¡CORSARIOS!
Amigos, saludos cordiales.
Reuní en este post la obra de dos historiadores: por un lado Clarence H. Haring, que hace un concienzudo análisis acerca del comercio español con sus colonias en el documentado libro Comercio y Navegación entre España y las Indias, y por otro lado, la obra de Alfonso Toro, que trata más específicamente la relación más específica de la piratería con la Nueva España, en su ameno libro Historia de México 2, Dominación española. Espero que ambas breves selecciones sean de tu agrado e interés.
Para ver las entregas anteriores de la serie de la Nueva España:
Corsarios berberiscos.
¡Corsarios!
La piratería se había transformado en una institución entre los pueblos navegantes de la Europa Occidental siglos antes del descubrimiento de América, y los piratas franceses, ingleses e irlandeses no sólo infestaban las aguas alrededor de la Gran Bretaña, sino que avanzaban al sur por las costas de España, Portugal y las Azores. A veces navegaban con patentes de sus propios gobiernos, pero por lo general proseguían su práctica primitiva sin atender a los usos de la política internacional, aunque es cierto que en época del Renacimiento, cuando apenas surgían los Estados nacionales y la diplomacia se hallaba en sus confusos e inmorales comienzos, a menudo era imposible definir satisfactoriamente cuál podía ser la situación de las relaciones internacionales.
Ya descubierto el hemisferio occidental, el campo de acción amplióse inmensamente para los corsarios, que se propusieron apropiarse de una participación en las famosas riquezas del Nuevo Mundo, atacando a los bajeles hispanos que volvían de aquellos remotos Eldorados. Rondaban por los archipiélagos de las Azores y las Canarias, donde los barcos procedentes del Oeste acostumbraban hacer su primera escala y cuando la presencia de buques de guerra españoles reducíalos a situación precaria, transferían sus operaciones a aguas americanas. Las memorias correspondientes a la primera mitad del siglo XVI abundaban en referencias sobre la captura de barcas en esas regiones y sobre ataques contra La Habana, Santiago de Cuba, Santo Domingo y otras ciudades situadas en las costas del Mar Caribe.
Clarence H. Haring, Comercio y Navegación entre España y las Indias, F.C.E., México, 1984.
Muralla y baluarte en Campeche.
Los primeros corsarios fueron franceses, y contaron con la ayuda indirecta de Francisco I, que no podía ver con buenos ojos el enriquecimiento del rey de España.
Los provechos obtenidos en la expediciones contra el Nuevo Mundo, en que se asaltaban poblaciones marítimas, atrajeron bien pronto a los ingleses y a los holandeses, a quienes siguieron aventureros de todos los países, que encontraban grandes atractivos en jugarse la vida, movidos por el deseo de adquirir rápidamente una gran fortuna que les permitiera entregarse a todo género de placeres.
Esos ladrones marítimos llegaron a ser los verdaderos reyes del mar, con los varios nombres de bucaneros, filibusteros y hermanos de la costa, y aun a apoderarse de manera permanente de algunas islas de las Antillas donde establecieron sus guaridas, como Jamaica, la Isla de las Tortugas y Santo Domingo.
La actividad de los corsarios, iniciada a principios del siglo XVI, va en aumento conforme el poderío de España va decayendo, y casi concluye a fines del siglo siguiente, aunque aumenta el contrabando.
Los corsarios estorbaban la libre llegada de las flotas, y , aprovechándose de esta circunstancia, introducían mercancías extranjeras sin pagar derechos.
John Hawkins.
Entre las expediciones de los corsarios más importantes efectuadas contra la Nueva España, se encuentran el desembarco en Veracruz por Sir John Hawkins o Juan de Aquino, como lo llamaban los españoles, quien se apoderó de la isla de Sacrificios en 1568, deteniéndose allí varios días. En ella se encontraba, cuando llegó la flota que conducía al virrey D. Martín Enrique de Almansa. Este, aunque celebró un tratado con los piratas, faltando a su palabra, atacó a los corsarios , derrotándolos por completo, y haciéndoles varios prisioneros que fueron entregados a la Inquisición como herejes. Según la relación de Miles Philips, uno de ellos, los españoles atacaron a los ingleses a traición.
