InicioApuntes Y Monografias2: La infancia oculta de Jesús: la historia apócrifa

MARÍA - LA PRIMERA INFANCIA DE JESUS
Jehoshua, que llamamos Jesús por su nombre helenizado (Ιήσουςι), nació
probablemente en Nazareth. (No es en ningún modo imposible que Jesús
haya nacido en Belén (Bethlehem) por una circunstancia fortuita. Pero esta
tradición parece formar parte del ciclo de leyendas posteriores sobre la
sagrada familia y la infancia del Cristo). Ciertamente fue en aquel rincón
perdido de Galilea donde pasó su infancia y se cumplió el primero, el mayor
de los misterios cristianos: el florecimiento del alma del Cristo. Era hijo de
Myriam, que llamamos María, mujer del carpintero José, una Galilea de noble
cuna, afiliada a los Esenios.
La leyenda ha envuelto el nacimiento de Jesús en un tejido de
maravillas. Si la leyenda contiene muchas supersticiones, a veces también
encubre verdades psíquicas poco conocidas, porque están sobre la percepción
común. Un hecho parece resaltar en la historia legendaria de María, el de que
Jesús fue un niño consagrado a una misión profética, por el deseo de su madre,
antes de su nacimiento. Se cuenta lo mismo de varios héroes y profetas del
Antiguo Testamento. Esos hijos dedicados a Dios por su madre, se llamaban
Nazarenos. Sobre esto es interesante leer la historia de Sansón y la de Samuel.
Un ángel anuncia a la madre de Sansón que va a quedar encinta; que dará a luz
un hijo que no se cortará el cabello, “porque el niño será nazareno desde el
seno de su madre; y él será quien comenzará a libertar a Israel del yugo de los
Filisteos”. (Jueces, XIII, 3-5). La madre de Samuel pidió ella misma su hijo a
Dios, “Anna, mujer de Elkana, era estéril. Hizo ella un voto y dijo: ¡Eterno de
los ejércitos celestes!, si das un hijo varón a tu sierva, lo daré al Eterno por
todos los días de su vida, y ninguna navaja afeitará su cabeza... Entonces
Elkana conoció a su mujer... Algún tiempo después, Anna concibió y dio a
luz un hijo y le llamó Samuel, porque dijo, se lo he pedido al Eterno”.
(Samuel, Libro I, capítulo I, 11-20). SAM-U-EL significa, según las raíces
semíticas primitivas: Esplendor interior de Dios. La madre, sintiéndose como
iluminada por aquél que en ella encarnaba, le consideraba como la esencia
etérea del Señor.
Estos pasajes son extremadamente interesantes, porque nos hacen
penetrar en la tradición esotérica, constante y viva en Israel, y por ella en el
sentido verdadero de la leyenda cristiana. Elkana, el marido, es sin duda el
padre terrestre según la carne; pero el Eterno es su padre celeste según el
Espíritu. El lenguaje figurado del monoteísmo judaico recubre aquí la doctrina
de la preexistencia del alma. La mujer iniciada llama a sí a un alma superior,
para recibirla en su seno y dar a luz un profeta. Esta doctrina, muy elevada
entre los judíos, completamente ausente de su culto oficial, formaba parte de
la tradición secreta de los iniciados, y asoma en los profetas. Jeremías la
afirma en estos términos: “La palabra del Eterno me fue dirigida y me dijo:
Antes de que te formase en el seno de tu madre, te he conocido; antes de que
hubieses salido de su seno, te he santificado y te he establecido profeta entre
las naciones”. (Jeremías, I, 4). Jesús dirá igualmente a los fariseos
escandalizados: “En verdad os digo: antes de que Abraham fuese, yo era”.
(Juan, Ev., VIII, 58).
De todo ello, ¿Qué se puede retener tocante a María, madre de Jesús?.
Parece ser que en las primeras comunidades cristianas, Jesús ha sido
considerado como un hijo de María y de José, puesto que Mateo nos da el
árbol genealógico de José, para probarnos que Jesús desciende de David. Allí
sin duda, como entre algunas sectas gnósticas, se veía en Jesús un hijo dado
por el Eterno en el mismo sentido que Samuel. Más tarde, la leyenda,
preocupada con mostrar el origen sobrenatural del Cristo, hiló su velo de oro y
azul: la historia de José y María, la Anunciación y hasta la infancia de María
