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Diferencias entre la Venganza y la Justicia Escuchamos con frecuencia la súplica de miles de damnificados, cualquiera sean sus padecimientos, reclamando justicia frente a la adversidad que les ha puesto un obstáculo difícil de superar en sus caminos, dejando sin pena en varias ocasiones a terceros que se supone tienen directa responsabilidad con el infortunio de éstas personas. Sin embargo, pocas veces solemos detenernos a analizar qué es realmente la justicia, qué es lo que estamos reclamando y a quién lo hacemos. Tal vez éstas palabras ubicadas en el contexto de este ensayo tengan una retórica connotación, aduciendo que siempre pedimos justicia a Dios; pero como es consabido en mis textos, es necesario dejar la subjetividad de lado para abrir paso al conocimiento puro y crítico, de modo que quien lea estas líneas pueda construir sus propias conclusiones partiendo de sus propios razonamientos. La justicia es lo consecutivo, lo que debe ser acorde a las normas que rigen el entorno en el cual se desarrollan los actos. ¿Qué significa todo esto? Veamos un ejemplo: si tomase una piedra y la arrojara hacia el cielo, ésta debe caer, según las leyes que rigen la física en nuestro mundo; la justicia en éste caso, se lleva a cabo exitosamente, ya que la norma exige que la piedra sea atraída por la gravedad terrestre. Así pues, en el entorno que nos tocó vivir existen múltiples y variadas leyes que coaccionan nuestra vida, a veces ejerciendo sólo una fuerza de coerción sobre nosotros. Existen las leyes de la física, las leyes del hombre, la legislatura divina, entre otras. La pregunta clave es la siguiente: si el hombre no cree en Dios, ¿puede exigir justicia Divina? Eventualmente la respuesta es no, pues aunque si Dios existiese, ignorarlo antes de entregarle nuestras súplicas convertiría todo esto es una enorme hipocresía de quienes le damos la espalda cuando todo nos va bien y que le rogamos piedad cuando las calamidades se acercan, apelando en última instancia, a su misericordia por nuestra indiferencia. Pero he aquí que si Dios es verdadero así como sus leyes divinas, éstas así como Él existen independientemente de aquel que decide no creer en Él y en sus leyes; pues bien, ¿éstas leyes divinas no se aplican de todas formas en el mundo aún cuando no convoquemos a Dios? La respuesta también es ‘no’, porque sus leyes no sólo nos otorgan derechos sino que también nos confieren obligaciones: así como la piedra debe ser lanzada al cielo para que ésta caiga, nosotros no podemos ignorar a Dios todo el tiempo para exigirle sólo cuando nos encontramos en un estado calamitoso y desesperante, porque sus leyes así lo exigen. Bien, pensemos ahora en aquel que siendo un devoto religioso pide a Dios ‘que se haga justicia’; ¿qué está pidiendo realmente? Supongamos que un criminal asesina a nuestro hermano y nosotros pedimos a Dios que se haga justicia; pues bien, antes de cometer la imprudencia de sugerir a Dios lo que debe suceder con el criminal, hemos de entender que la justicia ya se ha llevado a cabo en el preciso momento en el que se comete el homicidio, porque para cada acto existe un galardón, una recompensa, y el criminal se hizo acreedor de tal retribución en el instante que lleva a cabo la acción de matar, y eso es todo. Podemos pedir a Dios ‘que se haga Su voluntad’ sin caer en la hipocresía de sugerir con nuestro corazón (y no con nuestra cabeza, como debiera ser) la maldición que al criminal le debería caer sobre su cabeza. Si nuestro pensamiento fuese tan claro a la hora de exigir justicia, separaríamos con facilidad la justicia de la venganza en nuestros pensamientos: la primera (la justicia) como dijimos anteriormente, es lo consecuente con los hechos según la normativa regente; la segunda, la venganza, es un acto que pretende apaciguar el vacío que provoca en nosotros la pesadumbre y el dolor a causa de aquella acción que en realidad, ya ha sido sometida a la justicia. Por ende, la venganza sólo es un sentimiento, una pasión, una droga que estimula los sentidos para relajarlos luego de tanto dolor y pena sufridos. Pero he aquí que la venganza, en su condición de ‘acto’ o ‘acción’ también está sometida a la justicia, y es probable que cuando ejecutemos un acto de venganza pensando que en realidad estamos ‘haciendo justicia’, la verdadera y única justicia nos aplique un castigo acorde a la acción que decidamos hacer. Pareciera que después de un acontecimiento que nos llena de dolor y angustia sólo nos queda pedir a Dios que ‘se haga Su voluntad’, y eso sería todo. Pero inmediatamente sobrevendría a nosotros la pregunta que ha sobrevolado nuestras mentes durante siglos: ‘¿por qué Dios deja que sucedan estas cosas?’