Intimo y conmovedor
Del informe sobre ciegos al poder de las tinieblas es el título del prólogo que Mario Sabato escribió para la reedición española de una de las obras más importantes de su padre. Aquí, el texto completo, en exclusiva
Domingo 05 de junio de 2011
Lo que pueda escribir acerca de El informe sobre ciegos está limitado por los excesos. El inicial, tal vez inexplicable para los lectores de una edición como ésta, es mi exagerada ignorancia en el análisis literario. El otro, menos criticable, es la excesiva proximidad que tengo con mi padre. Esto, habitualmente, no es un desmérito. Pero en este caso tan peculiar, en el que un hijo comenta una obra notoria de un padre famoso, oscurece la visión ecuánime que el lector puede exigir. Excepto, claro, que se haga esta aclaración.
Me sucedió algo similar cuando filmé Ernesto Sábato, mi padre, un documental que hice hace poco. Entonces, como lo voy a hacer ahora, ni siquiera intenté la objetividad. No pretendí evitar que el árbol me tapara el bosque. Por el contrario, lo miré muy de cerca. Que otros viesen el bosque, yo traté de ver la savia que recorría el tronco, las hojitas más imperceptibles, el polvo que levantaba el viento.
No lo lamento, ni me siento culpable. Los lectores podrán encontrar muchos estudios con la seriedad académica que merece la obra de mi padre. Lo que yo puedo hacer, y que sólo yo puedo hacer, es aportar otra mirada: la de su hijo. Si les interesa, y están dispuestos a perdonar la inevitable autorreferencia que implica escoger este camino, los invito a recorrerlo conmigo.
Hay dos encuentros iniciáticos con mi padre y la escritura. El primero tardó más de cincuenta años en inmiscuirse, y con tanta fuerza, entre mis recuerdos más preciados.
Hace unos diez años, haciendo lo que muchos hacen cuando llegan al atardecer de sus vidas, hurgué armarios y cajones de la casa paterna, buscando fotos de mis primeros años.
Mi padre, vaya a saber por qué, ya que era de esas costumbres que no aceptaban ser explicadas, hacía copias minúsculas de las fotografías familiares y las pegaba en álbumes de páginas marrones. Ninguna de las fotos superaba los cinco centímetros por lado, y había que apelar a una lupa para dilucidar quiénes habían sido retratados.
A veces mi padre o mi madre hacían alguna breve anotación debajo de las fotos, para aliviar las dudas del que las mirase. Otras veces, las menos, escribían en la misma foto, indicando el año y el lugar donde habían sido sacadas.
Entre esas miniaturas encontré una que me sacudió el alma. Mi padre, sentado junto a mí, me guía la mano que aferra un lápiz, que apunta a un cuaderno abierto en sus primeras hojas. Se ve que estamos al aire libre, y se adivinan el sol, los árboles.
La foto fue sacada por mi madre. Lo sé porque el borde superior recorta la cabeza de papá, justo donde comenzaba la calvicie que le disgustaba mostrar. Y hay una anotación de mi padre, que dice: "Enero 1950, Pantanillo. Mario aprende a escribir".
El Pantanillo era un paraje primitivo, en las serranías cordobesas, que carecía de luz eléctrica y agua corriente. Allí pasábamos largos veraneos, y mi padre aprovechaba la soledad y el silencio para escribir.
Por un rato, abandonó las cavilaciones de Hombres y engranajes, el ensayo que deduzco por la fecha que estaba escribiendo, y decidió que yo tenía que aprender a escribir antes de comenzar la escuela primaria.
Mi madre documentó el hecho, mi padre anotó esa frase apresurada, y debe haber abandonado su intento, ya que comencé la escuela sin saber escribir y tardé bastante más en aprender que otros chicos del barrio, que no tenían padres escritores.
El segundo encuentro con la escritura y mi padre ocurrió muy pocos años después, cuando mi mamá me dio la primera carta que mi padre me dirigía.
Supongo que puede parecer insólito que un padre le escriba una carta a su hijo de nueve años. En mi familia no es algo que nos llame la atención.
Yo vivía un momento dramático, idéntico al que pasan todos los chicos más o menos a mi edad: el derrumbe de las creencias más hermosas.
Alguien, algún amiguito escéptico y claramente maligno, me había susurrado que tanto los tres Reyes Magos como Papá Noel no existían, que eran los padres los que traían los regalos de Navidad y de Reyes.
El brutal desengaño amenazó otra creencia, igualmente importante, pero más reciente para mí.