en el templo son bien legendarias. (Evangelio apócrifo de María y de la
infancia del Salvador, publicado por Tischendorff).
Si tratamos de desentrañar el sentido esotérico de la tradición judía y de
la leyenda cristiana, diremos: la acción providencial, o para hablar más
claramente, el influjo del mundo espiritual, que concurre al nacimiento de
cada hombre, es más poderoso y más visible en el nacimiento de todos los
hombres de genio, cuya aparición no se explica en ningún modo por la única
ley del atavismo físico. Este influjo alcanza su mayor intensidad cuando se
trata de uno de esos divinos profetas destinados a cambiar la faz del mundo. El
alma elegida para una misión divina, viene de un mundo divino; viene
libremente, conscientemente; pero para que entre en escena en la vida
terrestre, necesita un vaso elegido, es precisa la invocación de una madre de
calidad que, por la aptitud de su ser moral, por el deseo de su alma y la pureza
de su vida presente, atraiga, encarne en su sangre y en su carne el alma del
redentor, destinado a llegar a ser a los ojos de los hombres un hijo de Dios. Tal
es la verdad profunda que recubre la antigua idea de la Virgen-Madre. El
genio indo lo había ya expresado en la leyenda de Krishna. Los Evangelios de
Mateo y de Lucas la han dado con una sencillez y una poesía aún más
admirables.
“Para el alma que del cielo viene, el nacimiento es una muerte”, había
dicho Empédocles, quinientos años antes de Cristo. Por sublime que sea un
espíritu, una vez sumido en la carne pierde temporalmente el recuerdo de todo
su pasado; una vez cogido en el engranaje de la vida corporal, el desarrollo de
su conciencia terrestre queda sometido a las leyes del mundo en que encarna.
Cae bajo la fuerza de los elementos. Cuanto más alto haya sido su origen
mayor será el esfuerzo para recobrar sus dormidas potencias, sus
inmensidades celestes, y adquirir conciencia de su misión.
Las almas profundas y tiernas, necesitan silencio y paz para florecer. Jesús
creció en la calma de Galilea. Sus primeras impresiones fueron dulces,
austeras y serenas. El valle natal parecía un jirón del cielo caído en un pliegue
de la montaña. La aldea de Nazareth no ha cambiado apenas en el curso de los
siglos. (Todo el mundo recuerda las magistrales descripciones de la Galilea,
de M. Renán, en su Vida de Jesús, y las no menos notables de M. E.
Melchor de Vogüe, Voyage en Syrie et en Palestine). Sus casas escalonadas
bajo la roca parecen, al decir de los viajeros, a cubos blancos sembrados en
una selva de granados, higueras y viñas, como surcada por grandes bandadas
de palomas. Alrededor de este nido de fresco y verdor, circula el aire vivo de
las montañas; en las alturas se abre el horizonte libre y luminoso de Galilea.
Agregad a ese cuadro grandioso el interior grave de una familia piadosa y
patriarcal.
La fuerza de la educación judía residió en todo tiempo en la unidad de
la ley y de la fe, así como en la poderosa organización de la familia, dominada
por la idea nacional y religiosa. La casa paterna era para el niño una especie de
templo. En lugar de los frescos alegres, faunos y ninfas, que adornaban el atrio
de las casas griegas, tales como podían verse en Sephoris y en Tiberiades, no
se veía en las casas judías más que párrafos de la ley y de los profetas, cuyas
bandas rígidas se extendían sobre las puertas y muros en caracteres caldeos.
Pero la unión del padre y de la madre en el amor de los hijos, calentaba e
iluminaba la desnudez de aquel interior con una vida espiritual. Allí recibió
Jesús su primera enseñanza, allí por boca de su padre y su madre, aprendió a
conocer al principio las Escrituras. Desde sus primeros años, el largo, el
extraño destino del pueblo de Dios se desarrolló ante sus ojos, en las fiestas
periódicas que se celebraban en familia, por la lectura, el canto y la plegaria.
En la fiesta de los Tabernáculos, una cabaña de ramas de mirto y de olivo se
elevaba en el patio o sobre la terraza de la casa, en recuerdo del tiempo

