Historia de la Gesta Galesa
Regionales
Lunes, 28 de Julio de 2008 02:46
A 143 AÑOS DE UNA DE LAS MAYORES MUESTRAS DE CORAJE Y ANSIAS DE LIBERTAD: Muchos años antes de la llegada de los colonos galeses a tierras patagónicas, hubo varios intentos de colonización. En 1778, España intentó proteger el sector patagónico con un fuerte en San José, Península Valdés, pero el mismo fue destruido por los habitantes originarios de estas tierras, antes de la Revolución de Mayo.
En 1854, el marino y topógrafo Henry Libanus Jones intentó colonizar el Valle Inferior del Río Chubut estableciendo un fuerte, que a los dos años fue levantado con esperanzas truncas. Dos años después un marino inglés, Tomas Elseegod se estableció en el mismo fuerte, donde hoy se ubica Rawson, pero su fracaso fue total. Ya entonces los galeses estaban en tratativas para llegar a la Patagonia.
Dos años antes de la llegada de los colonos a bordo del Mimosa, el capitán Love Jones Parry y Lewis Jones viajaron para entrevistarse con el ministro del Interior, Guillermo Rawson.
El doctor Rawson les informó que por ley del 11 de octubre de 1862, y a pesar de que el Senado se oponía, se autorizaba al Gobierno a otorgar tierra pública en propiedad a razón de 25 cuadras, unos 100 acres, a toda familia que se establezca en la msisma, en cualquier parte del territorio, estimando tres personas como una familia, a toda familia que se estableciera a orillas del Chupat.
En su libro «La colonia galesa», Lewis Jones escribió: «Patagonia era entonces, ciertamente, «el último confín de la tierra» y tierra incógnita».
El viaje había sido planeado en el «Halton Castle», pero al llegar el 25 de abril y no tener noticias del barco, Michael Jones hizo trato por otro, llamado «Mimosa»; sin embargo sólo les daban el casco pelado, teniendo él que adaptarlo con lo necesario. Los colonos embarcaron en el Mimosa en el puerto de Liverpool el 25 de mayo de 1865 y abandonaron los mares circundantes el 28 de mayo de ese año.
Durante la travesía hubo casamientos a bordo, muertes y nacimientos. Divisaron la Penísula Valdés el 26 de julio y anclaron en la Bahía Nueva el 28 de julio de 1865. Fueron dos meses de viaje, y al llegar comenzaba otra travesía, la búsqueda del agua.
Los viajeros del Mimosa
En su libro «Crónicas de la colonia galesa», el reverendo Abraham Mathews escribió los nombres de todos los viajeros del Mimosa, agrupados según el lugar de procedencia:
De Mountain Ash: John Jones, Elizabeth Jones, Ann Jones, Margaret Jones, Richard Jones, John Jones (joven), Mary Jones, Thomas Harris Jones, Sicilia Davies, John Davies, Aaron Jenkins, Richard Jenkins, Daniel Evans, Mary Evans, John Evans (joven), Elisabeth Evans, William Awstin, Thomas Awstin, James Jones, Sarah Jones, James Jenkins (niño), Tomas Jenkins, Mary Jones, Mary Lewis, William Jenkins, Elisabeth Jones, John Davies, Mary Williams, Thomas Williams, William Richards, David John, Thomas Harris, William Harris, John Harris, Thomas Harris (joven), Daniel Harris y Thomas Thomas.
De Aberdar: A. Matthews, Gwenllian Matthews, Mary Annie Matthews, Thomas Davies, Eleanor Davies, Evan Jones, Thomas Jones, David Jones, Elisabeth Jones, David Davies, Hannah Davies, Ann Davies, Elisabeth Davies y Mary John.
De Liverpool: George Jones, David Jones, Hugh Hughes (Cadfan), Jane Hughes (Cadfan), David Hughes (Cadfan), Llewelyn Hughes (Cadfan), Jane Williams, Edward Price, Martha Price, Edward Price (joven) Martha Price (joven), William Davies, Doctor Green, William Williams, Lewis Jones, Eleanor Jones, Thomas Ellis, John Ellis, Ann Owen y Elisabeth Wood.