En 1571, varios corsarios franceses desembarcaron en Sisal, y llegaron hasta Hunnucmá, saqueando e incendiando los poblados. El gobernador de Yucatán mandó perseguirlos, sin resultado; pues antes se hicieron a la mar, y quizá los mismos desembarcaron también en Cozumel, donde fueron derrotados por los vecinos de la isla.
Francis Drake.
En 1586, Francisco Drake, el más valiente y audaz de los corsarios, protestante convencido y enemigo acérrimo de los españoles, cuya lengua hablaba a la perfección, pasó por primera vez del Atlántico al Pacífico, e hizo flotar allí antes que nadie el pabellón inglés. Después de varios combates y depredaciones en la América del Sur, se situó en el cabo de san Lucas, y apresó el galeón de Filipinas Santa Ana, que traía un riquísimo cargamento de oro, sedas y mercancías de China y el Japón, y tras de apoderarse de las cosas de valor, quemó la nave, abandonando allí a la tripulación, la que pudo salvarse reparando el casco de la incendiada embarcación.
Fuerte de San Diego, bahía de Acapulco.
El virrey mandó fuerzas de Acapulco a perseguir a Drake, al mando del doctor Palacios, pero nada hicieron de provecho, porque ya el adversario había zarpado con su presa.
En 1598, William Park, Parque, como le llamaban los españoles, al frente de tres naves, desembarcó de noche y por sorpresa, y se introdujo en Campeche, saqueando la ciudad impunemente, pues la mayoría de los vecinos huyó al darse cuenta de la presencia de los piratas, con excepción de unos pocos que se hicieron fuertes en el convento de San Francisco. Al amanecer, los refugiados en el convento debidamente armados, ocuparon las bocacalles por donde debían atravesar los piratas al retirarse cargados con el botín, y los atacaron, derrotándolos y obligándolos a reembarcarse, con pérdida de gran parte del producto del saqueo.
Los triunfadores hicieron varios prisioneros, y entre ellos a un vecino llamado Juan Venturate, que había servido de guía a los piratas. Lleváronlo las autoridades a la plaza pública, y lo condenaron a morir atenaceado, arrancándole las carnes, las mujeres, con tenazas candentes.
El mismo Park intentó desembarcar el otros lugares de Yucatán, pero sin resultado, pues due derrotado en todas partes donde lo intentó.
Las guerras que seguía España contra Francia y Holanda en la primera mitad del siglo XVII, tuvieron su repercusión en la Nueva España. Una escuadra holandesa al mando de Shapenham, se apoderó a fines de 1623 de Acapulco, sin que la guarnición hiciera resistencia; pero debido a las enfermedades y falta de municiones, tuvo de retirarse de allí a poco.
Pero los holandeses eran infatigables, y sus buques acabaron por hacer dificilísimo el comercio entre Filipinas y la Nueva España, así como la comunicación con la metrópoli.
El 12 de agosto de 1633, el corsario holandés Pata de Palo saqueaba Campeche, se apoderaba de cuatro embarcaciones que había en el puerto, quemaba cuatro más y se alejaba sin ser perseguido.
Desde 1656, la isla de Jamaica, de que se apoderaron los ingleses, se convirtió en un centro de piratería y contrabando. Los corsarios, de acuerdo con algunos comerciantes de las colonias, no solo defraudaban al fisco, sino que con sus ligeras embarcaciones se atrevían a hacer frente a las flotas españolas. El comercio de buena fe recibía con esto graves perjuicios, sin que el gobierno fuera capaz de defender los intereses de sus súbditos, pues aún cuando desde 1640 se formó la armada de Barlovento,, fue ésta de más costo que utilidad.
