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25 de Mayo, La Revolución





Luchas por la emancipación

Desde la victoriosa resistencia popular a los invasores ingleses hasta la gesta libertadora de San Martín, se despliega un complejo pero radical proceso de ruptura del orden colonial que llevaba tres siglos de dominación.
Con incertidumbres, contradicciones y violentas disputas internas hombres y pueblos asumieron el desafío de dar forma a sueños colectivos alimentados en ideales de libertad, soberanía popular e independencia.
Revisar críticamente aquella historia permitirá encontrar claves para afrontar hoy, ante u nuevo orden del mundo que se pretende inmutable, el desafío de concretar aquellos ideales.




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La Revolución no se hizo contra España

Reportaje a Norberto Galasso. Historiador.



La Revolución de Mayo no es un fenómeno aislado en América Latina. La lucha del pueblo español contra la invasión napoleónica devino en una revolución contra la inquisición y el poder de los grandes hacendados, que luego se prolongó en América. La del Río de la Plata es parte de la revolución hispanoamericana.


La proximidad del bicentenerario de la Revolución reaviva la polémica alrededor de nuestra historia. ¿Qué sucedió en mayo de 1810?

Norberto Galasso: Nosotros tenemos la interpretación tradicional que ha dado Mitre de que el movimiento de Mayo se trataría de un movimiento surgido independentista, es decir dirigido a romper vínculos con España como consecuencia de un fuerte odio a lo español, que implícitamente estaba relacionado con el comercio libre. Esto a los maestros les genera un cierto problema porque siempre aparece uno de esos chicos listos que pregunta ¿y por qué la independencia se declara seis años después?, o ¿por qué el día 26 la Primera Junta jura por Fernando VII?. La explicación que se dio en otros tiempos era que fue una “máscara”, una farsa dirigida a esconder el propósito independentista que estuvo desde el principio. Yo estoy convencido que la interpretación más correcta es la que da Alberdi. El dice que al producirse la Revolución Francesa, ésta conmueve a la sociedad española, de una manera paradojal porque Napoleón invade España y los españoles enfrentan a Napoleón constituyendo Juntas populares. El pueblo español se levanta contra los invasores pero también con un reclamo contra la inquisición, contra los grandes hacendados; es decir la lucha contra Napoleón, a partir del 2 de mayo de 1808, se convierte en una especie de revolución española análoga a la francesa del 89. Alberdi dice que cuando las juntas populares se organizan en la Junta Central de Sevilla, una de las primeras cosas que decide es considerar que las tierras americanas no son colonias sino provincias; e incluso hay comunicados diciéndoles que deben eliminar los virreyes y darse juntas populares como en España. La revolución española se prolonga en Hispanoamérica y la de Mayo es un detalle o un momento de la revolución hispanoamericana.

¿En qué se basa esta interpretación?

N. G.: Cuando se festeja el Sesquicentenario de la Revolución de Mayo el Congreso publica la “Biblioteca de Mayo” y empiezan a aparecer documentos con cosas que se desconocían. Es tradicional decir en los colegios que French y Beruti repartían cintas celestes y blancas, pero resulta que los testigos de esto dicen que ellos repartían cintas blancas y rojas, y que los últimos días -el 24 y el 25- eran rojas únicamente en señal de amenaza de sangre. Y además repartían estampitas con la efigie de Fernando VII. Esto era lo mismo que estaban haciendo los revolucionarios españoles en España, porque habían tomado a Fernando VII como lo más rescatable de la familia real y como el posible modernizador de España. Hoy se está reconociendo que lo de la máscara fue un invento, porque se juró por Fernando VII en Chile, en México, en Nueva Granada. No es que se pusieran de acuerdo sino que sería una prueba de que la revolución en América sería una prolongación de la revolución española. La clave sería, entonces, que en Buenos Aires se desplaza al Virrey, elegido por el absolutismo de una monarquía fundamentada en el derecho divino, por una junta popular donde, por ejemplo, hay españoles; tendría una gran semejanza con la Revolución Francesa. Esto desmentiría lo que dice Mitre de que la Revolución se hace en contra de España, se hace en realidad contra el absolutismo español que no es toda España.

¿Por qué se produce la independencia en 1816?

N. G.: España recién envía fuerzas militares a Latinoamérica en 1814, hasta entonces la lucha es entre los Virreyes y los sectores reaccionarios, y los sectores revolucionarios. Por ejemplo, hasta 1814 ondeaba la bandera española en el Fuerte, y cuando nace la hija de San Martín en 1816 él la declara como española. Ahora, la Revolución española se acaba en 1813, 1814, cuando se derechiza toda Europa: se impone la Santa Alianza, vuelve la monarquía y vuelve la Inquisición. San Martín, a partir de 1814 empieza a presionar por la independencia y esto explica que ésta se haga en 1816. Hay un texto de la gente del Congreso de Tucumán que se refiere a estas cuestiones y dice que lo que se hizo en América se hizo de buena voluntad hacia Fernando VII, esperando que se democratizase España, en cuyo caso no habría habido separatismo ni política independentista. Como España vuelve al absolutismo no hay otra solución, para no caer bajo el régimen medieval o de la nobleza, que declararse independientes y levantar las ideas de la participación popular, de la democracia.