Una señora que trabajaba en la casa, con el permiso de mi madre, me había llevado a la misa del domingo, en una imponente y desproporcionada iglesia del lugar.
Entonces, interrumpiendo el almuerzo familiar, les dije que tenía que hacerles una pregunta. No inquirí por los Reyes ni Papá Noel, que ya estaban descartados como posibilidad. Con la seriedad que imponía el asunto, pregunté si Dios existía de verdad.
Muchos años después supe que había tocado un tema que acuciaba silenciosamente a mis padres. Yo ignoraba que mi madre había comenzado un camino trascendente para ella. Sin dejar de ser judía, había abandonado el ateísmo y se acercaba a Cristo. Mi padre todavía era agnóstico. ¿Quién me iba a contestar semejante pregunta?
Ambos se miraron y dejaron de mirarse. El almuerzo se había suspendido. Yo estaba con el tenedor en el aire, esperando alguna respuesta. Finalmente mi padre farfulló algo parecida que ése era un tema demasiado importante para hablarlo así nomás, se levantó de la mesa y se fue a escribir.
Mamá me dijo, como si fuera una disculpa, que papá tenía que terminar un artículo muy importante.
Pero no estaba ocupado en terminar ningún artículo, estaba escribiendo la primera carta que recibí en mi vida.
-Papá escribió esto para vos. Tenés que leerlo con mucha atención- me dijo mamá después, y me dio un papel doblado en dos.
Cuando se publicó Sobre héroes y tumbas el estrépito tardó en llegar a Santos Lugares, sosegado suburbio donde vivíamos, donde mi padre aún vive.
Los primeros ecos fueron auspiciosos. Sobre todo para mí, que por años había tenido severas dificultades para explicar a mis amigos del barrio que mi padre no era un desocupado. Que si deambulaba por las calles de la zona, con el ceño fruncido, no era porque estaba holgazaneando, como otros que carecían de ocupación conocida y que no les interesaba tenerla. Que lo hacía porque necesitaba pensar. ¿En qué? Me preguntaban mis amigos. Y ésa era una pregunta letal, para la que un chico de diez, once años, no tenía respuestas convincentes.
Que mi padre fuera escritor, que ya había publicado El túnel y sus ensayos fundamentales, no era algo que supieran los chicos del barrio, y ni muchos de sus padres. Y los que lo sabían, no lo valoraban entusiastamente. Y yo tampoco, para ser sincero.
Envidiaba a uno de mis amigos, porque su padre era maquinista. Comandaba una gigantesca, humeante y negrísima locomotora de vapor. Y cada vez que su tren pasaba por Santos Lugares, hacía sonar su majestuosa sirena, para saludar a su hijo.
¡Cómo no tenerle envidia!
En comparación, el monótono sonido de las teclas de la Olivetti de mi padre carecía de todo atractivo.
El jardín de la casona de Santos Lugares era el más grande del barrio. Y claro, era el preferido por todos los chicos.
Que mi padre escribiese en el cuartito que daba al jardín no nos molestaba.
Apenas se advertía el traqueteo de su máquina de escribir, y sólo lo percibíamos en los breves intervalos de los gritos y las peleas que nos ocupaban con tanto entusiasmo.
Una vez, recuerdo que era verano y nos habíamos sentado en el pasillo de baldosas a la sombra, uno de mis amigos me preguntó:
-¿Qué es lo que escribe tanto?
Supongo que pensé un poco, antes de contestar. Que traté de encontrar algún indicio que me permitiese una respuesta atrayente, en esas charlas que papá y mamá tenían cuando almorzábamos. No debo haber encontrado nada, y cerré el molesto tema para siempre:
-No tengo la más puta idea.
Unos días después, un molesto incidente interrumpió nuestros juegos, en el momento de mayor entusiasmo.
Se abrió la ventanita que daba al jardín, y emergió la cabeza de mi padre. No vimos sus venas hinchadas, el pelo (que ya tenía poco) alborotado y sobre todo sus ojos desorbitados hasta que aulló:
-¡Se puede saber por qué carajo gritan tanto!
Mi respuesta fue uno de los cuentos preferidos de mi madre. Sospecho de su autenticidad, pero la transcribo tal como ella la festejaba:
-Nosotros porque somos chicos. ¿Y vos?
Sea cierta o no la frase, el hecho es que fue el único y último incidente que tuvimos con ese desquiciado que no entendía que los chicos deben gritar para ser felices.
