La Santísima Trinidad en la Biblia ¿Nos hablan las sagradas escrituras de la doctrina de la Trinidad? Introducción La primera aclaración que debemos hacer acerca de la doctrina de la Santísima Trinidad y su mención en las Sagradas Escrituras, es que, desde un principio, veremos que la palabra “Trinidad” no existe en la Biblia. Es decir, no encontraremos en la Biblia una declaración que diga claramente, “Dios es tres personas que existen en una unidad, la deidad, un Dios plural pero singular, y esto es la doctrina de la Trinidad”, aunque sea cierto. De hecho, ni siquiera el término “Trinidad” es actualmente usado en las Escrituras, y fue recién utilizado por Tertuliano en el segundo siglo (220 d.C.) para el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, aunque no fue sino hasta el año 325, en el que el Concilio de Nicea lo fijara explícitamente en el Símbolo Niceno como parte de la fe cristiana. Sin embargo, la doctrina de tres personas realmente distintas en un solo Dios verdadero estaba ya implícita en el Símbolo de los Apóstoles que se usaba en las antiguas liturgias bautismales de las comunidades cristianas de Roma y se cree que se remonta hasta la época apostólica. Incluso, observamos que ya los primeros cristianos utilizaban fórmulas trinitarias: "La bondad inmerecida del Señor Jesucristo y el amor de Dios y la participación en el Espíritu Santo estén con todos ustedes" (2 Cor 13,13); "Ustedes han sido lavados, pero ustedes han sido santificados, pero ustedes han sido declarados justos en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y con el espíritu de nuestro Dios" (1 Cor 6,11). Pero la incertidumbre que nos inquieta en este momento es la existencia o no de mención alguna al Dios Trinitario con anterioridad a la Revelación de Jesucristo, o sea, nos interesa saber si en verdad había conocimiento verdadero alguno del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo antes de la llegada de Jesús. Corresponde analizar brevemente entonces, en un primer término, la existencia de referencias acerca de la Santísima Trinidad en el Antiguo Testamento. La Santísima Trinidad en el Antiguo Testamento Según Epifanio, “la una Deidad es sobre todo declarado por Moisés, y la personalidad doble (del Padre y del Hijo) es fuertemente afirmado por las Profetas. La Trinidad es hecho conocido por los Evangelios”. Es obvio e innegable que en el Nuevo Testamento encontraremos la plenitud de la revelación trinitaria. El Antiguo Testamento, en cambio, no nos revela esta verdad de modo explícito, pero la prepara descubriendo la Paternidad de Dios en la Alianza con el Pueblo, y mostrando su acción en el mundo con la Sabiduría, la Palabra y el Espíritu. El Antiguo Testamento no comenzará a hablar entonces de la existencia de tres dioses (politeísmo), ni de tres modos del mismo Dios (modalismo), sino que fortalecerá especialmente la verdad sobre el Dios único, que será el marco necesario de una religión monoteísta como la nuestra. Sin embargo, más allá de esta mención, será la venida de Jesucristo la que traerá la plenitud de la revelación sobre la Trinidad. Es decir, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento se indica que Dios existe como una Trinidad: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Pero debemos notar una gran diferencia entre la evidencia de uno y de otro, y la claridad con que se muestra el misterio. En el Antiguo Testamento la Trinidad se dejará entrever más silenciosamente, y veremos que esto no se debe a una ocultación de Dios, sino a un fruto de su pedagogía y amor hacia el hombre: “El Antiguo Testamento proclamó abiertamente al Padre, y el Hijo más oscuramente. El Nuevo manifestó al Hijo, y sugirió la Deidad del Espíritu. Ahora el Espíritu mora entre nosotros, y nos da una demostración más clara de sí mismo. Porque no fue prudente, cuando la deidad del Padre no fue todavía reconocida, de claramente proclamar al Hijo; tampoco cuando la deidad del Hijo no fue todavía recibida, de cargarnos con el Espíritu” (Gregorio Nazianzen). El Hijo y el Espíritu Santo en el Antiguo Testamento La Biblia completa, desde el Génesis hasta el Apocalipsis, encuentra el sentido de la redención provista por Jesucristo, de tal manera que el significado de cualquier sencillo pasaje de las Escrituras es siempre determinado por el contexto de la redención a través de Cristo Jesús. Necesitamos leer el Antiguo Testamento con la mirada de que allí encontraremos a Jesús, ya que Cristo es profetizado en el Antiguo Testamento y proclamado en el Nuevo. Todo libro de la Biblia tiene algo que ver con el Hombre de Galilea y con Su relación con los seres humanos. Son muchos los libros del Antiguo Testamento que pueden tomarse como referencia a la Persona y Misión de Jesús: El es quien aplastará la cabeza de la serpiente (Gn 3,15); es el Pastor Divino (Ez 34, 11); es el Pan de vida (Ex 16, 35); es el Hijo del Hombre a quien le fue dado el dominio, la gloria y el reino (Dn 7, 14); es el nacido en Belén (Miq 5, 1); el Cordero de Dios con su Pascua (Ex 12, 1-22). El rey y sacerdote Melquisedec será figura de Cristo, Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza (Gn 14, 18); Moisés liberará a Israel de Egipto como Cristo libera a los pueblos del pecado (Ex 3, 7). Estas referencias nos hacen ver la unidad que se