El Halloween es una festividad con la que ni de lejos me identifico y cuya presencia en mi país, Argentina, sólo puede explicarse como producto del mercantilismo y la penetración cultural. No es una fecha que se festeje espontánea o masivamente como en Estados Unidos, donde todos sabemos que goza de inmensa popularidad; pese a lo cual, creo que cada vezmás personas adhieren aquí a esa celebración. Es lamentable en cierta forma debido a la pérdida de la propia identidad cultural, que pasa a mimetizarse con la del poderoso imperio yanqui. Pero una cosa es eso, y otra muy distinta, la desproporcionada alharaca que suscita el Halloween en cierto número de personas, en su mayoría cristianos que, no hace falta decirlo, se oponen por motivos religiosos. Ya nos ocuparemos de estos motivos, pero antes detengámonos un momento en lo de la pérdida de la identidad cultural.
En Argentina, si lo pensamos, no existe tal identidad cultural. Ya mucho antes de la era de la globalización, la inmensa mayoría de los argentinos miraba con cierto desdén el folklore local o se desentendía de él, y sólo el tango gozaba de una cierta aceptación que no me explico del todo. Luego estaba el llamado rock nacional. Encuentro cómico que se me reproche mi abulia por esta último cuando, si vamos al caso, el rock no es un ritmo nacional, así que no oír rock nacional, y sí rock foráneo, muy poco tiene que ver con la defensa del patrimonio cultural. Tampoco es que haya que ir al otro extremo y poner el grito en el cielo contra quien guste del rock, que invadió nuestra cultura hace demasiado tiempo para protestar ahora contra él. Les guste o no a los paladines de lo autóctono, ya está integrado a nuestra cultura. Pero dado que el así llamado rock nacional no es sino una adaptación local de un ritmo extranjero, si alguien prefiere los originales extranjeros antes que las bandas vernáculas (a menudo malas copias de las de afuera) no puede acusársele, me parece, de no proteger lo nuestro, porque lo nuestro, estrictamente, serían ritmos como la zamba, el gato y la chacarera, no el rock.
No obstante, la citada incorporación del rock a la cultura argentina es una muestra de que la cultura es algo que evoluciona permanentemente, enriqueciéndose con nuevas influencias. La conquista española representó una especie de primera y cruel globalización para los pueblos autóctonos, muchos de los cuales, sin embargo, siguieron aferrados a sus viejas tradiciones en la medida en que ellos mismos sobrevivieron a las matanzas perpetradas por los invasores. Adrián Moyano, en Crónicas de la resistencia mapuche, explica cómo este pueblo consiguió preservar su propia espiritualidad a pesar de los sucesivos y eternos intentos de conversión al cristianismo. Pero, añade, ni siquiera los mapuche, pese a su historial de luchas contra los winka, los blancos, desdeñaron integrar ciertos elementos europeos a su civilización, como por ejemplo el caballo. Esa integración obedecía mayormente a razones de conveniencia, pero básicamente lo que detestaban era que por la fuerza se tratara de borrar íntegra su identidad étnica para reemplazarla por otra europeizada.
Ahora bien, argentinos no son sólo los mapuche, los wichi, los coyas y demás etnias autóctonas, y luego de la invasión española, sucesivas oleadas inmigratorias han hecho de nuestro pueblo una descomunal mezcolanza racial. En semejante contexto, definir qué se considera cultura nacional se complica, porque los descendientes de inmigrantes están en todo su derecho de amar al país y sentirse tan argentinos como cualquier otro, sin por ello renunciar del todo a las costumbres de sus ancestros. El descendiente de irlandeses que celebra la festividad de San Patricio y el hijo o nieto de japoneses apegado al haiku, al origami o al bushido son también argentinos, y sus colectividades se complacen en compartir sus costumbres y tradiciones con otros argentinos; y así es como las mismas, de a poco, empiezan a hacerse más conocidas entre la población.
Este es el contexto en el que la archifamosa globalización intenta imponer el Halloween, celebración a la que sin duda me sumaría gustoso si en esa fecha me hallara de turista en Yanquilandia, porque allí me contagiaría del entusiasmo general. Pero aquí, en Argentina, nada me induciría a participar del festejo, sobre todo porque ni siquiera hay tal festejo. Ningún chico vino a mi puerta pregonando el célebre ¡Trato o truco! con que la población infantil estadounidense se lanza en esa fecha a las calles en busca de golosinas, en ningún hogar vi el clásico Jack O'lantern, la no menos célebre calabaza ahuecada que es el mismísimo símbolo del Halloween. Así que, ¿de qué fiesta me hablan? Para peor, la TV por cable, en ocasión de la fecha, nos castiga con un aluvión de malas (en su mayoría) películas de terror. Nada de clásicos del género como Psicosis, Tarántula, Christine o La marca de la pantera, y sí engendros como Wolvesbayne y La invasión de las arañas.
