Una década que revolucionó al mundo
Los intensos años 60
Por: Lupe Cajías de la Vega
“Aunque se han vivido épocas de profundos cambios o de conquistas revolucionarias, como pasa ahora en América Latina, ninguna década contuvo tanto tropel embravecido. Ni siquiera los locos años 20 transformaron tanto al mundo como los sucesos políticos y culturales de los años 60”
Melenudos, con vestidos brillantes y flores en la oreja, Los Beatles simbolizaban la rebeldía de una juventud que asumía la música, el pacifismo, el amor libre, y la meditación trascendental y el vegetarianismo que llegaban desde la India, que se articulaba desde Nueva York a Cochabamba, de París a Estambul.
El conjunto británico era una expresión de un mundo trastocado en todas sus dimensiones y expresiones, como pocas veces había sucedido en la historia pasada. Aunque se han vivido épocas de profundos cambios o de conquistas revolucionarias
—como pasa ahora en América Latina—, ninguna década contuvo tanto tropel embravecido. Ni siquiera los locos años 20 transformaron tanto al mundo como los sucesos políticos y culturales de los años 60.
Revueltas políticas
La década se abrió con la victoria de los rebeldes de Sierra Maestra en Cuba. Las figuras de Fidel Castro y de Ernesto Che Guevara generaron militantes adhesiones en todo el mundo. En los años 60, Cuba fue centro de varias noticias de primera plana, como la invasión estadounidense contrarrevolucionaria a Bahía de Cochinos; la crisis de los misiles que casi provoca la Tercera Guerra Mundial; el respaldo de La Habana a las guerrillas en América Latina, África y Asia, y la actividad de la famosa Tricontinental.
No sólo era una influencia política sino también cultural y los jóvenes se identificaban con los insurgentes, con las barbas crecidas, la ropa casual, el morral y la boina imitando a la famosa imagen del Che. Otros, más comprometidos, partían a las montañas en el norte argentino, en el sureste boliviano, en el centro brasileño, en Venezuela, en Perú, en Nicaragua, en El Salvador, en Guatemala… La marcha rural del uruguayo Raúl Sendic y el movimiento Tupamaro mostraron que en el continente no había lugar para una “Suiza latinoamericana”.
Desde el norte del continente, la Doctrina de Seguridad Nacional empezaba, con el golpe de Estado en Brasil y en Bolivia, dictaduras militares enfrentadas a la rebeldía popular.
En otras regiones, la lucha era contra los resabios colonialistas. Tres fueron casos emblemáticos esa década: Argelia, Chipre y Viet Nam. Aunque las tensiones en el norte árabe africano tenían larga data, fue desde inicio de los años 60 cuando la lucha antiimperialista argelina y el libro del pensador de Martinica (entonces colonia francesa) Franz Fanon Los desterrados de la tierra se convirtieron en proyectiles de guerra de todos los movimientos anticolonialistas.
Chipre fue una guerra más corta, pero igualmente movilizó al mundo. Mientras la dictadura militar griega provocaba grandes reportajes de la africana Oriana Fallaci, la periodista heroína de la época, y la película Z, del director franco-griego Costa Gravas, símbolo del cine rebelde de la revoltosa década.
Viet Nam era todo: guerra, liberación anticolonial, enfrentamiento con el capitalismo, héroes raquíticos alimentados con arroz y patriotismo. La cobertura de esa confrontación bélica produjo fotografías históricas, reportajes de colección y películas que no sólo cuestionaban la guerra, sino la forma de vida estadounidense.
Otras batallas se daban en los centros del poder político y económico mundial, sobre todo en Estados Unidos y el masivo movimiento del “Black Power” con Malcom X y con Martin Luther King, desde Harlem a Georgia. Aunque hoy nos parezca imposible, hace cuarenta años todavía había segregación institucionalizada. Hasta los juegos olímpicos estaban influidos por esas luchas contra el racismo y el puño en alto.
Los estadounidenses se estremecían por los asesinatos de sus mayores líderes, el presidente Jhon F. Kennedy, su hermano Robert y el activista y religioso Martin Luther King.
