Robin Hood
CAPÍTULO UNO
NORMANDOS Y SAJONES
NORMANDOS Y SAJONES
Hace cientos de años, los vikingos realizaron continuas campañas de conquista
por toda Europa.
Estos audaces guerreros —daneses, noruegos o suecos—, tuvieron
atemorizado a medio mundo durante tres siglos.
Sus aventuras parecían no tener límites geográficos: Alemania, Francia,
España, Portugal o Rusia fueron visitados por los feroces vikingos.
Su ansia de expansión, apoyada en una gran preparación militar, les llevó a
emprender arriesgadas expediciones por mares y ríos.
Las poderosas embarcaciones con las que contaban, únicas en la época, y su
extraordinaria pericia como navegantes les permitían arribar a cualquier costa y
penetrar por cualquier río. Su superioridad naval se hizo incontestable.
Adquirieron una gran experiencia en los ataques por sorpresa, y sus terribles y
sangrientos saqueos llegaron a sertristemente célebres en toda Europa.
Uno de estos pueblos vikingos, asentado desde hacía años en Normandía,
emprendió la invasión de la vecina Inglaterra.
Este país, no muy lejano de las costas normandas, resultaba muy vulnerable
por mar. La longitud de su litoral no permitía ni una vigilancia completa, ni una
concentración rápida de las tropas para rechazar un desembarco.
Todo esto no pasó inadvertido a los ojos del duque normando Guillermo que,
movido por su ambición y deseo de gloria, decidió preparar a conciencia el ataque
a la isla.
—¡Venceremos a los sajones! —arengaba Guillermo a sus tropas—. Con la
conquista de Inglaterra, nuestro poder se extenderá a otros reinos.
—¡Viva el duque Guillermo! —gritaban exaltados los caballeros normandos.
Guillermo de Normandía, animado por el apoyo de los suyos, continuó
diciendo:
—Los sajones vencieron a nuestros antepasados muchas veces. Fueron más
fuertes, más decididos, más inteligentes... Pero ahora no lo serán. Ha llegado por
fin nuestro momento y. . . ¡ha llegado su hora!
Los aplausos y los vivas al duque Guillermo cesaron al acabar aquella
multitudinaria reunión. Pero el fervor y la entrega de su ejército lo acompañarían
de forma permanente durante toda la expedición.
Meses después, las naves capitaneadas por el duque Guillermo eran avistadas
en las costas inglesas.
—Señor, se acercan barcos normandos —comunicó un vigía al monarca sajón.
Los sajones no estaban preparados para competir contra un peligro que
procedía del mar.
—¡Disponed todas las fuerzas posibles en tierra! —ordenó el rey inglés—.
Debemos evitar el desembarco.
Una pequeña guarnición intentó impedir que los normandos tomaran tierra.
Pero no lo consiguió.
Así, Guillermo de Normandía desembarcó en las costas inglesas, y con sus
valerosos guerreros avanzó hacia el interior.
Los sajones, en clara inferioridad numérica, se habían visto obligados a
improvisar la decisiva batalla en Hastings. Poco duró el combate. El soberano
inglés cayó mortalmente herido y el ejército sajón se rindió incondicionalmente.
Las tropas del duque Guillermo siguieron avanzando hasta Londres, donde se
libró una última batalla con la que desapareció la débil resistencia sajona. La
expedición normanda había sido un rotundo éxito.
En recuerdo de su victoria, el ya nuevo rey de Inglaterra, Guillermo I el
Conquistador, tras ser coronado, mandó construir la célebre torre de Londres. Esta
torre serviría de cárcel para numerosos y destacados personajes a lo largo de
muchos años de la historia inglesa.
Guillermo I, tras su victoria, dedicó sus esfuerzos a pacificar el país, y tomó
algunas medidas para proteger a los sajones.
—Os aconsejo prudencia —recomendaba el rey a sus nobles—. Debemos ser
respetuosos con los vencidos. Sólo así conseguiremos la prosperidad en todas
nuestras tierras. Sólo así lograremos una pacífica convivencia.
Desgraciadamente, no todos los seguidores del rey Guillermo pensaban como
él.
Aprovechando una larga estancia del rey Guillermo en sus posesiones de
Francia, los nobles normandos, Ilevados por su soberbia y ambición, no cesaron de
causar humillaciones a los derrotados. Las cargas tributarias se hicieron cada vez
más angustiosas, insoportables para los pobres súbditos.
Los sajones se sublevaron en masa contra los opresores. Campesinos, artesanos
y nobles unieron sus esfuerzos contra el enemigo común: los normandos.