¿Qué rescatar de todo este proceso?

N. G.: Si uno considera la Revolución de Mayo desde esta perspectiva lo que ve es que no es un fenómeno aislado del resto de América latina, porque se produce en abril en Caracas, en mayo en Buenos Aires, en setiembre en Santiago de Chile y en México, y antes, en 1809 un frustrado intento en La Paz. Es decir, forma parte de un proceso donde, entre 1809 y 1811, toda América hispana se levanta. Y se levanta con una fuerte participación popular. Se ha dicho que los que estuvieron en el Cabildo Abierto eran nada más que los propietarios de Buenos Aires, ahora se sabe que los revolucionarios hicieron tarjetas truchas, entonces había muchos que no eran “vecinos respetables”. Cisneros se escandaliza y en una comunicación con España dice “votó gente que no era nadie”. Y además estaban allí algunas de esas figuras que cuando se produce una crisis en la sociedad dejan su vida doméstica y se convierten en revolucionarios. Como French, que era un cartero que repartía cartas y se convierte en un agitador de primera línea, o Beruti que era un empleado del Estado, o Donado que era un gráfico, o Pancho Planes -un pariente de López y Planes- que es quien en el Cabildo Abierto, cuando algunos decían que el virrey se tenía que ir, dice “el virrey tiene que ser ejecutado porque fue el que reprimió a nuestros compatriotas en 1809 en La Paz”. Personajes que han sido escamoteados porque la versión del poder es una versión liberal conservadora. Llamémosle revolución democrático burguesa, llamémosle revolución de liberación nacional, llamémosle revolución modernizadora, lo cierto es que fue un salto de la sociedad argentina a nuevas formas de participación, crecimiento económico, distribución del ingreso, derechos del trabajador. Todo esto está en ciernes en estos sucesos. Hay que verlo como una larga lucha que no ha terminado y que hay que continuar.



San Martín ¿agente inglés?

N. G.: A partir de una interpretación que hace el Dr. Sejean se abre toda una polémica. El dice que si San Martín llegó a España a los 6 años y volvió al Río de la Plata a los 34, era un hombre modelado por España. La explicación que él encuentra al hecho de que este teniente coronel del ejército español venga al Río de la Plata a pelear contra el ejército español es que cuando San Martín pasó por Londres lo sobornaron. Con lo cual tendríamos un padre de la patria agente inglés. Yo creo que San Martín viene a Buenos Aires porque él era un oficial del Ejército español que como tantos otros, como por ejemplo Alvear o Chilavert que vienen con él en la fragata Canning, estaban influenciados por las ideas de la Revolución Francesa y estaban apoyando a la Junta Central de Sevilla en 1810. Cuando esa Junta es desplazada por el Consejo de Regencia, lo que fue una derechización del proceso español, ellos se dan cuenta que lo mejor es seguir luchando por esas ideas de libertad, igualdad y fraternidad -lo que San Martín llama el Evangelio de los Derechos del Hombre- en América. Venía a luchar por esas ideas, no contra lo español, porque lo español estaba escindido en dos bandos: había liberales revolucionarios y había absolutistas. La única manera de explicar que San Martín no es agente inglés es explicar que la Revolución tiene un contenido distinto del que planteó Mitre. Lógicamente es muy difícil polemizar y discutir porque, como decía Homero Manzi, Mitre es el único prócer que dejó un diario de guardaespaldas.


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Bajar los próceres de las estatuas

Entrevista a Marcelo Pose, Profesor de historia.

¿Cuánto hay de mito en la historia que nos enseñan?

Marcelo Pose: En realidad no corresponde usar la palabra mito como se utiliza hoy en día: como falsificación, ocultamiento o distorsión de una verdad histórica. Los mitos son el lenguaje que los pueblos encontraron para explicar aquello que les resultaba inabordable o lo sobrenatural. La historia, como existe en el imaginario del argentino promedio está moldeada por un primer relato histórico: el de Bartolomé Mitre. Fue él quien diseñó lo que podemos llamar nuestro “panteón nacional”, nuestro conjunto de héroes y villanos de la historia. Lo que me lleva a afirmar que la escritura de la historia tiene como objetivo un proyecto político encarnado por Mitre y Sarmiento. De lo que podemos deducir que cualquier discusión por la historia terminó siendo una discusión por la política, y este último punto es lo realmente importante.
Los coloridos relatos posteriores sobre el 25 de Mayo, el cruce de los Andes o las “invasiones inglesas” no son más que anécdotas que sirven para fijar un relato excluyente y unos personajes y no otros. Fue Mitre quien eligió en función, no solamente de su postura ideológica, sino de su proyecto político, lo que hoy en día provocaría un escándalo si lo intentara un político actual.

¿Nadie discutió con Mitre, en esa época, su visión de la historia?