inmemorial de los patriarcas nómadas. Se encendía el candelabro de siete
luces, luego se abrían los rollos de papiros y se leían historias santas. Para el
alma infantil, el Eterno estaba presente, no sólo en el cielo estrellado, sino
también en aquel candelabro que reflejaba su gloria, en el verbo del padre
como en el amor silencioso de la madre. Así, los grandes días de Israel
mecieron la infancia de Jesús, días de gozo y de duelo, de triunfo y de
destierro, de aflicciones sin cuento y de esperanza eterna. A las preguntas
ardientes, incisivas, del niño, el padre callaba. Pero la madre, levantando tras
sus largas pestañas sus grandes ojos de siria soñadora y encontrando la mirada
interrogadora de su hijo, le decía: “La palabra de Dios sólo vive en sus
profetas. En su día, los sabios Esenios, los solitarios del monte Carmelo y del
Mar Muerto te responderán”.
Nos imaginamos también a Jesús mezclado con sus compañeros,
ejerciendo sobre ellos el singular prestigio que da la inteligencia precoz, unida
al sentimiento de la justicia y a la simpatía activa. Le seguimos en la sinagoga
donde oía discutir a los escribas y a los fariseos, donde debía ejercitar su
poderosa dialéctica. Le vemos desde muy temprana edad disgustado por la
sequedad de aquellos doctores de la ley, que atormentaban la letra hasta
expurgar de ella el espíritu. Se le ve también contemplar la vida pagana,
adivinándola y abarcándola con la mirada, visitando la opulenta Sephoris,
capital de Galilea, residencia de Antipas, dominada por su acrópolis y
guardada por mercenarios de Herodes: galos, tracios, bárbaros de todos los
países. Quizás también, en uno de aquellos viajes tan frecuentes en las
familias judías, llegó a una de las ciudades fenicias, verdaderos hormigueros
humanos al borde del mar, y vio a lo lejos templos bajos de columnas
rechonchas, rodeados de bosquecillos negros de donde salía al son de las
flautas plañideras el canto de las sacerdotisas de Astarté. Su grito de
voluptuosidad, agudo como el dolor, despertó en su corazón asombrado un
amplio estremecimiento de angustia y de piedad. Entonces el hijo de María
volvía a sus queridas montañas con un sentimiento de libertad. Subía a la roca
de Nazareth e interrogaba los vastos horizontes de Galilea y Samaría. Miraba
el Carmelo, Gelboé, el Tabor, los montes Sichem, viejos testigos de los
patriarcas y de los profetas. “Los altos lugares”, se desplegaban en círculo; se
elevaban en la inmensidad del cielo como altares atrevidos que esperasen el
fuego y el incienso. ¿Esperaban a alguien?.
Más por poderosas que fueran las impresiones del mundo circundante
sobre el alma de Jesús, palidecían todas ante la verdad soberana, inenarrable,
de su mundo interior. Aquella verdad florecía en el fondo de él mismo como
una flor luminosa emergiendo de un agua sombría. Aquel sentimiento se
parecía a una claridad creciente que se hacía en él, cuando estaba solo y se
recogía. Entonces los hombres y las cosas, próximas o lejanas, le aparecían
como transparentes en su esencia íntima. Leía los pensamientos, veía las
almas. Luego veía en su recuerdo, como a través de un velo ligero, seres
divinamente bellos y radiantes inclinados sobre él o reunidos en la adoración
de una luz deslumbradora. Visiones maravillosas frecuentaban su sueño o se
interponían entre él y la realidad, por un real desdoblamiento de su conciencia.
En la cumbre de aquellos éxtasis, que le llevaban de zona a zona como hacia
otros cielos, se sentía a veces atraído por una luz fulgurante, luego inmergido
en un sol incandescente. De aquellos encantos conservaba una ternura
inefable, una fuerza singular. ¡Cuán reconciliado se encontraba entonces con
todos los seres, en armonía con el universo!. ¿Cuál era aquella luz misteriosa,
pero más familiar y más viva que la otra, que brotaba del fondo de su ser para
llevarle a los más lejanos espacios, cuyos primeros efluvios surgieron de los
grandes ojos de su madre, y que ahora le unía a todas las almas por secretas
vibraciones?. ¿No era la fuente de las almas y de los mundos?.
― Él la llamó: El padre Celestial.
(Los anales místicos de todos los tiempos demuestran que verdades
morales o espirituales de un orden superior han sido percibidas por ciertas
almas escogidas, sin razonamiento, por la contemplación interna y bajo
forma de visión. Fenómeno psíquico aun mal conocido por la ciencia
moderna, pero hecho incontestable. Catalina de Siena, hija de un pobre
tintorero, tuvo, desde la edad de cuatro años, visiones extremadamente
notables. (Véase Su Vida, por Mme. Albana Mignaty, casa Fischbacher.)
Swedenborg, hombre de ciencia, espíritu sentado, observador y razonador,
comenzó a la edad de 40 años y en perfecta salud, a tener visiones que
ninguna relación tenían con su vida precedente (Vida de Swedenborg, por
Mater, casa Perrin). No pretendo poner esos fenómenos exactamente al
mismo nivel que los que pasaron en la conciencia de Jesús, sino establecer
sencillamente la universalidad de una percepción interna, independiente de
los sentidos corporales).
Ese sentimiento original de unidad con Dios en la luz del Amor, fue la
primera, la gran revelación de Jesús. Una voz interna le decía que la encerrase
