La argentina de los años 30
Los monopolios
Por Oscar A. Troncoso
Publicado en revista Panorama, marzo de 1971.
Los monopolios
Por Oscar A. Troncoso
Publicado en revista Panorama, marzo de 1971.
Imágen: Julio A. Roca (h), responsable de la firma del Tratado Roca-Runciman
Una imagen se repetía en los dibujos políticos de la época: la del pulpo. Cuando los diarios opositores simbolizaban la raíz de los problemas económicos que acosaban a la Argentina, los trazos caricaturescos recaían, una y otra vez, en el cefalópodo como el mejor ejemplo didáctico de la realidad. Para la imaginación popular el monstruo monopolista no tenía ocho tentáculos sino todos los que fueran necesarios para apoderarse de las fuentes de riqueza nacional, y una enorme boca para engullir el esfuerzo de los trabajadores argentinos.
Imagen: Las comisiones argentina e inglesa reunidas en Londres, de riguroso frac, que acordaron el pacto Roca-Runciman
CONSORCIOS EXPORTADORES DE CEREALES
La comercialización de los cereales resultó remunerativa al planificarse con amplitud internacional y al disponer de los medios necesarios para superar las oscilaciones del mercado mundial. Si, además, se contaba con el favor oficial para eliminar obstáculos inesperados, entonces se trasformaba en un estupendo negocio.
A principios de 1930 tomó impulso un movimiento cooperativo agrario en el Litoral tendiente a quebrar el dominio exportador de Dreyfus y de Bunge y Born. Para la venta de cereales se constituyó la Asociación de Cooperativas Argentinas y luego fue creada la Corporación Americana de Fomento Rural con el fin específico de construir elevadores de granos. La empresa progresó, edificando estratégicamente elevadores que culminaron con el terminal de Rosario inaugurado por el presidente Uriburu en julio de 1931.
Poco después, Jacobo Savslasky, director de Louis Dreyfus y Cía., entrevistó a Isaac Libenson, chacarero y miembro de la Corporación de Fomento Rural. El sabroso diálogo que habían mantenido fue narrado por este último a Norberto Galasso, quien lo reprodujo en su trabajo La economía bajo el signo de la entrega.
"-Supongo, mi amigo -le dijo Savslasky- que ustedes se han metido en esto porque quieren ganar dinero, ¿no es cierto? Pues bien, Dreyfus y Cía. les compra en este mismo momento el elevador de Rosario.
-Me sorprende su propuesta porque nunca hemos dicho que el elevador de Rosario estuviese en venta -contestó Libenson-. Por lo tanto, no hay negocio posible.
-Vea, joven: si ustedes quieren luchar contra nosotros están perdidos. Son unos ilusos. ¿Sabe usted lo que hacen los presidentes argentinos cuando deben fijar los precios de las cosechas? Nos llaman a mí y a Hirsch (director de Bunge y Born) y después obran de acuerdo. ¿Cree que en esas condiciones la lucha de ustedes tiene sentido?
-Nosotros vamos a seguir adelante, no vamos a vender.
-Eso es idealismo, estúpido idealismo. Venga un día por mi estudio. En la caja fuerte tengo todavía dos millones de pesos en cheques, que se los voy a mostrar. Las firmas son de diputados y senadores argentinos... Es una vieja costumbre parlamentaria. Me llaman y me dicen si les puedo adelantar efectivo en canje de un cheque a siete días. Cuando llega el vencimiento me piden que no lo deposite. Yo les contesto que no hay problemas y les agrego: cuando ustedes hayan depositado y se pueda girar me lo comunican...., y el tiempo trascurre. La única molestia consiste en que hay que renovar el cheque de tanto en tanto... Son dos millones de pesos los que tengo... Por favor, joven ... ¿Piensa seriamente que cuando se produzca el cambio de gobierno ustedes podrán sobrevivir? ¿Ustedes creen que el Congreso Nacional se va a negar a un pedido de la casa Dreyfus?"
Verdadero o imaginado, el diálogo subraya, de todos modos, el clima de una época que los adversarios políticos del régimen. denominaron "década infame" y que para los humoristas fue "la era del pulpo".
El 20 de febrero de 1932, Agustín P. Justo asumió la presidencia y el 13 de abril dictó un decreto por el cual quedaba sin efecto la garantía otorgada a la Corporación de Fomento Rural para emitir debentures, quebrando su fuente de financiación.
El documento del Tratado Roca-Runciman (clic en el enlace para ver el teto completo en pdf)
http://www.elortiba.org/doc/rr1933.pdf
EL NEGOCIO DE LAS CARNES
Cuando se hallaba en plena discusión el pacto Roca-Runciman en Londres, en una de las comidas con que se agasajaban los negociadores, el príncipe de Gales dijo que el porvenir de la Argentina dependía de las carnes. "Ahora bien -agregó-, el porvenir de la carne argentina depende quizá, enteramente, de los mercados del Reino Unido." El vicepresidente, Julio A. Roca, reconoció entonces que su país era, desde el punto de vista económico, parte integrante del Imperio Británico.