De Bangor: Robert Thomas, Mary Thomas, Mary Thomas (joven), Catherine Thomas, Anos Williams, Eleanor Williams y Elisabeth Williams.
De Manchester: Rhydderch Hughes, Sarah Hughes, Heurig Hughes, Janes Hughes y Thomas Evans (Deiniol).
De Birkenhead: John Williams, Elisabeth Williams, Elisabeth Williams (joven), John Williams (joven), William Wesley Williams, Watkin Wesley Williams, Louiza Williams, Catherine Williams, Catherine Hughes y Robert Neagle.
De Bala: William R. Jones, Catherine Jones, Jane Jones y Mary Ann Jones.
De Aberystwyth: Lewis Davies, Rachel Davies, Thomas Davies, David Williams, John Morgan, Pwllglas, cerca de Aberystwyth.
De Ganllwyd, cerca de Dolgellau: Morris Humphreys, Elisabeth Humphreys, Lewis Humphreys y John Humphreys.
De Caernarfon: Richard Hughes y Stephen Jones.
De Caergybi: Elisabeth Pritchard.
De Aberdar: Josuah Jones, Cwmanan, Evan Davies y Ann Davies, Bareman.
De Rhosllanerchrugog, al norte de Gales: John Hughes, Elisabeth Hughes, William Hughes, John Hughes (joven), Mary Hughes, Griffith Hughes, Mary Hughes, Jane Hughes, Griffith Hughes (joven) y David Hughes.
De Ffestiniog: Griffith Price, James Benjamín Rees, Griffith Solomon, Elisabeth Solomon, Hohn Moolwyn Roberts, Elisabeth Solomon (joven), John Roberts, Mary Roberts, Jhon Roberts (joven) y Mary Roberts (joven).
De Landüllo: Robert Davies, Catherine Davies, William Davies y Henry Davies.
De Scecombe: William Roberts.
De Llanfair Fechan: Robert Mairion Williams y Richard Howel Williams.
De Mon: William Hughes, Jane Hughes y Jane Hughes (joven).
De Brynaman: Jason Davies.
De Llanchechau Maldwyn: Richard Ellis y Frances Ellis.
De Dinbych: Joseph Seth Jones.
De New York: Richard Jones, Berwyn.
De Bethesda: Grace Roberts.
De Penybont -ar- Ogwy: John Thomas.
De Wigan E.C. Roberts.
(Albumes de Enriqueta Davies de Johnson)
La primera escuela
En 1866 los colonos le encomendaron a Richard Berwyn crear una escuela. No había material didáctico, ni aulas posibles, pero su espíritu de docente hizo que superara todos los obstáculos e impartió la enseñanza en la Colonia en forma gratuita. Primeramente impartió la enseñanza a los niños al aire libre, al lado de algunas matas.
En 1871, al naufragar el barco «L’Unión» en Puerto Rawson permitió a los colonos ocupar su cabina, trasladándola entera hasta una de las lomas, donde fue instalada, para usarla como edificio escolar, que resultó ser el primero en el sur argentino.
A falta de papel utilizó pizarra, las que buscaba junto a los alumnos en las inmediaciones de la Colonia.
Los diarios eran utilizados para el silabeo; los cueros de guanaco y vacuno extendidos servían de pizarrón escribiendo sobre él con algunas pinturas de colores que los galeses habían traído y con aquellas que los aborígenes enseñaron a extraer de las plantas autóctonas.
En 1878 editó un manual de texto para niños impreso en galés, resultando excelente y del cual se publicó una segunda edición en el año 1881. Este fue el primer libro que se imprimió en el valle.
