FUENTE:http://www.elsigma.com/site/detalle.asp?IdContenido=8130 Las dificultades sexuales femeninas expresan la mala relación que la mujer tiene con su cuerpo y con el pene del hombre. Generalmente la frigidez pone en juego intentos envidiosos que pretenden socavar toda ostentación viril que pueda hacer el hombre, en todo lo que al entender de ella puedan ser los campos de la masculinidad. Su anestesia sexual, en muchos casos, más que un síntoma que genere angustia, será un blazón, un estandarte de valoración en el cual la vagina será vista como un pene hueco, pero inervado, a la que no habría más que dar vuelta como un guante para encontrarse con la virilidad añorada. Estas fantasías que obviamente son inconscientes, hacen que no se necesite del hombre, ni de un pene; es más, la eficacia de estas fantasías sostienen la frigidez. Funciona aquí la ecuación vagina igual a falo hueco. En otros casos nos encontramos con que la ecuación es otra: clítoris igual a pequeño pene. En este último caso solemos ver que el deseo por un hombre existe, pero expresado en relaciones de conflicto y enfrentamiento. Aquí sí, la insatisfacción sexual genera angustia; y esta angustia hace que muchas mujeres que la padecen recurran al tratamiento psicoanalítico para solucionar sus problemas sexuales ¿Cómo opera en la mujer adulta la envidia del pene y el complejo de sentirse castrada? Es la causa de severas dificultades sexuales y de continuos intentos por denostar al hombre y a la virilidad de éste. La idea de este trabajo es observar cómo se manifiesta esto en la clínica psicoanalítica. Presentaré a continuación la transcripción textual de un fragmento de sesión. Paciente: Hacemos una pareja muy especial, lo odio y al mismo tiempo lo quiero. Quiero que se vaya de mi vida, pero me he sentido muy mal las veces que se fue. Sé que tengo que buscar otro hombre, pues con él me siento muy mal, no me puedo conectar, no nos podemos conectar (se queda en silencio y luego continúa). Pero si lo miro objetivamente hacemos una buena pareja... (silencio). Analista: ¿A qué llama una buena pareja? Paciente: Somos parejos, el es delgado, alto y se parece a mí, en ocasiones pienso que somos iguales; que no hay diferencia. (se queda callada, le cuesta mucho seguir asociando). Analista: ¿Cuál es la diferencia que no hay? Paciente: Tiene cuerpo de mina, la cola parada, la cintura angosta, las piernas bien formadas ¡parece una mujer! Si se lo mira desnudo, lo único que le faltaría sería un par de tetas y listo ¡sería una mujer! Analista: ¡Creo que le faltaría algo más! Paciente: (se ríe a carcajadas y su risa me contagia y hace que también ría). Será por esto... esto nunca se lo dije a nadie... nunca hablé así con alguien... es decir tan claramente... nunca lo pensé como ahora... será por esto que me cuesta tener relaciones... con él, que cuando las tengo no siento nada... que estoy como anestesiada, en realidad lo que ocurre es que nunca le miro los genitales ¡no se los miro nunca!... ni nada... Se queda callada uno o dos minutos, la afirmación “ni nada” es una forma de expresión de la resistencia a seguir poniéndole palabras a lo que está pensando y sintiendo. Para vencer esta resistencia, intervengo para que pueda seguir verbalizando. Ceder en las palabras es el primer movimiento para poder ceder luego en los hechos. Analista: ¡Ni nada! Paciente: ¡Sí! no la siento, ni se la toco, ni se la beso, ni la chupo, me da impresión no sé... ¡no me gusta su pija¡ Pero yo tampoco me puedo tocar, ni me puedo ver... cuando estoy desnuda y me miro en el espejo, esa parte la salteo... Analista: ¡Ahora también la está salteando...! Paciente: ¡Sí! mis genitales, mi concha..., no la puedo ver, ni la puedo nombrar, ¡y claro cómo nos vamos a conectar! ¿pero qué me pasa? ¿Quiero ser un hombre? ¡No! no quiero ser un hombre, en realidad quiero que él y yo seamos iguales. Por eso salteo esas partes. Se queda callada y pensativa y en ese instante doy por concluida la sesión. Se hace presente en ella la envidia del pene y el complejo de castración; no puede ver el pene ni sus propios genitales. Desde estas negaciones es imposible el acceso a los placeres sexuales genitales, ya que la existencia de estos placeres harían justamente presentes estas zonas que se intentan negar. Ahora abriré un espacio para retomar aquella afirmación de que “lo único que le faltaría...“ y mi intervención “¡Creo que le faltaría algo más!”