Indignado por las alternativas de las discusiones y por el compromiso de "trato benévolo para los capitales ingleses", Lisandro de la Torre propició una investigación que terminaría en tragedia, con el asesinato del senador nacional Enzo Bordabehere.El 27 de julio de 1933, expresó: "En este asunto, la verdad puede establecerse en términos resplandecientes. Cuando el gobierno de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte se vio compelido por el doctor Saavedra Lamas a realizar un trato con la Argentina, se trazó un plan lógico y sencillo: hizo una lista de todo aquello que Inglaterra podía pedir a la República Argentina y lo pidió, manifestando que lamentaba no ofrecer en cambio sino la buena voluntad británica debido a los tratados de Ottawa y al propósito de fomentar su propia ganadería. El gobierno inglés no se apeó después de su actitud y cuando la misión argentina le hizo saber que no aceptaba semejantes condiciones, le contestó que lo deploraba mucho y le dejó expedito el camino del regreso".
De la Torre explicó que los británicos advirtieron a los representantes argentinos que les permitirían la organización de frigoríficos cooperativos, pero no tolerarían la organización de compañías individuales que les hicieran competencia a los frigoríficos ingleses.
"Esto último lo podrá hacer Nueva Zelandia -agregaba con sorna De la Torre-, lo podrá hacer Australia, lo podrá hacer el Canadá, lo podrá hacer el África del Sur. Inglaterra tiene, respecto a esas comunidades de personalidad internacional restringida, que forman parte de su imperio, más respeto que por el gobierno argentino. No sé si después de esto podremos seguir diciendo: ¡Al gran pueblo argentino, salud!"
QUIEBRA O MONOPOLIO
El 23 de abril de 1931, el embajador británico dirigió una carta a Ernesto Bosch, ministro de Relaciones Exteriores argentino, en la que manifestaba que la situación de la Compañía Anglo Argentina de Tranvías era grave. Reclamaba una compensación por los gastos que significaba la aplicación del horario de ocho horas y el salario mínimo para el personal. "El gobierno provisional se apresurará a adoptar una pronta resolución, tal cual queda indicado en el memorándum. Y estoy también seguro -agregaba Ronald McCIeay- que no necesito reiterar a V. E. la situación en extremo grave que se crearía para el crédito argentino en el mercado financiero de Londres, si la compañía se encontrara en la imposibilidad de abonar el pago de sus servicios."
En febrero de 1932, el Diario de Sesiones de la Cámara de los Comunes registró una intervención de lord Scone, representante de los accionistas ingleses de la Compañía de Tranvías, interrogando al secretario de Estado de Relaciones Exteriores sobre la veracidad de la noticia de que esa compañía había tenido que suspender el pago de interés de sus acciones. Anthony Eden contestó: "Creo que es así. Esperemos que el asunto se resuelva por negociación. Si esto no ocurriera, el gobierno de Su Majestad tendrá que considerar, evidentemente, que otros pasos pueden darse".
El carácter verdadero de las dificultades de las compañías extranjeras de trasporte de pasajeros y carga en la Argentina fue explicado por el presidente del Ferrocarril del Sud en la memoria anual publicada en junio de 1933. "El 83 % de la disminución de los pasajeros -decía- corresponde al tránsito suburbano, debido a la competencia sin precedentes de los ómnibus y colectivos."
No obstante esas dificultades, los ferrocarriles ganaron en 1934 la suma de 83 millones de pesos. Las 349.644 toneladas de carne enfriada remitidas ese año a Inglaterra produjeron 127 millones, es decir, que la ganancia confesada de los ferrocarriles pagaba el 65 % del chilled beef argentino que comían los británicos.
Pero como ello no era suficiente, la municipalidad de Buenos Aires designó una comisión especial que, en diciembre de 1933, presentó un proyecto de ley que propugnaba la creación de un monopolio de trasportes urbanos controlado por la Compañía Anglo Argentina de Tranvías. Fue sometido al intendente Mariano de Vedia y Mitre para que lo elevara, por intermedio del Poder Ejecutivo, a la aprobación del Congreso Nacional. La comisión que propuso esa medida estaba integrada por Roberto M. Ortiz, abogado de los ferrocarriles ingleses y futuro presidente de la Nación; Pablo Nogués, administrador de los Ferrocarriles del Estado; Manuel C. Castello, de la Dirección General de Ferrocarriles, y Agustín Pastalardo.
LUZ Y SOMBRA
Al instalarse el Concejo Deliberante de la ciudad de Buenos Aires en 1932, los representantes de casi todos los partidos políticos rivalizaron en demostrar su preocupación por los derechos de la Municipalidad y de los consumidores, frente a las reiteradas violaciones de la Compañía Hispano Americana de Electricidad (CHADE) y la Compañía Italo Argentina de Electricidad (CIADE), ambas pertenecientes a consorcios financieros con residencia en Bélgica y Suiza.
Con discursos vehementes se puntualizaron los incumplimientos de las concesiones, como ser: adulteración de los servicios domiciliarios; extensión de cables distribuidores pagados por los vecindarios; depósitos de garantía que facilitaban a las empresas disponer de grandes capitales, y otras maniobras ideadas para sustraer dinero a los usuarios.
El edil Germinal Rodríguez manifestó, al finalizar el primer período del Concejo Deliberante, su convencimiento de "que este asunto servirá, por lo menos, para llamar la atención del país. Estas grandes compañías juegan un papel profundo de forma y de fondo en la política; puedo decir que muchos gobernantes son hechos por estas empresas"; por otra parte ellas son responsables de "la expoliación más grande que pesa en la actualidad sobre la ciudad de Buenos Aires".