¿Quiénes celebran el Halloween en Argentina? Bien, la verdad es que no tengo idea, pero podemos especular que, en su mayoría, son gente que gusta de las fiestas de disfraces, o de disfrazarse, al menos. Mucho antes de la globalización ya se hacían fiestas de disfraces en Argentina; no sé, entonces, qué es lo tan terrible de que estas fiestas se hagan en 31 de octubre y no en cualquier otra fecha. Si sólo es por la coincidencia con la fiesta yanqui, que me disculpen sus detractores, pero eso es llevar demasiado lejos, y hasta niveles ridículos, la supuesta o real defensa de la identidad cultural, sobre todo teniendo en cuenta que Coca-Cola y McDonald's, ambos de origen yanqui, no han prosperado en nuestro país sólo merced a gente ala que la identidad cultural le importa un bledo. Y así como quien ahora bebe Coca-Cola puede que más tarde disfrute de un buen mate amargo, no necesariamente quien asista el 31 de octubre a una fiesta de disfraces rechace una semana más tarde una invitación a una peña.
Responder quién más, quizás, festeje el Halloween, exige recordar que el origen de esta fiesta se encuentra en la antigua mitología celta, más precisamente en el Samhain, antigua festividad que se celebraba en la noche que iba del 31 de octubre al 1 de noviembre. John Sharkley, en su obra Misterios celtas, nos cuenta que era una celebración pastoral una vez recogidas las cosechas y efectuadas las ofrendas a los antepasados para compartir la buena suerte. Roberto Rosaspini Reynolds amplía esta información en su libro Magia Celta, de esta manera: Para el druida u oficiante pagano, el período de Samhain constituye la época más poderosa del año, pues es la que permite acceder con mayor facilidad a las energías del mundo espiritual, canalizadas por la presencia en el Mundo Intermedio de las almas de los ancestros y las deidades del Inframundo. Sin embargo, tmambién es época de precaverse contra la Cacería Salvaje o la Desdichada comitiva que los Sabuesos de Annwn llevan a cabo por esas fechas, que vibran con las energías de la muerte y la resurrección, el descenso a los reinos infernales y los más profundos viajes al interior del alma humana... Por lo tanto, la alimentación de los espíritus para el camino es parte importante del ritual, y se suelen colocar linternas con velas en las ventanas, para alumbrarlos en su largo viaje. Cabe destacar que ésos fueron los orígenes de las modernas costumbres de Halloween, en que las velas se colocan dentro de calabazas ahuecadas, proporcionando así a los espíritus iluminación y alimento al mismo tiempo. El mismo autor, en la citada obra, enumero los objetivos autoimpuestos por los druidas u oficiantes en esa fecha: Velar la muerte de la diosa y ofrecerle bendiciones y consuelo, deseándole una pronta y auspiciosa resurrección. Encender una vela para guiar a cada una de las deidades en su camino hacia el Inframundo; esas velas deberán permanecer encendidas hasta Yule. Ofrecerles libaciones a los dioses y alimentos en su honor, nombrándolos individualmente. Mencionar a cada uno las razones por las cuales serán extrañados, y asegurarles que su próxima resurrección en Yule será esperada con ansiedad. Darles la bienvenida a su regreso al Inframundo, deseándoles un viaje placentero. Crear un ritual con máscaras, simbolizando la presencia de los dioses, asegurándoles que, aunque en ese momento se encuentran viejos y débiles, su presencia es eterna y pronto se encontrarán de vuelta. Dramatizar su muerte y su reencarnación, asegurándoles luego que su energía contribuirá a ayudar a sus protegidos humanos. Compartir parte de su divina desaparición, demostrándoles que se comprenden los ciclos de la vida, la muerte y la resurrección. Pedirle a la Diosa Antigua que interceda por nosotros ante los demás dioses, solicitándoles sus favores y su beneplácito. Lástima que la Iglesia, en su constante esfuerzo por erradicar el paganismo, intentó cristianizar esa fecha, consagrándola a la Fiesta de Todos los Santos. De hecho, la palabra