en lo más profundo de su ser; pero que iba a iluminar toda su vida. Esa voz le
dio una certidumbre invencible. Ella le hizo dulce e indomable. Ella forjó de
su pensamiento un escudo de diamante; de su verbo, una espada de luz.
Esa vida rústica profundamente oculta se unía por lo demás en el
adolescente, con una completa lucidez dé las cosas de la vida real. Lucas nos
lo representa a la edad de doce años, “creciendo en fuerza, en gracia y en
sabiduría”. La conciencia religiosa fue en Jesús cosa innata, absolutamente
independiente del mundo externo. Su conciencia profética y mesiánica sólo
pudo despertarse al choque con el exterior, al espectáculo de su tiempo, es
decir, por una iniciación especial y una larga elaboración interna. Las huellas
se encuentran en los Evangelios y en otros lados.
La primera gran conmoción fue originada por aquel viaje con sus padres
a Jerusalén, de que habla Lucas. Aquella ciudad, orgullo de Israel, se había
convertido en el centro de las aspiraciones judías. Sus desgracias no habían
hecho más que exaltar los espíritus. Se hubiese dicho que cuantas más tumbas
se amontonaban, más esperanzas había. Bajo los seleúcidas, bajo los
macabeos, por Pompeyo y por Herodes, Jerusalén había sufrido sitios
espantosos. La sangre había corrido a torrentes; las legiones romanas habían
hecho del pueblo una carnicería por las calles; crucifixiones en masa habían
manchado las colinas con escenas infernales. Después de tantos horrores,
después de la humillación de la ocupación romana, después de haber
diezmado al sanhedrín y reducido el pontífice a ser sólo un esclavo
tembloroso, Herodes, como por ironía, había reconstruido el templo más
magníficamente que Salomón. Jerusalén continuaba, empero, siendo la ciudad
santa. Isaías, que Jesús leía con preferencia, ¿No la había llamado, “la
prometida ante la cual se prosternarán los pueblos?” El había dicho: “Se
llamarán tus murallas ¡salvación!, tus puertas ¡alabanzal y las naciones
marcharán al esplendor que se levantará sobre ti”. (Isaías, LX, 3 y 18). Ver
Jerusalén y el templo de Jehovah, era el sueño de todos los judíos, sobre todo
desde que Judea era provincia romana. Para verlos venían desde Perea,
Galilea, Alejandría y Babilonia. En camino en el desierto, bajo las palmas, al
lado de los pozos, cantaban salmos, suspiraban por el vestíbulo del Eterno
buscando con los ojos la colina de Sión.
Un extraño sentimiento de opresión debió invadir el alma de Jesús
cuando vio en su primera peregrinación la ciudad con sus murallas
formidables, asentada sobre la montaña como una fortaleza sombría; cuando
vio a sus puertas el anfiteatro romano de Herodes; la torre Antonia dominando
al templo; legionarios, empuñando la lanza, que vigilaban desde lo alto. Subió
la escalinata del templo. Admiró el esplendor de los pórticos de mármol,
donde los fariseos paseaban con suntuoso ropaje. Atravesó el patio de los
gentiles, el patio de las mujeres. Se aproximó con la muchedumbre israelita a
la puerta de Nicanor y a la balaustrada de tres codos, tras la cual se veían
sacerdotes en trajes del culto, violados o purpúreos, relucientes de oro y
pedrería, oficiar ante el santuario, inmolar machos cabríos y toros y rociar al
pueblo con su sangre pronunciando una bendición. Aquello no se parecía al
templo de sus ensueños, ni al cielo de su corazón.
Luego volvió a descender a los barrios populares de la baja ciudad. Vio
a mendigos pálidos por el hambre, caras angustiadas que guardaban el reflejo
de las últimas guerras civiles, de los suplicios, de las crucifixiones. Saliendo
por una de las puertas de la muralla comenzó a errar por aquellos valles
pedregosos, por aquellos fosos lúgubres donde están las canteras, las piscinas,
las tumbas de los reyes, y que forman alrededor de Jerusalén como una cintura
sepulcral. Allí vio a los locos salir de las cavernas y proferir blasfemias contra
vivos y muertos. Luego, bajando por amplia escalera a la fuente de Siloé,
profunda como una cisterna, vio al borde de un agua amarillenta arrastrarse a
leprosos, paralíticos, desgraciados cubiertos con toda clase de úlceras. Un
deseo irresistible le forzaba a mirar al fondo de sus ojos y a beber todo su
dolor. Unos le pedían socorro; otros estaban fríos y sin esperanza; otros,
idiotas, parecían no sufrir ya. ¿Cuánto tiempo había sido preciso para que
llegasen a aquel estado?.
Entonces Jesús se dijo: ¿Para qué ese templo, esos sacerdotes, esos
himnos, esos sacrificios, puesto que no pueden remediar estos dolores?. Y de
repente, como un torrente engrosado con lágrimas sin fin, sintió afluir a su
corazón los dolores de aquellas almas, de aquella ciudad, de aquel pueblo, de
toda la humanidad. Comprendió que había terminado aquella felicidad que no
podía comunicar a los demás. Aquellas miradas, aquellas miradas
desesperadas no debían salir ya de su memoria. Sombría desposada, la
infelicidad humana marchaba a su lado y le decía: ¡No te abandonaré!.
De allí se fue lleno de tristeza y de angustia, y mientras volvía a las
cimas luminosas de Galilea, este grito profundo salió de su corazón: ― ¡Padre
celestial!... ¡Quiero saber!. ¡Quiero curar!. ¡Quiero salvar!.
maria y jesús

