El mito del “crisol de razas”: racismo e identidad nacional.
Criollos, indios y mestizos incultos, inmigrantes viejos y nuevos que hablaban una decenas de lenguas distintas, trabajadores “revoltosos” y otros que venían a “hacer la America”: si se esperaba que los habitantes de este desordenado país se convirtieran en ciudadanos respetuosos de las instituciones, era preciso convencerlos, antes que nada, de que todos ellos eran argentinos. Más allá de cualquier diferencia, debía parecer que el pueblo argentino era uno solo: para que todos los habitantes fueran leales al Estado argentino, tenían que sentirse parte de un pueblo argentino.
Para promover este sentimiento de pertenencia, por la época del Centenario se creo otro de los grandes mitos de la historia argentina: el del “crisol de razas”. La imagen sugería que todos los grupos étnicos que habitaban la Argentina, viejos y nuevos, se habían ya fusionado perfectamente y habían generado una “raza Argentina” mas o menos homogénea. Podría parecer que esta idea ponía fin al agresivo racismo que, como vimos, profesaba la elite que había creado el Estado nacional. Sin embargo, lo que sucedió fue lo contrario: el racismo abierto del siglo XIX continuo como un racismo velado gracias a la idea del crisol. Porque los intelectuales que la formularon le agregaron una jerarquía racial oculta. Se argumentaba que todas las razas se habían fundió en una sola, pero al mismo tiempo se sostenía que esa fusión había dado como resultado una nueva que era, básicamente, blanca-europea. Sea minimizado la presencia inicial de los mestizo, negros, mulatos o indios, sea afirmando que todos ellos finalmente desaparecieron “inundados” por la inmigración dejando pocas huellas, se daba a entender que el argentino era blanco-europeo. 13
Así, durante los primeros años del siglo XX, e incluso hasta tiempos muy reciente, los principales trabajos de “especialistas” sobre la formación de la sociedad argentina han repetido esta idea según la cual se trata de un país básicamente blanco y formado por inmigrantes europeos. En 1940, por ejemplo, la que era entonces la obra de análisis estadístico mas confiable, afirmaba que “la población con vestigios de sangre indígena” en Argentina llegaba apenas al 3%. 14 Incluso los Censos han sido diseñados de modo que minimizan el peso de otros grupos étnicos.15 La literatura y el teatro argentinos también contribuyeron a difundir, desde fines del siglo XIX, esta imagen idealizada de la integración y fusión de todas las razas.16 “Y todavía hoy se repite la conocida broma” mientras los peruanos descienden de los incas y los mexicanos de los aztecas, “los argentinos descienden de los barcos”. Sin embargo, todo esto no es mas que una ilusión” estudios genéticos recientes revelaron que mas del 50% de la población actual tiene sangre indígena corriendo por sus venas y que cerca de 10% cuenta con ancestros de origen africano. Los porcentajes ocultan grandes variaciones regionales: en las zonas más pobres la presencia de pobladores con antepasados únicamente europeos es mucho menor al promedio del país.17 En fin, los argentinos descendemos tanto de los barcos como de las tolderías.
El mito del “crisol de razas y de la Argentina blanca y europea son la continuación directa del racismo de la élite del siglo XIX. El grito de guerra de Sarmiento y Roca, cuando llamaban a exterminar a las razas inferiores, quedaba ahora reemplazado por el ocultamiento de su misma existencia tras la fachada de una Argentina “racialmente europea”. Todos los argentinos eran en teoría iguales y nadie podría haber dicho que un criollo moreno fuera menos argentino que uno de piel mas clara; pero la imagen mental implícita del “verdadero” argentino era la de uno blanco. La orgullosa elite de la nación que soñaba con ser potencia, se imaginaba diferente del resto de Latinoamérica por ser más “europea”.