Con el tiempo se atenuaron las indagaciones y muchos concejales cambiaron de opinión en forma sugestiva. La prórroga de las concesiones eléctricas dio lugar a uno de los mayores escándalos de la época en el que se vieron involucrados diputados, senadores y altas autoridades nacionales.
El informe de la comisión investigadora creada posteriormente, presidida por el coronel Matías Rodríguez Conde, dio a conocer, además de una abrumadora documentación, la carta que el ingeniero Agustín Zamboni, director de la CIADE, dirigió el 7 de julio de 1932 al ingeniero Juan Carosio, presidente de la empresa. "Debo hacerle notar que la mayoría de la Cámara de Diputados, que es conservadora, se presta a cualquier sorpresa, lo que he hecho notar al doctor Anchorena (Joaquín S. de, del directorio de la CIADE)"; y añadía: "algunos entre éstos votan cualquier disparate, sin disciplina alguna, habiendo uno de ellos llegado hasta propiciar la exoneración de derechos aduaneros para la introducción de máquinas y materiales de electricidad destinados a una cooperativa eléctrica (la de Olavarría), proyecto que trataremos de aniquilar en el Senado, pero que no hubiera debido tener la sanción que tuvo".
PEGUELE FUERTE A YPF
Poco antes del golpe militar del 6 de septiembre de 1930, el Senado debía sancionar un proyecto de ley de nacionalización del petróleo a la vez que se realizaban negociaciones sobre la base de una oferta formulada por la Unión Soviética: vender a la Argentina la parte de nafta que Yacimientos Petrolíferos Fiscales no alcanzaba a abastecer. Arturo Frondizi, en su libro Petróleo y Política, escribió que "al tener asegurada la provisión de petróleo ruso, la Argentina habría podido dictar, con tranquilidad, su ley de nacionalización y monopolio estatal, pues se colocaba fuera de toda posibilidad de represalias".
Al frente de YPF estaba el general Enrique Mosconi, quien al tomar posesión de su cargo encontró funcionando un solo surtidor de nafta y a través de su gestión esparció 2.300 bocas de expendio por todo el país. Esa tarea fue cumplida a pesar de la lucha que debió emprender contra el slogan infiltrado por los monopolios en la mente popular: "Los productos nacionales son malos", y con respecto a la nafta se decía que tenía agua en emulsión que disminuía las calorías y deterioraba los motores.
Mosconi enfrentó por centenares artimañas torpes y pudo medir en toda su magnitud la inescrupulosidad del competidor. Por eso repetía: "Es menester acelerar la marcha hacia el Junín y Ayacucho económicos, terminando así el ciclo que se inició en Buenos Aires el 1° de agosto de 1929 (nuevo San Lorenzo), en que YPF rompe los trusts, tomando la dirección y el contralor del combustible líquido en la Argentina".
Con el triunfo de Uriburu debió renunciar Mosconi y todo su trabajo se desmoronó. A partir de entonces no se intentó comprar la nafta a 12 centavos el litro sino que se siguió pagando a 30 centavos a las compañías monopolistas. YPF quedó frenado ante los intereses de la Standard Oil y la Shell, perdiendo terreno ampliamente cuando en 1936 se firmaron convenios secretos con los trusts, por los cuales la empresa estatal se obligaba a no aumentar su producción, repartir el mercado con las compañías extranjeras y a no importar petróleo por su cuenta.
LOS MONOPOLIOS RUSTICOS
Víctor O. García Costa, un ex concejal, estudioso de los antecedentes y formas de operar de los monopolios internacionales en la Argentina, declaró a Panorama: "La penetración monopolista del imperialismo -inglés, yanqui, alemán, combinado o conjunto- adquiere caracteres inusitados en la década de los años treinta. No tiene las características y sutileza de la actualidad, -que es transistorizada; entonces era rústica, a galena".
"Es precisamente en esa época que la prensa grande nos ofrece las lucubraciones de Wirth, desde Tittmoning, que el 4 de julio de 1930 pontifica sobre el internacionalismo capitalista, diciendo que con él ha comenzado una nueva era para el mundo. La humanidad comienza también a agruparse en trusts y no sólo comercialmente, sino también moralmente. En 1933 se firma el pacto Roca-Runciman, que es un pacto que no tiene nombre pero sí tiene apellidos, y allí -recalca- se siguen las líneas fijadas por los ingleses con el Estatuto de Westminster para el manejo de sus dominios, y luego con la Conferencia de Otawa para el reparto de mercados.
"Si algunos años antes el germano Tannenberg decía qué lugar asignaba a la Argentina como colonia en el reparto de América del Sur entre Alemania, Estados Unidos e Inglaterra, estaba en lo suyo. Quienes no estaban en lo suyo fueron muchos de los hombres que dirigían la cosa pública argentina después del 6 de septiembre y firmaron el pacto Roca-Runciman; los convenios petroleros con la Standard Oil y la Royal Dutch, y entregaron al trust SOFINA (Bélgica 18,7 %, Estados Unidos 18 %, Alemania 15 %, Gran Bretaña 14,7 %) y a Motor Columbus (CHADE y CIADE) el mercado de electricidad más grande de América latina.
