No queda bien decir mi esposa o mi esposo sino mi mujer o mi marido. Todavía mejor es decir el nombre de ella o de él y que el otro deduzca el parentesco. Decir mi pareja es un alto rasgo de evolución generacional. No se dice buen provecho nunca. No se dice nada. Tampoco se dice me repite la comida y menos decir estoy lleno. No se dan precisiones digestivas en la mesa, de esas como decir que se tiene gastritis. Ni siquiera se debería decir estoy satisfecho. Porque uno no tiene por qué imaginar que al satisfecho la comida le llega hasta el cogote. No está bien contar detalles de ninguna operación quirúrgica haciendo señas con las manos sobre el cuerpo de uno, o levantarse la camisa para mostrar con orgullo parte de la carnicería operatoria. Nada de exponer la cicatriz de me abrieron de acá hasta acá. Queda feo. También decir que a fulana la vaciaron: un cuerpo no es un frasco. Ni es necesario confesar en ninguna sobremesa que se tiene diarrea salvo al médico. No hay que abrir la boca para mostrar una muela cariada. No hace falta salir a ventilar que se tiene mal gusto en la boca o que se es seco de vientre. El humorista Landrú fue el primer adelantado en satirizar estas cuestiones. Pero el lenguaje delata. Es como el sudor de las axilas traspasando el vestuario más lujoso. O como la persona que para disimular su prejuicio dice que Barack Obama es morochito.
Hay un escondimiento malicioso en la presunta finura del lenguaje social. Si lo sabrán los “rusitos” como antiguamente se les decía aquí a los judíos para no pronunciar esta palabra. Compadecer a otro diciéndole “pobrecito” es ubicarlo debajo con disimulo.
El tipo que dice fallecido en vez de muerto, es el mismo que dice apremios ilegales en vez de torturado.
Hay eufemismos por todas partes. Lolas y colas por tetas y culos. Relaciones íntimas por relaciones sexuales. El eufemismo es una forma de expresar una idea que dicha con franqueza suena dura pero verdadera. En las invasiones bélicas los países dominantes cuando bombardean una aldea con gente inocente dicen que son daños colaterales en lugar de matanza y genocidio. Los ortodoxos que instigan al ajuste acentuando el desempleo dicen que es un efecto no querido. Regulación del empleo y flexibilización es la máscara de despidos. Tercera edad es vejez; faltar a la verdad es mentir; tráfico de influencia es soborno; careciente o desfavorecido es muerto de hambre.
Y decir que en una tabla mundial de turismo, Buenos Aires salió entre las ciudades más baratas del mundo, es no querer decir que es barata gracias al bajo costo de la mayoría de sus habitantes.
El más sincero eufemismo argentino es al revés. Es el que le llama televisión basura e indecente a la misma televisión que se desvive por ver.
Autor: Orlando Barone
El último párrafo me llegó al corazón...
La elección es tuya...
Hacé como la gente de Berisoo...