Dom Pavlova: La Casa de Pavlov
El 27 de Septiembre de 1942, al atardecer, Zukov, el capitán del batallón, convocó al sargento Pavlov a su puesto de mando, instalado en una antigua fábrica de harinas. Le condujo ante el plano del sector, colgado en la pared, y le mostró el emplazamiento de una gran obra de mampostería situada a 200 metros de la fábrica de harinas y a igual distancia del Volga. Los alemanes la ocuparon durante dos días, pero en el transcurso de las doce horas precedentes había reinado allí un silencio completo y sin manifestaciones de vida alguna.
El comandante del batallón no tuvo necesitad de hablar: Pavlov había aprendido a adivinar lo que se esperaba de él en cuanto le llevaban ante un mapa y le indicaban un objetivo. Veía, pues, muy bien por qué el capitán Zukov concedía tanta importancia a la toma de este edificio. Dominaba por completo una plaza pública, y, aunque los alemanes ocupasen todas las casas de alrededor, no podrían atacarla ni aún empleando tanques en gran escala. La posición tenía otra ventaja: estando ligeramente apartada de las primeras líneas, era un temible punto de apoyo.
Pavlov volvió a su sección y designó a tres hombres para acompañarle: Glochenko, un veterano, Alexandrov, un hombrecito rechoncho que había participado ya en dos golpes de mano con Pavlov, y Chernogolov también especialista de estas operaciones.
Partieron los cuatro en fila india: Alexandrov, el primero; Pavlov, diez metros detrás de él; después, Gluchenko, y Chernogolov cerrando la marcha. Había luna llena; el tiempo era claro, y los cohetes de que vez en cuanto lanzaban ambos adversarios no modificaban el juego de luces y sombras de la noche. Los cuatro hombres avanzaban con prudencia. Al fin llegaron sin novedad a uno de los accesos de la casa. Aunque reinaba el silencio en el interior, Pavlov tomó las precauciones habituales. Dejando a Alexandrov y a Gluchenko al pie de la escalera para que vigilasen tanto la entrada y la plaza como todo movimiento sospechoso que procediese de los pisos superiores, Chernogolov y el sargento inspeccionaron el piso bajo, sin descubrir presencia alguna. Después bajaron a los sótanos, donde encontraron a un grupo de mujeres rusas con uno o dos ancianos y algunos niños. Los refugiados habían intentado llegar a orillas del Volga, pero los violento combates que se desarrollaban en sus alrededores les impidieron atravesarlo. Se refugiaron en los sótanos, y Pavlov supo por ellos que esa parte del edificio estaba vacía, pero que los alemanes ocupaban el otro lado.
Pavlov no comprendía que el enemigo no hubiese guarnicionado toda la casa, y sacó la conclusión de que los refugiados se equivocaban en sus informes. Reunió a sus tres hombres y, de un brinco, el pequeño destacamento atravesó los 15 metros, iluminados por la luna, que les separaban de la otra puerta de entrada. Pavlov, volviendo a adoptar la misma táctica, inició la exploración del piso bajo con Chernogolov. No había dado ni tres pasos cuando distinguió un rumor de voces alemanas procedentes de una habitación contigua al otro lado del pasillo. Indicando con un gesto a Chernogolov que le siguiera, recorrió el pasillo con pasos cautelosos, deteniéndose a escuchar en cada puerta. Solo oyó el rumor de la conversación que proseguía en la habitación más lejana.
Al llegar a dicha habitación se detuvo, cogió una granada de su cinturón, le quitó la clavija, y después, con un solo movimiento, abrió la puerta y lanzó la granada al interior, volviendo a cerrarla rápidamente, sujetando el tirador. Pasaron tres segundos. La puerta reventó y el suelo se estremeció. Antes incluso de que el eco de la explosión hubiese cesado, abrió la puerta de un puntapié, disparando una ráfaga con su ametralladora en la habitación llena de humo. Cuando el humo se dispersó se vieron tres cadáveres de soldados alemanes entre el mobiliario. En el alféizar de la ventana estaba colocada una ametralladora, que dominaba la plaza.
Chernogolov se había unido al sargento en la habitación, seguido muy pronto por Gluchenko y Alexandrov.
Oyeron en la plaza ruido y vocerío. Los cuatro rusos se precipitaron a la ventana, viendo huir a una docena de alemanes al otro extremo de la plaza. Pavlov saltó hacia la ametralladora, que estaba intacta, pesa a la explosión; estaba cargada, y Pavlov empezó a disparar sobre los fugitivos. Derribó a varios.
Dejó a Alexandrov en la habitación y dijo a Gluchenko que volviera a la puerta de entrada; después subió a los pisos superiores en compañía de Chernogolov. Pronto se dieron cuenta que ya no quedaba ni un alemán en la casa: unas sillas derribadas alrededor de una mesa y una escudilla de sopa caliente sobre ella indicaban claramente que sus ocupantes habían huido en un abrir y cerrar de ojos.
Inspeccionaron los cuatro pisos de cabo a rabo, encontrando por todas partes huellas de una partida precipitada; luego bajaron al sótano. Allí encontraron a algunos civiles y a dos soldados del ejército ruso heridos, al cuidado de un enfermero militar apellidado Kalinin.
Pavlov y sus tres hombres, acompañados por Kalinin, se dirigieron a la tercera entrada del edificio. También allí encontraron a unos ciudadanos, que les indicaron que los alemanes habían evacuado esa parte de la casa desde hacía varios días. Pavlov nombró a una mujer responsable del grupo y les prometió que volvería para resolver su situación. Después regresaron al ala que los alemanes acababan de abandonar.
Los cinco rusos se pusieron a cegar las ventanas con muebles, dejando estrechas aberturas para mantener la plaza bajo el fuego de sus armas. Cuando se terminó este trabajo y se colocó un centinela en cada tronera, Pavlov se volvió hacia Kalinin, que les había ayudad a taponar los huecos, para decirle: -Camarada, ¿quieres llevar un mensaje?
Kalinin aceptó. El mensaje decía:
"Al capitán Zukov, que manda el batallón. Casa ocupada. Esperamos órdenes. 27-IX-1942. Sargento Pavlov"
Apenas había salido el enfermero, cuando se pusieron a disparar desde el otro extremo de la plaza. Pavlov pensó en seguida que el pobre Kalinin era el objeto de esos disparos y que tendría que enviar a Alexandrov con un mensaje idéntico, cuando oyó a Gluchenko gritar desde su ventana. Pavlob volvió precipitadamente a su puesto de guardia y vió a varios alemanes que se arrastraban por la plaza, bañada por la luna. Contó quince.
