InicioApuntes Y MonografiasLas Falkland, para los kelpers

Son muchas las razones por las que la Guerra de las Malvinas y mucho de lo que la rodeó, al ser examinados de cerca, adquirieren matices de tragicomedia, comenzando por el hecho de que allá por 1979 la edición anual del Almanaque Mundial (publicación argentina que resume la actualidad mundial acontecida en los doce meses previos a la publicación, y los datos históricos y geográficos de todos los países del mundo) llamaba Falkland a las Malvinas , y las reconocía como colonia británica. Hasta donde yo recuerdo, las pretensiones argentinas sobre la soberanía de las islas ni siquiera se mencionaba. Tenía yo doce años entonces, y leer aquello me resultó ciertamente extraño; pero reflexioné que tal vez los editores tuvieran razón y no valiera la pena reclamar derechos sobre un territorio que llevaba más de un siglo en manos británicas.

En 1981 tuvo lugar la boda entre el Príncipe Carlos y la célebre y difunta Ladi Di. La inmensa mayoría de los medios de comunicación argentinos trataron dicho acontecimiento con extrema frivolidad, como si se tratara de un cuento de hadas de la vida real. El recuerdo resulta tanto más grotesco cuanto que sabemos que ese matrimonio tuvo poco, por no decir nada, de cuento de hadas.

Al año siguiente, el 2 de abril, Argentina invadía las islas. En el Reino Unido gobernaba por entonces Margaret Thatcher, una mala persona al decir de ciertos periodistas británicos que hallaron pruebas de que durante el conflicto subsiguiente la Primera Ministra había previsto atacar a la Argentina con armas nucleares. Lástima que por casa la situación no andaba mejor. Una Junta Militar de la más sangrienta dictadura que hasta el momento ha conocido la argentina, integrada por Galtieri, Anaya y Lami Dozo, gobernaba el país. Tanto la Thatcher como los militares argentinos afrontaban severos problemas de impopularidad en sus respectivos países y la guerra les brindaba una oportunidad de mejorar su deteriorada imagen. Así fue como ese mismo 2 de abril, una multitud aclamó a Galtieri en la mismísima Plaza de Mayo donde pocos días antes se habían producido disturbios y la consiguiente represión.

Contaba yo quince años entonces, y exactamente una semana después de la invasión me internaban en una clínica siquiátrica con un cuadro clínico de depresión y luego de sucesivos intentos de suicidio. No estaba para pensar en guerras entonces. No sé qué responsabilidad le cabe a un adolescente por no tener conciencia de ciertas cosas con sólo quince años y padeciendo este mal tan común de los tiempos actuales, pero estoy dispuesto a asumirla, porque me interesaría que todos y cada uno de los que ese fatídico 2 de abril vitoreaban a Galtieri y cantaban consignas patrioteras asumieran la suya reconociendo que estuvieron allí. Hasta el momento no encontré a nadie que lo haya hecho.

La guerra siguió su curso y durante la misma, los mismos medios que tan encantados habían estado el año anterior con la realeza británica ahora la ponían por los suelos, satirizándola de una forma realmente estúpida y sin sentido. La mentalidad panqueque argentina, dándose vuelta siempre que la ocasión lo requiere, se exhibía así en todo su esplendor, lo que continúa hasta el día de hoy.

Se hizo una descomunal colecta en beneficio de los soldados argentinos, cuya recaudación nunca se supo dónde fue a parar, pero sí dónde no fue a parar, el sitio al que debía ir. Luego hubo un Mundial de fútbol en España, y el supuesto patriotismo argentino dejó de concentrarse en la guerra para apuntar hacia el fútbol. Por último el Papa Juan Pablo II visitó la Argentina, exhortó a la Junta Militar a hacer las paces y Puerto Argentino volvió a ser Puerto Stanley. La Junta Militar que tan ovacionada había sido fue luego muy criticada, la Guerra de Malvinas pasó a considerarse la gran vergüenza nacional hasta que de repente parece que pasó a ser algo así como una gloriosa aunque malograda gesta heroica. Uno de los cuadros militares que combatieron en Malvinas , Seineldín, apareció en algún programa radial justificando aquella guerra como necesaria porque, de acuerdo con sus palabras, en 1983 y luego de ciento cincuenta años de presencia ininterrumpida en las islas, el status de Malvinas cambiaría de colonia a dominio, lo que complicaría el derecho argentino a reclamarlas como propias. Todo lo cual es cierto hasta donde sé pero, de todos modos, que lo sea o no no influye mucho en el propósito de este artículo.

En cuanto a los habitantes de las Malvinas , los célebres kelpers, que antes de la guerra tenían buenas relaciones con los argentinos, debieron soportar, luego del susto que sin duda debieron llevarse durante la invasión, que en un gesto que denotaba increíble imbecilidad y descerebramiento, el canciller Guido Di Tella, bajo la presidencia de Carlos Menem, pretendiera congraciarse con ellos enviándoles Ositos Teddy. Con lo cual no sólo quedamos ante ellos como peligrosos, sino también como estúpidos a la enésima potencia. Tal vez sea lo mismo, ya que la estupidez puede ser peligrosa y si algo faltó en el planeamiento (por llamarlo de alguna manera) de la guerra por parte de la Junta Militar, fue inteligencia.

