Hola gente como andan… hoy les traigo otra historia que espero les divierta…
Sin más que decir, aquí vamos.
Corría el mes de diciembre del año 2010, las clases habían terminado y el verano se avecinaba. Yo había dejado atrás las malas compañías amistosas para reencontrarme con viejos amigos del barrio pero las marcas del pasado se veían manifiestas en mi epidermis. Tenía un par de tatuajes caseros en las piernas que me recordaban cotidianamente lo toxicas que son algunas personas y lo influenciable que puede llegar a ser uno con tal de encajar hasta el punto de arrastrarse hacia la decadencia, siguiendo al ‘’líder’’ como si se tratase de un juego híbrido entre el ‘’Simon dice’’ y la ‘’ruleta rusa``.

Estos dibujos mal hechos que pigmentaban de forma desprolija los costados de mis gemelos eran un símbolo de lo que no debía volver a hacer en mi vida si quería conservar mi integridad y afán de progreso. Pero bueno, lo hecho, hecho está y borrarlos con cirugía láser lejos de evaporar mis acciones pasadas, solo iba a hacer desaparecer los garabatos subcutáneos y el dinero de mi vieja.

Lo importante era que ya no pertenecía a los ‘’mala fama’’ y podía volver a rodearme de gente que no estaba dispuesta a apuñalarte por un cruce de miradas desafortunado. Me encontraba en el anteúltimo año de secundaria, a punto de rendir la única materia aplazada en ese año: matemáticas, y mi vieja estaba al pie del cañón para asegurarse de que me fuese bien. Ella era profesora de matemáticas y por eso se me hacía imposible escapar de su presencia en esta situación que me acontecía, ella iba a ser quién me prepararía para dar el examen y eso significaba aguantarme los regaños y las tiradas de oreja que formaban parte de su particular método pedagógico.

Pero lo último que yo tenía ganas de hacer en esos cálidos días cargados de novedades era encerrarme a estudiar, las renovadas amistades me garantizaban momentos muy agradables con gente nueva: cervezas en la vereda al atardecer, asados en el balneario a la noche, largas charlas hasta la madrugada contemplando las estrellas y fumando un cigarro.

Uno de mis viejos amigos, con el cual retomé relación, también había incursionado en el mundo de las compañías turbias pero se había alejado un tanto antes que yo. Además de compartir la infancia y miles de anécdotas, también teníamos en común las marcas en la piel, él se había iniciado en esta práctica motivado por la misma persona que yo. Por este motivo éramos el centro de atención en el nuevo grupo y algunos anhelaban imitar nuestras pasadas acciones al deslumbrarse con las historias que les contábamos con una exageración brutal.

Estas nuevas personas eran distintas a las que acostumbraba frecuentar, eran pibes tranquilos que no se metían en líos y por eso pasamos a convertirnos en líderes por nuestra experiencia en el rubro del vandalismo. Pero en fin, no teníamos intención de llevarnos por delante a nadie, solo queríamos pasarla bien y disfrutar del verano, cabe destacar que en el nuevo grupo había pibas, así que todo era más interesante aún.

Un día Un pibe del grupo, fascinado por nuestros tatuajes , me pidió que le haga uno; olvide decirles que yo conocía perfectamente la técnica y me había convertido en un experto, es más, la mayoría de los mamarrachos míos y los de mi amigo eran obra de mis manos. La técnica consistía en lo siguiente, solo hacia falta una aguja, tinta china y un poco de hilo. Se debía enrollar el hilo en la aguja formando un pequeño ovillo y dejando sobresalir una punta de menos de 2mm. Este ovillo servía de tope para que la aguja no se entierre por demás y a su vez acumulaba la tinta para luego liberarla tras el pinchazo. Yo había sofisticado el método mecanizando el artefacto, pero intimidaba demasiado y la mayoría optaban por no exponerse a el.

