Ninguna redención
Cuando el Profesor de Antropología Dr. Ramiro Andrade dejó de existir, la noticia de su deceso dejó pasmado a más de uno. Entre sus más cercanos seguidores, alumnos mayormente, se organizó una ronda de cervezas para homenajear su atropelladora ideología llena de cálculos científicos inmejorables. Aunque era un hombre colmado de años, tenía una lucidez tremenda, un carisma enorme para captar la atención de la clase aun en los días más tediosos. Murió de un derrame cerebral irreversible, impensado e inoportuno. Como vivía en el pueblo vecino, y continuamente remarcaba su deseo de no ser velado ni despedido, sus hijos lo enterraron junto a la esposa antes de que la mayoría lo diera por muerto. A muchos les pareció ver su fantasma entre el tiempo que le tocó partir y el instante en que se confirmó el triste evento.
Sus prosélitos reunidos en el café frente a la facultad en donde Andrade enseñó los últimos veinte años, hacían memoria del maestro levantando los lisos en alto, aplaudiendo y silbando a la nada ante la mirada confusa de otros clientes. Le admiraban por ir éste en contra de todo lo establecido, por haberles ayudado a romper el yugo del anticuado misticismo para creer solamente en lo que se ve, en lo que es comprobable. Le querían por amar la vida sabiendo que se vive una sola vez, por no mezquinar lo mejor de sí ante quienes sabían valorarlo. No se derramó una sola lágrima a su nombre, solo la admiración que lo héroes se llevan a la tumba.
_No hay ninguna redención para los hombres _decía tocante a la cúspide de su filosofía_. Ni delante de Dios, si es que existe, ni delante de la accidental oportunidad que han tenido de ocupar un lugar en este maravilloso Universo. El hombre lo ha echado todo a perder, se ha vuelto inmerecedor de la vida. Lo único por lo cual sigue teniendo nuevas oportunidades, es por su esperanza de poder salir adelante algún día.
_¿En dónde piensa que comenzó todo? _se atrevió a preguntar en cierta oportunidad una chica, pasando a formar parte de una anécdota notoria.
_Lamentablemente el hombre tomó su lugar en la historia sin tener el conocimiento desde un principio. “Es lógico”, me dirán ustedes, pero así se da la evolución: a partir del cero absoluto. La humanidad progresó demasiado entre dioses y mitologías antes de poner los pies en la realidad. Ahora sufre las consecuencias, pero es esa fe en algo mejor lo que la lleva a ir en pos de la futura perfección.
Estas palabras del Dr. Ramiro Andrade eran como el eje de toda su manera de pensar. Sus incontables oyentes las conocían muy bien pues él las reiteraba año tras año en su cátedra sin que nadie se aburriera por escucharlas. Cada persona que le daba oído a esta suerte de poema, tenía una anotación referida al tema bien remarcado en su carpeta personal. Eran acotaciones capaces de liberar las alas de la razón, por decirlo de alguna manera.
Ocho meses antes que el reverenciado Profesor de Antropología partiera de este mundo, un estudiante de unos cuarenta años se atrevió a desafiar su manera de ver la realidad ni bien hizo mención de la misma. En medio de la sala del auditorio repleta, el muchacho se paró sin temor ante la mirada expectante de sus compañeros. Sin miedo porque sabía que Andrade era incapaz de enojarse por ese tipo de atrevimiento por ser un amante innato de los buenos interrogantes.
_Disculpe, Profesor _dijo el hombre_, ¿puede responderme una pregunta?
_Sí, dígame _contestó Andrade riendo, viéndosela venir por la determinación del alumno.
_Veo que usted defiende mucho la idea de que Dios no existe. Pero observo también, sin dudar, algunas contradicciones al respecto.
_¿Cómo cuales? _preguntó el Profesor con su risa de anciano, poniéndose los anteojos y disfrutando como una golosina el cuestionamiento.
_La primera contradicción es que su negación de Dios no es total. Primero suele decir “si es que existe”, pero, si esto no alcanza, también dice que el hombre no tiene “ninguna redención”. Dígame, si somos los seres supremos, si el estándar somos nosotros mismos, ¿de qué somos culpables para necesitar algún perdón? ¿Ante quién tenemos que rendir cuentas?
_Ante las generaciones futuras _dijo el catedrático con poca firmeza. La indagación de su contraparte lo inhibió por extensa más que por difícil.
