InicioApuntes Y Monografias4- Jesus y las mujeres, los milagros y esoterismo
Parte 4:
LA VIDA PÚBLICA DE JESÚS - ENSEÑANZA POPULAR Y ENSEÑANZA ESOTÉRICA - LOS MILAGROS - LOS APÓSTOLES - LAS MUJERES




Hasta ahora he tratado de iluminar con su luz propia esa parte de la vida
de Jesús que los Evangelios han dejado en la sombra envuelto en el velo de la
leyenda. He dicho por medio de qué iniciación, por qué desarrollo de alma y
de pensamiento, el gran Nazareno llegó a la conciencia mesiánica. En una
palabra, he tratado de reconstituir el génesis interno del Cristo. Una vez
conocido ese génesis el resto de mi labor será más sencillo. La vida pública de
Jesús ha sido contada en los Evangelios. En esas narraciones hay divergencias,
contradicciones, soldaduras. La leyenda, recubriendo o exagerando ciertos
misterios, reaparece acá y allá; pero del conjunto se desprende tal unidad de
pensamiento y de acción, un carácter tan poderoso y tan original, que
invenciblemente nos sentimos en presencia de la realidad, de la vida. No se
pueden reformar esas inimitables narraciones, que, en su infantil sencillez o en
su belleza simbólica, dicen más que todas las amplificaciones. Pero lo que
importa hacer hoy, es poner en claro el papel de Jesús por medio de las
tradiciones y las verdades esotéricas, es mostrar el sentido y el alcance
trascendental de su doble enseñanza.
¿De qué grande noticia era portador el esenio ya célebre, que volvía de
las orillas del Mar Muerto a su patria galilea, para predicar en ella el
Evangelio del Reino?. ¿Por qué medio iba a cambiar la faz del mundo?. El
pensamiento de los profetas acaba de manifestarse en él. Fuerte en el don
entero de su ser, venía a compartir con los hombres aquel reino del cielo que
había conquistado en sus meditaciones y sus luchas, en sus dolores infinitos y
su goces ilimitados. Venía a desgarrar el velo que la antigua religión de
Moisés había lanzado sobre el más allá. Venía a decir: “Creed, amad, obrad, y
que la esperanza sea el alma de vuestras acciones. Hay más allá de esta tierra
un mundo de las almas, una vida más perfecta. Lo sé, de ella vengo y a ella os
conduciré. Pero no basta aspirar. Para llegar es preciso comenzar por realizarla
aquí abajo, en vosotros mismos por el pronto, después en la humanidad: ¿Por
qué medio?. Por el Amor, por la Caridad activa”.
Se vio, pues, llegar a Galilea al joven profeta. No decía que era el Mesías, pero
discutía sobre la ley y los profetas en las sinagogas. Predicaba a orillas del
lago de Genezareth, en las barcas de los pescadores, al lado de las fuentes, en
los oasis verdes que abundaban entonces entre Capharnaum, Betsaida y
Korazim. Curaba a los enfermos por la imposición de las manos, por una
mirada, por una orden, con frecuencia por su sola presencia. Le seguían
multitudes; numerosos discípulos le rodeaban. Él los reclutaba entre la gente
del pueblo, los pescadores, los peajeros. Porque quería naturalezas rectas y
vírgenes, ardientes y creyentes, y de ellas se apoderaba de irresistible modo.
En su elección era conducido por ese don de segunda vista, que, en todos los
tiempos, ha sido propio de los hombres de acción, pero sobre todo de los
iniciadores religiosos. Una mirada le bastaba para sondear un alma. No
necesitaba otra prueba y cuando decía: ¡Sígueme! le seguían. Con un ademán
llamaba así a los tímidos, a los vacilantes, y les decía: “Venid a mí, vosotros
que estáis cargados, os aliviaré. Mi yugo es ligero y mi carga liviana”. (Mateo,
XI, 28). Adivinaba los más secretos pensamientos de los hombres que,
turbados, confundidos, reconocían al maestro. A veces, en la incredulidad
saludaba a los sinceros. Habiendo dicho Nathaniel: “¿Qué puede venir de
bueno de Nazareth?”, Jesús replicó: “He aquí un verdadero israelita en el que
no hay artificio”. (Juan, I, 46). De sus adeptos no exigía ni juramento, ni
profesión de fe, sino únicamente que le quisieran, que creyesen en él. Puso en
práctica la comunidad de bienes, no como una regla absoluta, sino como un
principio de fraternidad entre los suyos.
jesus
Jesús comenzaba así a realizar en su pequeño grupo el reino del cielo
que quería fundar sobre la tierra. El sermón de la montaña nos ofrece una
imagen de ese reino ya formado en germen, con un resumen de la enseñanza
popular de Jesús. En la cima de la colina está sentado el maestro; los futuros
iniciados se agrupan a sus pies; más abajo, el pueblo agolpado acoge
ávidamente las palabras que caen de su boca. ¿Qué anuncia el nuevo doctor?.
