Los Montoneros dentro del esquema de poder de la izquierda peronista:
Montoneros eran, primero 40 tipos que estaban en al lucha armada, mientras toda la juventud, peronista eran cuadros de superficie, que se movilizaban políticamente, pública y masivamente. Pero las cosas se fueron dando de tal manera que, esos 40 tipos se adueñaron de la conducción de la JP. Cuando a diez días de haber ganado Perón las elecciones, con el 63% de los votos, se asesina a Rucci, muchos intelectuales de izquierda dicen basta y mucha gente se abre. Pero además las opciones eran trágicas. Horacio González dice: “Es necesario que esa historia sea mirada con piedad, porque sino la miran con piedad, no la van a entender”. O los intelectuales de izquierda estaban con Firmenich, o después del asesinato de Rucci, estaban con Perón. ¿Y quién estaba con Perón?. Estaban López Rega, Isabel, Raúl Lastiri, los sindicalistas dialoguistas, el comando de Organización, la Triple A. Un marco pavoroso.

Los Montoneros –que aún estaban lejos de hegemonizar a la izquierda peronista- realizaban sus operativos armados. La hegemonía de Montoneros comienza cuando la Juventud Peronista pasa a identificarse como tendencia revolucionaria del movimiento peronista. “La tendencia.” En esta etapa, los Montoneros se dan una política de masas y sus cuadros de superficie hacen la campaña electoral de 1973, que culmina con el triunfo del 11 de marzo. Luego vienen sus enfrentamientos con Perón y, como fruto maduro de esos enfrentamientos, surge un acto decisivo en la historia de la organización y en la historia de su aislamiento del “pueblo peronista” que tanto invocaba: el asesinato de Rucci. Se trata de uno de los errores más desdichados de la historia política argentina. Perón acababa de ganar en elecciones democráticas por un margen superior al 60 %. El país, empeñosamente, buscaba un camino de pacificación. Pero la teoría del “apriete” pudo más. Había que tirar un cadáver sobre la mesa de negociaciones. Y los Montoneros apostaron duro: titaron el de Rucci. Ese mismo día la derecha peronista mató a Enrique Grynberg, un militante de la Juventud Peronista. Empezaba la masacre. A partir de aquí, la gente se asusta. Se comienza a perder el trabajo territorial, de base. El “pueblo peronista se va a su casa”. Siempre que hubo violencia el pueblo peronista se fue a su casa. Se lo había enseñado Perón: “de casa al trabajo y del trabajo a casa”, les indicó en los momentos más fragosos de 1955. Los Montoneros los espantaron. Se acabó esa consiga “a la lata, al latero, las casas peronistas son fortines montoneros”. Era una típica consigna de trabajo de superficie, barrial, villero. La izquierda peronista conocía mal al manso “pueblo peronista”, hijo dilecto del Estado de Bienestar. Pero los Montoneros lo conocían peor. Matar a Rucci fue el paradigma de ese desconocimiento. Estaba mucho más cerca del verdadero “pueblo peronista” Rucci negociando con Gelbard y Perón la Ley de Contratos de Trabajo que los iracundos Montoneros asesinándolo. A “nadie” le cayó bien el acribillamiento de Rucci. Los militantes de superficie se sintieron desconcertados. ¿De dónde provenían esas decisiones tan radicales? De la conducción. ¿En manos de qué conducción se estaba? ¿Cómo resolvía la conducción lo que había que hacer? En principio: “no consultando, en absoluto, con los cuadros de superficie”. Para la conducción, los cuadros de superficie eran los “perejiles”. Ya hablaremos de ellos. Eran los mejores de esta historia tramada entre la derecha fascista que Perón sostenía (era, directamente, su entorno) y la conducción Montoneros ya en manos absolutas, totales, de Firmenich y Galimberti.
Luego de la muerte de Perón pasan a la clandestinidad. Se acabó la política de superficie. Al acabarse, quedaron, precisamente, “en la superficie” todos los que habían creído en una política territorial. Este error roza lo imperdonable. Entregaron a los “perejiles” a las balas de la derecha lopezreguista. Además, desde la clandestinidad, retomaron activamente las operaciones armadas. Y comenzaron a apostar al golpe de Estado. Aquí entra la teoría de la hecatombe. “Cuanto peor, mejor”. Juzgaban que el gobierno peronista era un colchón que impedía al “pueblo” visualizar a las verdaderas fuerzas enfrentadas: Ejército y Guerrilla. No bien el “pueblo” viera esta antinomia optaría por la guerrilla y se uniría a la revolución montonera. Todo esto precipitó el golpe del 24 de marzo, tal como lo deseaban. Resulta muy difícil –cuando se piensa en “este” período y en las trágicas consecuencias que provocó- no repudiarlos visceralmente.
Durante este período –es decir, a partir del pasaje a la clandestinidad- deja de existir lo que había sido (entre 1969 y 1973) la izquierda peronista. Quedan los Montoneros. Con su iluminismo, su vanguardismo, sus desvaríos militaristas, su desdén por la vida y por las masas. La izquierda peronista marcha al exilio, cambia de casa, vive aterrorizada o es secuestrada y asesinada en los campos de concentración de la dictadura. “Porque los militares videlistas fueron terriblemente vengativos”. A nadie le perdonarían haber pertenecido a la izquierda peronista: ni a un maestro rural, ni a un militante villero, ni a un integrante de una comisión interna fabril, ni a un sacerdote del Tercer Mundo ni a un adolescente de la Unión de Estudiantes Secundarios. Llegaron decididos a matarlos a todos. Entre tanto, la conducción de Montoneros se instalaba en el exterior, en México, en París, y planificaba patéticas, delirantes, macabras contraofensivas.
Desesperantemente, el gobierno peronista adelanta para noviembre de 1976 unas elecciones presidenciales que debían ocurrir en 1977. La dirigencia política se moviliza cuanto puede. Se consolidan acuerdos, candidaturas. Oscar Alende habla por la cadena nacional y advierte que “nunca ningún golpe militar trajo nada bueno”. Pero Ricardo Balbín (que había, además, denunciado la “guerrilla en las fábricas”) dice la frase más desdichada de su vida política: “Me piden soluciones, no las tengo”. Los militares, agradecidos: la dirigencia política no tiene soluciones, ¿qué mejor justificación para el golpe de Estado? Los Montoneros, por su parte, siguen entregados a una violencia implacable. Favorecen, claro, a los militares. Cuanta más violencia, más necesaria se vuelve la intervención “correctiva” del Ejército. Los empresarios, la oligarquía, los sectores medios, todos reclaman el golpe. Todos quieren orden.
El golpe se produce el 24 de marzo de 1976. La fecha más triste y macabra de la historia argentina”.

Fuente: http://www.portalplanetasedna.com.ar/terrorismo_estado.htm