Uno puede medir, cualquiera puede, cómo se vive en un lugar del mundo por su sistema de transporte público. Si lo hacemos aquí, entre nosotros, la vida saca una calificación baja. Un aplazo.
Cada día, como si se diera el informe del tiempo, se anuncian cuántas personas se han tirado bajo el tren, o han sido arrolladas. Es parte de la masa del día: normal. Dos, tres, cuatro, uno. Siempre .
Cada día, los que tienen que usar el tren se ven en el interior de una corte de los milagros, donde, apretados unos contra y sobre otros, ven –o ejercen - robos de todo tipo, manoseos, vendedores vociferantes, perversos de distinto pelaje que empeñan sus cabezas brumosas en propinar a las mujeres, acostumbradas, abatidas, una y otra clase de un curso violento de educación sexual.
No hay vidrios en las ventanas, los asientos son primitivos , los empleados , en eterno reclamo – por lo tanto, nunca satisfecho- , producen retrasos y suspensiones de los servicios. La respuesta es también parte de la brutalidad del sistema: la furia de las personas súbita y fácilmente transformadas en turba. Gritan, patean, golpean, queman los vagones que, no lo ocultemos, han contribuido a destrozar.
Los colectivos son actores de una historia larga, vieja: humo, hacinamiento, velocidad de miedo por avenidas y calles angostas, paradas que sólo sirven para que se formen colas porque paran en la mitad de la calle. Conductores y pasajeros se ven tristes, fuera de cualquier hebra de dignidad y optimismo.
En cuanto a los subtes, bueno, se sabe: es mejor caminar hasta la extenuación que meterse en un tubo que puede llevar las puertas abiertas, que oscila de un modo extraño, que tiene como manera de organizar los viajes meter y sacar a la gente a empujones. A lo bestia.
Cada día, como si se diera el informe del tiempo, se anuncian cuántas personas se han tirado bajo el tren, o han sido arrolladas. Es parte de la masa del día: normal. Dos, tres, cuatro, uno. Siempre .
Cada día, los que tienen que usar el tren se ven en el interior de una corte de los milagros, donde, apretados unos contra y sobre otros, ven –o ejercen - robos de todo tipo, manoseos, vendedores vociferantes, perversos de distinto pelaje que empeñan sus cabezas brumosas en propinar a las mujeres, acostumbradas, abatidas, una y otra clase de un curso violento de educación sexual.
No hay vidrios en las ventanas, los asientos son primitivos , los empleados , en eterno reclamo – por lo tanto, nunca satisfecho- , producen retrasos y suspensiones de los servicios. La respuesta es también parte de la brutalidad del sistema: la furia de las personas súbita y fácilmente transformadas en turba. Gritan, patean, golpean, queman los vagones que, no lo ocultemos, han contribuido a destrozar.
Los colectivos son actores de una historia larga, vieja: humo, hacinamiento, velocidad de miedo por avenidas y calles angostas, paradas que sólo sirven para que se formen colas porque paran en la mitad de la calle. Conductores y pasajeros se ven tristes, fuera de cualquier hebra de dignidad y optimismo.
En cuanto a los subtes, bueno, se sabe: es mejor caminar hasta la extenuación que meterse en un tubo que puede llevar las puertas abiertas, que oscila de un modo extraño, que tiene como manera de organizar los viajes meter y sacar a la gente a empujones. A lo bestia.