-Gluchenko, ¿me oyes? -gritó.
-Si, camarada sargento.
-¡Bien! No disparéis hasta que yo dé la señal. Díselo a los otros dos.
Gluchenko trasmitió la consigna. Pavlov estaba seguro de que en un momento dado los alemanes se incorporarían para salvar de un salto los últimos metros. Entonces sería la ocasión de atraparles.
Sin dejar de vigilar a los alemanes, Pavlov apenas podía contenerse para no reír a carcajadas ante las grotescas actitudes de los que se arrastraban. Algunos de ellos se entregaban a un erotismo que a la luz de la luna, fría y clara, tenía un aspecto obseno; otros parecían nadadores sumergidos en aguas que no eran lo suficientemente profundas para sostenerlos. Retorciéndose de esa manera progresaban lentamente. Pavlov sintió que el instante decisivo se acercaba. Estaba seguro que los alemanes se extrañaban de que los nuevos ocupantes de la casa no hubiesen disparado todavía. Quizá pensaban y tal vez esperaban que el edificio estaba vacío.
Pavlov levantó lentamente su metralleta y apuntó, con el dedo un poco crispado en el gatillo. De repente, uno de los alemanes lanzó un grito y todos se incorporaron y saltaron hacia delante. Entonces, Pavlov vociferó: "¡Fuego!", y las cuatro metralletas escupieron sus ráfagas sobre los alemanes. Seis de ellos cayeron fulminados y los otros volvieron a tenderse vacilantes. ¿Qué iban a hacer?¿Avanzar o batirse en retirada? Pavlov esperaba, dispuesto a disparar de nuevo. Uno de los alemanes se incorporó a medias, apoyándose sobre una rodilla, y se desplomó en seguida bajo las balas rusas. Esto bastó a los que quedaban, que dieron media vuelta y se largaron, arrastrándose.
Durante más de un cuarto de hora hubo un período de calma. Después, los alemanes volvieron a la carga. Una vez más chocaron con el fuego mortífero de Pavlov y de sus camaradas, y se volvieron, dejando numerosos muertos sobre el terreno. Pavlov no recordaba haber defendido posición más favorable desde que llegó a la ciudad. Después de tales pérdidas, los alemanes habrían debido renunciar o tamar la casa mediante un ataque de frente. A cada uno de los asaltos que se hicieron en el transcurso de tres horas, Pavlov se ratificaba en la idea de que uno de los oficiales alemanes del sector, severamente reprendido por la pérdida de una posición tan excelente, se obstinaba en recuperarla y arriesgaba inútilmente la vida de sus soldados.
Amaneció, pero no era cuestión de dormir. Muchas gentes se extrañaron posteriormente de que los habitantes de Stalingrado hubiesen dormido tan poco durante el sitio. A decir verdad, ellos mismos no hubieran sabido explicar el fenómeno. Luchaban por la noche y, a menudo, también durante el día. Cuando no luchaban, vigilaban, o bien consolidaban sus posiciones. "Dormíamos cuando podíamos, en cualquier rincón, cuando no había que combatir, vigilar o trabajar. El sueño duraba media hora, una hora seguida todo lo más. Nos habíamos acostumbrado a estos cortos sueños. Sí, es verdad, llegabamos a sentirnos extenuedos; pero, en general, no teníamos apenas tiempo de pensar en nuestra fatiga". Esto es lo que suelen decir los soldados que vivieron esta batalla.
Pavlov ocupó a sus hombres en mejorar su reducto improvisado. Una de las primeras cosas que había que hacer era derribar los muros que separaban unas de otras las bodegas, para tener más libertad de movimientos y pasar de una parte a otra de la casa sin salir a la calle.
En espera de que llegara el abastecimiento, habría que contentarse con los restos dejados por los alemanes. Tenían la cazuela de sopa y pan. En otra de la habitaciones Chernogolov descubrió un saquito de harina y sal; Pavlov amasó la harina con agua sacada de un aljibe y confeccionó "galuchky" (una especia de ravioles). El primer día, pues, se alimentaron con galuchky, sopa y pan.
Pavlov se preguntaba qué le habría ocurrido a Kalinin. De repente, Chernogolov, que estaba de centinela, descubrió algunos bultos que se deslizaban hacia la casa, procendentes no de la plaza, sino de las orillas del Volga. Pavlov hizo que sus hombres se colocaran de nuevo en sus puestos de combate.
-No disparéis sin una orden -les dijo- No estoy seguro, pero creo que... tal vez...
Cuando la fila que se arrastraba estuvo al alcanze de su voz, gritó:
-¿Quién vive?
-¡Encantado de verte, viejo! -fue la respuesta.
Y Pavlov reconoció la vos de Afanasieff. Este mandaba el destacamento de refuerzo enviado por el capitán Zukov, que había recibido el mensaje de Kalinin.
Pavlov se precipitó a la entrada para darles la bienvenida. Allí estaban el elegante Voronov, uno de los mejores ametralladores del ejército; Sabgayda, Demchenko y Dovjenko, los tres ucranianos, como Gluchenko, que traían una ametralladora. Venían otros también, con tres fusiles antitanques y dos morteros, sin contar las ametralladoras. Ahora eran veinte para defender la casa y tenían armas suficientes para convertirla en una autentica fortaleza. pavlov se sentía aliviado. Con tales hombres y tales armas se podría resistir a todo el VI ejército alemán.
Ahora había que dedicarse a hacer inexpugnable la posición. Empezaron colocando las armas pesadas. Después, como pensaban que tendrían que permanecer allí durante algún tiempo, arreglaron las habitaciones. En los sótanos se estableció una especie de puesto de mando para Pavlov y una pieza común para los otros, con dos mesas para las comidas, una cama para Pavlov y, cerca de la puerta, un escritorio con dos sillas y un sillón, que habían bajado de los pisos superiores, y fue bien pronto conocido como "el trono de Pavlov". También había un fonógrafo, pero solo encontraron un disco, que se tocó permanentemente hasta que se rayó, perdiendo todo carácter musical.
Esta sala común tenía otras funciones, además de las de puesto de mando y refectorio; a lo largo de una de las paredes estaban cuidadosamente apiladas toda clase de municiones. Enfrente estaban dispuestos picos, palas, y otras herramientas.
Para abastecer a este pequeño ejército urgía cavar una trinchera de comunicación con el puesto de mando del batallón, de manera que las cocinas de campaña pudiesen enviar comidas sin peligro. Desde sus posiciones del otro lado de la plaza, los alemanes observaban la febril actividad de los soldados soviéticos con una vigilancia cada vez mayor, sin intervenir, por otra parte, durante los dos primeros días. Antes de cubrir la trinchera, Pavlov sembró de minas los alrededores de la casa para precaverse contra un ataque brusco de la infantería enemiga.