¿El ayuno?. ¿La maceración?. ¿Las penitencias públicas?. No; he aquí lo que
dice: “Dichosos los pobres de espíritu, porque el reino de los cielos les
pertenece; felices los que lloran, porque ellos serán consolados”. Desarrolla en
seguida, en un orden ascendente, las cuatro virtudes dolorosas; el poder
maravilloso de la humildad, de la tristeza por la desgracia ajena, de la bondad
íntima del corazón, del hambre y sed de justicia. Luego vienen, radiantes, las
virtudes activas y triunfantes: la misericordia, la pureza del corazón, la bondad
militante; en fin, el martirio por la justicia. “¡Dichosos los de corazón puro;
porque ellos verán a Dios!”. Como el sonido de una campana de oro, este
verbo entreabre a los ojos de los auditorios el cielo que brilla estrellado sobre
la palabra del maestro. Ven en él las humildes virtudes, no ya como mujeres
pobres esqueléticas, con vestidos grises de penitentes, sino transformadas en
beatitudes, en vírgenes de luz, esfumando con su resplandor el brillo de las
flores de lis y el poder de Salomón. En el aura de su gloria, ellas difunden en
los corazones sedientos los perfumes del reino celeste.
Lo maravilloso es que ese reino no florece en las lejanías del cielo, sino
en lo interno de los asistentes. Cambian entre sí miradas de asombro; (ellos,
pobres en espíritu, se han vuelto de repente tan ricos!. Más poderoso que
Moisés, el mago del alma ha herido su corazón; una fuente inmortal brota de
éste. Su enseñanza popular está contenida en esta palabra: “¡el reino del cielo
está dentro de vosotros!”. Además les expone los medios necesarios para
alcanzar esa dicha inaudita y no se admiran ya de las cosas extraordinarias que
les pide; matar hasta el deseo del mal, perdonar las ofensas, amar a sus
enemigos. Tan pujante es el río de amor que de su corazón desborda, que les
arrastra. En su presencia, todo les parece fácil. Inmensa novedad, singular
osadía de esta enseñanza: el profeta galileo coloca la vida interior del alma
sobre todas las prácticas exteriores, lo invisible sobre lo visible, el reino de
los cielos sobre los bienes de la tierra. Ordena que se escoja entre Dios y
Mammón. Resu- miendo en fin su doctrina, dice: “Amad a vuestro prójimo
como a vosotros mismos y sed perfectos como lo es vuestro Padre celeste”.
Dejaba entrever asi bajo una forma popular, toda la profundidad de la moral y
de la ciencia. Porque el supremo mandamiento de la iniciación es el reproducir
la perfección divina en la perfección del alma, y el secreto de la ciencia reside
en la cadena de las semejanzas y de las correspondencias, que une en los
círculos crecientes lo particular a lo universal, lo finito a lo infinito.
jesucristo
Si tal fuese la enseñanza pública y puramente moral de Jesús, es
evidente que dio, simultáneamente con ella, una enseñanza íntima a sus
discípulos, enseñanza paralela, explicativa de la primera, que mostraba su lado
oculto y penetraba hasta el fondo de las verdades espirituales, que él poseía de
la tradición esotérica de los esenios y de su propia experiencia. Habiendo sido
violentamente ahogada por la Iglesia esa tradición, a partir del siglo II, la
mayor parte de los teólogos no conocen ya el verdadero alcance de las
palabras del Cristo con su sentido, a veces doble y triple, y sólo ven el sentido
primario o literal. Para quienes han profundizado la doctrina de los Misterios
en la India, en Egipto y en Grecia, el pensamiento esotérico del Cristo anima
no solamente sus menores palabras, sino también todos los actos de su vida.
Visible ya en los tres sinópticos, aparece por completo en el Evangelio de
Juan. He aquí un ejemplo que toca a un punto esencial de la doctrina:
Jesús está de paso en Jerusalén. No predica aún en el templo, pero cura
a los enfermos y enseña en casa de los amigos. La obra del amor debe preparar
el terreno en que ha de caer la buena simiente. Nicodemus, fariseo instruido,
había oído hablar del nuevo profeta. Lleno de curiosidad, pero no queriendo
comprometerse entre los suyos, pide una entrevista secreta al Galileo. Jesús se
la concede. Nicodemus llega por la noche a su morada y le dice: “Maestro,
sabemos que eres un doctor venido de la parte de Dios; pues nadie podría
hacer los milagros que tú haces si Dios no estuviera contigo”. ― Jesús le
responde: ― “En verdad, en verdad te digo que, si un hombre no nace de
nuevo, no puede ver el reino de Dios”. Nicodemus pregunta si es posible que
un hombre vuelva al seno de su madre y nazca una segunda vez. Jesús
responde: “En verdad te digo que si un hombre no nace de agua y de espíritu,
