CAPÍTULO SEIS
EN EL BOSQUE DE SHERWOOD
EN EL BOSQUE DE SHERWOOD
Durante varios días, la calma y la paz reinaron en el castillo del conde de
Sherwood. La satisfacción por el deber cumplido era el sentimiento que compartía
Robin con sus hombres. El constante agradecimiento de Feldon era lo único que
hacía ensombrecer la alegría de Robin. Le hacía recordar los tormentos que podía
estar sufriendo la familia del que era ahora su más incondicional vasallo.
Pero Guy de Gisborne no había olvidado la terrible acción cometida por Robin.
Convocó una reunión con el príncipe Juan y sus más fieles seguidores, y allí
expuso los hechos ocurridos.
—Caballeros, nos hemos librado de Edward Fitzwalter y también de Richard
At Lea. Pero mientras ande suelto Robin, no nos dejará vivir tranquilos. Ese joven
es muy peligroso —dijo Guy de Gisborne.
—Estoy de acuerdo —intervino Hugo de Reinault—. Estoy seguro de que
sospecha algo sobre lo ocurrido con At Lea, y no cejará en su empeño hasta
averiguarlo. Conozco muy bien a ese joven sajón.
—Entonces, Guy de Gisborne, atacad su castillo —dijo el príncipe Juan—.
Todos colaboraremos con nuestros soldados. Además, ese joven es muy rico. Nos
quedaremos con su castillo, con sus tierras y con sus bienes. Nos repartiremos
todo.
Tomada la decisión, los caballeros se dispersaron. Pocos días después, según lo
convenido, un numeroso ejército, nutrido con hombres de diversa procedencia,
rodeaba el castillo de Sherwood, preparado para el asalto.
Por su parte, los hombres de Robin de Fitzwalter permanecían en sus puestos
día y noche. Todos ellos mantenían alto el ánimo. Estaban dispuestos a todo en
defensa de la ley, y con la seguridad y tranquilidad de espíritu que produce estar
cargado de razón.
Después de un mes de asedio al castillo de Sherwood, las frecuentes
escaramuzas no supusieron ninguna rotunda victoria para los atacantes ni ninguna
sonada derrota para los atacados.
Aparte del agotamiento que empezaba a hacer mella en las tropas atacantes,
esta expedición empezó a ser duramente criticada por numerosos nobles, tanto
sajones como normandos. Todos sospechaban que el príncipe respaldaba tal
acción. Todos sabían perfectamente quiénes eran Guy de Gisborne y el pequeño a
influyente grupo que rodeaba a Juan sin Tierra.
Se convocó una nueva reunión para discutir qué era lo más conveniente, dadas
las actuates circunstancias.
Como en otras ocasiones, Hugo de Reinault fue el que aportó la idea más
diabólica para acabar con aquella situación.
—Señores, creo que se debe enviar un mensajero que anuncie el perdón a
Feldon y a los que, como él, se refugiaron en el castillo. . .
—¡Pero estáis loco, Hugo! —interrumpió con furia Guy de Gisborne.
—¡Calma, escuchadme! Debéis ordenar el perdón de Feldon y de todos
vuestros vasallos que han ido engrosando las filas de Robin. Mandad que todas las
mujeres a hijos de los rebeldes sean llevados a las murallas del castillo. Si esos
rebeldes no aceptan el perdón que les concedéis, sus familias serán ejecutadas. Os
aseguro que las esposas convencerán por sí mismas a sus maridos.
—Sois un verdadero genio, Hugo —exclamó Guy de Gisborne.
Los acontecimientos se desarrollaron tal y como había previsto el astuto Hugo
de Reinault. Un mensajero anunció las condiciones a las puertas del castillo de
Sherwood.
Cuando los desertores del señor de Gisborne vieron a sus esposas y a sus hijos
pidiéndoles que depusieran su actitud para salvarse, no tuvieron fuerza moral para
mantener la lucha.
El primero en enternecerse fue Feldon.
—Señor Fitzwalter, he de ir con los míos. Aunque todo sea una patraña,
aunque luego me maten, debo intentar salvarlos.
—Nosotros lo seguiremos —dijeron otros.
Robin intentó convencerlos de que no lo hicieran, de que sin duda era una
trampa.
—No sólo ajusticiarán a vuestras familias, sino a vosotros mismos. El señor de
Gisborne no olvida. Nunca os perdonará —les decía Robin.
Todo fue inútil. Los hombres no podían dejar de oír las voces de sus esposas.
Se les rompía el corazón.
Pronto, los primeros en salir pudieron estrechar a los suyos sin que les
ocurriera nada. Muchos siguieron su ejemplo.