Pasaron cinco noches cavando la trinchera. Los hombres se quejaban, a pesar de que Pavlov les relevaba muy a menudo. Preferían el combate a esta ingrata labor. Al principio, los alemanes dispararon sobre estos zapadores. Entonces, para proteger a sus hombres, Pavlov hizo transportar a la calle todo el mobiliario de la casa amontonándolo como una barricada que protegiera a los trabajadores. Los alemanes dispararon balas incendiarias, prendiendo fuego a la barricada. No obstante pudo dominarse el incendio, y los trabajos se prosiguieron hasta que se alcanzó una profundidad suficiente para anular los efectos del fuego enemigo. Pavlov explicó: "no habríamos podido acabar esta obra tan rápidamente si las mujeres refugiadas en el sótano no nos hubiesen ayudado sin rechistar".
¡Y además se instaló una línea telefónica que comunicaba la casa con el puesto de mando del batallón!. Todas las noches telefoneaban al capitán la orden del día.
En poco tiempo, pues, la pequeña guarnición se había instalado, ejecutando cada uno las tareas de su especialidad fuera de las actividades normales del servicio. Esto ocurría con Turdiev, el Tadjik. Cuando no estaba de servicio, subía al altillo con su fusil y se entretenía en hacer blanco sobre todo alemán que tuviera la desgracia de aparecer en su campo de tiro. Se jactaba, con razón: "¡Por cada cartucho, un alemán muerto!"
En cuanto a los refugiados de los sótanos, Pavlov hubiera prescindido con gusto de ser su protector. Cuando los alemanes cañonearon la casa, a partir del tercer día -por lo demás, nunca fue tan nutrido el fuego como aquel día, pues en menos de dos horas dispararon cerca de cien proyectiles- los hizo refugiarse en las alcantarillas, con orden de no volver a la superficie hasta después del bombardeo. Entre ellos se encontraban dos muchachos: Djenya, un rubio con el pelo rizado, de catorce años, y su hermano Timocha, un año menor que él. Se presentaron un día a Pavlov y le manifestaron su deseo de luchar. Cuando éste se negó, la madre de los chicos protestó: "¿Por qué no? ¡Seguramente hay algo que ellos podrían hacer!". Les confió entonces el transporte de las municiones.
Los períodos de calma eran raros; todos los momentos de descanso servían para idear estratagemas que hiciesen la vida imposible a los alemanes. La historia de los cohetes es muy significativa a este respecto. La Luftwaffe continuaba bombardeando la ciudad. En este sector, las incursiones se habían hecho difíciles por la proximidad de los dos adversarios, que impedía que los pilotos precisasen sus objetivos. Para subsanarlo, los alemanes lanzaban cohetes de colores para señalar la línea del frente.
Pavlov y sus hombres se habían fijado que los cohetes salían de una casa situada a menos de cien metros de la suya. Tan próxima, que muchas veces oían a los alemanes gritarles: "¡Eh! ¡Russkis, despertaos! ¡Es hora de encender la lumbre!". A lo cual respondía siempre algún ruso: "Nuestra lumbre ya está encendida. ¡Gracias! Os vamos a enviar buñuelos a la moda de Stalingrado". Buñuelos que consistían en las granadas de los morteros colocados en batería en una de las bodegas.
Un día, los rusos de Pavlov contemplaban estos cohetes. Alguien sugirió entonces que sería una buena estratagema imitar esas señales para confundir a los bombarderos. Solo había observar el número y color de los cohetes. Luego lanzarían una señal idéntica, pero en dirección Oeste, es decir, por encima de las líneas de la Wehrmacht. Pavlov telefoneó al capitán del batallón y expuso la idea. Recibió enseguida una pistola especial y cohetes de colores.
La primera vez que ejecutaron el proyecto, y aunque la desviación de los cohetes no fue muy considerable, tuvieron la alegría de ver caer un rosario de bombas sobre las posiciones alemanas. Por cuatro veces repitieron la operación. Finalmente, los alemanes se dieron cuenta del origen de esos errores y terminaron las incursiones sobre esa zona de la ciudad.
De este modo, la casa de Pavlov era como una enorme muela cariada en la mandíbula germánica. Mientras subsistiese, los nazis no podrían salir de sus posiciones ni por un lado ni por el otro. En último extremo no tendrían más remedio que organizar un ataque masivo para sacarse la muela. Por ello Pavlov tenía preparado un plan de defensa.
En la primera semana de Octubre, los alemanes comenzaron sus preparativos. Contrariando el método usual, la contraofensiva no se inició con un intenso fuego de artillería destinado a enterrar a los rusos, sino con una operación psicológica. Se instalaron altavoces, que a lo largo del día difundieron una propaganda ininterrumpida destinada a la casa de Pavlov, en que las amenazas alternaban con las finezas. Ora prometía el locutor nazi que la casa sería calcinada hasta sus cimientos, ora imploraba a sus defensores que se retirasen antes de que sea tarde.
Generalmente estas predicaciones eran interrumpidas por largas ráfagas de ametralladora.
Cuando al fin, el 15 de octubre, a las 9 horas de la mañana, los alemanes desencadenaron contra la casa de Pavlov un violentísimo cañoneo, ninguno de sus ocupantes se sorprendió. Cuando, hacia las 10 horas, aparecieron cuatro tanques, seguidos de unos cincuenta soldados con armas automáticas, tampoco se alteró nadie. Los panzers, con su aparatoso chirriar, llegaron a cien metros de la casa, se detuvieron y dispararon a cero, con la esperanza de derribar el muro exterior.
En realidad, habían cometido un grave error al acercarse tanto al reducto soviético. A esta distancia, las piezas situadas en las torretas no tenían holgura suficiente para alcanzar los pisos superiores ni los sótanos. Pavlov comprendió el partido que podía sacarse de este error y reunió a sus hombres; envió los fusiles antitanques a los sótanos y las armas automáticas al desván. En veinte o treinta minutos, los ametralladores rusos sembraron la muerte entre los soldados alemanes y Sabgayda, el ucraniano, inmovilizó a uno de los tanques con su bazuca. Los alemanes no insistieron y, remolcando el tanque averiado, huyeron a toda prisa.
Pavlov esperaba que volverían, aquella tarde o al día siguiente. Pero como no se les viese en tres días, juzgó como cosa segura que estarían organizando un jolgorio en honor del 7 de Noviembre, 25° aniversario de la revolución de Octubre.
