Wolfgang Pauli
Wolfgang Pauli fue un físico teórico austríaco sumamente talentoso que hizo importantes contribuciones en numerosas áreas de la física moderna.
Completó sus estudios un año antes de lo esperado. A la edad de 21 años, Pauli ganó reconocimiento público con un magistral artículo de análisis de la relatividad que había escrito a los 19. Este artículo sigue considerándose como una de las introducciones más elegantes y amplias al tema. Otras contribuciones importantes fueron el descubrimiento del principio de exclusión, la explicación de la conexión entre el espín de las partículas y la estadística, teorías de electrodinámica cuántica relativista, la hipótesis del neutrino y la hipótesis del espín nuclear.
Un artículo titulado “Los principios fundamentales de la mecánica cuántica”, escrito por Pauli en 1933 para el Handbuch der Physik, es ampliamente reconocido como uno de los mejores tratamientos de la física cuántica que han sido escritos.
Pero de lo que os quiero hablar en la historia de hoy no es de los descubrimientos y aportaciones de este hombre, sino de su carácter. Para Pauli la solución correcta de un problema era que el argumento que condujera a ella fuese conciso pero completo y lógicamente impecable. Sus artículos eran los productos finales de un largo y arduo proceso de pensamiento con una argumentación elaborada y reelaborada. Se dice que sus publicaciones rozaban la perfección. Rara vez estaba equivocado.
Sus críticas eran siempre muy dolorosas y no tenía piedad. Cuando discutía con algún colega no le importaba tratarlo de imbécil, aunque fuera el mismo Niels Bohr (como hizo más de una vez) y aunque fuera en público. Los que lo conocían ya estaban acostumbrados. Cualquier pequeño error hacía que lo criticara de modo brutal. El mismo decía que era como si una persona tenía callos, pues había que pisárselos hasta que se acostumbrara al dolor. Rápidamente su nombre fue conocido tanto por sus descubrimientos como por personalidad y mordaz lengua. No obstante y gracias a ello ejerció gran influencia en sus alumnos y colegas obligándoles con su crítica a una comprensión y reflexión más profunda y clara.
Para que lo veáis de forma concreta, os daré unos ejemplos.
A un físico le dijo: “No me importa que piense usted despacio, lo que me importa es que publique más rápidamente de lo que piensa”.
A otro joven físico al presentar una nueva teoría y nada más finalizar la misma le dijo: “Qué pena, tan joven y ya tan desconocido”.
Incluso cuando Einstein dio una conferencia sobre relatividad, al acabar, Pauli con 19 añitos se levantó diciendo: “Verán, lo que ha dicho el Sr. Einstein, en realidad, no es tan tonto”. Y es que realmente, era un auténtico experto en relatividad. El citado artículo que había escrito lo había hecho con tal concisión, profundidad y lógica que el propio Einstein, después de leerlo, afirmó que entendía mejor su propia teoría.
Cuando fue presentado al profesor Paul Ehrenfest cuyos trabajos eran muy admirados por sus colegas y quien, por otro lado, admiraba el artículo de Pauli sobre la relatividad, se comportó de manera muy ruda. Ehrenfest le dijo: “Prefiero sus publicaciones a usted” a lo cual, el joven Pauli le replicó: “Qué raro. A mí me pasa lo contrario con usted.”
Pero claro, un carácter de este tipo degenera tarde o temprano en enfrentamientos y se llevó algún que otro revés. Pero hay que reconocerlo, Pauli era el mejor. Indiscutible. Lev Davidovich Landau fue también conocido por su arrogancia, pero se topó de frente con la de Pauli. Tras exponer una determinada explicación le preguntó enfadado si pensaba que sus ideas eran absurdas, a lo que Pauli respondió: “En absoluto, en absoluto. Sus ideas son tan confusas que no puedo decir si son absurdas o no”.
También son famosas frases suyas. En una ocasión tras haber trabajado infructuosamente en la teoría del campo unificado dijo:
- Lo que Dios ha separado no lo puede volver a unir el hombre.
Cuando se detectó experimentalmente la violación de la paridad:
- No puedo creer que Dios sea un débil zurdo.
No es que pensara que los zurdos fueran débiles, sino que consideraba que tenía que ser ambidiestro. Vamos, la expresión “ni Dios se libraba de él” encaja de perlas con este personaje.
Víctor Weisskopf, uno de los más famosos estudiantes de Pauli, lo describió apropiadamente como “la conciencia de la física teórica”. Nos relata una graciosa anécdota:
A las pocas semanas, Pauli me solicitó venir a Zurich. Llegué a la gran puerta de su oficina. Toqué y nadie me contestó. Volví a tocar sin respuesta. Después de cinco minutos dijo, con enojo, “¿Quién es? ¡Entre!”. Abrí la puerta, y ahí estaba Pauli -era una gran oficina- al otro lado de la habitación, en su escritorio, escribiendo y escribiendo. Dijo: “¿Quién es? Primero debo terminar el cálculo.” De nuevo me dejó esperando por cerca de cinco minutos y después: “¿Quién es usted?” Soy Weisskopf. “Uhh, Weisskopf, ya, usted es mi nuevo asistente.” Luego me miró y afirmó, “Bien, como usted sabe yo quería contratar a Bethe, pero ahora trabaja en estado sólido. El estado sólido no me gusta, aunque he empezado a trabajar en él. Ésta es la razón por la que lo elegí a usted.” En seguida añadí: “¿Qué puedo hacer para usted señor?” y me contestó, “Le voy a dar a resolver un problema.” Me dio un problema, cierto cálculo, y me dijo, “Vaya y trabaje”. Cuando regresé, después de un poco más de 10 días, me dijo, “Bueno, muéstreme lo que hizo.” Se lo enseñé. Me miró y exclamó: “¡Debería haber contratado a Bethe!”.
Pero no quiero dejaros con ese amargo sabor de boca y voy a ejercer de abogado del diablo. Ofrecía a los demás lo que quería para él mismo. Al físico que iba a ser su asistente le dijo: “No tendrá usted obligaciones pesadas. Lo que tiene que hacer es, cada vez que yo diga algo, contradecirme con los argumentos más poderosos.” Por otro lado era un hombre brillante. A los 24 años había dado con el famoso “Principio de Exclusión” y añadió al neutrino a la lista de partículas elementales.
Personas de la talla de Heisenberg y Bohr sacaron mucho provecho de sus críticas. Admiraban su honestidad y sinceridad. Bohr decía de él que era como “una roca en un mar turbulento”. Todos los físicos que querían encontrar fallos en sus tesis acudían a Pauli. Siempre se podía contar con él para que dijera exactamente lo que pensaba. Después de muchos años de su muerte, Heisenberg dijo que lamentaba casi todos los días la pérdida de Pauli y no disponer de su aguda crítica que tantas veces le ayudó.
Y es que hombres críticos como este obligan a sus colegas a reflexionar de forma más profunda y eso hace que la ciencia vaya por el buen camino.
Todo un carácter, ¿verdad?.
fuentes:
http://fisicamod3rna.blogspot.com/2010_11_01_archive.html
“Los creadores de la nueva física”, Barbara Lovett Cline
“Eurekas y euforias”, Walter Gratzer
“¿Quién ocupó el despacho de Einstein?”, Ed Regis
“La unificación de las fuerzas funfamentales”, Abdus Salam