El ambicioso
L as sagradas escrituras dicen que el amor y el dinero es causa de toda clase de cosas perjudiciales, la corrupción impera en muchos países envueltos en el narcotráfico y otra clase de negocios ilícitos, las autoridades civiles y militares, diputados y demás funcionarios participan en esas cosas terribles por el amor al dinero.
Vivió en una comunidad hondureña un hombre de nombre Adolfo, llegó al lugar no se sabe de dónde, compró un pequeño terreno, el que fue ampliando robándose las tierras y rodeándose de matones, poco a poco la gente se vio afectada con el robo de ganado.
Las personas que iban a verlo para reclamarle lo del robo de ganado eran amenazadas por don Adolfo. “Ustedes se han equivocado conmigo, soy un hombre honesto que no se mete con nadie, otros son los ladrones y a mí me echan el ‘clavo’, la próxima vez que vengan a reclamarme cosas en las que no he tenido nada que ver los voy a agarrar a tiros, ¿entendido?” ...Humillaba a la gente constantemente, fue acaparando tierras y compró camiones para robarse la leña, frutas, ganado, y todo lo que encontraba a su paso.
La gente temerosa del pueblo comenzó a murmurar.
“Ese tal don Adolfo está endemoniado, me alargo si no practica la brujería, usted cree que no… esos hombres que hacen grandes capitales de la noche a la mañana y que se rodean de matones, seguramente tienen tratos con Satanás, pero ya verá usted que no le dura mucho esa riqueza. Es dinero maldito el que consiguen robando, asaltando y haciendo mil cosas que no son agradables a Dios.
Pero Dios no los castiga, es el mismísimo diablo el que se encarga de cobrarles”.
A oídos de don Adolfo llegó la noticia de una familia que tenía mucho ganado en un pueblo cercano, reunió a sus hombres y les dijo: “Esta noche vamos a salir de cacería, por lo menos en estos dos camiones vamos a meter las reses que quepan, a mí déjenme lo demás, que ya tengo todo planeado, le vamos a hacer una visita a don Ángel y a su familia, nunca sabrán quién llegó a visitarlos jajajajajaja”. Con la pistola en la mano don Adolfo recibió el aplauso y la gritería de los maleantes que estaban bajo sus órdenes.
A las 11 de la noche partieron los hombres encabezados por su jefe, que viajaba en un carro de paila seguido de dos camiones, dos horas más tarde llegaron a la próspera hacienda de don Ángel. Con lazos en sus manos se dieron a la tarea de meter el ganado en los camiones, entretanto don Adolfo y dos hombres más se habían encapuchado, el viejo malvado penetró en el dormitorio; don Ángel se levantó, pero en el acto fue atacado a balazos. Aquella operación les tomó media hora aproximadamente, luego los maleantes le metieron fuego a la hacienda y huyeron. Lo que no sabía Adolfo es que habían dejado con vida a la madre de don Ángel, una señora que se encontraba en una letrina fuera de la casa y lo había visto todo. Con sus 96 años de edad se mantenía fuerte y sana, al ver la propiedad en llamas, sin ganado y con un reguero de muertos, lanzó una maldición:
“Que el ejército de estos muertos haga lo que tiene que hacer”. En ese momento un relámpago cruzó el cielo y los animales silvestres se alborotaron. La luz de las llamas del terrible incendio iluminó la silueta de la anciana cuando abandonaba el lugar apoyada en un bastón.
El ambicioso Adolfo disfrutaba con sus compinches por el exitoso asalto y asesinato; había fiesta con mujeres y aguardiente, la celebración siguió durante la noche. Entre los árboles se movía una fuerza invisible que doblada las ramas, insectos y aves nocturnas volaron con rumbo desconocido; el ruido no llegaba a la hacienda del festejo, la música y los gritos de los peones lo impedía. Dos hombres montaron en sus caballos para abandonar la fiesta, no habían recorrido ni un kilómetro cuando escucharon que un fuerte ruido provenía de las montañas, claramente escucharon el crujir de las ramas y la caída de algunos árboles montaña abajo.
El pánico se apoderó de aquellos hombres que regresaron a todo galope, le contaron a don Adolfo lo que ocurría: “Hay algo en las montañas que viene avanzando lentamente hacia acá, hay que desalojar la hacienda, es algo malo, se siente... y… está muy cerca”. El viejo lanzó una carcajada y dijo en voz alta: “¡Váyanse cobardes, no los necesito en este lugar!” Los hombres se fueron en dirección contraria a la que llevaban primero, y sus caballos estaban asustados por un poder invisible. Galoparon velozmente, atrás se escuchó como si un ejército avanzara cubriendo varios kilómetros en la montaña.
La presencia sobrenatural llegó a la hacienda como un alud, la gente comenzó a gritar tratando de escapar inútilmente, un verdadero ejército de muertos cabalgaba sobre caballos espectrales, los dirigía don Ángel, el hacendado asesinado. Cuando don Adolfo vio el fantasma de Ángel trató de escapar, pero de un certero machetazo su cabeza salió volando por el aire hasta caer en el suelo. Los dos hombres que huían vieron que la hacienda estaba en llamas, escucharon gritos pidiendo auxilio, luego aquel ejército invisible para ellos abandonó el lugar, hasta que todo quedó en silencio. Las palabras de la vieja se cumplieron: “Que el ejército de los muertos haga lo que tenga que hacer”.
Enterrado vivo
Diego del Carmen abrazó desde niño la religión católica, motivado por su madre doña Estela. Todos los días lo llevaba a la iglesia de la Virgen Inmaculada Concepción y por las noches le rezaba una novena a cualquiera de los santos de su devoción, aunque era fiel devota de las ánimas benditas.
Creció, pues, el niño muy rezador y de adulto se convirtió en devoto del ánima sola, una figura que aparece encadenada en las estampas que venden en librerías y mercados. Antes de dormirse le encendía una vela todas las noches al ánima sola tal como le había enseñado su difunta madre.
Contrajo nupcias con Patricia Cervantes en la iglesia del Calvario. Nacieron cinco hijos: dos mujeres y tres varones.
Diego era agente vendedor de uno de los almacenes más fuertes de los años 50, viajaba por todo el país y con su modesto salario logró educar a todos sus hijos. Las dos mujeres estudiaron Medicina, uno de los varones se hizo abogado, otro ingeniero y el último puso un taller de mecánica; nunca fue bueno en los estudios, pero tenía gran inteligencia para reparar automóviles.
A sus 75 años de edad, Diego se sentía cansado. A pesar de los años transcurridos seguía con su fe en el ánima sola.
Una mañana, su esposa Patricia amaneció enferma, con tos persistente. Casi no podía hablar y mucho menos levantarse. Las dos hijas doctoras se dieron cuenta de que su mamá tenía una pulmonía terrible. Fue atendida inmediatamente. A pesar de los medicamentos y las atenciones, Dios había decidido otra cosa. La señora falleció a las seis de la tarde.
Una mañana, mientras el viejo Diego regaba las plantas del jardín sintió una opresión en el pecho, se llevó las manos al corazón, se recostó en un árbol y tomó aire. Fue sintiéndose mejor.
A ninguno de sus hijos y mucho menos a las doctoras les dijo nada; siguió regando las plantas y entró en la casa. Le pidió a la trabajadora que le sirviera una taza de café y se tranquilizó. Al llegar la noche se despidió de sus hijos y se fue a la cama, pero antes encendió la candela que dedicaba todas las noches al ánima sola. Dijo sus oraciones, dejó lustrados los zapatos; los colocó debajo de la cama, se acostó y se durmió.
Su vida transcurría con sus amigos y la gente que lo conocía.
Al siguiente día, todo era normal. Sus hijos varones que vivían con él se habían ido a sus trabajos. Miró el reloj: las agujas marcaban las ocho de la mañana. Se arregló bien después del desayuno y se fue al parque central de la ciudad capital, donde se encontraba con sus viejos amigos y compañeros de la escuela.
Así pasaba la vida don Diego, querido por su familia, por sus amigos y la gente que bien lo conocía. Los fines de semana se reunían todos en casa: las doctoras, el ingeniero, el mecánico y el abogado tenían la costumbre de estar con sus pequeños hijos y don Diego. Aquel fin de semana hicieron una barbacoa y mientras don Diego movía las brasas en la parrilla tuvo un desmayo. De inmediato lo llevaron a la cama y pocos minutos después sus hijas lo declararon muerto.
La noticia de la muerte de don Diego corrió como el viento. Vecinos y amigos acudieron a la funeraria donde se llevaría a cabo la vela y luego a su entierro en el cementerio general de Comayagüela.
Curiosamente, una nietecita del difunto llamada Clelia, de apenas ocho años de edad, les dijo a sus papás:
—El abuelo no está muerto. Papá, no lo entierren.
Sus palabras fueron tomadas como de una niña que amaba entrañablemente al abuelo y al verlo en el ataúd le daba la impresión de que estaba vivo.
Decenas de personas que acudieron al velorio resaltaron las bondades del difunto don Diego. Así pasó la noche y llegó el siguiente día. Se habían hecho los arreglos para el sepelio y aproximadamente a las diez de la mañana partieron con el supuesto cadáver al cementerio.
Al echar la última palada de tierra, el llanto de sus hijos fue tremendo. No quedó nadie en el cementerio. Cuando todos se habían ido, el muerto despertó dentro del ataúd. Don Diego, al ver que estaba enterrado vivo, según contó él mismo, solo pudo decir:
—¡Ánimas benditas del purgatorio, ayúdenme!
Ocurrió algo muy extraño: podía respirar sin dificultad a pesar de estar sepultado. Sintió que alguien sacaba la tierra, cuando lo sacaron de la fosa y una mano invisible abrió la tapa del ataúd.
De inmediato se dio cuenta de que estaba sano y salvo dentro del camposanto.
Para no alarmar a sus familiares pidió prestado un teléfono. Nadie podría sospechar que aquel hombre acababa de salir de su tumba. Su hija Mercedes dijo:
—Cuando escuché la voz de mi papá por teléfono casi me desmayo. Él comenzó a explicármelo todo. Quedé petrificada. Aun así, con mis dudas le comuniqué a mis hermanos. Todos estaban asustados. Nos fuimos al parque Ferrera, como él había dicho. Ahí lo encontramos con el saco del traje entre las piernas, platicando con unos niños. No podíamos creerlo: allí estaba papá vivito y coleando; fue algo impresionante.
Aquel suceso no escapó a la prensa. Se dio a conocer la noticia y se dijo que posiblemente unos ladrones lo habían sacado de la tumba para robarle y que con esa mala acción de los delincuentes le habían salvado la vida. Don Diego contó su historia. Aseguró que no hubo tales ladrones. Dijo que fue un milagro, que las ánimas benditas del purgatorio lo habían ayudado.
—Lo que sí sé es que estuve enterrado vivo —afirmó.
Los anillos de Lupe
Lupe era una mujer de unos 53 años, había llegado a la ciudad de Nacaome, en el departamento de Valle, con procedencia de la hermana república de El Salvador, se dedicaba a las ventas entre los dos países, traía mercadería salvadoreña y llevaba hondureña a su país de origen.
Se trataba de una hermosa mujer, de porte elegante, que llamaba la atención de los hombres
Ella contaba a sus amistades de Nacaome que había estado casada tres veces, que no deseaba nunca más el matrimonio, que prefería gozar de la vida de soltera con cualquier hombre que le gustara. “Para mí amarrar a un hombre es lo más fácil”, decía, “conozco los ingredientes para hacerlo, jajajaja”.
Había algo que identificaba a Lupe, tenía anillos en cada dedo de sus manos, todos eran de oro y algunos tenían brillantes, comentaba que toda su riqueza la andaba en sus manos, sus amistades se reían y le preguntaban si no sentía miedo de que alguien se los robara, ella sonreía.
“Los ladrones tendrán que pensarlo muy bien”, decía la mujer, “ya lo han intentado pero no voy a decirles lo que les pasó”. Sus clientes, hombres y mujeres, le encargaban ropa, artículos para el hogar, cadenas de oro y plata, dijes, lociones, cremas y otras cosas; ella jamás dejaba de llevar los encargos a las casas.
Sus anillos llamaban la atención de todo el mundo, las mujeres quedaban fascinadas al verlos.
Lupe llevaba 10 anillos en sus dedos. Lucía -que era una joven de 18 años, hija de doña Leticia, una de sus clientas- le preguntó a la salvadoreña si vendía sus anillos, sonriendo respondió Lupe: “Eres una niña muy bella, algún día podrás comprar tus propios anillos, estos representan mi vida, mi fortuna, mi suerte”. Dicen que las apariencias engañan y en el caso de la joven Lucía nadie sospechaba que había mucha maldad en su corazón.
Lucía comenzó a anotar las visitas de Lupe, los días, las horas, qué casas visitaban, calculaba las cantidades de dinero que ganaba y por qué calles caminaba antes de viajar a El Salvador.
“¡La tengo!, hoy sí sé cada paso que da esa mujer, esos anillos tendrán que ser míos; nadie, ni mi mamá sospechará de mí jamás”.
Después de haber memorizado los datos que había anotado en su cuaderno, procedió a quemarlo en el fogón de su casa, así nadie sabría que estaba tras los pasos de Lupe. Aquellos valiosos anillos se habían convertido en una obsesión para la joven, soñaba con ellos, se miraba las manos y le parecía que los andaba puestos. Con paciencia fue planeando cada movimiento, solo era cuestión de esperar.
“Buenos días Lucía”, dijo Lupe, “¿está doña Leticia?, “ya la llamo, pero pase adelante por favor”. La hermosa mujer le dijo: “Sé que te gustan mucho mis anillos, no haces más que verme las manos”.
Lucía se sonrojó y respondió: “Así es doña Lupe, pero ya me dijo usted que trabajando arduamente puedo llegar a tener mis propios anillos, ¿verdad?” “Así es Lucía, así es, las cosas deben hacerse honradamente, jamás hay que pensar en conseguir lo que se quiere actuando con maldad, nunca le hagas caso a los deseos”. Lucía llamó a su mamá y se despidió de Lupe. La joven asustada por las palabras de Lupe salió de su casa, le temblaban las manos y las piernas.