—¡Ya está bien! —decía indignado un caballero sajón—. No podemos seguir
tolerando las injusticias de los normandos. Quieren hacer de nosotros sus esclavos.
—¡Debemos combatirlos y ser capaces de librarnos de ellos para siempre!
—¡Hay que quitarles el poder! ¡Tenemos que ser gobernados por un rey sajón!
El rey Guillermo, que había estado ausente de Inglaterra, encontró a su vuelta
un país levantado en armas.
Los sajones se mostraban más rebeldes de lo que en un principio se podía
suponer.
Los nobles normandos decían a su rey:
—Señor, Ilevado por vuestra bondad y magnanimidad, habéis tratado
demasiado bien a los sajones. Mirad cómo os lo agradecen.
—Majestad, habéis respetado a vuestros súbditos, no les habéis expropiado sus
tierras y, en cambio, ellos se sublevan contra vos. Son unos desagradecidos.
El rey Guillermo, ajeno a los desmanes de sus nobles y desconociendo las
razones por las que sus súbditos sajones se rebelaban contra él, creyó las
acusaciones de sus barones.
—Caballeros, creí que los ánimos se apaciguarían. Creí que, poco a poco, los
sajones olvidarían la derrota de Hastings y acabarían aceptándonos. Ahora creo
que no lo harán nunca —dijo el rey en tono de lamento.
Así, tomó la decisión de actuar de inmediato y con contundencia contra los
sajones.
Despojó a muchos nobles de sus posesiones bajo acusación de haber
promovido o respaldado la rebelión, y aplastó cruelmente a los rebeldes.
Pese a todo, los sajones continuaron organizándose. Crearon un verdadero
ejército clandestino que, en forma de guerrilla, hostigaba sin tregua a los
normandos. Los focos de resistencia contra los colonizadores se hicieron
constantes.
La anhelada paz en Inglaterra se veía cada vez más lejana, y los normandos,
aun ricos y poderosos, no podían vivir tranquilos a causa de las frecuentes
insurrecciones de los sajones.
Murió Guillermo I el Conquistador en guerra contra Francia y sus inmediatos
sucesores, durante años y años, tampoco conseguirían apaciguar Inglaterra.
La desconfianza de los sajones hacia los normandos estaba ya tan arraigada
que se había convertido en un obstáculo insalvable entre los dos pueblos.
Los planes de pacificación de los distintos reyes fallaban estrepitosamente y las
revueltas continuaban. Éstas eran contestadas con absoluta represión. Lo que daba
lugar a nuevos enfrentamientos, cada vez más sangrientos. La espiral de violencia
parecía no tener fin.
El rey Enrique de Plantagenet, nieto de Guillermo I, subió al trono y se
propuso, como principal objetivo de su reinado, acabar con aquellas luchas sin
sentido.
Para este propósito, pensó que debía atraerse, en primer lugar, a algunos
influyentes nobles sajones. Para conseguirlo,, no escatimó tiempo y esfuerzo el
ilusionado rey.
CAPÍTULO DOS
DOS NOBLES FAMILIAS SAJONAS
DOS NOBLES FAMILIAS SAJONAS
En un majestuoso castillo cercano a la bulliciosa ciudad de Nottingham vivía
Edward Fitzwalter, conde de Sherwood, y su esposa Alicia de Nhoridon.
Los dos eran sajones. El matrimonio mantenía escasas relaciones sociales y
permanecía alejado de las intrigas de la época.
El conde de Sherwood no había participado en ninguna sublevación contra los
normandos y éstos, aun de mala gana, se habían visto obligados a respetar al conde
y sus posesiones. Aunque no fue atacado nunca frontalmente, Edward Fitzwalter
tampoco era mirado con buenos ojos por la nobleza normanda, en la que existía
cierto recelo.
Dentro de los planes apaciguadores que llevaba acariciando durante largo
tiempo el rey Enrique de Plantagenet, entraba precisamente ganarse la confianza
del noble sajón Edward Fitzwalter
—Hablaré con Edward Fitzwalter —comunicó el rey Enrique a uno de sus más
estrechos colaboradores—. Si consigo la adhesión del conde, tal vez otros nobles
sajones lo secunden y poco a poco logremos el respaldo de todos. ¿Qué pensáis?
—Es una buena idea, señor —contestó el barón normando a su rey—. El conde
de Sherwood goza de gran respeto entre la nobleza sajona. Respeto sin duda
merecido, ya que es todo un caballero. La mayoría de los normandos comparten
también esta opinión.