Los habitantes de la casa, incluidos los refugiados, sin contar, no obstante, el número variable de tiradores escogidos, observadores de artillería y otros especialistas enviados por el puesto de mando, eran aproximadamente 60. A pesar del estricto racionamiento del agua, las reservas se agotaban muy deprisa. Aunque cada persona que iba al puesto de mando tenía la misión de volver con un cubo de agua, pronto se hizo necesario dedicar un hombre, exclusivamente, a esta tarea, que implicaba muchos peligros.
La trinchera medía más de cien metros de largo y los alemanes conocían exactamente su trazado. Durante las horas del día, la mantenían bajo un constante tiro de mortero. Por la noche, los proyectiles no solían caer sino casualmente en ella, lo cual no impidió que Alexandrov, uno de los tres soldados del primer destacamento, fuese herido por unos cascos de metralla durante una de estas misiones de aprovisionamiento de agua. Varios civiles se ofrecieron voluntarios para transportar el precioso líquido, pero la situación se iba haciendo cada vez más difícil. Por otra parte, a los cuarenta días de haber ocupado la casa, el capitán Zukov telefoneó a Pavlov para pedirle que evacuara a los refugiados durante la noche. Si, por una parte, los soldados experimentaron cierto alivio al verse libres de esta responsabilidad, por otra, les apenaba que se marcharan estas gentes de quienes ya eran amigos. Cuando reunieron su pobre equipaje, los refugiados obligaron a los soldados a aceptar las ropas, jerseys, calcetines y bufandas, de las cuales podían prescindir. Ya anochecido, llegaron unos guías del batallón y condujeron a las mujeres, niños y ancianos por las trincheras a la otra orilla del Volga donde estarían seguros.
Al día siguiente, aniversario de la revolución soviética, Pavlov y sus hombres, llenos de ansiedad, esperaban que los alemanes no dejarían de atacar. Ahora bien, el día transcurrió con una tranquilidad sorprendente. Los alemanes esperaban una ofensiva soviética y prefirieron permanecer a la defensiva. Así pues, por la noche, los soviéticos doblaron los centinelas y organizaron una pequeña ceremonia en el sótano. Vinieron oficiales del puesto de mando del batallón, se pronunciaron breves alocuciones, se hicieron brindis por la Revolución y por la victoria final, y se sirvieron raciones especiales. El general Rodimtsev, que mandaba la 13° división de la guardia, había enviado el mensaje: "Mis felicitaciones con motivo del 25° aniversario de la Gran Revolución Socialista. Os deseo nuevos éxitos en vuestro combate contra el enemigo. Os felicito por vuestro valor en la ejecución de la misión que se os asignó. No olvidéis que todas las miradas están fijas en vosotros. 7-11-1942. Firmado: Rodimtsev".
Y así transcurrió la primera semana de noviembre, luego la segunda, después la tercera.
El 19 de Noviembre, a las 4° de la mañana, la casa de Pavlov fue sacudida hasta sus cimientos por un tiro de barrera de una violencia inusitada. Cuantos dormías saltaron de sus literas y empuñaron sus armas. Fuera, había tanta claridad como en pleno día. Alguien dijo al fin:
-¡Pero si es nuestra artillería!
Todos tenían una esperanza que nadie se atrevía a expresar.
A las 4:20, el teniente Avaguimov, comisario político de la sección de ametralladoras llegó jadeando:
-Camaradas -vociferó- ¡avanzamos!.
Aquellos valientes sintieron una especie de frenesí. Algunos de ellos se precipitaron a la plaza, pero Pavlov cortó por lo sano estas manifestaciones.
Dos horas más tarde, el capitán Zukov telefoneó:
-Pavlov, ¿has oído? -Preguntó.
-Si, a menos que estuviera sordo... -Respondió Pavlov
-Hemos progresado cinco kilómetros.
Después menudearon las llamadas telefónicas durante todo el día. Acudían emisarios: "Hemos avanzado dos kilómetros... dos kilómetros más... otros dos kilómetros...". Por la noche, se supo que los soviéticos habían recuperado 20 kilómetros.
Los tres días siguientes prosiguió la furiosa batalla en la que los rusos siguieron progresando.
Los alemanes del sector se conducían de una forma extraña; no resollaban hasta el punto que parecían haberse marchado. Pavlov llamó al puesto de mando para preguntar si tenía que salir de reconocimiento; le respondieron que aguardase.
Al fin, el 24 de Noviembre, 58° día de la ocupación de la casa de Pavlov, el sargento recibió un mensaje pidiéndole que inutilizara el campo de minas, ya que iba a efectuarse una contraofensiva a la altura de la casa. Llegaron tres zapadores mineros a quienes Pavlov mostró la posición de las minas. Los zapadores se pusieron a trabajar en las mismas barbas de los alemanes y la misión fue realizada sin que se oyera un tiro.
A unos 100 metros de la casa se alzaban las ruinas ennegrecidas de una antigua lechería; larga construcción al borde mismo de la plaza. Un puñado de alemanes seguían resistiendo allí y era preciso desalojarlos.
Los rusos se aventuraron dentro de la lechería, en pequeños grupos. Los alemanes salieron, al fin, de su reserva y se pusieron a disparar con ametralladoras de morteros. Fueron necesarios cuatro días para aniquilarlos, cuatro días de ataques, de retiradas y de contraataques. Finalmente se ahuyentó hasta el último de los alemanes.
Ninguno de los defensores de la casa de Pavlov salió indemne de esta operación. Gluchenko recibió una grave herida en la pierna derecha, Pavlov fue herido más ligeramente. Se hizo una cura provisional y pudo arrastrarse hasta su casa.
Durante la noche, transportaron a Pavlov a la orilla izquierda del Volga con los otros heridos y de nuevo volvió a encontrarse en el hospital de Engels. Su herida curó rápidamente y pronto regresó a su unidad, con la que debía reconquistar Ucrania y avanzar hasta el Oder, Stettin y... Berlín.
