InicioInfoA puertas cerradas

Es una comunidad terapéutica para adictos. La mayoría llega por orden de un juez y con largos prontuarios. Sus directivos explican cómo logran reinsertarlos en la sociedad. Los recuperados cuentan cómo es volver a la vida


ESPECIALISTAS. De izquierda a derecha: Daniel Vilano (psicólogo de la sede de mujeres), Mariela Villares (psicóloga de una de las sedes de menores), Jorge Torres (integrante del comité académico de la comunidad) y José María Rshaid (director de Casa del Sur

Miguel Ángel Burgo tenía 14 años cuando salió de un supermercado ante las cámaras de televisión. Estaba completamente borracho, se tambaleó, cayó de rodillas al suelo, vomitó y se rindió a las autoridades. Era 19 de julio de 2002 y, junto a dos cómplices, había tomado de rehenes a 18 personas en ese super de Lanús. "Tirame una soga para salir de este camino", le suplicó días después a la jueza Marta Pascual, antes de que lo internaran en un instituto de menores. "Quiero salir de las drogas. Necesito ayuda", dijo llorando de nuevo y en vivo por TV. Este mes, reapareció en escena: se lo acusó de liderar una banda de secuestradores exprés. Pareciera ser un caso perdido. Como tantos otros, Miguel Ángel, alias "Chucky", se crió en un núcleo familiar violento, con un padre golpeador y delinquió desde muy chico. Esta historia se repite en miles de jóvenes que, a pesar de sentirse excluidos del sistema social, pelean día a día por volver a incorporarse, salir de las drogas y desprenderse del delito para tener una mejor vida.

"Intentamos que la persona esté preparada para enfrentar una sociedad que, por lo general, no va a tener espacio para él", explicó el psiquiatra José María Rshaid, director de Casa del Sur, una asociación civil sin fines de lucro, dedicada no sólo a la prevención y tratamiento de las adicciones y sus problemas psicosociales, sino también a la recuperación de las potencialidades arrebatadas por las drogas. Esta comunidad terapéutica atiende principalmente a personas provenientes de sectores marginales. Hoy atiende a 400 pacientes, de los cuáles un 80% son menores de edad y casi un 15% son mujeres. No se trata de un instituto de recuperación convencional, ya que el 70% de los internados son pacientes que llegaron allí por una orden judicial (Ver recuadro). Estos últimos, son en su mayoría chicos que han delinquido. Los "pibes chorros", como les dicen, vienen de institutos de menores con causas por robo, tenencia de drogas y hasta homicidio.

Con 14 sedes y un amplio equipo de psiquiatras, psicólogos, operadores y asistentes sociales, la comunidad prioriza la interacción con el paciente a través del diálogo, la expresión, las terapias intensas, en pos de reinsertarlos en la sociedad. "La mayoría de los menores llegan porque los juzgados lo determinan y con la fantasía de que esto es una cárcel. Si bien los pacientes no pueden salir a menos que les llegue esa legitimidad, esto está muy lejos de parecer una prisión", afirmó Mariela Villares, psicóloga de la sede de Pedro Suárez. Según explicó el director de Casa del Sur, hay creencias erradas acerca de las comunidades cerradas: "Hay quienes las asocian con las prisiones, pero no es así: no hay alambre electrificado, no hay guardias, no hay carceleros, ni nada de eso. Es una casa con una gran familia. Los profesionales de la comunidad acompañan a los pacientes en su transcurrir. Está armada como una idea de familia. Hay mucha contención y el tratamiento está basado en la comunicación, sin intervención de medicamentos excepto que el paciente tenga otros desequilibrios psiquiátricos", agregó.

"Cumplirle al juez". Esa es la meta inicial de los pacientes que ingresan en la comunidad. El juez es para ellos su máxima figura de autoridad, quien les impone los límites que quizás nunca tuvieron en su entorno familiar. Pero –para el psiquiatra Rshaid- con el paso de los días, van encontrando otras motivaciones que los llevan a seguir el tratamiento. "Trabajamos con la palabra, de modo que ellos tengan los espacios necesarios para poder expresarse, para ser escuchados, compartir con sus compañeros lo que les está pasando, es decir, ocupar el lugar que muchas veces no consiguen en la sociedad", contó Mariela Villares. Por su parte, Rshaid explicó que podrían fugarse pero que sin embargo no lo hacen: "Si ellos quisieran, con una simple navaja nos enfrentarían y se irían de la casa. Pero no es lo que desean, porque sienten una seguridad y un respaldo que afuera no tienen y que saben es beneficioso para ellos. Se terminan adaptando y se apoyan en el resto del grupo porque quieren salir de la situación deplorable que les toca vivir".


CENTRO CULTURAL. Allí se realizan actividades culturales externas al trabajo terapéutico de cada modalidad como talleres expresivos, clases de tango, teatro y festivales musicales.

"La mayoría de la gente que llega a la comunidad lo hace a contrapelo de lo que son sus deseos", añadió Jorge Torres, integrante del comité académico de Casa del Sur. Es por eso que "tratan de convertir a esa persona obligada a un tratamiento en alguien medianamente satisfecho consigo mismo hasta que logran que, finalmente, se identifique con los demás miembros del grupo". Parte de ese trabajo lo desarrollan a través del Centro Cultural , que impulsa actividades recreativas como el arte, la música y el deporte, bajo una modalidad terapéutica que implica ciertas reglas y la supervisión de un profesional. "Los chicos encuentran en la comunidad no sólo apoyo para su propia recuperación sino que, además, incorporan a sus vidas valores y modales que hasta entonces ignoraban como el respeto al prójimo, el cuidado personal o el familiar. Lo principal es que no consuman más. Lo demás es un plus que algunos adquieren y otros no. Intentamos que vean en qué cosas se equivocaron, qué actos los perjudicaron a ellos y a los demás. Si respetan la autoridad del juez, nos respetarán también a nosotros y, por consiguiente, a sus padres y compañeros. Que comprendan y acepten eso es un éxito terapéutico", aseguró Torres.

Sobre la contención que los internos reciben al terminar el tratamiento, Rshaid señaló que hacen todo lo posible por reinsertarlos en el ámbito laboral y familiar, pero que sus posibilidades son limitadas. "Si bien hacemos un trabajo previo para lograr que el paciente consiga trabajo y tenga contención familiar cuando sale de la comunidad, no siempre podemos lograrlo. Estas son cosas que a nosotros como institución nos exceden. Desde nuestro lado, intentamos que las personas tengan las herramientas suficientes para defenderse en esta sociedad en la que les va a costar mucho insertarse", remarcó tras cuestionar que "no existe un plan o una política estatal real de atención e inclusión del paciente".

Otro punto que preocupa son los reiterados intentos de despenalizar el consumo personal de droga. Los médicos coinciden en que "esa propuesta habla de libertad individual cuando lo único que hace es condenar al adicto al abandono". En su mayoría, se trata de personas que no cuentan con un sustento económico que les permita subsistir. "Si se llega a despenalizar la droga, van a haber menos redes sociales porque la elección de la persona de drogarse o no drogarse va a pasar a ser una cuestión absolutamente individual. Esa ley es una trampa muy peligrosa, es dejar que se suiciden. El Estado no puede permitir que estos chicos elijan libremente. Hay funcionarios que buscan usar la plata para otros asuntos y no para atender a estos chicos", lamentó el director.



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