no puede entrar en el reino de Dios”. (Juan, III, 15).
Jesús resume bajo esta forma, evidentemente simbólica, la antigua
doctrina de la regeneración, ya conocida en los Misterios del Egipto. Renacer
por el agua y por el espíritu, ser bautizado con agua y con fuego, marca dos
grados de la iniciación, dos etapas del desarrollo interno y espiritual del
hombre. El agua representa aquí la verdad percibida intelectualmente, es decir,
de una manera abstracta y general. Ella purifica el alma y desenvuelve su
germen espiritual.
maria magdalena
El renacimiento por el espíritu o el bautismo por el fuego (celeste),
significa la asimilación de esa verdad por la voluntad, de tal modo que se
convierte en la sangre y la vida, el alma de todas las acciones. Resulta de ello
la completa victoria del espíritu sobre la materia, el dominio absoluto del alma
espiritualizada sobre el cuerpo transformado en instrumento dócil, dominio
que despierta sus dormidas facultades, abre su sentido interno, le da la visión
intuitiva de la verdad y la acción directa del alma sobre el alma. Este estado
equivale al estado celeste, llamado reino de Dios por Jesucristo. El bautismo
por el agua o iniciación intelectual, es, pues, un comienzo de renacimiento; el
bautismo por el espíritu es un renacimiento total, una transformación del alma
por el fuego de la inteligencia y de la voluntad, y por consiguiente en cierta
medida de los elementos del cuerpo, en una palabra, una regeneración radical.
De ahí los poderes excepcionales que da al hombre.
He aquí el sentido terrestre de la conversación eminentemente teosófica
entre Nicodemus y Jesús. Hay un segundo sentido, que se podría llamar en dos
palabras la doctrina esotérica, sobre la constitución del hombre. Según esa
doctrina, el hombre es triple: cuerpo, alma, espíritu. Hay una parte inmortal e
indivisible: el espíritu; una parte perecedera y divisible: el cuerpo. El alma que
las une participa de ambas naturalezas. Organismo vivo, posee un cuerpo
etéreo y fluido, semejante al cuerpo material, que, sin ese doble invisible no
tendría vida, movimiento ni unidad. Según que el hombre obedece a las
sugestiones del espíritu o a las incitaciones del cuerpo, según que se liga con
preferencia a uno u otro, el cuerpo fluido se eteriza o se espesa, se unifica o se
disgrega. Ocurre, pues, que después de la muerte física, la mayor parte de los
hombres tienen que sufrir una segunda muerte del alma, que consiste en
desembarazarse de los elementos impuros de su cuerpo astral, a veces en sufrir
su lenta descomposición; mientras que el hombre completamente regenerado,
habiendo formado desde la tierra su cuerpo espiritual, posee su cielo en sí
mismo y se lanza a la religión a que por afinidad es atraído. El agua, en el
esoterismo arcaico, simboliza la materia flúidica infinitamente transformable,
como el fuego simboliza el espíritu uno. Hablando del renacimiento por el
agua y por el espíritu, Cristo hace alusión a esa doble transformación de su ser
espiritual y de su envoltura fluidica, que espera al hombre después de su
muerte y sin la cual no puede entrar en el reino de las almas gloriosas y de los
puros espíritus.
Porque, “lo que ha nacido de la carne es carne (es decir, está
encadenado y es perecedero), y lo que ha nacido del espíritu es espíritu (es
decir, libre e inmortal). El viento sopla en todas partes y oyes su ruido. Pero
no sabes de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo pasa con todo hombre que
ha nacido del espíritu”. (Juan, III, 6, 8).
Así habla Jesús ante Nicodemus, en el silencio de las noches de
Jerusalén. Una pequeña lámpara colocada entre los dos ilumina apenas las
vagas figuras de los interlocutores y la columnata de la sala. Pero los ojos del
Maestro galileo brillan misteriosamente en la oscuridad. ¿Cómo no creer en el
alma viendo esos ojos, tan pronto dulces como llameantes?. El docto fariseo
ha visto hundirse su ciencia de los textos, pero entrevé un mundo nuevo. Ha
visto el rayo en los ojos del profeta, cuyos largos cabellos rubios caen sobre
sus hombros. Ha sentido el calor poderoso que emana de su ser, atraerle hacia
sí. Ha visto aparecer y desaparecer, como una aureola magnética, tres
pequeñas llamas blancas alrededor de sus sienes y de su frente. Entonces ha
creído sentir el viento del Espíritu que pasa sobre su corazón. Emocionado,
silencioso, Nicodemus vuelve furtivamente a su casa, en el profundo silencio
de la noche. Continuará viviendo entre los fariseos, pero en el secreto de su
corazón será fiel a Jesús.