“Me descubrió, sé que esa maldita me descubrió”, pensaba, “antes de que hable tengo que matarla y robarle los anillos, así dirán que fue un robo y que por eso la mataron”. Sabía todos los movimientos de la salvadoreña, así que no le fue difícil esperarla en una calle solitaria. Agazapada detrás de un cerco de piedras, Lucía esperaba pacientemente a su víctima; sintió que se acercaba, y al tenerla a su alcance disparó con una pistola calibre 22, seis veces, hasta que Lupe se desplomó sin vida. Cuando la joven intentaba saltar el cerco para apoderarse de los anillos, vio que varias personas corrían hacia esa dirección, habían escuchado los disparos. Conocedora del lugar, le fue fácil esconderse y huir rápidamente, iba furiosa por no haber robado los anillos. El cadáver de Lupe fue trasladado a San Miguel, en El Salvador; sintieron mucho la muerte de aquella hermosa dama.
Cuarenta días después, una tormenta eléctrica sorprendió a los vecinos, las ráfagas de viento eran aterradoras, los perros comenzaron a ladrar, todos los animales del lugar estaban asustados.
Los vecinos escucharon gritos aterradores que eran apagados por el estruendo de los rayos; “querías mis anillos Lucy, los he traído para que te los pongas jajajajajajajaja” Extrañamente nadie en la casa de Lucía se despertó. Cuentan los vecinos que al día siguiente encontraron el cadáver de la joven; tenía anillos clavados en los ojos, la lengua y el rostro, y una expresión de terror.
La misma noche del entierro de Lucía comenzaron a ver el fantasma de Lupe que caminaba por las calles de la ciudad, la reconocían por los anillos que brillaban en sus huesudos dedos.Un grupo de vecinos fue a levantar el alma de la muerta en el mismo sitio donde había sido asesinada. Solo así pudieron evitar que el fantasma volviera a caminar por las calles de la ciudad.
La muerta del callejón
Jacinta se dedicaba a las malas artes, era buscada por decenas de personas que llegaban al pueblo donde ella vivía muy cerca de Naco en la zona norte del país, ahí se podían ver motocicletas, bicicletas, vehículos viejos y modernos carros de lujo. La gente que la visitaba comentaba: “¡Esa doña sí es buena!, a mí se me habían perdido unas joyas y me dijo dónde encontrarlas”. “A mí esposo le robaron el carro y ella le dijo dónde estaba y quién lo tenía”. “Ese mi marido era mujeriego de primera, pero ahí está quietecito gracias a doña Jacinta”. La fama de la señora se fue extendiendo poco a poco y se afirma que de otros países acudían a consultarla.
Testimonio
Una señora llamada Lucinda llegó a buscar a Jacinta y le explicó que quería amansar a su marido, pues era un déspota, infiel, tacaño y golpeador. “Me pasa las mujeres por enfrente y no le basta eso sino que me ha obligado muchas veces a darles de comer a sus amantes”. La bruja anotó el nombre del hombre, luego preparó unos polvos y le dijo:
“Bastará que le pongás de estos polvos en la comida, no tienen ningún sabor y no lo va a notar, ya vas a ver el cambio, si vos te querés vengar llevando hombres a tu casa ni va a protestar, bueno eso lo dejo a tu elección”.
Lucinda dejó en manos de Jacinta una buena remuneración, le dio las gracias y abandonó el lugar, se trataba de una mujer de mucho dinero y al no soportar las cosas terribles de su marido, por medio de una trabajadora se dio cuenta de la existencia de Jacinta, y a lo que se dedicaba; fue así que desesperada llegó a visitarla. Al regresar a su hogar estuvo esperando al esposo, quien como era su costumbre llegó tarde exigiendo comida: “Dame de hartar mujer que vengo con un filo perro, pero apurate si no querés que te reviente el pico como el otro día”. La mujer, que ya tenía la comida preparada, le sirvió inmediatamente, había seguido las instrucciones de Jacinta.
Una señora llamada Lucinda llegó a buscar a Jacinta y le explicó que quería amansar a su marido, era un déspota, infiel, tacaño y golpeador.
Al siguiente día el viejo óscar, que así se llamaba el hombre, abrazó a su mujer y antes de irse a sus negocios le dio un beso en la boca, algo que no había sucedió en más de cinco años.“Voy a regresar temprano amor, así que no te preocupés por mí”. Lucinda se rio cuando vio que su marido se alejaba. “Está funcionando, ya va a ver este viejo desgraciado, me las va a pagar todas una por una, ni sabe la que le espera jajajajajajaja”. Don óscar llegó ese día a las cuatro de la tarde, cuando generalmente llegaba a las 12 de la noche o en horas de la madrugada, él mismo estaba sorprendido.
Cuenta la historia
Una semana más tarde, en el cambio que tuvo don óscar, la mujer, que era una joven atractiva, sacó las garras y comenzó por servirle la comida helada al viejo, ya no lo esperaba así llegara tarde o temprano, pero lo que dejó con la boca abierta a todo el mundo fue cuando la mujer comenzó a salir con el mejor amigo de su esposo, descaradamente se besaba con él, ¡delante de don óscar! “Te acordás que una vez te dije que me las ibas a pagar todas?, ahora estoy haciendo lo mismo que vos hacías y todavía me falta”. El viejo miraba las cosas y no decía nada, así pasaron tres años, su mujer se acostaba con el hombre que le gustaba, y él, su esposo, continuaba en silencio.
La misma trabajadora que le había dado la dirección de Jacinta a su patrona sintió compasión por don óscar, le contó lo sucedido, aunque él no creía una sola palabra, pues su mente estaba dominada por la presencia de malos espíritus que lo dominaban y los cuales habían entrado a su cuerpo a través de las comidas. La mujer siguió burlándose de él, gastaba el dinero a manos llenas manteniendo a los hombres que le gustaban. Don óscar ordenó a cuatro de sus hombres que lo acompañaran y no le dijo una sola palabra a su mujer que ese día iría de viaje.
Jacinta estaba sola en su casa, acababa de despachar a decenas de personas que habían llegado desde horas de la madrugada a buscarla, la tarde caía y el sol comenzaba a ocultarse, de pronto don óscar y sus hombres aparecieron detrás de la mujer disparando sus armas hasta vaciarlas.
Jacinta se desplomó sin vida y sus asesinos partieron rápidamente del lugar sin que nadie los identificara.
Desde ese momento don óscar sintió que era él de nuevo, llegó a su casa sin decir nada, su mujer estaba bebiendo con otro hombre, al verlo se estremeció, sintió que algo pasaba en su cuerpo y en su mente, salió de su casa con el hombre y regresó a medianoche no era la misma. Estacionó el vehículo, y al bajarse caminó por un callejón para llegar a su casa; cuando avanzaba, apareció en medio del callejón una figura espectral, era la vieja Jacinta. “Por tu culpa estoy muerta, así que vine a traerte para que me acompañés al mismísimo infierno”.
Cuentan que Lucinda gritó con todas sus fuerzas. Don óscar salió con pistola en mano y pudo ver con claridad al espectro de la mujer que había asesinado, se quedó de una pieza y la pistola cayó de su mano, de nuevo el fantasma habló. “Te doy dos años más de vida… también vas a vivir en el infierno”. Acto seguido desapareció. En el ambiente quedó un intenso olor a azufre. Cuentan los hombres que estuvieron cerca de don óscar, que una noche escucharon sus gritos en la casona, acudieron a ver lo que pasaba, y en el suelo solo encontraron el sombrero, él había desaparecido.
El mandado
Bartolo Benítez se levantó temprano, como de costumbre, y asistió a la misa de la mañana, en la iglesia de San Sebastián, en la ciudad de Comayagüela. La iglesia estaba iluminada por las velas. Buen número de personas comenzó a llegar y ocupar las viejas bancas de madera. El sacerdote llegó, hizo la señal de la cruz y comenzó los actos religiosos. Bartolo se arrodilló y comenzó a rezar.
Al salir de la iglesia se encontró con Marina Alvarado, una joven que siempre le había llamado la atención. La saludó cortésmente y se ofreció a acompañarla a su casa. Ella aceptó. Caminaron por las polvorientas calles de la antañona ciudad y Bartolo le preguntó:
—¿Y qué hay de cierto que ya se dejó con Heriberto?
Ella se sonrojó y respondió:
—Así es, Bartolo, él me dejó por otra. Han pasado tres años y aquí donde me ve es la primera vez que vengo a la iglesia. Hasta la fe había perdido por ese hombre. Al principio no hallaba qué hacer conmigo.
Me llevaba a todas partes, me compraba cosas y fuimos felices un tiempo. Todo fue que conociera a Reina, la hija de don Ramón, para que todo comenzara a fallar. Y usted ¿ya se casó?
El hombre sonrió.
—No, no, no me he casado todavía, aunque ganas no me han faltado. Estoy igual que usted. ¿Se acuerda de Mirtala, la de Cundo? Anduve con ella un tiempo. De repente apareció por ahí un chofer que la engatusó y se la llevó. Me han contado que le ha ido muy mal, pero así es la vida. Siguieron platicando y llegaron a la casa de Marina y se despidieron con un apretón de manos. Hicieron una cita para verse en el parque el sábado por la tarde.
Bartolo llegó a su casa, lanzó un suspiro y pensó:
—¡Qué bonita está la Marina! Me parece que está más bonita que antes. Me imagino lo que debe hacer sufrido por Heriberto. Tan buena pareja que hacían; jamás me imagine que él la traicionaría con la hija de don Moncho. Que Dios me perdone, pero esa tal Reina sí es fea; no sé qué le habrá visto mi amigo, aunque pensándolo bien dicen que en esa familia les ha gustado mucho la brujería. A lo mejor le dieron alguna babosada para que dejara a Marina por Reina. Mmm. Quién sabe lo que habrá sucedido. Siempre me ha gustado Marina. Nunca le dije nada por respeto a mi amigo. Hoy que la vi quizás pueda llegar a algo bonito con esa mujer.
Llego el sábado y por la tarde los dos se encontraron.
—Caramba, Marinita, qué bella que anda, parece una princesa.
Ella sonrió.
—Usted es el que está choco. Ja, ja, ja.
—No, Marinita, aunque fuera choco, como usted dice, siempre estaría admirando su belleza. Perdone la pregunta. ¿Qué ha sabido de Heriberto?
Ella miró hacia la lejanía y respondió:
—Supe de él pasado el primer año que se había ido a vivir con Reina a Santa Bárbara; de ahí no volví a saber nada, como que se lo tragó la tierra. Ya ve, así han pasado tres largos años. Ya lo superé y no me hace falta. No pienso en él, ya no hay nada, ni siquiera resentimientos.
Bartolo sonrió y dijo:
—La historia suya se parece a la mía. Al principio me dolió mucho, pero me fui acostumbrando a la situación y ya no hay nada.
Anduvieron dando vueltas por el parque y finalmente él se atrevió a agarrarla de una mano. Ella no protestó y cuando menos lo esperabanse estaban besando.
Así comenzó una bonita relación entre Bartolo y Marina. Los familiares de ella conocían al hombre y sabían que era una persona recta y sin vicios. Un mes después unieron sus vidas por los sagrados lazos del matrimonio, ya que ambos estaban solteros. Dios premió aquella hermosa relación con un hijo, al que bautizaron y llamaron Miguel en memoria del padre de Bartolo, que llevaba ese nombre.
Una tarde aproximadamente a las seis, el joven Miguel se despedía de sus amigos del campo de fútbol después de jugar un partido amistoso con los muchachos del barrio vecino. Un hombre que había visto el encuentro se le acercó a Miguel y le dijo:
—Veo que era un gran delantero. Así me hubiera gustado tener un hijo, pero tú eres el hijo de doña Marina, ¿verdad?
El muchacho asintió con un movimiento de cabeza.
—Pues qué bueno —dijo el hombre—. ¿Me puedes hacer el mandado de llevármele esta carta a tu mamá? Dile que se la manda un amigo.
El joven tomó la carta y se despidió. Llegó alegre a su casa y saludó a sus padres. Contó el encuentro con el extraño y le entregó la carta a su mamá. Bartolo estaba intrigado. Se acercó a su esposa mientras ella abría el sobre. Cuando iban leyendo sus rostros se pusieron rígidos y pálidos. La carta había sido enviada por Heriberto. Entre otras cosas decía: “Dile a Bartolo que escarben donde hay una piedra blanca detrás de la casa. Es un regalo que le hago deseándoles que siempre sean felices”, pero el susto fue grande, pues sabían que Heriberto había muerto hacia 10 años.
Bartolo encontró gran cantidad de pepitas de oro en un pequeño baúl, también monedas de plata y oro.
En vida, Heriberto se dedicaba a comercializar el precioso metal. Como es la costumbre de los hondureños, se mandaron a oficiar varias misas en la vieja iglesia de San Sebastián en memoria de Heriberto, quien equivocó su camino al abandonar a una buena mujer. Lo anterior nos fue narrado por la misma doña Marina en la ciudad de Comayagua.
En busca de las tinieblas
Los enamorados frustrados suelen caminar en busca de las tinieblas para conseguir los favores de un hombre o de una mujer, compran amuletos, oraciones, brebajes, spray y todo lo que les facilite la atracción de la persona amada. De estas cosas se aprovechan los farsantes que alquilan un espacio en cualquier radioemisora y se presentan como profesoras, maestros y escogidos. Leen el horóscopo que ellos mismos inventan, sugestionan a los oyentes de tal manera que muchos caen en sus trampas y les dan el poco dinero que ganan. Carlos estaba obsesionado con una mujer casada.
En más de una ocasión la había enamorado, pero ella siempre lo rechazaba. —Soy una mujer casada. Respéteme porque ni sabe en qué problema se va a meter con mi esposo. él es un hombre muy delicado y si se da cuenta de que usted me molesta, quién sabe. él, como todo hombre tunante, le contestaba con bromas. —Eso de que sea casada no me importa. De todos modos no soy celoso. Pero aquella obsesión lo estaba matando. —Esa mujer tiene que ser mía, nunca se me ha escapado una mujer aquí en Comayagua —decía.Carlos comenzó a investigar si había alguien capaz de hacerle una brujería a la mujer que tanto anhelaba. Anduvo por el mercado y encontró a una señora que vendía amuletos y todas esas cosas que utilizaban los curanderos y brujos. Ella le dio una información. —Mire, don Carlos, aquí vienen muchas personas que se dedican a esas cosas. Me han contado que el mejor es un señor que vive cerca de Marcala, por aquí tengo el nombre apuntado, se lo voy a pasar a este papelito por si le interesa. Carlos le dio las gracias a la vendedora y pensó: —Angelita no se me va a escapar. Si ese brujo es bueno, la voy a ver rendida a mis pies.Un fin de semana partió a Marcala en busca del famoso señor.