Halloween, aunque la fiesta retome cierta forma pagana, es una contracción de All-hallow's-even, "Víspera de Todos los Santos". Calculo que la mayoría de quienes celebran Halloween no deben acordarse ni de los antiguos espíritus celtas, ni de los santos cristianos. Pero de todos modos, veamos cómo interpretó el cristianismo el sentido del Samhain. Según un sitio cristiano, el origen de Halloween se remonta a un festival religioso de origen pagano, celebrado por los Celtas antes del Cristianismo. En sus creencias, ellos pensaban que en la noche del 31 de Octubre el Dios Samhain liberaba a los espíritus de los muertos haciendo que fueran de casa en casa a visitar los parientes. Si estos no le presentaban ofrendas, eran hechizados y castigados por los espíritus. Mas tarde, los sacerdotes de este dios eran los que recogían las ofrendas y se eran satisfactorias, les dejaban una luz, o linterna, en la puerta que le llamaban la "Jack-o-Lantern". Durante estas fiestas sacrificaban muchas personas al dios Celta por medio del fuego, y de acuerdo a la forma en que resultaban quemadas, pronosticaban la buena y la mala suerte... Esta festividad ha estado ligada desde sus albores en la Edad Media con la brujería y el satanismo. Actualmente confrontamos en este país una intensa actividad satánica con templos y con sacerdotes que se presentan en show nacionales y en cadenas de televisión, los cuales son amparados por la Enmienda #1 de la Constitución, y llevan toda una secuela de asesinatos rituales que hemos visto con horror en los noticieros.... Halloween no es una fiesta inocente. El año pasado una cadena nacional dio la noticia que estaba prohibido adoptar gatos negros durante el mes de octubre en los albergues de animales, debido al alto por ciento de reclamos para presuntos sacrificios durante este mes.... Los símbolos de Halloween son símbolos de muerte y de horror. El ambiente que rodea esta fiesta es de temor. Ese día grandes contingentes de policías tienen que patrullar las calles mientras escuchamos las restantes semanas, noticias de terribles dramas ocurridos ese día... Las iglesias satánicas celebran grandes cultos de sacrificios ese día, ya que es la fiesta más grande e importante de todo el año para ellos. Inclusive por televisión y radio, conocidos astrólogos hablan de la fecha. ( http://www.nuestraedad.com.mx/halloween.htm ) .
Los datos que recoge este sitio cristiano no proceden de una fuente imparcial, sino de otro sitio cristiano que se indica al pie. En otro sitio más imparcial, en inglés, cuyo enlace adjuntamos, , se cita un artículo de National Geographic, según el cual lo de los gatos negros sería un mito urbano. Podríamos seguir enumerando sitios cristianos de Internet que abordan el Halloween desde una óptica igualmente llena de prejuicios y fantasías, pero no tengo tiempo ni paciencia.
La crítica más razonable o atendible que escuché del Halloween a algún cristiano tenía que ver con el mercantilismo que trae aparejado. Por una vez estaría de acuerdo, lástima que idéntico mercantilismo, mucho más descarado e infinitamente más reprochable, surge en ocasión de Pascuas o de Navidad, fiesta esta última que, según veremos, tiene notables paralelismos con Halloween. No sé si los precios de los disfraces se van a las nubes en Halloween; sin embargo, si así sucediera,habría que convenir de todos modos en que no es traumático, en razón de precios exorbitantes, prescindir de disfrazarse aunque uno deseara hacerlo. Pero que en Navidad, la supuesta fiesta de la paz y el amor, los precios de distintos alimentos se encarezcan hasta la exageración, como en efecto sucede, es sencillamente inadmisible. Ya que, precisamente por tratarse de la fiesta de la paz y el amor, los precios de los alimentos deberían más bien abaratarse, para que nadie deba pasar hambre en esa fecha. Pero la mayoría de los cristianos con los que he debatido este punto se muestran incomprensiblemente tolerantes hacia esta forma de mercantilismo, aunque condenen el que aparece en Halloween.