El rey Enrique de Plantagenet deseaba con sinceridad que finalizaran los
enfrentamientos entre sajones y normandos, y centró sus esfuerzos en conseguirlo.
Así, pocos días después de esta conversación, fue a reunirse con el conde de
Sherwood. Le tendió su mano y de sus labios salieron algunas promesas
impensables en años anteriores.
—Señor, os agradezco la confianza que habéis depositado en mí —contestó el
conde,
—Entonces, conde de Sherwood, ¿puedo contar de verdad con vos ? —
preguntó el rey con impaciencia,
—Majestad, no dudo de que os guían buenos deseos y de que sois sensible al
sufrimiento del pueblo sajón —comenzó a decir el conde—. Pero vuestras
promesas no son suficientes para paliar los daños que vuestro pueblo ha causado al
mío...
—Pero es necesario que todos hagamos el esfuerzo de salvar nuestras
diferencias, conde de Sherwood. La batalla de Hastings pertenece ya al pasado.
—Es cierto, señor Pero es pronto aún para confiar en vos. Es posible que sean
nuestros hijos los que vivan la reconciliación entre nuestros pueblos, los que
puedan vivir en paz.
—¿Tenéis hijos, conde? —preguntó el rey asintiendo.
—Espero uno, majestad.
—Conde de Sherwood, os prometo que haré cuanto pueda por acabar con los
problemas del pueblo sajón, que intentaré borrar los errores de mis antepasados y
que me esforzaré por apaciguar esta tierra.
—Por mi parte, majestad —contestó el conde—, os aseguro que no participaré
en ningún levantamiento contra vos. Actuaré como he venido haciéndolo hasta
ahora. Pero tampoco conseguiréis mi adhesión hasta que no exista una completa
igualdad entre sajones y normandos.
El rey Enrique y el conde de Sherwood estrecharon sus manos y se despidieron
amistosamente.
No mucho tiempo después, Edward Fitzwalter tuvo ocasión de comprobar que
los buenos propósitos del rey Enrique quedaban olvidados ante una nueva revuelta
sajona.
La sublevación fue castigada con terrible dureza. Sajones y normandos seguían
siendo enemigos irreconciliables.
En esta triste situación vino al mundo el heredero del conde de Sherwood.
La alegría reinaba en todos los rincones del castillo del conde. Amigos y
vecinos acudieron a conocer al pequeño recién nacido.
Un precioso niño había venido al mundo para felicidad de Alicia de Nhoridon
y Edward Fitzwalter, sus padres.
—Se llamará Robert —dijo el conde a todos los presentes sin disimular su
alegría—. Será un valeroso sajón y confío en que le toque vivir tiempos mejores.
—¡Ojalá pueda ser más feliz que nosotros! —dijo levantando su copa uno de
los allí reunidos.
Y todos brindaron porque así fuera.
El conde de Sherwood era íntimo amigo del también noble sajón Richard At
Lea, conde de Sulrey. Y éste y su esposa tuvieron, no mucho tiempo después, una
preciosa niña, a la que pusieron por nombre Mariana.
Los dos nobles sajones se reunían con frecuencia y mantenían interminables
conversaciones sobre la compleja situación del reino.
—Las sublevaciones no cesan, querido amigo —dijo Richard At Lea—. Pero
el poder normando permanece inalterable a lo largo de los años.
—Sí, Richard, nuestro pueblo está extenuado por las luchas y por las
humillaciones de los barones normandos. Los reyes intentan apaciguar esta tierra,
pero fracasan. No son capaces de contrarrestar el poder de sus nobles.
—Y mientras tanto, ¿por qué luchamos ya los sajones, después de tanto
tiempo? Todo parece ser una locura colectiva que no tiene fin. . .
—Ojalá Inglaterra tenga pronto un rey poderoso y justo que haga posible la
igualdad entre sajones y normandos —contestó con tristeza Edward Fitzwalter
Pero los dos nobles sajones también aprovechaban su compañía para sonar, al
calor de la chimenea de uno a otro castillo. El sueño que compartían era que
Robert y Mariana, Ilegado el momento, se unieran en matrimonio.
—Nuestra amistad, conde de Sulrey, quedaría coronada por la unión de
nuestros hijos.
—Nada me agradaría más, Edward, que emparentar con vos. Y estoy seguro
además de que mi hija sería muy feliz con Robert.
Pasaron unos años y murió el rey Enrique de Plantagenet.