Cuando este muchacho me pidió que estampase su pierna con la inicial de su nombre al principio me negué, tenía una mala experiencia con esto de ser ele hereje en cuestión; pero al final me convenció.
Así que una tarde nos juntamos en la casa de otro pibe, y ya con todos los elementos necesarios emprendí la riesgosa tarea. Preparé la aguja, la empape en tinta, esterilicé la zona con alcohol, creo que no hizo falta afeitar ya qué el muchacho era bastante lampiño; y comencé a pinchar… Tres o cuatro pinchazos fueron suficientes para que mi paciente se sintiera en una película de SAW, de inmediato empezó a sangrar y se impresionó tanto que me tuve que detener. Solo había alcanzado a dibujar una pequeña línea de 1cm y al parecer eso sería todo por ese día. Me alivié de saber que ya no me pediría que lo vuelva a intentar y también me sentí libre de culpas por no haberle arruinado la pierna, después de todo, esa pequeña marca a penas se veía.

Pasaron algunos días desde aquella ocasión, yo me encontraba encerrado en mi casa subordinado por las exigencias de mi vieja para que me ponga a estudiar; cuando de repente llaman a la puerta. Era el pibe del tattoo fallido acompañado de mi amigo de la infancia y otro pibe más, ni bien abrí la puerta me comunicaron cual sería el plan para esa calurosa tarde. Resulta que habían contactado a un tipo que se dedicaba a hacer tatuajes caseros pero con una maquina bastante sofisticada, y lo mejor de todo era que no cobraba sino que lo hacía de onda. Me resulto absurdo que alguien que no conocíamos pudiera ofrecer ese servicio sin pedir nada a cambio pero no me quería perder ningún detalle así que sin dudar me sumé a la travesía del día.

Le dije a mi mamá que saldría a despejarme un rato y que volvería pronto para seguir resolviendo logaritmos e identidades trigonométricas, olvidé mencionar que el examen era al otro día.

Mientras nos dirigíamos al sitio en donde se llevaría a cabo el acto, pude hacer que me ampliaran la información. Resulta que el tipo era conocido de un conocido de un amigo del pibe y se había ofrecido a socorrer su petición por mera buena voluntad; el problema era que vivía muy lejos, en una zona no muy recomendada para transitar. Ese detalle me lleno de intranquilidad, tenía experiencia metiéndome en sitios recónditos y hostiles y temía volver a caer en alguna trampa para idiotas; pero seguí caminando junto a ellos a pesar de que el camino ya auguraba un mal resultado.

Comenzamos a transitar alejados barrios con ranchos deteriorados, calles de tierra llenas de baches y terrenos baldíos muy descuidados; yo me arrepentía de no haber preguntado antes la ubicación del lugar, de haber sabido me hubiese vestido de otra forma para camuflarme en el entorno.

Yo tenía puesto una remera que básicamente decía ‘’cáguenme a palos’’ por sus colores y estampado, en ese entonces recuerdo que se discriminaba mucho por la ropa y llevar una prenda del bando contrario podía condenarte a muerte. Ante esta situación optamos en usar las remeras del revés, es decir con las costuras para afuera y de esta manera ocultar un poco nuestro look la clase alta.
Y así fue como tras una larga, calurosa y polvorienta caminata llegamos a nuestro objetivo, con las etiquetas de la remera para afuera y una mueca de incertidumbre.

Estábamos frente en una especie de desarmadero de autos, nos rodeaban jaurías de perros sarnosos y agresivos, éramos intimidados por quienes transitaban en bicicletas recién robadas rumbo a conseguir su dosis diaria de paco; pero ahí estábamos, acompañando a nuestro amigo en su capricho.


Pronto nos encontramos con la persona que buscábamos, un flaco con pinta de buen pibe y facha de skater o algo así. Debo reconocer que su aspecto me dio cierta calma, no parecía ser un asesino serial ni un secuestrador, así que tal vez saldríamos de esa situación sin correr riesgos.

Pero toda esa tranquilidad se evaporó cuando me enteré que no era el quién tatuaría a mi amigo, sino que este pibe era quién nos guiaría hacia la guarida del verdadero tatuador. Deduje que si necesitábamos llegar hasta ese hostil basural para encontrar a quién nos llevase al verdadero sitio, dicho lugar debía ser una especie de selva impenetrable llena de peligros.