M. P.: Claro que hubo debates y de gran intensidad. Los dos más notables fueron las críticas de Alberdi a la primera edición de la Historia de Belgrano y los posteriores con Vicente Fidel López. Alberdi dice de Mitre que: “Cuánto más alto hablan los documentos contra él, más grita él contra ellos”, y acusa a Mitre de equiparar su imagen a la de Belgrano, cito: “Así, para hacerse él (Mitre) una especie de Belgrano, ha tenido que hacer de Belgrano una especie de Mitre”. Como se ve la discusión era fuerte y sin medias tintas.
Con López la discusión fue a través de los diarios y tuvo características diferentes. López era miembro de la llamada “Generación del 37” (junto a Alberdi, Echeverría, Sastre y otros) además de ser hijo de Vicente López y Planes, de larga trayectoria política además de autor de la letra original del Himno Nacional. A diferencia de Mitre, López blanquea el nudo de la discusión cuando afirma que: “la historia es siempre obra de partido porque el que la escribe es siempre un hombre que tiene una intención y un interés”. Es importante recordar que estos hombres, políticos al fin, discutían a través de la historia modelos de país.

¿De dónde surge el relato que todos conocemos de la semana de Mayo?

M. P.: Está tomado textual de las “Memorias Curiosas” de Juan Manuel Beruti, que no es el de las escarapelas. Lo que todos los argentinos conocemos es el relato que está ahí, corroborado después por las memorias de los personajes. Hay una serie de textos autobiográficos, que se escribieron entre mediados de la década del 1810 y hasta 1840 aproximadamente, que colaboran finalmente con la construcción del imaginario histórico que se plasma con Mitre. La primera relectura sobre el 25 de mayo es anterior a Mitre y la hacen los miembros de la generación del ’37: Alberdi, Echeverría, Sastre, Vicente Fidel López. Ellos son los primeros que levantan el 25 de mayo como un fenómeno político de relevancia, son los que hablan de ‘revolución’. Los docentes tienen que comprender que hay que bajar a los próceres de las estatuas. French y Beruti no repartían escarapelas sino que eran los jefes de las fuerzas de choque de la revolución, fueron los tipos que impidieron que los enemigos políticos llegaran al cabildo abierto del 22 de mayo. Pero también hay que reinsertar al personaje en su período histórico: si analizamos la Revolución de Mayo a partir del hoy es fácil caer en la tentación de equipararlo con el 19 y 20 de diciembre de 2001, pero de ningún modo es así. Discutir sobre historia en Argentina es discutir sobre política. Cuando como investigador o como docente decido trabajar sobre un período histórico determinado, ya estoy haciendo un recorte, estoy haciendo una elección política.


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En la línea de fuego: Los negros y las políticas de negación.

Los negros constituyeron un porcentaje muy importante de las milicias que defendieron la ciudad de Bs. As. ante los ingleses y de los ejércitos que sostuvieron las luchas de la independencia. Sin embargo, fueron las víctimas de la primera gran masacre de nuestra historia

Por Luz Marina Mateo, Departamento África del Instituto de Relaciones Internacionales de la UNLP

Los negros comenzaron a llegar a Latinoamérica en los siglos XV y XVI con la esclavitud, que ha sido el instrumento por excelencia para servir a las necesidades de mano de obra de los colonos europeos, en este caso de las coronas española y portuguesa. Fueron la fuerza de trabajo en los albores del capitalismo. En nuestro país fueron afectados a tareas rurales, venta ambulante y servicio doméstico.

Según un censo de 1778, en Santiago del Estero el 54 % de la población era negra, en Catamarca el 52 %, en Salta el 46%, en Córdoba el 44%, en Tucumán el 42%, en Buenos Aires el 30%. Los africanos y los afro-argentinos participaron activamente en la lucha independentista argentina. Durante la vigencia de la esclavitud, la Ley de Rescate obligaba a cada propietario de esclavos a dar 2 de cada 5 para el servicio de armas. Y por otro lado se les prometía la libertad a los que estaban 5 años en el servicio militar.

El problema era que nunca alcanzaban a cumplir ese plazo, los mataban antes. En 1801 ya había formaciones milicianas -las compañías de pardos y morenos- que durante las invasiones inglesas tuvieron activa participación en la defensa de Bs. As. Cuando San Martín viene de España y se hace cargo del ejército del norte, de los 1200 hombres con que contaba, 800 eran negros libertos. Todas las milicias tenían hombres afro-argentinos -incluyendo al heroico Sargento Cabral- y hubo cantidad de coroneles negros. Por eso, la militarización y el estado de belicosidad permanente del país, y la guerra del Paraguay en particular, hizo que gran cantidad de negros y de afro-argentinos desparecieran por estar en la primera línea de fuego. Una de las naciones del Buenos Aires del siglo XIX- la nación Mayombé- quedó sin hombres porque todos murieron sirviendo en el ejército de Rosas.

La abolición de la esclavitud llega con la libertad de vientres en 1813 y, posteriormente, con la Constitución de 1853. Tuvo sus contrarios antes de ser sancionada: los propietarios y la mayoría de las familias ilustres de Bs. As. conformaban lo que se conocía como el partido esclavista, que incluía apellidos como Martínez de Hoz. Acasusso, Warnes, Lavallol y Necochea. La abolición, si bien fue muy importante, quedó en una libertad formal; como a los que habían sido favorecidos por esa medida no se les dio las herramientas necesarias para poder iniciar una vida autónoma, la mayoría terminó volviendo a su vida anterior, sometidos al poder y dinero de sus patrones, o mendigando en las calles.