Mientras tanto, mal que les pese a muchos, ni el Reino Unido ni Argentina tienen el menor derecho sobre las dichosas islas. No el Reino Unido, que las tomó por la fuerza y que está a miles de kilómetros de ellas. Y tampoco Argentina, que pudo haber tratado de recuperarlas cuando la invasión era cosa relativamente reciente y en cambio esperó casi ciento cincuenta años para emprender acciones concretas al respecto. Las Malvinas , Falkland o como se llamen, son de los kelpers. Ellos no se sienten británicos ni argentinos, no conocen Gran Bretaña ni Argentina y aquello que pueden considerar como la tierra amada, la Patria si se prefiere, son esas islas de las que ambas naciones tironean cada uno hacia su lado. Allí nacieron. Quitárselas es sencillamente un crimen. A ellos les compete decidir el futuro de las islas.

Argentina ahora sostiene que los británicos llaman a los habitantes de las Islas Malvinas, despectivamente, kelpers; pero curiosamente antes de la guerra, y también inmediatamente después, también nosotros los llamábamos así sin problemas. ¿Por qué cambiar eso? ¿Y cómo prefiere sentirse una persona que nació en las Malvinas : británico, argentino o kelper? Sospecho, sin temor a equivocarme, que esto último. Pero habiendo fracasado en el campo de batalla, Argentina iniciaba su ridícula y patética política de seducción, de la que formó parte el ya citado y bochornoso envío de ositos Teddy; así que había que moderar la lengua. Lo cual es irrisorio, porque no creo que respetar a los habitantes de las Malvinas dependa de cómo se los llame; al menos, no depende exclusivamente de eso. Depende de muchas otras cosas, entre ellas no invadirlos ni tratar de obligarlos por otras formas a formar parte de un país con el que no sienten ni quieren tener nada que ver.

Se me dirá que no hablo como un patriota. Nunca dije serlo. A los quince años, que las Malvinas fueran argentinas me importaba un bledo, y eso no ha cambiado. No, decididamente no soy un patriota. Pero el 2 de abril de 1982 la Plaza de Mayo estaba llena de patriotas que lo eran porque no eran ellos quienes se enfrentarían fusil en mano a los británicos, y que ahora no se dignan dar la cara. Muchos ahora critican a quien durante la guerra fue designado gobernador argentino en las Malvinas , Menéndez, por haber firmado la rendición. Esos son patriotas porque no eran ellos quienes tendrían que seguir sufriendo hambre, frío y demás horrores de la guerra en una trinchera llena de agua. Y porque estaban viendo cómodamente un Mundial de fútbol por televisión. Es fácil declarar la guerra si no es uno quien irá a pelear, es fácil ser patriota cuando no cuesta serlo.

Sí soy cristiano. Católico moderado. Por cierto, en un nada moderado libro intitulado El deber cristiano de la lucha, el autor, confusamente, hace una soberana mezcolanza de patriotismo y religión, y destaca como una gran gloria el desempeño de los soldados argentinos en Malvinas . De modo que no estará de más recordarle a su autor que la Iglesia da el visto bueno a la guerra cuando ésta es justa, para lo cual se requieren algunos requisitos como que la guerra reúna serias condiciones de éxito, que previamente haya mediado un daño grave, duradero y cierto y, en fin, alguna otra que no recuerdo en este momento. Pero esto no se cumplía en el caso de Malvinas , de modo que ¿por qué sorprenderse de que el Papa en persona pidiese a la Junta Militar el cese de las hostilidades? En este caso expreso, por consiguiente, y en el caso de que yo fuese católico fervoroso (y si esto implica no tener ideas propias sino atenerse a las de la Iglesia, no lo soy) no consideraría que mi deber cristiano fuese armarme para recuperar las Islas. Al contrario, por respeto al prójimo, los kelpers en este caso, prefiero que sean ellos que decidan qué desean para sus islas. Porque, insisto, es lo que ellos pueden llamar su país, la tierra que aman. Yo no amo las Malvinas . ¿Por qué tendría que hacerlo? Deben tener lindos paisajes, pero también el Sahara los tiene, y tanto unas como otro están lo suficientemente lejos para que me considere por completo ajeno a ellos.

En realidad, si porque alguna vez las Malvinas fueron argentinas hemos de seguir reclamándolas, con más derecho las comunidades aborígenes argentinas deberían reclamar como suyas, no ya sólo las Malvinas , sino directamente todo el territorio argentino del que los demás seríamos los usurpadores o descendientes de usurpadores. Porque si vamos a hablar de propietarios ilegítimamente desposeídos, los más antiguos y con más derechos a reclamos son ellos. Y sin embargo, ¿alguien piensa en devolverle la tierra a lo que queda de las orgullosas tribus que en otro tiempo poblaron la Argentina? No. Por lo tanto, hagamos lo propio y en vez de reclamar, cual niños caprichosos, nuestros derechos sobre tierras que se diga lo que se diga ya no son nuestras, tratemos de cuidar lo que todavía tenemos, que es mucho. En ese caso sí me sentiría moralmente obligado a participar de una guerra, y si no fuera, me sentiría un cobarde. Pero no tratándose de recuperar las Islas Malvinas .

Es más, allá por 1986 me tocó hacer el servicio militar, por entonces todavía obligatorio, cuando no sé qué reclamo británico de soberanía en torno a las islas echó a correr rumores de posible guerra que por supuesto no pasaron de tales. En ese entonces, cuando iba de casa al batallón, alguien se me acercó a preguntarme qué opinaba de todo ese asunto, y se horrorizó cuando le dije que sucediera lo que sucediera, yo no iría a pelear a Malvinas . ¡¡¡Pero cómo no vas a ir allá a defender lo que es tuyo!!!, gimoteó este personaje, visiblemente consternado. La verdad, nunca sentí que las Malvinas fueran mías pero, si lo son, puedo hacer con ellas lo que quiera. Y se las regalo a los kelpers.
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