_Pero si la ley está basada en el pensamiento del hombre, en un futuro las generaciones quizá nos reivindiquen más que acusarnos. ¿Cuál es el concepto que ellas tendrán de la perfección? Usted mismo justifica a la humanidad por ser ignorante precisamente luego de señalar su “mayor falta”.
_Usted, joven, me pregunta eso porque debe tener en mente que solo un ser supremo es capas de medir correctamente al hombre. Pero el hombre puede perfeccionarse y tener conceptos mejores. La historia lo ha sabido demostrar.
_¿Cuánta historia más habrá que esperar para que el hombre halle paz, para que se perfeccione?
_No sé, en el sentido estricto de la palabra “perfección”, es notorio que no podemos fijar fecha _sonrió.
_Lo que más me preocupa a mí es saber cuánto ha inquirido usted en esto. Habla de “dioses y mitologías” cuando su guerra póstuma es contra Dios mismo, el Dios de la controversia para el ateísmo. Se que es algo más personal, disculpe.
_No, no. No te disculpes. Me parecen buenas tus preguntas. Hace tiempo que nadie razona bien así _comentó entusiasmado el Profesor_. La última vez que hablé del tema fue con un cristiano hace como diez años.
_Usted nos ha enseñado siempre que es importante razonar y cuestionar. Debe saber que la fe cristiana está basada totalmente en lo que dice la Biblia. ¿La leyó alguna vez?
_Hace mucho leí algunas partes.
_¿Usted acepta la idea de que, si acaso estuviera equivocado en su manera de pensar, no le espera un final feliz?
_Bueno, pero si vamos a empezar a preguntarnos qué viene después de esta vida, las teorías abundan.
_No estoy de acuerdo _dijo el alumno_: el razonamiento investigativo llevaría a dar prestigio y razón a algunas creencias más que a otras.
_¿Querés que te sea sincero? ¿Sabés por qué no puedo creer en Dios? Porque Él exige cosas que no puedo cumplir. ¿Vos podés no codiciar, no odiar, o decir siempre la verdad?
_No.
_¿Entonces de qué te sirve?
_Me sirve haber aprendido que estar en paz con Él no depende de lo que yo pueda lograr sino de la redención que Dios mismo me ha regalado por medio de Jesucristo.
_Mirá, dejémoslo ahí _pidió el anciano determinantemente para no prolongar la clase ante el naciente malestar de los demás estudiantes presentes; amablemente y sin dejar su buen humor de lado_. Te invitó a que después sigamos discutiendo el asunto.
_Será un gusto para mí. Le hago una última recomendación: investigue. ¿Qué puede perder?
La clase continuó con un silencio atípico. Aunque muchos de los presentes se apesadumbraron con la paciente discusión, otros querían seguir oyendo, querían que el idolatrado Dr. Andrade no perdiera ese invicto de tantos años. El joven hombre, de creencias intrigantes e identidad misteriosa, se retiró en un momento por causas desconocidas y, según se sabe, nunca más terminó la conversación con el septuagenario catedrático. Ese día, los cursantes dudaron de a quién creerle. La mayoría sintió por alguna razón que a lo mejor sería oportuno seguir el consejo del creyente ese sin que nadie lo supiera pero la totalidad traicionó sus instintos.
Cuando el Profesor de Antropología Dr. Ramiro Andrade dejó de existir, sus admiradores le tuvieron en lo más alto varios meses hasta encontrar a un reemplazante con ideas igual de acordes a la actualidad. Su legado aun permanece aunque no en el esplendor de antaño. El secreto máximo de este logro está en que nunca nadie supo que el anciano dedicó sus últimos días a estudiar Las Escrituras traicionando todo aquello que defendía. Hubiera bastado que salieran a la luz esas anotaciones, aquellos vestigios de conclusiones realizados con su letra imprenta manuscrita tan distinguida, para que toda su pirámide invertida se desmoronara. En una tira de papel encontrada en su Biblia escribió:
Génesis 3 – Isaías 53 – Marcos 15 y 16 – Colosenses 2
Así es. Andrade entendió que no había tenido en cuenta algo. Fue uno de esos hombres que, arrastrados por la falsamente llamada ciencia, tocan el cielo con las manos antes de sumergirse en el infierno seguidos por sus prosélitos.
Angel Katelo
Te invito a otro post que también te puede interesar: El Megamuro de Taringa.
¡GRACIAS POR PASAR!