No te pierdas la parte 3: Juan el Bautista, Los esenios, y la tentación

Todos los capitulos:

1 -Jesus y los esenios: la historia oculta de los apócrifos


2: La infancia oculta de Jesús: la historia apócrifa


3- Jesus, los esenios, Juan el Bautista, La tentacion


4- Jesus y las mujeres, los milagros y esoterismo


5- Nunca te contaron: Jesus huye, la transfiguracion


6- Jesus y la historia nunca contada: muerte y resurreción


Y si queres descargar este interesante y casi desconocido texto en formato PDF, hacelo aquí:


Acordate: este post no es para fomentar ningun debate religioso, ni parloteos entre fanaticos de ningun lado.Solo lo encontré, y lo comparti con todos, porque creo bueno tratar de ver otro punto de vista. A mi me pareció un texto muy rico, coherente, y me iamgino que no será aceptado por la mayoria de los dogmáticos, ni tampoco por los ateos, asi que como no me siento en ningun bando, más que en el de un buscador de una verdad, y pienso que tal vez vos puedas ser también alguien que como yo no se identifica con ninguna cosa instituida y busca un camino propio, es que quise darlo a conocer.
Suerte, y ojala te sea util para algo. Es mi unico interes. Si no es util, por favor, seguí de largo y hacé de cuenta que no es para vos.
Un abrazo y suerte en tu camino, sea cual sea. Al final, seguro nos encontraremos más alla de cualquier creencia!
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