En una pequeña aldea detuvo su vehículo para preguntar dónde vivía el hombre que buscaba. —Allí no entra el carro, señor. Tiene que irse a pie. Siga este camino. Va a encontrar una casa de material. Ahí es. No hay pérdida porque es la única casa que existe en esa zona. Carlos le dio las gracias a su informante, dejó el carro estacionado junto a una vivienda y emprendió el camino en busca del hombre que supuestamente le ayudaría a conquistar el corazón de Angelita. Regresó el mismo día a Comayagua. Llevaba unos polvos supuestamente mágicos para conquistar a la mujer de sus sueños.
Un día, cuando ella salía de un establecimiento comercial, él se le acercó sigilosamente por la espalda y le regó los polvos.
Sin que ella se diera cuenta se quedó escondido en una esquina. Solo era cuestión de esperar. A los siete días, según las instrucciones del brujo, la mujer caería fácilmente en sus redes.
Solo era de hablarle. Como conocía los lugares que frecuentaba Angelita, salió de su casa a buscarla. Estaba seguro de que todo marcharía bien, según lo aseguró el brujo de Marcala. Primero fue al mercado y anduvo preguntando si había llegado o si la habían visto. Nadie le dio información, a pesar de que ese era el lugar que visitaba primero. —¿Dónde se habrá metido Angelita? Je, je. A estas alturas debe estar muriéndose por verme. A lo mejor es ella la que me anda buscando por otro lado. Fue a buscarla a una tienda, luego por los alrededores del mercado. Sabía dónde vivía ella, pero le tenía miedo al esposo; se decía que era un hombre muy agresivo. Toda la mañana buscó a la bella Angelita con resultados negativos. Se trasladó al parque y se sentó en una banca.
Escuchó las campanas que invitaban al rezo, miró para todos lados con la esperanza de ver a la mujer de la que estaba perdidamente enamorado. Estuvo platicando con varios amigos que llegaron al parque y cuando cayó la tarde todos se despidieron. —Este fue un día malo para mí porque no pude ver a Angelita. A lo mejor no está en la ciudad. Ya veremos mañana. Con esos pensamientos regresó a su casa y se puso a leer un libro. Eran las 10:00 pm cuando le pareció escuchar unos pasos afuera. Se quedó en suspenso esperando que tocaran la puerta, pero no sucedió nada, de manera que siguió leyendo su libro.
A las 11:30 pm escuchó de nuevo los pasos y los toques de la puerta. Preguntó quién era y nadie le contestó, así que decidió abrir la puerta. Ahí estaba Angelita vestida de blanco y con una corona de flores en la cabeza. —Ayer me enterraron, Carlos. Me dio un ataque al corazón, pero como querías verme aquí estoy. Ja, ja. Cuentan que Carlos estuvo en tratamiento psiquiátrico hasta que volvió a la normalidad. Aquella fue una macabra experiencia que jamás olvidó. Les decía a sus amigos y a los extraños que nunca anduvieran en busca de las tinieblas para conquistar el corazón de una mujer.
Estado de coma
Teresa Blandir caminaba muy tranquila de regreso a su casa en la zona sur. Vivía en una aldea cerca del Rebalse, en la jurisdicción de Pespire; llevaba los víveres que necesitaban en la casa. Detrás de unos árboles la esperaban tres individuos.
Ahí viene Teresa. Estén como listos y pónganse los pasamontañas, así no sabrá quiénes la violaron, je, je.
—A esa cipota le llevo hambre desde hace tiempo. Además de ser tan bonita se carga un cuerpazo.
—Vos, ponete allá por si quiere escapar. Aquí la vamos a topar nosotros.
—Sh, cállense, que ya viene cerca.
Pero la joven tuvo un presentimiento y regresó rápidamente.
—Nos vio, corramos detrás de ella.
Los tres delincuentes corrieron detrás de la muchacha, que parecía volar. Corrió por la orilla de un barranco. Abajo pasaba el río grande de Choluteca. Las recientes lluvias habían aumentado su caudal y la corriente era rápida.
—Agárrenla —gritó uno de los hombres—, no la dejen escapar. Teresa abandonó los víveres para correr más rápido. De pronto, la tierra cedió bajo sus pies y se precipitó al río, perdiéndose entre las rojizas aguas.
Unos hombres que pescaban en la otra orilla la vieron caer y también miraron a los encapuchados. Entre los pescadores se encontraba Emilio, 22 años, experto nadador, que se lanzó a las fuertes aguas y más tarde logró sacar a Teresa. Estaba inconsciente, pero viva. Vecinos que pasaban por el lugar identificaron a la muchacha y se llevaron a su casa. Luego la trasladaron a una clínica privada de Tegucigalpa.
El médico les dijo a los padres de Teresa que había recibido un golpe en la cabeza y que solo un milagro pudo haberla salvado, pero que su estado era crítico. Se encontraba en coma.
Los asaltantes comentaban la situación. Eran hijos de personas adineradas y se habían convertido en delincuentes.
—Pues nadie sabe adónde se llevaron a Teresa. El papá y los hermanos ya regresaron, pero no le han dicho nada a nadie.
—Creo —dijo uno de ellos— que la mandaron fuera del país por miedo, pero al regresar nada cambiará. Tenemos que buscarla para hacer lo que le íbamos a hacer.
Entretanto, la madre de Teresa no se separaba de ella. Finalmente se tomó la determinación de pagarle a una persona que estuviera con Teresa y la madre regresó al pueblo para atender sus negocios.
Transcurrieron dos meses y todos se fueron olvidando de Teresa. La persona que la cuidaba se la llevó de la clínica y ya no se supo más de ella. Andrés, Tomás y Rogelio eran los tres amigos que se daban a la tarea de perseguir y violar a las muchachas de aquel lugar.
Andrés había viajado a Houston, Texas, donde sus padres lo mandaron a estudiar, Tomás se fue a vivir a México y Rogelio viajó a Chile.
Mientras Andrés se encontraba en el baño fue sorprendido por una mujer que con una fuerza extraordinaria le tapó la boca y lo ahogó.
Entretanto, en México, Tomas se divertía en la plaza Garibaldi, sitio al que acuden mariachis y conjuntos típicos del hermano país.
En medio de la diversión encontró a un grupo de mujeres mariachis. Vio a una hermosa joven que se le pareció a alguien que él conocía. Mientras tocaban una ranchera, ella se le acercó y con una fuerza extraordinaria le dio un golpe en la cabeza con el violín. El hombre se alejó del grupo tambaleándose.
Los presentes creyeron que andaba borracho y al verlo caer nunca pensaron que estaba muerto.
Rogelio trató inútilmente de comunicarse con sus amigos. Se encontraba muy a gusto en Chile. En pocos días había entablado amistad con jóvenes de varias nacionalidades. Insistió en comunicarse con Andrés y Tomas, pero fue inútil. Ese mismo día viajó a la playa, anduvo con unos amigos y luego se fue a caminar solo por la arena. La playa no estaba muy concurrida, descubrió a la lejos a una joven y se fue acercando poco a poco. Al tenerla frente a frente lanzó un grito y huyó al mar en el preciso instante que una ola gigantesca venía sobre la arena. Horas después fue encontrado ahogado.
Misteriosamente, los tres amigos que abusaban de las mujeres murieron el mismo día, a la misma hora, en los países adonde habían sido enviados por sus padres.
También ese mismo día se produjo una sorpresa para los padres, hermanos y familiares de Teresa: ella abrió los ojos después de estar en coma más de dos meses. Se levantó de su lecho de enferma y dijo:
—Tengo sed, quiero agua.
Cuando estuvo de vuelta en su hogar les contó a sus padres que había soñado que una mujer había matado a Andrés, Tomás y Rogelio.
Con el tiempo, después de que Teresa se casó, su esposo se la llevó a vivir a La Ceiba, ya que él era originario de ese puerto. Él tenía amplios conocimientos sobre cosas misteriosas y pensó que su esposa había viajado en otra dimensión a los lugares donde estaban los hombres que habían intentado violarla. Hubo un desprendimiento tridimensional que realmente no tiene explicación. Teresa falleció sin haberse enterado de que había viajado en el tiempo y el espacio. Extraña historia, ¿verdad?
El paso de la muerte
La gente viajaba en pequeñas caravanas en busca de mejores oportunidades en Tegucigalpa. Unos llevaban productos para vender; otros, la ilusión de conseguir un buen trabajo. Aquella situación llamó la atención de dos individuos que comenzaron a asaltar a los viajeros, especialmente a las mujeres.
Al comenzar la cuesta de Neteapa hay un río cristalino. La orilla está cubierta permanentemente de monte y era ahí donde los facinerosos se escondían. Una tarde asaltaron a una joven que era acompañada por tres de sus tías. No conformes con llevarse las cosas de las cuatro mujeres, golpearon a la muchacha porque se les opuso. Llevaron a Lila adonde don Paco, su padre. El hombre atendió a su hija y no hizo ningún comentario, aunque en su mente aparecieron las ideas más siniestras de venganza. Fue así que decidieron cobrar los daños físicos y mentales de su hija y una tarde partió a Neteapa.
Al aproximarse a la famosa cuesta llamada también “La cuesta de los tres gritos” dejó escondido el caballo. Llevaba una pistola de calibre largo, un afilado machete y un puñal.
Poco a poco se fue deslizando entre los árboles con el propósito de encontrar a los delincuentes. Al bajar al río escuchó las risas de los hombres, se agazapó en unos matorrales y siguió caminando sin hacer ruido hasta que logró tenerlos muy cerca. Sacó su pistola y comenzó a disparar. Los delincuentes quedaron tendidos sobre unas piedras. Acto seguido los agarró a machetazos.
Cuando don Paco iba de regreso adonde estaba su caballo, este comenzó a relinchar asustado. Lo agarró de las riendas para calmarlo y no pudo escapar de la mordida de una serpiente cascabel. Como pudo llegó a Danlí y murió antes de alcanzar la puerta de su casa.
Tres días después encontraron los cuerpos de los asaltantes en estado de putrefacción. Lila y su familia dedujeron que don Paco los había matado y que en el mismo lugar había sido mordido por la cascabel.
—A estos seguro que papá los mató con tan mala suerte que apareció la culebra y lo picó. Yo sabía que papá algo estaba tramando. Cuando se quedaba callado era señal de que había algo que nadie podría adivinar. Que en paz descanse; vamos a celebrar varias misas en su memoria.
Eran aproximadamente las cinco de la tarde cuando un grupo de danlidenses regresaba de la capital.
Al pasar por un pequeño puente de madera sobre el río, donde comenzaba la cuesta, se quedaron petrificados al oír los gritos de unos hombres. Se escucharon con claridad en el mismo sitio donde habían encontrado los cuerpos de los delincuentes.
Los del grupo dijeron que ni cuenta se dieron de a qué horas llegaron a las mesas del sitio donde funcionaba un comedor. Desde ese día comenzaron las apariciones, con resultados dramáticos.
Un señor de apellido Oyuela se adelantó a la caravana para demostrarles a todos que era puro cuento lo de los fantasmas en aquel paso de la muerte, como bautizaron al lugar.
Cuando los miembros de la caravana llegaron al puente de madera encontraron muerto al señor Oyuela. Supuestamente había fallecido de un ataque al corazón, pero ¿quién se lo causó? ¿Qué vio en aquellos matorrales?
Otro caso fue el de doña Eugenia, mujer laboriosa que vivía en Arenales. Pasó por el lugar sola. No se sabe qué vio, pero los viajeros la encontraron caminando y hablando sola por el camino. Había enloquecido.
Los extraños sucesos en el paso de la muerte obligaron a los viajeros a pasar por el lugar en grupos grandes y de día, jamás por la tarde o la noche.
Adrián, originario de la aldea Villa Santa, cerca de Danlí, les comunicó a sus amigos que él iría solo al lugar de las apariciones para saber qué estaba sucediendo realmente. Los demás ignoraban que Adrián era hijo de un viejo que conocía mucho de ciencias ocultas.
—Penan no por sus crímenes, sino porque algo valioso dejaron oculto —le habría dicho el papá. Adrián llegó a Neteapa. De una alforja sacó un pequeño bote y roció la tierra con su contenido, escuchó ruido en los matorrales y preguntó:
—¿Dónde esconden lo que los atormenta?
Hubo un crujido de ranas y una voz hueca respondió:
—Antes de llegar al final de la cuesta hay una piedra grande. Ahí hay mucho dinero, el esqueleto de un niño que matamos. ¡Ayúdanos!
Una hora más tarde, Adrián sacó el tesoro, envolvió los huesos del niño y los enterró en un cementerio.
Las campanas de la iglesia de Danlí repicaron con tristeza aquella tarde; nadie sabía por qué. En ella se celebró a puertas cerradas un rito religioso y desde aquel día desapareció el terror en el paso de la muerte.
Quizás resulte extraño que siempre que se encuentra un tesoro hay que rogar por las almas de quienes lo escondieron. Eso es así. Nuestras costumbres y tradiciones jamás cambiarán ni con el paso del tiempo.
La venganza de doña Gloria
En la ciudad de Choluteca, en el sur de nuestro país, vivía una señora llamada Gloria, propietaria de un floreciente negocio. Se había casado con un hombre más joven que ella y él le ayudaba en todo lo que podía para que el local fuera siempre fructífero.
Durante tres años, la relación de aquel matrimonio fue muy buena. Los vecinos los ponían de ejemplo.
—Ya ven que para el amor no hay nada imposible —decían algunos—, doña Gloria y José se llevan de maravilla a pesar de la diferencia de edades.
Sin embargo, había personas maliciosas que decían que José se había casado con la señora por puro interés económico, que era un aprovechado, etcétera.
José era originario de Tegucigalpa y había conocido a doña Gloria en el balneario de Cedeño. Ambos se encontraron en una champa donde vendían pescado frito, entablaron una conversación y a él le encantó la forma de ser de la señora, le preguntó dónde vivía y sorpresivamente él llegó un fin de semana a visitarla.
Fue amor a primera vista. La señora estaba feliz; le parecía imposible que aquel joven atractivo se hubiera fijado en ella. Así se dieron las cosas y al cabo de un año de haberse conocido decidieron casarse.