Mi padre dejó de escribir en ese cuartito, y se fue con sus fantasmas al fondo de la casa.
Terminó la infancia, y éramos jovencitos cuyos destinos se separaban. El hijo del maquinista comenzó a trabajar cuando terminó la escuela primaria, y como aún era demasiado joven para ser ferroviario, hacía los mandados en la ferretería del barrio.
Agobiado por el destino que se me había impuesto, seguí envidiándolo. Se me había destinado a los augustos claustros del Nacional Buenos Aires, y a tratar de merecer la obligatoria vanidad de ser uno de sus alumnos.
Para entonces, claro, yo sabía que mi padre era un escritor reconocido. Y cuando fingía olvidarlo, para cometer desmanes a los que sigo siendo tan propenso, siempre había algún profesor que me lo recordaba.
En Santos Lugares, en cambio, la situación aún no había variado.
Aunque ya no nos veíamos tanto, yo sabía que para mis amigos de la infancia mi padre seguía siendo alguien "sin ocupación conocida". Hasta que Sobre héroes y tumbas tuvo un éxito estremecedor.
Las frecuentes visitas de gente que venía de la Capital, muchas veces con cámaras y grabadores, que preguntaban con tono perentorio a los vecinos que les indicaran cuál era la casa del escritor, convencieron hasta los más escépticos que mi padre era famoso. Y yo pasé a ser lo que sabía que era desde hacía catorce años: el hijo de Ernesto Sábato.
Nadie en casa me había obligado a leer ninguno de sus libros. No tenía la edad suficiente, y todos creían, incluyéndome, que iba a ser pintor. Y por una de esas leyes caseras que nadie discutía, no importaba que un pintor fuera culto. Más aún, convenía que no lo fuera.
Un año después de su publicación, y a escondidas, lo leí. Apasionadamente. Olvidándome que el que lo había escrito era ese tipo huraño con el que no me llevaba demasiado bien. En rigor, no me llevaba.
La atención y las esperanzas de mi padre estaban dirigidas a mi hermano mayor, Jorge Federico. Y hacía bien. Jorge fue, hasta su muerte, el más inteligente de la familia. El serio y estudioso. Y yo era un loquito que imaginaba ejércitos que comandaba, para solaz de los invitados de la casa a los que me hacían contar, con lujo de detalles, las épicas batallas que había ganado.
Pasó el tiempo, perdí la fabulación y el disparate, y casi a escondidas me sumergí en ese río vasto y feroz que era la novela de mi padre, lo primero que yo leía de él.
Una lectura inapropiada para un jovenzuelo de quince años.
Recuerdo que pensé en el Amazonas, que aún no conocía. Me imaginaba estar en ese río, padre de todos los ríos, a veces corriendo por sus orillas, otras veces navegándolo con una exigua piragua, siempre fascinado por la idea que me dejaba mirarlo, hacerme creer que veía todo, pero con señales tan escasas como poderosas de que me estaba engañando. Que lo más importante, lo que verdaderamente importaba, estaba debajo de su superficie.
Y de pronto apareció una isla, sin playas reparadoras, con rocas que la rodeaban, y se podía ver, apenas uno se acercaba, árboles retorcidos, la maleza sombría e impenetrable, y los pantanos amenazantes y malolientes.
Esa isla era El informe sobre ciegos.
Con la excusa que me detenía la historia, apenas lo hojeé, con aprensión. Como siempre pensaba en metáforas (y una exageración de adjetivos, lo admito), el río que era la novela se había convertido en un caserón solitario, que quedaba lejos del pueblo, en una colina sacudida por los vientos.
Santos Lugares ya no era un pueblo, y nunca tuvo colinas. Pero eso no me importaba.
La casa, por supuesto, tenía escaleras con finales impredecibles. Y un cuarto con una puerta que no terminaba de cerrarse me acechaba, se repetía en los recodos y en los pasillos.
Me rechazaba y me invitaba a pasar. Hasta que entré. Y leí, ansioso y desasosegado El informe sobre ciegos. Era esa isla y era ese cuarto. Era el misterio y la revelación. Todo se potencia y, en su negritud, se aclara.
Y supe que algún día lo filmaría. Y lo filmé. Habían pasado veinte años de esa primera lectura, que se repitió muchas veces, siempre con el mismo deslumbramiento.
La historia que sigue es minúscula y familiar. Pero si llegaron hasta aquí, supongo que les interesará conocerla.