. ¿Por qué las normas de Dios no coartan a los asesinos, a los ladrones, a los violadores, a todo aquel que hace el mal, para que justamente no puedan hacerlo? La respuesta está implícita en la pregunta: para que haya personas que hagan el mal, es necesario que las normas no las coarten en ese aspecto. Pero, ¿para qué necesitamos personas que hagan el mal? En realidad no las necesitamos y no las queremos, tanto nosotros los humanos como Dios mismo: la cuestión es que si Dios no nos otorga un completo libre albedrío (solamente limitado por nuestras capacidades dentro del entorno en el cual nos desarrollamos, por ejemplo, no puedo elegir ‘volar’ y salir volando sólo porque tenga albedrío para elegir volar) para poder elegir y tomar nuestras propias decisiones, como hacer el bien o el mal según sea el caso, no tendríamos posibilidad de progresar en el mundo al no poder tomar las decisiones oportunas según los obstáculos que se nos presentan diariamente (en la jerga eclesiástica, hablamos de ‘las pruebas que Dios nos pone por delante’). ¿Qué sentido tiene progresar? Bueno, imaginémonos en la ribera de una playa mirando hacia el océano: podríamos pensar que no hay nada más después del horizonte (nihilismo) y morir sin hacer nada al respecto, convencidos de ello dentro de nuestra arrogancia y ego, o podríamos nadar para ver que hay más allá (progreso); pero he aquí que jamás alcanzamos el horizonte, aunque es muy probable que nadando y nadando nuestros cuerpos imperfectos alcancen la perfección y así podamos ver que en realidad hay muchas otras riberas con horizontes que no son destinos, sino caminos. Fuente: “T!eología” © Ruben V. Pranevicius (2011) BigRub.net P.D.: Si tienes alguna pregunta teológica de difícil solución puedes enviarme un mensaje privado y será respondida personalmente, de esa manera no generamos forobardo.-
Solución al dilema de Epicuro. Uno de los que prometía ser el argumento más sólido a favor del ateísmo acaba de ser refutado. El famoso dilema de Epicuro sostiene cuatro argumentos derivados de una singular mayéutica: - Si Dios quiere acabar con el mal, pero no puede, entonces no es omnipotente. - Si Dios puede acabar con el mal, pero no quiere, entonces es malévolo. - Si Dios puede y quiere acabar con el mal, ¿entonces por qué hay males en el mundo? - Si Dios no puede ni quiere acabar con el mal, ¿entonces por qué llamarlo Dios? Durante siglos ese razonamiento gozó de gran solidez, hasta ahora: 1 – La omnipotencia de Dios es relativa (click para leer el post completo) Debido a que la omnipotencia Divina es relativa, el primero de los argumentos de Epicuro resulta obsoleto, refutando los restantes ítems del dilema ante la inestabilidad del primero; tal vez podríamos añadir, con respecto a la supuesta malevolencia de Dios, el siguiente argumento (click aquí para leer post relacionado).
La Infidelidad (Extraído de “Crítica del amor impuro” de Ruben V. Pranevicius, 2009) Parte 2 La infidelidad por otro lado, no hace infeliz al damnificado si éste nunca se entera de lo sucedido. Es crudo, pero es la verdad, mientras no se entere, seguirá siendo feliz. Muchos piensan que “si no se entera, no le estoy siendo infiel”, pero la verdad es que aunque la infidelidad brinda placer, también carga consigo la tristeza de saber sobre la impotencia propia ante la presencia del placer, esto es, el remordimiento de quien comete la infidelidad a causa del entendimiento de la situación, observando su propia rendición ante el placer como un animal en lugar de poner límites como lo haría un ser humano, pues eso es justamente lo que nos distingue de los animales, el discernimiento moral, y sin aplicarlo no somos sino animales que siguen sus instintos primitivos, y de vivir conforme a esos dictámenes, moriríamos tal y como nacimos, y nuestro paso por la vida habría sido en vano. En definitiva, uno no es solamente infiel a la pareja, sino que en primera instancia y mucho antes de que se entere nuestro consorte, uno es infiel a sí mismo. Dejar la pareja para después empezar a dejarse ser seducido por otra persona también representa