En Buenos Aires, la epidemia de fiebre amarilla de 1871 tuvo efectos devastadores. Por entonces los negros vivían en las zonas del sur de la ciudad en condiciones paupérrimas. El ejército valló esos barrios para que no pasaran a los barrios de los blancos que era donde estaba la capacidad de atención médica de la fiebre amarilla. Esto contribuyó muy fuertemente a la disminución importantísima de los negros del Buenos Aires del siglo XIX.

Los negros fueron las víctimas de la primera de las cuatro grandes masacres de nuestra historia (la segunda fue la de los originarios en la Conquista del Desierto, la tercera fue la de los obreros de la Patagonia en 1921 y la cuarta corresponde a la dictadura militar de 1976).

Argentina decidió desde sus albores ser la Europa de América y, por lo tanto, blanca.

Sarmiento, por ejemplo, planteaba: “Llego feliz a esta Cámara de Diputados donde no hay gauchos, ni negros, ni pobres. Somos la gente decente, es decir patriotas”. Estas políticas de blanqueamiento y de negación de la presencia negra se mantienen hasta el día de hoy. En 1994, el entonces presidente Menem decía: “En Argentina no hay discriminación porque no hay negros. Ese ´problema´, sí lo tiene Brasil”.

Decir que en la Argentina de hoy no hay negros es una falacia. Hay descendientes de aquellos que vinieron como esclavos, hay descendientes de los que vinieron con las oleadas inmigratorias europeas de fines del siglo XIX hasta bien entrado el siglo XX (es decir, los caboverdianos) y están los inmigrantes que han venido desde los estados colapsados o fallidos del África, a partir de la caída del muro del Berlín.

Las políticas de negación intentan ocultar esta presencia y las importantes contribuciones de los negros y afro-argentinos no sólo en las guerras de la independencia, sino también en la vida económica y en la cultura de este país.


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En las sombras El apellido Martínez de Hoz en la historia

En la historia que nos contaron, héroes y pro-hombres ocupan el centro de las luchas por el poder, y en los márgenes -desdibujados, ninguneados o denigrados- aparecen los sectores populares. Pero rara vez esa historia oficial muestra a quienes con un poder económico intocado han manejado desde las sombras los destinos de este país. El apellido Martínez de Hoz emerge, con significativa coherencia, en momentos clave de nuestro pasado.

En defensa del “comercio” de negros

“Que el comercio de negros, cuya permanencia es necesarísima, únicamente se permita hacer en buques nacionales de construcción propia o españolizados (...)”. Firman: Martínez de Hoz, Herrero, Amenavar...
Representación del Cuerpo de Comercio ante el Virrey. Buenos Aires, 1801.
Studer, Elena. “La trata de negros en el Río de la Plata durante el siglo XVIII”. UBA, 1958


En el Cabildo Abierto del 22 de mayo

“Votaron finalmente doscientas veinticinco personas. De ese total solamente setenta y nueve se pronunciaron a favor del absolutismo, es decir por la continuación del “sordo” Cisneros como virrey. Una treintena de votos “pro-virrey” se alineó con Manuel José Reyes, miembro de la Real Audiencia (...) Otra treintena de votos se define también a favor del virrey pero usando la fórmula de “no innovar”. También en este grupo sobresalen personajes caracterizados tanto por sus fortunas como por sus ideas reaccionarias, entre ellos (...) José Martínez de Hoz (de importante fortuna, quien comenzó con su propio aporte la construcción de la iglesia del Socorro)...”.
Norberto Galasso. La Revolución de Mayo. Ediciones del Pensamiento Nacional. 1994


En el partido esclavista

“La cuestión negra, es decir la del sistema de la esclavitud, estaba ligada a los comerciantes porteños, particularmente desde mediados del siglo XVIII hasta la Revolución de Mayo. El partido esclavista era muy fuerte durante el sistema colonial español, y tuvo todavía, en los primeros años de la Independencia, una presencia política importante. Los apellidos de los esclavistas permiten advertir su continuidad con el sistema oligárquico. Algunos de esos apellidos fueron Pedro Duval, Tomás Antonio Romero, José de María Martínez de Hoz, (...)”
Lucas Fernández, precursor del socialismo en el Río de la Plata. www.lafogata.org


En la “conquista” del desierto

“Después de la mal llamada conquista del desierto las tierras le fueron dadas en propiedad a los estancieros del norte de la provincia de Buenos Aires. Al señor Martínez de Hoz -que en aquellos tiempos era presidente de la Sociedad Rural que financió la campaña- se le otorgaron dos millones quinientos mil hectáreas. Los Álzaga Unzué recibieron 750 mil hectáreas, los Anchorena 560 mil hectáreas.
Osvaldo Bayer


En la Dictadura Militar 1976-1983

“Dictada por el Fondo Monetario Internacional según una receta que se aplica indistintamente al Zaire o a Chile, a Uruguay o Indonesia, la política económica de esa Junta sólo reconoce como beneficiarios a la vieja oligarquía ganadera, la nueva oligarquía especuladora y un grupo selecto de monopolios internacionales encabezados por la ITT, la Esso, las automotrices, la U.S. Steel, la Siemens, al que están ligados personalmente el ministro Martínez de Hoz y todos los miembros de su gabinete”.
Carta abierta de Rodolfo Walsh a la Junta Militar. Buenos Aires, 24 de marzo de 1977 (Walsh fue secuestrado al día siguiente de haber escrito esta carta).


