A un año de su lanzamiento el telescopio James Webb sigue acumulando retrasos.
El telescopio espacial James Webb (JWST) promete revolucionar la astronomía moderna gracias a su capacidad para estudiar el infrarrojo medio y lejano con su espejo primario plegable de 6,5 metros de diámetro (recordemos que el Hubble tiene 2,4 metros). Pero la joya de la corona de la división de astrofísica de la NASA acumula años de retrasos y sobrecostes que han catapultado su precio hasta los ocho mil millones de dólares. El descalabro económico del JWST ha sido tal que por su culpa se han cancelado varios de proyectos astronómicos de la NASA y algunos están a punto de ser cancelados (como el WFIRST) ante el peligro de que puedan seguir su senda de despilfarro.
La óptica del JWST durante las pruebas en Tierra.
Pese a todo, el JWST parecía haber dejado atrás todos estos escándalos. Una vez asumido su enorme coste el proyecto iba viento en popa y todo estaba listo para su lanzamiento en octubre de este año mediante un cohete europeo Ariane 5 (que es parte de la contribución de la ESA al proyecto). Sin embargo, en septiembre del año pasado supimos que el despegue se retrasaba hasta 2019. La excusa inicial parecía ser que la sonda europea BepiColombo para el estudio de Mercurio debía ser lanzada aproximadamente por esas fechas con el fin de evitar perder su ventana de lanzamiento, pero pronto supimos que la propia NASA había solicitado un retraso en el lanzamiento de entre cinco y ocho meses para solucionar una serie de problemas con el telescopio espacial. Primero se habló de principios de 2019 y ahora la fecha de lanzamiento ya está prevista para junio de 2019. ¿Asunto arreglado? Pues parece que no, porque podrían haber más retrasos.
Partes del James Webb.
La voz de alarma la ha dado el último informe independiente del GAO (Government Accountability Office) del gobierno estadounidense. Todo iba bien hasta principios de 2017, cuando hizo aparición el problema más importante durante las pruebas de despliegue del escudo solar. Una vez en el punto ESL2 de Lagrange, el telescopio debe estar a una temperatura muy baja para poder observar en el infrarrojo. Una de las tecnologías novedosas —y caras— del James Webb es que parte de este enfriamiento se logra mediante un sistema pasivo sin necesidad de usar un refrigerante como el helio líquido, empleado en otros telescopios infrarrojos como el Spitzer.
Progreso en la integración del James Webb.
En una de las pruebas de despliegue del escudo, formado por cinco membranas de tela Kapton recubiertas por aluminio, el contratista principal Northrop-Grumman detectó con horror algunas grietas, aparentemente debidas a un “error humano”. Aunque se pueden reparar, lógicamente el proceso llevará tiempo. Durante estas pruebas también vieron que uno de los seis sistemas encargados de desplegar el escudo se bloqueó, por lo que ha sido necesario cambiar su diseño. El despliegue del escudo durante las pruebas ‘solo’ lleva unas dos semanas, pero volverlo a plegar es un proceso que dura cerca de dos meses, de ahí la necesidad de retrasar el lanzamiento. Pero es que además se han descubierto otros inconvenientes. Sin ir más lejos ha sido necesario sustituir 8 válvulas defectuosas de un total de 16 en los propulsores del vehículo y en febrero de 2017 una anomalía durante las pruebas de vibración de la óptica provocó más retrasos. Para mayor escarnio, un técnico inutilizó los sensores encargados de medir el nivel de combustible de la nave al aplicarles un voltaje demasiado elevado.
El escudo solar del James Webb durante las pruebas de despliegue en tierra.
Con el retraso del lanzamiento a junio de 2019 la NASA ha ganado cuatro meses más, pero como parte de este tiempo adicional ya ha sido adjudicado a la solución de problemas, en realidad la agencia solo dispone de un mes y medio de margen de contingencia. En el caso de que surjan nuevos problemas estas reservas de tiempo se agotarán fácilmente y será necesario retrasar una vez más el despegue de la misión. Si esto ocurre, que es muy probable, la misión corre el riesgo de superar el techo de ocho mil millones de dólares impuesto por el Congreso en 2011. En septiembre de 2017 la NASA le dio a Northrop-Grumman 180 millones de dólares para completar los trabajos con el James Webb, un dinero que la empresa ya ha gastado, así que el proyecto está muy cerca del límite marcado por el Congreso.
La óptica del JWST es impresionante.
El informe deja en muy mal lugar al contratista principal, Northrop-Grumman, por su mala gestión de recursos humanos y por su insistencia en que podían tener listo el JWST para octubre de 2018 cuando ya sabían que esa fecha era un imposible. En definitiva, el James Webb está una vez más en la cuerda floja después de casi seis años de relativa tranquilidad mediática. Esperemos que los problemas se solucionen y en junio de 2019 podamos contemplar en acción el observatorio espacial más complejo ideado por el ser humano.
Como debería ser el despliegue del James Webb.
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