un acto de infidelidad, pues la causa del rompimiento no es sino esa otra persona que cautivó al infiel, y aunque no hayan habido contactos impúdicos entre los amantes, el propio rompimiento ya es en sí un acto de infidelidad. ¿Qué provecho obtenemos pues, al ser fieles? Bien, este rédito no es sino el progreso personal, que obtenemos indirectamente al tener un compromiso con nosotros mismos cuando estamos en pareja. Las situaciones en las cuales se pone a prueba la fidelidad del/la esposo/a (utilizo estos vocablos –esposo, esposa- para referirme a las partes integrantes de la pareja, que bien pueden ser suplantados por novio/novia, pareja, consorte, etc) son obstáculos cuya ganancia por superarlos reside en el crecimiento de los valores propios, al rechazar lo proveniente de lo sensible (aquello que nos causa placer como consecuencia de la infidelidad) para garantizar así la supremacía de lo abstracto sobre lo mundano; incluso puede que estas situaciones jamás lleguen a ser conocidas por la pareja de quien debe enfrentar estos obstáculos, por ende ésta no obtendría rédito alguno de aquellos momentos. Aquí podemos establecer claramente una premisa muy importante: si basamos una relación de pareja en los sentimientos (es decir, si estoy con él/ella porque me gusta, porque me hace “sentir bien”, en definitiva, si estoy enamorado/a de él/ella) entonces queda abierta la puerta para una eventual posibilidad: el día que mi pareja ya no me haga sentir bien, buscaré esos sentimientos y placeres en otra, pues la relación tiene como cimientos lo sensible, y aunque puede también basarse en otras circunstancias, si la base principal que la fundamenta es un sentimiento la infidelidad tendrá mayores oportunidades de vencer. Recordemos que el hombre se adapta fácilmente a cualquier situación y ambiente, ya sea hostil como placentero: puede instalarse en el medio del Sahara así como puede aburrirse de tener los mismos placeres a diario, convirtiéndose en un ocioso. Así pues, las relaciones basadas en lo sensible tienden a este estado hedonista que conlleva a una profunda debilidad en aquellos momentos cuando se debe poner a prueba la fidelidad, lo cual promueve considerablemente la infidelidad y la satisfacción del ego. Por ende resolvemos que la fidelidad es una idea abstracta que sirve para imponerse sobre lo sensible, según la voluntad de quien la ponga en práctica. La pareja entonces “sirve” como complemento, no sólo mediante el intercambio de opiniones y experiencias de vida (motivadas por la convivencia) sino también con el mero conocimiento de su existencia, sobre todo en esos momentos y situaciones donde el/la esposo/a debe enfrentar estas difíciles pruebas cuando el otro miembro de la pareja no está presente Se refuerza así la idea de que al estar enamorados resulta mucho más difícil ser fieles, pues basar las acciones y decisiones en lo sensible carga consigo la falibilidad que éste posee. Quienes afirman que resulta mucho más fácil ser fiel cuando uno está enamorado olvidan que en realidad eso a lo que llaman “fidelidad” no es sino el arraigo a lo placentero, el arraigo a ese enamoramiento, que si bien es cierto promueve la estabilidad en las decisiones (pues uno va a procurarse felicidad, a nivel subconsciente, y por lo tanto no abandonará o tratará de no abandonar ese arraigo del que se ha hablado) resulta totalmente inestable a causa de la propia falibilidad de los sentidos, amenazando con convertirnos en seres hedonistas, egoístas y/u ociosos: en definitiva, cuando creemos ser fieles a causa de nuestro enamoramiento, no estamos sino siendo esclavos de esos sentimientos, que tarde o temprano mutarán en otros, pues nada es para siempre, por el contrario, todo se encuentra en constante transición y cambio. Ver la primera parte Descargar libro “Crítica del amor impuro” gratis!