"Es también en este período -finaliza-, que se produce la más grande penetración del capitalismo alemán. Entre 1930 y 1938 más de trescientas firmas son fiscalizadas por el capital alemán que está en SOFINA, en el trust yanqui EBASCO, en la CHADOPYF, en Bracht, en Tornquist, etcétera. Carlos Meyer Pellegrini, el hombre del imperialismo alemán, preside la CADE e integra en 1939 dieciocho sociedades anónimas más. Fue el interventor del general Uriburu en la provincia de Buenos Aires."
LA INVASIÓN INVISIBLE
Mientras se desarrollaba todo el proceso de intensa actividad de los monopolios, la prensa mundial desgranaba elogios sobre las medidas económicas de Justo. Los comentarios desdeñaron el descontento obrero, la desocupación y la pérdida del valor adquisitivo de los salarios, malestar que se reflejó en las elecciones de 1934, especialmente en la Capital Federal, donde la derrota oficialista fue aplastante.
Es que, como indicaron los nacionalistas Rodolfo y Julio Irazusta en La Argentina y el imperialismo británico, "la oligarquía no ha hecho del país una potencia económica, sino un sujeto de especulación". Un tango rimado en el clima económico nacional comenzó a ganar el favor popular porque sintetizaba su propia realidad: "Vivimos revolcaos en un merengue / y en un mismo lodo todos manoseaos". Para Enrique Santos Discépolo, su autor, la nación se había trasformado en un cambalache en el que todo se vendía y se compraba, y en donde "el que no llora no mama, / y el que no afana es un gil...".
Raúl Scalabrini Ortiz, que intentó llegar a la esencia de lo argentino, comprendió que penetraría mucho más en la cuestión analizando los problemas económicos, y en 1934 publicó en La Gaceta de Buenos Aires, dirigida por Pedro Juan Vignale y Lizardo Zía, varios artículos en los que puso de relieve la absorción de la cooperativa local de teléfonos por la Unión Telefónica, la del tráfico fluvial por la Mihanovich Limited, la capitalización de los bancos norteamericanos con el préstamo de los depósitos de los ahorristas argentinos, para recapitular con amargura que "el país está en manos de los capitalistas extranjeros que han obrado subrepticiamente, escudados en sus denominaciones engañosas: Ferrocarril Central Argentino, Fábrica Argentina de Cemento Portland ...".
Julio V. González, de muy distinta extracción social e ideológica que Scalabrini Ortiz, llegó a idénticas conclusiones cuando estudió el problema del petróleo. "Estamos invadidos -dijo alarmado- por un ejército al mando de gerentes de compañías financieras, que no necesita tropa porque la recluta en nuestro propio suelo y que no ataca con cañones sino con el arma más poderosa del dinero."
Esas fuerzas de los consorcios internacionales respondían a los designios de Estado de potencias extranjeras, por lo que el hijo del fundador de la Universidad de La Plata demandaba la elaboración de un plan de defensa nacional que sirviera para enfrentar al ejército invisible. Sólo así, según él, la Argentina sería verdaderamente dueña de su destino.
Los años 30 y los 90. La carne y las relaciones carnales
A FONDO ARTURO O'CONNELL, ECONOMISTA Y MATEMATICO
Cuando la economía es vulnerable, se negocia mal.
Por Jorge Halperin. De la Redacción de Clarín
Imagen: Firma del Pacto Roca-Runciman
Perón no inventó el intervencionismo del Estado. Sus políticas ya estaban marcadas en los años 30. Esa década no fue una época oscura y aberrante como se cree, sino, en cierto modo, de destrucción creativa. El pacto Roca-Runciman, que dio un gran beneficio a los ingleses sobre la economía argentina, tiene un antecedente en el gobierno de Hipólito Yrigoyen. El economista y matemático Arturo OConnell se divierte descubriendo que algunas de las ideas más difundidas sobre nuestra historia son falsas. Con un doctorado en Cambridge, fue director del Banco Central durante el gobierno de Raúl Alfonsín y secretario general de FLACSO. Investigó en nuestros archivos y en los del Foreign Office británico la historia de las relaciones entre los dos países e interpretó las circunstancias que llevaron a los argentinos a pactar del modo conocido.
¿Su investigación sobre las relaciones entre la Argentina y Gran Bretaña le deparó sorpresas?
-Unas cuantas. Por ejemplo, los investigadores y la gente de mi generación en general heredamos una visión de la primera época de Perón como si hubiera fundado el intervencionismo del Estado. Cuando empecé a investigar me di cuenta de que las raíces de esas políticas se ubicaban claramente en los años 30. Vale decir, los temas del control de cambios, el control de importaciones, el IAPI, las exportaciones del Estado, las juntas reguladoras, todas esas herramientas que usó Perón estaban ya en marcha a mediados de los 30. O sea que la época de Perón fue más una continuidad que el corte que imaginaron tanto los peronistas como los antiperonistas.
¿Hay muchos mitos sobre los años 30?