Pocos meses antes, el conde de Sherwood había perdido a su querida esposa
Alicia. La única satisfacción de Edward Fitzwalter era tener cerca a su hijo Robin,
como le llamaban todos cariñosamente, convertido ya en un apuesto joven.
—¿Qué pasará ahora, padre, que el rey ha muerto? —preguntó Robin ante la
reciente noticia.
—Subirá al trono su hijo Ricardo, Robin.
—¿Será un buen rey? ¿Lo conoces? —preguntaba con avidez Robin.
—Lo conozco poco, hijo. Pero deseo que consiga hacer de Inglaterra un gran
reino en el que se viva en paz.
CAPÍTULO TRES
UN NUEVO REY:
RICARDO CORAZON DE LEON
UN NUEVO REY:
RICARDO CORAZON DE LEON
Como estaba previsto, tras la muerte del rey Enrique de Plantagenet subió al
trono su hijo mayor, Ricardo I, conocido con el sobrenombre de Corazón de León
por su nobleza y valentía.
El nuevo rey era muy sensible a la miseria en la que vivían los súbditos
sajones. Conocía también los intentos que sus antepasados y, en especial, su padre,
habían hecho por cambiar esa situación, sin conseguirlo. Pero él estaba decidido a
dar un giro definitivo al curso de los hechos. Deseaba ser el rey de un país en el
que, de una vez por todas, no existieran ni vencedores ni vencidos.
—Debemos construir una nueva Inglaterra. Pacífica, respetada en el exterior,
poderosa... —decía ilusionado el nuevo rey—. Para ello se necesita la colaboración
de todos por igual: sajones y normandos, nobles y plebeyos. Todos tendrán un
lugar en el nuevo reino.
El rey Ricardo empezó a captar muy pronto la confianza de sus súbditos, ya
fueran sajones o normandos. Entre sus más entusiastas seguidores estaban su
esposa Berengaria; lady Edith Plantagenet, su prima, y la reina madre, Leonor
Entre las primeras medidas que tomó Ricardo Corazón de León, en aras de una
mayor igualdad entre sus súbditos, estaba la estricta prohibición de infligir castigos
corporales a los siervos, tratados como verdaderos esclavos, y la libertad de caza
en los bosques, hasta ahora privilegio de los normandos.
El rey Ricardo, con su bondad y su carácter conciliador, hizo cicatrizar las
heridas abiertas entre los dos pueblos. Todos lo aceptaron para que fuera el rey de
todos. Odios y rencillas parecieron quedar adormecidos en un profundo sueño.
Pero Ricardo Corazón de León pasaría poco tiempo en su país. Así, tuvo que
acudir a la llamada del papa Clemente III para participar en la Tercera Cruzada,
con el fin de liberar Jerusalén, en manos del musulmán Saladino.
El rey, antes de su partida, tuvo grandes dudas.
—¿Cómo voy a ausentarme de Inglaterra durante tanto tiempo, y precisamente
ahora, cuando más me necesitan mis súbditos? —se lamentaba.
Mas su deber como rey cristiano, su deseo de lucha contra los infieles y el
sincero mensaje recibido del Papa ofreciéndole la dirección de la Cruzada, hicieron
que Ricardo tomara finalmente la decisión de partir hacia Tierra Santa.
—¡Conquistaré Jerusalén. Se la arrebataré a los infieles! —decía con absoluta
seguridad el rey
Durante su ausencia ocuparía el trono su hermano Juan I, conocido como Juan
sin Tierra.
—Partid tranquilo, hermano mío. Aquí me encontraréis a vuestra vuelta y aquí
encontraréis vuestro amado reino —dijo Juan sin Tierra a Ricardo en el momento
de su marcha.
—Gracias, hermano. Sé que puedo confiar en vos. Sé que gobernaréis como yo
lo haría y que cuidaréis de nuestros súbditos. Me voy tranquilo porque sé que
Inglaterra queda en buenas manos.
Y, seguido de su séquito, Ricardo Corazón de León abandonó, quién sabe por
cuántos años, su querida Inglaterra.
Juan sin Tierra, en muy poco tiempo, acabó con los importantes logros de su
hermano. Sembró de nuevo la desconfianza y resurgió la discordia. Su crueldad y
avaricia volvieron a abrir el abismo entre sajones y normandos.
Estaba convencido de que los normandos eran una clase superior y de que sólo
a ellos les correspondía el poder.
La sed de venganza parecía el único móvil que empujaba a quien regentaba el
destino de Inglaterra.
—No podemos seguir tolerando las continuas revueltas de los sajones —dijo
Juan sin Tierra.
—Así se hará, majestad. No lo dudéis —asintieron sus colaboradores más
allegados.