La hazaña de los canales
Una de las primeras cosas que los colonos tuvieron que hacer luego de desmontar fue regar, «había sólo un río, no llovía nunca, era algo nuevo para ellos ya que en Gran Bretaña llueve siempre no hay que regar porque lo hace la lluvia», explicó Gweneira Davies, por ello para ella, la mayor hazaña de los pioneros fueron los canales de riego «se fueron con pico y pala a Boca La Zanja que queda a más de 40 kilómetros de acá, buscando el lugar más propicio». Estos colonos, empujados por la necesidad de agua para cosechar y la negación al fracaso, hicieron un «pequeño dique con compuertas y dos canales uno de cada lado del río, porque había gente de un lado y del otro». El río Chubut de esa época, no era como ahora, era un río cambiante, que por épocas prácticamente se secaba y por otras llegaba al valle con toda la furia trayendo inundaciones.
Durante la ejecución de eso canales, los mismos que los actuales chacareros utilizan hoy, los hombres pasaban semanas en los campamentos, mientras sus mujeres se quedaban solas con sus hijos con «sólo pan duro a veces para comer, realmente -aseguró Gweneira- los indios los ayudaron muchísimo, porque ellos les tendieron la mano amistosa a los indios».
El primer encuentro «fue una mano abierta para recibirlos, e invitarlos con pan y tortas, porque ese día de abril de 1866, había una boda doble en la colonia, fue ese el día en el que llegó la primera pareja y como vieron que no tenían armas en las manos, porque habían sido tan perseguidos, -explicó y con algo de dolor afirmó- establecieron amistad, 15 años habían pasado de amistad entre los galeses y los indios cuando el gobierno organizó la Campaña del Desierto para exterminar a los indios. Los galeses defendieron mucho a los indios quienes les ayudaron a subsisitir porque les enseñaron a cazar».
Gweneira relató que «los indios cambiaban carne de guanaco o ñandú por pan, porque cuando los indios veían el humito saliendo de los hornos de barro sabían que había pan, entonces se acercaban con carne que luego los galeses metían al horno y convidaban a los indios, es decir ellos se llevaban parte de la carne que habían llevado cocinada». El pan, bara, por eso el símbolo de la unión entre galeses e indios, «ellos venían y pedían bara, porque a penas se podían entender al principio, eran gestos y miradas, y vieron que los galeses era gente pacífica», comentó Gwenweira y reconoce «¡qué miedo que habrán pasado ¿no?!
Gweneira, un libro abierto
Gweneira nació una tarde mientras nevaba, por eso ella es «Blanca nieve», sus ojos vieron el árido y frío paisaje patagónico un 7 de agosto de 1923 y aunque la estampa estaba lejos de ser el verde paisaje del Gales nativo de sus ancestros, su nacimiento, como el de tantos, significaba que la esperanza era cierta, ya que representaba la cuarta generación de su familia, ganándole al desierto, la lejanía y el exilio.
Su bisabuelo, de apellido Dimol llegó como otros cientos, con los ojos llenos de esperanzas a una tierra prometida a bordo del Mimosa; su bisabuela, Elizabeth Pritchard también, ambos eran solteros y se enamoraron en el viaje, uniendo sus vidas en esa nueva tierra tan lejana. «A los pocos meses de llegar se casaron en Rawson, al año siguiente nació mi abuelo, Arthur Dimol, que se casó con Elizabeth Jones, quienes fueron padres de Elisa Dimol, mi mamá, que nació en 1895 en la costa del Golfo San José, en la Península Valdés».
El abuelo de Gweneira llevaba caballos a la Península porque había pastizales y una aguada, «los pastos acá en el valle no se habían desarrollado mucho, por eso allí llevaba tropillas de caballos y las domaba para ser utilizados en vagonetas, arado, montar, luego volvía al valle y los vendía». Dimol no era el único en hacer esa travesía con su familias a cuestas, eran varias.
«A mi mamá la trajo al mundo Nain Valdés, abuela Valdés, la partera», relató como si ella hubiera estado allí «seguramente -arriesgó- nació en un refugio de matas y en un vagón, porque allí nunca se vieron edificaciones».