Robin se quedó con un puñado de hombres. Así no podían seguir resistiendo
en el castillo sitiado.
—Tenemos que salir de aquí para salvar nuestras vidas —les dijo a sus
hombres—. Pero no nos entregaremos al enemigo. Iremos al bosque de Sherwood.
Lo conozco como la palma de mi mano. No se atreverán a internarse en él. Os lo
aseguro.
Aprovecharon la noche para salir sigilosamente por la puerta trasera del
castillo. A los pocos minutos entraban en el bosque, un refugio seguro.
A la mañana siguiente, los hombres de Guy de Gisborne descubrieron lo
sucedido.
—¡Han escapado! —gritó uno de los soldados.
Las huellas les condujerron hasta el cercano bosque de Sherwood.
La noticia fue comunicada rápidamente al señor Guy de Gisborne, que se
encontraba acompañado de Hugo de Reinault—¡Maldito sea! ¡Ha conseguido escapar! ¿Qué podemos hacer para darle su
merecido, Hugo?
—Nada por el momento. Ahora, Robin ya no es un peligro. Está recluido en el
bosque. Sherwood es su prisión. Si sale de ahí, caerá en nuestras manos.
—Es cierto, Hugo. Ya no hay nada que temer: Pediremos al principe que lo
declare proscrito, un ciudadano fuera de la ley. A él y a sus hombres, por supuesto.
—Brindemos, amigo, por las ganancias obtenidas: tierras, dinero, un castillo...
Hay mucho para repartir entre todos —dijo el interesado Reinault.
Mientras tanto, Robin reflexionaba en Sherwood sobre todo lo que había
ocurrido. No se arrepentía de nada. Volvería a actuar de la misma manera otra vez.
Pero estaba preocupado: ¿Cuánto tiempo pasaría sin que pudieran salir del bosque
de Sherwood? ¿Qué les habría ocurrido a Feldon y a los demás?
A los pocos días recibieron la visita de un pastor que había descubierto un
camino sin vigilancia por el que llegar al bosque.
El pastor les contó que Feldon y cinco hombres más habían sido ejecutados.
Todos los demás habían recibido crueles castigos y sus familias se morían de
hambre.
—¡Lo sabía! No deberían haber creído al mensajero del señor de Gisborne —
se lamentó Robin.
—Todos los que viven están arrepentidos de lo que hicieron, Robin —dijo el
pastor—. La gente de la comarca admira vuestro comportamiento y quiere
ayudaros. ¿Qué podemos hacer?
—Necesitamos más hombres y comida —dijo Robin—.
El pastor cumplió su promesa. Fue reclutando hombres jóvenes y les hizo
llegar alimentos.
El grupo del bosque de Sherwood era ya bastante numeroso. Todos sus
miembros juraron lealtad a Robin y se sentían orgullosos de estar a las órdenes del
hombre más íntegro y justo del reino: Robin Hood —así apodado por la
característica capucha que siempre lucía en su cabeza—. El hijo de Edward
Fitzwalter.
CAPÍTULO SIETE
LA ORGANIZACIÓN EN SHERWOOD
LA ORGANIZACIÓN EN SHERWOOD
Poco a poco, el asentamiento en el bosque de Sherwood fue adecuándose a las
necesidades de los que allí se encontraban. Primero construyeron chozas que les
servían de cobijo y, cuando los días se hicieron más fríos, bien entrado el otoño, se
vieron obligados a dotarlas de chimeneas para proporcionarse calor
Aun así, las ropas de Robin y sus hombres fueron convirtiéndose en auténticos
harapos, y carecían de mantas con las que abrigarse durante la noche.
Robin decidió que había que solucionar este grave problema. Para ello era
necesario ir a la ciudad y conseguir lo que necesitaban. Ninguno de los hombres de
Robin estaba dispuesto a correr ese riesgo. Preferían seguir soportando el frío y las
calamidades que padecían.
—Yo iré a Nottingham —dijo Robin—. Me disfrazaré de mendigo y traeré lo
que necesitamos.
A pesar de que todos intentaron disuadirle, Robin estaba decidido y se puso en
camino.
Llegó a Nottingham muy cansado. Sólo contaba con un puñado de monedas de
escaso valor que había ido consiguiendo como limosna por el camino.
Entró en la tienda de un mercader y allí eligió ropa y calzado para todos. No
sabía cómo arreglárselas para pagan Siguió mirando y mirando para darse tiempo
hasta que se le ocurriera algo. De pronto descubrió una alfombra que le resultó
familiar. Era una gran alfombra del castillo de su padre.