Y ya que con este tema del mercantilismo empezamos a enumerar las similitudes entre el Halloween y la Navidad, sigamos: ambas fiestas tienen origen pagano. Porque Jesús, ya es sabido por todos, no nació un 25 de diciembre: convencionalmente se eligió esa fecha para conmemorar el evento, para hacerlo coincidir con diversas festividades paganas, entre ellas el nacimiento de Mitra, las Saturnalias y el Yule, citada esta última, lo hemos visto, por Rosaspini Reynolds, al mencionar que las velas del Samhain debían permanecer encendidas hasta Yule, que era una fiesta de resurrección. Y si decíamos que quienes festejan Halloween no tienen presentes ni a los espíritus celtas ni a los santos cristianos, admitamos que muy poca gente, en Navidad, se acuerda realmente del nacimiento de Jesús (ni del de Mitra, ni de las Saturnalias ni del Yule). Para ser francos, la mayoría de la gente, en Navidad, se acuerda en primer lugar de engullir con tal glotonería que daría la impresión, en realidad, de que los comestibles en realidad no se han encarecido lo suficiente; mundanidad en la que yo mismo incurro a veces. Así, más que del cumpleaños de Jesús, parecería que se tratara de una orgía de la Roma pagana. Luego está la eterna pirotecnia. Si vamos a prohibir Halloween por daños no comprobados a gatos negros, tendríamos que prohibir Navidad, con mayor razón, por daños auditivos sí comprobados a perros y gatos de todos los colores; amén de la extraordinaria afluencia infantil al Instituto del Quemado, de donde vuelven a egresar, a veces con dedos amputados u otras "lindezas". ¿No tenemos los cristianos por ahí un mandamiento que nos ordena santificar las fiestas? ¿Esa es nuestra manera de santificarlas?
Claro que también hay otro que nos ordena no mentir, pero en Navidad, la amnesia parece epidémica entre los cristianos, y así llegamos a la que a mí me parece la mayor infamia navideña: Papá Noel, Santa Claus, San Nicolás o como quiera llamársele. So pretexto de solazarse en la inocencia infantil, miles de padres alrededor del mundo engañan a sus hijos con la figura de este personaje gordinflón cuya popular imagen es sólo debido a una remodelación del personaje que alguna vez Coca-Cola encargó al pintor Habdon Subdlom. Francamente, cómo a los padres no se les cae la cara al engañar así a sus propios hijos, es lo que no logro entender. En algún sitio cristiano leí algo así como que es inmoral que los niños se disfracen de brujas, monstruos, diablos y cosas por el estilo; ¿y disfrazarse para engañar a los propios hijos sí es lícito? Para colmo, a todos los niños se los extorsiona con que se porten bien todo el año, para que en Navidad Papá Noel les traiga un lindo juguete, que le pedirán expresamente por carta. Y a veces resulta que un crío insufrible recibe un juguete mejor que el que obtiene un niño modelo, obviamente cuando los padres del primero están en mejor posición económica que el segundo. Calculo que todo esto debe provocar envidias y otros sentimientos no muy dignos de la fecha. Algunos de estos niños, al crecer, confiesan que cuando por fin los desengañaron, se sintieron muy estúpidos.
Podríamos añadir, al saldo habitual de la Navidad, borracheras, grescas, tiros al aire que terminan en muertes accidentales y otras cosas por el estilo; sin embargo, no es culpa de la Navidad, y no digamos ya de Nuestro Señor. Pero seamos coherentes entonces, y dejemos de darle con un caño al Halloween, al Samhain y al neopaganismo. Porque me parece que ése es el verdadero meollo de la cuestión: el paganismo renace en todo el mundo, convenientemente reformado y despojado, por ejemplo, de sacrificios humanos, aunque estoy seguro de que a muchos fundamentalistas cristianos les fascinaría creer que dichos sacrificios siguen vigentes. Entre estos cultos neopaganos hay algunos, como el wicca, cuya espiritualidad es la de los antiguos celtas, convenientemente remozada. Por lo tanto, estos neopaganos festejan el Samhain o, si se lo prefiere, el Halloween, y calculo que eso es lo que le da rabia a la Iglesia: que muchos de sus fieles de hecho o potenciales regresan a los antiguos credos politeístas, haciendo fracasar cientos de años de evangelización. Lamento decir que, en cualquier caso, siento menos olor a azufre infernal en una niña disfrazada de bruja, que en el cristiano que se escandaliza al verla así; sinceramente, esta última actitud me recuerda el tufo a carne quemada de las hogueras de la brujomanía, de las que, parece, no estamos tan lejos. Los horrores que, en aras de la fe, perpetró la Iglesia en el pasado, deberían hacerla más cauta. ¡Vana esperanza!... La oigo despotricar contra zonceras de escaso fundamento, reprochar la paja en el ojo ajeno y no ver las muchas vigas en el propio, y francamente me rebelo. Sólo el hecho de ser un sincero creyente en Cristo me impide sumarme a cualquiera de los tantos movimientos neopaganos que andan surgiendo por ahí. Pero quede claro, en la medida en que la Iglesia o sus fieles sigan con ridículas actitudes santurronas, la feligresía seguirá decreciendo, y no por culpa del neopaganismo, sino por obra de la propia Iglesia. Ni el neopaganismo ni ningún otro culto provoca deserciones en las filas de la Iglesia, sino que ésta logra hartar a sus fieles, que emigran en busca, a menudo, de otros sitios donde hallar la espiritualidad que necesitan.