Celebraron con gran alegría la llegada de su tercer aniversario de bodas. La fiesta fue extraordinaria, hubo música ejecutada por un conocido grupo y desde El Salvador llegaron invitados especiales que eran amigos de doña Gloria.
Como dicen que el diablo jamás duerme, en la fiesta él conoció a una prima de su esposa que tenía varios años de haberse trasladado a vivir a San Miguel, casi en la frontera con Honduras. Se llamaba Irma. Era una joven agradable, de hermoso cuerpo, que llamaba la atención de los hombres.
En más de una oportunidad platicaron a solas en la fiesta. De inmediato, ella mostró interés en el esposo de su prima Gloria y antes de despedirse lo sorprendió con un beso en la boca.
Esa acción cambiaría definitivamente la felicidad que reinaba en aquel admirado matrimonio. Irma viajaba desde San Miguel a Choluteca y con la complicidad de una amiga se miraba a solas con José. La amiga les prestaba su casa.
Pero en esta vida todo se sabe. Sin andar haciendo averiguaciones, doña Gloria recibió noticias de que José andaba con otra mujer. Fue algo terrible para la noble señora. No podía quedarse callada ante aquella situación y una noche aprovechó las circunstancias para reclamarle a su esposo. Durante la discusión, José lo negó todo. Le dijo que eran chismes callejeros y que no debería hacerles caso.
Como siempre, hay un “yo lo vi”. Con el correr de los días, a doña Gloria le dijeron dónde estaba la casa en que su marido se miraba con la otra mujer. Pagó para que lo vigilaran y le avisaran cuando se vieran nuevamente. Así fue. Se trasladó a un sitio escondido y enorme fue su sorpresa al ver a su prima y su esposo saliendo de aquella casa.
Los celos y la furia incontenible la obligaron a dejar su escondite para enfrentarse a la pareja.
No se pudo contener. Agarró del pelo a su prima, la hizo morder el polvo y la agarró a patadas hasta que la mujer huyó.
José se quedó paralizado. Jamás pensó que sería descubierto y mucho menos que doña Gloria sería capaz de aquello.
Antes de que Gloria lo agrediera, José agarró un palo que había en el suelo y le dio varios golpes en la cabeza hasta matarla.
Inmediatamente se fue a su casa, donde una hora después le notificaron que su esposa había sido asesinada en un pasaje solitario.
El hombre fingió un gran dolor y fue asistido por sus amistades y vecinos. Dos semanas después apareció Irma, que llegó de El Salvador y se reunió con su amante. Sabía que José había quedado en posesión de mucho dinero.
Una mañana, cuando Irma se levantó de la cama, la cama de su prima Gloria, vio que José se había ido al trabajo. Se bañó, se arregló y se perfumó. De pronto le pareció escuchar una voz a su espalda que le dijo:
—Te gustan mis lociones, ¿verdad?
Aquello ocurrió muy rápidamente. Volteó y no vio a nadie.
Se fue a la cocina, escuchó pasos y vio que la puerta estaba abierta hacia el solar. Agarró un cuchillo y preguntó:
—¿Quién anda ahí?
Al salir al patio vio que alguien se escondía detrás de un árbol. Con el cuchillo en la mano se dirigió hacia ese lugar.
Por la tarde, José llegó con una bolsa llena de víveres.
—Ya llegué, amorcito —dijo.
Nadie le respondió. Colocó los víveres en la mesa y se fue a buscar a Irma. La buscó en todos los cuartos y no la encontró; llegó a la cocina y nada.
Al ver que la puerta estaba abierta se fue al solar, se paró frente al árbol y unas gotas de sangre le cayeron desde arriba.
Cuando José alzó la vista vio el cadáver de Irma colgado de una rama, con un puñal clavado en el corazón.
Cuando intentó huir, no pudo hacerlo. Recibió el primer leñazo en la cabeza y siguieron otros hasta que se desplomó sin vida. Una vecina que había conocido muy bien a doña Gloria vio a la muerta con un palo en sus manos. Luego se esfumó en el aire.
La Policía dijo que había sido un asalto seguido de dos asesinatos, pero solo la vecina conoció la verdad de aquella macabra historia.
El burlón
Había un anciano, Emilio, que vendía periódicos en una esquina del barrio La Plazuela de Tegucigalpa. Llegaba a las seis de la mañana y se retiraba a las dos de la tarde después de vender todos los diarios.
Una tarde de abril comenzó un verdadero calvario para el anciano. En él había puesto los ojos Napoleón Serpas, un tipo que escogía a sus víctimas para convertirlas en blanco de sus burlas:
—Ajá, viejito tonto. Vos sos el que ensuciás la acera con esos periódicos. Un día de estos te voy a echar la policía para que te quite de aquí, ja, ja, ja.
A partir de aquel momento, Napoleón Serpas se convirtió en una tortura para don Emilio. Pasaba en su carro y le gritaba, riéndose a carcajadas:
—Hey, viejo idiota, ¿por qué no te has muerto?
A veces se ausentaba del lugar y aparecía sorpresivamente gritando desde su automóvil en marcha.
—No le compren periódicos a ese viejo que no se baña, es un viejo juco, ja, ja, ja.
Los demás vendedores le decían a don Emilio que denunciara a aquel pícaro que lo molestaba tanto. Él se encogía de hombros y únicamente decía:
—El que ríe por último ríe mejor.
Doña Juana, amiga del vendedor de periódicos, sorprendió al burlón cuando se dirigía a pie hacia el pobre señor: llevaba algo en la mano para asustarlo. Ella le salió al paso y le dijo:
—Ya basta, señor. No se eche maldiciones haciéndole la vida imposible a ese anciano. Usted también va para viejo y se puede arrepentir.
Napoleón, al verse sorprendido, respondió:
—Y a usted quién le regó maíz, vieja loca, si los dos son unos viejos feos y podridos.
Se rio y acto seguido salió corriendo, entró en su automóvil y arrancó velozmente. Aquel burlón no solo se extasiaba haciéndole la vida imposible al anciano, sino que agarraba de encargo a algunos compañeros de trabajo.
—Ajá, Miriam. Je, je. Y ese vestido tan feo dónde lo compraste. Parece de payaso, ja, ja, ja.
La aludida comentó con sus amigas:
—Odio a ese hombre. No le digo nada a mi esposo sobre esas burlas que me hace porque puede venir aquí y es capaz de matarlo.
—Eso es lo que se merece —dijo otra—. Un hombre de esos no merece estar vivo.
Aunque lo amenazaran y le dijeran de qué se iba a morir, él insistía en sus tremendas burlas y se llevaba de encuentro a quien se le antojaba. Una mañana se levantó pensando en una maldad.
—Voy a conseguir un alacrán para tirárselo al vendedor de periódicos. ¡Qué brinco va a pegar!
Don Emilio acomodó sus periódicos en su pequeño puesto para ofrecérselos a sus clientes. Ignoraba la maldad que aquel burlón estaba preparando para él. A la diez de la mañana apareció Napoleón en su carro, se detuvo frente al puesto de periódicos y lanzó el alacrán.
Por fortuna, el animal cayó sobre una mesita sin causarle daño al vendedor. Este al darse cuenta de la mala acción del burlón le gritó:
—Si ese es tu deseo, vas a morir de viejo.
Al escuchar al anciano, antes de salir disparado en su auto le gritó:
—No entiendo lo que me decís, viejo loco —se carcajeó.
Los demás vendedores también le lanzaron maldiciones al ver el alacrán que le había tirado el anciano.
Llegó el 3 de mayo, Día de la Cruz, cuando invariablemente llovía a cántaros en todo el territorio nacional. Don Emilio pidió permiso para vender los periódicos dentro del mercado San Miguel y le fue concedido por el administrador. En esos días de lluvia, el burlón pasó varias veces por el puesto de periódicos y lo miró vacío, así que desistió de ir de nuevo a molestar al viejito. Un compañero de trabajo le dijo:
—Dime, Napo, ¿qué te pasa? ¿Te estás desvelando que te miro como envejecido?
—No vos, no me pasa nada. Tal vez es cansancio.
Era el 5 de mayo. Después de burlarse de todo el mundo, Napoleón regresó a su casa. Vivía solo. Se fue al baño, se dio una ducha y salió muy tranquilo. Al verse en el espejo descubrió que tenía canas.
—Eh, pero de dónde me han salido canas si apenas tengo 32 años. Hum. Se me está arrugando la cara. Creo que debo de estar enfermo. No es normal esto que me está pasando.
Al día siguiente, cuando preparaba el desayuno, notó, al quebrar unos huevos, que sus manos estaban llenas de pequeñas manchas cafés, señal de envejecimiento. Inmediatamente fue a verse en el espejo y quedó espantado.
Su rostro era el de un hombre de unos 90 años de edad.
Se vistió rápidamente, trató de ponerse los zapatos y no pudo, comenzó a toser y se desmayó. En ese momento, un alacrán se le paró en el rostro.
Cuentan que los vecinos de Napoleón avisaron a la policía sobre el hedor que emanaba de uno de los cuartos.
Al abrir descubrieron el cadáver putrefacto de un ancianito. Un alacrán negro corrió a refugiarse debajo de la cama de Napoleón.
Nunca se supo nada sobre esa muerte. Dijeron que aquel anciano era el papá de él. La noticia salió por los periódicos y don Emilio, al ver la primera plana, comentó:
—Creo que este hombre es el que deseaba mi muerte. Nadie tiene la última palabra. Solo sé que al que anda en cosas malas, malas cosas le suceden.
La perra de la cueva
Allá va la perra y se robó la carne... ¡maldita! —don Remberto señaló la loma por donde corría el animal de pelaje amarillo, que llevaba un trozo de carne en el pico—.
Condenada perra; acabo de comprar una libra de carne y esa desgraciada como que me estaba vigiando. Solo la puse en la mesa de la cocina y en segundos se la llevó, pero por esta que un día la voy a matar.
Los habitantes de la aldea Germania y sus alrededores eran víctimas de la voracidad de aquel animal. Todos la miraban correr con lo que se robaba, pero nunca la miraban entrar en las casas.
Gerardo Mendoza era un joven aficionado a la cacería y al igual que sus vecinos esperaba el momento oportuno para pegarle un balazo al animal.
Un día lo llamaron varios vecinos. Don Remberto llevaba la voz cantante.
—Nos hemos reunido aquí solicitando su presencia para pedirle que nos haga el favor de eliminar a esa perra que tanto daño nos está causando. Sabemos que usted es un experto tirador.
Gerardo aceptó el reto de sus vecinos y decidió estar alerta para matar al animal.
Fue así que desde ese momento comenzó a investigar de dónde procedía el animal que sorprendía a sus vecinos robándoles los alimentos. Se puso en contacto con otro experto cazador, Ovidio, quien aceptó el reto.
Comenzaron a investigar en el vecindario si alguien había criado a la perra y no encontraron ninguna respuesta. Llegaron a un lugar llamado Santa Rosa. Ahí les dijeron que la perra pasaba siempre por el pueblo y agarraba por un cerro que conectaba con Loarque.
Subieron al cerro y buscaron huellas. Llegaron a una planada desde donde miraban el aeropuerto y parte de la capital.
—Lo único que podemos hacer —dijo Gerardo— es esperar en el pueblo a que pase el animal para matarlo.
De regreso a Santa Rosa entraron en una casa pidiendo que les regalaran un vaso de agua. Una joven hermosa les sirvió el agua y les preguntó:
—¿Es verdad que andaban buscando una perra?
Ambos asistieron con un movimiento de cabeza, Ovidio le dijo:
—La buscamos para matarla. Ya no la aguantamos en Germania; roba comida todos los días y nadie la mira entrar a las casas, pero sí la ven salir. Eso es lo más extraño. Nos vamos a venir una semana a este lugar porque nos han asegurado que por aquí pasa cuando se roba las cosas. Vamos a traer nuestros riflotes. Hoy solo andamos investigando.
La muchacha mostró preocupación:
—Pobre animal, pero no hay de otra: tienen que matarla.
Comenzó a oscurecer aquel primero de abril. La gente había colocado trampas para atrapar al dañino animal. Alguien sugirió que buscaran a una persona entendida en conjuros y magia para investigar si la presencia de aquella perra era sobrenatural.
Gerardo mantuvo la vigilancia necesaria en la zona de Santa Rosa. Le habían informado que la perra se escondía en una cueva.
Con instrucciones del joven Gerardo, el señor Remberto reunió a seis hombres, quienes se trasladaron a la zona de la cueva para esperar la entrada o salida del animal.
Más tarde recibieron noticias de que, en una aldea cercana, la perra había atacado a un hombre que la descubrió en la cocina robando comida. Pensaron que posiblemente buscaría el refugio de su cueva sabiendo que había mucha gente persiguiéndola.
—Mucho ojo, muchachos —dijo Gerardo—. Aseguran que el animal subió a la montaña, pero sé que bajará para esconderse en esa cueva.
Minutos más tarde, cuando la oscuridad reinaba en el lugar, comenzaron a caer pequeñas piedras de una zona rocosa que rodeaba la cueva. Todos alistaron sus armas de fuego, listos para disparar. Las piedras siguieron cayendo, anunciando la proximidad del animal. Todos vieron caer una sombra y comenzaron a disparar.
—¡Muere, perra maldita, muere…!
Cuando pensaron que habían acribillado a la perra, sucedió algo que los dejó sin respiración: el animal, que aparentemente estaba muerto, se levantó poco a poco.
Sus ojos brillaban como brasas en la noche. Emitió un rugido parecido al de un león y cuando se irguió los cazadores vieron que su tamaño era de aproximadamente dos metros y medio.
Subió lentamente por las rocas y rugió hasta desaparecer en la montaña cercana.
Lo más extraño es que no se trataba de la figura de un perro, sino de una forma humana monstruosa que dejó en el aire un fuerte olor a azufre.
Al alertar a los vecinos se formó un grupo de oración y, al siguiente día, un sacerdote fue a bendecir la cueva para que aquel ser diabólico no regresara jamás.
Hasta hoy, ese suceso sobrenatural se sigue comentando. Unos dicen que era un monstruo traído del espacio; otros, que se trataba de un hombre al que maldijo el padre Subirana para que vagara por todos los cerros de Honduras.
