Tarifa para infieles
En la mano opuesta de la avenida por la que avanzábamos, la tranquilidad del parque adyacente se rompió abruptamente con el alboroto que causaron dos sendos golpes que un hombre propinó a quien parecía ser su mujer, su novia o enamorada. La ausencia de transeúntes en los alrededores facilitaron la fechoría que a puño cerrado, aunque sin gran intensidad felizmente, concretó el energúmeno en uno de los hombros de la víctima. Inmediatamente la chica atinó a retirarse del lugar tras lanzar aluna frase que no se alcanzó a escuchar hasta el taxi en el que yo viajaba. Su airado atacante, también se marchó simultáneamente en dirección opuesta.
El taxista comentó lo acontecido, lamentando la actitud de aquel Tyson cholo, tal vez feliz de su victoria de cobardes recursos. Pero a continuación el conductor sentenció que las mujeres, cuanto más les pegan, más quieren. Al parecer bromeaba con el asunto pues soltaba una risita irónica entre sus frases, junto con una sarcástica reafirmación de su reflexión "Franco, 'on'. Así es".
Le pregunté entonces si él mismo aplicaba tales métodos en su vida personal para garantizar la fidelidad de quien estuviese a su lado y contestó que no lo había hecho y que no lo haría jamás. Pero menconó el caso de un conocido suyo cuya esposa permanece a su lado, idolatrándolo, según el conductor gracias al método Tyson.
Luego dijo que cuando las mujeres son tratadas con el pétalo de una rosa más bien se produce el efecto contrario a la fidelidad. Al respecto me contó que en una ocasión un enamoradísimo Romeo embarcó en su taxi a su Julieta -rumbo a su morada- entre besos caricias y piropos. Además el galán se aseguró de pagar al taxista el costo de la carrera, por adelantado.
En determinado punto del recorrido, la dama le indicó un cambio de rumbo al chofer. Al concluir el nuevo recorrido la muchacha bajo del automóvil directo a los brazos y los labios de otro galán que la aguardaba. El taxista dijo que quedó desconcertado, pero que decidió arriesgarse y sacar provecho de la situación. Así que dirigiéndose a la parejita enunció que la carrera aun no había sido pagada. El segundo Romeo le preguntó a su compañera si efectivamente no se había pagado el servicio. El taxista sabía que corría el riesgo de que aquellos cuernos, de los cuáles era testigo, fueran concensuados y entonces tendría que argumentar que se confundió respecto al pago.
La sorprendida amante quiso decir algunas palabras e hizo un ademán de protesta; pero se encontró con la mirada fija y delatora del aprovechado conductor y solo atinó a contestar: "Sí, tiene razón. Falta pagar". Mientras el pendenciero taxista recibía por segunda vez el pago de la misma carrera, la chica lo miraba con el entrecejo enfurecido, pero atada de brazos, recuerda el conductor. Amable y sarcásticamente agradeció a ambos amantes el pago y se marchó para estallar en carcajadas media cuadra más allá.
Antes de concluir mi carrera, me advirtió entre risas que si me ampayaba "trampeando" en una situación similar a la de la historia, me cobraría el triple.
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