Notemos además un punto capital en su enseñanza. En la doctrina
materialista, el alma es una resultante efímera y accidental de las fuerzas del
cuerpo; en la doctrina espiritualista ordinaria es una cosa abstracta, sin lazo
concebible con él; en la doctrina esotérica — única racional —, el cuerpo
físico es un producto del trabajo incesante del alma, que obra sobre él por el
organismo similar del cuerpo astral, así como el universo visible no es más
que un dinamismo del infinito espíritu. He aquí porqué Jesús da esa doctrina a
Nicodemus como explicación de los milagros que él opera. Ella puede servir
de clave, en efecto, a la terapéutica oculta practicada por él y por pequeño
número de adeptos y de santos, antes como después del Cristo. La medicina
ordinaria combate los males del cuerpo obrando sobre el cuerpo. El adepto o
el santo, focos de fuerza espiritual y fluida, obran directamente sobre el alma
del enfermo, y, por su cuerpo astral, sobre su cuerpo físico. Lo mismo pasa en
todas las curaciones magnéticas. Jesús opera por medio de fuerzas que existen
en todos los hombres, pero opera a alta dosis, por proyecciones poderosas y
concentradas. Presenta a los escribas y fariseos su poder de curar los cuerpos
como una prueba de su poder de perdonar, o de curar el alma, lo cual es su
objetivo superior. La curación física se convierte así en la contraprueba de una
curación moral que le permite decir al hombre entero: ¡Levántate y anda!. La
ciencia de hoy quiere explicar el fenómeno que los antiguos llamaban
posesión, como un sencillo desarreglo nervioso. Explicación insuficiente.
Psicólogos que tratan de penetrar más allá en el misterio del alma, ven en ella
un desdoblamiento de la conciencia, una irrupción de su parte latente. Esta
cuestión está en contacto con la de los diversos planos de la conciencia
humana, que obra tan pronto sobre uno como sobre otro y cuyo juego móvil se
estudia en los diversos estados sonambúlicos. Toca igualmente al mundo
suprasensible. Sea de ello lo que quiera, es cierto que Jesús tuvo la facultad de
restablecer el equilibrio en los cuerpos perturbados y enfocar las almas hacia
su conciencia superior. “La magia verdadera, ha dicho Plotino, es el amor con
su contrario el odio. Por el amor y el odio, los magos obran por medio de sus
filtros y encantamientos”. El amor en su más elevada conciencia y su poder
supremo, tal fue la magia del Cristo.
Numerosos discípulos tomaron parte en su enseñanza íntima. Pero para
hacer durar a la nueva religión, se precisa un grupo de elegidos activos que se
convirtiesen en los pilares del templo espiritual que quería edificar frente al
otro. De ahí la institución de los apóstoles. No los eligió entre los esenios,
porque necesitaba naturalezas vigorosas y vírgenes, y quería implantar su
religión en el corazón del pueblo. Dos grupos de hermanos, Simeón- Pedro y
Andrés, hijos de Jonás, por un lado, y del otro Juan y Santiago, hijos de
Zebedeo, los cuatro pescadores de profesión y de familias acomodadas,
formaron el núcleo de los apóstoles. Al comienzo de su carrera, Jesús se
muestra en su casa de Capharnaum, a orillas del lago de Genezareth, donde
tenían ellos sus pesquerías. Vive entre ellos, les enseña, convierte a toda la
familia. Pedro y Juan se destacan en primer lugar y dominan desde arriba a los
doce como las dos figuras principales. Pedro, corazón recto y sencillo, espíritu
candido y limitado, tan propicio a la esperanza como al descorazonamiento,