En el otro extremo, Nelson Mandela era apresado por enfrentarse al apartheid (fenómeno de segregación) y ese movimiento de liberación desestabilizaba a todo el sur africano. La lucha en el Congo belga fue otro espacio atractivo para tomar posiciones políticas en los debates de café o de paraninfo universitario y los héroes negros fueron pancartas estudiantiles.
Otros conflictos generaban discusiones y hasta rupturas partidarias, como la Revolución Cultural en la China de Mao Tze Tung, o las actitudes de la Unión Soviética contra países detrás de la llamada Cortina de Hierro (la frontera que dividía a socialistas y capitalistas en Europa). En agosto de este año se cumplen 40 años de la invasión a la llamada “Primavera de Praga”. Muchos fueron los comunistas y socialistas desilusionados al ver la crueldad de los estalinistas contra los estudiantes en la plaza central y contra reconocidos guerrilleros antifascistas, como era el presidente checo Alexander Dubcek.
Los españoles republicanos y los nacionalistas vascos y catalanes renovaban la resistencia a la dictadura franquista. Entretanto, en el norte irlandés, la lucha por la independencia recibía adhesiones en todas partes y la figura de Bernardette Devlin McAliskey, tierna y guerrera, causaba adhesiones mundiales.
No olvidar la insurrección de los claveles rojos, en Portugal, que mostró cómo influían las nuevas corrientes en el centro de la últimas dictaduras europeas. Y en otro extremo, el conflicto árabe israelí estallaba en guerra. La causa palestina comenzó a llamar la atención del mundo y se unió a todo ese ambiente subversivo.
Mujeres, píldoras y minifaldas
No todo era específicamente lucha por el poder político. Las batallas feministas cobraron una renovada fuerza, sobre todo en Europa. En esa década surgieron los movimientos que influirían tanto en las batallas por mayor participación política, el derecho al aborto, acceso a fuentes de trabajo, salir de la casa.
La popularidad de la píldora anticonceptiva revolvió los recatos en las relaciones sexuales prematrimoniales y dio una carta más amplia a los amores impacientes. A pesar de los reclamos desde el Vaticano, la conocida “píldora” se esparció por el orbe. Primero como desafío a las morales hipócritas, luego como parte de políticas alentadas desde el Norte para evitar más nacimientos en el Sur. Otro espacio de enfrentamiento se abría, especialmente porque desde el Banco Mundial se alentaban masivos controles de la natalidad, sobre todo en áreas indígenas.
En Bolivia, en 1969, la película de Jorge Sanjinés Yawar Mallku (“Sangre de cóndor”) denunció la profundidad de esas esterilizaciones forzadas. El Gobierno de la época prohibió su exhibición y miles de paceños tomaron el paseo de El Prado para que se levantara la censura. El filme no solamente fue sutil arma que provocó la expulsión del estadounidense Cuerpo de Paz, sino que pasó a ser considerado uno de los nuevos modelos para el lenguaje cinematográfico y las potencialidades de los actores populares que se interpretan a sí mismos.
Aparte, la idea de la inglesa Mary Quant acortando las faldas a la mitad, más la esquelética modelo Twiggi y la aparición del hot pant, más la invasión de las dietas, modificaron los patrones de belleza femenina.
La “mini” era parte de la rebeldía mujeril y nuevo enfrentamiento con el cura de cada parroquia que prohibía el ingreso de las minifalderas a las misas del domingo; peor si calzaban provocativas botas y teñían sus cabellos con tonos violetas o azules.
Entre mayo del 68 y Woodstock
Históricamente hubo jóvenes; desde los 60 hubo “Juventud”. Aunque la rebeldía juvenil había empezado antes con símbolos como el actor James Dean y los rackets en Los Ángeles, fue en la década rebelde cuando la categoría “Juventud” explotó.
Desde entonces la discusión académica sobre esa condición etaria no ha cesado, desde la perspectiva psicológica, sociológica, económica (nuevo nicho mercantil), cultural y de identidades.
