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La caballerosidad y sus límites


Caballerosidad. Hermosa palabra, si las hay. Suena a distinción e hidalguía, a respeto y grandeza de espíritu. Para muchos, se trata de un anacronismo. ¿Se trata de algo que se ha perdido, como sostienen algunos? ¿Tiene, o puede tener vigencia actualmente? ¿Qué importancia debe concedérsele?



Ante todo, admitamos que quienes más se quejan de que la caballerosidad se está perdiendo son por lo general mujeres, y no está de más recalcar que, si esperan caballerosidad, deberían primero comportarse como damas. Eso es algo que a muchas de ellas ni siquiera se les cruza por la cabeza. Una dama está muy por encima de la vulgaridad, muy alejada de la chabacanería y el chisme (vale la pena deplorar que no sólo las mujeres están bien cerca del chusmerío, sino que otro tanto puede decirse de la mayoría de los hombres); se comporta de un modo señorial, sin que ello quiera decir que sea engreída ni mucho menos. Pienso que más que a ser bonita, toda mujer debería aspirar a ser una dama, y si no lo hace, no puede exigir que los hombres seamos caballerosos.


Ahora bien, todo eso es una cosa, y que no debamos comportarnos como caballeros porque ellas no son damas, otra muy distinta. No tenemos excusas, porque con el mismo criterio ellas podrían esgrimir que no se portan como damas, porque nosotros no somos caballeros. En realidad, si nos nos portamos como caballeros, es porque no tenemos la menor gana de hacerlo. El actual espécimen masculino promedio, más que caballero, quiere ser macho, categoría muy elemental, muy rudimentaria, ya que en cualquier especie animal con sexos diferenciados habrá machos. Los hombres, en cambio -hombres, en el más digno sentido de la palabra: machos provistos de un sistema de valores que defender- ya son menos. Y entre esos hombres, aún los hay menos que sean auténticos caballeros: hombres cuya dignidad los eleva por encima del mortal común en cuanto a comportamiento. La caballerosidad, es cierto, se manifiesta a través de gestos superficiales; pero no siempre esos gestos superficiales expresan caballerosidad, a veces sólo la aparentan. Porque los caballeros, ya se sabe, están bien vistos, por extraños que resulten en el mundo de hoy; así que cualquier truhán con intenciones solapadas procurará camuflarse de gentleman para inspirar confianza y allanarse el camino hacia sus malos fines. Por lo mismo quizás no convenga, después de todo, conceder demasiada importancia a los gestos superficiales, por agradables que resulten. Alguien que sonríe en exceso y que parece matemáticamente correcto en toda su conducta, tiene muchas posibilidades de ser un simple canalla adulterado. Es preferible la gentileza eventual, pero espontánea, del más tosco y desharrapado barriobajero - por ser auténtica caballerosidad, aunque integre un combo con palabrotas surtidas y abundancia de obscenidades- que el gesto calculado e insincero de quien sólo enmascara su ser más íntimo para seducir. Cuando esa seducción es sexual y culmina en matrimonio, casi seguramente el supuesto caballero se esfumará al regreso de la luna de miel, y quizás esa sea una buena razón para que tanto las damas como las simples mujeres hagan menos escombro ante la falta de caballeros: lo caballeroso está ligado a la superioridad espiritual, a una especie de aristocracia de la ética, y todo varón realmente orgulloso de serlo debería intentar alcanzar esa superioridad, pero lo malo es que a veces se interponen instintos más pasionales y mezquinos, que terminan venciendo en la pulseada con sentires más nobles.


No son sólo las mujeres quienes confunden la verdadera caballerosidad con otras cosas que sólo aparentan serlo. Algunos varones se quejan de que no vale la pena molestarse en ser muy caballeroso, porque las mujeres pretenden caballerosidad, pero luego se encaprichan con los hombres que peor las tratan. Es cierto; pero, ¿y qué? Si son tontas, es su problema, y si tienen semejante gusto atrofiado, honor que nos hacen al pasarnos olímpicamente por alto. La caballerosidad puede seducir, pero es falsa la caballerosidad que surge con el propósito expreso de seducir. Alguien que se comporta como un caballero merece la mejor mujer, o ninguna. Su misma conducta sirve como filtro para descartar a las que no valen la pena, y entre ellas están las masoquistas que pasan de largo ante los varones más distinguidos y se emboban con los más ordinarios.


Ahora bien, ¿qué tipo de conducta distingue a un caballero del que no lo es? Sobre este punto también vale la pena, creo, resaltar un par de equívocos muy comunes. Cuando las mujeres esgrimen el clásico ya no quedan caballeros lo dicen en referencia a ellas, pero el caballero tiene que serlo en todo momento y con todo el mundo. La mala educación y la grosería en ningún lado resultan agradables; recuerdo por ejemplo el caso de cierto célebre tenista que deportivamente daba asco por su comportamiento bochornoso, de mal perdedor y peor ganador. En al menos una cuestión, esa conducta le valió directamente ser descalificado. Y en la vida cotidiana, no hay por qué pedir agresivamente lo que se puede obtener igual (e incluso más fácilmente en muchos casos) de buen modo. Es más, diría que quien es muy caballeroso con una mujer, y no lo es con cualquier otro, sencillamente está aparentando.


Por otra parte, y volviendo a la relación con las mujeres, encuentro muy exageradas las pretensiones de éstas. Sí a ciertas acciones como dejarlas subir primero a un transporte público, sí a cederles el asiento en el mismo. Ahora, en una época en que tanto se aboga por la igualdad de los sexos, creo que pueden ellas mismas servirse el vino o cualquier otra bebida que elijan tomar. Por supuesto que si tengo la botella en la mano porque voy a servirme, será todo un detalle, toda una gentileza, llenar primero las copas de quienes estén conmigo en la mesa, mujeres o no mujeres, pero allí acaba todo. Está muy bien hacer que las mujeres se sientan especiales, pero todo tiene su límite. Quizás una digna dama logre espontáneamente que un caballero esté a sus pies, no sé; pero no una mujer común. Ciertas atenciones se reservan para las más distinguidas... Que no necesariamente son las más bonitas. Y esas mujeres distinguidas serán lo bastante inteligentes para interpretar esas atenciones como lo que realmente son. La reacción de una mujer vulgar, en cambio, sería interpretar que uno le dedica esas gentilezas porque gusta (sexualmente hablando) de ella. Aunque no se dé cuenta, le agrada la idea de ejercer poder sobre alguien del sexo opuesto. En suma, tales gestos extra no servirían más que para inflarle el ego, así que no vale la pena (opinión personal) dedicarle ninguno.


Resumiendo, la caballerosidad es sólo un complemento que ennoblece al varón íntegro, al que es hombre de verdad. A los demás, apenas los disfraza. No vale la pena, entonces, hacer demasiada alharaca con eso de si está desapareciendo o no. Caballerosidad auténtica, siempre habrá, por escasa que sea. Pero cuando empieza a encontrársela en abundancia... En ese caso, quizás convendría desconfiar.
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