pero hombre de acción capaz de conducir a los otros por su enérgico carácter y
su fe absoluta. Juan, naturaleza concentrada y profunda, de entusiasmo tan
fervoroso que Jesús le llamaba “hijo del trueno”. Unamos a esto el espíritu
intuitivo, alma ardiente casi siempre replegada sobre sí misma, de costumbres
soñadoras y tristes, con explosiones formidables, furores apocalípticos, pero
también con profundidades de ternura que los otros son incapaces de
sospechar, que sólo el maestro ha visto. Él solo, el silencioso, el
contemplativo, comprenderá el pensamiento íntimo de Jesús. Será el
Evangelista del amor y de la inteligencia divina, el apóstol esotérico por
excelencia.
evangelios apocrifos
Persuadidos por su palabra, convencidos por sus obras, dominados por
su grande inteligencia y envueltos en su irradiación magnética, los apóstoles
seguían al maestro de aldea en aldea. Las predicaciones populares alternaban
con las enseñanzas íntimas. Poco a poco les abría su pensamiento. Sin
embargo, guardaba aún un silencio profundo sobre sí mismo, sobre su papel,
sobre su porvenir. Les había dicho que el reino del cielo estaba próximo, que
el Mesías iba a venir. Ya los apóstoles murmuraban entre si ¡Él es!, y lo
repetían a los demás. Pero Jesús, con dulce gravedad, se llamaba sencillamente
“el Hijo del Hombre”, expresión cuyo sentido esotérico no
comprendían aún los apóstoles, pero que parecía querer decir en su boca:
mensajero de lá humanidad doliente. Porque añadía: “los lobos tienen su
guarida, mas el Hijo del Hombre no tiene dónde reposar su cabeza”. Los
apóstoles no veían aún en él al Mesías, y según la idea judaica popular, y en
sus candidas esperanzas, concebían el reino del cielo como un Gobierno
político, del cual Jesús sería el rey coronado y ellos los ministros. Combatir
esa idea, transformarla de arriba abajo, revelar a sus apóstoles el verdadero
Mesías, el reino espiritual; comunicarles esa verdad sublime que él llamaba el
Padre, esa fuerza suprema que llamaba Espíritu, fuerza misteriosa que une
juntamente todas las almas con lo invisible; mostrarles por su verbo, por su
vida y por su muerte lo que es un verdadero hijo de Dios; dejarles la
convicción de que ellos y todos los hombres eran sus hermanos y podían
alcanzarle y unirse a él si lo querían; no abandonarlos hasta después de haber
abierto a su esperanza toda la inmensidad del cielo, he aquí la obra prodigiosa
de Jesús sobre sus apóstoles. ¿Creerán o no?. Éste es el nudo del drama que se
representa entre ellos y él. Otro hay más tremendo, que se desarrolla en el
fondo de Jesús mismo. Pronto lo expondremos.
Porque en aquella hora, una oleada de alegría sumerge el trágico
pensamiento en la conciencia del Cristo. La tempestad no ha soplado aún
sobre el lago de Tiberiades. Es la primera Galilea del Evangelio, es el alba del
reino de Dios, el matrimonio místico del iniciado con su familia espiritual.
Ella le sigue, viaja con él, como el cortejo de las paraninfas sigue al esposo de
la parábola. El grupo creyente se apiña tras las huellas del maestro amado, en
las playas del lago azul, encerrado en sus montañas como en una copa de oro.
Va de las frescas riberas de Capharnaum a los bosquecillos de naranjos de
Bethsaida, a la montañosa Korazin, donde ramilletes de palmas umbrosas
dominan todo el mar de Genezareth. En el cortejo de Jesús las mujeres tienen
un sitio aparte. Madres o hermanas de discípulos, vírgenes tímidas o
pecadoras arrepentidas, le rodean siempre. Atentas, fieles, apasionadas,
