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Iris Murdoch...¿Iris, una flor carnívora?

Info8/2/2008

¿Iris, una flor carnívora?



Poco o casi nada me interesa la obra de Martin Amis, salvo tal vez por London Fields o Rachel Papers. Definitivamente perdí todo interés luego de haber leído La información. Es más, comencé a detestar toda su literatura retrospectivamente, así como terminó por agotarme casi toda su generación o la etiqueta que agrupaba a ciertos escritores con fines comerciales. Hasta que un día leí que era fan absoluto de Iris Murdoch. La misma Iris por la que me había recorrido todas las librerías de viejo buscando sus traducciones en Sudamericana o Emecé.

La misma por la que había torturado a cada empleado de cada librería de textos en inglés hasta lograr leer cada una de sus novelas ¿De pronto salía una luz, volvía una amistad, había sido injusto con ese escritor? Nada de eso. Sólo que este tipo estaba poniendo en su lugar a una de las escritoras que más me han entretenido, a la que nunca he podido decir no. Al menos, me dije, somos absolutos fans de una misma escritora. No todo estaba perdido. Si alguna vez nos cruzábamos, tendríamos de qué hablar y no me limitaría a ningunearlo. En fin.

Hacía tiempo que quería escribir algo sobre esta escritora. Pero nunca me decidía a llevarlo a cabo. Podía tratar de entroncarla en ese grupo de mujeres de Inglaterra que desde la institución universitaria, o el seno familiar más conservador, o bien desde un punto de vista directamente conservador, se dedicaron a diseccionar la moral de su época y su entorno construyendo una de las visiones más ácidas y radicales de la literatura. Si Jane Austen escribió como una tejedora de encajes que trabaja dentro de su hogar paterno, mirándolo con osadía irónica, o Ivy Compton Burnett desapareció en su estilo como un dios cruel que planea un destino trágico para sus personajes, o Margaret Drabble, la menor de las Drabbles (de la otra habría que hablar muy extensamente y en un texto aparte), describió minuciosamente los temas de conciencia más femeninos o feministas, Iris Murdoch supo combinar la astucia de todas con el rigor y la sofisticación de un intelectual y el humor de un escritor de guiones de melodramas hollywoodenses. Pero no me convencía esta línea. O tal vez era demasiado trabajo para mí. Demasiada toma de conciencia.

Podía hablar de sus arquetipos y de cómo retrabajó ciertos arquetipos que extraía de la Biblia, de los cuentos de hadas, de la mitología, de las relaciones de poder entre los hombres. Podía hablar de cómo una novela empezaba y de repente todo comenzaba a trastocarse por una serie de actos siempre dirigidos hacia lo tragicómico. Podía hablar de sus personajes. Del hombre poderoso que como un gran mago del intelecto es artífice de la seducción para un grupo a la vez que intimidad monstruosa de la decadencia o la soledad. O podía hablar de la mujer prisionera de un tiránico Barba Azul intelectual, indómito, neurótico, al que cree puede reformar. O bien podía hablar de la pareja murdochiana perfecta: un matrimonio altruista, de clase alta, culto, estructurado en la estabilidad y la devoción mutua. Pero tampoco me parecía adecuado. Y encima no sabía por cuál novela decidirme para diseccionarla, ya que básicamente todas son más o menos lo mismo, todas transcurren en un ritmo vertiginoso, del que uno no puede escapar y, como ya dije, todas, todas, me gustan por igual.

¿Podía atenerme a su biografía? Contar que nació en Irlanda pero que se mudó de chica a Londres. Que estudió y fue catedrática de Oxford, Cambridge, que terminó siendo miembro del prestigioso Saint Anne College de Oxford, que se casó con el escritor John Bayley, que conoció a Canetti, Wittgenstein, Russell, que también escribió libros de filosofía, que murió de Alzheimer y que finalmente se hizo una película acerca de cómo su vida amorosa y doméstica, por no decir su habilidad de escritora, se vieron invadidas por la enfermedad, el caos y finalmente la muerte. Pero nada de esto me convencía. Aunque ya se habrán dado cuenta de que he hecho mal un poco de cada cosa que he descartado. Casi peor de lo que lo haría un artículo de la Wikipedia.