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Crisis de legitimidad



Ruptura del orden colonial y construcción de alternativas.


La crisis de la monarquía española generó una situación inédita en América. El desafío revolucionario fue cómo construir una nueva identidad que sustituyese la que habían forjado tres siglos de dominación española. La radicalización de los enfrentamientos llevó a la rápida asunción en la conciencia popular de un republicanismo basado en la soberanía de la Nación.

Reportaje a Raúl Fradkin, Univ. Nacional de Luján

La Educación en nuestras manos: ¿Cuáles serían las claves para entender el proceso de emancipación de los países latinoamericanos a partir de 1810?
Raúl Fradkin: Una primera cuestión es revisar una tendencia muy fuerte que tenemos: pensar que esas naciones estaban preexistentes antes del momento de la crisis. Pero esas naciones son una construcción que va a llevar muchas décadas todavía en realizarse. Para poder pensar el problema primero hay que romper el mapa que cada uno tiene en la cabeza y que es el mapa de los estados nacionales. Ese mapa segmenta algo que en aquel momento no estaba segmentado. El mapa en que hay que pensar es un mapa muy distinto y mucho más grande del que estamos habituados a pensar pero también es un mapa más ambiguo: así, durante el proceso de la independencia – y todavía durante varias décadas más- no estaba muy claro qué abarca lo que después iba a ser la Argentina o lo que después iba a ser Bolivia. Es un problema que va a tardar mucho en resolverse porque es un problema muy complejo: no se limita a la definición de límites territoriales sino de entramados de relaciones sociales y de identidades colectivas. No había, por lo tanto, una ‘Argentina’ que se independizaba sino que esa Argentina será el resultado de un proceso mucho más complicado del cual la guerra de la independencia es una parte.

Pero, ¿acaso no se declara la independencia argentina el 9 de julio de 1816?
R. F.: La cuestión es algo más compleja de lo que quiere la tradición. Por ejemplo: aunque busquemos será difícil hallar el acta de la “declaración de independencia argentina”. ¿Por qué? Porque la Declaración efectuada el 9 de julio de 1816 fue realizada en nombre de “las Provincias Unidas de Sudamérica”. Y hay otra cuestión, de no menor importancia con esa Declaración: conviene ver bien quiénes la firmaron y quiénes no. Uno va a encontrar que en el congreso participaron diputados que invocaban la representación de provincias que hoy pertenecen a Bolivia y no va a encontrar diputados de provincias que hoy son argentinas. Es un desafío pensar qué era esto que se estaba formando, que ni los propios protagonistas tenían del todo claro ni lo habían acordado entre ellos y menos previamente. Hay un proceso de revolución y no es del todo claro en sus comienzos qué es lo que va a ser, como no lo es en ninguna revolución. Emerge de la combinación de una crisis “externa” -y lo digo entre comillas porque en realidad son sociedades que forman parte del imperio por lo que la crisis del imperio es crisis interna también- y manifestaciones locales de esa crisis, algunas excepcionales como la de Buenos Aires donde la experiencia de las invasiones inglesas abrió una crisis en el poder local que nunca había ocurrido. Ese proceso implicaba la descomposición de un orden que tenía tres siglos de arraigo y no iba a ser sencillo ni rápido reemplazarlo por uno nuevo. Antes de 1810 había algunos grupos que aspiraban a modificar ese orden, a reformarlo; pero, en general, compartían la idea de que eso debía ser gradual y pausado; la crisis de la monarquía suscitó una situación completamente inédita. No había experiencias previas de qué se podía hacer frente a una crisis de esa magnitud. Y menos lo había frente al gran desafío que planteó una guerra por la independencia que fue mucho más violenta y prolongada de lo que deben haber pensado los que la iniciaron.

¿Qué características tiene esa guerra?
R. F.: Tenemos arraigada una idea muy fuerte y de algún modo reconfortante: solemos imaginar la guerra de independencia como la guerra que llevó adelante una nación contra un ejército extranjero de ocupación. Pero la mayor parte de la guerra no fue la guerra de un ejército nativo contra un ejército extranjero, salvo en algunos momentos y lugares muy especiales de América. Cuando se analiza la composición de los jefes y del conjunto de los ejércitos, lo que uno ve es que la mayor parte de las guerras de la independencia fueron una verdadera guerra civil. Uno suele dividir la cuestión en dos bandos: criollos frente a peninsulares, ‘patriotas’ frente a ‘realistas’. Pero el proceso fue mucho más ambiguo, complejo y dinámico. Así, entre los “realistas”, muchos de los oficiales, y aún de los más importantes, e incluso de los que encabezaron las represiones más fuertes, eran criollos. Y, en cuanto a los soldados “realistas”, también lo eran en su mayor parte. Y no sólo criollos: los grupos populares participaron activamente en ambos bandos. Además, en otras regiones de América hubo una muy fuerte adhesión popular por unos años a aquellas autoridades que se mostraban leales a la corona y que se enfrentaban a los grupos revolucionarios. Es una identidad política la que se va construyendo en torno a “criollos” y “españoles”, una construcción complicada, que con la guerra se va a ir acentuando y produciendo.