Mapa antiguo de Jamaica.
El virrey don Francisco Fernández de la Cueva, duque de Alburquerque, mandó fuerzas para recuperar Jamaica, las que obtuvieron algunas victorias sobre los ingleses, pero la insalubridad del clima los obligó a retirarse.
En 1670, se celebró un tratado de paz con Inglaterra, en el que se prohibió el comercio entre las colonias de ambos países.
Wahagan Linch, gobernador de Jamaica, en cumplimiento de ese tratado, ahorcó a varios piratas, lo que los atemorizó tanto a ellos como a los contrabandistas, con lo que casi cesó el comercio inmoral que hacían con la Nueva España.
A pesar de ello, los habitantes de las poblaciones marítimas del Golfo vivían en perpetua zozobra, y Belice se había convertido en una especie de cuartel general de los piratas ingleses, que allí habían establecido cortes de madera.
Pero de todas las incursiones piráticas en nuestro territorio durante la época colonial, ninguna dejó recuerdo tan hondo y perdurable como el saqueo de Veracruz.
Fuerte de San Juan de Ulúa.
El 18 de mayo de 1683, al amanecer, desembarcaron en Veracruz, de dos navíos de alto bordo, más de seiscientos piratas, aclamando, al son de los pífanos y tambores y descargas, al rey de Francia, y matando a cuantos encontraban al paso. Aquellas fuerzas, mandadas por Nicolás de Agramont, y conducidas por el mulato Lorenzo Jácome, conocido por el nombre de Lorencillo, se apoderaron de la ciudad, entraron en las casas rompiendo las puertas a hachazos, y aprehendieron a los vecinos, que semidesnudos fueron llevados a la iglesia, donde se hacinaron más de seis mil prisioneros, sin distinción de sexo ni edad, rodeándose el edificio de cañones y barriles de pólvora, con amenaza de volar el edificio si no entregaban sus tesoros. La soldadesca se entregó al saqueo más desenfrenado y a los excesos más criminales, calculándose que los piratas recogieron un botín que no valía menos de cuatro millones de pesos.
Los piratas no se reembarcaron, sino hasta el sábado 23 dejando en la isla de Sacrificios abandonados a los vecinos que se habían llevado como rehenes. Murieron en aquella ocurrencia más de trescientas personas, y las pérdidas se estimaron en más de siete millones de pesos.
El 21, en que se supo en México el desembarco de los piratas, el virrey levantó fuerzas y las puso a las órdenes del conde de Santiago; pero como siempre, cuando llegaron ya el enemigo se había alejado de las costas.
Dos años después el mismo Lorencillo se apoderó de Campeche, que sufrió igual suerte que Veracruz.
En 1690, tropas españolas, juntamente con otras reclutadas en nuestro país, que se trasladaron en la armada de Barlovento, dieron la batalla de “la Limonada”, para desalojar a los franceses de la isla de Santo Domingo. La acción fue muy sangrienta, y en ella fueron derrotados los franceses, debido principalmente a las tropas mexicanas. Perdieron aquellos más de quinientos hombres, entre ellos el gobernador, Mr. Cussi, y los vencedores se apoderaron del puerto de Guariso, el cual incendiaron.
George Anson.
A pesar de esta victoria, la más importante alcanzada por las armas españolas en América en aquellos días, las incursiones piráticas continuaron, sin que el decadente gobierno español pudiera evitarlas. Todavía en 1743, caía en poder del corsario inglés Jorge Anson, el galeón de Filipinas, con más de dos millones de pesos, en el cabo de Espíritu Santo.
Cierto es, sin embargo, que desde el principio de la dinastía borbónica con Felipe V, empezó la restauración de la marina española, gloriosamente completada en los reinados siguientes, logrando hacer de nuevo respetable y respetados los dominios españoles y acabando al fin con la lepra de las incursiones piráticas en América.
Alfonso Toro, Historia de México 2, Dominación española. Editorial Patria, México, D.F., 1977.
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