Todo quedó en conjeturas, a pesar de que varios hombres fueron testigos de lo que allí sucedió.
he unas imagenes de mi bello pais
proximamente la parte 3
L as sagradas escrituras dicen que el amor y el dinero es causa de toda clase de cosas perjudiciales, la corrupción impera en muchos países envueltos en el narcotráfico y otra clase de negocios ilícitos, las autoridades civiles y militares, diputados y demás funcionarios participan en esas cosas terribles por el amor al dinero.
Vivió en una comunidad hondureña un hombre de nombre Adolfo, llegó al lugar no se sabe de dónde, compró un pequeño terreno, el que fue ampliando robándose las tierras y rodeándose de matones, poco a poco la gente se vio afectada con el robo de ganado.
Las personas que iban a verlo para reclamarle lo del robo de ganado eran amenazadas por don Adolfo. “Ustedes se han equivocado conmigo, soy un hombre honesto que no se mete con nadie, otros son los ladrones y a mí me echan el ‘clavo’, la próxima vez que vengan a reclamarme cosas en las que no he tenido nada que ver los voy a agarrar a tiros, ¿entendido?” ...Humillaba a la gente constantemente, fue acaparando tierras y compró camiones para robarse la leña, frutas, ganado, y todo lo que encontraba a su paso.
La gente temerosa del pueblo comenzó a murmurar.
“Ese tal don Adolfo está endemoniado, me alargo si no practica la brujería, usted cree que no… esos hombres que hacen grandes capitales de la noche a la mañana y que se rodean de matones, seguramente tienen tratos con Satanás, pero ya verá usted que no le dura mucho esa riqueza. Es dinero maldito el que consiguen robando, asaltando y haciendo mil cosas que no son agradables a Dios.
Pero Dios no los castiga, es el mismísimo diablo el que se encarga de cobrarles”.
A oídos de don Adolfo llegó la noticia de una familia que tenía mucho ganado en un pueblo cercano, reunió a sus hombres y les dijo: “Esta noche vamos a salir de cacería, por lo menos en estos dos camiones vamos a meter las reses que quepan, a mí déjenme lo demás, que ya tengo todo planeado, le vamos a hacer una visita a don Ángel y a su familia, nunca sabrán quién llegó a visitarlos jajajajajaja”. Con la pistola en la mano don Adolfo recibió el aplauso y la gritería de los maleantes que estaban bajo sus órdenes.
A las 11 de la noche partieron los hombres encabezados por su jefe, que viajaba en un carro de paila seguido de dos camiones, dos horas más tarde llegaron a la próspera hacienda de don Ángel. Con lazos en sus manos se dieron a la tarea de meter el ganado en los camiones, entretanto don Adolfo y dos hombres más se habían encapuchado, el viejo malvado penetró en el dormitorio; don Ángel se levantó, pero en el acto fue atacado a balazos. Aquella operación les tomó media hora aproximadamente, luego los maleantes le metieron fuego a la hacienda y huyeron. Lo que no sabía Adolfo es que habían dejado con vida a la madre de don Ángel, una señora que se encontraba en una letrina fuera de la casa y lo había visto todo. Con sus 96 años de edad se mantenía fuerte y sana, al ver la propiedad en llamas, sin ganado y con un reguero de muertos, lanzó una maldición:
“Que el ejército de estos muertos haga lo que tiene que hacer”. En ese momento un relámpago cruzó el cielo y los animales silvestres se alborotaron. La luz de las llamas del terrible incendio iluminó la silueta de la anciana cuando abandonaba el lugar apoyada en un bastón.
El ambicioso Adolfo disfrutaba con sus compinches por el exitoso asalto y asesinato; había fiesta con mujeres y aguardiente, la celebración siguió durante la noche. Entre los árboles se movía una fuerza invisible que doblada las ramas, insectos y aves nocturnas volaron con rumbo desconocido; el ruido no llegaba a la hacienda del festejo, la música y los gritos de los peones lo impedía. Dos hombres montaron en sus caballos para abandonar la fiesta, no habían recorrido ni un kilómetro cuando escucharon que un fuerte ruido provenía de las montañas, claramente escucharon el crujir de las ramas y la caída de algunos árboles montaña abajo.
El pánico se apoderó de aquellos hombres que regresaron a todo galope, le contaron a don Adolfo lo que ocurría: “Hay algo en las montañas que viene avanzando lentamente hacia acá, hay que desalojar la hacienda, es algo malo, se siente... y… está muy cerca”. El viejo lanzó una carcajada y dijo en voz alta: “¡Váyanse cobardes, no los necesito en este lugar!” Los hombres se fueron en dirección contraria a la que llevaban primero, y sus caballos estaban asustados por un poder invisible. Galoparon velozmente, atrás se escuchó como si un ejército avanzara cubriendo varios kilómetros en la montaña.
La presencia sobrenatural llegó a la hacienda como un alud, la gente comenzó a gritar tratando de escapar inútilmente, un verdadero ejército de muertos cabalgaba sobre caballos espectrales, los dirigía don Ángel, el hacendado asesinado. Cuando don Adolfo vio el fantasma de Ángel trató de escapar, pero de un certero machetazo su cabeza salió volando por el aire hasta caer en el suelo. Los dos hombres que huían vieron que la hacienda estaba en llamas, escucharon gritos pidiendo auxilio, luego aquel ejército invisible para ellos abandonó el lugar, hasta que todo quedó en silencio. Las palabras de la vieja se cumplieron: “Que el ejército de los muertos haga lo que tenga que hacer”.
Enterrado vivo
Diego del Carmen abrazó desde niño la religión católica, motivado por su madre doña Estela. Todos los días lo llevaba a la iglesia de la Virgen Inmaculada Concepción y por las noches le rezaba una novena a cualquiera de los santos de su devoción, aunque era fiel devota de las ánimas benditas.
Creció, pues, el niño muy rezador y de adulto se convirtió en devoto del ánima sola, una figura que aparece encadenada en las estampas que venden en librerías y mercados. Antes de dormirse le encendía una vela todas las noches al ánima sola tal como le había enseñado su difunta madre.
Contrajo nupcias con Patricia Cervantes en la iglesia del Calvario. Nacieron cinco hijos: dos mujeres y tres varones.
Diego era agente vendedor de uno de los almacenes más fuertes de los años 50, viajaba por todo el país y con su modesto salario logró educar a todos sus hijos. Las dos mujeres estudiaron Medicina, uno de los varones se hizo abogado, otro ingeniero y el último puso un taller de mecánica; nunca fue bueno en los estudios, pero tenía gran inteligencia para reparar automóviles.
A sus 75 años de edad, Diego se sentía cansado. A pesar de los años transcurridos seguía con su fe en el ánima sola.
Una mañana, su esposa Patricia amaneció enferma, con tos persistente. Casi no podía hablar y mucho menos levantarse. Las dos hijas doctoras se dieron cuenta de que su mamá tenía una pulmonía terrible. Fue atendida inmediatamente. A pesar de los medicamentos y las atenciones, Dios había decidido otra cosa. La señora falleció a las seis de la tarde.
Una mañana, mientras el viejo Diego regaba las plantas del jardín sintió una opresión en el pecho, se llevó las manos al corazón, se recostó en un árbol y tomó aire. Fue sintiéndose mejor.
A ninguno de sus hijos y mucho menos a las doctoras les dijo nada; siguió regando las plantas y entró en la casa. Le pidió a la trabajadora que le sirviera una taza de café y se tranquilizó. Al llegar la noche se despidió de sus hijos y se fue a la cama, pero antes encendió la candela que dedicaba todas las noches al ánima sola. Dijo sus oraciones, dejó lustrados los zapatos; los colocó debajo de la cama, se acostó y se durmió.
Su vida transcurría con sus amigos y la gente que lo conocía.
Al siguiente día, todo era normal. Sus hijos varones que vivían con él se habían ido a sus trabajos. Miró el reloj: las agujas marcaban las ocho de la mañana. Se arregló bien después del desayuno y se fue al parque central de la ciudad capital, donde se encontraba con sus viejos amigos y compañeros de la escuela.
Así pasaba la vida don Diego, querido por su familia, por sus amigos y la gente que bien lo conocía. Los fines de semana se reunían todos en casa: las doctoras, el ingeniero, el mecánico y el abogado tenían la costumbre de estar con sus pequeños hijos y don Diego. Aquel fin de semana hicieron una barbacoa y mientras don Diego movía las brasas en la parrilla tuvo un desmayo. De inmediato lo llevaron a la cama y pocos minutos después sus hijas lo declararon muerto.
La noticia de la muerte de don Diego corrió como el viento. Vecinos y amigos acudieron a la funeraria donde se llevaría a cabo la vela y luego a su entierro en el cementerio general de Comayagüela.
Curiosamente, una nietecita del difunto llamada Clelia, de apenas ocho años de edad, les dijo a sus papás:
—El abuelo no está muerto. Papá, no lo entierren.
Sus palabras fueron tomadas como de una niña que amaba entrañablemente al abuelo y al verlo en el ataúd le daba la impresión de que estaba vivo.
Decenas de personas que acudieron al velorio resaltaron las bondades del difunto don Diego. Así pasó la noche y llegó el siguiente día. Se habían hecho los arreglos para el sepelio y aproximadamente a las diez de la mañana partieron con el supuesto cadáver al cementerio.
Al echar la última palada de tierra, el llanto de sus hijos fue tremendo. No quedó nadie en el cementerio. Cuando todos se habían ido, el muerto despertó dentro del ataúd. Don Diego, al ver que estaba enterrado vivo, según contó él mismo, solo pudo decir:
—¡Ánimas benditas del purgatorio, ayúdenme!
Ocurrió algo muy extraño: podía respirar sin dificultad a pesar de estar sepultado. Sintió que alguien sacaba la tierra, cuando lo sacaron de la fosa y una mano invisible abrió la tapa del ataúd.
De inmediato se dio cuenta de que estaba sano y salvo dentro del camposanto.
Para no alarmar a sus familiares pidió prestado un teléfono. Nadie podría sospechar que aquel hombre acababa de salir de su tumba. Su hija Mercedes dijo:
—Cuando escuché la voz de mi papá por teléfono casi me desmayo. Él comenzó a explicármelo todo. Quedé petrificada. Aun así, con mis dudas le comuniqué a mis hermanos. Todos estaban asustados. Nos fuimos al parque Ferrera, como él había dicho. Ahí lo encontramos con el saco del traje entre las piernas, platicando con unos niños. No podíamos creerlo: allí estaba papá vivito y coleando; fue algo impresionante.
Aquel suceso no escapó a la prensa. Se dio a conocer la noticia y se dijo que posiblemente unos ladrones lo habían sacado de la tumba para robarle y que con esa mala acción de los delincuentes le habían salvado la vida. Don Diego contó su historia. Aseguró que no hubo tales ladrones. Dijo que fue un milagro, que las ánimas benditas del purgatorio lo habían ayudado.
—Lo que sí sé es que estuve enterrado vivo —afirmó.
Los anillos de Lupe
Lupe era una mujer de unos 53 años, había llegado a la ciudad de Nacaome, en el departamento de Valle, con procedencia de la hermana república de El Salvador, se dedicaba a las ventas entre los dos países, traía mercadería salvadoreña y llevaba hondureña a su país de origen.
Se trataba de una hermosa mujer, de porte elegante, que llamaba la atención de los hombres
Ella contaba a sus amistades de Nacaome que había estado casada tres veces, que no deseaba nunca más el matrimonio, que prefería gozar de la vida de soltera con cualquier hombre que le gustara. “Para mí amarrar a un hombre es lo más fácil”, decía, “conozco los ingredientes para hacerlo, jajajaja”.
Había algo que identificaba a Lupe, tenía anillos en cada dedo de sus manos, todos eran de oro y algunos tenían brillantes, comentaba que toda su riqueza la andaba en sus manos, sus amistades se reían y le preguntaban si no sentía miedo de que alguien se los robara, ella sonreía.
“Los ladrones tendrán que pensarlo muy bien”, decía la mujer, “ya lo han intentado pero no voy a decirles lo que les pasó”. Sus clientes, hombres y mujeres, le encargaban ropa, artículos para el hogar, cadenas de oro y plata, dijes, lociones, cremas y otras cosas; ella jamás dejaba de llevar los encargos a las casas.
Sus anillos llamaban la atención de todo el mundo, las mujeres quedaban fascinadas al verlos.
Lupe llevaba 10 anillos en sus dedos. Lucía -que era una joven de 18 años, hija de doña Leticia, una de sus clientas- le preguntó a la salvadoreña si vendía sus anillos, sonriendo respondió Lupe: “Eres una niña muy bella, algún día podrás comprar tus propios anillos, estos representan mi vida, mi fortuna, mi suerte”. Dicen que las apariencias engañan y en el caso de la joven Lucía nadie sospechaba que había mucha maldad en su corazón.
Lucía comenzó a anotar las visitas de Lupe, los días, las horas, qué casas visitaban, calculaba las cantidades de dinero que ganaba y por qué calles caminaba antes de viajar a El Salvador.
“¡La tengo!, hoy sí sé cada paso que da esa mujer, esos anillos tendrán que ser míos; nadie, ni mi mamá sospechará de mí jamás”.
Después de haber memorizado los datos que había anotado en su cuaderno, procedió a quemarlo en el fogón de su casa, así nadie sabría que estaba tras los pasos de Lupe. Aquellos valiosos anillos se habían convertido en una obsesión para la joven, soñaba con ellos, se miraba las manos y le parecía que los andaba puestos. Con paciencia fue planeando cada movimiento, solo era cuestión de esperar.
“Buenos días Lucía”, dijo Lupe, “¿está doña Leticia?, “ya la llamo, pero pase adelante por favor”. La hermosa mujer le dijo: “Sé que te gustan mucho mis anillos, no haces más que verme las manos”.
Lucía se sonrojó y respondió: “Así es doña Lupe, pero ya me dijo usted que trabajando arduamente puedo llegar a tener mis propios anillos, ¿verdad?” “Así es Lucía, así es, las cosas deben hacerse honradamente, jamás hay que pensar en conseguir lo que se quiere actuando con maldad, nunca le hagas caso a los deseos”. Lucía llamó a su mamá y se despidió de Lupe. La joven asustada por las palabras de Lupe salió de su casa, le temblaban las manos y las piernas.
