La Infidelidad
(Extraído de “Crítica del amor impuro” de Ruben V. Pranevicius, 2009)
Parte 2
Parte 2
La infidelidad por otro lado, no hace infeliz al damnificado si éste nunca se entera de lo sucedido. Es crudo, pero es la verdad, mientras no se entere, seguirá siendo feliz. Muchos piensan que “si no se entera, no le estoy siendo infiel”, pero la verdad es que aunque la infidelidad brinda placer, también carga consigo la tristeza de saber sobre la impotencia propia ante la presencia del placer, esto es, el remordimiento de quien comete la infidelidad a causa del entendimiento de la situación, observando su propia rendición ante el placer como un animal en lugar de poner límites como lo haría un ser humano, pues eso es justamente lo que nos distingue de los animales, el discernimiento moral, y sin aplicarlo no somos sino animales que siguen sus instintos primitivos, y de vivir conforme a esos dictámenes, moriríamos tal y como nacimos, y nuestro paso por la vida habría sido en vano.
En definitiva, uno no es solamente infiel a la pareja,
sino que en primera instancia y mucho antes
de que se entere nuestro consorte, uno es infiel a sí mismo.
sino que en primera instancia y mucho antes
de que se entere nuestro consorte, uno es infiel a sí mismo.
Dejar la pareja para después empezar a dejarse ser seducido por otra persona también representa un acto de infidelidad, pues la causa del rompimiento no es sino esa otra persona que cautivó al infiel, y aunque no hayan habido contactos impúdicos entre los amantes, el propio rompimiento ya es en sí un acto de infidelidad.
¿Qué provecho obtenemos pues, al ser fieles? Bien, este rédito no es sino el progreso personal, que obtenemos indirectamente al tener un compromiso con nosotros mismos cuando estamos en pareja. Las situaciones en las cuales se pone a prueba la fidelidad del/la esposo/a (utilizo estos vocablos –esposo, esposa- para referirme a las partes integrantes de la pareja, que bien pueden ser suplantados por novio/novia, pareja, consorte, etc) son obstáculos cuya ganancia por superarlos reside en el crecimiento de los valores propios, al rechazar lo proveniente de lo sensible (aquello que nos causa placer como consecuencia de la infidelidad) para garantizar así la supremacía de lo abstracto sobre lo mundano; incluso puede que estas situaciones jamás lleguen a ser conocidas por la pareja de quien debe enfrentar estos obstáculos, por ende ésta no obtendría rédito alguno de aquellos momentos.
Aquí podemos establecer claramente una premisa muy importante: si basamos una relación de pareja en los sentimientos (es decir, si estoy con él/ella porque me gusta, porque me hace “sentir bien”, en definitiva, si estoy enamorado/a de él/ella) entonces queda abierta la puerta para una eventual posibilidad: el día que mi pareja ya no me haga sentir bien, buscaré esos sentimientos y placeres en otra, pues la relación tiene como cimientos lo sensible, y aunque puede también basarse en otras circunstancias, si la base principal que la fundamenta es un sentimiento la infidelidad tendrá mayores oportunidades de vencer.
Recordemos que el hombre se adapta fácilmente a cualquier situación y ambiente, ya sea hostil como placentero: puede instalarse en el medio del Sahara así como puede aburrirse de tener los mismos placeres a diario, convirtiéndose en un ocioso. Así pues, las relaciones basadas en lo sensible tienden a este estado hedonista que conlleva a una profunda debilidad en aquellos momentos cuando se debe poner a prueba la fidelidad, lo cual promueve considerablemente la infidelidad y la satisfacción del ego.
Por ende resolvemos que la fidelidad es una idea abstracta que sirve para imponerse sobre lo sensible, según la voluntad de quien la ponga en práctica. La pareja entonces “sirve” como complemento, no sólo mediante el intercambio de opiniones y experiencias de vida (motivadas por la convivencia) sino también con el mero conocimiento de su existencia, sobre todo en esos momentos y situaciones donde el/la esposo/a debe enfrentar estas difíciles pruebas cuando el otro miembro de la pareja no está presente
Se refuerza así la idea de que al estar enamorados resulta mucho más difícil ser fieles, pues basar las acciones y decisiones en lo sensible carga consigo la falibilidad que éste posee. Quienes afirman que resulta mucho más fácil ser fiel cuando uno está enamorado olvidan que en realidad eso a lo que llaman “fidelidad” no es sino el arraigo a lo placentero, el arraigo a ese enamoramiento, que si bien es cierto promueve la estabilidad en las decisiones (pues uno va a procurarse felicidad, a nivel subconsciente, y por lo tanto no abandonará o tratará de no abandonar ese arraigo del que se ha hablado) resulta totalmente inestable a causa de la propia falibilidad de los sentidos, amenazando con convertirnos en seres hedonistas, egoístas y/u ociosos: en definitiva, cuando creemos ser fieles a causa de nuestro enamoramiento, no estamos sino siendo esclavos de esos sentimientos, que tarde o temprano mutarán en otros, pues nada es para siempre, por el contrario, todo se encuentra en constante transición y cambio.
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