Sin embargo, los jóvenes de entonces no se detenían a analizar lo que eran, sino actuaban contra lo que no querían ser. La revuelta estudiantil desde La Soborna, en París, en mayo de 1968, se esparció por todo el mundo, y universitarios en La Paz o en Potosí se sentían parte de la gran movida.
La revuelta era contra el orden, contra el establecimiento, contra el belicismo de sus mayores, contra el salvaje consumismo que engordaba a los padres sobrevivientes de la Segunda Guerra Mundial. Herbert Marcuse, Jean Paul Sartre y Allen Ginsberg fueron algunos héroes para los movimientos juveniles que desafiaban con una margarita y una guitarra a los gases y bastones de la policía.
“Haz lo que quieras”, “Sé realista, pide lo imposible”, “Poder joven” eran algunas de las consignas que cubrían las avenidas europeas. Las imágenes de las coquetas chicas de cabello largo, ropa desordenada y claveles en las orejas reemplazaban a las fotos de los soldados y sus tanques.
Dani El Rojo, alemán francés, con su cabello largo, su anarquismo militante y una férrea voluntad no logró convencer a los obreros que en territorio europeo habían dejado de ser el fantasma proletario que provocaría la revolución socialista. Ni siquiera en la revolucionaria Francia.
En Berkeley, California, al otro lado del océano, estudiantes, profesores, músicos, poetas y artistas detonaban la revolución del amor y de las artes. Música pop, diseño psicodélico, apuntes abstractos y llenos de colorido se disputaban las preferencias.
Así, en La Paz y en Santa Cruz, las reinas de belleza lucían aretes con enormes bolas lilas o naranjas, vestidos de papel con tonos chillones y carteras parecidas a bolsos de mercado. Incluso la religión se contagiaba y la primera misa “a go-go” se dio en la plaza del Montículo, con cura de pantalón y acompañamiento de guitarras eléctricas.
El símbolo de aquella revolución de paz y cantos fue el festival musical en Woodstock. Miles de personas se reunieron en el enorme descampado de Bethel para escuchar a sus ídolos Janis Joplin, Bob Dylan, Joan Baez. Nunca se repitió algo similar.
Símbolo que quedó maltrecho cuando al pacifismo y a la contemplación se sumó el consumo de drogas. La marihuana, el LSD y luego la cocaína dejaron sin futuro a toda una generación de consumidores. Algunos de los monumentos vivientes de las bandas de rock murieron por sobredosis. Las drogas son otra herencia de los años 60.
La Iglesia se libera
En semejante escenario de cambios, la Iglesia Católica no quedó de lado. La presencia del papa obrero Juan XXIII y la realización del Concilio Vaticano II, en 1962, cambiaron las prácticas católicas, sobre todo en cuanto a mayor tolerancia.
Sin embargo, las directrices de la reunión pastoral fueron desbordadas por las posiciones, teóricas y prácticas, de los curas latinoamericanos y la llamada Teología de la Liberación. Medellín y los teólogos brasileños y nicaragüenses expusieron la línea.
Los llamados curas tercermundistas fueron igual protagonistas en los locos años 60. Se sacaron la sotana y conducían motos para llegar a sus diócesis; podían vivir con familias, incluso con feligreses mujeres en casas de comunidad; casaban a jóvenes hippies en un pueblo del altiplano paceño o adoctrinaban a futuros guerrilleros en el colegio San Calixto de La Paz.
En varios lugares, la revuelta eclesial llegó al compromiso mayor con las guerrillas. El símbolo de todo ello es el sacerdote colombiano de familia burguesa Camilo Torres, quien se adhirió al Ejército de Liberación Nacional y murió en la selva.
Los curas se salían para casarse. Las monjas no escondían el brillo de su cabello y vestían faldas comunes; muchas se convirtieron en partidarias de los pobres y llevaron al sacrificio esa militancia, sobre todo en las comunidades de base eclesiástica en San Salvador, el Petén, San Pablo, Achocalla.