Un montón de recuerdos de su infancia se agolparon en su mente: su madre, su
padre. . . Él y Mariana jugando sobre aqueIla preciosa alfombra... No pudo evitar
que se le hiciera un nudo en la garganta y que sus ojos se llenaran de lágrimas.
—A ver, joven, son cuarenta libras —dijo el mercader con brusquedad.
Esas palabras sacaron a Robin de su ensimismamiento.
—Le doy estas monedas. Son todo cuanto tengo. Dentro de unos días le pagaré
el resto.
—De ninguna manera. Yo sólo vendo al contado. No me fío de nadie.
—De alguien habrá tenido que fiarse, señor, cuando tiene una alfombra que
perteneció a una familia a la que yo conocí hace tiempo. Sus bienes están
confiscados y, portanto, esa alfombra ha tenido que ser robada—dijo Robin
pícaramente.
AI mercader no le gustó nada lo que acababa de oír. Pensó que aquel
muchacho podía ser un enviado del príncipe Juan. Si lo denunciaban, lo ahorcanán.
Era mucho lo que tenía que ocultar
—Si esto queda entre nosotros —propuso el mercader a Robin—, te dejo que
te lleves lo que has elegido y te regalo esa alfombra
Robin no abrió la boca, y el mercader se vio obligado a seguir ofreciendo cosas
intentando satisfacerle:
—Te daré también dos toneles de vino... y... dos sacos de harina.
—¿Cómo podré transportar todas esas cosas? —preguntó por fin Robin.
—Te llevarás ese caballo que está ahí. Pero no me denuncies, por Dios.
—Ándate con cuidado, mercader. La próxima vez puedes correr peor suerte.
Y Robin se fue con un caballo nuevo y con toda la mercancía.
En Sherwood, la alegría desbordó a todos cuando lo vieron aparecer sano y
salvo y con aquel cargamento.
Robin colocó la preciosa y lujosa alfombra en su pobre choza. Ahora tendría
un recuerdo de su feliz infancia.
Los días transcurrían plácidamente en Sherwood. Cazaban venados y
recolectaban frutos pares alimentarse, recogían leña para procurarse calor y, de vez
en cuando, recibían la visita de alguna persona del lugar que les traía algo de
comida a veces como muestra de simpatía, o pidiendo su ayuda para que
intervinieran ante los frecuentes abusos de poder que cometían algunos caballeros.
Cada vez se hicieron más frecuentes las acciones de Robin y sus hombres fuera
del refugio del bosque de Sherwood. Se trataba siempre de actos en defensa de
vasallos perseguidos por los barones normandos o incluso en ayuda de caballeros
sajones, despojados constantemente de tierras y bienes por los ambiciosos secuaces
del príncipe Juan.
Dado que Robin y sus hombres se veían obligados a intervenir en numerosas
ocasiones, debían organizarse. Aun fuera de la ley, era necesario que todos
tuvieran claro cómo actuar en cada caso y qué propósitos perseguían.
Para ello, Robin creyó conveniente poner unas normas que todos cumplieran
por igual.
Movido por este deseo, un día Robin reunió a sus hombres y les comunicó sus
planes:
—Compañeros, cada día son más las personas que acuden a nosotros en busca
de auxilio. Como sabéis, estamos declarados proscritos. Efectivamente, no
acatamos las normas del príncipe Juan, ni nunca lo haremos. En cambio, sí
acatamos las leyes divinas y las tendremos siempre presentes. Serán nuestra
verdadera guía. Nuestro fin ha de ser hacer el bien: socorrer a pobres y necesitados,
luchar contra cualquier injusticia, respetar a mujeres, niños y ancianos, y atacar
sólo en defensa propia.
Tras los calurosos aplausos con los que mostraron su total adhesión a las
palabras de Robin, todos los hombres juraron cumplir aquellos principios.
Paulatinamente, el número de miembros de la banda de Robin había ido
aumentando de manera considerable. Unas veces se unía a ellos algún joven que
había presenciado una gloriosa acción; en otras ocasiones eran personas que
penetraban en el bosque y pedían ser admitidas y, en todos los casos, eran gentes
orgullosas de poder pertenecer al valeroso ejército de Robin Hood.
Entre los numerosos compañeros de Robin, había dos con los que se sentía
especialmente identificado: John Mansfield y Much.
John Mansfield, al que todos llamaban Johnny, era un gran hombretón, alto y
robusto. Estaba dotado de una fuerza sobrehumana y el mismo Robin había tenido
oportunidad de comprobarlo en sus propias carnes.