esparcen sobre sus pasos como un reguero de amor, su eterno perfume de
tristeza y de esperanza. A ellas no hay que demostrarles que es el Mesías. Con
verlo, basta. La extraña felicidad que emana de su atmósfera mezclada a la
nota de un sufrimiento divino e inexpresado que resuena en el fondo de su ser,
las persuade de que es el hijo de Dios. Jesús había ahogado pronto en sí el
grito de la carne, había dominado el poder de los sentidos durante su estancia
con los esenios. Por esto había conquistado el imperio de las almas y el divino
poder de perdonar, esa voluptuosidad de los ángeles. Así es que puede decir a
la pecadora que se arrastra a sus pies con los cabellos sueltos, esparciendo
bálsamo de mucho precio: “Mucho le será perdonado porque ha amado
mucho”. Palabra sublime que contiene toda una redención; porque quien
perdona, liberta.
su esposa
El Cristo es el restaurador y el libertador de la mujer digan lo que
quieran San Pablo y los Padres de la Iglesia, que, al rebajar a la mujer al papel
de sierva del hombre, han falseado el pensamiento del Maestro. Los tiempos
védicos la habían glorificado; Buda había desconfiado de ella; Cristo la eleva
devolviéndole su misión de amor y su adivinación. La Mujer iniciada
representa el Alma en la Humanidad, Aisha, como la había llamado Moisés, es
decir, el Poder de la Intuición, la Facultad amante y vidente. La tempestuosa
María Magdalena, de quien Jesús había arrojado siete demonios, según la
expresión bíblica, se convirtió en el más ardiente de sus discípulos. Ella fue la
primera que, según San Juan, vio al divino maestro, al Cristo espiritual
resucitado sobre su tumba. La leyenda ha querido ver obstinadamente en la
mujer apasionada y creyente la mayor adoradora de Jesús, la iniciada del
corazón, y no se ha engañado. Porque su historia representa toda la generación
de la mujer, según quería el Cristo.
En la granja de Bethania, entre Marta, María y Magdalena, Jesús
gustaba de reponerse de las labores de su misión, de prepararse a las pruebas
supremas. Allí prodigaba sus más dulces consuelos, y en suaves
conversaciones hablaba de los divinos misterios que no quería confiar aún a
sus discípulos. A veces, en la hora en que el oro del poniente palidece entre las
ramas de los olivos, cuando ya el crepúsculo oscurece sus finas hojas, Jesús
quedaba pensativo. Un velo caía sobre su faz luminosa. Pensaba en las
dificultades de su obra, en la vacilante fe de los apóstoles, en los pobres
enemigos del mundo. El templo, Jerusalén, la humanidad con sus crímenes, y
sus ingratitudes, se desplomaban sobre él como una montaña viviente.
¿Sus brazos elevados al cielo serían bastante fuertes para pulverizarla, o
quedaría aplastado bajo su masa enorme?. Entonces hablaba vagamente de una
prueba terrible que le esperaba y de su próximo fin. Sobrecogidas por la
solemnidad de su voz, las mujeres no osaban interrogarle. Por grande que
fuese la inalterable serenidad de Jesús, comprendían que su alma estaba como
envuelta en el sudario de una indecible tristeza que le separaba de los goces de
la vida. Presentían ellas el destino del profeta, su resolución inquebrantable.
¿Por qué esas sombrías nubes que se elevaban por el lado de Jerusalén?. ¿Por
qué ese viento ardiente de fiebre y de muerte, que pasaba sobre su corazón
como sobre las colinas agostadas de la Judea, de matices violáceos y
cadavéricos?. Una noche... misteriosa estrella, una lágrima brilló en los ojos
de Jesús. Las tres mujeres se estremecieron y sus lágrimas silenciosas brotaron
también en la paz