Feliz Samhain para los neopaganos, feliz Halloween a quienes vayan a celebrarlo... Y a los demás, simplemente, les deseo un buen día.
En Argentina, si lo pensamos, no existe tal identidad cultural. Ya mucho antes de la era de la globalización, la inmensa mayoría de los argentinos miraba con cierto desdén el folklore local o se desentendía de él, y sólo el tango gozaba de una cierta aceptación que no me explico del todo. Luego estaba el llamado rock nacional. Encuentro cómico que se me reproche mi abulia por esta último cuando, si vamos al caso, el rock no es un ritmo nacional, así que no oír rock nacional, y sí rock foráneo, muy poco tiene que ver con la defensa del patrimonio cultural. Tampoco es que haya que ir al otro extremo y poner el grito en el cielo contra quien guste del rock, que invadió nuestra cultura hace demasiado tiempo para protestar ahora contra él. Les guste o no a los paladines de lo autóctono, ya está integrado a nuestra cultura. Pero dado que el así llamado rock nacional no es sino una adaptación local de un ritmo extranjero, si alguien prefiere los originales extranjeros antes que las bandas vernáculas (a menudo malas copias de las de afuera) no puede acusársele, me parece, de no proteger lo nuestro, porque lo nuestro, estrictamente, serían ritmos como la zamba, el gato y la chacarera, no el rock.
No obstante, la citada incorporación del rock a la cultura argentina es una muestra de que la cultura es algo que evoluciona permanentemente, enriqueciéndose con nuevas influencias. La conquista española representó una especie de primera y cruel globalización para los pueblos autóctonos, muchos de los cuales, sin embargo, siguieron aferrados a sus viejas tradiciones en la medida en que ellos mismos sobrevivieron a las matanzas perpetradas por los invasores. Adrián Moyano, en Crónicas de la resistencia mapuche, explica cómo este pueblo consiguió preservar su propia espiritualidad a pesar de los sucesivos y eternos intentos de conversión al cristianismo. Pero, añade, ni siquiera los mapuche, pese a su historial de luchas contra los winka, los blancos, desdeñaron integrar ciertos elementos europeos a su civilización, como por ejemplo el caballo. Esa integración obedecía mayormente a razones de conveniencia, pero básicamente lo que detestaban era que por la fuerza se tratara de borrar íntegra su identidad étnica para reemplazarla por otra europeizada.
Ahora bien, argentinos no son sólo los mapuche, los wichi, los coyas y demás etnias autóctonas, y luego de la invasión española, sucesivas oleadas inmigratorias han hecho de nuestro pueblo una descomunal mezcolanza racial. En semejante contexto, definir qué se considera cultura nacional se complica, porque los descendientes de inmigrantes están en todo su derecho de amar al país y sentirse tan argentinos como cualquier otro, sin por ello renunciar del todo a las costumbres de sus ancestros. El descendiente de irlandeses que celebra la festividad de San Patricio y el hijo o nieto de japoneses apegado al haiku, al origami o al bushido son también argentinos, y sus colectividades se complacen en compartir sus costumbres y tradiciones con otros argentinos; y así es como las mismas, de a poco, empiezan a hacerse más conocidas entre la población.
Este es el contexto en el que la archifamosa globalización intenta imponer el Halloween, celebración a la que sin duda me sumaría gustoso si en esa fecha me hallara de turista en Yanquilandia, porque allí me contagiaría del entusiasmo general. Pero aquí, en Argentina, nada me induciría a participar del festejo, sobre todo porque ni siquiera hay tal festejo. Ningún chico vino a mi puerta pregonando el célebre ¡Trato o truco! con que la población infantil estadounidense se lanza en esa fecha a las calles en busca de golosinas, en ningún hogar vi el clásico Jack O'lantern, la no menos célebre calabaza ahuecada que es el mismísimo símbolo del Halloween. Así que, ¿de qué fiesta me hablan? Para peor, la TV por cable, en ocasión de la fecha, nos castiga con un aluvión de malas (en su mayoría) películas de terror. Nada de clásicos del género como Psicosis, Tarántula, Christine o La marca de la pantera, y sí engendros como Wolvesbayne y La invasión de las arañas.
