La familia dormía tranquilamente.
Todos excepto el padre, que estaba leyendo un libro en la planta baja de la casa.
A su lado, en la mesa, tenía un vaso de whisky, y una cajetilla de cigarrillos. Aún cerrada.
Iba por el comienzo del libro, cuando sintió la necesidad de fumar. Dejó el libro con la página marcada sobre la mesa, tomó la cajetilla de cigarrillos y se levantó del sillón en el cual estaba sentado.
Recorrió lentamente la casa en busca de un encendedor, o un fósforo para poder prender el cigarro.
Al encontrar uno, volvió a la habitación donde leía y se sentó de nuevo en el sillón.
Con la mirada perdida en la biblioteca, lentamente llevó el cigarrillo a su boca, una, y otra, y otra vez. Sabía que no debía fumar más. Pero no le importaba.
De repente, sintió algo en sus pies, algo lo rozaba en forma juguetona. Un gato.
Sonrió, mientras seguía con la mirada perdida en la biblioteca, mientras fumaba.
No se percató de que algo estaba mal, había algo extraño.
Rápidamente se dio cuenta y miró al suelo, a sus pies.
No había nada.
Ellos no tenían gato.
A la mañana siguiente, su mujer se levantó de la cama, palpando el colchón, esperando tocar a su esposo. Pero él no estaba allí.
Se alteró y bajó a la planta baja buscándolo.
Entró en la habitación de lectura y se encontró con el sillón favorito de su esposo vacío.
En la mesa de al lado, un vaso de whisky se comenzaba a hacer agua por los hielos en su interior, el libro que había estado leyendo, con una página marcada, y una cajetilla de cigarrillos. Aún cerrada.
La esposa tomó el libro y leyó el texto con el que comenzaba la página.
“No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño.”