—Pero, señor, vivimos por primera vez una larga época de paz. Los sajones
están ahora muy tranquilos —intervino un barón normando allí presente.
—¡Qué ingenuo sois, caballero! —contestó con desprecio el príncipe—.
¿Acaso creéis que los sajones han dejado de tramar conspiraciones contra mi
persona? ¿Pensáis tal vez que se resignan a estar bajo una dinastía normanda?
¡Estúpido!
El barón que había manifestado públicamente su disconformidad con las
palabras del príncipe era sir Percy Oswald, quien abandonó la sala inmediatamente.
Sir Percy Oswald no estaba de acuerdo con las ideas del príncipe Juan.
Pensaba que lo peor para Inglaterra era volver a los tiempos de crueldad y
enfrentamientos que, afortunadamente, habían sido ya superados.
Pero Juan sin Tierra no estaba dispuesto a aceptar ninguna opinión que no
coincidiera con la suya. Y por ese motivo, sir Percy Oswald quedó
automáticamente fuera de su círculo de confianza.
Durante uno de los frecuentes encuentros entre Edward Fitzwalter y Richard
At Lea, los dos nobles se confesaron su preocupación por los rumores que corrían
acerca del príncipe Juan.
—No parece que vaya a seguir los pasos de su hermano —dijo Richard At Lea
a su amigo.
—El rey Ricardo fue demasiado bondadoso al confiar en su hermano —repuso
Edward Fitzwalter—. De todas formas, el príncipe Juan no se atreverá a ir contra
las medidas adoptadas por el rey.
—Ojalá que así sea, Edward. Pero se me ocurre una cosa. El príncipe no ignora
que no simpatizamos con él. Quiero proponerte que, si a ti o a mí nos ocurriera
algo, el otro iría a hacérselo saber al rey a Tierra Santa.
—De acuerdo, Richard.
No transcurrió mucho tiempo sin que se confirmaran los temores que se habían
confesado los dos nobles sajones.
El príncipe Juan, apoyado por un grupo de incondicionales normandos,
comenzó a romper las normas que había dictado su hermano.
Inglaterra parecía dirigirse hacia un trágico destino en el que sólo se oyera el
lenguaje de las armas.
Un desgraciado día, el conde de Sherwood apareció muerto en el campo. Había
salido por la mañana a visitar a un vecino. De regreso a su castillo, un grupo de
encapuchados lo atacó y lo dejó muerto en el camino.
El fiel Richard At Lea acompañó a Robin en tan duros momentos. Estuvo con
él durante el entierro de su querido amigo y alentó al desconsolado hijo.
—No dejes que la pena inunde tu corazón. Eres el heredero de Sherwood y
debes hacer honor a tu apellido —dijo Richard a Robin, sin poder contener su
emoción.
El conde de Sulrey no quiso comunicar, ni siquiera a Robin, sus sospechas de
que el propio príncipe Juan podría estar implicado en la muerte de su amigo, de
que todo hubiera sido una acción preparada por él y sus secuaces.
Pero Richard At Lea supo inmediatamente lo que tenía que hacer: poner los
hechos en conocimiento del rey. Para ello debía encaminarse hacia Tierra Santa.
CAPÍTULO CUATRO
UN VIAJE FRUSTRADO
UN VIAJE FRUSTRADO
Llevado por el deseo de que se hiciera justicia por la muerte de su amigo y
tratando de evitar males peores para Inglaterra, Richard At Lea se dispuso a
realizar los preparativos para su viaje a Tierra Santa.
Había asuntos importantes que tenía que resolver: conseguir dinero para poder
fletar un barco y pagar a los hombres armados que lo acompañarían, y dejar a
alguien encargado de la custodia de su hija.
At Lea, después de pensar en quién podría ser la persona más idónea, decidió
acudir a un amigo a quien hacía tiempo que no veía: Hugo de Reinault.
Este noble caballero sajón debía algunos favores a Richard At Lea. Ahora era
muy rico y, sin duda, estaría dispuesto a ayudarle.
Pero, a veces, el tiempo hace cambiar a los hombres, y lo que no podía
imaginar Richard At Lea es que Hugo de Reinault fuera en ese momento partidario
de Juan sin Tierra.
El príncipe Juan comenzaba a contar con un buen número de adeptos, muchos
de ellos sajones. La mayoría de los caballeros reclutados lo había sido a cambio de
dinero contante y sonante, o bien con la promesa de ser fuertemente
recompensados con tierras y privilegios.