¿Qué efectos va a tener esa guerra en la conciencia popular?
R. F.: Lo más interesante de la experiencia rioplatense y de Latinoamérica, comparada con la europea, es el triunfo rapidísimo del republicanismo en la conciencia colectiva que tiene muy pocos precedentes. El abandono de la legitimidad de la figura del rey y la adhesión absoluta al republicanismo hizo que todos los intentos de los grupos de élite de encontrar alguna solución monárquica -que era vista como más estable para la estructura social y política americana- fracasaron, salvo en Brasil. Fue la misma experiencia de la lucha, de la radicalización que provocaba el enfrentamiento, lo que fue construyendo esta adhesión al republicanismo; un republicanismo popular, no doctrinario, que tiene que ver con una experiencia de confrontación interna que fue mucho más violenta y más larga de lo que podía imaginarse en 1810.

¿Qué proyectos estaban en pugna?
R. F.: No es tanto una confrontación de proyectos sino que se daba una confrontación de grupos y de posiciones que iban cambiando y que en definitiva terminaron por dar un resultado que no era el que ninguno quería. Uno de los puntos más complicados era cómo construir una nueva identidad que sustituyese aquella forjada por tres siglos de dominación española. En el orden colonial, la legitimidad del rey no entraba en discusión y romper con esa legitimidad fue muy complicado porque se venía de una tradición en la cual la disputa política se hacía en nombre del rey. Este dilema ya se daba en gran parte de los tumultos y motines que se produjeron en casi todo el imperio español durante el siglo XVIII y que tenían una misma consigna: “Viva el rey, muera el mal gobierno”. Esa consigna expresaba una concepción muy popular que separaba la figura del rey -vista como paternal, sagrada, legítima- de la forma de gobierno despótica ejercida por los malos funcionarios. El quiebre de esa legitimidad del rey y el triunfo de la idea de una república basada en la soberanía de la nación es algo muy difícil de comprender para los sujetos de 1810. Por eso es impresionante la rapidez con la que se instauró esa nueva legitimidad, mucho más rápida y más duradera de lo que se dio en la Europa occidental e incluso en Francia que es una suerte de paradigma de la revolución republicana. En América, salvo en el caso de Brasil, todos los intentos de sustituir esa monarquía colonial por otra independiente, fracasaron.

¿Cómo se fue dando la participación popular?
R. F.: Algo muy particular de la experiencia latinoamericana es que para sustituir una legitimidad política basada en la monarquía, la única alternativa disponible a principios del siglo XIX es no sólo una forma de gobierno republicana sino una forma de gobierno basada en una legitimidad popular. Lo que distingue este proceso es la rapidez con la que se instalan mecanismos de participación política, incluso electoral, de una amplitud superior a la contemporánea en Europa. En general se reconoce un derecho de sufragio muy amplio, como sucede en el Río de la Plata y también, aunque en forma muy dispar en el resto de los países latinoamericanos en los cuales ese derecho de participación electoral se irá restringiendo hacia fines del siglo XIX. Esa amplitud viene de la necesidad de resolver la crisis de legitimidad que generaba la independencia, que es el enorme desafío que tienen los grupos dirigentes; y que debían afrontarlo en un contexto donde la disputa política no se podía resolver si no era a través de la guerra. Y esa guerra no se podía hacer, y menos ganar, sin conseguir apoyos populares. Tenían la necesidad de incluir de alguna manera a estos grupos populares, o a una parte al menos, a la vida política. Esto le dio un tono plebeyo muy fuerte a la política hispanoamericana y, en particular, a la rioplatense. Después, el problema que tendrán los sectores dirigentes, y que caracterizará al siglo XIX, es cómo volver las cosas a un orden, a reestablecer una jerarquía una vez logrado el objetivo inicial.

