InicioCiencia EducacionEl reino de las mujeres - Los mosuo




Los mosuos un pueblo de China donde reinan las mujeres.


En la región de los lagos de Lugu, en el suroeste de China vive el pueblo de los Mosuos, unas 30.000 personas que se distribuyen en unos 50 pueblos. Esta etnia es una de las últimas en todo el mundo en la que la mujer ocupa un papel central, hasta el punto de que son ellas quienes eligen al hombre con el que tendrán descendencia pero luego no vuelven a convivir con él, ya que en los núcleos familiares viven abuelas, hijas y primas y los descendientes masculinos de éstas, pero nunca los maridos.



Las mujeres Mosuos practican el amor libre, ya que el matrimonio no existe y la fidelidad es un concepto inexistente para ellas. Como cabía esperar, es una mujer, quien reina sobre todas los miembros de esta mileneria sociedad matriarcal.
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Los mosuo, una cultura matriarcal



Los mosuo adoran a la mujer,antiguamente ellas eran su dios lo que los proclama como, una de las últimas comunidades matriarcales.

Entre los mosuo, la mujer tiene el rol más importante tanto en la vida social como en la laboral, la matriarca dirige su comunidad y cuando esta muere toma el poder la hija mayor o la más inteligente entre las hijas de la matriarca.



En la sociedad mosuo, la igualdad y el respeto entre hombres y mujeres es total.

Uno de los primeros aspectos que más chocan de esta sociedad organizada por mujeres es la ausencia de violencia. Impresiona que no hubiera ni violaciones, ni robos, ni asesinatos.

Todos los miembros de la familia viven dentro de la comunidad de la familia de la madre, en el entorno de la gran familia de la madre, con las abuelas, tías y tíos.

Las relaciones entre los dos sexos se basa en el respeto de las relaciones tanto emocionales como sexuales.

El término boda no existe para ellos, hombres y mujeres están juntos libremente no se hacen bajo la influencia de factores políticos o religiosos y se separan cuando les apetece, y tanto el hombre como la mujer pueden, si quieren, tener amantes y visitarlos cuando gusten.

La unión más común es conocida como “matrimonio de paso”, la pareja únicamente comparte la noche. Cuando amanece, él se va a casa de su madre donde se ocupará de los trabajos necesarios para la familia y del cuidado de los hijos de sus hermanas a los que educa como si de sus propios hijos se tratara.

Un antiguo proverbio dice que en el cielo el ser más importante es el águila, y en la tierra, el tío.



Los niños nacidos del fruto de estas relaciones son criados por la madre, los tios y tias de su familia y llevan el apellido materno. Crecen sin angustias, preocupaciones o sensación de inseguridad. El entorno familiar es tan grande que se sienten muy protegidos.

En la actualidad, los mosuos estan cada día más en contacto con el mundo exterior, y están ansiosos por conocer la vida fuera de las montañas. Algunos jóvenes han abandonado su casa para probar otras formas de vida, pero muchos han regresado tras pasar unos años fuera.

Dan Dong un guía de Mosuo de 29 años de edad, quien regresó a su pueblo natal tras ocho años de estudio y trabajo en las ciudades de Guangzhou y Shenzhen, en la provincia meridional de Guangdong dijo:

“Cuanto más vivimos fuera de casa,
apreciamos más nuestra cultura,
pues entre los amantes no existen
disputas sobre la propiedad y otras cosas.
La vida aquí es más feliz y simple”.

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un articulo mas

Etnia Mosuo en China




Muchos varones piensan que una sociedad con más poder femenino sería peor para ellos, pero la vida en los pocos “matriarcados” que existen en el mundo muestra todo lo contrario.