Podría haber puesto la excusa del estudio para volverme a mi casa, pero sinceramente me daba miedo volverme solo, así que seguí adelante con el grupo.

Tras adentrarnos más y más por los más recónditos huecos de los suburbios, pudimos encontrar la vivienda del susodicho en cuestión. Era la única casa en varias cuadras a la redonda, más que una casa se veía como un ranchito en medio de un baldío rodeado de arbustos.

Aplaudimos para ser escuchados ya que no nos atrevíamos a avanzar sin consentimiento por miedo a recibir un balazo, y del interior del rancho emergió una mina de unos 30 años (en realidad tal vez tenía mucha menos edad, pero el deterioro de vivir en esas condiciones dificulta deducir con exactitud). La mina nos dio la señal para que ingresemos y tras esquivar algunos arbustos llegamos a la puerta de la choza. El piso era de tierra, las paredes sin revocar y no tenía más de dos ambientes; pero se podía observar un televisor LSD alimentado por una antena de DirecTV y un gran equipo de música que se saturaba con una cumbiancha de lo más desagradable.

Entramos y ahí estaba el tipo, sentado en la mesa, acondicionando la maquinola y ojeando un libro con diseños para tatuar. Nos presentamos, no recuerdo su nombre y dudo haber dicho el mío; en realidad el resto de nosotros no éramos protagonistas de esa situación por lo cual no hacía falta entablar diálogo, quién debía socializar era el pibe que se iba a someter al antihigiénico proceso.

De inmediato se dispuso a elegir el diseño que se perpetuaría en la piel y al decidirse con uno se dispusieron a comenzar. Yo observaba la maquinita y notaba una gran similitud con el invento mío, por lo que no anticipé un buen resultado, pero di por muerto a nuestro camarada cuando noté que utilizaría una aguja usada para pincharlo.

No dije nada al respecto por miedo a ofender, cualquier comentario acerca del peligro de no cambiar la aguja podría tomarse como un insulto hacia la salud e higiene del tipo. Por suerte el tatuador tomo conciencia de esto y antes de pinchar por primera vez a mi amigo le pidió a su concubina que traiga una aguja nueva. La mujer acudió a su petición, buscó en un mueble y tras encontrar lo que buscaba se acerco nuevamente con el artilugio punzante, mientras se pinchaba el dedo con el para verificar su eficacia. Al fin y al cabo mi amigo no contaría con el lujo de no contagiarse sida, pero bueno, todo tiene su precio.

La mina le entrego la aguja al tipo, este la ensambló con la máquina de manera muy rústica y le suministró corriente eléctrica mediante un tomacorrientes que chispeaba ante el más mínimo movimiento.

El escenario era deplorable, mi amigo corría riesgo de muerte pero no había marcha atrás, después de haberle hecho perder tanto tiempo al tipo, cancelar el plan hubiese sido un buen motivo para despertar su furia. Y así fue como comenzó la acción, la aguja se introducía en la pierna de mi amigo dejando un surco de tinta que complementaba al pequeño trazo hecho por mí. Pronto todo empezó a tomar forma y esos trazos se convirtieron en un pintoresco diseño que conformaba una letra ‘’C’’ de aspecto gótico.


Cuando estuvieron de acuerdo con el resultado dieron por concluido el proceso y tras un intercambio de elogios y agradecimientos todos nos despedimos con un apretón de manos, al final el tipo era buena gente, seguramente en su próximo raid delictivo evitaría asaltarnos…

Al salir de la choza vimos que había anochecido, ahora tendríamos que atravesar la jungla bajo el manto de la nocturnidad.