Fuente
Unos videos
link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=CIX9vOC3t34
link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=Q3V0DO4G2Ms&feature=related
Luftwaffe ataca defensas Sovieticas en Stalingrad
link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=mzDyVk7DTVQ&feature=related
el sargento Pavlov
Un Infante de marina ruso
Avanzando entre las ruinas
medalla sovietica por la defensa de Stalingrad
Avanzando por la estepa rusa
La ciudad en ruinas
Prisioneros alemanes pasando frente al silo de granos
Aca les dejo un post sobre la Batalla del "Silo de granos"
El 27 de Septiembre de 1942, al atardecer, Zukov, el capitán del batallón, convocó al sargento Pavlov a su puesto de mando, instalado en una antigua fábrica de harinas. Le condujo ante el plano del sector, colgado en la pared, y le mostró el emplazamiento de una gran obra de mampostería situada a 200 metros de la fábrica de harinas y a igual distancia del Volga. Los alemanes la ocuparon durante dos días, pero en el transcurso de las doce horas precedentes había reinado allí un silencio completo y sin manifestaciones de vida alguna.
El comandante del batallón no tuvo necesitad de hablar: Pavlov había aprendido a adivinar lo que se esperaba de él en cuanto le llevaban ante un mapa y le indicaban un objetivo. Veía, pues, muy bien por qué el capitán Zukov concedía tanta importancia a la toma de este edificio. Dominaba por completo una plaza pública, y, aunque los alemanes ocupasen todas las casas de alrededor, no podrían atacarla ni aún empleando tanques en gran escala. La posición tenía otra ventaja: estando ligeramente apartada de las primeras líneas, era un temible punto de apoyo.
Pavlov volvió a su sección y designó a tres hombres para acompañarle: Glochenko, un veterano, Alexandrov, un hombrecito rechoncho que había participado ya en dos golpes de mano con Pavlov, y Chernogolov también especialista de estas operaciones.
Partieron los cuatro en fila india: Alexandrov, el primero; Pavlov, diez metros detrás de él; después, Gluchenko, y Chernogolov cerrando la marcha. Había luna llena; el tiempo era claro, y los cohetes de que vez en cuanto lanzaban ambos adversarios no modificaban el juego de luces y sombras de la noche. Los cuatro hombres avanzaban con prudencia. Al fin llegaron sin novedad a uno de los accesos de la casa. Aunque reinaba el silencio en el interior, Pavlov tomó las precauciones habituales. Dejando a Alexandrov y a Gluchenko al pie de la escalera para que vigilasen tanto la entrada y la plaza como todo movimiento sospechoso que procediese de los pisos superiores, Chernogolov y el sargento inspeccionaron el piso bajo, sin descubrir presencia alguna. Después bajaron a los sótanos, donde encontraron a un grupo de mujeres rusas con uno o dos ancianos y algunos niños. Los refugiados habían intentado llegar a orillas del Volga, pero los violento combates que se desarrollaban en sus alrededores les impidieron atravesarlo. Se refugiaron en los sótanos, y Pavlov supo por ellos que esa parte del edificio estaba vacía, pero que los alemanes ocupaban el otro lado.
Pavlov no comprendía que el enemigo no hubiese guarnicionado toda la casa, y sacó la conclusión de que los refugiados se equivocaban en sus informes. Reunió a sus tres hombres y, de un brinco, el pequeño destacamento atravesó los 15 metros, iluminados por la luna, que les separaban de la otra puerta de entrada. Pavlov, volviendo a adoptar la misma táctica, inició la exploración del piso bajo con Chernogolov. No había dado ni tres pasos cuando distinguió un rumor de voces alemanas procedentes de una habitación contigua al otro lado del pasillo. Indicando con un gesto a Chernogolov que le siguiera, recorrió el pasillo con pasos cautelosos, deteniéndose a escuchar en cada puerta. Solo oyó el rumor de la conversación que proseguía en la habitación más lejana.
Al llegar a dicha habitación se detuvo, cogió una granada de su cinturón, le quitó la clavija, y después, con un solo movimiento, abrió la puerta y lanzó la granada al interior, volviendo a cerrarla rápidamente, sujetando el tirador. Pasaron tres segundos. La puerta reventó y el suelo se estremeció. Antes incluso de que el eco de la explosión hubiese cesado, abrió la puerta de un puntapié, disparando una ráfaga con su ametralladora en la habitación llena de humo. Cuando el humo se dispersó se vieron tres cadáveres de soldados alemanes entre el mobiliario. En el alféizar de la ventana estaba colocada una ametralladora, que dominaba la plaza.
Chernogolov se había unido al sargento en la habitación, seguido muy pronto por Gluchenko y Alexandrov.
Oyeron en la plaza ruido y vocerío. Los cuatro rusos se precipitaron a la ventana, viendo huir a una docena de alemanes al otro extremo de la plaza. Pavlov saltó hacia la ametralladora, que estaba intacta, pesa a la explosión; estaba cargada, y Pavlov empezó a disparar sobre los fugitivos. Derribó a varios.
Dejó a Alexandrov en la habitación y dijo a Gluchenko que volviera a la puerta de entrada; después subió a los pisos superiores en compañía de Chernogolov. Pronto se dieron cuenta que ya no quedaba ni un alemán en la casa: unas sillas derribadas alrededor de una mesa y una escudilla de sopa caliente sobre ella indicaban claramente que sus ocupantes habían huido en un abrir y cerrar de ojos.
Inspeccionaron los cuatro pisos de cabo a rabo, encontrando por todas partes huellas de una partida precipitada; luego bajaron al sótano. Allí encontraron a algunos civiles y a dos soldados del ejército ruso heridos, al cuidado de un enfermero militar apellidado Kalinin.
Pavlov y sus tres hombres, acompañados por Kalinin, se dirigieron a la tercera entrada del edificio. También allí encontraron a unos ciudadanos, que les indicaron que los alemanes habían evacuado esa parte de la casa desde hacía varios días. Pavlov nombró a una mujer responsable del grupo y les prometió que volvería para resolver su situación. Después regresaron al ala que los alemanes acababan de abandonar.
Los cinco rusos se pusieron a cegar las ventanas con muebles, dejando estrechas aberturas para mantener la plaza bajo el fuego de sus armas. Cuando se terminó este trabajo y se colocó un centinela en cada tronera, Pavlov se volvió hacia Kalinin, que les había ayudad a taponar los huecos, para decirle: -Camarada, ¿quieres llevar un mensaje?
Kalinin aceptó. El mensaje decía:
"Al capitán Zukov, que manda el batallón. Casa ocupada. Esperamos órdenes. 27-IX-1942. Sargento Pavlov"
Apenas había salido el enfermero, cuando se pusieron a disparar desde el otro extremo de la plaza. Pavlov pensó en seguida que el pobre Kalinin era el objeto de esos disparos y que tendría que enviar a Alexandrov con un mensaje idéntico, cuando oyó a Gluchenko gritar desde su ventana. Pavlob volvió precipitadamente a su puesto de guardia y vió a varios alemanes que se arrastraban por la plaza, bañada por la luna. Contó quince.