Éste era el caso de los hermanos Robert y Hugo de Reinault, Guy de Gisborne,
Arthur de HiIls y tantos otros. Todos ellos fueron capaces de traicionar a su
legítimo rey, a su pueblo, a sus amigos y compañeros, incluso a sí mismos,
exclusivamente por dinero y poder
A un hombre de esta calaña, a Hugo de Reinault, fue a quien se dirigió el noble
Richard At Lea en busca de ayuda.
—¿Qué os trae por aquí, querido amigo? ¡Cuánto tiempo sin veros! —saludó
de forma efusiva Hugo de Reinault al recién Ilegado.
—Yo también me alegro de veros, Hugo, aunque hubiera deseado que no fuera
en esta ocasión —dijo con tristeza Richard At Lea.
—Hablad presto, Richard. ¿Qué sucede?
—¿Puedo confiar en vos? Lo que quiero contaros no lo he hablado con nadie
—dijo tomando precauciones Richard At Lea.
—Soy vuestro amigo, Richard. No he olvidado cuando me ayudasteis y si hay
algo que esté en mi mano, no dudéis en que podéis contar con ello. Además, soy
sajón hasta la médula.
—Hace unos días murió el conde de Sherwood a manos de seguidores del
príncipe Juan —dijo bajando la voz Richard At Lea.
—¿Estáis seguro? ¿Cómo lo habéis descubierto?
—No tengo pruebas, Hugo. Pero tengo la más absoluta certeza de ello. Mira lo
que está ocurriendo en Inglaterra.
—Y bien, ¿qué podemos hacer, querido amigo?
—Yo debo ir a Tierra Santa a poner los hechos en conocimiento del rey. Así lo
decidimos Edward Fitzwalter y yo si a alguno de nosotros le sucedía algo.
—Entonces, ¿para qué me necesitáis?
—Preciso fletar un barco a ir acompañado de un grupo de soldados. En este
momento no tengo el dinero necesario. Para eso he venido a veros, para que me
prestéis, si podéis, ese dinero.
—Ahora mismo no dispongo de la cantidad que necesitáis. Tendría que pedirlo
yo y cobraros los intereses correspondientes.
—No importa, Hugo. Hagámoslo como decís. No estoy en condiciones de
poder elegir ni de poder esperar.
—Mañana tendréis el dinero, Richard. Ahora, tomemos una copa de vino y
brindemos por vuestro viaje.
—Gracias, amigo. Necesito aún pediros otro favor, quizá más importante que
el anterior. Como sabéis tengo una hija. Deseo que, durante el tiempo que yo esté
fuera, ella permanezca en un convento y vos seáis su tutor.
—Os agradezco la confianza que depositáis en mí, Richard. Seré un verdadero
padre para vuestra hija mientras estéis ausente.
—Por supuesto que os dejaré el poder legal correspondiente y os compensaré
por las molestias que todo esto os cause.
Unos días después, tras firmar todos los documentos, Richard At Lea se hacía a
la mar con el barco y la tripulación proporcionados por Hugo de Reinault.
Nada más zarpar Richard At Lea, Hugo se dirigió al palacio de Juan sin Tierra.
Allí le esperaba el nutrido grupo de caballeros adeptos al príncipe y el propio
príncipe en persona.
De Reinault contó a sus amigos lo ocurrido con At Lea.
—Pero... ¿le habéis dejado partir a Tierra Santa? —preguntó con indignación y
la voz temblorosa el príncipe Juan.
—Tranquilo, señor. Los hombres que lo acompañan llevan órdenes muy claras.
Si no me fallan los cálculos, a estas horas ya se habrán amotinado contra el conde
de Sulrey, y estarán de vuelta dentro de muy poco en el puerto del que salieron. De
ahí, el conde pasará a la más oscura mazmorra de mi castillo.
—Sois muy listo, Hugo —afirmaron todos.
—Pero hay más, señores. Tengo documentos legales firmados de puño y letra
por Richard At Lea por los que sus bienes pasarán a mis manos y, como tutor de su
hija, también me pertenecerán los de ella. Así, no sólo me he deshecho de un
enemigo de vos, príncipe, sino que además nos repartiremos la apreciable fortuna
de los At Lea.
La reunión acabó con aplausos dirigidos al astuto Hugo de Reinauf y con un
brindis dedicado al talento y la sagacidad del noble.
Pocos días después, tal y como había previsto el traidor sajón, Richard At Lea
era llevado ante él.
—Hugo, ha sido una terrible experiencia. Los soldados se amotinaron . . .