¿Quiénes celebran el Halloween en Argentina? Bien, la verdad es que no tengo idea, pero podemos especular que, en su mayoría, son gente que gusta de las fiestas de disfraces, o de disfrazarse, al menos. Mucho antes de la globalización ya se hacían fiestas de disfraces en Argentina; no sé, entonces, qué es lo tan terrible de que estas fiestas se hagan en 31 de octubre y no en cualquier otra fecha. Si sólo es por la coincidencia con la fiesta yanqui, que me disculpen sus detractores, pero eso es llevar demasiado lejos, y hasta niveles ridículos, la supuesta o real defensa de la identidad cultural, sobre todo teniendo en cuenta que Coca-Cola y McDonald's, ambos de origen yanqui, no han prosperado en nuestro país sólo merced a gente ala que la identidad cultural le importa un bledo. Y así como quien ahora bebe Coca-Cola puede que más tarde disfrute de un buen mate amargo, no necesariamente quien asista el 31 de octubre a una fiesta de disfraces rechace una semana más tarde una invitación a una peña.
Responder quién más, quizás, festeje el Halloween, exige recordar que el origen de esta fiesta se encuentra en la antigua mitología celta, más precisamente en el Samhain, antigua festividad que se celebraba en la noche que iba del 31 de octubre al 1 de noviembre. John Sharkley, en su obra Misterios celtas, nos cuenta que era una celebración pastoral una vez recogidas las cosechas y efectuadas las ofrendas a los antepasados para compartir la buena suerte. Roberto Rosaspini Reynolds amplía esta información en su libro Magia Celta, de esta manera: Para el druida u oficiante pagano, el período de Samhain constituye la época más poderosa del año, pues es la que permite acceder con mayor facilidad a las energías del mundo espiritual, canalizadas por la presencia en el Mundo Intermedio de las almas de los ancestros y las deidades del Inframundo. Sin embargo, tmambién es época de precaverse contra la Cacería Salvaje o la Desdichada comitiva que los Sabuesos de Annwn llevan a cabo por esas fechas, que vibran con las energías de la muerte y la resurrección, el descenso a los reinos infernales y los más profundos viajes al interior del alma humana... Por lo tanto, la alimentación de los espíritus para el camino es parte importante del ritual, y se suelen colocar linternas con velas en las ventanas, para alumbrarlos en su largo viaje. Cabe destacar que ésos fueron los orígenes de las modernas costumbres de Halloween, en que las velas se colocan dentro de calabazas ahuecadas, proporcionando así a los espíritus iluminación y alimento al mismo tiempo. El mismo autor, en la citada obra, enumero los objetivos autoimpuestos por los druidas u oficiantes en esa fecha: Velar la muerte de la diosa y ofrecerle bendiciones y consuelo, deseándole una pronta y auspiciosa resurrección. Encender una vela para guiar a cada una de las deidades en su camino hacia el Inframundo; esas velas deberán permanecer encendidas hasta Yule. Ofrecerles libaciones a los dioses y alimentos en su honor, nombrándolos individualmente. Mencionar a cada uno las razones por las cuales serán extrañados, y asegurarles que su próxima resurrección en Yule será esperada con ansiedad. Darles la bienvenida a su regreso al Inframundo, deseándoles un viaje placentero. Crear un ritual con máscaras, simbolizando la presencia de los dioses, asegurándoles que, aunque en ese momento se encuentran viejos y débiles, su presencia es eterna y pronto se encontrarán de vuelta. Dramatizar su muerte y su reencarnación, asegurándoles luego que su energía contribuirá a ayudar a sus protegidos humanos. Compartir parte de su divina desaparición, demostrándoles que se comprenden los ciclos de la vida, la muerte y la resurrección. Pedirle a la Diosa Antigua que interceda por nosotros ante los demás dioses, solicitándoles sus favores y su beneplácito. Lástima que la Iglesia, en su constante esfuerzo por erradicar el paganismo, intentó cristianizar esa fecha, consagrándola a la Fiesta de Todos los Santos. De hecho, la palabra Halloween, aunque la fiesta retome cierta forma pagana, es una contracción de All-hallow's-even, "Víspera de Todos los Santos". Calculo que la mayoría de quienes celebran Halloween no deben acordarse ni de los antiguos espíritus celtas, ni de los santos cristianos. Pero de todos modos, veamos cómo interpretó el cristianismo el sentido del Samhain. Según un sitio cristiano, el origen de Halloween se remonta a un festival religioso de origen pagano, celebrado por los Celtas antes del Cristianismo. En sus creencias, ellos pensaban que en la noche del 31 de Octubre el Dios Samhain liberaba a los espíritus de los muertos haciendo que fueran de casa en casa a visitar los parientes. Si estos no le presentaban ofrendas, eran hechizados y castigados por los espíritus. Mas tarde, los sacerdotes de este dios eran los que recogían las ofrendas y se eran satisfactorias, les