“Me descubrió, sé que esa maldita me descubrió”, pensaba, “antes de que hable tengo que matarla y robarle los anillos, así dirán que fue un robo y que por eso la mataron”. Sabía todos los movimientos de la salvadoreña, así que no le fue difícil esperarla en una calle solitaria. Agazapada detrás de un cerco de piedras, Lucía esperaba pacientemente a su víctima; sintió que se acercaba, y al tenerla a su alcance disparó con una pistola calibre 22, seis veces, hasta que Lupe se desplomó sin vida. Cuando la joven intentaba saltar el cerco para apoderarse de los anillos, vio que varias personas corrían hacia esa dirección, habían escuchado los disparos. Conocedora del lugar, le fue fácil esconderse y huir rápidamente, iba furiosa por no haber robado los anillos. El cadáver de Lupe fue trasladado a San Miguel, en El Salvador; sintieron mucho la muerte de aquella hermosa dama.
Cuarenta días después, una tormenta eléctrica sorprendió a los vecinos, las ráfagas de viento eran aterradoras, los perros comenzaron a ladrar, todos los animales del lugar estaban asustados.
Los vecinos escucharon gritos aterradores que eran apagados por el estruendo de los rayos; “querías mis anillos Lucy, los he traído para que te los pongas jajajajajajajaja” Extrañamente nadie en la casa de Lucía se despertó. Cuentan los vecinos que al día siguiente encontraron el cadáver de la joven; tenía anillos clavados en los ojos, la lengua y el rostro, y una expresión de terror.
La misma noche del entierro de Lucía comenzaron a ver el fantasma de Lupe que caminaba por las calles de la ciudad, la reconocían por los anillos que brillaban en sus huesudos dedos.Un grupo de vecinos fue a levantar el alma de la muerta en el mismo sitio donde había sido asesinada. Solo así pudieron evitar que el fantasma volviera a caminar por las calles de la ciudad.
La muerta del callejón
Jacinta se dedicaba a las malas artes, era buscada por decenas de personas que llegaban al pueblo donde ella vivía muy cerca de Naco en la zona norte del país, ahí se podían ver motocicletas, bicicletas, vehículos viejos y modernos carros de lujo. La gente que la visitaba comentaba: “¡Esa doña sí es buena!, a mí se me habían perdido unas joyas y me dijo dónde encontrarlas”. “A mí esposo le robaron el carro y ella le dijo dónde estaba y quién lo tenía”. “Ese mi marido era mujeriego de primera, pero ahí está quietecito gracias a doña Jacinta”. La fama de la señora se fue extendiendo poco a poco y se afirma que de otros países acudían a consultarla.
Testimonio
Una señora llamada Lucinda llegó a buscar a Jacinta y le explicó que quería amansar a su marido, pues era un déspota, infiel, tacaño y golpeador. “Me pasa las mujeres por enfrente y no le basta eso sino que me ha obligado muchas veces a darles de comer a sus amantes”. La bruja anotó el nombre del hombre, luego preparó unos polvos y le dijo:
“Bastará que le pongás de estos polvos en la comida, no tienen ningún sabor y no lo va a notar, ya vas a ver el cambio, si vos te querés vengar llevando hombres a tu casa ni va a protestar, bueno eso lo dejo a tu elección”.
Lucinda dejó en manos de Jacinta una buena remuneración, le dio las gracias y abandonó el lugar, se trataba de una mujer de mucho dinero y al no soportar las cosas terribles de su marido, por medio de una trabajadora se dio cuenta de la existencia de Jacinta, y a lo que se dedicaba; fue así que desesperada llegó a visitarla. Al regresar a su hogar estuvo esperando al esposo, quien como era su costumbre llegó tarde exigiendo comida: “Dame de hartar mujer que vengo con un filo perro, pero apurate si no querés que te reviente el pico como el otro día”. La mujer, que ya tenía la comida preparada, le sirvió inmediatamente, había seguido las instrucciones de Jacinta.
Una señora llamada Lucinda llegó a buscar a Jacinta y le explicó que quería amansar a su marido, era un déspota, infiel, tacaño y golpeador.
Al siguiente día el viejo óscar, que así se llamaba el hombre, abrazó a su mujer y antes de irse a sus negocios le dio un beso en la boca, algo que no había sucedió en más de cinco años.“Voy a regresar temprano amor, así que no te preocupés por mí”. Lucinda se rio cuando vio que su marido se alejaba. “Está funcionando, ya va a ver este viejo desgraciado, me las va a pagar todas una por una, ni sabe la que le espera jajajajajajaja”. Don óscar llegó ese día a las cuatro de la tarde, cuando generalmente llegaba a las 12 de la noche o en horas de la madrugada, él mismo estaba sorprendido.
Cuenta la historia
Una semana más tarde, en el cambio que tuvo don óscar, la mujer, que era una joven atractiva, sacó las garras y comenzó por servirle la comida helada al viejo, ya no lo esperaba así llegara tarde o temprano, pero lo que dejó con la boca abierta a todo el mundo fue cuando la mujer comenzó a salir con el mejor amigo de su esposo, descaradamente se besaba con él, ¡delante de don óscar! “Te acordás que una vez te dije que me las ibas a pagar todas?, ahora estoy haciendo lo mismo que vos hacías y todavía me falta”. El viejo miraba las cosas y no decía nada, así pasaron tres años, su mujer se acostaba con el hombre que le gustaba, y él, su esposo, continuaba en silencio.
La misma trabajadora que le había dado la dirección de Jacinta a su patrona sintió compasión por don óscar, le contó lo sucedido, aunque él no creía una sola palabra, pues su mente estaba dominada por la presencia de malos espíritus que lo dominaban y los cuales habían entrado a su cuerpo a través de las comidas. La mujer siguió burlándose de él, gastaba el dinero a manos llenas manteniendo a los hombres que le gustaban. Don óscar ordenó a cuatro de sus hombres que lo acompañaran y no le dijo una sola palabra a su mujer que ese día iría de viaje.
Jacinta estaba sola en su casa, acababa de despachar a decenas de personas que habían llegado desde horas de la madrugada a buscarla, la tarde caía y el sol comenzaba a ocultarse, de pronto don óscar y sus hombres aparecieron detrás de la mujer disparando sus armas hasta vaciarlas.
Jacinta se desplomó sin vida y sus asesinos partieron rápidamente del lugar sin que nadie los identificara.
Desde ese momento don óscar sintió que era él de nuevo, llegó a su casa sin decir nada, su mujer estaba bebiendo con otro hombre, al verlo se estremeció, sintió que algo pasaba en su cuerpo y en su mente, salió de su casa con el hombre y regresó a medianoche no era la misma. Estacionó el vehículo, y al bajarse caminó por un callejón para llegar a su casa; cuando avanzaba, apareció en medio del callejón una figura espectral, era la vieja Jacinta. “Por tu culpa estoy muerta, así que vine a traerte para que me acompañés al mismísimo infierno”.
Cuentan que Lucinda gritó con todas sus fuerzas. Don óscar salió con pistola en mano y pudo ver con claridad al espectro de la mujer que había asesinado, se quedó de una pieza y la pistola cayó de su mano, de nuevo el fantasma habló. “Te doy dos años más de vida… también vas a vivir en el infierno”. Acto seguido desapareció. En el ambiente quedó un intenso olor a azufre. Cuentan los hombres que estuvieron cerca de don óscar, que una noche escucharon sus gritos en la casona, acudieron a ver lo que pasaba, y en el suelo solo encontraron el sombrero, él había desaparecido.
El mandado
Bartolo Benítez se levantó temprano, como de costumbre, y asistió a la misa de la mañana, en la iglesia de San Sebastián, en la ciudad de Comayagüela. La iglesia estaba iluminada por las velas. Buen número de personas comenzó a llegar y ocupar las viejas bancas de madera. El sacerdote llegó, hizo la señal de la cruz y comenzó los actos religiosos. Bartolo se arrodilló y comenzó a rezar.
Al salir de la iglesia se encontró con Marina Alvarado, una joven que siempre le había llamado la atención. La saludó cortésmente y se ofreció a acompañarla a su casa. Ella aceptó. Caminaron por las polvorientas calles de la antañona ciudad y Bartolo le preguntó:
—¿Y qué hay de cierto que ya se dejó con Heriberto?
Ella se sonrojó y respondió:
—Así es, Bartolo, él me dejó por otra. Han pasado tres años y aquí donde me ve es la primera vez que vengo a la iglesia. Hasta la fe había perdido por ese hombre. Al principio no hallaba qué hacer conmigo.
Me llevaba a todas partes, me compraba cosas y fuimos felices un tiempo. Todo fue que conociera a Reina, la hija de don Ramón, para que todo comenzara a fallar. Y usted ¿ya se casó?
El hombre sonrió.
—No, no, no me he casado todavía, aunque ganas no me han faltado. Estoy igual que usted. ¿Se acuerda de Mirtala, la de Cundo? Anduve con ella un tiempo. De repente apareció por ahí un chofer que la engatusó y se la llevó. Me han contado que le ha ido muy mal, pero así es la vida. Siguieron platicando y llegaron a la casa de Marina y se despidieron con un apretón de manos. Hicieron una cita para verse en el parque el sábado por la tarde.
Bartolo llegó a su casa, lanzó un suspiro y pensó:
—¡Qué bonita está la Marina! Me parece que está más bonita que antes. Me imagino lo que debe hacer sufrido por Heriberto. Tan buena pareja que hacían; jamás me imagine que él la traicionaría con la hija de don Moncho. Que Dios me perdone, pero esa tal Reina sí es fea; no sé qué le habrá visto mi amigo, aunque pensándolo bien dicen que en esa familia les ha gustado mucho la brujería. A lo mejor le dieron alguna babosada para que dejara a Marina por Reina. Mmm. Quién sabe lo que habrá sucedido. Siempre me ha gustado Marina. Nunca le dije nada por respeto a mi amigo. Hoy que la vi quizás pueda llegar a algo bonito con esa mujer.
Llego el sábado y por la tarde los dos se encontraron.
—Caramba, Marinita, qué bella que anda, parece una princesa.
Ella sonrió.
—Usted es el que está choco. Ja, ja, ja.
—No, Marinita, aunque fuera choco, como usted dice, siempre estaría admirando su belleza. Perdone la pregunta. ¿Qué ha sabido de Heriberto?
Ella miró hacia la lejanía y respondió:
—Supe de él pasado el primer año que se había ido a vivir con Reina a Santa Bárbara; de ahí no volví a saber nada, como que se lo tragó la tierra. Ya ve, así han pasado tres largos años. Ya lo superé y no me hace falta. No pienso en él, ya no hay nada, ni siquiera resentimientos.
Bartolo sonrió y dijo:
—La historia suya se parece a la mía. Al principio me dolió mucho, pero me fui acostumbrando a la situación y ya no hay nada.
Anduvieron dando vueltas por el parque y finalmente él se atrevió a agarrarla de una mano. Ella no protestó y cuando menos lo esperabanse estaban besando.
Así comenzó una bonita relación entre Bartolo y Marina. Los familiares de ella conocían al hombre y sabían que era una persona recta y sin vicios. Un mes después unieron sus vidas por los sagrados lazos del matrimonio, ya que ambos estaban solteros. Dios premió aquella hermosa relación con un hijo, al que bautizaron y llamaron Miguel en memoria del padre de Bartolo, que llevaba ese nombre.
Una tarde aproximadamente a las seis, el joven Miguel se despedía de sus amigos del campo de fútbol después de jugar un partido amistoso con los muchachos del barrio vecino. Un hombre que había visto el encuentro se le acercó a Miguel y le dijo:
—Veo que era un gran delantero. Así me hubiera gustado tener un hijo, pero tú eres el hijo de doña Marina, ¿verdad?
El muchacho asintió con un movimiento de cabeza.
—Pues qué bueno —dijo el hombre—. ¿Me puedes hacer el mandado de llevármele esta carta a tu mamá? Dile que se la manda un amigo.
El joven tomó la carta y se despidió. Llegó alegre a su casa y saludó a sus padres. Contó el encuentro con el extraño y le entregó la carta a su mamá. Bartolo estaba intrigado. Se acercó a su esposa mientras ella abría el sobre. Cuando iban leyendo sus rostros se pusieron rígidos y pálidos. La carta había sido enviada por Heriberto. Entre otras cosas decía: “Dile a Bartolo que escarben donde hay una piedra blanca detrás de la casa. Es un regalo que le hago deseándoles que siempre sean felices”, pero el susto fue grande, pues sabían que Heriberto había muerto hacia 10 años.
Bartolo encontró gran cantidad de pepitas de oro en un pequeño baúl, también monedas de plata y oro.
En vida, Heriberto se dedicaba a comercializar el precioso metal. Como es la costumbre de los hondureños, se mandaron a oficiar varias misas en la vieja iglesia de San Sebastián en memoria de Heriberto, quien equivocó su camino al abandonar a una buena mujer. Lo anterior nos fue narrado por la misma doña Marina en la ciudad de Comayagua.
En busca de las tinieblas
Los enamorados frustrados suelen caminar en busca de las tinieblas para conseguir los favores de un hombre o de una mujer, compran amuletos, oraciones, brebajes, spray y todo lo que les facilite la atracción de la persona amada. De estas cosas se aprovechan los farsantes que alquilan un espacio en cualquier radioemisora y se presentan como profesoras, maestros y escogidos. Leen el horóscopo que ellos mismos inventan, sugestionan a los oyentes de tal manera que muchos caen en sus trampas y les dan el poco dinero que ganan. Carlos estaba obsesionado con una mujer casada.
En más de una ocasión la había enamorado, pero ella siempre lo rechazaba. —Soy una mujer casada. Respéteme porque ni sabe en qué problema se va a meter con mi esposo. él es un hombre muy delicado y si se da cuenta de que usted me molesta, quién sabe. él, como todo hombre tunante, le contestaba con bromas. —Eso de que sea casada no me importa. De todos modos no soy celoso. Pero aquella obsesión lo estaba matando. —Esa mujer tiene que ser mía, nunca se me ha escapado una mujer aquí en Comayagua —decía.Carlos comenzó a investigar si había alguien capaz de hacerle una brujería a la mujer que tanto anhelaba. Anduvo por el mercado y encontró a una señora que vendía amuletos y todas esas cosas que utilizaban los curanderos y brujos. Ella le dio una información. —Mire, don Carlos, aquí vienen muchas personas que se dedican a esas cosas. Me han contado que el mejor es un señor que vive cerca de Marcala, por aquí tengo el nombre apuntado, se lo voy a pasar a este papelito por si le interesa. Carlos le dio las gracias a la vendedora y pensó: —Angelita no se me va a escapar. Si ese brujo es bueno, la voy a ver rendida a mis pies.Un fin de semana partió a Marcala en busca del famoso señor.