http://www.upasika.com/docs/teosofia%20varios/Schure%20Edouard%20-%20Jesus%20y%20los%20Esenios.pdf

NO TE PIERDAS LA PARTE 5 AQUI:
JESUS Huye, la transfiguracion


Todos los capitulos:

1 -Jesus y los esenios: la historia oculta de los apócrifos


2: La infancia oculta de Jesús: la historia apócrifa


3- Jesus, los esenios, Juan el Bautista, La tentacion


4- Jesus y las mujeres, los milagros y esoterismo


5- Nunca te contaron: Jesus huye, la transfiguracion


6- Jesus y la historia nunca contada: muerte y resurreción


Y si queres descargar este interesante y casi desconocido texto en formato PDF, hacelo aquí:


Acordate: este post no es para fomentar ningun debate religioso, ni parloteos entre fanaticos de ningun lado.Solo lo encontré, y lo comparti con todos, porque creo bueno tratar de ver otro punto de vista. A mi me pareció un texto muy rico, coherente, y me iamgino que no será aceptado por la mayoria de los dogmáticos, ni tampoco por los ateos, asi que como no me siento en ningun bando, más que en el de un buscador de una verdad, y pienso que tal vez vos puedas ser también alguien que como yo no se identifica con ninguna cosa instituida y busca un camino propio, es que quise darlo a conocer.
Suerte, y ojala te sea util para algo. Es mi unico interes. Si no es util, por favor, seguí de largo y hacé de cuenta que no es para vos.
Un abrazo y suerte en tu camino, sea cual sea. Al final, seguro nos encontraremos más alla de cualquier creencia!
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Del Taringa! original
t@tucamino8/7/2011+1-0
Que bueno que te guste! sabia que nos pondriamos de acuerdo! jajajajjaja. Un abrazo bro! ya deja de gastar energia discutiendo puntos de vista. Solo toma lo que te es util, y con lo que no estes de acuerdo, solo sigue viaje. El unico punto, es intentar tomar lo bueno dentro de lo que no aceptas. En cada persona, sea quien sea, siempre hay un punto de verdad a rescatar. no seamos absoultistas, que a nadie le hace bien. Las mayores guerras empiezan siempre por un pensamiento necio: " yo tengo…
C@Calvohomero8/7/2011+0-1
haha, y es mas razonable pensar que un "dios" nos creo... o me encanta tu razonabilidad.
t@tucamino8/7/2011+1-0
De acuerdo, lo que la mente a veces juzga como milagro es lo que aun no hemos comprendido. Aun asi, que fue un ser que dejo huella, es innegable, mas alla de lo que las religiones despues hagan con esa historia, no?
t@tucamino8/7/2011+1-1
y eso que tiene que ver con lo que pregunte? Aun asi:; que de dos celulas de genre un ser pensante o alguien como vos, ES UN MILAGRO!!!!
C@Calvohomero8/7/2011+1-2
Estas demente? todos los dias nacen bebes......
e@ealuis8/7/2011+0-0
tenes razon, son diferentes puntos de vista, yo lo que digo es que no creo que existieron los milagros que dicen que jesus "hizo"
t@tucamino8/7/2011+0-0
Que nazca un bebe, no es un milagro?
e@ealuis8/7/2011+0-0
no soy creyente, pero que jesus existio es verdad, fue uno de los primeros revolucionarios al pararse en contra de su pueblo, lo que si no existieron son los milagros que hizo y todas esas pelotudeces
t@tucamino8/7/2011+0-0
Si vos que vivis hace mas de 2000 años lo decis, cuando en todo el mundo incluso para los cientificos, hay pruebas de un tal Iheoshua en ese tiempo, hijo de un carpintero Ioseph y una jovencita llamada Miryam...bueh, discutir no es mi intencion y menos cuando no te va a sumar nada ni a vos ni a mí, Suerte!
C@Calvohomero8/7/2011+1-2
Un tipo que no existio....
t@tucamino8/7/2011+0-0
Que quieren? que sintetice la vida de un tipo del cual se habla en todo el mundo desde hace 2000 años en un renglón? No es para los que no tienen interes. Es para los tipos que buscan ver un poco que pasó. Si fueron a ver codigo Da Vinci, se habran comido mas de dos horas de peli. Es entretenida, claro, pero no todo es instantaneo en la vida. Al que le sirve bien y al que no tambien. Yo comparto, eso es lo unico que se hacer. Abrazos!

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