Venganza y Justicia Pocas veces intentamos analizar qué es realmente la justicia, qué es lo que estamos reclamando cuando la exigimos y a quién lo hacemos. La justicia es lo consecutivo, lo que debe ser acorde a las normas que rigen el entorno en el cual se desarrollan los actos. ¿Qué significa todo esto? Veamos un ejemplo: si tomase una piedra y la arrojara hacia el cielo, ésta debe caer, según las leyes que rigen la física en nuestro mundo; la justicia en éste caso, se lleva a cabo exitosamente, ya que la norma exige que la piedra sea atraída por la gravedad terrestre. Así pues, en el entorno que nos tocó vivir existen múltiples y variadas leyes que coaccionan nuestra vida, a veces ejerciendo sólo una fuerza de coerción sobre nosotros. Existen las leyes de la física, las leyes del hombre, la legislatura divina, entre otras. La pregunta clave es la siguiente: si el hombre no cree en Dios, ¿puede exigir justicia Divina? Eventualmente la respuesta es no, pues aunque si Dios existiese, ignorarlo antes de entregarle nuestras súplicas convertiría todo esto es una enorme hipocresía de quienes le damos la espalda cuando todo nos va bien y que le rogamos piedad cuando las calamidades se acercan, apelando en última instancia, a su misericordia por nuestra indiferencia. Pero he aquí que si Dios es verdadero así como sus leyes divinas, éstas existen independientemente de aquel que decide no creer en Él y sus leyes; pues bien, ¿éstas leyes divinas no se aplican de todas formas en beneficio de la humanidad aún cuando no convoquemos a Dios? La respuesta también es ‘no’, porque sus leyes no sólo nos otorgan derechos sino que también nos confieren obligaciones: así como la piedra debe ser lanzada al cielo para que ésta caiga, nosotros no podemos ignorar a Dios todo el tiempo para exigirle sólo cuando nos encontramos en un estado calamitoso y desesperante, porque sus leyes así lo exigen. Supongamos que un criminal asesina a nuestro hermano y nosotros pedimos a Dios que se haga justicia; pues bien, antes de cometer la imprudencia de sugerir a Dios lo que debe suceder con el criminal, hemos de entender que la justicia ya se ha llevado a cabo en el preciso momento en el que se comete el homicidio, porque para cada acto existe un galardón, una recompensa, y el criminal se hizo acreedor de tal retribución en el instante que lleva a cabo la acción de matar, y eso es todo. Podemos pedir a Dios ‘que se haga Su voluntad’ sin caer en la hipocresía de sugerir con nuestro corazón (y no con nuestra cabeza, como debiera ser) la maldición que al criminal le debería caer sobre su cabeza. La venganza sólo es un sentimiento, una pasión, una droga que estimula los sentidos para relajarlos luego de tanto dolor y pena sufridos. Pero he aquí que la venganza, en su condición de ‘acto’ o ‘acción’ también está sometida a la justicia, y es probable que cuando ejecutemos un acto de venganza pensando que en realidad estamos ‘haciendo justicia’, la verdadera y única justicia nos aplique un castigo acorde a la acción que decidamos hacer. Fuente: “T!eología” © Ruben V. Pranevicius (2011) BigRub.net Click aquí para ver el post completo
Los Juicios de Dios y la voluntad del hombre La idea absurda de ejecutar miles de auditorías a todos los seres humanos para decidir cuál será su herencia debe ser erradicada desde el inicio. Cada hombre añade o quita una pieza más de progreso personal a través de cada acto que ejecuta en esta vida, pues todo acto voluntario implica consecuencias sobre su ejecutor. De esta manera no hay necesidad de auditorías post – mortem, sino que simplemente ganamos nuestro galardón en cada momento de esta vida, ya que Dios ha puesto las reglas del juego, y le ha dado poder al hombre para que haga lo que le venga en gana, incluso si ello implica estar en contra de los designios de Dios. Cada hombre se juzga a sí mismo incluso sin saberlo, incluso sin conocer las reglas del juego, porque aún cuando el hombre se refugie en su ignorancia, las leyes universales son independientes de su voluntad: podemos estar por encima de los designios de Dios, pero no podemos evitar vivir bajo el reglamento que Él creó. Por eso Su voluntad prevalecerá en el final, porque Su voluntad sigue la misma dirección de las reglas del juego. Es muy probable que los genes influyan en gran manera sobre los actos del hombre; es muy probable que si la raza humana continúa su evolución dejando que los genes sean cada vez más determinantes en la producción de sus actos, éstos sean al final cien por ciento determinados por los genes, valga la redundancia. Al final nos veríamos sometidos por los caprichos de los genes, que seguramente tratarán de satisfacer las necesidades del hombre encerrándolo en un círculo hedonista irreversible. La doctrina Cristiana pretende, a través de la realización de rituales que desafían las necesidades humanas (por ejemplo, el ayuno) lograr que el hombre se sobreponga a todos esas influencias que en él conviven (léase la fuerza de los