-Gluchenko, ¿me oyes? -gritó.
-Si, camarada sargento.
-¡Bien! No disparéis hasta que yo dé la señal. Díselo a los otros dos.
Gluchenko trasmitió la consigna. Pavlov estaba seguro de que en un momento dado los alemanes se incorporarían para salvar de un salto los últimos metros. Entonces sería la ocasión de atraparles.
Sin dejar de vigilar a los alemanes, Pavlov apenas podía contenerse para no reír a carcajadas ante las grotescas actitudes de los que se arrastraban. Algunos de ellos se entregaban a un erotismo que a la luz de la luna, fría y clara, tenía un aspecto obseno; otros parecían nadadores sumergidos en aguas que no eran lo suficientemente profundas para sostenerlos. Retorciéndose de esa manera progresaban lentamente. Pavlov sintió que el instante decisivo se acercaba. Estaba seguro que los alemanes se extrañaban de que los nuevos ocupantes de la casa no hubiesen disparado todavía. Quizá pensaban y tal vez esperaban que el edificio estaba vacío.
Pavlov levantó lentamente su metralleta y apuntó, con el dedo un poco crispado en el gatillo. De repente, uno de los alemanes lanzó un grito y todos se incorporaron y saltaron hacia delante. Entonces, Pavlov vociferó: "¡Fuego!", y las cuatro metralletas escupieron sus ráfagas sobre los alemanes. Seis de ellos cayeron fulminados y los otros volvieron a tenderse vacilantes. ¿Qué iban a hacer?¿Avanzar o batirse en retirada? Pavlov esperaba, dispuesto a disparar de nuevo. Uno de los alemanes se incorporó a medias, apoyándose sobre una rodilla, y se desplomó en seguida bajo las balas rusas. Esto bastó a los que quedaban, que dieron media vuelta y se largaron, arrastrándose.
Durante más de un cuarto de hora hubo un período de calma. Después, los alemanes volvieron a la carga. Una vez más chocaron con el fuego mortífero de Pavlov y de sus camaradas, y se volvieron, dejando numerosos muertos sobre el terreno. Pavlov no recordaba haber defendido posición más favorable desde que llegó a la ciudad. Después de tales pérdidas, los alemanes habrían debido renunciar o tamar la casa mediante un ataque de frente. A cada uno de los asaltos que se hicieron en el transcurso de tres horas, Pavlov se ratificaba en la idea de que uno de los oficiales alemanes del sector, severamente reprendido por la pérdida de una posición tan excelente, se obstinaba en recuperarla y arriesgaba inútilmente la vida de sus soldados.
Amaneció, pero no era cuestión de dormir. Muchas gentes se extrañaron posteriormente de que los habitantes de Stalingrado hubiesen dormido tan poco durante el sitio. A decir verdad, ellos mismos no hubieran sabido explicar el fenómeno. Luchaban por la noche y, a menudo, también durante el día. Cuando no luchaban, vigilaban, o bien consolidaban sus posiciones. "Dormíamos cuando podíamos, en cualquier rincón, cuando no había que combatir, vigilar o trabajar. El sueño duraba media hora, una hora seguida todo lo más. Nos habíamos acostumbrado a estos cortos sueños. Sí, es verdad, llegabamos a sentirnos extenuedos; pero, en general, no teníamos apenas tiempo de pensar en nuestra fatiga". Esto es lo que suelen decir los soldados que vivieron esta batalla.
Pavlov ocupó a sus hombres en mejorar su reducto improvisado. Una de las primeras cosas que había que hacer era derribar los muros que separaban unas de otras las bodegas, para tener más libertad de movimientos y pasar de una parte a otra de la casa sin salir a la calle.
En espera de que llegara el abastecimiento, habría que contentarse con los restos dejados por los alemanes. Tenían la cazuela de sopa y pan. En otra de la habitaciones Chernogolov descubrió un saquito de harina y sal; Pavlov amasó la harina con agua sacada de un aljibe y confeccionó "galuchky" (una especia de ravioles). El primer día, pues, se alimentaron con galuchky, sopa y pan.
Pavlov se preguntaba qué le habría ocurrido a Kalinin. De repente, Chernogolov, que estaba de centinela, descubrió algunos bultos que se deslizaban hacia la casa, procendentes no de la plaza, sino de las orillas del Volga. Pavlov hizo que sus hombres se colocaran de nuevo en sus puestos de combate.
-No disparéis sin una orden -les dijo- No estoy seguro, pero creo que... tal vez...
Cuando la fila que se arrastraba estuvo al alcanze de su voz, gritó:
-¿Quién vive?
-¡Encantado de verte, viejo! -fue la respuesta.
Y Pavlov reconoció la vos de Afanasieff. Este mandaba el destacamento de refuerzo enviado por el capitán Zukov, que había recibido el mensaje de Kalinin.
Pavlov se precipitó a la entrada para darles la bienvenida. Allí estaban el elegante Voronov, uno de los mejores ametralladores del ejército; Sabgayda, Demchenko y Dovjenko, los tres ucranianos, como Gluchenko, que traían una ametralladora. Venían otros también, con tres fusiles antitanques y dos morteros, sin contar las ametralladoras. Ahora eran veinte para defender la casa y tenían armas suficientes para convertirla en una autentica fortaleza. pavlov se sentía aliviado. Con tales hombres y tales armas se podría resistir a todo el VI ejército alemán.
Ahora había que dedicarse a hacer inexpugnable la posición. Empezaron colocando las armas pesadas. Después, como pensaban que tendrían que permanecer allí durante algún tiempo, arreglaron las habitaciones. En los sótanos se estableció una especie de puesto de mando para Pavlov y una pieza común para los otros, con dos mesas para las comidas, una cama para Pavlov y, cerca de la puerta, un escritorio con dos sillas y un sillón, que habían bajado de los pisos superiores, y fue bien pronto conocido como "el trono de Pavlov". También había un fonógrafo, pero solo encontraron un disco, que se tocó permanentemente hasta que se rayó, perdiendo todo carácter musical.
Esta sala común tenía otras funciones, además de las de puesto de mando y refectorio; a lo largo de una de las paredes estaban cuidadosamente apiladas toda clase de municiones. Enfrente estaban dispuestos picos, palas, y otras herramientas.
Para abastecer a este pequeño ejército urgía cavar una trinchera de comunicación con el puesto de mando del batallón, de manera que las cocinas de campaña pudiesen enviar comidas sin peligro. Desde sus posiciones del otro lado de la plaza, los alemanes observaban la febril actividad de los soldados soviéticos con una vigilancia cada vez mayor, sin intervenir, por otra parte, durante los dos primeros días. Antes de cubrir la trinchera, Pavlov sembró de minas los alrededores de la casa para precaverse contra un ataque brusco de la infantería enemiga.
