Lo mismo pensábamos que la sociedad que George Orwell nos dibujaba en su libro 1984 vendría impuesta y para variar nos confundíamos.
Hace ya tiempo que como sociedad sufrimos el síndrome de Estocolmo, aplaudimos y celebramos a quienes secuestran y violan nuestra privacidad, trafican con nuestros datos personales y hacen unos cuantos cientos de millones de dolares por el camino.
La sociedad Orwelliana la hemos aceptado, no hacia falta que impusieran nada. Hemos sucumbido a lo cómodo y lo gratuito sin importar quien ofrece estos productos, a cambio de que y con que fines.
Cuando una empresa como Facebook, Twitter o Google nos ofrece sus productos gratuitamente algo tendría que llevarnos a pensar que el producto que se vende somos nosotras.
Hemos terminado pasando por el aro de este circo casi sin despeinarnos.
Hemos centralizado parte de nuestras vidas en los servidores de un grupo muy reducido de empresas. Nuestras charlas privadas, búsquedas, emails, lugares a los que fuimos, en los que estamos y a los que vamos a ir van engordando sus bases de datos segundo a segundo.
Existen datos como la frecuencia con la que conectamos para revisar el correo, el tiempo que pasamos conectados en facebook o el numero de tweets que realizamos en twitter que difícilmente podemos ocultar o falsear pero cierto es que existen otros con los que si podemos jugar.
Seguimos generalmente jugando en su tablero con unas normas que diseñaron para nosotras pero sin contar con nosotras. No se conforman con que la mayoría de la población compre cacharros (ordenadores sobremesa, portátiles, teléfonos, tabletas, …) que llevan preinstalados sistemas operativos privativos “troyanizados” de fabrica,
desean de ti mucho más, desean de ti datos que no obtienen previamente simplemente accediendo a tu ordenador o smartphone.
No son tus padres ni tu pareja pero quieren saber como te encuentras hoy, que hiciste el fin de semana, cual es tu comida preferida e incluso la fecha de tu aniversario para ver si estarías esos días “por casualidad” andas interesada en adquirir un producto de una determinada empresa.
En la red es como si viviésemos en una ciudad donde la mayoría de las casas tienen el mismo diseño. El salón aquí, el baño en este otro sitio, la despensa bajo las escaleras, una puerta delantera y otra trasera oculta para que entren hasta la cocina.
En esta ciudad figurada la dueña de los edificios es la misma para todas las personas, las cartas pasan siempre por sus oficinas, las conversaciones telefónicas se concentran en las mismas centralitas y los ciudadanos son observados y grabados día y noche mediante cámaras que han sido adquiridas con el erario público.
Esa ciudad podría ser internet y pese a toda esa centralización y control al que la propia ciudadanía se autosomete, aún existe la posibilidad de, sin tener que irse de la ciudad y abandonar la vivienda, las personas puedan conversar por teléfono o correo haciendo que quienes por medio escuchan o leen no entiendan nada.
¿Usted quería privacidad? Tendrá que ganársela.
En la vida todo lo que merece la pena no se paga con dinero y requiere de un esfuerzo. Nuestra privacidad es de esas cosas que requieren esfuerzo y este ha de ser por nuestra parte. Confiar nuestra privacidad en terceros supone poner en peligro la privacidad de la gente con la que nos comunicamos.
Gmail por ejemplo es un servicio de correo electrónico que ofrece la empresa Google gratuitamente. Google marca sus reglas de juego y le ofrece su propio tablero para que usted como usuario pueda jugar allí.
El tablero son sus servidores, es decir, son las maquinas donde se almacena la información que los usuarios generan o reciben. Las reglas del juego que nos conciernen las describen en sus políticas de privacidad y estas con el paso del tiempo van modificándose.
Pongamos de ejemplo que un grupo de 5 personas en las que 2 de ellas tienen un servidor de correo electrónico que ellas mismas gestionan.
pepito@mipropioservidor.net
marta@servidordmio.com
El resto usan servicios de correo gratuitos con políticas de privacidad que permiten que terceros puedan usar la información que allí se almacena ya sea para traficar con ellas con fines mercantiles o para ofrecérsela a la policía cuando sea requerido.
maria.garcia83@gmail.com
roberto34.martinez@hotmail.es
bobylo@yahoo.es
Si Pepito manda un correo cifrado a Marta desde un cliente de correo que tiene instalado en su propio ordenador y Marta lo baja de su servidor a su ordenador usando otro cliente de correo electrónico podríamos pensar que la información ha viajado segura pero en realidad es posible que no sea así.
esquema1
Las partes más frágiles son los extremos, los ordenadores donde se escribe el texto y se cifra/descifra.
Aunque en el ordenador de Marta el mensaje se guardase cifrado si Marta esta usando software privativo de alguna empresa como por ejemplo Microsoft o Apple la información quedaría comprometida ya que no se podría garantizar que el software que usa Marta en realidad hace lo que dice hacer. Por otro lado si el equipo de Pepito o Marta están comprometidos con algún virus informativo que de acceso a otros equipos estaríamos hablando de que de nada sirve que tengan su propio servidor
de correo.
El tablero por tanto donde vamos a jugar es importante que sea nuestro por muchas razones que explicaremos a lo largo de este libro. En el caso del ejemplo es importante ya que muchas de las trazas que se van dejando en los servidores de correo sirven para identificar que una persona ha enviado un mensaje (aunque no se conozca el mensaje al estar cifrado) en un momento determinado.
El problema actual es que existe demasiada gente que acepta las reglas del juego que le ofrecen empresas como Google, Facebook o Twitter ya que creen que no pueden vivir sin ellas. Son incapaces de plantearse otro tablero de juego y llorarían si hace falta por que el tablero no se lo llevasen.
Esas personas no valoran la privacidad o la valoran solamente pensando en ellas mismas.
En un proceso comunicativo existen al menos 2 partes y en el momento que una de las partes no realiza el esfuerzo para preservar la privacidad de la comunicación se convierte en insegura.
El derecho a la privacidad es algo que degradamos como sociedad cuando no lo valoramos lo suficiente. No valorarlo es simplemente aceptar las políticas de privacidad de traficantes de información como Twitter, Facebook y Google.
Llegados a este punto es necesario hacerse unas simples preguntas:
¿Esta usted dispuesto a “desgoogletizarse”?
¿Se ve con la capacidad de salir de la red social Facebook?
¿Cambiaría sus herramientas de software privativo por herramientas de software libre?
Siendo la respuesta NO es evidente que no merece la pena.
Siendo la respuesta SI ha de tener en cuenta que existen otras alternativas y si no existen las construiremos.
No nos importan sus normas ni sus tableros. Se los pueden llevar cuando quieran.