Por suerte logramos llegar sanos y salvos cada cual a su casa, aunque mi integridad física volvía a correr peligro… ahí estaba mi mamá, esperándome para amasijarme a palos por haberme ausentado toda la tarde a horas de rendir el examen… Al final me fue como el culo y arrastré la materia hasta el año siguiente.
Sin más que decir, aquí vamos.
Corría el mes de diciembre del año 2010, las clases habían terminado y el verano se avecinaba. Yo había dejado atrás las malas compañías amistosas para reencontrarme con viejos amigos del barrio pero las marcas del pasado se veían manifiestas en mi epidermis. Tenía un par de tatuajes caseros en las piernas que me recordaban cotidianamente lo toxicas que son algunas personas y lo influenciable que puede llegar a ser uno con tal de encajar hasta el punto de arrastrarse hacia la decadencia, siguiendo al ‘’líder’’ como si se tratase de un juego híbrido entre el ‘’Simon dice’’ y la ‘’ruleta rusa``.

Estos dibujos mal hechos que pigmentaban de forma desprolija los costados de mis gemelos eran un símbolo de lo que no debía volver a hacer en mi vida si quería conservar mi integridad y afán de progreso. Pero bueno, lo hecho, hecho está y borrarlos con cirugía láser lejos de evaporar mis acciones pasadas, solo iba a hacer desaparecer los garabatos subcutáneos y el dinero de mi vieja.

Lo importante era que ya no pertenecía a los ‘’mala fama’’ y podía volver a rodearme de gente que no estaba dispuesta a apuñalarte por un cruce de miradas desafortunado. Me encontraba en el anteúltimo año de secundaria, a punto de rendir la única materia aplazada en ese año: matemáticas, y mi vieja estaba al pie del cañón para asegurarse de que me fuese bien. Ella era profesora de matemáticas y por eso se me hacía imposible escapar de su presencia en esta situación que me acontecía, ella iba a ser quién me prepararía para dar el examen y eso significaba aguantarme los regaños y las tiradas de oreja que formaban parte de su particular método pedagógico.

Pero lo último que yo tenía ganas de hacer en esos cálidos días cargados de novedades era encerrarme a estudiar, las renovadas amistades me garantizaban momentos muy agradables con gente nueva: cervezas en la vereda al atardecer, asados en el balneario a la noche, largas charlas hasta la madrugada contemplando las estrellas y fumando un cigarro.

Uno de mis viejos amigos, con el cual retomé relación, también había incursionado en el mundo de las compañías turbias pero se había alejado un tanto antes que yo. Además de compartir la infancia y miles de anécdotas, también teníamos en común las marcas en la piel, él se había iniciado en esta práctica motivado por la misma persona que yo. Por este motivo éramos el centro de atención en el nuevo grupo y algunos anhelaban imitar nuestras pasadas acciones al deslumbrarse con las historias que les contábamos con una exageración brutal.

Estas nuevas personas eran distintas a las que acostumbraba frecuentar, eran pibes tranquilos que no se metían en líos y por eso pasamos a convertirnos en líderes por nuestra experiencia en el rubro del vandalismo. Pero en fin, no teníamos intención de llevarnos por delante a nadie, solo queríamos pasarla bien y disfrutar del verano, cabe destacar que en el nuevo grupo había pibas, así que todo era más interesante aún.

Un día Un pibe del grupo, fascinado por nuestros tatuajes , me pidió que le haga uno; olvide decirles que yo conocía perfectamente la técnica y me había convertido en un experto, es más, la mayoría de los mamarrachos míos y los de mi amigo eran obra de mis manos. La técnica consistía en lo siguiente, solo hacia falta una aguja, tinta china y un poco de hilo. Se debía enrollar el hilo en la aguja formando un pequeño ovillo y dejando sobresalir una punta de menos de 2mm. Este ovillo servía de tope para que la aguja no se entierre por demás y a su vez acumulaba la tinta para luego liberarla tras el pinchazo. Yo había sofisticado el método mecanizando el artefacto, pero intimidaba demasiado y la mayoría optaban por no exponerse a el.