La mayoría de la población mundial vive en culturas patriarcales, es decir, donde el poder, el estatus y el prestigio son mayormente masculinos. Pero existen excepciones; pueblos en donde las mujeres nivelan o incluso superan a los hombres en la toma de decisiones de su comunidad. La fotoperiodista catalana Anna Boyé ha visitado algunos lugares donde las féminas la llevan, como la isla Orango Grande, frente a la costa de Guinea Bissau; una tierra donde las mujeres se organizan en asociaciones que gestionan la economía, el bienestar social y la ley. Son ellas las que imponen sanciones, dirigen, aconsejan, distribuyen y se las respeta como dueñas de la casa y de la tierra. Los hombres tienen algunas labores específicas –que requieren mayor fuerza-, pero prefieren que las mujeres sean las organizadoras. A las poderosas mujeres de Juchitán, al sur de México, las localizó Boyé gracias a que una amiga mexicana le comentó que allí los índices de salud eran increíblemente altos. Cuando visitó el lugar, pudo comprobar que los niños se criaban sanos y que la gente parecía saludable y feliz. Allí se mantiene un antiguo matriarcado, que ha tenido que pactar y convivir con el patriarcado dominante. “Sin embargo, los negocios y el comercio están en manos de las mujeres. Es la asamblea de indias zapotecas, la que controla la vida económica de la ciudad. Son reconocidas en todo México por su inteligencia, valentía, habilidad y audacia”, cuenta la fotógrafa.

HOMBRES FELICES

La más destacable es la etnia Mosuo, que habita en la localidad de Loshui, en la zona suroeste de China, próxima a Myanmar y al Tíbet. Con una población de 35 mil habitantes, se distribuyen en alrededor de 50 poblados, cercanos al lago Lugu. A una altura de 2.700 metros, se desempeñan como pescadores y granjeros. Tienen una manufactura artesanal –destacan sus coloridos trajes- y más recientemente está floreciendo un incipiente “etno-turismo”. La religión de los Mosuo es panteísta; veneran a Mu de Gan, la montaña sagrada, que se concibe como la diosa del amor y a Shinami, el lago sagrado, visto como la diosa de la madre. Han resistido la influencia de vecinos muy patriarcales, como fue el caso del régimen teocrático-feudal de los lamas tibetanos y del aguerrido imperio chino. A los 13 años niños y niñas son considerados mayores de edad y los familiares les preparan una ceremonia que los convierte en maduros para tener amantes. Las chicas, a partir de entonces, viven en una habitación separada -edificio de flores- y los chicos continúan en el zuwu con la familia materna. Las relaciones furtivas son las habituales en la aldea. Una mujer de alrededor de treinta años puede haber superado los cincuenta amantes y, en algunos casos, si es atractiva, es probable que haya tenido relaciones con todo el grupo de su edad. La periodista española Paka Díaz publicó el artículo: Los Mosuo: el último matriarcado (2000), donde relata que, en aquel mundo, el contenido de la palabra celos no tiene el más mínimo significado. La fidelidad es un concepto totalmente ignorado, y ni qué hablar del cuento del “príncipe azul”. Cuando una mujer y un hombre quieren formalizar una relación, deben obtener la aprobación de las venerables ancianas. Así el compromiso queda establecido y pasan a ser algo así como pololos. Pero eso no implica que vayan a vivir juntos: el hombre puede pasar la noche en la habitación de su amante, pero tiene como norma regresar a su casa materna antes del amanecer. Si el amor entre los amantes se acaba, se separan pacíficamente y buscan otro u otra pareja más adecuada. Aunque tengan hijos, ni los niños ni ningún otro miembro de la familia se referirán al progenitor como padre; éste los visita ocasionalmente y es tratado con respeto. Son los tíos biológicos de los pequeños los que se ocupan de su seguridad y educación y los niños corresponden cuidando de sus tíos cuando les llega la vejez. Quien registró sus dos visitas en el libro El reino de las mujeres (2005), fue el médico y periodista argentino Ricardo Coler. Nos cuenta que el sexo se practica de forma abierta y libre, aunque nadie anda comentando sus intimidades. “Intentan dar lugar a que el placer de la mujer, necesitado de tiempo y cuidado, alcance su plenitud”. Entre los Mosuo no existen palabras para los conceptos de asesinato, guerra, violación o cárceles. No hay violencia y son comunes el buen trato y la hospitalidad; no hay lucha por el poder; cada quien trabaja según su capacidad y los bienes se distribuyen de acuerdo con las necesidades de cada cual. Gracias al ambiente tolerante, pacífico y de respeto mutuo, cualquier problema puede resolverse mediante conversaciones y consultas. “Los hombres en las sociedades matriarcales lo pasan bárbaro. Defienden esa cultura, pues todos se benefician y viven bien”, sentencia el periodista.