Fue el día en que se conocieron. Robin, seguido de sus hombres en fila india,
atravesaba un angosto puente sobre un río. Por el otro extremo avanzaba un
desconocido. Como era imposible pasar a la vez en less dos direcciones, Robin le
gritó que retrocediera. El bravo desconocido se negó a ser él quien lo hiciera, y se
enzarzaron en una pelea. Robin fue derribado por aquella fuerza de la naturaleza.
Aquel hombre era John Mansfield. Huía de los normandos, que le habían
despojado de sus tierras, a iba en busca de Robin Hood para unirse a su banda. Su
sorpresa fue mayúscula al descubrir que tenía a Robin ante él: el mismo al que
había hecho besar el suelo.
Much, el otro hombre de confianza de Robin, era de baja estatura y escasa
corpulencia. Lo contrario de lo que significa su nombre en inglés: "mucho".
Robin conoció a Much ante las ruinas de un molino. El hombre estaba con la
cabeza agachada y la mirada perdida Robin se presentó. AI oír su nombre, el
desconocido reaccionó y, entre lágrimas, le contó que soldados de Ralph de
Bellamy llegaron en busca de trigo. Les dio cuanto tenía. Pero les pareció poco y le
acusaron de estar guardando alguna cantidad para los proscritos. Quemaron el
molino con su mujer y sus dos hijos dentro.
Much se sumó a la banda, donde encontró una nueva familia.
CAPÍTULO OCHO
DIVERTIDAS AVENTURAS
DE ROBIN ROOD
DIVERTIDAS AVENTURAS
DE ROBIN ROOD
A pesar de los tristes acontecimientos que desencadenaron la existencia del
grupo refugiado en Sherwood, la vida allí había ido normalizándose. Muchas
familias habían logrado reunirse. Incluso muchos niños habían venido al mundo en
aquel bosque.Además, todos se sentían miembros de una gran familia y todos se
ocupaban de todos.
Recientemente se había incorporado a la banda el padre Tuck. Era un fraile que
había vivido siempre solo, retirado en el campo. Muchas personas, tanto nobles
como plebeyas, acudían a él con frecuencia a pedirle consejo. Su influencia en las
gentes y su apoyo personal a los principios que defendían los proscritos de
Sherwood, hicieron que las autoridades del príncipe Juan dictaran orden de captura
contra él. Esto obligó al buen fraile a refugiarse también en Sherwood. Allí, sus
aportaciones fueron muy importantes. No sólo celebraba misa todos los domingos,
sino que unió a varias parejas en matrimonio, bautizó a muchos niños, se ocupaba
de la educación de pequeños y mayores y, como tenía conocimientos de medicina,
cuidaba de la salud de todos.
Aunque la vida cotidiana en Sherwood no era fácil, también había momentos
para la diversión. Uno de ellos, quizá el más célebre, fue el día en el que Robin y
algunos de sus hombres acudieron a un torneo de tiro con arco que se celebraba en
una ciudad próxima.
Robin y los suyos se habían convertido en verdaderos expertos en el manejo
del arco: única arma disponible en su refugio del bosque.
Todos los premios del torneo los acaparó el grupo de Sherwood. Finalmente, la
última prueba, recompensada con una bolsa de monedas de oro, la superó sin
dificultad Robin Hood para asombro de todos los presentes.
Cuando el alcalde de la ciudad entregó el premio al vencedor, le preguntó su
nombre. Robin, vestido como un caballero y sin su típica capucha, contestó:
—Mi nombre es Robin Hood.
La carcajada fue general. Cuando las risas cesaron, el alcalde volvió a
preguntar al ganador por su nombre.
—Señor, ya os lo he dicho. Mi nombre es Robin Hood.
El alcalde comprendió entonces que el desconocido no estaba bromeando.
Llamó a gritos a sus soldados para que lo apresaran. Pero era demasiado tarde.
Robin y los suyos habían huido a todo galope en sus caballos.
Otra de las más famosas y animadas aventuras de Robin, que demuestra su
afán de diversión y su buen humor, comenzó un día cuando encontró en un camino
a un anciano alfarero que iba a la ciudad de Nottingham a vender su mercancía
El anciano se mareó y cayó al suelo. Robin se acercó a reanimarlo. Le dijo
quién era y le ofreció quedarse en el bosque de Sherwood. Mientras, él mismo iría
al mercado y le traería el dinero de la mercancía que vendiese.
—Gracias, Robin. Puedo confirmar que lo que he oído sobre vos es cierto.
Necesito el dinero para la boda de mi hija, pero está claro que no puedo continuar
hasta Nottingham. Acepto vuestro favor y descansaré en Sherwood. Os advierto
que hay una vajilla de oro muy valiosa entre los objetos de la carreta.