-Hay errores muy generalizados. La idea de que los 30 había sido una época aberrante y oscura fue más bien un prejuicio. Todos recibimos las imágenes del horror mundial de esa década, la crisis, la desocupación, sus consecuencias políticas. Y, en el caso de la Argentina, la Década Infame, el fraude, la falta de libertades, la corrupción y las discutidas tratativas con los ingleses. Pero, a mediados de los 60, empieza a verse de otra forma. Tanto desde la derecha como desde la izquierda elogiaron las políticas del ministro de Economía de mediados de los 30, Federico Pinedo. Yo mantengo una posición equidistante. Pero, en fin, en los 60 se empieza a pensar que la época de los 30 había sido de destrucción creativa. Hubo una gran crisis, pero las economías se transformaron.
¿Fue así?
-Fíjese: la economía inglesa, en medio de la crisis del imperio, inició un desarrollo industrial distinto e impulsó actividades como la industria eléctrica, la química, la automotriz. Su agricultura se modernizó. Inglaterra, abanderada hasta entonces del librecambio, se cerró y promovió la sustitución de importaciones. En la Argentina también fue así. Se vivió un período duro, pero el país se industrializó.
Claro que el pacto Roca-Runciman entre la Argentina y Gran Bretaña no parece encajar en los beneficios.
-Por eso yo digo que mi posición es distinta. No tengo un juicio tan terminante sobre la negatividad de los años 30, pero tampoco los veo como una época próspera. Trato de estudiar con cuidado cuáles eran las características y circunstancias que afrontaba la Argentina y veo los problemas de un país con tanta apertura económica, con falta de instrumentos de la política y golpeado por la crisis internacional. La investigación en que participé abarca el conjunto de América latina. Eso me permite ver que no hubo la genialidad de un liderazgo, por caso el de Pinedo, sino una tendencia de toda la región.
¿Qué tuvo de genial el control de cambios si lo hicieron todos los países de América latina y buena parte del mundo desarrollado?
Es más, Argentina fue más conservadora que los demás. Las circunstancias lo imponían.
¿Por qué lo imponían?
-Porque, al cabo de la Primera Guerra -y también durante la Segunda- hubo problemas de abastecimiento, lo que movió a darle impulso a la industria local. Se lanzaron al control de cambios, la devaluación, el crédito y la promoción de la industria, no por una gran visión estratégica sino por una necesidad inmediata.
¿Por qué dijo que la Argentina fue más conservadora que otros países?
-Porque el éxito que habían tenido entre nosotros las políticas librecambistas de apertura a la economía internacional había traído tal prosperidad que todo el mundo pensaba que la crisis era pasajera.
¿Cómo cambiar toda la política económica?
Es más, durante la crisis de los 30 la Argentina vivió una coyuntura excepcional: la sequía que abatió casi cuatro años a los EE.UU. -entre el 34 y el 37- y luego a Canadá y Australia. Aumentó el precio internacional de los granos y tuvimos cuatro años excelentes, con los mejores términos de intercambio. Por eso no creo en la genialidad de Pinedo.
¿Cayeron del cielo?
-Cayeron del cielo, cuando la crisis mundial era muy grave. Y ocurrió a los pocos meses que el ministro Pinedo puso en marcha el Plan de Acción Económica Nacional. No le niego que tuvo un par de ideas ingeniosas, como la Junta Nacional de Granos. Su plan fue un toquecito heterodoxo dentro de una política ortodoxa.
Entonces, ¿cuál es su visión del pacto Roca-Runciman?
-Yo trato de verlo desde el ángulo británico y desde el argentino. Gran Bretaña, campeona del libre cambio cuando en la segunda mitad del siglo XIX era una gran potencia, ya en este siglo fue perdiendo el liderazgo económico. Cuando concluye la Primera Guerra, sale con una gran deuda y con un grave problema de competitividad industrial. Abandona el libre cambio y se vuelca a las políticas de preferencia imperial, esto es, a fortalecer vínculos económicos con los países que habían sido parte de su dominio, por ejemplo, Canadá, Australia e India. Busca un área preferencial donde las mercaderías inglesas pudieran entrar en mejores condiciones. Para ello les concede algunos beneficios. Esto empieza a ser una amenaza para la Argentina porque puede ser discriminada y sus productos sufrir aranceles en el mercado británico.
EL AMIGO INGLÉS
¿Era mucho lo que le vendíamos a Gran Bretaña?
-La Argentina abastecía casi el 50 por ciento del consumo británico de carnes. No nos engañemos, era la carne barata. Bien, Londres firma efectivamente el Tratado de Ottawa y les otorga preferencias a países como Canadá y Australia. Ahora era un país proteccionista.
¿Qué le pasaba a la Argentina cuando los ingleses dan preferencias a sus antiguos súbditos?
-Argentina ya tenía un comercio triangular. En el siglo anterior, vendía granos y carne a Gran Bretaña y ellos nos vendían material ferroviario, textiles y maquinarias. Pero, después de la Primera Guerra empezamos a comprar más y más a los Estados Unidos. Eramos un país próspero, con una gran capacidad de consumo y ellos nos proveían elementos de confort que los ingleses casi no hacían porque su industria era más antigua. A partir de 1925, EE.UU. pasa a ser el país que proporcionalmente más exporta a la Argentina. Al mismo tiempo, es un productor agrícola que compite con nosotros, sobre todo en medio de la superproducción que se desató después de la Primera Guerra. Empezaron los roces.
¿Se dividieron nuestros intereses respecto de EE.UU.?