Hasta que finalmente se me ocurrió la mayor injusticia y la mayor broma que se me podría haber ocurrido en relación con esta escritora a la que le encantaba poner a sus personajes en situaciones ridículas y contradictorias. Se me ocurrió traducir un extenso poema suyo y presentarla desde su poesía. Es este uno de mis preferidos entre los suyos y conforma, junto con otros, el único libro de poemas que escribió en su vida y al que Malcolm Williamson les añadió otra música, la suya. ¿No saber qué decir en definitiva de una novelista y tomar la salida de emergencia que dice en letras rojas: traducir un poema? Tal vez no lo adecuado. Tal vez un exceso de confianza o simplemente un impulso de la vanidad por querer mostrarla desde mis propias palabras, desde esa música propia que se genera en el acto de traducir.

Mientras escuchamos a Mozart en este albergue
La lluvia golpea contra el techo
De hierro corrugado
O de un material parecido.
Mozart se las arregla de todas formas
Para elevar esta molesta lluvia con sus dedos brillantes
Hacia un delicado domo aéreo
O una carpa ceremonial
Manteniéndola tensa e inmóvil.
Este refugio está desanimado y frío
Y la ropa de los demás despide un vapor helado y
Un tipo de humedad rara que se huele en la lana mojada.
Más tarde llegará el té y los scons
Y la oscura jalea de grosella.
Y la visita guiada a la casa.
Estamos en Irlanda.
Los asesinatos se planean en la intimidad de ciertas horas
En el interior de cocinas hogareñas cuando la comida ha terminado
Pero algunos hombres permanecen pensativos, sentados frente a las brasas,
Tomando algo en camaradería, irónicos,
En especial ciertos fines de semana cuando el tiempo libre es
Ideal para plantar bombas, finalizada la tarea semanal.
El lunes traerá nuevamente
Novedades para cada una de las familias,
La sentencia de vida de un niño testigo,
La lisiada querida en su silla de ruedas,
La condena del infinito dolor y de las lágrimas
Que nada tienen que ver con Mozart.
Cerca, en Strangford Lough,
Se puede ver cómo los gansos que migran
Hacia el Artico se detienen inmóviles
Sobre el barro glaseado cubierto por un crepúsculo marrón,
Listos para volar hacia el sol de medianoche
Y sus colinas nevadas, vacías, donde podrán caminar;
Pero por ahora esperan, dignos y tristes,
Robustas aves temerosas de Dios,
Observadas desde muy cerca
Por los miembros de la sociedad de amantes de las aves.
Sombras recortadas contra las chimeneas humeantes del lugar.
El asesinato es algo abstracto, no imaginado
Por el detalle o definido por este,
Negador del amor y la piedad, un esquema
Hediondo de una mente que odia.
Esta música también es material
Y no del todo humana,
Instantánea y elusiva como los ángeles,
Absoluta en su forma como los hexágonos de nieve.
De la necesidad la risa distante
De un gozo inmerecido el avatar,
Insinuando el ritmo del planeta.
Esta es la matriz que no podemos sondear,
Nuestra respuesta es humana,
Nuestro incansable anhelo en el diario acontecer,
Nuestro deseo temporal de una solución,
Nuestro confuso sentido del antes y el después.
La música se eleva como vapor.
Las secretas preocupaciones de los que escuchan
Cansados por el frío y la lluvia
Y los sueños intermitentes
De cada una de sus penas y de la antigua
Pena de Irlanda,
La cual intentan eliminar.
Las cabezas se inclinan o caen
Hacia atrás con los ojos abiertos,
Aquí o allá, oscuramente,
En terribles pinturas mudas
El sonido asciende y se desvanece
Hacia el domo deshuesado.
Continúa lloviendo.
Al ser la acústica imperfecta algunos se inquietan.
Algún tipo de pureza que ha dado
Con un campo magnético
Grita y nos pasa de largo.
¿Cuándo seremos curados?



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