dejaban una luz, o linterna, en la puerta que le llamaban la "Jack-o-Lantern". Durante estas fiestas sacrificaban muchas personas al dios Celta por medio del fuego, y de acuerdo a la forma en que resultaban quemadas, pronosticaban la buena y la mala suerte... Esta festividad ha estado ligada desde sus albores en la Edad Media con la brujería y el satanismo. Actualmente confrontamos en este país una intensa actividad satánica con templos y con sacerdotes que se presentan en show nacionales y en cadenas de televisión, los cuales son amparados por la Enmienda #1 de la Constitución, y llevan toda una secuela de asesinatos rituales que hemos visto con horror en los noticieros.... Halloween no es una fiesta inocente. El año pasado una cadena nacional dio la noticia que estaba prohibido adoptar gatos negros durante el mes de octubre en los albergues de animales, debido al alto por ciento de reclamos para presuntos sacrificios durante este mes.... Los símbolos de Halloween son símbolos de muerte y de horror. El ambiente que rodea esta fiesta es de temor. Ese día grandes contingentes de policías tienen que patrullar las calles mientras escuchamos las restantes semanas, noticias de terribles dramas ocurridos ese día... Las iglesias satánicas celebran grandes cultos de sacrificios ese día, ya que es la fiesta más grande e importante de todo el año para ellos. Inclusive por televisión y radio, conocidos astrólogos hablan de la fecha. ( http://www.nuestraedad.com.mx/halloween.htm ) .
Los datos que recoge este sitio cristiano no proceden de una fuente imparcial, sino de otro sitio cristiano que se indica al pie. En otro sitio más imparcial, en inglés, cuyo enlace adjuntamos, , se cita un artículo de National Geographic, según el cual lo de los gatos negros sería un mito urbano. Podríamos seguir enumerando sitios cristianos de Internet que abordan el Halloween desde una óptica igualmente llena de prejuicios y fantasías, pero no tengo tiempo ni paciencia.
La crítica más razonable o atendible que escuché del Halloween a algún cristiano tenía que ver con el mercantilismo que trae aparejado. Por una vez estaría de acuerdo, lástima que idéntico mercantilismo, mucho más descarado e infinitamente más reprochable, surge en ocasión de Pascuas o de Navidad, fiesta esta última que, según veremos, tiene notables paralelismos con Halloween. No sé si los precios de los disfraces se van a las nubes en Halloween; sin embargo, si así sucediera,habría que convenir de todos modos en que no es traumático, en razón de precios exorbitantes, prescindir de disfrazarse aunque uno deseara hacerlo. Pero que en Navidad, la supuesta fiesta de la paz y el amor, los precios de distintos alimentos se encarezcan hasta la exageración, como en efecto sucede, es sencillamente inadmisible. Ya que, precisamente por tratarse de la fiesta de la paz y el amor, los precios de los alimentos deberían más bien abaratarse, para que nadie deba pasar hambre en esa fecha. Pero la mayoría de los cristianos con los que he debatido este punto se muestran incomprensiblemente tolerantes hacia esta forma de mercantilismo, aunque condenen el que aparece en Halloween.
Y ya que con este tema del mercantilismo empezamos a enumerar las similitudes entre el Halloween y la Navidad, sigamos: ambas fiestas tienen origen pagano. Porque Jesús, ya es sabido por todos, no nació un 25 de diciembre: convencionalmente se eligió esa fecha para conmemorar el evento, para hacerlo coincidir con diversas festividades paganas, entre ellas el nacimiento de Mitra, las Saturnalias y el Yule, citada esta última, lo hemos visto, por Rosaspini Reynolds, al mencionar que las velas del Samhain debían permanecer encendidas hasta Yule, que era una fiesta de resurrección. Y si decíamos que quienes festejan Halloween no tienen presentes ni a los espíritus celtas ni a los santos cristianos, admitamos que muy poca gente, en Navidad, se acuerda realmente del nacimiento de Jesús (ni del de Mitra, ni de las Saturnalias ni del Yule). Para ser francos, la mayoría de la gente, en Navidad, se acuerda en primer lugar de engullir con tal glotonería que daría la impresión, en realidad, de que los comestibles en realidad no se han encarecido lo suficiente; mundanidad en la que yo mismo incurro a veces. Así, más que del cumpleaños de Jesús, parecería que se tratara de una orgía de la Roma pagana. Luego está la eterna pirotecnia. Si vamos a prohibir Halloween por daños no comprobados a gatos negros, tendríamos que prohibir Navidad, con mayor razón, por daños auditivos sí comprobados a perros y gatos de todos los colores; amén de la extraordinaria afluencia infantil al Instituto del Quemado, de donde vuelven a egresar, a veces con dedos amputados u otras "lindezas". ¿No tenemos los cristianos por ahí un mandamiento que nos ordena santificar las fiestas? ¿Esa es nuestra manera de santificarlas?