Según explicó Gweneira la de ellos, sus antepasados «fue una familia signada por la tragedia porque «mi bisabuelo Dimol murió en un naufragio en 1868, a dos años de haberse casado. El fue uno de los hombres que desaparecieron al naugrafar el Denby, un barco que los colonos utilizaban para proveerse de alimentos y demás elementos desde Patagones, la última frontera. «En ese último viaje venían con mucha carga, de cereales y dos bueyes para trabajar la tierra, los cinco tripulantes que en él viajaban desaparecieron y nunca más se supo de ellos», relató. Fue luego de esa tragedia, que su bisabuela Elizabeth se casó en segundas nupcias con Ricardo Berwyn, el primer maestro, con quien tuvo 13 hijos.
Gweneira, hija de Elisa Dimol y David John Davies pasó su infancia en la chacra Bryn Crwn, loma redonda, junto a dos hermanos. Luego en 1930 sus padres se trasladaron a Comodoro Rivadavia donde nació su cuarto hermano.
Ella es un libro abierto, no en vano fue maestra durante más de 20 años, por eso puede relatar hechos trascendentes como si hubiera estado ahí. En este sentido comentó cómo los galeses construyeron un gobierno propio ya que «el gobierno nacional estaba muy ocupado con la guerra con Paraguay, es decir Patagonia era tierra de indios, lo más al sur era Patagones, donde los galeses compraban provisiones.
EL VIAJE POR GWENEIRA
¿Qué motivó a ese grupo a cruzar un océano como el Atlántico de norte a sur, al confín del mundo, a una tierra lejana y desconocida? «Libertad», responde Gweneira antes que termine la pregunta, «ellos estaban muy sometidos por Gran Bretaña, y lucharon mucho por su independencia, porque los galeses descienden de los celtas y ellos se resistieron muchísimo, los galeses lucharon mucho por su independencia, ellos estaban ya instalados cuando llegaron los anglosajones, los invadieron y los dominaron», explicó.
Los anglosajones no permitían que se hable galés, sólo querían que se hable en inglés, incluso fueron muy crueles con los niños galeses en las escuelas «a modo de penitencia a los nenes que soprendían hablando en galés les colgaban del cuello un cartelito que decía «Wales not», y si ese encontraba a un compañero hablando en galés podía sacarse el cartel y colgárselo al otro nene; pero ninguno llevó el chisme que escuchó a otro hablar en galés».
Los galeses, muchos de ellos trabajan en las minas, doce horas bajo tierra y obligados a seguir la religión anglicana de los ingleses. «No los dejan cumplir su religión, hablar su idioma, vivían pobremente, porque a las minas iban hasta los chicos de 12 ó 13 años, dejaban la escuela y se iban a trabajar a las minas con los padres para poder ganar un poquito más, iban sólo con una viandita».
Por eso se reunió un grupo de intelectuales, «gente con conciencia de que estaban perdiendo todo, sus costumbres, incluso porque no podían ni desarrollar los Eisteddfod ni siquiera. Armaron una comisión para ver a qué lugar del planeta podían ir». En esa búsqueda, muchos se fueron a Estados Unidos, pero allí «también se hablaba inglés, así que la mayoría se volvió y se unió a esa comisión», explicó Gweneira, quien aclaró que sabían de Argentina por «libros de Fitz Roy y de botánicos que hicieron viajes de circunvalación estudiando la flora. Además tuvieron noticias que en la Patagonia había un río, había un valle, seguramente hablaban del río Negro, y decidieron que podía ser un lugar para colonizar».
BUSCANDO AGUA DULCE
Fue entonces que escribieron al Gobierno argentino y tuvieron una buena respuesta de Bartolomé Mitre, presidente, y Guillermo Rawson, ministro del Interior, aunque «el Senado se opuso porque decían que ya había ingleses en las Malvinas y no querían más ingleses en la Patagonia porque se van a apoderar de todo».
Gweneira aseguró que lo que más le conmueve del vieje de los tripulantes del Mimosa es el hecho que «cuando apenas llegaron, vinieron caminando desde donde desembarcaron, buscando el río. ¡Caminando, en el mes de julio, atravesando ese campo, sin saber a dónde iban y con el temor a los indios que no sabían dónde podían estar escondidos!», exclamó con el horror en sus ojos ante tanta valentía. «Tenían brújula y un mapa, pero no podían encontrar el río, creían que estaba más cerca, prácticamente fueron engañados respecto al valle, porque todos decían que era igual que el valle del río Negro, pero no es así».