En una pequeña aldea detuvo su vehículo para preguntar dónde vivía el hombre que buscaba. —Allí no entra el carro, señor. Tiene que irse a pie. Siga este camino. Va a encontrar una casa de material. Ahí es. No hay pérdida porque es la única casa que existe en esa zona. Carlos le dio las gracias a su informante, dejó el carro estacionado junto a una vivienda y emprendió el camino en busca del hombre que supuestamente le ayudaría a conquistar el corazón de Angelita. Regresó el mismo día a Comayagua. Llevaba unos polvos supuestamente mágicos para conquistar a la mujer de sus sueños.
Un día, cuando ella salía de un establecimiento comercial, él se le acercó sigilosamente por la espalda y le regó los polvos.
Sin que ella se diera cuenta se quedó escondido en una esquina. Solo era cuestión de esperar. A los siete días, según las instrucciones del brujo, la mujer caería fácilmente en sus redes.
Solo era de hablarle. Como conocía los lugares que frecuentaba Angelita, salió de su casa a buscarla. Estaba seguro de que todo marcharía bien, según lo aseguró el brujo de Marcala. Primero fue al mercado y anduvo preguntando si había llegado o si la habían visto. Nadie le dio información, a pesar de que ese era el lugar que visitaba primero. —¿Dónde se habrá metido Angelita? Je, je. A estas alturas debe estar muriéndose por verme. A lo mejor es ella la que me anda buscando por otro lado. Fue a buscarla a una tienda, luego por los alrededores del mercado. Sabía dónde vivía ella, pero le tenía miedo al esposo; se decía que era un hombre muy agresivo. Toda la mañana buscó a la bella Angelita con resultados negativos. Se trasladó al parque y se sentó en una banca.
Escuchó las campanas que invitaban al rezo, miró para todos lados con la esperanza de ver a la mujer de la que estaba perdidamente enamorado. Estuvo platicando con varios amigos que llegaron al parque y cuando cayó la tarde todos se despidieron. —Este fue un día malo para mí porque no pude ver a Angelita. A lo mejor no está en la ciudad. Ya veremos mañana. Con esos pensamientos regresó a su casa y se puso a leer un libro. Eran las 10:00 pm cuando le pareció escuchar unos pasos afuera. Se quedó en suspenso esperando que tocaran la puerta, pero no sucedió nada, de manera que siguió leyendo su libro.
A las 11:30 pm escuchó de nuevo los pasos y los toques de la puerta. Preguntó quién era y nadie le contestó, así que decidió abrir la puerta. Ahí estaba Angelita vestida de blanco y con una corona de flores en la cabeza. —Ayer me enterraron, Carlos. Me dio un ataque al corazón, pero como querías verme aquí estoy. Ja, ja. Cuentan que Carlos estuvo en tratamiento psiquiátrico hasta que volvió a la normalidad. Aquella fue una macabra experiencia que jamás olvidó. Les decía a sus amigos y a los extraños que nunca anduvieran en busca de las tinieblas para conquistar el corazón de una mujer.
Estado de coma
Teresa Blandir caminaba muy tranquila de regreso a su casa en la zona sur. Vivía en una aldea cerca del Rebalse, en la jurisdicción de Pespire; llevaba los víveres que necesitaban en la casa. Detrás de unos árboles la esperaban tres individuos.
Ahí viene Teresa. Estén como listos y pónganse los pasamontañas, así no sabrá quiénes la violaron, je, je.
—A esa cipota le llevo hambre desde hace tiempo. Además de ser tan bonita se carga un cuerpazo.
—Vos, ponete allá por si quiere escapar. Aquí la vamos a topar nosotros.
—Sh, cállense, que ya viene cerca.
Pero la joven tuvo un presentimiento y regresó rápidamente.
—Nos vio, corramos detrás de ella.
Los tres delincuentes corrieron detrás de la muchacha, que parecía volar. Corrió por la orilla de un barranco. Abajo pasaba el río grande de Choluteca. Las recientes lluvias habían aumentado su caudal y la corriente era rápida.
—Agárrenla —gritó uno de los hombres—, no la dejen escapar. Teresa abandonó los víveres para correr más rápido. De pronto, la tierra cedió bajo sus pies y se precipitó al río, perdiéndose entre las rojizas aguas.
Unos hombres que pescaban en la otra orilla la vieron caer y también miraron a los encapuchados. Entre los pescadores se encontraba Emilio, 22 años, experto nadador, que se lanzó a las fuertes aguas y más tarde logró sacar a Teresa. Estaba inconsciente, pero viva. Vecinos que pasaban por el lugar identificaron a la muchacha y se llevaron a su casa. Luego la trasladaron a una clínica privada de Tegucigalpa.
El médico les dijo a los padres de Teresa que había recibido un golpe en la cabeza y que solo un milagro pudo haberla salvado, pero que su estado era crítico. Se encontraba en coma.
Los asaltantes comentaban la situación. Eran hijos de personas adineradas y se habían convertido en delincuentes.
—Pues nadie sabe adónde se llevaron a Teresa. El papá y los hermanos ya regresaron, pero no le han dicho nada a nadie.
—Creo —dijo uno de ellos— que la mandaron fuera del país por miedo, pero al regresar nada cambiará. Tenemos que buscarla para hacer lo que le íbamos a hacer.
Entretanto, la madre de Teresa no se separaba de ella. Finalmente se tomó la determinación de pagarle a una persona que estuviera con Teresa y la madre regresó al pueblo para atender sus negocios.
Transcurrieron dos meses y todos se fueron olvidando de Teresa. La persona que la cuidaba se la llevó de la clínica y ya no se supo más de ella. Andrés, Tomás y Rogelio eran los tres amigos que se daban a la tarea de perseguir y violar a las muchachas de aquel lugar.
Andrés había viajado a Houston, Texas, donde sus padres lo mandaron a estudiar, Tomás se fue a vivir a México y Rogelio viajó a Chile.
Mientras Andrés se encontraba en el baño fue sorprendido por una mujer que con una fuerza extraordinaria le tapó la boca y lo ahogó.
Entretanto, en México, Tomas se divertía en la plaza Garibaldi, sitio al que acuden mariachis y conjuntos típicos del hermano país.
En medio de la diversión encontró a un grupo de mujeres mariachis. Vio a una hermosa joven que se le pareció a alguien que él conocía. Mientras tocaban una ranchera, ella se le acercó y con una fuerza extraordinaria le dio un golpe en la cabeza con el violín. El hombre se alejó del grupo tambaleándose.
Los presentes creyeron que andaba borracho y al verlo caer nunca pensaron que estaba muerto.
Rogelio trató inútilmente de comunicarse con sus amigos. Se encontraba muy a gusto en Chile. En pocos días había entablado amistad con jóvenes de varias nacionalidades. Insistió en comunicarse con Andrés y Tomas, pero fue inútil. Ese mismo día viajó a la playa, anduvo con unos amigos y luego se fue a caminar solo por la arena. La playa no estaba muy concurrida, descubrió a la lejos a una joven y se fue acercando poco a poco. Al tenerla frente a frente lanzó un grito y huyó al mar en el preciso instante que una ola gigantesca venía sobre la arena. Horas después fue encontrado ahogado.
Misteriosamente, los tres amigos que abusaban de las mujeres murieron el mismo día, a la misma hora, en los países adonde habían sido enviados por sus padres.
También ese mismo día se produjo una sorpresa para los padres, hermanos y familiares de Teresa: ella abrió los ojos después de estar en coma más de dos meses. Se levantó de su lecho de enferma y dijo:
—Tengo sed, quiero agua.
Cuando estuvo de vuelta en su hogar les contó a sus padres que había soñado que una mujer había matado a Andrés, Tomás y Rogelio.
Con el tiempo, después de que Teresa se casó, su esposo se la llevó a vivir a La Ceiba, ya que él era originario de ese puerto. Él tenía amplios conocimientos sobre cosas misteriosas y pensó que su esposa había viajado en otra dimensión a los lugares donde estaban los hombres que habían intentado violarla. Hubo un desprendimiento tridimensional que realmente no tiene explicación. Teresa falleció sin haberse enterado de que había viajado en el tiempo y el espacio. Extraña historia, ¿verdad?
El paso de la muerte
La gente viajaba en pequeñas caravanas en busca de mejores oportunidades en Tegucigalpa. Unos llevaban productos para vender; otros, la ilusión de conseguir un buen trabajo. Aquella situación llamó la atención de dos individuos que comenzaron a asaltar a los viajeros, especialmente a las mujeres.
Al comenzar la cuesta de Neteapa hay un río cristalino. La orilla está cubierta permanentemente de monte y era ahí donde los facinerosos se escondían. Una tarde asaltaron a una joven que era acompañada por tres de sus tías. No conformes con llevarse las cosas de las cuatro mujeres, golpearon a la muchacha porque se les opuso. Llevaron a Lila adonde don Paco, su padre. El hombre atendió a su hija y no hizo ningún comentario, aunque en su mente aparecieron las ideas más siniestras de venganza. Fue así que decidieron cobrar los daños físicos y mentales de su hija y una tarde partió a Neteapa.
Al aproximarse a la famosa cuesta llamada también “La cuesta de los tres gritos” dejó escondido el caballo. Llevaba una pistola de calibre largo, un afilado machete y un puñal.
Poco a poco se fue deslizando entre los árboles con el propósito de encontrar a los delincuentes. Al bajar al río escuchó las risas de los hombres, se agazapó en unos matorrales y siguió caminando sin hacer ruido hasta que logró tenerlos muy cerca. Sacó su pistola y comenzó a disparar. Los delincuentes quedaron tendidos sobre unas piedras. Acto seguido los agarró a machetazos.
Cuando don Paco iba de regreso adonde estaba su caballo, este comenzó a relinchar asustado. Lo agarró de las riendas para calmarlo y no pudo escapar de la mordida de una serpiente cascabel. Como pudo llegó a Danlí y murió antes de alcanzar la puerta de su casa.
Tres días después encontraron los cuerpos de los asaltantes en estado de putrefacción. Lila y su familia dedujeron que don Paco los había matado y que en el mismo lugar había sido mordido por la cascabel.
—A estos seguro que papá los mató con tan mala suerte que apareció la culebra y lo picó. Yo sabía que papá algo estaba tramando. Cuando se quedaba callado era señal de que había algo que nadie podría adivinar. Que en paz descanse; vamos a celebrar varias misas en su memoria.
Eran aproximadamente las cinco de la tarde cuando un grupo de danlidenses regresaba de la capital.
Al pasar por un pequeño puente de madera sobre el río, donde comenzaba la cuesta, se quedaron petrificados al oír los gritos de unos hombres. Se escucharon con claridad en el mismo sitio donde habían encontrado los cuerpos de los delincuentes.
Los del grupo dijeron que ni cuenta se dieron de a qué horas llegaron a las mesas del sitio donde funcionaba un comedor. Desde ese día comenzaron las apariciones, con resultados dramáticos.
Un señor de apellido Oyuela se adelantó a la caravana para demostrarles a todos que era puro cuento lo de los fantasmas en aquel paso de la muerte, como bautizaron al lugar.
Cuando los miembros de la caravana llegaron al puente de madera encontraron muerto al señor Oyuela. Supuestamente había fallecido de un ataque al corazón, pero ¿quién se lo causó? ¿Qué vio en aquellos matorrales?
Otro caso fue el de doña Eugenia, mujer laboriosa que vivía en Arenales. Pasó por el lugar sola. No se sabe qué vio, pero los viajeros la encontraron caminando y hablando sola por el camino. Había enloquecido.
Los extraños sucesos en el paso de la muerte obligaron a los viajeros a pasar por el lugar en grupos grandes y de día, jamás por la tarde o la noche.
Adrián, originario de la aldea Villa Santa, cerca de Danlí, les comunicó a sus amigos que él iría solo al lugar de las apariciones para saber qué estaba sucediendo realmente. Los demás ignoraban que Adrián era hijo de un viejo que conocía mucho de ciencias ocultas.
—Penan no por sus crímenes, sino porque algo valioso dejaron oculto —le habría dicho el papá. Adrián llegó a Neteapa. De una alforja sacó un pequeño bote y roció la tierra con su contenido, escuchó ruido en los matorrales y preguntó:
—¿Dónde esconden lo que los atormenta?
Hubo un crujido de ranas y una voz hueca respondió:
—Antes de llegar al final de la cuesta hay una piedra grande. Ahí hay mucho dinero, el esqueleto de un niño que matamos. ¡Ayúdanos!
Una hora más tarde, Adrián sacó el tesoro, envolvió los huesos del niño y los enterró en un cementerio.
Las campanas de la iglesia de Danlí repicaron con tristeza aquella tarde; nadie sabía por qué. En ella se celebró a puertas cerradas un rito religioso y desde aquel día desapareció el terror en el paso de la muerte.
Quizás resulte extraño que siempre que se encuentra un tesoro hay que rogar por las almas de quienes lo escondieron. Eso es así. Nuestras costumbres y tradiciones jamás cambiarán ni con el paso del tiempo.
La venganza de doña Gloria
En la ciudad de Choluteca, en el sur de nuestro país, vivía una señora llamada Gloria, propietaria de un floreciente negocio. Se había casado con un hombre más joven que ella y él le ayudaba en todo lo que podía para que el local fuera siempre fructífero.
Durante tres años, la relación de aquel matrimonio fue muy buena. Los vecinos los ponían de ejemplo.
—Ya ven que para el amor no hay nada imposible —decían algunos—, doña Gloria y José se llevan de maravilla a pesar de la diferencia de edades.
Sin embargo, había personas maliciosas que decían que José se había casado con la señora por puro interés económico, que era un aprovechado, etcétera.
José era originario de Tegucigalpa y había conocido a doña Gloria en el balneario de Cedeño. Ambos se encontraron en una champa donde vendían pescado frito, entablaron una conversación y a él le encantó la forma de ser de la señora, le preguntó dónde vivía y sorpresivamente él llegó un fin de semana a visitarla.
Fue amor a primera vista. La señora estaba feliz; le parecía imposible que aquel joven atractivo se hubiera fijado en ella. Así se dieron las cosas y al cabo de un año de haberse conocido decidieron casarse.