H. G.

Las invasiones inglesas. Crisis en el poder colonial

R. F.: La experiencia del rechazo a las invasiones inglesas es fundamental en el proceso revolucionario posterior por tres motivos. En primer lugar, haber derrotado dos veces la invasión de la principal potencia mundial -potencia con la que además hay una diferencia étnica y religiosa, por lo cual la lucha contra los ingleses adoptó un discurso casi de guerra santa- fortaleció la identidad colectiva de la ciudad y del Río de la Plata en su conjunto. Lo segundo es la experiencia política inusitada de la deposición del virrey. Estar contra el rey era el máximo delito del sistema penal y deponer a un virrey, cualquiera fueran los motivos era un delito de ‘lesa majestad’. De haber sido derrotados, a los participantes del cabildo abierto de agosto de 1806, que depuso a Sobremonte y lo sustituyó por Liniers, les hubiera correspondido la pena de muerte. La deposición la hacen las propias instituciones locales; empieza ahí un quiebre entre las instituciones del orden político colonial. El tercer punto es que la manera de organizar la defensa, sobre todo en la segunda invasión, se transforma en una militarización enorme de la sociedad porteña. La formación de las milicias muestra a su vez la división interna de esta sociedad: cada regimiento se organiza por territorios de la ciudad y por grupos de pertenencia, no hay un grupo de criollos y uno de peninsulares, los peninsulares están fragmentados y los criollos también, y a su vez hay otros regimientos de otros grupos étnicos que no son ni criollos ni peninsulares. La magnitud que cobra esto se puede ver en los aproximadamente 9.000 ciudadanos armados que en 1807 existen en una ciudad que tiene entre 40 y 50 mil habitantes. Es decir, que si descontamos a las mujeres y a los niños, estamos hablando prácticamente del total de la población masculina adulta convertida en miliciana. Esto constituye una estructura de formación de liderazgos políticos y de conexión entre los grupos políticos, de donde vienen esos líderes, con grupos de base más populares que no existía antes de 1806. Ese es el canal de formación de los grupos revolucionarios y que le da a Buenos Aires esa revolución tan particular, tan poco revolución, que es el 25 de mayo. Porque el 25 de mayo están en discusión muchas cosas pero no quién tiene el poder militar de la ciudad. En otros contextos latinoamericanos, el establecimiento de la primera junta desencadena inmediatamente la guerra civil en el propio lugar.

Belgrano. Construcción de una identidad colectiva

R. F.: Belgrano es hijo de uno de los más grandes comerciantes de Buenos Aires y uno de los principales comerciantes de esclavos. Estudia en España, lo cual es excepcional aún para la élite porteña. El primer trabajo que recibe es ser el secretario del recién fundado Consulado de Buenos Aires, lo cual está mostrando una estrecha relación entre su familia, el virrey y los funcionarios de Indias. Belgrano podría haber sido, por su origen y su entorno, parte de la élite de la ciudad con una relación muy estrecha con la corona. Pero en su trayectoria va cambiando. Primero confía, como casi todos los que provienen de esa escuela, en que el instrumento de reforma y de modernización de esta sociedad sea la burocracia colonial. Se está en un momento del imperio español donde la burocracia central está adoptando ideas muy novedosas para la época; entre otras, que las colonias no brindan lo que la metrópoli necesita y esto es porque hacen falta reformas en la propia élite dirigente de la sociedad colonial. Ahí se da una tensión entre los burócratas de carrera y los grupos dominantes locales que está en la base de la quiebra del orden colonial. El drama cada vez mayor para él, como para tantos otros, es la debilidad de la metrópoli. La alianza forzosa de España con Francia en la guerra contra Inglaterra corta, a partir de 1803, prácticamente todas las comunicaciones con las colonias. En esas condiciones -antes de las invasiones inglesas y agudizado después por las invasiones- hay una suerte de ‘independencia de facto’; si bien no estaba declarada políticamente, la autonomía local era extrema. Eso debilita mucho a esta burocracia reformista. Cuando se produce la crisis del imperio español, Belgrano va a intentar alguna forma de continuidad política que le permita profundizar esa política de reforma. Lo más conocido es la esperanza que pone en crear una regencia americana con la Infanta Carlota con cabecera en Río de Janeiro. Finalmente va a definirse por un gobierno local autónomo que garantice durante la crisis del gobierno español un orden y un control de la situación. La experiencia de Belgrano, transformado primero en impulsor intelectual y en influyente político del proceso de mayo, y luego en jefe militar, lo va radicalizando en sus posturas y en la percepción de la necesidad de una política que tenga un consenso social más amplio. Creo que el punto más alto es el proyecto monárquico de 1816, de proponerle al Congreso de Tucumán una solución monárquica no rioplatense sino sudamericana, instaurando una monarquía incaica con capital en Cuzco. La estrategia de Belgrano sería provocar con esto la adhesión masiva de la población indígena del Perú y del Alto Perú, al proceso revolucionario, algo que hasta ese momento no podían lograr. Vinculado con esto está la cuestión de la creación de la bandera en 1812. Esta surge de la necesidad de construir una simbología que dé entidad a eso que se está forjando, y que no es aún la de la independencia, por lo menos no oficialmente. Para construir una identidad colectiva no se puede seguir peleando con la bandera del oponente. Hay una discusión interminable acerca de los colores de la bandera que no son, como uno ha aprendido, los del firmamento solamente. Pero creo que lo más significativo de la bandera es el sol. Ese sol, que es el sello de la asamblea del año 13, es el sol incaico. En esta construcción de una nueva identidad ya empieza a aparecer hacia el año 1812, 1813, el discurso político de legitimar el nuevo Estado que se está formando en la tradición indígena: Estado soberano que había sido sometido y que ahora recuperaba su soberanía. Hay en esto también una estrategia militar. La clave de la guerra, lo que va a definir si esta revolución triunfa o fracasa, está en lo que pase en Perú y Alto Perú; porque ahí, en la explotación de la plata de Potosí principalmente, está la clave del financiamiento del Estado virreinal y de cualquier nuevo Estado. Por eso lo primero que hace la Primera Junta es mandar un ejército al Alto Perú, y es también lo primero que hace el Virrey del Perú. Algunos, en los dos bandos, creen que ganarse el apoyo de la población indígena alto peruana es lo que va a determinar el curso de la guerra.