-Sí, pero no tengo que aclarar el peso de los sectores del campo. Para colmo, en enero de 1927 Estados Unidos embarga las carnes de los países que tenían el problema de la aftosa, entre ellos la Argentina. Era gravísimo. El mercado norteamericano aún no era importante pero empezaba a serlo, pero lo peor era el riesgo de que los ingleses hicieran lo mismo. Los influyentes ganaderos ven liquidada esta alternativa frente a la presión inglesa y allí cobra forma aquello de Comprar a quien nos compra que es inventado por el embajador inglés.
¿De allí hubo sólo un paso al pacto Roca-Runciman?
-Mi descubrimiento fue que tuvieron un primer éxito ya en 1928, con el gobierno de Yrigoyen. En realidad, lo trabajó un investigador norteamericano. A los roces de ganaderos y ruralistas con Estados Unidos se sumó el rechazo al intervencionismo militar norteamericano en América y el hecho de que ellos empezaban a comprar empresas en Argentina. Había un fuerte sentimiento antinorteamericano y el presidente radical, que no gozaba, sin embargo, de la simpatía de los ingleses por su política de neutralidad durante la Primera Guerra, envió un emisario a Londres para buscar un acercamiento. Se firmó el tratado con el ministro inglés Davernon, que otorgaba preferencias a la corona. El acuerdo no fue aprobado por el Congreso, pero es un indicio de cómo hay ciertas continuidades en donde sólo vemos diferencias. Usted se refiere a un anticipo del pacto Roca-Runciman.
¿Qué fue, en esencia?
-Para la Argentina, nada más que la promesa de que si Londres aplicaba nuevos cortes en su importación de carnes, ese perjuicio se repartiría entre todos los países, o sea que también Australia y Canadá los sufrirían. Inglaterra consiguió que todas las libras esterlinas que Argentina ganara en su exportación a la isla no fueran convertidas en dólares y quedaran a disposición de las exportaciones inglesas a la Argentina o del envío de remesas de beneficios por las empresas británicas de aquí o de pago de la deuda. Esto movió a la Argentina a bajar sus compras a los EE.UU. y redirigirlas a la isla.
¿Por qué se firmó si había tan poco beneficio?
-Por lo que dije del embargo de Washington a nuestras carnes, por el sentimiento antinorteamericano, porque si los británicos recortaban nuestras exportaciones de carne como amenazaban hubiera sido catastrófico, en fin. En realidad, sólo hubiera afectado al cheer beef, que es un negocio que estaba concentrado en muy pocas empresas ganaderas y navieras de aquí. No habría sido tan importante para el país como no lo sería hoy una drástica caída de las exportaciones al Brasil.
¿Por qué?
-Fíjese: la Argentina exporta en total el 8% de su producto bruto interno. Al Brasil va un poco menos de la tercera parte de ese 8%, o sea un 2,5% del PBI. Si Brasil, por una crisis, cortara el 20% de sus compras a la Argentina, que es mucho, significaría para nosotros una caída del 0,5. Afectaría, sobre todo, al sector automotor, pero ¿a usted le parece grave?
Pasaron muchas décadas del pacto con los ingleses y ahora vivimos en la era de las relaciones carnales con los Estados Unidos. ¿No es algo parecido?
-La diferencia fundamental, para mi gusto, es que Gran Bretaña nos compraba mientras que Estados Unidos, no. Entonces, una economía abierta como la nuestra, que no es muy poderosa, está sujeta a vaivenes enormes. Una dependencia tan grande de productos primarios es también muy peligrosa. Nosotros somos un país que compra a los Estados Unidos y vende a Europa. Eso, en el contexto internacional, es igualmente riesgoso. Cuando la moneda del euro suba mucho, vamos a quedar poco competitivos con Estados Unidos y viceversa. Lo que quiero decir es que, más que ensañarse con el Roca que firmó aquel pacto, con el negociador, hay que pensar acerca de cuán vulnerable es nuestra economía a los vaivenes. Era muy difícil en aquel contexto y con una economía vulnerable no aceptar ciertas presiones británicas. Y otra gran enseñanza es que debemos buscar el multilateralismo y no el bilateralismo en nuestro comercio.
Copyright Clarín, 19/07/98
Gunga Din, el perfecto cipayo. El Pacto Roca-Runciman de la década infame
Por Agenda de Reflexión
Por Agenda de Reflexión
En 1939 se estrenó Gunga Din, uno de los grandes clásicos del cine de aventuras de todos los tiempos, inspirado en el famoso relato de Rudyard Kipling, dirigido por George Stevens e interpretado por Cary Grant, Víctor McLaglen, Douglas Fairbanks Jr. y Joan Fontaine. La historia se trata de tres sargentos del ejército británico, buenos camaradas, de espíritu bromista, destacados en misión especial en una zona montañosa de la India colonial del siglo XIX. Los acompañaba un muchacho nativo, una especie de aguatero y guía baqueano llamado Gunga Din, que resultó ser el perfecto cipayo: se diría que disfrutaba viendo matar como moscas a sus compatriotas en nombre de los intereses del imperio y de la corona.