observan entre los distintos escritos sagrados. Dicha unidad encontrará un ejemplo de manifestación en el uso de tipos y antitipos: sucesos veterotestamentarios tendrán aplicaciones neotestamentarias. Jonás tragado por la Ballena y saliendo vivo es el antitipo, Cristo tragado por la muerte y resucitado es el tipo. El antitipo del paso del Mar Rojo es un tipo del paso de la muerte a la vida, del bautismo neotestamentario. Es tan estrecha la relación del tipo con el antitipo, que al Antiguo Testamento se lo ha llamado «el Nuevo Testamento oculto», mientras que al Nuevo Testamento se lo puede ver como «el Antiguo Testamento revelado». De igual forma, podemos vislumbrar en la época anterior al nacimiento de Jesús cierta revelación de la Persona del Espíritu Santo, para cuyo conocimiento también es preciso remontarse al Antiguo Testamento, y descubrir allí las señales de la larga preparación al misterio de la Pascua y de Pentecostés. Aunque las profecías acerca de Cristo reciben mucha atención, también debemos ver aquellas que predijeron la venida y la obra del Espíritu de Dios: las profecías respecto a la obra del Espíritu durante el ministerio terrenal de Cristo (Is 61:1-3); las profecías respecto a la obra del Espíritu durante el reino de Cristo (Is 11:1-9); e incluso la profecía del descenso del Espíritu en el día de Pentecostés (Jl 3:1). Juan Pablo II nos dice que ya en el Antiguo Testamento aparecen dos rasgos de la misteriosa identidad del Espíritu Santo: el primero es la absoluta trascendencia del Espíritu que por eso se llama «santo», el Espíritu de Dios es «divino» a todos los efectos; el segundo es la fuerza dinámica que manifiesta en sus intervenciones. El Espíritu del Señor “es como torrente desbordado” (Is 30, 28). Por eso, cuando el Padre interviene con su Espíritu, el caos se transforma en cosmos, en el mundo aparece la vida, y la historia se pone en marcha. El uso del plural A lo largo de las Sagradas Escrituras, podemos encontrar textos en donde Dios utiliza la primera persona del plural para comunicarse. Encontraremos ejemplos de esto en diversos pasajes de la Biblia: “Y dijo Dios: hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza” (Cf Gn 1,26); “Después el Señor Dios dijo: El hombre ha llegado a ser como uno de nosotros” (Cf Gn 3, 22); “Bajemos entonces, y una vez allí, confundamos su lengua” (Cf Gn 11, 7); “Yo oí la voz del Señor que decía: ¿A quién enviaré y quién irá por nosotros?” (Cf Is 6, 8). En un primer término, podemos definir a esta forma del plural solo como una manera de escribir, pero sería apresurado. También podemos hablar de este “nosotros” como fruto de la Trinidad, pero vamos a ver que en la Tora también se habla en plural, siendo que el pueblo judío no comparte esta creencia. Vemos entonces que existen por lo menos cuatro interpretaciones de la forma plural, en donde algunas tienen más aceptación que otras. En la primera, la divinidad entabla una conversación con su corte celestial. Esto es difícil de admitir porque en el caso del relato de la creación, Dios actúa solo. En la segunda teoría, mucho más aceptada, el plural es reflexivo. Dios habla consigo mismo, y el plural tiene la forma de un “plural mayestático”. El plural mayestático es en una determinada lengua el referimiento a uno mismo empleando la forma de la primera persona del plural. En hebreo, por ejemplo, se usa el plural en una forma de intensificar el sentido de la palabra. Su uso más común es para dar a entender excelencia, poder dignidad de la persona que habla o escribe, en este caso, de Dios. Los reyes y papas, por ejemplo (de aquí el nombre de mayestático, perteneciente o relativo a la majestad) han usado tradicionalmente esta forma de expresión, comunicando sus decisiones siempre con el “nosotros”. En una tercera interpretación, más simplificada, el plural puede ser solo una cuestión gramatical: el nombre hebreo común para Dios “Elohim” tiene carácter plural (“El” sería singular). Dios aparece a veces hablando en forma plural. El plural se considera un elemento retórico. Un comentarista ha escrito: «Un hombre que reflexiona sobre una acción que va a realizar, lo mismo dice: “¡Vamos a hacerlo!” que “¡Lo voy a hacer!”. “¿Qué debemos hacer?” brota tan naturalmente a los labios de un alma perpleja como “¿Qué debo hacer?”. Este es el tipo de expresión que encontramos por todas partes en la Biblia. Por último, muchos cristianos, desde los antiguos padres de la iglesia hasta el presente, han visto en estos pronombres plurales una alusión al Padre, al Hijo y al espíritu Santo. Para algunos será revelación; para otros, antitipo. Pero más allá de cuestiones exegéticas, más allá de definir una postura, veremos que los problemas vienen por el sentido de la traducción, de la escritura, y no de la doctrina. Es decir, la dificultad podrá venir por palabras que dan lugar a una falsa interpretación de la intención del texto bíblico, pero esto no afectará la fe en un Dios Único y Trino. A la luz del Espíritu, entonces, esas dificultades serán menores, y a veces insubstanciales. Así, más allá de los pensamientos, más allá de las interpretaciones, más allá de los vocablos, lo importante de Dios será Su Revelación. Y lo supremo será Jesús.
¿Habla la Biblia de la Santísima Trinidad?
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