Pasaron cinco noches cavando la trinchera. Los hombres se quejaban, a pesar de que Pavlov les relevaba muy a menudo. Preferían el combate a esta ingrata labor. Al principio, los alemanes dispararon sobre estos zapadores. Entonces, para proteger a sus hombres, Pavlov hizo transportar a la calle todo el mobiliario de la casa amontonándolo como una barricada que protegiera a los trabajadores. Los alemanes dispararon balas incendiarias, prendiendo fuego a la barricada. No obstante pudo dominarse el incendio, y los trabajos se prosiguieron hasta que se alcanzó una profundidad suficiente para anular los efectos del fuego enemigo. Pavlov explicó: "no habríamos podido acabar esta obra tan rápidamente si las mujeres refugiadas en el sótano no nos hubiesen ayudado sin rechistar".
¡Y además se instaló una línea telefónica que comunicaba la casa con el puesto de mando del batallón!. Todas las noches telefoneaban al capitán la orden del día.
En poco tiempo, pues, la pequeña guarnición se había instalado, ejecutando cada uno las tareas de su especialidad fuera de las actividades normales del servicio. Esto ocurría con Turdiev, el Tadjik. Cuando no estaba de servicio, subía al altillo con su fusil y se entretenía en hacer blanco sobre todo alemán que tuviera la desgracia de aparecer en su campo de tiro. Se jactaba, con razón: "¡Por cada cartucho, un alemán muerto!"
En cuanto a los refugiados de los sótanos, Pavlov hubiera prescindido con gusto de ser su protector. Cuando los alemanes cañonearon la casa, a partir del tercer día -por lo demás, nunca fue tan nutrido el fuego como aquel día, pues en menos de dos horas dispararon cerca de cien proyectiles- los hizo refugiarse en las alcantarillas, con orden de no volver a la superficie hasta después del bombardeo. Entre ellos se encontraban dos muchachos: Djenya, un rubio con el pelo rizado, de catorce años, y su hermano Timocha, un año menor que él. Se presentaron un día a Pavlov y le manifestaron su deseo de luchar. Cuando éste se negó, la madre de los chicos protestó: "¿Por qué no? ¡Seguramente hay algo que ellos podrían hacer!". Les confió entonces el transporte de las municiones.
Los períodos de calma eran raros; todos los momentos de descanso servían para idear estratagemas que hiciesen la vida imposible a los alemanes. La historia de los cohetes es muy significativa a este respecto. La Luftwaffe continuaba bombardeando la ciudad. En este sector, las incursiones se habían hecho difíciles por la proximidad de los dos adversarios, que impedía que los pilotos precisasen sus objetivos. Para subsanarlo, los alemanes lanzaban cohetes de colores para señalar la línea del frente.
Pavlov y sus hombres se habían fijado que los cohetes salían de una casa situada a menos de cien metros de la suya. Tan próxima, que muchas veces oían a los alemanes gritarles: "¡Eh! ¡Russkis, despertaos! ¡Es hora de encender la lumbre!". A lo cual respondía siempre algún ruso: "Nuestra lumbre ya está encendida. ¡Gracias! Os vamos a enviar buñuelos a la moda de Stalingrado". Buñuelos que consistían en las granadas de los morteros colocados en batería en una de las bodegas.
Un día, los rusos de Pavlov contemplaban estos cohetes. Alguien sugirió entonces que sería una buena estratagema imitar esas señales para confundir a los bombarderos. Solo había observar el número y color de los cohetes. Luego lanzarían una señal idéntica, pero en dirección Oeste, es decir, por encima de las líneas de la Wehrmacht. Pavlov telefoneó al capitán del batallón y expuso la idea. Recibió enseguida una pistola especial y cohetes de colores.
La primera vez que ejecutaron el proyecto, y aunque la desviación de los cohetes no fue muy considerable, tuvieron la alegría de ver caer un rosario de bombas sobre las posiciones alemanas. Por cuatro veces repitieron la operación. Finalmente, los alemanes se dieron cuenta del origen de esos errores y terminaron las incursiones sobre esa zona de la ciudad.
De este modo, la casa de Pavlov era como una enorme muela cariada en la mandíbula germánica. Mientras subsistiese, los nazis no podrían salir de sus posiciones ni por un lado ni por el otro. En último extremo no tendrían más remedio que organizar un ataque masivo para sacarse la muela. Por ello Pavlov tenía preparado un plan de defensa.
En la primera semana de Octubre, los alemanes comenzaron sus preparativos. Contrariando el método usual, la contraofensiva no se inició con un intenso fuego de artillería destinado a enterrar a los rusos, sino con una operación psicológica. Se instalaron altavoces, que a lo largo del día difundieron una propaganda ininterrumpida destinada a la casa de Pavlov, en que las amenazas alternaban con las finezas. Ora prometía el locutor nazi que la casa sería calcinada hasta sus cimientos, ora imploraba a sus defensores que se retirasen antes de que sea tarde.
Generalmente estas predicaciones eran interrumpidas por largas ráfagas de ametralladora.
Cuando al fin, el 15 de octubre, a las 9 horas de la mañana, los alemanes desencadenaron contra la casa de Pavlov un violentísimo cañoneo, ninguno de sus ocupantes se sorprendió. Cuando, hacia las 10 horas, aparecieron cuatro tanques, seguidos de unos cincuenta soldados con armas automáticas, tampoco se alteró nadie. Los panzers, con su aparatoso chirriar, llegaron a cien metros de la casa, se detuvieron y dispararon a cero, con la esperanza de derribar el muro exterior.
En realidad, habían cometido un grave error al acercarse tanto al reducto soviético. A esta distancia, las piezas situadas en las torretas no tenían holgura suficiente para alcanzar los pisos superiores ni los sótanos. Pavlov comprendió el partido que podía sacarse de este error y reunió a sus hombres; envió los fusiles antitanques a los sótanos y las armas automáticas al desván. En veinte o treinta minutos, los ametralladores rusos sembraron la muerte entre los soldados alemanes y Sabgayda, el ucraniano, inmovilizó a uno de los tanques con su bazuca. Los alemanes no insistieron y, remolcando el tanque averiado, huyeron a toda prisa.
Pavlov esperaba que volverían, aquella tarde o al día siguiente. Pero como no se les viese en tres días, juzgó como cosa segura que estarían organizando un jolgorio en honor del 7 de Noviembre, 25° aniversario de la revolución de Octubre.