Artigas. Soberanía de los pueblos

R. F.: Artigas proviene de la familia de un importante hacendado de Montevideo y hace una carrera militar en el regimiento de frontera con el imperio portugués, lo que le da una perspectiva de la realidad social y política muy clara. Artigas se va a sumar al movimiento que en la Banda Oriental va a adherir a la revolución de Buenos Aires y va a lograr rápidamente liderarlo. Mientras en Buenos Aires la guerra es un problema estratégico, en la Banda Oriental, la guerra es algo cotidiano. Desde el comienzo, el movimiento liderado por Artigas tiene una composición social distinta. Mientras el de Buenos Aires es primordialmente urbano y encabezado por la élite de la ciudad, el oriental es básicamente rural con muy fuerte participación, al principio, de los hacendados que viven en el campo. La dinámica de la guerra en la Banda Oriental, contra los españoles primero -que están acantonados en Montevideo- y contra los portugueses después -cuando invaden el territorio- va radicalizando la revolución en la Banda Oriental y va incorporando a nuevos sectores. Cuando los grupos de las élites rurales empiezan a apartarse se da una radicalización mucho más intensa. Artigas desarrolla una estrategia de guerra que se basa en conseguir la adhesión de los grupos rurales primero, y después de grupos indígenas del norte de Uruguay y de la zona de Corrientes y Misiones. Para eso, la solución política que encuentra es el reconocimiento de la autonomía de los pueblos. Artigas hace como una vuelta de tuerca a los principios políticos de la revolución de Buenos Aires. La legitimidad de la revolución de Mayo radica en que fenecida la autoridad imperial -por la prisión del rey- el pueblo asume su soberanía. El problema era entonces cómo el pueblo ejerce esa soberanía. Buenos Aires, en tanto capital, reivindica para sí ser la cabeza del virreinato. En la Banda Oriental esto no se da porque Montevideo se mantiene, por lo menos hasta 1814, fiel a la regencia. Entonces, el cuestionamiento al poder de Montevideo se transforma, en la Banda Oriental, en la asunción de la soberanía de los distintos pueblos; primero la Banda Oriental, después Entre Ríos, después Corrientes, etc. Eso está en la base de lo que Artigas llama la ‘Liga de los Pueblos Libres’. El resultado de esta dinámica, que es a la vez militar y política, transforma a Artigas en un liderazgo alternativo al de la revolución porteña. Ahí estalla, encubiertamente a partir de 1813 y abiertamente en 1814, la guerra civil dentro del bando revolucionario. Esto explica por qué en el Congreso de Tucumán todas las provincias que hoy son las del Litoral, no participan; están cuestionando el liderazgo porteño de la revolución. El drama de Artigas va a ser que a ese doble conflicto inicial con los españoles primero y con los portugueses después, se le va a sumar este enfrentamiento con el poder de Buenos Aires. Y en esta tenaza va a ser derrotado. Mientras que para Belgrano la solución política para construir un nuevo orden es alguna forma liberal, constitucional, representativa, pero monárquica; para Artigas, por la propia dinámica que tiene su liderazgo, la única solución posible de América es una república que reconozca esta soberanía popular. Esta diferencia tiene que ver con sus propias bases sociales de sustentación.


San Martín. Solución militar a la Revolución

R. F.: San Martín participa de la guerra de la independencia española, que es una guerra política, de una enorme violencia y de un enorme enfrentamiento social. El ve la derrota de esa insurrección popular y creo que esa es una experiencia política decisiva para él. De ahí su insistencia, cuando se incorpora a la revolución rioplatense, de dotarla de un instrumento militar que canalice esa energía social, pero que sea disciplinado y tenga una conducción muy precisa. Toda su trayectoria está marcada por la necesidad de darle una solución militar a la revolución. El problema principal es que esa solución militar requiere de mucho apoyo político y de mucha disciplina social, y por lo tanto de un Estado muy fuerte. San Martín va a intentar, y durante un tiempo lo va a lograr, que el ejército sea la base de sustentación de ese Estado. Lo que arma en Cuyo es un Estado militar donde el nuevo grupo dirigente ya no es parte de la antigua élite colonial, sino hombres surgidos de esas élites pero convertidos en clase militar. Para San Martín, la solución también era monárquica. Esto hay que pensarlo en el contexto de la época. Los líderes de la revolución son, en general, muy poco entusiastas con las formas republicanas dada la experiencia de la propia Revolución Francesa que había terminado a los pocos años en Napoleón. Para estos grupos, había una conclusión, bastante generalizada, de que la solución monárquica era la única que garantizaba el pasaje ordenado, pacífico y estable a un nuevo orden político. Y si uno mira qué pasó en Latinoamérica en el siglo XIX, puede ver que el país que tuvo una transición menos cruenta y que no se fragmentó en ese pasaje fue Brasil, que fue el único que tuvo una solución monárquica. El problema es que en algún momento de la década del ’10, la movilización política y popular para la guerra convirtió ‘monarquía’ en sinónimo de ‘tiranía’ y de ‘español’, y por eso la solución monárquica no será viable.



La educación en nuestras manos, Revista nro 76.
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