Cuando este muchacho me pidió que estampase su pierna con la inicial de su nombre al principio me negué, tenía una mala experiencia con esto de ser ele hereje en cuestión; pero al final me convenció.
Así que una tarde nos juntamos en la casa de otro pibe, y ya con todos los elementos necesarios emprendí la riesgosa tarea. Preparé la aguja, la empape en tinta, esterilicé la zona con alcohol, creo que no hizo falta afeitar ya qué el muchacho era bastante lampiño; y comencé a pinchar… Tres o cuatro pinchazos fueron suficientes para que mi paciente se sintiera en una película de SAW, de inmediato empezó a sangrar y se impresionó tanto que me tuve que detener. Solo había alcanzado a dibujar una pequeña línea de 1cm y al parecer eso sería todo por ese día. Me alivié de saber que ya no me pediría que lo vuelva a intentar y también me sentí libre de culpas por no haberle arruinado la pierna, después de todo, esa pequeña marca a penas se veía.

Pasaron algunos días desde aquella ocasión, yo me encontraba encerrado en mi casa subordinado por las exigencias de mi vieja para que me ponga a estudiar; cuando de repente llaman a la puerta. Era el pibe del tattoo fallido acompañado de mi amigo de la infancia y otro pibe más, ni bien abrí la puerta me comunicaron cual sería el plan para esa calurosa tarde. Resulta que habían contactado a un tipo que se dedicaba a hacer tatuajes caseros pero con una maquina bastante sofisticada, y lo mejor de todo era que no cobraba sino que lo hacía de onda. Me resulto absurdo que alguien que no conocíamos pudiera ofrecer ese servicio sin pedir nada a cambio pero no me quería perder ningún detalle así que sin dudar me sumé a la travesía del día.

Le dije a mi mamá que saldría a despejarme un rato y que volvería pronto para seguir resolviendo logaritmos e identidades trigonométricas, olvidé mencionar que el examen era al otro día.

Mientras nos dirigíamos al sitio en donde se llevaría a cabo el acto, pude hacer que me ampliaran la información. Resulta que el tipo era conocido de un conocido de un amigo del pibe y se había ofrecido a socorrer su petición por mera buena voluntad; el problema era que vivía muy lejos, en una zona no muy recomendada para transitar. Ese detalle me lleno de intranquilidad, tenía experiencia metiéndome en sitios recónditos y hostiles y temía volver a caer en alguna trampa para idiotas; pero seguí caminando junto a ellos a pesar de que el camino ya auguraba un mal resultado.

Comenzamos a transitar alejados barrios con ranchos deteriorados, calles de tierra llenas de baches y terrenos baldíos muy descuidados; yo me arrepentía de no haber preguntado antes la ubicación del lugar, de haber sabido me hubiese vestido de otra forma para camuflarme en el entorno.

Yo tenía puesto una remera que básicamente decía ‘’cáguenme a palos’’ por sus colores y estampado, en ese entonces recuerdo que se discriminaba mucho por la ropa y llevar una prenda del bando contrario podía condenarte a muerte. Ante esta situación optamos en usar las remeras del revés, es decir con las costuras para afuera y de esta manera ocultar un poco nuestro look la clase alta.
Y así fue como tras una larga, calurosa y polvorienta caminata llegamos a nuestro objetivo, con las etiquetas de la remera para afuera y una mueca de incertidumbre.

Estábamos frente en una especie de desarmadero de autos, nos rodeaban jaurías de perros sarnosos y agresivos, éramos intimidados por quienes transitaban en bicicletas recién robadas rumbo a conseguir su dosis diaria de paco; pero ahí estábamos, acompañando a nuestro amigo en su capricho.


Pronto nos encontramos con la persona que buscábamos, un flaco con pinta de buen pibe y facha de skater o algo así. Debo reconocer que su aspecto me dio cierta calma, no parecía ser un asesino serial ni un secuestrador, así que tal vez saldríamos de esa situación sin correr riesgos.

Pero toda esa tranquilidad se evaporó cuando me enteré que no era el quién tatuaría a mi amigo, sino que este pibe era quién nos guiaría hacia la guarida del verdadero tatuador. Deduje que si necesitábamos llegar hasta ese hostil basural para encontrar a quién nos llevase al verdadero sitio, dicho lugar debía ser una especie de selva impenetrable llena de peligros.