Había hecho ya varias películas, pero no había logrado olvidarme de ese sueño inicial. Hasta que un productor, con el que había realizado comedias de consumo infantil, me confesó que quería hacer algo importante, "una película artística", para que, en el futuro, sus nietos la recordaran con orgullo.
Le propuse El informe sobre ciegos. Lo entusiasmó el título y sobre todo el autor, aunque siempre tuve la sospecha que jamás había leído algo de mi padre.
Esa misma noche, en Santos Lugares, le dije a mi padre que iba a filmar el Informe, que él iba a cobrar tanto, que le iba a cambiar el título para que la gente estuviera advertida de entrada de que una cosa era el libro y otra la película. A todo eso me dijo que sí. Y entonces le agregué la condición indispensable: él no podía ir a la filmación.
Esa veda merece, a mi entender, otra digresión. Unos años antes, habíamos hecho una versión televisiva de El túnel, dirigida por Sergio Renán y adaptada por Mario Mactas y por mí.
Mi padre, inesperadamente, fue al estudio del viejo Canal 7, donde estábamos grabando. Su irrupción provocó dos conmociones. La primera, previsible pero molesta, fue la de los actores y los técnicos hipnotizados por la fama del visitante.
Mi padre aprobó la belleza de Julia von Grolman, la protagonista femenina, y se detuvo a observar a Walter Vidarte, el talentoso actor que encarnaba al pintor desquiciado.
Estaba a punto de estallar la segunda conmoción, mucho más molesta, imprevisible para todos menos para mí, que rogaba en silencio para que no dijera lo que sabía que estaba pensando. Pero lo dijo:
-¡Pero usted Vidarte es un enano al lado de Julia von Grolman!
La grabación fue un desastre.
Sigo. Acordada la prudente prohibición de visitas, ya que ambos recordábamos aquel incidente, hablamos de temas más relacionados con el proceso de creación de una película.
Trató de convencerme de hacer otro fragmento de Sobre héroes, el heroico y melancólico relato de la última retirada del general Lavalle.
No tenía la complejidad literaria del Informe, y yo no me arriesgaría con una transcripción que, para cualquier persona sensata, aparecía como imposible.
Deseché la sugerencia, con razones irrefutables. El jamás se había destacado por su sensatez, y mi carencia de semejante virtud era hereditaria. Y por otra parte, lo que había ocupado mis sueños durante más de una década era la filmación de El informe.
Le gustó el nuevo título: El poder y las tinieblas, porque reflejaba el espíritu del capítulo y además porque lo remitía a un autor -Tolstoi-que él admiraba.
Era conveniente, acordamos, que no participara del guión.
Había un antecedente que avalaba mi deseo y su silencio. En 1951 se había filmado El túnel. La película era patética, por los vicios comerciales y el star system periférico que imperaban en esa época, pero también por el excesivo respeto del guión al original literario.
Un guión que, junto al director, había escrito mi padre. El mayor riesgo que enfrentábamos era que el cine y la literatura se parecen. Tanto como se asemejan, si uno no observa bien, el agua y el aceite.
La película tenía que ser autónoma, y su enorme presencia (como autor y como padre) podía dinamitar la libertad que yo necesitaba para filmarla.
Como estábamos dispuestos a exagerar, continuamos. Tampoco iba a leer el guión, y sólo iba a ver la película cuando estuviera terminada. No necesitamos estipular que además tenía que gustarle. Ambos sabíamos que así sería, porque mi omnipotencia y su amor lo dictaban.
Cuando finalmente vio la película, dos días antes del estreno, escribió: "Estoy conforme con El poder de las tinieblas; se hizo un trabajo dificilísimo por las sinuosidades del texto, de la materia ambigua que trata y por estar narrada en primera persona lo que determina visiones subjetivas extremas difíciles de ofrecer en cine. Mario procedió en la única forma que podía hacerlo: haciendo otra obra, inspirada sí en el Informe, pero diferente hasta en argumento y personajes, sin incurrir en el grave error de querer ilustrar el libro con imágenes y música".
El poder de las tinieblas se filmó y se estrenó en 1979, en el esplendor de la locura y el horror que vivió la Argentina.
El Informe, escrito veinte años antes, había sido una atroz profecía de lo que nos iba a pasar. La película, claro, ya no podía ser profética.
Tenía que limitarse a ser alegórica.