—¿Quién sois? —interrumpió bruscamente Hugo de Reinault a Richard, que
presentaba un aspecto lamentable.
—¿No me reconocéis, Hugo? Soy Richard At Lea, vuestro amigo:
—¡Imposible! Richard At Lea salió hace unos días hacia Tierra Santa. Yo
mismo le proporcioné el barco y la tripulación. Vos debéis de ser un impostor.
¡Guardias, encerradle!
En ese mismo momento, Richard At Lea comprendió que había sido víctima de
un engaño; más que eso, de una terrible traición.
A quien había considerado un amigo no era más que un traidor, un vendido a la
causa de Juan sin Tierra.
Pero ahora, su triste realidad es que estaba en manos de un hombre sin
escrúpulos. Pero no sólo él, sino también su querida hija y todos sus bienes.
Richard At Lea lloró amargamente en su celda. Un triste Ilanto derramado por
quien se sentía el ser más infeliz y solo de la Tierra. Nunca unas lágrimas habían
sido muestra de un dolor tan hondo, de una desesperación tan profunda.
CAPÍTULO CINCO
LA PRIMERA ACCIÓN DE ROBIN
LA PRIMERA ACCIÓN DE ROBIN
Tras la muerte de su padre, el joven Robin se vio sumido en la tristeza y en la
desolación. Aun sin sospechar la verdad, el heredero de Sherwood se sentía solo y
desgraciado, sin el padre con el que tanto compartía y del que tanto había
aprendido.
Intentando hacer algo por cambiar su triste estado de ánimo, decidió buscar la
compañía de las dos personas en las que más confiaba y a las que más cariño tenía:
Richard At Lea y su hija Mariana.
Se dirigió al castillo de los At Lea y, allí, uno de los sirvientes le informó de
que el conde había partido a Tierra Santa y que Mariana se encontraba en el
castillo de Hugo de Reinault, su tutor por decisión paterna.
Robin, extrañadísimo, comentó:
—¡En el castillo de Hugo de Reinault! ¡Qué raro! Ese caballero tiene fama de
ser un cruel prestamista que ha ido despojando de sus tierras a medio condado.
Además es el hermano de Robert, corregidor de Nottingham.
—¡Pero, señor, son sajones! –le dijo el sirviente de los At Lea.
—Aun siéndolo, no me fío de ellos —contestó Robin.
Robin abandonó el castillo del que fuera gran amigo de su padre y decidió
visitar a Hugo de Reinault para entrevistarse con Mariana.
—¿Qué os trae por aquí, señor Fitzwalter?
—Creo que vos sabéis dónde se encuentra el señor At Lea.
—Efectivamente. Mi amigo Richard At Lea —habló Hugo poniendo mucho
énfasis en las palabras "mi amigo"— me pidió prestado dinero para ir a Tierra
Santa. Y hacia allí se dirige gracias a mi ayuda.
—¿Y Mariana? ¿Podría hablar con ella? —preguntó Robin.
—Soy legalmente el tutor de Mariana y en este momento no podéis verla.
—¿Acaso tenéis miedo de que hable con ella? ¿Ocultáis algo, señor Hugo de
Reinault? —dijo Robin con tono acusador.
—¡No tengo nada que ocultar, señor Fitzwalter! Es mi palabra de caballero.
Ahora, váyase. No puedo perder más tiempo. ¡Soldados, acompañen al señor!
Y rodeado de un grupo de hombres armados, Robin abandonó el castillo de
Hugo de Reinault.
El señor de Reinault tuvo la impresión de que el joven Robin sospechaba algo.
Y lo mismo parecía ocurrir con Mariana. La joven había pronunciado algunas
palabras, en la conversación que los dos mantuvieron, que denotaban cierta
desconfianza hacia él y cierta extrañeza de que su padre hubiera tomado las
decisiones que parecía haber tomado.
Hugo de Reinault se tranquilizó a sí mismo. ¿Qué peligro podían suponer tanto
Robin como Mariana? Y al fin y al cabo, en el peor de los casos, serían sólo unas
pequeñas molestias a cambio de los grandes beneficios que iba a obtener de esta
operación.
Robin, desde su conversación con el señor de Reinault, no conseguía olvidarse
del asunto. Estaba cabizbajo, meditabundo, no hablaba con nadie y vagaba por los
caminos a lomos de su caballo.
Un día, en uno de esos paseos sin rumbo, Robin encontró a un grupo de
campesinos. Discutían airadamente y oyó voces de protesta contra los normandos.
Robin se acercó a ellos.
—¿Qué sucede? —preguntó bajando de su caballo.