EL EDÉN MATRÍZTICO

Desde que en 1861 el antropólogo suizo J.J. Bachofen publicó su libro El derecho materno, cada vez más investigadores creen que antes de nuestra era patriarcal –que tendría unos siete mil años de antigüedad- existió un largo período matricéntrico, que habría durado por lo menos unos 30 mil años. Y éste sería el anhelado Paraíso perdido o Época Dorada. Entre los más conocidos continuadores de estas tesis están: L.H. Morgan, F. Engels, B. Malinowski, M. Gimbutas, R. Graves, W. Reich, M. Mead, R. Eisler, y F. Martín-Cano. Erich Fromm intentó caracterizar lo que es común en estas sociedades matrísticas: predominio de la propiedad comunitaria; inexistencia del matrimonio; la mayoría del trabajo es asociativo; respeto al medio ambiente y vínculos pacíficos internos y con los vecinos. Las razones por las que esa civilización matricéntrica fue reemplazada –y oscurecida- por el patriarcado, es fuente de varias hipótesis, como la expuesta por el biólogo chileno Humberto Maturana .

Él cree que existió una cultura matrística (de matriz), no matriarcal, desde unos 8 mil años hasta 5 mil años a. de C. Recientes hallazgos arqueológicos indican que en Europa, en la zona del Danubio y en los Balcanes, se desarrolló una sociedad matrística. No era una sociedad en que las mujeres dominaran a los hombres, sino una cultura en que hombre y mujer eran copartícipes de la existencia, no eran oponentes. Había complementariedad. Las relaciones entre los sexos no eran de dominación ni de subordinación. Se vivía de la agricultura, pero sin apropiación de la tierra, que pertenecía a la comunidad. Los arqueólogos han encontrado poblados que no muestran signos de guerra, no tienen fortificaciones, ni armas como adornos o decorados. Encontraron, en cambio, signos estéticos de la vida, de lo natural. Las imágenes de culto son femeninas o híbridos de mujeres y animales. En ellos, no hay sugerencias de manipulación del mundo, sino de armonía de la existencia. Los signos indican que se vivía la vida como un aspecto de una dinámica cíclica de nacimiento y de muerte. No se consideraba a la muerte una tragedia, sino una pérdida natural. Era una cultura que no estaba centrada en las jerarquías, ni en el control de la sexualidad de la mujer.

Hoy vivimos una cultura patriarcal centrada en la dominación del hombre sobre la mujer, en el control de la sexualidad femenina y de la procreación humana y animal, en las jerarquías, en la guerra. El hombre es el pater, el patriarca del cual se habla en la Biblia. Yo pienso y propongo que la cultura patriarcal se origina fuera de Europa, en Asia Central, al surgir el pastoreo con la exclusión del lobo de su alimento natural que eran los mismos animales migratorios de que dependía también el hombre. Al aparecer la apropiación, al excluir al lobo, se comienza a luchar contra él. Y así aparece la primera dinámica que dio origen a la enemistad. Después, el enemigo ya no es el lobo, sino cualquier otro al que se excluya para apropiarse de algo. En la cultura matrística, la emoción fundamental era el amor. Con la defensa del ganado cambian las emociones. Se pierde la confianza en la dinámica de lo natural y se comienza a vivir el miedo y el control.

Al producirse el encuentro entre ambas culturas, la patriarcal somete a la matrística. Pero ésta no desaparece del todo. Permanece en la relación mateno-infantil. Ésa es la razón de que hoy vivamos una cultura matrística en la infancia y una cultura patriarcal en la vida adulta, lo que significa vivir lo masculino y lo femenino en conflicto permanente.

Éste es el motivo de que los problemas de nuestra cultura sean de contradicción entre los valores de la infancia y los de la vida adulta. Es vivir lo masculino y lo femenino como si fueran intrínsecamente opuestos. Esto indica que nuestra cultura surge de contradicciones y se mantiene aún en contradicciones.

No tiene sentido retomar a una cultura de hace 8 mil años. Ciertamente es imposible. Pero yo pienso que sí puede generarse una cultura que no esté centrada en la guerra, en la competencia, en la lucha, en la imagen, en la negación mutua, sino en el respeto, en la colaboración, en la conciencia ecológica y en la responsabilidad social. Eso sí es posible.

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Por cierto, si quieren debatir mas sobre estos temas les recomiento muchisimo esta comunidad

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