Este texto se incluye en la reedición publicada por Seix Barral y fue escrito un mes antes de la muerte del escritor
fuente.http://www.lanacion.com.ar/1378941-intimo-y-conmovedor
Del informe sobre ciegos al poder de las tinieblas es el título del prólogo que Mario Sabato escribió para la reedición española de una de las obras más importantes de su padre. Aquí, el texto completo, en exclusiva
Domingo 05 de junio de 2011
Lo que pueda escribir acerca de El informe sobre ciegos está limitado por los excesos. El inicial, tal vez inexplicable para los lectores de una edición como ésta, es mi exagerada ignorancia en el análisis literario. El otro, menos criticable, es la excesiva proximidad que tengo con mi padre. Esto, habitualmente, no es un desmérito. Pero en este caso tan peculiar, en el que un hijo comenta una obra notoria de un padre famoso, oscurece la visión ecuánime que el lector puede exigir. Excepto, claro, que se haga esta aclaración.
Me sucedió algo similar cuando filmé Ernesto Sábato, mi padre, un documental que hice hace poco. Entonces, como lo voy a hacer ahora, ni siquiera intenté la objetividad. No pretendí evitar que el árbol me tapara el bosque. Por el contrario, lo miré muy de cerca. Que otros viesen el bosque, yo traté de ver la savia que recorría el tronco, las hojitas más imperceptibles, el polvo que levantaba el viento.
No lo lamento, ni me siento culpable. Los lectores podrán encontrar muchos estudios con la seriedad académica que merece la obra de mi padre. Lo que yo puedo hacer, y que sólo yo puedo hacer, es aportar otra mirada: la de su hijo. Si les interesa, y están dispuestos a perdonar la inevitable autorreferencia que implica escoger este camino, los invito a recorrerlo conmigo.
Hay dos encuentros iniciáticos con mi padre y la escritura. El primero tardó más de cincuenta años en inmiscuirse, y con tanta fuerza, entre mis recuerdos más preciados.
Hace unos diez años, haciendo lo que muchos hacen cuando llegan al atardecer de sus vidas, hurgué armarios y cajones de la casa paterna, buscando fotos de mis primeros años.
Mi padre, vaya a saber por qué, ya que era de esas costumbres que no aceptaban ser explicadas, hacía copias minúsculas de las fotografías familiares y las pegaba en álbumes de páginas marrones. Ninguna de las fotos superaba los cinco centímetros por lado, y había que apelar a una lupa para dilucidar quiénes habían sido retratados.
A veces mi padre o mi madre hacían alguna breve anotación debajo de las fotos, para aliviar las dudas del que las mirase. Otras veces, las menos, escribían en la misma foto, indicando el año y el lugar donde habían sido sacadas.
Entre esas miniaturas encontré una que me sacudió el alma. Mi padre, sentado junto a mí, me guía la mano que aferra un lápiz, que apunta a un cuaderno abierto en sus primeras hojas. Se ve que estamos al aire libre, y se adivinan el sol, los árboles.
La foto fue sacada por mi madre. Lo sé porque el borde superior recorta la cabeza de papá, justo donde comenzaba la calvicie que le disgustaba mostrar. Y hay una anotación de mi padre, que dice: "Enero 1950, Pantanillo. Mario aprende a escribir".
El Pantanillo era un paraje primitivo, en las serranías cordobesas, que carecía de luz eléctrica y agua corriente. Allí pasábamos largos veraneos, y mi padre aprovechaba la soledad y el silencio para escribir.
Por un rato, abandonó las cavilaciones de Hombres y engranajes, el ensayo que deduzco por la fecha que estaba escribiendo, y decidió que yo tenía que aprender a escribir antes de comenzar la escuela primaria.
Mi madre documentó el hecho, mi padre anotó esa frase apresurada, y debe haber abandonado su intento, ya que comencé la escuela sin saber escribir y tardé bastante más en aprender que otros chicos del barrio, que no tenían padres escritores.
El segundo encuentro con la escritura y mi padre ocurrió muy pocos años después, cuando mi mamá me dio la primera carta que mi padre me dirigía.
Supongo que puede parecer insólito que un padre le escriba una carta a su hijo de nueve años. En mi familia no es algo que nos llame la atención.
Yo vivía un momento dramático, idéntico al que pasan todos los chicos más o menos a mi edad: el derrumbe de las creencias más hermosas.
Alguien, algún amiguito escéptico y claramente maligno, me había susurrado que tanto los tres Reyes Magos como Papá Noel no existían, que eran los padres los que traían los regalos de Navidad y de Reyes.
El brutal desengaño amenazó otra creencia, igualmente importante, pero más reciente para mí.