Robin llegó a la ciudad y pronto consiguió vender todo, ya que tanto la
mercancía como los precios resultaron muy atractivos para las gentes. Sólo se
reservó la vajilla de oro porque le rondaba una idea en la cabeza.
El interés de los objetos ofrecidos por el mercader llegó a oídos del corregidor
Robert de Reinault, quien lo llamó a su palacio. Eso era, precisamente, lo que
Robin tenía previsto.
Cuando el mercader traspasó las puertas de la mansión del corregidor ya nada
quedaba de su mercancía, salvo la valiosa vajilla. Así se lo comunicó al señor, a
quien por respeto al cargo que ostentaba se la ofreció como regalo.
Robert de Reinault, con ojos codiciosos, aceptó el obsequio e invitó al
generoso mercader a cenar en su palacio aquella noche.
Hugo de Reinault, huésped de su hermano por aquellos días, también estaría
presente en el banquete.
Robin obtuvo interesante información, que era lo que pretendía, en el palacio
de Robert de Reinault. Supo que el precio por su captura o muerte era ya
elevadísimo. Supo también que se preparaba una incursión a Sherwood, dirigida
por Guy de Gisbome.
Tras la cena y el insistente agradecimiento, el humilde mercader se despidió de
los hermanos Reinault y abandonó la ciudad. Por la mañana, los sirvientes del
corregidor encontraron un pergamino con el siguiente mensaje:
"Robin Hood da sus más sinceras gracias al corregidor
y a su ilustre hermano.
Y queda a la espera de poderles corresponder de la
misma forma en el bosque de Sherwood!”
La cólera de los hermanos Reinault fue mayúscula. Los dos juraron odio eterno
a Robin Hood y no descansar hasta verle muerto.
Robin llegó a Sherwood muy satisfecho por haber quedado al corriente de lo
que se tramaba contra ellos y, así, tener tiempo para prepararse.
El pobre alfarero había muerto. Había dejado el nombre y la dirección de su
hija, a la que poco después le fue entregado el dinero obtenido por la mercancía.
Unos días más tarde, los vigías de Sherwood vieron avanzar a los soldados de
Guy de Gisbome. Corrieron a avisar a Robin Hood y éste dio las órdenes
convenientes: se trataba de que todos permanecieran escondidos pacientemente en
la espesura. No debían hacer ningún ruido
Los soldados se internaron en el bosque, pero ni rastro de Robin Hood y los
suyos. El más absoluto silencio los acompañaba en la búsqueda. Llegó la noche y
se detuvieron en un claro. Allí hicieron una gran hoguera y establecieron los turnos
de vigilancia.
AI amor del fuego, los hombres empezaron a charlar de forma animada.
Cuando callaban, oían sobrecogidos los ruidos del bosque. Aquello les hacía seguir
despiertos a pesar del cansancio que sentían tras la dura jornada.
La conversación iba decayendo y muchos empezaban a quedarse adormecidos,
rendidos por el sueño. Era ya bien entrada la madrugada.
De pronto empezaron a oírse extraños ruidos, y los intranquilos hombres de
Gisborne se despertaron sobresaltados. AI poco vieron entre los árboles unas
sombras blancas semejantes a duendes o fantasmas. Espantosas carcajadas, que
parecían salir de ultratumba, acompañaban estas terron'ficas visiones.
Los hombres, bien juntos, con los pelos de punta y temblando de pavor,
tuvieron que sufrir aún que un grupo de estos fantasmas se abalanzaran sobre ellos
y empezaran a molerles a palos.
Los confundidos soldados huyeron despavoridos en medio de la oscuridad de
la noche y deambularon por el bosque hasta que, al amanecer, lograron alcanzar la
salida.
Sobra explicar que los fantasmas venidos del otro mundo eran Robin y sus
hombres. Todo había sido una genial idea del héroe de Sherwood.
El suceso corrió como la pólvora por toda la comarca. Y la expedición de
Gisborne fue motivo de burla para las gentes del lugar.
CAPÍTULO NUEVE
LLEGAN NOTICIAS SOBRE EL REY
LLEGAN NOTICIAS SOBRE EL REY
Había pasado mucho tiempo desde que Ricardo Corazón de León partiera a las
Cruzadas. Inglaterra había cambiado mucho bajo la regencia del príncipe Juan y no
se tenían noticias del rey
Cuando todos pensaban que habría muerto en la lucha contra los infieles, se
supo que el legítimo rey de Inglaterra estaba vivo, aunque prisionero del rey
Enrique de Alemania.