genes, entre otros) para que pueda tomar sus decisiones siendo completamente ajeno a todas las presiones, sugestiones y persuasiones que invaden el intelecto humano. Dar un porcentaje de nuestros haberes (diezmo), privarnos de alimentos por un tiempo estipulado (ayuno), la abstención sexual e incluso asistir los domingos a la iglesia son rituales que intentan despojar nuestras mentes de la fascinación y el apego por lo tangible para sustituirlas por el control absoluto del cuerpo con base en la mente; evidentemente todas estos rituales molestan, no son para nada agradables, y así deben ser, pues la realización de pequeñas ceremonias programadas por la mente y no por el cuerpo ayudan a que el hombre detenga el proceso de sometimiento total a los sentidos, en definitiva, un hedonismo nihilista que anula completamente la voluntad humana, esa misma que convive con la voluntad de los genes e innumerables presiones dentro de esa maravillosa casa que es el cuerpo humano. “T!eología” © Ruben V. Pranevicius (2011) BigRub.net P.D.: Si tienes alguna pregunta teológica de difícil solución puedes enviarme un mensaje privado y será respondida personalmente, de esa manera no generamos forobardo.-
El Génesis no es el momento cero ¿Cómo imagina el lector un mundo que es devastado por el impacto de un meteorito, extinguiendo un enorme porcentaje de la población animal y vegetal? El versículo 2 del Génesis (primer libro del Antiguo Testamento) lo describe claramente: “Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo”. Así, un minúsculo versículo permite entender que la tierra existía antes del hombre, y que las megaespecies de los tiempos prehistóricos no tienen porqué contradecir la teoría Bíblica. En ninguna parte se especifica que la creación sea el momento cero de las cosas, mucho menos cuando hablamos de un Dios que no tiene ni principio ni fin. La historia que se narra allí es la historia del hombre, la del mundo dominado por el hombre. Retrocedamos al primer versículo del Génesis: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”; éste pasaje no es sino un mero prefacio, un subtítulo de la obra, ya que más adelante, se habla de la creación y expansión de los cielos (versículos 7-8) redundando el primer versículo y la manera en la que la tierra era antes del ordenamiento de sus componentes, incluyendo los cielos en expansión: resumir la creación en esas diez palabras, considerando el texto que le prosigue, no tiene sino el propósito de titular el texto en su totalidad, por lo que ese primer versículo no debe ser tomado como el ordenamiento espacial y temporal de los hechos en referencia al texto siguiente, sino, debo insistir, como un mero título o microprefacio. Luego vemos que en los versículos siguientes se dice que Dios creó el día y la noche; pues bien, ¿cómo es posible que quien escribió ese texto hable ya desde el principio sobre los ‘días’ (haciendo referencia a la medida de tiempo) cuando la medida aún no había sido creada? Sencillo: la medida de tiempo de Dios no es la misma que la del hombre. Aquí vemos claramente que cada palabra de estos versículos tan breves debe tomarse con sumo cuidado, porque cada una de ellas, en especial el ‘día’, tienen acepciones que fácilmente pueden tergiversar su sentido. El ‘día’ aquí, en este contexto, tiene dos acepciones: 1 – el período luminoso, 2 – la medida de tiempo. Aunque parecen lo mismo, no lo son. En el primer día Dios creó los cielos y la tierra (‘día’ como medida de tiempo, no como período luminoso, pues aún no había separado las tinieblas de la luz), y su medida de tiempo, en definitiva Su ‘día’ no es ni debe ser idéntico al nuestro. Así pues, cuando separa las tinieblas de la luz sobre la faz de la tierra, podemos comenzar a utilizar el término ‘día’ como período luminoso, ese que todos conocemos a diario valga la redundancia. Con respecto al hombre es necesario ratificar desde el inicio que él no es un ser completo, acabado, sino que es un ser que se encuentra en constante transformación y evolución, aún (y sobre todo aunque no lo parezca) para la doctrina Cristiana, pues ésta fomenta el progreso del hombre no para alcanzar estados de inactividad como el Infierno o el Paraíso, sino para que pueda glorificarse y ser igual que su Padre en poder y atributos. Esto debe terminar con el arrogante pensamiento humano que lleva a dudar de la perfección de Dios al ver que evidentemente somos criaturas