El calor de los volcanes de Ío.
Ío es el mundo con mayor actividad volcánica del sistema solar. Mientras lees estas líneas hay más de cien volcanes activos en la superficie de Ío. En la Tierra el vulcanismo se debe al calor interno generado principalmente por la desintegración de elementos radiactivos, pero en Ío las responsables son las intensas fuerzas de marea generadas por la gravedad de Júpiter y la de las otras tres lunas galileanas, que estiran y comprimen el interior de esta luna hasta calentarla. Sin duda Ío se merece una sonda que estudie sus volcanes en detalle, pero desgraciadamente ha tenido la mala suerte de coincidir en un mismo sistema con otros objetos tan interesantes como Europa, Ganímedes o el propio Júpiter.
Los volcanes de Ío vistos por el instrumento JIRAM de Juno.
En estos momentos la sonda Juno de la NASA se encuentra alrededor de Júpiter, pero desgraciadamente su misión principal no contempla el estudio de las lunas del gigante joviano. No obstante, en los últimos días hemos podido contemplar una fascinante imagen de Ío tomada por Juno. En esta ocasión no se ha usado la pequeña cámara JunoCam, que apenas permite resolver detalles dignos de mención de las lunas, sino el instrumento JIRAM (Jovian Infrared Auroral Mapper). Este sensor trabaja en el infrarrojo (2 a 5 micras) y ha sido diseñado para observar las auroras y el interior de Júpiter, pero se ve que también sirve para ofrecernos una mirada fugaz a los volcanes de Ío, aunque sea de lejos. El nivel de detalle de las imágenes de JIRAM ha sorprendido a propios y a extraños, sobre todo porque somos capaces de ver volcanes en el lado diurno de Ío. Ahora vuelve a ver la imagen que abre este artículo y piensa que cada punto brillante es un volcán activo. Y todo en un mundo del tamaño aproximado de nuestra Luna.
Los volcanes vistos por Juno con su nombre.
Pero no es la primera vez que vemos el calor de los volcanes de Ío, ni mucho menos. La primera sonda espacial que estudió en detalle el calor de los numerosos volcanes de esta luna fue Galileo (las Voyager y Pioneer no tenían un instrumento comparable, más que nada porque cuando se lanzaron nadie esperaba encontrar semejante actividad volcánica en lunas heladas tan alejadas del Sol). Entre 1999 y 2000 Galileo llevó a cabo tres sobrevuelos de Ío y usó el instrumento NIMS (Near-Infrared Mapping Spectrometer) para observar en el infrarrojo la superficie de este satélite con una resolución impensable para Juno (también realizó observaciones a mucha mayor distancia). Galileo demostró que la lava de los volcanes es la responsable de calentar los depósitos de azufre presentes en la corteza e inyecta grandes cantidades de dióxido de carbono y otros compuestos en la tenue atmósfera de Ío y, de ahí, hacia el espacio exterior, donde forman el temido cinturón de radiación de Ío.
Ío visto en infrarrojo por el NIMS de la sonda Galileo.
El dióxido de carbono y otros compuestos de azufre vuelven a caer formando una escarcha fresca que cambia de color en función de la temperatura, explicando así la gama de colores, desde el rojo hasta el blanco, que dan a Ío ese aspecto tan característico de pizza con champiñones. NIMS también demostró que la temperatura de las coladas y las calderas de varios volcanes (por ejemplo Pele, Prometheus, Amirani o Tvashtar) superaba ampliamente los 1000 ºC, una prueba clara de que se trataba de roca fundida y no compuestos de azufre fundidos como proponían algunas teorías alternativas. Desde entonces sabemos que el vulcanismo de Ío es principalmente rocoso como el terrestre (basáltico o ultramáfico para ser más precisos), aunque también hay coladas de compuestos de azufre.
Cambios observados por Galileo en el infrarrojo alrededor de la zona de Prometheus en sus tres sobrevuelos del satélite.
Ío visto por NIMS a 450.000 km de distancia en 1996.
La siguiente sonda en pasar por Júpiter fue Cassini, pero no pudo obtener imágenes de Ío en alta resolución. Para eso hubo que esperar a la New Horizons, que pasó por Júpiter camino de Plutón y realizó una visita fugaz en marzo de 2007. La fortuna quiso que la sonda captase el volcán Tvashtar en plena erupción. El material expulsado por Tvashtar alcanzó una altura de nada más y nada menos que de 330 kilómetros.
Ío visto por la New Horizons con los instrumentos LORRI (izquierda), MVIC (derecha, arriba) y LEISA (abajo, derecha). Se aprecia la erupción de Tvashtar en la parte superior del limbo.
Animación de las imágenes de LORRI del volcán Tvashtar.
Y también hemos podido seguir las erupciones de Ío desde Tierra, aunque evidentemente estas observaciones carecen de la resolución que puede proporcionar una sonda espacial. Por ejemplo el observatorio Keck detectó una gigantesca erupción en 2001, demostrando que es necesario observar Ío de forma continua si no queremos perdernos nada.
Erupciones de Ío vistas en 2013 por el observatorio Keck en Hawái.
Para que nos hagamos una idea de la actividad de esta luna, con solo un 1,5% de la masa de la Tierra Ío escupe al exterior casi treinta veces más lava que nuestro planeta al año. Eso significa que desde que se formó el sistema solar Ío ha liberado la suficiente energía para derretir su corteza y manto ochenta veces (!). Con suerte las futuras sondas Europa Clipper de la NASA y JUICE de la ESA nos ofrecerán nuevas sorpresas de esta pequeña y rabiosa luna durante la próxima década, aunque sea desde lejos.
La luna Europa eclipsando a Ío.
Carteles vintage sobre una hipotética agencia de viajes a Ío.
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