Podría haber puesto la excusa del estudio para volverme a mi casa, pero sinceramente me daba miedo volverme solo, así que seguí adelante con el grupo.

Tras adentrarnos más y más por los más recónditos huecos de los suburbios, pudimos encontrar la vivienda del susodicho en cuestión. Era la única casa en varias cuadras a la redonda, más que una casa se veía como un ranchito en medio de un baldío rodeado de arbustos.

Aplaudimos para ser escuchados ya que no nos atrevíamos a avanzar sin consentimiento por miedo a recibir un balazo, y del interior del rancho emergió una mina de unos 30 años (en realidad tal vez tenía mucha menos edad, pero el deterioro de vivir en esas condiciones dificulta deducir con exactitud). La mina nos dio la señal para que ingresemos y tras esquivar algunos arbustos llegamos a la puerta de la choza. El piso era de tierra, las paredes sin revocar y no tenía más de dos ambientes; pero se podía observar un televisor LSD alimentado por una antena de DirecTV y un gran equipo de música que se saturaba con una cumbiancha de lo más desagradable.

Entramos y ahí estaba el tipo, sentado en la mesa, acondicionando la maquinola y ojeando un libro con diseños para tatuar. Nos presentamos, no recuerdo su nombre y dudo haber dicho el mío; en realidad el resto de nosotros no éramos protagonistas de esa situación por lo cual no hacía falta entablar diálogo, quién debía socializar era el pibe que se iba a someter al antihigiénico proceso.

De inmediato se dispuso a elegir el diseño que se perpetuaría en la piel y al decidirse con uno se dispusieron a comenzar. Yo observaba la maquinita y notaba una gran similitud con el invento mío, por lo que no anticipé un buen resultado, pero di por muerto a nuestro camarada cuando noté que utilizaría una aguja usada para pincharlo.

No dije nada al respecto por miedo a ofender, cualquier comentario acerca del peligro de no cambiar la aguja podría tomarse como un insulto hacia la salud e higiene del tipo. Por suerte el tatuador tomo conciencia de esto y antes de pinchar por primera vez a mi amigo le pidió a su concubina que traiga una aguja nueva. La mujer acudió a su petición, buscó en un mueble y tras encontrar lo que buscaba se acerco nuevamente con el artilugio punzante, mientras se pinchaba el dedo con el para verificar su eficacia. Al fin y al cabo mi amigo no contaría con el lujo de no contagiarse sida, pero bueno, todo tiene su precio.

La mina le entrego la aguja al tipo, este la ensambló con la máquina de manera muy rústica y le suministró corriente eléctrica mediante un tomacorrientes que chispeaba ante el más mínimo movimiento.

El escenario era deplorable, mi amigo corría riesgo de muerte pero no había marcha atrás, después de haberle hecho perder tanto tiempo al tipo, cancelar el plan hubiese sido un buen motivo para despertar su furia. Y así fue como comenzó la acción, la aguja se introducía en la pierna de mi amigo dejando un surco de tinta que complementaba al pequeño trazo hecho por mí. Pronto todo empezó a tomar forma y esos trazos se convirtieron en un pintoresco diseño que conformaba una letra ‘’C’’ de aspecto gótico.


Cuando estuvieron de acuerdo con el resultado dieron por concluido el proceso y tras un intercambio de elogios y agradecimientos todos nos despedimos con un apretón de manos, al final el tipo era buena gente, seguramente en su próximo raid delictivo evitaría asaltarnos…

Al salir de la choza vimos que había anochecido, ahora tendríamos que atravesar la jungla bajo el manto de la nocturnidad.

Por suerte logramos llegar sanos y salvos cada cual a su casa, aunque mi integridad física volvía a correr peligro… ahí estaba mi mamá, esperándome para amasijarme a palos por haberme ausentado toda la tarde a horas de rendir el examen… Al final me fue como el culo y arrastré la materia hasta el año siguiente.
