Ayer viernes a las cinco y media de la tarde por la calle Alvear en Martínez, se armó la gorda.
Por Fernando Peña
Ayer viernes a las cinco y media de la tarde por la calle Alvear en Martínez, se armó la gorda. Resulta que a las 17.40 empezaba la película que quería ver en el cine Astro, la película en cuestión era: Yo serví al rey de Inglaterra. La calle Alvear, mal llamada avenida solamente porque tiene dos manos, en sus últimas dos cuadras llegando a la vía se hace de una mano sola, ahí es donde se encuentra con Eduardo Costa. Obviamente los coches a esa altura forman dos filas, unos eligen doblar hacia la izquierda por Eduardo Costa hacia La Lucila, y los otros cruzar la barrera e internarse en el centro comercial de Martínez. Todo debería ser muy sencillo y el tránsito debería fluir de forma pacífica y ordenada tal como lo es el coqueto barrio de Martínez. Todo debería ser así, pero señores estamos en este pueblo de locos y nada es como debería ser. Ustedes lo saben bien.
Veníamos bien, con ese ritmo llegaríamos con las justas, como dicen los colombianos, pero llegaríamos. En eso el parate, como siempre ocurre en estas tierras querandíes, para no decir en este país de indios. Resulta que era la hora de “el rush hour”, jajajaja. El rash auer de mierda, el rash auer querandí, el rash auer de nosotros, el nuestro, el de guachos con rebenque, boleadoras y matungos mal domados. El rash auer del apasionado argentino con plumas en la cabeza y con su palma de la mano apoyada en la boca haciendo uoh uoh uoh.
Hay una empresa de trenes que se llama TBA, que estafa a la gente. TBA es uno de los regalitos del Rey Menem 1º, que muy lejos del Rey Midas, todo lo que toco lo convirtió en mierda. La empresa TBA nunca mejoró los pasos a nivel ni pensó bien en las frecuencias de sus servicios. Tampoco mejoró los trenes, simplemente los maquilló por fuera; pero es la misma cachila Toshiba de los años setenta. Esto hace que a las cinco y media de la tarde esa zona se convierta en un infierno. A eso hay que sumarle que las señoras aprovechan para salir de compras con sus hijos después del colegio y a eso hay que sumarle que “es deporte nacional no considerar al otro”, como me dijo hoy mi amiga la dueña del restaurant Le Coq Doré.
De repente me vi encerrado literalmente entre aproximadamente cincuenta autos, eso sólo tiene glamour en Maniatan, pero no en Martínez por más coqueto que sea. ¡Y mira que llegaba eh!, pero me cagaron el promedio. La barrera estaba baja y pasaban los trenes, hacia un lado y hacia el otro sin cesar. Para esto ya la gente había puesto punto muerto y el freno de mano. Eso se nota enseguida porque la gente parece estar en su living y no en el auto. De repente una señorita que estaba en el auto delante del mío se bajó muy pancha, tan pancha que hasta puso las balizas como avisándome “che, me recontracago en vos pero tengo que pedir un turno en Cerini”, y efectivamente bajó de su auto y entró a la peluquería. El auto de la susodicha ocupaba la doble fila o sea por donde todos íbamos a circular cuando los malditos gusanos eléctricos de TBA dejaran de pasar.