El viaje lo hicieron caminando porque «tenían unos caballos que había traído Lewis Jones, pero eran para cargueros, además tenían poca comida, así que lo hacían en grupos de diez, por eso tardaron tanto, muertos de sed y de hambre», explica Gweneira, y asegura que «ese fue el sacrificio verdadero, abrir camino en toda esa maraña de matas, porque se acostaban y capaz que escuchaban algún ruido y se asustaban pensando que eran los indios, era todo desconocido».
Albina Pugh, una agradecida
Albina Pugh nació un 30 de marzo de 1919, pasó gran parte de su vida en Drofa Dulog disfrutando de la vida simple en la chacra primero y luego trabajándola, hasta que su cuerpo le pidió un respiro y en 1991 se radicó en Rawson.
Los bisabuelos maternos de Albina fueron Griffiths Hughes y Mary Hughes quienes llegaron a Chubut en el Mimosa; los paternos, Huw Pugh y Meirieg Pugh llegaron diez años después. Huw era carpintero y fue uno de los que realizó la carpintería de la capilla Moriah, «es un pequeño recuerdo que uno tiene de él», aseguró Albina.
Los Pugh tuvieron un hijo llamado Nanain, abuelo de Albina quien tuvo a Iarrett Pugh su padre. Se ubicaron en lo que actualmente son las chacras 123 y 124, eran 150 hectáreas de tierra en Drofa Dulog, «pero siempre venían a la capilla Moriah porque todavía no había capilla en Drofa Dulog», comentó y reflexionó que «ahora hay capillas y no va nadie, en esa época se desvivían por ir a la capilla, cuánto mejor se viviría si la gente se aferrara a eso para vivir».
LA BIBLIA SU SOSTEN
Para ella, como para muchos por no decir todos, ir a la capilla significaba «aprender, porque la base de nuestro modo de ver las cosas es la Biblia».
Comentó también que para ella fue muy importante su fe y su forma de encarar la vida, así guiada por la palabra de la Biblia, «hace 49 años que soy viuda, crié dos hijos sola y trabajé siempre sola para criarlos, por eso cuando dicen que la tierra no da, no es así, la tierra sí da, pero hay que trabajarla y yo seguí trabajándola hasta los 60 y cuando no podía hacer las cosas como yo quería, mis hijos me propusieron vender la chacra y así lo hice antes de hacer las cosas mal».
Aseguró que la vida, allá en Drofa Dulog cuando ella era chica «era tan diferente a la de ahora, la gente se ayudaba la una a la otra, casi no había peones, un chacarero ayudaba el otro, si uno se lo cuenta a los chicos de ahora van a decir que esta viejita está...», se sonríe.
LIBERTAD
Como tantos otros, sus bisabuelos cruzaron el mundo en búsqueda de libertad, «no los dejaban utilizar su idioma, no los dejaban practicar su religión» y aclara que «no escuché a ninguno, (y eso que escuché a muchos), despotricar contra la nación (Argentina), sino puro agradecimiento porque encontraron lo que querían, fueron felices».
Mirando hacia atrás, «lo que veo es que es increíble lo que hicieron, llegar a lo que hoy es Puerto Madryn y encontrar puro campo y tener que salir a buscar matas para hacer fuego, en pleno mes de julio, fue un poco descabellado, terrible y luego venirse hasta acá, tenían que buscar agua, tenían que llegar al río».
El padre de su mamá, Benjamín Williams, también llegó en 1875, con sólo 12 años «y ya había estado trabajando en las minas de carbón en Gales, vino buscando libertad y la encontró, encontró también mucho trabajo, pero en libertad». Albina contó que un conocido suyo viajó a Gales luego del centenario y al volver le dijo que no entendía como habían dejado aquello por esto «y yo le dije que no se olvide que acá pasaron cien años, y haya también, si cambiaron las cosas acá, cambiaron también allá -y aclaró- allá no se vive en libertad pero son parte de la nación inglesa, antes era distinto, la gente se moría a los 30 años porque vivían debajo de la tierra en las minas de carbón y piedra laja». Con algo de dolor Albina afirmó que «la vida era muy dura, acá también lo fue pero en libertad, esa fue la diferencia» y agregó «yo dificulto que me largaría a hacer semejante viaje de dos meses en un barquito de segunda categoría, lo mejor que había en ese tiempo, pero vinieron y llegaron».