imperfectas (alegando que lo perfecto no puede crear cosas imperfectas): el error está en considerarnos como criaturas finalizadas, terminadas, y en segundo lugar el error está en definir a la perfección abarcando la idea de que puede ser apreciada por nuestras interpretaciones. El Cristianismo puro y cristalino promueve el progreso eterno de los hombres, y ése puede ser considerado hasta ahora como el único concepto de perfección posible: poder cambiar eternamente siguiendo un vector. No es válido decir ‘eternamente imperfectos’, porque para invocar el término ‘imperfección’ debemos aludir necesariamente al concepto de perfección abarcando, como dije antes, la idea de entenderla con interpretaciones terrenales, negándola, cayendo en una paradoja irracional; la imperfección por ende, no debe existir, y la perfección obedece simplemente –fuera de su concepción lingüística- al cambio eterno. El Creacionismo no excluye al Evolucionismo, por el contrario, la doctrina Cristiana promueve y fomenta el progreso de las personas para que justamente, evolucionen. El Génesis indica que el hombre fue creado desde el polvo por Dios, y que la mujer fue creada con una costilla de ese individuo primario llamado Adán. He ahí el error que yo mismo cometo: decir “individuo primario”; ¿acaso el Génesis explica el procedimiento detalladamente por el cual Dios crea un hombre desde el polvo? ¿porqué no considerar la teoría del Popol-Vuh, libro religioso de los indígenas Quichés, en el cual se habla de una creación Divina en la que tuvieron participación varios modelos humanos hasta que el último fue el indicado? Una teoría no excluye a la otra, ya que si el Génesis se priva de explicarnos cómo creó Dios al hombre desde el polvo (es decir, el proceso detallado), no podemos dar por sentado que el primer hombre creado fue exitoso una vez que derribamos el concepto de imperfección. El evolucionismo por otra parte, no contradice la teoría del creacionismo, mucho menos si consideramos que el Cristianismo es una religión (o filosofía que gira en torno a los dictámenes de una deidad si se lo prefiere) que apunta hacia al progreso del hombre: ¿acaso la teoría de la evolución no se basa en ello también?; sería absurda por el contrario que las religiones apuntaran a un estado estático como fin supremo de la vida (Paraíso, Infierno, Nirvana, Valhalla, etc.): el movimiento inherente al hombre que lo induce a no ser el mismo de antes (en cada segundo, a cada instante) contradiría la idea de un estado permanentemente estático (u oscilante entre varios extremos) que proponen la mayoría (no todas) de las religiones, y una vez más la bifurcación del pensamiento nos remitiría a dos opciones: creer en lo tangible, lo que vemos y de lo cual tenemos pruebas sólidas, u optar por la esperanza basada en la tradición. Quizás lo omití anteriormente: el Cristianismo verdadero no posee contradicciones con la ciencia, ya que entre otras vicisitudes que intentaré abarcar en los distintos capítulos de este ensayo, una de ellas es que se orienta hacia el progreso eterno del hombre, y no hacia una “salvación” que lo coarta a la muerte, o en definitiva, al deseo de no existir jamás a causa del tedio y la monotonía. A pesar del gran número de ensayos y textos diversos que se han escrito en torno al dilema teológico, me encuentro sorprendido a causa de la ausencia de obras que planteen sus puntos de vista, teorías y posiciones sin tener que hacer uso del enojo, los ánimos iracundos propios de cualquier discusión filosófica (tanto a nivel académico como a nivel de “sobremesa” en el almuerzo familiar de cada día) que en lugar de acortar la distancia entre el creador de la idea y el receptor de la misma, fomenta el absurdo absolutismo ideal y por ende la pelea, para desembocar finalmente en algo totalmente contrario a lo que se buscaba en un principio: el desentendimiento. Ése es el error primario de toda obra que se preste a versar sobre un tema tan delicado que hasta las pinzas que intentan sostenerlo lo contaminan. Siguen errores comunes como la generalización de términos, hablar de Cristianismo por citar algún ejemplo, agrupando en esa definición a Católicos, Protestantes, Evangélicos, etc. Éstas son pues, interpretaciones de la filosofía Cristiana, interpretaciones de las ideas del fundador del Cristianismo (Jesucristo) y no la filosofía Cristiana en sí. Lo mismo se aplica a cualquier ideología, religión