. Alguien podría pensar que, en realidad, el señalamiento debió haber sido “le sobraría algo”, como ya me lo ha dicho algún colega cuando en otra ocasión presenté este caso. Pero estoy persuadido de que haber afirmado algo así hubiera sido lisa y llanamente decir que una mujer es un hombre sin pene, la cual -y más si se trata de un analista- sería una apreciación atroz. Se expresaría de este modo la visión que sobre la cuestión son propias de los niños en la etapa fálica. Pero el daño que originaría sería aún mayor; le confirmaría a esta mujer sus fantasías inconscientes de que está castrada y que por ésto tiene que envidiar al hombre por lo que éste tiene, el pene. Al decirle le faltaría algo más afirmamos que son los genitales femeninos los que le faltarían a este hombre para ser mujer; obviamente queda tácito que algo estaría de más. Esto lo percibió perfectamente esta mujer que, llena de alivio, produce aquella sonora carcajada ya que del otro modo no hubiera tenido de qué reírse. Agregaré algo más en relación a este caso: el marido habitualmente se paseaba completamente desnudo por la casa y ella ésto lo entendía. Como si le dijera: “esto que te muestro es lo que vos no tenés” ¡pareciera paradojal, porque lo hacía con alguien que justamente no lo podía ni ver, pero no hay tal paradoja. Para él ser el hombre era tenerlo y mostrarlo al estilo del perverso exhibicionista que exhibe su miembro para que su víctima con un grito le confirme que la castración está en otro lado. La mujer de este caso no gritaba, pero al no poder mirar, asumía que era ella la que se sentía castrada, envidiando, y que la potencia fálica estaba del lado de él. Las dificultades sexuales femeninas expresan la mala relación que la mujer tiene con su cuerpo y con el pene del hombre. Generalmente la frigidez pone en juego intentos envidiosos que pretenden socavar toda ostentación viril que pueda hacer el hombre, en todo lo que al entender de ella puedan ser los campos de la masculinidad. Su anestesia sexual, en muchos casos, más que un síntoma que genere angustia, será un blazón, un estandarte de valoración en el cual la vagina será vista como un pene hueco, pero inervado, a la que no habría más que dar vuelta como un guante para encontrarse con la virilidad añorada. Estas fantasías que obviamente son inconscientes, hacen que no se necesite del hombre, ni de un pene; es más, la eficacia de estas fantasías sostienen la frigidez. Funciona aquí la ecuación vagina igual a falo hueco. En otros casos nos encontramos con que la ecuación es otra: clítoris igual a pequeño pene. En este último caso solemos ver que el deseo por un hombre existe, pero expresado en relaciones de conflicto y enfrentamiento. Aquí sí, la insatisfacción sexual genera angustia; y esta angustia hace que muchas mujeres que la padecen recurran al tratamiento psicoanalítico para solucionar sus problemas sexuales. Recurriré a más ejemplos tomados de mi experiencia clínica: una mujer en una sesión hablaba de su sexualidad y la comparaba con la sexualidad del hombre, y pensaba que aunque lograra superar sus síntomas “nunca voy a sentir como un hombre... porque los hombres tien... sienten más”. En una sola frase comete dos fallidos y plantea con éstos el núcleo de su problemática; —el primero, que jamás va a sentir como un hombre porque es una mujer; y el otro al casi afirmar que los hombres tienen más. Mostrando cómo a sus 25 años mantenía plena eficacia su visión infantil sobre la sexualidad: cuando era pequeña creía que si su pequeño clítoris era capaz de dispensar tanto placer, cuánto más sería el placer que daría ese pene que le veía a su hermanito de 7 años (dos años mayor que ella) que comparativamente era mucho más grande. Esta mujer no podía mantener una relación de pareja que fuera duradera, ocurría que los hombres que conocía la dejaban rápidamente. Por medio del análisis ella pudo descubrir una de las causas principales de estos abandonos: relata en una sesión que después de haber tenido relaciones sexuales tomó el pene de su compañero y le dice “no me lo regalás, no me lo prestás para que me lo lleve a mi casa”, ante ésto se produce en él una estrepitosa carcajada y luego de este día no lo veía más. Se trataba, según afirmaba, sólo de una broma, pero empieza a tomar conciencia de que esta era la expresión de un deseo de castrar al hombre y de tener ella realmente el pene. Respecto de la risa que se produjo en el hombre, podemos suponer que fue la descarga de la angustia despertada por esta figurada escena de castración. Estos chistes, no se hacen, por lo menos sin que haya un costo que pagar; en este caso, el rápido abandono. En otra ocasión, se encontraba en un tierno coloquio amoroso con un joven que había conocido recientemente, y él en un momento dado la apoya con fuerza, haciéndole sentir su pene erecto, y ella sólo atina a decirle “¿de qué te la das, que te creés que tenés?” Lo toma como una ostentación de virilidad ante lo que reacciona sintiéndose humillada, inmediatamente se dio cuenta que no fue apropiado lo que expresó “pero no lo pude evitar”. Podemos suponer, en cuanto a este hombre, que aunque se pudiera haber puesto en acción una cuestión de ostentación, lo más probable es que hubiera querido mostrarle su excitación, buscando así la excitación de ella; pero la envidia del pene envió todo a otro lugar y él se encontró entonces con otra cosa. Para finalizar transcribiré un sueño que esta mujer tuvo luego de analizar estas últimas cuestiones: “Soñé que tenía un pene grande y erecto y que iba al baño a orinar y... estaba muy contenta..., pero cuando me desperté me empecé a angustiar mucho porque me daba cuenta de cuánto me costaba aceptarme como mujer.”
La envidia del pene en la mujer
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