Su fe le permite decir que «esos colonos hicieron cosas tan difíciles porque Dios nunca los abandonó, ellos no traían armas de fuego, sólo sus elementos para trabajar y la Biblia».
LAS INUNDACIONES
Albina recuerda claramente la inundación de 1923, cuando apenas tenía cuatro años y medio, «se desbordó el río por los deshielos en la primavera, en septiembre, imaginate el desperdicio que hizo en las chacras en esa época del año, y me acuerdo, no sé si del susto o de chiquita que era, que el abuelo nos vino a buscar y teníamos que cruzar el río hacia el otro lado en un botecito que hoy lo pensaría antes de subirme, tenía un miedo», reconoce.
Otra de las inundaciones que recuerda es la de 1932, tenía 13 años, «estaba en el último grado de la primaria en Trelew y me tuve que ir a mi casa porque se tenían que ir al campo por los animales....» y por un minuto se deja caer en los recuerdos en silencio, sus ojos ven en el agua, a su padre como si estuvieran allí frente a ella.
Recuerda que «un grupo de chacareros había juntado todas las vacas y habían hecho corrales, allí ordeñaban y llevaban la leche a Trelew en un carrito con un caballo».
Albina asegura una y otra vez que «no nos faltaba nada, lo que no teníamos era porque no había, si teníamos un caballo con un cochecito para salir, nos podíamos dar por hechos, porque a los coches de caballos de cuatro ruedas los traían de Norteamérica, acá no había».
CAPILLA BERWYN
Hace 16 años que Albina es la encargada de la capilla Berwyn, «este creo que es el tercer edificio que se levantó porque se construyeron dos muy cerca del río y a veces el río te juega malas pasadas, entonces Ricardo Berwyn donó el terreno para que se haga la capilla en un lugar alto y allí está todavía».
AGRADECIDA
Albina aseguró que «hay muchos que dicen que están orgullosos porque sus abuelos o bisabuelos esto o lo otro, yo digo que estoy agradecida de que fueran capaces de hacer semejante cosa para hacer valer lo que ellos querían, su idioma, al que le cantaron tanto». Aseguró que «es un idioma muy rico, eso es lo que buscaban los ingleses, matar el idioma porque pensaban que matando al idioma mataban el espíritu del pueblo galés». El galés es un idioma muy rico en literatura y tanto quiere a su idioma Albina que afirmó que «leer un poema o un verso en galés es hermoso y yo -aseveró- no puedo decir en castellano un verso escrito en galés, no me sale, no es lo mismo porque en castellano parece una tontería».
El Eisteddfod
Es el certamen cultural por excelencia de los galeses, que trajeron de su tierra natal y continuaron realizando en la colonia. Actualmente se celebra en Trevelin, Gaiman y Trelew, donde se hace el Eisteddfod de Chubut. Una edición es nacional y la siguiente es internacional, con la participación de poetas extranjeros.
El origen y su nombre son milenarios, de la época de los druidas celtas que se reunían para escuchar sus poemas; reuniones que se prolongaban por horas, en las que todos permanecían sentados. Eisteddfod, tal su escritura en galés antiguo, significa: estar sentados. La fonética en español es Eistedvod.
En su libro, Guido Pavillón explicó: «En la Colonia Galesa de la Patagonia las reuniones culturales se realizaban en capillas o centros comunitarios, y el arribo de nuevos contingentes de galeses, dieron condiciones para formalizar un Eisteddfod en la nueva tierra. El primero se realizó en Rawson en la Navidad del año 1865. Sin embargo, Osian Hughes extrae del diario íntimo de Thomas G. Pritchard: «El día Llungwyn» (lunes posterior al domingo de Pentecostés, que era feriado entonces) de 1880 en la Capilla de los Bautistas de Frondeg, zona Treorcky, gané el primer sillón bárdico que se adjudicó en la Patagonia.