Iluminaban con sus prédicas a la juventud rebelde y esa ensalada de curas, monjas, chicos y chicas dio diversos frutos, incluso oenegés que luego serían famosas.
Néstor Paz y Cecilia Ávila, militantes y mártires, simbolizaron en Bolivia el grado de compromiso con la opción cristiana por los pobres. Un cura llegado esos años a Bolivia, el catalán Luis Espinal, siguió el mismo camino y fue asesinado por esa postura activa en marzo de 1980.
Los escritores latinoamericanos
La increíble venta en sólo una semana de miles de ejemplares de Cien años de soledad, obra del colombiano Gabriel García Márquez, con el sello de editorial Sudamericana, aquel famoso 1967, volcó los ojos del mundo literario a la escritura latinoamericana.
Como parte de la emergencia revolucionaria que desde el Sur llegaba al planeta en esos intensos años 60, un grupo de narradores latinoamericanos creó el fenómeno del llamado “boom literario” que nunca antes se había dado y que nunca más se repetiría.
La difusión en esa década de las obras del citado “Gabo”, de Julio Cortázar, de Mario Vargas Llosa, de Ernesto Sábato, de Juan Rulfo, de Carlos Fuentes, de Augusto Roa Bastos, de Nicanor Parra, de José María Arguedas —con diferentes niveles de éxito y popularidad— mostraron al mundo un continente escondido, sobre todo en ese perfil del “realismo mágico”.
Con ellos se redescubrieron otros, como los cubanos Alejo Carpentier y Lezama Lima, otros más antiguos como Pablo Neruda, Vallejos o Jorge Luis Borges y también a sus influencias, como Franz Kafka, William Faulker, Virginia Woolf, Ernest Hemingway.
En los años 60, los jóvenes caminaban con algún libro de ellos bajo el brazo, aun los adolescentes, rumbo al café, donde todos discutirían el último libro de Cortázar.
Ponchos, peñas y guitarreadas
No solamente era la música de Los Beatles y de otras bandas de los países desarrollados las que marcaban el cambio, sino la música rebelde que desde el Sur sonaba en las radios y en los tocadiscos.
En los años 60 se popularizaron las peñas, nombre dado a rincones donde se escuchaba “música de protesta” o, simplemente, música indígena. En La Paz, el visionario Luis “Pepe” Ballón fundó la Peña Naira en el corazón de la ciudad mestiza, en la calle Sagárnaga. Los Jairas y Alfredo Domínguez sembraron el ingreso del tono indio a los grandes salones de música y de baile. Ahí llegó la famosa Violeta Parra, quien tenía a su vez una peña en su natal Chile.
Los jóvenes se reunían en la casa en bailongos y sobre todo para “guitarrear”, nombre de esa época sesentera. Melenudos, bigotudos y con el poncho andino símbolo de su adhesión rebelde, los chicos más cotizados eran los que sacaban tonadas tarijeñas o bailecitos cochabambinos; si preferían ojotas a zapatos, eran casi un icono. Estaba de moda bailar cueca y las chicas usaban bandas con adornos de aguayo, símbolos de la rebeldía y el compromiso con el cambio.
La luna y otros sueños locos
Esos años 60 tuvieron de todo y uno no se cansa de encontrar datos y más datos: los filmes que revolucionaron la estética, como Un hombre y una mujer o Blow Up; la llegada de la televisión a color; las facilidades en las comunicaciones.
El primer trasplante de corazón dejó interrogantes a los científicos: ¿cómo amaría en el futuro ese hombre blanco con el nuevo músculo de un negro?
Y si todo eso era poco, el ser humano decidió que en esos intensos años la conquista del espacio era más que un desafío científico o político, era una apuesta a más de 5.000 años de civilización.
La llegada del primer astronauta a la luna trastocó toda ilusión, de la luna de queso, de la luna de miel, de la luna veleta y cambiante como una mujer, del misterio de satélite que ilumina y se esconde.
Todo fue poco en los intensos años 60.
La desilusión fue posterior; sin embargo ésa es ya otra historia.
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