Claro que también hay otro que nos ordena no mentir, pero en Navidad, la amnesia parece epidémica entre los cristianos, y así llegamos a la que a mí me parece la mayor infamia navideña: Papá Noel, Santa Claus, San Nicolás o como quiera llamársele. So pretexto de solazarse en la inocencia infantil, miles de padres alrededor del mundo engañan a sus hijos con la figura de este personaje gordinflón cuya popular imagen es sólo debido a una remodelación del personaje que alguna vez Coca-Cola encargó al pintor Habdon Subdlom. Francamente, cómo a los padres no se les cae la cara al engañar así a sus propios hijos, es lo que no logro entender. En algún sitio cristiano leí algo así como que es inmoral que los niños se disfracen de brujas, monstruos, diablos y cosas por el estilo; ¿y disfrazarse para engañar a los propios hijos sí es lícito? Para colmo, a todos los niños se los extorsiona con que se porten bien todo el año, para que en Navidad Papá Noel les traiga un lindo juguete, que le pedirán expresamente por carta. Y a veces resulta que un crío insufrible recibe un juguete mejor que el que obtiene un niño modelo, obviamente cuando los padres del primero están en mejor posición económica que el segundo. Calculo que todo esto debe provocar envidias y otros sentimientos no muy dignos de la fecha. Algunos de estos niños, al crecer, confiesan que cuando por fin los desengañaron, se sintieron muy estúpidos.
Podríamos añadir, al saldo habitual de la Navidad, borracheras, grescas, tiros al aire que terminan en muertes accidentales y otras cosas por el estilo; sin embargo, no es culpa de la Navidad, y no digamos ya de Nuestro Señor. Pero seamos coherentes entonces, y dejemos de darle con un caño al Halloween, al Samhain y al neopaganismo. Porque me parece que ése es el verdadero meollo de la cuestión: el paganismo renace en todo el mundo, convenientemente reformado y despojado, por ejemplo, de sacrificios humanos, aunque estoy seguro de que a muchos fundamentalistas cristianos les fascinaría creer que dichos sacrificios siguen vigentes. Entre estos cultos neopaganos hay algunos, como el wicca, cuya espiritualidad es la de los antiguos celtas, convenientemente remozada. Por lo tanto, estos neopaganos festejan el Samhain o, si se lo prefiere, el Halloween, y calculo que eso es lo que le da rabia a la Iglesia: que muchos de sus fieles de hecho o potenciales regresan a los antiguos credos politeístas, haciendo fracasar cientos de años de evangelización. Lamento decir que, en cualquier caso, siento menos olor a azufre infernal en una niña disfrazada de bruja, que en el cristiano que se escandaliza al verla así; sinceramente, esta última actitud me recuerda el tufo a carne quemada de las hogueras de la brujomanía, de las que, parece, no estamos tan lejos. Los horrores que, en aras de la fe, perpetró la Iglesia en el pasado, deberían hacerla más cauta. ¡Vana esperanza!... La oigo despotricar contra zonceras de escaso fundamento, reprochar la paja en el ojo ajeno y no ver las muchas vigas en el propio, y francamente me rebelo. Sólo el hecho de ser un sincero creyente en Cristo me impide sumarme a cualquiera de los tantos movimientos neopaganos que andan surgiendo por ahí. Pero quede claro, en la medida en que la Iglesia o sus fieles sigan con ridículas actitudes santurronas, la feligresía seguirá decreciendo, y no por culpa del neopaganismo, sino por obra de la propia Iglesia. Ni el neopaganismo ni ningún otro culto provoca deserciones en las filas de la Iglesia, sino que ésta logra hartar a sus fieles, que emigran en busca, a menudo, de otros sitios donde hallar la espiritualidad que necesitan.
Feliz Samhain para los neopaganos, feliz Halloween a quienes vayan a celebrarlo... Y a los demás, simplemente, les deseo un buen día.