Una señora que trabajaba en la casa, con el permiso de mi madre, me había llevado a la misa del domingo, en una imponente y desproporcionada iglesia del lugar.
Entonces, interrumpiendo el almuerzo familiar, les dije que tenía que hacerles una pregunta. No inquirí por los Reyes ni Papá Noel, que ya estaban descartados como posibilidad. Con la seriedad que imponía el asunto, pregunté si Dios existía de verdad.
Muchos años después supe que había tocado un tema que acuciaba silenciosamente a mis padres. Yo ignoraba que mi madre había comenzado un camino trascendente para ella. Sin dejar de ser judía, había abandonado el ateísmo y se acercaba a Cristo. Mi padre todavía era agnóstico. ¿Quién me iba a contestar semejante pregunta?
Ambos se miraron y dejaron de mirarse. El almuerzo se había suspendido. Yo estaba con el tenedor en el aire, esperando alguna respuesta. Finalmente mi padre farfulló algo parecida que ése era un tema demasiado importante para hablarlo así nomás, se levantó de la mesa y se fue a escribir.
Mamá me dijo, como si fuera una disculpa, que papá tenía que terminar un artículo muy importante.
Pero no estaba ocupado en terminar ningún artículo, estaba escribiendo la primera carta que recibí en mi vida.
-Papá escribió esto para vos. Tenés que leerlo con mucha atención- me dijo mamá después, y me dio un papel doblado en dos.
Cuando se publicó Sobre héroes y tumbas el estrépito tardó en llegar a Santos Lugares, sosegado suburbio donde vivíamos, donde mi padre aún vive.
Los primeros ecos fueron auspiciosos. Sobre todo para mí, que por años había tenido severas dificultades para explicar a mis amigos del barrio que mi padre no era un desocupado. Que si deambulaba por las calles de la zona, con el ceño fruncido, no era porque estaba holgazaneando, como otros que carecían de ocupación conocida y que no les interesaba tenerla. Que lo hacía porque necesitaba pensar. ¿En qué? Me preguntaban mis amigos. Y ésa era una pregunta letal, para la que un chico de diez, once años, no tenía respuestas convincentes.
Que mi padre fuera escritor, que ya había publicado El túnel y sus ensayos fundamentales, no era algo que supieran los chicos del barrio, y ni muchos de sus padres. Y los que lo sabían, no lo valoraban entusiastamente. Y yo tampoco, para ser sincero.
Envidiaba a uno de mis amigos, porque su padre era maquinista. Comandaba una gigantesca, humeante y negrísima locomotora de vapor. Y cada vez que su tren pasaba por Santos Lugares, hacía sonar su majestuosa sirena, para saludar a su hijo.
¡Cómo no tenerle envidia!
En comparación, el monótono sonido de las teclas de la Olivetti de mi padre carecía de todo atractivo.
El jardín de la casona de Santos Lugares era el más grande del barrio. Y claro, era el preferido por todos los chicos.
Que mi padre escribiese en el cuartito que daba al jardín no nos molestaba.
Apenas se advertía el traqueteo de su máquina de escribir, y sólo lo percibíamos en los breves intervalos de los gritos y las peleas que nos ocupaban con tanto entusiasmo.
Una vez, recuerdo que era verano y nos habíamos sentado en el pasillo de baldosas a la sombra, uno de mis amigos me preguntó:
-¿Qué es lo que escribe tanto?
Supongo que pensé un poco, antes de contestar. Que traté de encontrar algún indicio que me permitiese una respuesta atrayente, en esas charlas que papá y mamá tenían cuando almorzábamos. No debo haber encontrado nada, y cerré el molesto tema para siempre:
-No tengo la más puta idea.
Unos días después, un molesto incidente interrumpió nuestros juegos, en el momento de mayor entusiasmo.
Se abrió la ventanita que daba al jardín, y emergió la cabeza de mi padre. No vimos sus venas hinchadas, el pelo (que ya tenía poco) alborotado y sobre todo sus ojos desorbitados hasta que aulló:
-¡Se puede saber por qué carajo gritan tanto!
Mi respuesta fue uno de los cuentos preferidos de mi madre. Sospecho de su autenticidad, pero la transcribo tal como ella la festejaba:
-Nosotros porque somos chicos. ¿Y vos?
Sea cierta o no la frase, el hecho es que fue el único y último incidente que tuvimos con ese desquiciado que no entendía que los chicos deben gritar para ser felices.