Pero digamos que la vocación del cipayo colonial no fue exclusiva del siglo XIX ni de la India exótica. El 27 de abril de 1933 se firmó la convención y protocolo que pasó a la historia como una de sus páginas más negras: el tristemente célebre -Pacto Roca-Runciman-. Un año antes, los representantes de los dominios integrantes del Commonwealth se habían reunido en la conferencia de Ottawa. En esa reunión el imperio británico firmó acuerdos con Australia y Canadá con el fin de otorgar preferencia a la compra de carnes. A partir de entonces la exportación de carnes argentinas a Inglaterra comenzó a decaer. La oligarquía y la Sociedad Rural argentinas presionaron entonces al presidente Agustín Pedro Justo y su gobierno derivado del llamado fraude patriótico para enviar una misión a Londres y arribar a un acuerdo. Las escasas condiciones miserables que pudo imponer a su principal cliente puso en evidencia el abrumador grado de dependencia del mercado exterior que tenía nuestra economía. Pero también el cipayismo vendepatria del gobierno y de nuestra clase dominante durante la década infame. Gran Bretaña, por su parte, tenía entonces vastos intereses en nuestro país: los ferrocarriles, los frigoríficos, el reaseguro y los enormes negocios derivados de éstos.
Por ese pacto, se permitió a nuestro país enviar al mercado inglés una cantidad de su mejor producción de chilled beef (carne enfriada), bien barata y ¡libre de gravámenes! A cambio, la Argentina aseguró, en condiciones de claro privilegio, la importación de carbón británico (sobre todo para abastecer a las locomotoras a vapor ¡también británicas!) y de toda una serie de productos manufacturados de ese origen. Se eliminaron medidas -proteccionistas- contra las importaciones inglesas, favorecidas además por regulaciones cambiarias. Al mismo tiempo, el gobierno argentino se comprometió a alentar la inserción de las empresas del Reino Unido en el terreno de las obras públicas.
El vergonzoso pacto fue firmado (paradójicamente el mismo año en que moriría don Hipólito Yrigoyen) en Londres por el ministro de comercio británico Walter Runciman y el vicepresidente conservador argentino Julio A. Roca (hijo del presidente homónimo). En esa oportunidad, Julito Roca tuvo el mal tino de decir que -Argentina, por su interdependencia recíproca, es, desde el punto de vista económico, una parte integrante del imperio británico-. El lacayismo llegaría a la cúspide en las palabras del agente financiero de los intereses británicos y miembro de la delegación argentina Guillermo Leguizamón, Sir de la corte de St James: -La Argentina es una de las joyas más preciadas de la corona de su Graciosa Majestad-.
La representación se completaba con el ministro de hacienda, el socialista independiente Federico Pinedo, siempre asesorado por el economista inglés Otto Niemeyer en las medidas adoptadas en el sistema de transporte con la fundación de ferrocarriles y tranvías de Buenos Aires, en la fundación del Banco Central y en la creación de la Junta Nacional de Granos. La oligarquía intentaba, por todos los medios, seguir en la órbita de Inglaterra, porque era la única manera de mantener sus privilegios. La pujante economía de Estados Unidos, fuerte productor de granos y criador de ganado de primer nivel, la estaba amenazando de muerte. En definitiva, el empréstito inglés fue de 13 millones de libras esterlinas, pero el 70 % de esa cifra fue destinado para pagar a la metrópoli ¡utilidades de los ferrocarriles!
Claro, ni el pacto ni aquellas declaraciones de la delegación fueron bien recibidas en los círculos nacionales, tanto entre las fuerzas armadas como entre los civiles como los hermanos Rodolfo y Julio Irazusta –autores de La Argentina y el imperialismo británico- y el grupo de intelectuales nucleados en FORJA. Se empezó así a cocinar un caldo de cultivo que prepararía finalmente las condiciones para la revolución del 4 de junio de 1943. El empréstito terminó pagándose (varias veces, como es de rigor) durante el gobierno del general Perón, cuando nacionalizó los ferrocarriles y el Banco Central, y derrotó a la coalición antinacional y antipopular de la oligarquía y el imperialismo.
El último domingo 24 se cumplieron cinco años de la muerte del gran patriota contemporáneo Alejandro Olmos, que supo denunciar la gran estafa de la deuda externa argentina y la complicidad de sus gerentes internos. Pero, como se ve, no hay nada nuevo bajo el sol: siempre existe disponible un Gunga Din.
Fuente: Agenda de Reflexión, Abril 27, 2005
Los suicidios en la década infame y en el tango
Por Carlos A. Manus*
Por Carlos A. Manus*
La década infame fue pródiga en suicidas de nota. Los argentinos Leopoldo Lugones (18.2.38), Alfonsina Storni (24.2.38), Lisandro de la Torre (6.1.39), Enrique Méndez Calzada (28.7.40), Víctor Juan Guillot (23.8.40), Enrique Loncán (30.9.40), Florencio Parravicini (25.3.41) y Eduardo Jorge Bosco (30.12.43), y los uruguayos Horacio Quiroga (19.2.37) y Edmundo Montagne (1941).
Esas muertes respondieron a causas personales o al clima amoral y de asfixia social y económica de esa época de infamia, corrupción y "mishiadura". El tema del suicidio -concretado, frustrado o simplemente meditado- fue abordado en el tango, fundamentalmente por Enrique Santos Discépolo en "Tres esperanzas":
No doy un paso más,/
alma otaria que hay en mí,/
me siento destrozao,/
¡murámonos aquí!/
… / …
No ves que estoy en yanta,/
y bandeao por ser un gil…/
Cachá el bufoso…/
y chau… ¡vamo a dormir!