Celebraron con gran alegría la llegada de su tercer aniversario de bodas. La fiesta fue extraordinaria, hubo música ejecutada por un conocido grupo y desde El Salvador llegaron invitados especiales que eran amigos de doña Gloria.
Como dicen que el diablo jamás duerme, en la fiesta él conoció a una prima de su esposa que tenía varios años de haberse trasladado a vivir a San Miguel, casi en la frontera con Honduras. Se llamaba Irma. Era una joven agradable, de hermoso cuerpo, que llamaba la atención de los hombres.
En más de una oportunidad platicaron a solas en la fiesta. De inmediato, ella mostró interés en el esposo de su prima Gloria y antes de despedirse lo sorprendió con un beso en la boca.
Esa acción cambiaría definitivamente la felicidad que reinaba en aquel admirado matrimonio. Irma viajaba desde San Miguel a Choluteca y con la complicidad de una amiga se miraba a solas con José. La amiga les prestaba su casa.
Pero en esta vida todo se sabe. Sin andar haciendo averiguaciones, doña Gloria recibió noticias de que José andaba con otra mujer. Fue algo terrible para la noble señora. No podía quedarse callada ante aquella situación y una noche aprovechó las circunstancias para reclamarle a su esposo. Durante la discusión, José lo negó todo. Le dijo que eran chismes callejeros y que no debería hacerles caso.
Como siempre, hay un “yo lo vi”. Con el correr de los días, a doña Gloria le dijeron dónde estaba la casa en que su marido se miraba con la otra mujer. Pagó para que lo vigilaran y le avisaran cuando se vieran nuevamente. Así fue. Se trasladó a un sitio escondido y enorme fue su sorpresa al ver a su prima y su esposo saliendo de aquella casa.
Los celos y la furia incontenible la obligaron a dejar su escondite para enfrentarse a la pareja.
No se pudo contener. Agarró del pelo a su prima, la hizo morder el polvo y la agarró a patadas hasta que la mujer huyó.
José se quedó paralizado. Jamás pensó que sería descubierto y mucho menos que doña Gloria sería capaz de aquello.
Antes de que Gloria lo agrediera, José agarró un palo que había en el suelo y le dio varios golpes en la cabeza hasta matarla.
Inmediatamente se fue a su casa, donde una hora después le notificaron que su esposa había sido asesinada en un pasaje solitario.
El hombre fingió un gran dolor y fue asistido por sus amistades y vecinos. Dos semanas después apareció Irma, que llegó de El Salvador y se reunió con su amante. Sabía que José había quedado en posesión de mucho dinero.
Una mañana, cuando Irma se levantó de la cama, la cama de su prima Gloria, vio que José se había ido al trabajo. Se bañó, se arregló y se perfumó. De pronto le pareció escuchar una voz a su espalda que le dijo:
—Te gustan mis lociones, ¿verdad?
Aquello ocurrió muy rápidamente. Volteó y no vio a nadie.
Se fue a la cocina, escuchó pasos y vio que la puerta estaba abierta hacia el solar. Agarró un cuchillo y preguntó:
—¿Quién anda ahí?
Al salir al patio vio que alguien se escondía detrás de un árbol. Con el cuchillo en la mano se dirigió hacia ese lugar.
Por la tarde, José llegó con una bolsa llena de víveres.
—Ya llegué, amorcito —dijo.
Nadie le respondió. Colocó los víveres en la mesa y se fue a buscar a Irma. La buscó en todos los cuartos y no la encontró; llegó a la cocina y nada.
Al ver que la puerta estaba abierta se fue al solar, se paró frente al árbol y unas gotas de sangre le cayeron desde arriba.
Cuando José alzó la vista vio el cadáver de Irma colgado de una rama, con un puñal clavado en el corazón.
Cuando intentó huir, no pudo hacerlo. Recibió el primer leñazo en la cabeza y siguieron otros hasta que se desplomó sin vida. Una vecina que había conocido muy bien a doña Gloria vio a la muerta con un palo en sus manos. Luego se esfumó en el aire.
La Policía dijo que había sido un asalto seguido de dos asesinatos, pero solo la vecina conoció la verdad de aquella macabra historia.
El burlón
Había un anciano, Emilio, que vendía periódicos en una esquina del barrio La Plazuela de Tegucigalpa. Llegaba a las seis de la mañana y se retiraba a las dos de la tarde después de vender todos los diarios.
Una tarde de abril comenzó un verdadero calvario para el anciano. En él había puesto los ojos Napoleón Serpas, un tipo que escogía a sus víctimas para convertirlas en blanco de sus burlas:
—Ajá, viejito tonto. Vos sos el que ensuciás la acera con esos periódicos. Un día de estos te voy a echar la policía para que te quite de aquí, ja, ja, ja.
A partir de aquel momento, Napoleón Serpas se convirtió en una tortura para don Emilio. Pasaba en su carro y le gritaba, riéndose a carcajadas:
—Hey, viejo idiota, ¿por qué no te has muerto?
A veces se ausentaba del lugar y aparecía sorpresivamente gritando desde su automóvil en marcha.
—No le compren periódicos a ese viejo que no se baña, es un viejo juco, ja, ja, ja.
Los demás vendedores le decían a don Emilio que denunciara a aquel pícaro que lo molestaba tanto. Él se encogía de hombros y únicamente decía:
—El que ríe por último ríe mejor.
Doña Juana, amiga del vendedor de periódicos, sorprendió al burlón cuando se dirigía a pie hacia el pobre señor: llevaba algo en la mano para asustarlo. Ella le salió al paso y le dijo:
—Ya basta, señor. No se eche maldiciones haciéndole la vida imposible a ese anciano. Usted también va para viejo y se puede arrepentir.
Napoleón, al verse sorprendido, respondió:
—Y a usted quién le regó maíz, vieja loca, si los dos son unos viejos feos y podridos.
Se rio y acto seguido salió corriendo, entró en su automóvil y arrancó velozmente. Aquel burlón no solo se extasiaba haciéndole la vida imposible al anciano, sino que agarraba de encargo a algunos compañeros de trabajo.
—Ajá, Miriam. Je, je. Y ese vestido tan feo dónde lo compraste. Parece de payaso, ja, ja, ja.
La aludida comentó con sus amigas:
—Odio a ese hombre. No le digo nada a mi esposo sobre esas burlas que me hace porque puede venir aquí y es capaz de matarlo.
—Eso es lo que se merece —dijo otra—. Un hombre de esos no merece estar vivo.
Aunque lo amenazaran y le dijeran de qué se iba a morir, él insistía en sus tremendas burlas y se llevaba de encuentro a quien se le antojaba. Una mañana se levantó pensando en una maldad.
—Voy a conseguir un alacrán para tirárselo al vendedor de periódicos. ¡Qué brinco va a pegar!
Don Emilio acomodó sus periódicos en su pequeño puesto para ofrecérselos a sus clientes. Ignoraba la maldad que aquel burlón estaba preparando para él. A la diez de la mañana apareció Napoleón en su carro, se detuvo frente al puesto de periódicos y lanzó el alacrán.
Por fortuna, el animal cayó sobre una mesita sin causarle daño al vendedor. Este al darse cuenta de la mala acción del burlón le gritó:
—Si ese es tu deseo, vas a morir de viejo.
Al escuchar al anciano, antes de salir disparado en su auto le gritó:
—No entiendo lo que me decís, viejo loco —se carcajeó.
Los demás vendedores también le lanzaron maldiciones al ver el alacrán que le había tirado el anciano.
Llegó el 3 de mayo, Día de la Cruz, cuando invariablemente llovía a cántaros en todo el territorio nacional. Don Emilio pidió permiso para vender los periódicos dentro del mercado San Miguel y le fue concedido por el administrador. En esos días de lluvia, el burlón pasó varias veces por el puesto de periódicos y lo miró vacío, así que desistió de ir de nuevo a molestar al viejito. Un compañero de trabajo le dijo:
—Dime, Napo, ¿qué te pasa? ¿Te estás desvelando que te miro como envejecido?
—No vos, no me pasa nada. Tal vez es cansancio.
Era el 5 de mayo. Después de burlarse de todo el mundo, Napoleón regresó a su casa. Vivía solo. Se fue al baño, se dio una ducha y salió muy tranquilo. Al verse en el espejo descubrió que tenía canas.
—Eh, pero de dónde me han salido canas si apenas tengo 32 años. Hum. Se me está arrugando la cara. Creo que debo de estar enfermo. No es normal esto que me está pasando.
Al día siguiente, cuando preparaba el desayuno, notó, al quebrar unos huevos, que sus manos estaban llenas de pequeñas manchas cafés, señal de envejecimiento. Inmediatamente fue a verse en el espejo y quedó espantado.
Su rostro era el de un hombre de unos 90 años de edad.
Se vistió rápidamente, trató de ponerse los zapatos y no pudo, comenzó a toser y se desmayó. En ese momento, un alacrán se le paró en el rostro.
Cuentan que los vecinos de Napoleón avisaron a la policía sobre el hedor que emanaba de uno de los cuartos.
Al abrir descubrieron el cadáver putrefacto de un ancianito. Un alacrán negro corrió a refugiarse debajo de la cama de Napoleón.
Nunca se supo nada sobre esa muerte. Dijeron que aquel anciano era el papá de él. La noticia salió por los periódicos y don Emilio, al ver la primera plana, comentó:
—Creo que este hombre es el que deseaba mi muerte. Nadie tiene la última palabra. Solo sé que al que anda en cosas malas, malas cosas le suceden.
La perra de la cueva
Allá va la perra y se robó la carne... ¡maldita! —don Remberto señaló la loma por donde corría el animal de pelaje amarillo, que llevaba un trozo de carne en el pico—.
Condenada perra; acabo de comprar una libra de carne y esa desgraciada como que me estaba vigiando. Solo la puse en la mesa de la cocina y en segundos se la llevó, pero por esta que un día la voy a matar.
Los habitantes de la aldea Germania y sus alrededores eran víctimas de la voracidad de aquel animal. Todos la miraban correr con lo que se robaba, pero nunca la miraban entrar en las casas.
Gerardo Mendoza era un joven aficionado a la cacería y al igual que sus vecinos esperaba el momento oportuno para pegarle un balazo al animal.
Un día lo llamaron varios vecinos. Don Remberto llevaba la voz cantante.
—Nos hemos reunido aquí solicitando su presencia para pedirle que nos haga el favor de eliminar a esa perra que tanto daño nos está causando. Sabemos que usted es un experto tirador.
Gerardo aceptó el reto de sus vecinos y decidió estar alerta para matar al animal.
Fue así que desde ese momento comenzó a investigar de dónde procedía el animal que sorprendía a sus vecinos robándoles los alimentos. Se puso en contacto con otro experto cazador, Ovidio, quien aceptó el reto.
Comenzaron a investigar en el vecindario si alguien había criado a la perra y no encontraron ninguna respuesta. Llegaron a un lugar llamado Santa Rosa. Ahí les dijeron que la perra pasaba siempre por el pueblo y agarraba por un cerro que conectaba con Loarque.
Subieron al cerro y buscaron huellas. Llegaron a una planada desde donde miraban el aeropuerto y parte de la capital.
—Lo único que podemos hacer —dijo Gerardo— es esperar en el pueblo a que pase el animal para matarlo.
De regreso a Santa Rosa entraron en una casa pidiendo que les regalaran un vaso de agua. Una joven hermosa les sirvió el agua y les preguntó:
—¿Es verdad que andaban buscando una perra?
Ambos asistieron con un movimiento de cabeza, Ovidio le dijo:
—La buscamos para matarla. Ya no la aguantamos en Germania; roba comida todos los días y nadie la mira entrar a las casas, pero sí la ven salir. Eso es lo más extraño. Nos vamos a venir una semana a este lugar porque nos han asegurado que por aquí pasa cuando se roba las cosas. Vamos a traer nuestros riflotes. Hoy solo andamos investigando.
La muchacha mostró preocupación:
—Pobre animal, pero no hay de otra: tienen que matarla.
Comenzó a oscurecer aquel primero de abril. La gente había colocado trampas para atrapar al dañino animal. Alguien sugirió que buscaran a una persona entendida en conjuros y magia para investigar si la presencia de aquella perra era sobrenatural.
Gerardo mantuvo la vigilancia necesaria en la zona de Santa Rosa. Le habían informado que la perra se escondía en una cueva.
Con instrucciones del joven Gerardo, el señor Remberto reunió a seis hombres, quienes se trasladaron a la zona de la cueva para esperar la entrada o salida del animal.
Más tarde recibieron noticias de que, en una aldea cercana, la perra había atacado a un hombre que la descubrió en la cocina robando comida. Pensaron que posiblemente buscaría el refugio de su cueva sabiendo que había mucha gente persiguiéndola.
—Mucho ojo, muchachos —dijo Gerardo—. Aseguran que el animal subió a la montaña, pero sé que bajará para esconderse en esa cueva.
Minutos más tarde, cuando la oscuridad reinaba en el lugar, comenzaron a caer pequeñas piedras de una zona rocosa que rodeaba la cueva. Todos alistaron sus armas de fuego, listos para disparar. Las piedras siguieron cayendo, anunciando la proximidad del animal. Todos vieron caer una sombra y comenzaron a disparar.
—¡Muere, perra maldita, muere…!
Cuando pensaron que habían acribillado a la perra, sucedió algo que los dejó sin respiración: el animal, que aparentemente estaba muerto, se levantó poco a poco.
Sus ojos brillaban como brasas en la noche. Emitió un rugido parecido al de un león y cuando se irguió los cazadores vieron que su tamaño era de aproximadamente dos metros y medio.
Subió lentamente por las rocas y rugió hasta desaparecer en la montaña cercana.
Lo más extraño es que no se trataba de la figura de un perro, sino de una forma humana monstruosa que dejó en el aire un fuerte olor a azufre.
Al alertar a los vecinos se formó un grupo de oración y, al siguiente día, un sacerdote fue a bendecir la cueva para que aquel ser diabólico no regresara jamás.
Hasta hoy, ese suceso sobrenatural se sigue comentando. Unos dicen que era un monstruo traído del espacio; otros, que se trataba de un hombre al que maldijo el padre Subirana para que vagara por todos los cerros de Honduras.
Todo quedó en conjeturas, a pesar de que varios hombres fueron testigos de lo que allí sucedió.
he unas imagenes de mi bello pais
proximamente la parte 3