Para definirlo, debemos decir que es un festival literario musical, que constituye una expresión de la tradición galesa, realizado por los descendientes de galeses que se establecieron en el Chubut y que lo celebran anualmente».
(«Los galeses de Santa Fe», de Guido Pavillón).
El cumpleaños de Uriena
Este cuento tiene algunos hechos y personajes reales, y muchos de ficción. Total «todo relato es -por definición- infiel. Lo único que se puede hacer con la realidad es inventarla de nuevo», tal como catequizó Tomás Eloy Martínez en su reciente charla en el Feruglio.
Y el cuento a que hago referencia comienza en las primeras horas de la tarde de un borrascoso 23 de mayo de 1921. Ese día Uriena esperaba ansiosa la hora del té, esperanzada en ver a su adorada amiguita Gwalia que, desde el otro lado del río, vendría alegre y bulliciosa como siempre a compartir el humeante té con que festejaría sus felices cinco añitos.
Para ello Antie Alwen, su madre del corazón, se había esmerado como sólo ella sabía hacerlo: bara menyn hallt, scons, teisen fach, jam, caws a pei afalan (pan con manteca salada, escones, tortitas a la plancha, dulce, queso y tarta de manzanas) colmaban la mesa, cubierta con almidonado mantel blanco y engalanada con un centro de mesa pleno de flores silvestres.
Con sus amiguitas, pero especialmente con Gwalia, disfrutarían de la encantadora «Dolly», hermosa y blonda muñeca que la Nain había conseguido en La Mercante, trocándola por su requerida menyn hallt.
Todo estaba dispuesto y los preparativos llegaban a su fin, cuando una voz lejana pero poderosa pedía a gritos que lo escucharan: Era el padre de Gwalia que les comunicaba que el desmadrado río había arrasado el Puente Hendre y ni en bote se lo podía cruzar, tal era su furia. Gwalia faltaría a la cita y la ansiada reunión debía postergarse.
Ese día Urenia lloró inconsolable y su sensible corazón sufrió su primer gran desencanto. Antie Alwen la acarició, la mimó y le prometió que el festejo se haría ni bien sus amiguitas pudieran llegar hasta la casa. Y así, entre llantos y caricias, se durmió, soñando con la fiesta que no fue.
Pero ese día estaba signado por la desgracia, ya que al ceder el puente al paso del carro que conducía Stephen James, éste, su carruaje y los cuatro caballos que tiraban de él, se precipitaron a las turbulentas aguas del río.
No hubo manera de salvar al pobre Stephen, ni aún contando con el oficio de John Ap Williams («John Bont») que logró enlazarlo y llevarlo a la vera del Chubut. Todo fue en vano y la joven Meri Jane, recientemente casada con el malogrado muchacho, sólo alcanzó a llegar para cerrar los ojos de su amado en su partida final.
Ese día el río arrasó con todo. Parecía una venganza hacia aquéllos que pretendían domarlo y «pasarlo por arriba».
87 años después de este triste episodio y al igual que todos los 23 de mayo, Uriena volvió a esperar a sus amigas para festejar sus muy lúcidos 92 años, imitando a su hacendosa Antie en el arte galés de ofrecer una mesa bien servida.
No faltó nada; todo fue hermoso y pleno de afectos y recuerdos de aquella niñez maravillosa (infancia de oro y miel), entonando tradicionales canciones galesas y también -¡por qué no!- algunos tangos, fox-trots y pasodobles de sus primeros bailes.
Poco a poco la tertulia fue cayendo con la tarde; sus entrañables amigas se fueron retirando y Uriena quedó sola y pensativa, añorando aquellos años en que corría «cantando como un pajarico». Y otra vez lloró. Lloró desconsoladamente porque esta vez tampoco vino Gwalia, y sabía que nunca más vendría.