…/… /
Si a un paso del adiós/
no hay un beso para mí/
cachá el bufoso…/
y chau… ¡vamo a dormir!
Discépolo comenzó a escribir esos versos en 1932, año en que se batió el record de suicidios en la Capital Federal con un tope de 0,028% sobre una población de 2.197.053 habitantes: 627 muertes producidas y 303 tentativas no consumadas, casi dos suicidios diarios (Memorias Policiales 1905-1955, Biblioteca Policía Federal).
La voluntad suicida de esos versos es corroborada por la dramática decisión adoptada durante esa década por importantes figuras de nuestra cultura. (1)
Aunque en algunos casos hayan incidido circunstancias particulares, no es mera casualidad la contemporaneidad de esos suicidios con los años de mayor regresión que conoció nuestro país.
Esas figuras sufrieron la opresión del medio ambiente cultural oficial y en medio de la difícil lucha por la existencia sintieron la misma frustración que Discépolo: la de estar engañados desde el día que nacieron.
A todos ellos los sueños y las ilusiones les fueron desechos en aquellos años ignominiosos y angustiosos y, al fin, desesperados, encontraron como única salida la del camino sin retorno. (2)
En "Esta noche me emborracho" Discépolo expresa el dolor de una desilusión amatoria:
Eduardo Romano - Literatura y cultura popular en la infame década de 1930 - Tramas - Oscar Bosetti
Nunca soñé que la veríaD
en un "requiscat in pace"/
tan cruel como el de hoy,/
¡Mire, si no es pa' suicidarse/
que por ese cachivache/
sea lo que soy!…
En "Infamia", Discépolo refleja el fracaso de luchar contra la gente:
Tu angustia comprendió que era imposible,/
luchar contra la gente es infernal./
Por eso me dejaste sin decirlo, ¡amor!…/
y fuiste a hundirte al fin en tu destino./
Tu vida desde entonces fue un suicidio,/
vorágine de horrores y de alcohol./
Anoche te mataste ya del todo y mi emoción/
te llora en tu descanso…¡ corazón!…
La degradación producto de un obsesivo metejón es narrada por Discépolo en "Secreto":
Resuelto a borrar con un tiro/
tu sombra maldita que ya es obsesión,/
he buscao en mi noche un lugar pa' morir,/
pero el arma se afloja en traición…/
No sé si merezco este oprobio feroz,/
pero en cambio he llegado a saber/
que es mentira que yo no me mato/
pensando en mis hijos… no lo hago por vos…
Dice Discépolo en "Cafetín de Buenos Aires":
En tu mezcla milagrosa/
de sabihondos y suicidas,/
yo aprendí filosofía… dados… timba…/
y la poesía cruel/ de no pensar más en mí…
En "Desencuentro", expresa Cátulo Castillo:
Por eso en tu total/ fracaso de vivir,/
ni el tiro del final/
te va a salir.
Homero Expósito dice en "Afiches":
Y apareces tú/
vendiendo el último jirón de juventud,/
cargándome otra vez la cruz./
¡Cruel en el cartel, te ríes, corazón!/
¡Dan ganas de balearse en un rincón!…/
… /
Yo te di un hogar…/
-¡fue culpa del amor!-/
¡Dan ganas de balearse en un rincón!
Dice Manuel Romero en "Tiempos viejos":
¿Te acordás, hermano, la rubia Mireya,/
que quité en lo de Hansen al loco Cepeda?/
Casi me suicido una noche por ella/
y hoy es una pobre mendiga harapienta/…
Fernando "Pino" Solanas" dice en "Solo":
Solo y sin un mango,/
como en un suicidio,/
solo tengo un tango/
pa' contar mi exilio…
/ … /
Solo como un cero solo,/
solo resistiendo solo/
lejos como un perro lejos/
lejos rastreando mis huesos/
solo como en un suicidio/
solo pa' contar mi exilio…
(1) Norberto Galasso, Discépolo y su época, 2ª edición, Buenos Aires, Ediciones Ayacucho, 1973, pp. 97-106
(2) Ibidem
Referencias:
Norberto Galasso, Discépolo y su época, 2ª edición, Buenos Aires, Ayacucho,1973.
Jimena Sáenz, "Los suicidas argentinos" en Todo es Historia, Nº 73, Buenos Aires, mayo de 1973.
http://www.discepolo.org.ar/, http://www.todotango.com/
Carlos A. Manus
Agosto 2005
* Carlos Manus es un estudioso de la historia política y del tango, temas sobre los que ha escrito artículos publicados por los diarios La Nación, Clarín y El Día. Sus notas han sido publicadas también en las revistas "Club de Tango", de Buenos Aires, y "Tango Reporter" y "Voz del Tango", ambas de California, EE.UU. Publica trabajos en inglés y en castellano en varios sitios de Internet, entre ellos El portal del tango, Todo tango, Altopilar y Club del Progreso. Es además miembro de la Sociedad Sanmartiniana en Washington, D.C.El licenciado Carlos A. Manus envía habitualmente sus colaboraciones a Terapia Tanguera.
Fuenchi de todo:
http://www.elortiba.org/pactorr.html