Los habitantes de la casa, incluidos los refugiados, sin contar, no obstante, el número variable de tiradores escogidos, observadores de artillería y otros especialistas enviados por el puesto de mando, eran aproximadamente 60. A pesar del estricto racionamiento del agua, las reservas se agotaban muy deprisa. Aunque cada persona que iba al puesto de mando tenía la misión de volver con un cubo de agua, pronto se hizo necesario dedicar un hombre, exclusivamente, a esta tarea, que implicaba muchos peligros.
La trinchera medía más de cien metros de largo y los alemanes conocían exactamente su trazado. Durante las horas del día, la mantenían bajo un constante tiro de mortero. Por la noche, los proyectiles no solían caer sino casualmente en ella, lo cual no impidió que Alexandrov, uno de los tres soldados del primer destacamento, fuese herido por unos cascos de metralla durante una de estas misiones de aprovisionamiento de agua. Varios civiles se ofrecieron voluntarios para transportar el precioso líquido, pero la situación se iba haciendo cada vez más difícil. Por otra parte, a los cuarenta días de haber ocupado la casa, el capitán Zukov telefoneó a Pavlov para pedirle que evacuara a los refugiados durante la noche. Si, por una parte, los soldados experimentaron cierto alivio al verse libres de esta responsabilidad, por otra, les apenaba que se marcharan estas gentes de quienes ya eran amigos. Cuando reunieron su pobre equipaje, los refugiados obligaron a los soldados a aceptar las ropas, jerseys, calcetines y bufandas, de las cuales podían prescindir. Ya anochecido, llegaron unos guías del batallón y condujeron a las mujeres, niños y ancianos por las trincheras a la otra orilla del Volga donde estarían seguros.
Al día siguiente, aniversario de la revolución soviética, Pavlov y sus hombres, llenos de ansiedad, esperaban que los alemanes no dejarían de atacar. Ahora bien, el día transcurrió con una tranquilidad sorprendente. Los alemanes esperaban una ofensiva soviética y prefirieron permanecer a la defensiva. Así pues, por la noche, los soviéticos doblaron los centinelas y organizaron una pequeña ceremonia en el sótano. Vinieron oficiales del puesto de mando del batallón, se pronunciaron breves alocuciones, se hicieron brindis por la Revolución y por la victoria final, y se sirvieron raciones especiales. El general Rodimtsev, que mandaba la 13° división de la guardia, había enviado el mensaje: "Mis felicitaciones con motivo del 25° aniversario de la Gran Revolución Socialista. Os deseo nuevos éxitos en vuestro combate contra el enemigo. Os felicito por vuestro valor en la ejecución de la misión que se os asignó. No olvidéis que todas las miradas están fijas en vosotros. 7-11-1942. Firmado: Rodimtsev".
Y así transcurrió la primera semana de noviembre, luego la segunda, después la tercera.
El 19 de Noviembre, a las 4° de la mañana, la casa de Pavlov fue sacudida hasta sus cimientos por un tiro de barrera de una violencia inusitada. Cuantos dormías saltaron de sus literas y empuñaron sus armas. Fuera, había tanta claridad como en pleno día. Alguien dijo al fin:
-¡Pero si es nuestra artillería!
Todos tenían una esperanza que nadie se atrevía a expresar.
A las 4:20, el teniente Avaguimov, comisario político de la sección de ametralladoras llegó jadeando:
-Camaradas -vociferó- ¡avanzamos!.
Aquellos valientes sintieron una especie de frenesí. Algunos de ellos se precipitaron a la plaza, pero Pavlov cortó por lo sano estas manifestaciones.
Dos horas más tarde, el capitán Zukov telefoneó:
-Pavlov, ¿has oído? -Preguntó.
-Si, a menos que estuviera sordo... -Respondió Pavlov
-Hemos progresado cinco kilómetros.
Después menudearon las llamadas telefónicas durante todo el día. Acudían emisarios: "Hemos avanzado dos kilómetros... dos kilómetros más... otros dos kilómetros...". Por la noche, se supo que los soviéticos habían recuperado 20 kilómetros.
Los tres días siguientes prosiguió la furiosa batalla en la que los rusos siguieron progresando.
Los alemanes del sector se conducían de una forma extraña; no resollaban hasta el punto que parecían haberse marchado. Pavlov llamó al puesto de mando para preguntar si tenía que salir de reconocimiento; le respondieron que aguardase.
Al fin, el 24 de Noviembre, 58° día de la ocupación de la casa de Pavlov, el sargento recibió un mensaje pidiéndole que inutilizara el campo de minas, ya que iba a efectuarse una contraofensiva a la altura de la casa. Llegaron tres zapadores mineros a quienes Pavlov mostró la posición de las minas. Los zapadores se pusieron a trabajar en las mismas barbas de los alemanes y la misión fue realizada sin que se oyera un tiro.
A unos 100 metros de la casa se alzaban las ruinas ennegrecidas de una antigua lechería; larga construcción al borde mismo de la plaza. Un puñado de alemanes seguían resistiendo allí y era preciso desalojarlos.
Los rusos se aventuraron dentro de la lechería, en pequeños grupos. Los alemanes salieron, al fin, de su reserva y se pusieron a disparar con ametralladoras de morteros. Fueron necesarios cuatro días para aniquilarlos, cuatro días de ataques, de retiradas y de contraataques. Finalmente se ahuyentó hasta el último de los alemanes.
Ninguno de los defensores de la casa de Pavlov salió indemne de esta operación. Gluchenko recibió una grave herida en la pierna derecha, Pavlov fue herido más ligeramente. Se hizo una cura provisional y pudo arrastrarse hasta su casa.
Durante la noche, transportaron a Pavlov a la orilla izquierda del Volga con los otros heridos y de nuevo volvió a encontrarse en el hospital de Engels. Su herida curó rápidamente y pronto regresó a su unidad, con la que debía reconquistar Ucrania y avanzar hasta el Oder, Stettin y... Berlín.
Fuente
Unos videos
link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=CIX9vOC3t34
link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=Q3V0DO4G2Ms&feature=related
Luftwaffe ataca defensas Sovieticas en Stalingrad
link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=mzDyVk7DTVQ&feature=related
el sargento Pavlov
Un Infante de marina ruso
Avanzando entre las ruinas
medalla sovietica por la defensa de Stalingrad
Avanzando por la estepa rusa
La ciudad en ruinas
Prisioneros alemanes pasando frente al silo de granos
Aca les dejo un post sobre la Batalla del "Silo de granos"