C.R.G.
28/Julio/2008
HISTORIAS CORTAS Y ANECDOTAS
Margaret Jones, una mujer con temple
Una de las acnédotas que seguramente hasta nuestros días es relatada por sus descendientes nos cuenta de cómo una mujer defendía sus derechos, nada menos que en aquellas épocas.
Los pobladores que vivían en el margen sur del río Chubut, tenían muchas dificultades en transportar sus productos a la estación Punta Rieles del ferrocarril, ya que para cruzarlo debían hacerlo con pontones y botes, con el peligro que ello podía ocasionar.
La empresa del ferrocarril, teniendo en cuenta el problema, con material sobrante de la construcción del ramal, encargó al carpintero Griffith Griffiths, más conocido por Gutyn Ebrill, su construcción.
El pago del peaje establecido para poder pagar la construcción se estableció en veinte centavos por vehículo o caballo y diez centavos por persona.
Para dar cumplimiento a esta disposición se encargó a Humphreys Jones, más conocido por Bont, en galés «puente», a quién se le construyó una vivienda junto al mismo.
El cierre del puente se realizaba con una cadena, la que se bajaba cuando se daba paso a alguien, previo pago del peaje.
En un mediodía, cuando Bont se había ido a almorzar, dejando el cumplimiento de esa norma a su hijo Samuel, un jinete y su cabalgadura aparecieron a la carrera y de improviso.
Samuel viendo el apuro del viajero, bajó la cadena y cuando se disponía a cobrar, el jinete preguntó:
-¿Cuanto se cobra por el paso de un hombre a caballo?
Samuel respondió que el precio establecido era de veinte centavos.
-Entonces yo no pago porque soy mujer y voy montada en una yegua, respondió el jinete y castigando su cabalgadura, se alejó hacia Trelew como había llegado.
Esta mujer no era otra que Margaret Jones, segunda esposa de Aaron Jenkins.
Un accidente en medio del desierto
Luego que el Mimosa abandonara al contingente se dispuso arriar el ganado hacia el valle. Esta tarea estuvo a cargo de tres hombres: John Hughes, Thomas Jones «Glan Camwy» y Williams Richards. Al llegar a la denominada Loma María, se dispusieron a armar el campamento y prender fuego. Como los fósforos eran escasos y el fuego no se encendía fácilmente, John Hughes dejó caer algo de pólvora para avivar el fuego. En el acto el frasco se prendió fuego explotándo en la mano de William Richards hiriéndosela gravemente.
Se le puso un plasma de tabaco, atándosela hacia arriba. Abandonaron el ganado dirigiéndose a pie hacia el valle.
Thomas Jones junto al herido viajaron durante horas, descansaron en el suelo y cuando salió el sol, William se encontraba muy mal. Estaba muy débil y no podía comer la comida que llevaban para el viaje. Al arribar a la zona de Tres Sauces encontraron el río en el que bebieron agua suficiente. En este punto el herido recobró energías sintiéndose mejor. De casualidad se encontraron con dos colonos que le indicaron como llegar hasta el Fuerte Viejo. En ese lugar sólo les esperaba una porción de arroz hervido, pero se sintieron reconfortados porque habían llegado al final del viaje y podían descansar luego de tan complicada travesía.
Escritos en Latín
Al retirarse de la colonia junto a otros en noviembre de 1865, el Dr. Green había dejado la llave de los baúles de medicamentos traídos en el Mimosa al Comité de Doce. Cuando se abrieron, nadie entendía los nombres ya que estaban escritos en latín. Tenían dos baúles con medicamentos guardados en el depósito con la esperanza que en algún momento tuvieran la oportunidad de contar con un médico que tradujera los mismos, hecho que ocurrió con la llegada del barco Tritón con un médico a bordo que ofició de traductor, además de comprobar la salud de cada uno de los colonos.
Diario El Chubut. http://www.elchubut.com.ar/web2/index.php?option=com_content&view=article&id=909:historia-de-la-historia-de-la-gesta-galesa&catid=3:regionales&Itemid=30