o tendencia, es algo bastante básico, una interpretación no es esencial y puramente lo interpretado. La verdad por ende (la tan mentada verdad) sólo se puede encontrar fuera de los paradigmas que rigen la interpretación del hombre, ya que éste es falible, y por ende puede equivocarse en cualquier circunstancia: es por eso que el Cristianismo en particular hace tanto énfasis en la humildad de los devotos: no se trata de humillarse ante un Dios que se regocija en tal humillación, sino que la humildad resulta beneficiosa para el entendimiento de quien hace uso de esa virtud. Y aquí nace una veta en el tema que cambia con rotundidad el dilema teológico aplicado a lo social (pues para ser totalmente sinceros, no nos importa lo que sucede en los mundos de fantasía donde reinan criaturas sobrenaturales, nosotros, los seres humanos, vivimos en el reino de lo tangible, éste es nuestro mundo, un mundo que permanece ahí aunque nos retiremos al mundo onírico por las noches, y cualquiera sean las teorías y conjeturas que podamos concebir en torno a la religión, a este mundo deben ser aplicadas, aunque exista un más allá de la muerte, no podemos renunciar a la objetividad del tema, cosa que en lo personal no deseo a pesar de que yo mismo –el autor- profeso un credo determinado, debo permanecer abierto a toda posibilidad así como el lector debe hacerlo para no ser abrumado por los prejuicios que pueden nublar nuestras mentes a la hora de entender con toda racionalidad), la religión es un vector dirigido hacia el progreso personal, no hacia un fin inerte como lo es una estancia eterna en un paraíso, un limbo o un infierno. Con respecto al Cristianismo (quizás la filosofía religiosa más extendida en el mundo) cabe destacar que existen tanto en el entorno cotidiano como en el académico (valga la redundancia, ya que a veces y para algunos el ámbito académico es cotidiano) términos y variables que son tomadas como absolutas casi por defecto, sin siquiera premeditar un segundo en esas ideas de enorme relevancia. Sin ir más lejos, es imperante poner énfasis en lo absurdo del pensamiento generalizado el cual nos dice que una religión que “cree” en Jesucristo es Cristiana: falso, solamente existe un Cristianismo, y ése no es sino la filosofía que predicó su fundador, Jesucristo. Decir por otro lado que una religión “cree” en Jesucristo, debe especificar si tal creencia hace referencia a su filosofía o simplemente a la existencia de Jesucristo como redentor Divino, o en ocasiones, simplemente como un personaje histórico. Por lo tanto, podemos afirmar que no todo es Cristianismo: muchos piensan que mientras las religiones fomenten el bien por encima del mal (variables que sin embargo no logran explicar con certeza) estarán practicando el Cristianismo; vemos que la filosofía que predicó Jesucristo tiene límites perfectamente definidos que garantizan (como cualquier ley) su estabilidad y la verdadera producción del bien por encima del mal, al definir estas variables de manera concisa. Por el contrario, si todas las religiones presentan límites que se contradicen (entre los credos) para garantizar esa estabilidad, la credibilidad hacia el Cristianismo se anula completamente, pues ya nadie comprendería qué es lo bueno y qué es lo malo. Aquí en estas líneas, se esbozará una teoría que ofrece una idea satisfactoria para definir estos conceptos derivados de la moral (el bien y el mal) ayudando a definir el Cristianismo fuera de las distintas religiones que se adjudican su nombre aún cuando no ponen en práctica su filosofía: entendamos pues y desde un principio, que el Cristianismo es la filosofía que predicó su fundador, Jesucristo: cualquier religión que se adjudique su nombre, debe apegarse a los preceptos que ésta impone, porque de lo contrario, incluso si se dijera que existen variantes del Cristianismo, observaríamos que la idea de Dios como ser perfecto y justo caería sin fundamento alguno más que el de la propia soberbia del hombre: quizás ese es uno de los pecados capitales más importantes, e ignorados de igual manera por la arrogancia de los hombres, pretendiendo derrocar a Dios de la manera más tonta existente: mintiéndose a sí mismos. “T!eología” © Ruben V. Pranevicius (2011) BigRub.net P.D.: Si tienes alguna pregunta teológica de difícil solución puedes enviarme un mensaje privado y será respondida personalmente, de esa manera no generamos forobardo.-