Mi padre dejó de escribir en ese cuartito, y se fue con sus fantasmas al fondo de la casa.
Terminó la infancia, y éramos jovencitos cuyos destinos se separaban. El hijo del maquinista comenzó a trabajar cuando terminó la escuela primaria, y como aún era demasiado joven para ser ferroviario, hacía los mandados en la ferretería del barrio.
Agobiado por el destino que se me había impuesto, seguí envidiándolo. Se me había destinado a los augustos claustros del Nacional Buenos Aires, y a tratar de merecer la obligatoria vanidad de ser uno de sus alumnos.
Para entonces, claro, yo sabía que mi padre era un escritor reconocido. Y cuando fingía olvidarlo, para cometer desmanes a los que sigo siendo tan propenso, siempre había algún profesor que me lo recordaba.
En Santos Lugares, en cambio, la situación aún no había variado.
Aunque ya no nos veíamos tanto, yo sabía que para mis amigos de la infancia mi padre seguía siendo alguien "sin ocupación conocida". Hasta que Sobre héroes y tumbas tuvo un éxito estremecedor.
Las frecuentes visitas de gente que venía de la Capital, muchas veces con cámaras y grabadores, que preguntaban con tono perentorio a los vecinos que les indicaran cuál era la casa del escritor, convencieron hasta los más escépticos que mi padre era famoso. Y yo pasé a ser lo que sabía que era desde hacía catorce años: el hijo de Ernesto Sábato.
Nadie en casa me había obligado a leer ninguno de sus libros. No tenía la edad suficiente, y todos creían, incluyéndome, que iba a ser pintor. Y por una de esas leyes caseras que nadie discutía, no importaba que un pintor fuera culto. Más aún, convenía que no lo fuera.
Un año después de su publicación, y a escondidas, lo leí. Apasionadamente. Olvidándome que el que lo había escrito era ese tipo huraño con el que no me llevaba demasiado bien. En rigor, no me llevaba.
La atención y las esperanzas de mi padre estaban dirigidas a mi hermano mayor, Jorge Federico. Y hacía bien. Jorge fue, hasta su muerte, el más inteligente de la familia. El serio y estudioso. Y yo era un loquito que imaginaba ejércitos que comandaba, para solaz de los invitados de la casa a los que me hacían contar, con lujo de detalles, las épicas batallas que había ganado.
Pasó el tiempo, perdí la fabulación y el disparate, y casi a escondidas me sumergí en ese río vasto y feroz que era la novela de mi padre, lo primero que yo leía de él.
Una lectura inapropiada para un jovenzuelo de quince años.
Recuerdo que pensé en el Amazonas, que aún no conocía. Me imaginaba estar en ese río, padre de todos los ríos, a veces corriendo por sus orillas, otras veces navegándolo con una exigua piragua, siempre fascinado por la idea que me dejaba mirarlo, hacerme creer que veía todo, pero con señales tan escasas como poderosas de que me estaba engañando. Que lo más importante, lo que verdaderamente importaba, estaba debajo de su superficie.
Y de pronto apareció una isla, sin playas reparadoras, con rocas que la rodeaban, y se podía ver, apenas uno se acercaba, árboles retorcidos, la maleza sombría e impenetrable, y los pantanos amenazantes y malolientes.
Esa isla era El informe sobre ciegos.
Con la excusa que me detenía la historia, apenas lo hojeé, con aprensión. Como siempre pensaba en metáforas (y una exageración de adjetivos, lo admito), el río que era la novela se había convertido en un caserón solitario, que quedaba lejos del pueblo, en una colina sacudida por los vientos.
Santos Lugares ya no era un pueblo, y nunca tuvo colinas. Pero eso no me importaba.
La casa, por supuesto, tenía escaleras con finales impredecibles. Y un cuarto con una puerta que no terminaba de cerrarse me acechaba, se repetía en los recodos y en los pasillos.
Me rechazaba y me invitaba a pasar. Hasta que entré. Y leí, ansioso y desasosegado El informe sobre ciegos. Era esa isla y era ese cuarto. Era el misterio y la revelación. Todo se potencia y, en su negritud, se aclara.
Y supe que algún día lo filmaría. Y lo filmé. Habían pasado veinte años de esa primera lectura, que se repitió muchas veces, siempre con el mismo deslumbramiento.
La historia que sigue es minúscula y familiar. Pero si llegaron hasta aquí, supongo que les interesará conocerla.