Ricardo Corazón de León fue detenido por soldados de Leopoldo de Austria y
posteriormente entregado al rey alemán. En el momento de su detención iba
acompañado de su buen amigo el príncipe David de Huntington, futuro rey de
Escocia, conocido como sir Kenneth.
Sir Kenneth intentó defender a su rey y cayó gravemente herido. Los soldados
austríacos prendieron a Ricardo y abandonaron a su amigo, dándolo por muerto.
Sin embargo, sir Kenneth se salvó gracias a un campesino que lo encontró y lo
llevó a su choza, donde se restableció por completo.
Consciente de la gravedad del asunto, sir Kenneth, nada más recuperarse,
centró todos sus esfuerzos en conseguir la liberación del rey Ricardo. Por ello, se
dirigió a Roma para interceder ante el Sumo Pontífice.
Allí se enteró de que Ricardo no estaba en Austria, sino en Alemania, y que el
rey Enrique había pedido un fuerte rescate por su liberación.
En efecto, a la corte inglesa había llegado un mensaje del rey alemán en el que
se daba cuenta del cautiverio de Ricardo Corazón de León y de la suma exigida
para su puesta en libertad.
Juan sin Tierra, ante la reina madre y la esposa de su hermano, declaró que
pondría todo su empeño en recaudar fondos, por medio de más impuestos, para
salvar a Ricardo, ya que las arcas del reino no disponían de esa exorbitante
cantidad.
—Yo venderé mis joyas, Juan —dijo la reina madre—, para restituir en su
trono al legítimo rey de Inglaterra. En cuanto a la recaudación de impuestos, sólo
te pido que no se haga recaer todo el esfuerzo sobre los humildes. Son los señores,
normandos y sajones, los que más deben y pueden aportar
Toda Inglaterra condenó sin reservas la acción del rey alemán. En general, la
gente del pueblo fue la que se sintió más afectada. Veía alejarse la posibilidad de
que cambiara su situación con la vuelta del buen rey.
Comenzó por todo el país la recaudación de impuestos en favor de Ricardo
Corazón de León. Era la gente humilde la que pagaba con mayor satisfacción.
Sentía que colaboraba con una causa justa. Tenía la certeza de que su suerte
cambiaría si se conseguía la liberación del rey.
Se logró recoger una suma respetable entre los impuestos y la venta de las
joyas de la reina. Aun así, no se alcanzaba la cantidad exigida por el rey Enrique.
Juan sin Tierra, reunido con sus incondicionales, no tenía dudas sobre los
pasos que se habían de dar.
—Se seguirán recaudando impuestos en favor de mi hermano, pero ese dinero
jamás llegará al rey alemán. Ricardo no conseguirá nunca su libertad.
Pasó el tiempo y la gente empezó a cansarse de pagar tributos bajo el pretexto
de liberar al rey. Había un hecho claro: el rey seguía cautivo. El príncipe Juan no
daba explicaciones a nadie y existían serias dudas sobre sus verdaderas
intenciones.
La reina madre comenzó a dudar de la labor que estaba realizando el príncipe
para liberar al rey. Algunos rumores que habían llegado a sus oídos y su propia
intuición le decían que Juan sin Tierra prestaría un flaco servicio al desdichado
Ricardo.
Así pues, mandó a lady Edith que viajara a Escocia y esperara allí a su
prometido David de Huntington, del que desconocían su paradero.
—Quizá desde Escocia tengáis que prestarnos ayuda si Juan Ilega a usurpar la
corona a su hermano —dijo la reina madre—. Berengaria permanecerá conmigo a
la espera de acontecimientos.
Mientras tanto, David de Huntington, sir Kenneth, consiguió que el Papa
mediara ante el rey Enrique para que Ricardo Corazón de León fuese liberado.
El rey alemán recibió una dura reprimenda del Pontífice y no pudo negarse a
obedecer El rey de Inglaterra quedó libre a pesar de que su propio hermano había
intentado evitarlo.
A los pocos días, Ricardo y sir Kenneth se reunían emocionados en Roma.
Tras un efusivo abrazo, el rey pidió a su amigo que le contara todo lo que
supiera de Inglaterra,
—Majestad, envié a un mensajero y tengo noticias recientes. La reina madre y
vuestra esposa se encuentran bien. Vuestra prima Edith me espera en Escocia. . .
—Espléndido. Todo son buenas noticias —interrumpió Ricardo.
—Siento, señor, tener que daros otras no tan buenas. Nada, nada buenas —dijo
sir Kenneth con tristeza—. Habréis de saber que vuestro hermano se ha repartido
con sus hombres de confianza el dinero recaudado para vuestro rescate.