Lo que nos interesa resaltar aquí es que todas estas ideas contribuían a delinear la imagen de un ciudadano argentino “ideal” que no coincidía con la de todos los argentinos realmente existentes” el ciudadano deseable era el que actuaba de manera “razonable (es decir, no con esas acciones directas o callejeras que solían emplear muchos trabajadores). Era también uno blanco y de origen europeo. Y como los blancos, por obra de las sucesivas oleadas de inmigración, tendieron a concentrarse en la región pampeana, implícitamente se identificaba al argentino “típico” con el de esas zonas. En las partes del interior en la que había una población predominantemente mestiza se hicieron todos los esfuerzos para evitar que se “notara”.18 De lo que estamos hablando aquí es de la formación de una peculiar identidad nacional que sostenía que el “ser argentino” tenía que ver con determinada cultura (ser “civilizado”, “europeo”), e implícitamente se asociaba a un determinado origen étnico (blanco) y a una región (la pampeana, particularmente la ciudad de Buenos Aires). Implícitamente, esta definición de “lo argentino” creaba una jerarquía entre los argentinos y servia para disciplinar a las clases subalternas. Nadie iba a negarle a un indio, negro o mestizo, o a un criollo del interior, a un “inculto”, o a un obrero revoltoso el derecho a ser argentinos, de lo que se trataba, en cambio, era de que a cada cual le quedara bien claro cual era el modo “correcto” de comportarse: como los ciudadanos “cultos” –que, no hacía falta decirlo, eran también los blancos- de Buenos Aires y no como un “provinciano” inculto o poco laborioso o como un “negro”. Aquellos que pudieran hacerlo buscarían de este modo adaptarse a la norma lo más posible. Para los que no, alcanzaba con que se limitaran a mantener una presencia lo mas discreta posible, de modo que pasara inadvertido que se correspondía con el ideal de “lo argentino”.19
La identidad de la clase media se edifico en gran medida sobre este “deber ser” nacional y en oposición a los grupos que, implícitamente, quedaban excluidos de la norma.20 En los primero años de la década del 1940, por dar un ejemplo, al nacionalista Tomas de Lara le resultaba perfectamente obvio que, por obra del “crisol perfecto”, casi toda la Argentina” era “hija, nieta o tataranieta” de inmigrantes europeos, sino también con una clase: esos descendientes de inmigrantes habían formado “una nueva clase social” que era la responsable del progreso nacional y que no era otra que “la clase media argentina”. 21(...)
13 Por ejemplo Aníbal Latino: “La inmigración y su influencia en los destinos de la República Argentina”, La Nación, número especial Centenario, 1910, pp, 123-31.
14] Alejandro Bunge: Una nueva Argentina, Madrid, Hyspamerica, 1984, p. 149
15 Vease Susana T. Ramella: Una Argentina racista: Historia de las ideas acerca de su pueblo y su poblacion (1930-1950), Mendoza, Univ. Nac. de Cuyo, 2004, tb, Isabel Santi: "Algunos aspectos de la representacion de los inmigrantes en Argentina", Amerique Latine Histoire et Memoire, n 4, 2002; Monica Quijada et al. : Homogeneidad y nacion , Madrid, CSIC, 200.
16 Vease Graciela Villanueva: "La imagen del inmigrante en la literatura argentina entre 1880 y 1910", Amerique Latine Histoire et Memoire, n 1, 2000.
17 Sergio Avena et at.: "Mezcla génica en una muestra poblacional de la ciudad de Buenos Aires", Medicina, n 66, 2006, pp. 113-18; Daniel Corach et al.: "Relevant Genetic Contribution of Amerindian to the Extant Population of Argentina", International Congress Series, n 1288, 2006, pp. 397-99, Michel Seldin et al.: "Argentina Population Genetic Structure: Large Variance in Amerindian Contribution", American Journal of Physical Anthropology, n132, 2007, pp. 455-62. Segun este ultimo, en el acervo genetico actual del promedio de los argentinos los genes europeos contribuyen con cerca del 78%, mientras que casie el 20% son herencia de los pueblos originarios y al menos el 2,5% de africanos.
18[ Vease Oscar Chamosa: "Indigenous or Criollo: The Myth of White Argentina in Tucuman's Calchaqui Valley", Hispanic American Historiacal Review, vol. 88, n 1, 2008, pp. 71-106.
19 Sobre el funcionamiento del mito del "crisol" vease Claudia Briones: "Formaciones de alteridad: contextos globales, procesos nacionales y provinciales", en Cartografias argentina: politicas indigenistas y formaciones provinciales de alteridad, ed. por C. Briones, Buenos Aires, Antropofagia, 2005, pp. 11-44; Rita Segato: La Nacion y sus otros, Buenos Aires, Prometeo, 2007, pp. 246 y 261-67. Sobre el ocultamiento de "lo negro" vease Alejandro Frigerio: "Negros y Blancos en Buenos Aires: Repensando nuestras categorias raciales", en Buenos Aires negra: identidad y cultura, ed. por Leticia Maronese, Buenos Aires 2006, pp. 77-98. Sobre "lo indio", vease Diego Escolar: "¿Mestizaje sin mestizos?: etnogénesis Huarpe, campo intelectual y 'regimenes de visibilidad' en Cuyo, 1920-1940" Anuario IEHS, n21, 2006, pp. 151-79.
20 Algunas de estas ideas fueron enriquecidas por la lectura de Enrique garguin: " 'Los argentinos descendemos de los barcos'. The Racial Articulation of Middle-Class Identity in Argentina (1920-1960)", Latin American & Caribbean Ethnic Studies, vol. 2 n2, September 2007, pp. 161-84.
21 Tomas de Lara: "Inmigración y radicalismo", Nuestro Tiempo, n7, 11/8/1944[/size]
extracto de "Historia de la clase media argentina. Apogeo y decadencia de una ilusión 1919-2003. Ezequiel Adamovsky, Editorial Planeta, 2009.