Había hecho ya varias películas, pero no había logrado olvidarme de ese sueño inicial. Hasta que un productor, con el que había realizado comedias de consumo infantil, me confesó que quería hacer algo importante, "una película artística", para que, en el futuro, sus nietos la recordaran con orgullo.
Le propuse El informe sobre ciegos. Lo entusiasmó el título y sobre todo el autor, aunque siempre tuve la sospecha que jamás había leído algo de mi padre.
Esa misma noche, en Santos Lugares, le dije a mi padre que iba a filmar el Informe, que él iba a cobrar tanto, que le iba a cambiar el título para que la gente estuviera advertida de entrada de que una cosa era el libro y otra la película. A todo eso me dijo que sí. Y entonces le agregué la condición indispensable: él no podía ir a la filmación.
Esa veda merece, a mi entender, otra digresión. Unos años antes, habíamos hecho una versión televisiva de El túnel, dirigida por Sergio Renán y adaptada por Mario Mactas y por mí.
Mi padre, inesperadamente, fue al estudio del viejo Canal 7, donde estábamos grabando. Su irrupción provocó dos conmociones. La primera, previsible pero molesta, fue la de los actores y los técnicos hipnotizados por la fama del visitante.
Mi padre aprobó la belleza de Julia von Grolman, la protagonista femenina, y se detuvo a observar a Walter Vidarte, el talentoso actor que encarnaba al pintor desquiciado.
Estaba a punto de estallar la segunda conmoción, mucho más molesta, imprevisible para todos menos para mí, que rogaba en silencio para que no dijera lo que sabía que estaba pensando. Pero lo dijo:
-¡Pero usted Vidarte es un enano al lado de Julia von Grolman!
La grabación fue un desastre.
Sigo. Acordada la prudente prohibición de visitas, ya que ambos recordábamos aquel incidente, hablamos de temas más relacionados con el proceso de creación de una película.
Trató de convencerme de hacer otro fragmento de Sobre héroes, el heroico y melancólico relato de la última retirada del general Lavalle.
No tenía la complejidad literaria del Informe, y yo no me arriesgaría con una transcripción que, para cualquier persona sensata, aparecía como imposible.
Deseché la sugerencia, con razones irrefutables. El jamás se había destacado por su sensatez, y mi carencia de semejante virtud era hereditaria. Y por otra parte, lo que había ocupado mis sueños durante más de una década era la filmación de El informe.
Le gustó el nuevo título: El poder y las tinieblas, porque reflejaba el espíritu del capítulo y además porque lo remitía a un autor -Tolstoi-que él admiraba.
Era conveniente, acordamos, que no participara del guión.
Había un antecedente que avalaba mi deseo y su silencio. En 1951 se había filmado El túnel. La película era patética, por los vicios comerciales y el star system periférico que imperaban en esa época, pero también por el excesivo respeto del guión al original literario.
Un guión que, junto al director, había escrito mi padre. El mayor riesgo que enfrentábamos era que el cine y la literatura se parecen. Tanto como se asemejan, si uno no observa bien, el agua y el aceite.
La película tenía que ser autónoma, y su enorme presencia (como autor y como padre) podía dinamitar la libertad que yo necesitaba para filmarla.
Como estábamos dispuestos a exagerar, continuamos. Tampoco iba a leer el guión, y sólo iba a ver la película cuando estuviera terminada. No necesitamos estipular que además tenía que gustarle. Ambos sabíamos que así sería, porque mi omnipotencia y su amor lo dictaban.
Cuando finalmente vio la película, dos días antes del estreno, escribió: "Estoy conforme con El poder de las tinieblas; se hizo un trabajo dificilísimo por las sinuosidades del texto, de la materia ambigua que trata y por estar narrada en primera persona lo que determina visiones subjetivas extremas difíciles de ofrecer en cine. Mario procedió en la única forma que podía hacerlo: haciendo otra obra, inspirada sí en el Informe, pero diferente hasta en argumento y personajes, sin incurrir en el grave error de querer ilustrar el libro con imágenes y música".
El poder de las tinieblas se filmó y se estrenó en 1979, en el esplendor de la locura y el horror que vivió la Argentina.
El Informe, escrito veinte años antes, había sido una atroz profecía de lo que nos iba a pasar. La película, claro, ya no podía ser profética.
Tenía que limitarse a ser alegórica.
Este texto se incluye en la reedición publicada por Seix Barral y fue escrito un mes antes de la muerte del escritor
fuente.http://www.lanacion.com.ar/1378941-intimo-y-conmovedor