado de benevolencia y sencillez. Esta podrá parecer una virtud humilde, pero creo que su ausencia es la causa (mucho más que cualquier otro factor) de que haya tantos matrimonios desavenidos. Si se cumplieran fielmente todos estos mandamientos, la humanidad sería inteligente y feliz. Actualmente no es ni lo uno ni lo otro.
Decálogo original de Bertrand Russell (1930)
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