Uno de los siervos de Robin explicó a su señor que Feldon, un hombre al
servicio de Guy de Gisborne, había sufrido un terrible castigo por un hecho sin
importancia. Este castigo había consistido en dejarle sin comer, durante más de una
semana, a él y a su familia. El desgraciado Feldon, sumido en la más absoluta
desesperación, había cazado un ciervo para dar de comer a los suyos. Enterado
Guy de Gisborne, lo había apresado y condenado a muerte. Su mujer y sus dos
hijos serían azotados.
—¡Esto es intolerable! —gritó con indignación Robin—. Las leyes están para
cumplirlas. Feldon tiene derecho a cazar. El mismo derecho que el señor de
Gisborne. Iré a pedir cuentas a ese mezquino caballero.
—No lo hagáis, señor —le pidió con preocupación el campesino que le había
contado la triste historia de Feldon—. Guy de Gisborne está respaldado por el
príncipe Juan y no conseguiréis nada. Irá contra vos también. Es muy poderoso. No
vayáis.
—No os preocupéis, os lo ruego. No tengo ningún miedo a ese caballero que se
salta las leyes a su capricho. Avisa a todos mis soldados, que se queden en el
castillo y me esperen allí —dijo Robin mientras se alejaba con su caballo.
Robin se dirigió al castillo del señor de Gisbome dispuesto a todo por
conseguir que la ley se cumpliera. No podía consentir que un señor dispusiera de la
vida de un hombre. Daba igual que fuera normando o sajón. Era una vida humana
y, como tal, merecía respeto.
Estas enseñanzas de respeto y amor al prójimo las había recibido Robin de su
padre. "¡Ay, cuánto le echo de menos! ¡Cuánto podría haberme ayudado mi padre
en estas circunstancias y en otras que sin duda me deparará la vida! ¡Ni siquiera
cuento con el buen consejo del señor At Lea! ¡Qué solo estoy!" —pensaba Robin
mientras se dirigía a ver al señor de Gisborne.
Poco después llegaba a las puertas del castillo y pedía ser recibido por el señor
Mientras tanto, observó los preparativos que se realizaban para llevar a cabo la
ejecución de Feldon.
—Señor Fitzwalter, no sé qué hace un noble sajón bajo mi techo. Ya sé que
visitasteis a Hugo de Reinault, pero...
—Que, por cierto, también es noble sajón —le interrumpió irónicamente
Robin.
—¡Basta de bromas, joven! —dijo con crispación Guy de Gisborne—. Yo no
sé nada de Richard At Lea ni de su hija.
—No es ése el motivo de mi visita Vengo a impedir la muerte de su siervo, ese
pobre desdichado al que pensáis ejecutar por hacer uso de su derecho a cazar
¿Acaso habéis olvidado que la caza no es un privilegio normando según las leyes
de nuestro rey?
—¿Qué rey? —preguntó cínicamente Guy de Gisborne—. Yo sólo tengo un
rey, y es el príncipe Juan.
—Si es el príncipe Juan el que está detrás de esto, vos y él estáis violando las
leyes. No podéis matar a ese hombre ni torturar a su familia. ¡Que se suspenda la
ejecución! —gritó Robin.
—Meteos en vuestros asuntos, jovencito. La ejecución se Ilevará a cabo, ¡por
encima de vos si es preciso!
Robin se fue sin siquiera despedirse. Se dirigió a su castillo. Allí le aguardaban
sus hombres, preparados para lo que él dispusiera. La orden de Robin fue atacar la
fortaleza del señor de Gisborne para liberar a su vasallo Feldon.
Robin y sus hombres no tuvieron en cuenta ni su inferioridad numérica ni el
peligro que corrían. La sed de justicia a igualdad les hacía enfrentarse
valerosamente al enemigo.
Guy de Gisborne y sus soldados no esperaban el ataque. Fue un verdadero
asalto por sorpresa. Casi no hubo respuesta: no les dio tiempo a reaccionar, ni
siquiera a llegar a las armas.
Robin, con sus propias manos, liberó al desdichado Feldon, que no podía creer
lo que estaba viendo.
Una vez alcanzado su objetivo, Robin y Feldon en el mismo caballo, seguidos
por los hombres que habían hecho posible la victoria, se alejaron al galope. Más
tarde, pudieron respirar tranquilos en los aposentos del castillo de Sherwood.
Sólo había una cosa que entristecía a Robin: no haber podido salvar también a
la esposa y los dos hijos de Feldon de la crueldad del señor de Gisborne.