—Entonces, ¿he sido liberado sin haber satisfecho las condiciones que exigía
el rey Enrique?
—En efecto, así es. Gracias a la intervención papal.
—Continuad, sir Kenneth, os lo ruego. Me interesa saber todo lo que ocurre en
mi añorada Inglaterra.
—Majestad, en todo este tiempo que lleváis fuera, los abusos del príncipe y sus
barones han hecho que proliferen de nuevo las revueltas. Incluso existe una banda
de proscritos que ataca constantemente a los intereses de vuestro hermano. Se
oculta en el bosque de Sherwood y el jefe es conocido como Robin Hood.
—¿Robin Hood? ¿No será Robin Fitzwalter? —preguntó el rey extrañado.
—Creo que es él, señor.
—¡El hijo del conde de Sherwood! ¡El amigo de Richard At Lea! ¡Dos
caballeros de gran lealtad hacia mi persona! ¿Qué puede haber ocurrido para que
Robin esté actuando fuera de la ley?
—La ley, señor, ha dejado de existir en Inglaterra. Lo único que importa es el
interés personal del príncipe y sus hombres de confianza.
—Sir Kenneth, nadie debe saber que he sido liberado. Regresaré a Inglaterra
de incógnito para conocer por mí mismo lo que está ocurriendo.
—Me parece una sabia decisión, majestad. Os acompañaré.
—Gracias, amigo. Pero vos iréis a Escocia y seréis coronado rey. Tal vez
necesite de vuestra ayuda.
—Podéis contar conmigo para lo que preciséis en todo momento, señor.
Los dos amigos se despidieron fundiéndose en un fuerte abrazo. Muy pronto,
cada uno de ellos estaría en su respectivo país.
CAPÍTULO DIEZ
MARIANA
MARIANA
Había pasado mucho tiempo desde que Mariana At Lea fuera trasladada al
castillo de Hugo de Reinault. Ella no había sabido nada de la visita de Robin. Sólo
sabía que su padre había ido a Tierra Santa y que, en la actualidad, el señor de
Reinault era su tutor.
Aunque no gozaba de sus simpatías, Mariana pensaba que si su padre había
confiado en él, tendría razones para ello. Por eso se limitó a esperar. Pasaba sus
días leyendo y realizando alguna labor, recluida en sus aposentos, sin contacto con
nadie.
Una tarde, el señor Hugo de Reinault subió a verla y le dio la triste noticia de
que el barco de su padre había naufragado. Nada se sabía de él.
Mariana enjugó sus lágrimas y recibió el pésame del señor de Reinault.
—Gracias, señor. Sé que apreciabais a mi padre. Él también os quería y
confiaba mucho en vos.
Hugo de Reinault creyó conveniente aprovechar la oportunidad para hablar con
Mariana de su futuro. La joven estaba a punto de ser mayor de edad y, cuando esto
sucediera, él perdená la ocasión de poder influir en sus decisiones y seguir
administrando sus bienes.
—Querida Mariana, ya sé cómo os sentís. Pero tenéis que reponeros. La vida
sigue. Debéis ir pensando en casaros. . .
—¿Casarme? No pienso hacerlo de momento. Además, en los documentos que
me habéis mostrado, mi padre pedía que yo ingresara en un convento hasta que él
volviera.
—Vuestro padre no volverá, Mariana... Bueno, es improbable que vuelva. Yo
soy vuestro tutor y, entre mis obligaciones, entiendo que está el preocuparme por
vuestro futuro.
—Gracias, señor de Reinault. Pero, por ahora, el matrimonio no entra en mis
planes —dijo Mariana con gran seguridad.
"Ya haré yo que cambies esos planes, joven estúpida" —se fue pensando el
ambicioso caballero.
Hugo de Reinault tenía ya todo decidido en relación con Mariana. La casaría
con el señor Ralph de Bellamy, barón adepto a Juan sin Tierra.
Pocos días después de producirse la conversación con la joven At Lea, Hugo
visitaba al barón de Bellamy en su castillo y le comunicaba sus proyectos.
Ralph de Bellamy, tan codicioso como su amigo, consideró que era una
magnífica oportunidad para negociar las condiciones de este interesante
ofrecimiento. No estaba dispuesto a aceptar una esposa sin obtener unos buenos
beneficios. Además, las propiedades y bienes de los At Lea no eran nada
despreciables.
Tras un largo regateo, como si de una mera transacción comercial se tratara,
los dos caballeros llegaron, por fin, a un acuerdo. Ralph de Bellamy recibiría dos
tercios del patrimonio de la joven. El otro tercio quedaría en manos de Hugo.