Por alguna milagrosa virgen o algún Gauchito Gil la barrera se abrió. ¡¡Para queé…!!! Yo estaba trabado detrás de la despeinada y la fila de autos de mi izquierda por alguna extraña razón no avanzaba tampoco. Enseguida descubrí por qué no avanzaba la fila de la izquierda, la 4x4 que tenía al lado a mi izquierda tenía la puerta abierta ya que el conductor esperaba que subiera su mujer, una embarazada de unos treintilargos. Trato de ser holandés en todas mis cuestiones cotidianas, trato de no tocar bocina, de pedir por favor y de comportarme como un niño ultraviajado y bien educado en un colegio escocés bilingüe llamado San Andrés… pero a veces… pero a veces… Patapúfate… y a este pseudo lorcito ingles le salta el querandí… “y agarrate Catalina”. Bajé la ventanilla al mismo tiempo que tocaba la bocina, yo no manejaba, a Javier mi compañero de vida le tocaba esa tarea. Él detesta que le toque la bocina, y lo entiendo, pero con el querandí suelto ya no entiendo nada. “¡Qué hacés gorda apurate carajo!” le grité. Usé “gorda” porque obviamente “embarazada” no es despectivo, pero además era gorda. Gordita. La gordita en cuestión también estaba en modo querandí y al escuchar mi pedido poco amable avanzó como una tromba y me gritó parándose frente al capot de mi auto: “Callate boludo gracias a mi panza y a que estoy corriendo a éstos que no doblan cuando deberían doblar es que vas a avanzar, entendiste taradito”. Quedé muda. Siempre me refiero a mí en femenino cuando quedo muy algo. Por ejemplo si tengo mucho miedo, quedo aterrada. Me divierte mujerearme, qué sé yo… “Pero sigamos con la película Peña” me estarás diciendo. Vamos, sigo. Estábamos en que la gordita preñada me puteaba, ¿no?, bue… En eso la de la peluquería vuelve al auto… ¡paaaaara queeeeee! Como una “loca desquiciada” o como un “puto neurótico” (use la que más le plazca) le empecé a gritar (sic) “¡Sos una negra menemista soreta, eso no se hace negra argentina hija de puta y mira el jogging de grasa que tenés puesto, ni en Cerini te van a arreglar esa pinta de mucama que tenés negra de mierda… sí ya sé, gritame puto del orto si querés pero vos sos una negra de mierda!”, a lo que ella contestó: “¡Lacra sorete ojalá te mueras!”. La gente miraba incrédula y se reía. Algunos agregaban bocadillos desde las veredas. La gordita embarazada seguía aleccionando a los que no doblaban y éstos también la puteaban. Un tachero en eso me miró y me dijo: “Vos sí que estás loco Peña carajo”, a lo que yo le contesté “y vos no que sos tachero boludo”. Y todo era un sainete andaluz digno de este puto y maravilloso país.
“Ahora, sho me pregunto…”, como dicen las oyentes de AM, ¿no es maravilloso esto?, ¿estamos enfermos? Me parece que no. La verborragia, la puteada instantánea, el dedito acusador, el ceño fruncido, el faltarnos el respeto es curativo, nos purga, nos sincera.
En Argentina hay crímenes atroces, robos, abusos y demás atropellos como en todos los países del mundo, pero acá tienen otro color. Sé que estoy hilando muy fino y a lo mejor mi opinión otra vez va a provocar algún que otro vómito en algún que otro ciudadano.
Para hacer una comparación burda, torpe y al tuntun: …no creo que la Argentina hubiera sido escenario de la locura de Viena, me refiero al enfermito que tenía hijos con los hijos. No creo que la Argentina produzca asesinos seriales como los norteamericanos. Existen esos descarrilamientos pero de una forma más lógica, o esperada si se quiere, crímenes que están considerados dentro del “negocio” que significa una sociedad civilizada a la fuerza. La deformidad, mal llamada evolución, que sufrió el hombre de Cromañón a estos días no lo exime de cometer desbordes y desórdenes. Una sociedad concebida como tal no está exenta de locos o enfermos. Estaríamos hablando de una sociedad de zombis. De muertos vivos.
Me parece que a la hora de criticar nuestra argentinidad no quitamos la vista del ombligo y del clisé de repetir como loros que este país es de locos.
Haciendo un análisis profundo y teniendo en cuenta un montón de factores, creo que no estamos tan mal.
Como decía la maestra de colegio cuando éramos chicos: “Sigue así…”
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