Por su parte, Ralph de Bellamy quedaba comprometido a colaborar, con un
gran número de hombres armados, en la nueva expedición al bosque de Sherwood
que estaban preparando los hermanos Reinault y Guy de Gisborne.
A pesar del gran sigilo con que fueron llevadas estas negociaciones, Robin,
que tenía amigos dispuestos a informarle por todas partes, consiguió enterarse de lo
que se tramaba. Sólo tenía que esperar a entrar en acción para salvar a Mariana y
dar su merecido a esos caballeros sin escrúpulos que actuaban como auténticos
bribones.
Hugo de Reinault decidió que fuera Guy de Gisborne el encargado de trasladar
a Mariana hasta el castillo de Ralph de Bellamy, donde se celebraría el
matrimonio. Irían protegidos por una fuerte escolta. Todo había de hacerse con
rapidez, ya que faltaban apenas dos meses para que la joven llegara a su mayoría
de edad. Nada podia fallar.
Llegó el día señalado, y Guy de Gisborne y Hugo de Reinault entraron en las
dependencias reservadas a la joven.
—Marian y, hoy iréis a conocer a vuestro pretendiente: el barón Ralph de
Bellamy
—iCómo? ¿El señor de Bellamy? —preguntó incrédula—.Nunca será mi
esposo. No me interesa conocerlo. Su fama en toda la comarca es suficiente pares
mí. No quiero casarme, ¡y menos con ese cruel caballero! Ingresaré en un
convento. Ése es mi deseo.
—Os casaréis con Ralph de Bellamy, queráis o no queráis —gritó con
violencia el señor de Reinault.
—Vamos, Mariana— intervino Guy de Gisborne—. Yo os conduciré al castillo
de vuestro prometido. Conmigo estaréis a salvo.
—La bodas se celebrará dentro de tres días —anunció Hugo de Reinault—. Yo
saldré mañana. Seré vuestro padrino, como me corresponde.
Mariana no pudo oponerse más. Se vio obligada a obedecer. En ese momento
entendió quién era en realidad el señor de Reinault Su amistad con Guy de
Gisbome despejaba cualquier duda Éste siempre había sido un claro partidario del
príncipe Juan. Seguramente, su padre desconocía este importante detalle. Ahora
estaba segura de que ese caballero estaba implicado también en su muerte.
Mariana era conducida sin remedio a casarse con un miembro de este grupo.
Para ella era terrible por lo que significaba de traición a su padre y al legítimo rty
de Inglaterra, Ricardo Corazón de León.
Comenzaba ya a atardecer cuando la comitiva de Guy de Gisbome se vio
interceptada por un grupo de hombres. El caballero dio orden de retroceder hasta la
aldea que acababan de dejar atrás. Unos metros más allá, otro grupo, encabezado
por Robin Hood, le aguardaba Lleno de furia se dirigió, lanza en ristre y a todo
galope, contra él. Robin esquivó la embestida y Guy de Gisbome rodó por el suelo.
Se incorporó con rapidez y, empuñando su espada, se acercó con paso decidido
hasta el héroe de Sherwood. Robin le esperaba pacientemente blandiendo su
poderosa arma.
El duelo fue un verdadero espectáculo para todos los presentes. Ambos eran
hábiles y valientes luchadores y utilizaron todos sus recursos.
Guy de Gisborne combatía en mejores condiciones, ya que su armadura lo
hacía prácticamente invulnerable. Pero, precisamente, de esto logró sacar partido
Robin. Él estaba más desprotegido, pero tenía mayor libertad de movimientos. Con
su gran destreza consiguió acertar con su espada en los escasos flancos sin
guarecer que presentaba su enemigo.
Robin hirió gravemente a Guy de Gisborne. ÉI, en cambio, sólo sufrió
pequeños rasguños.
Cuando los hombres de Gisborne vieron a su jefe tendido en el suelo y con
heridas tan considerables, lo recogieron y emprendieron la huida, sin ocuparse de
Mariana At Lea, principal objetivo de su misión.
Mariana, después de tanto tiempo, no había reconocido a Robin durante el
combate. Grande fue su sorpresa al reconocer al amigo de su infancia en aquel
paraje.
Los dos se abrazaron con cariño y se encaminaron a Sherwood. Allí tuvieron
una larguísima conversación. Los jóvenes se contaron todo lo que sabían sobre los
sucesos ocurridos en el país durante los últimos años y se confesaron sus sospechas
y certezas.
Mariana se quedó a vivir en el bosque de Sherwood. Empezó a ayudar al padre
Tuck. En poco tiempo se ganó el corazón de los niños y de todos los allí
refugiados.