La Pobreza y su Futuro
Las dificultades de definir a la pobreza y a los pobres presenta aristas casi ascéticas en el vocabulario normal y cotidiano, no se llama a las cosas por su nombre-en algunos casos- por el temor a ofender la dignidad de los afectados, cuando realmente lo que se se ofende es la inteligencia de muchos, que saben escuchar lo que no se dice y leer lo que algunos entrelíneas se animan a parafrasear. (Hay una mordaza potencial establecida por el estado a los principales medios de prensa)
Definir lo que observamos como un nivel de vida “ pobre”, es difícil.
Eventualmente suele reemplazarse el término-pobre- por “careciente”, “humilde”, cuando en el primer caso, careciente, puede que comprenda una parte de las necesidades insatisfechas, tal los casos de alimentos, remedios etc. En cuanto a humilde, debemos aceptar que tal término representa una virtud, y que la misma no abunda. A muchos sería necesario aplicarles unas pinceladas de tal aditamento.La humildad consiste en callar virtudes y permitirle a los demás descubrirlas.
La pobreza que abarca a una gran franja de nuestra sociedad, es de carácter estructural, ese tipo de pobreza será muy difícil erradicarla, llevará generaciones producir un cambio y el mismo tiene que ser una decisión que en parte surja precisamente desde ese sector, y por otra lado el estado debe poner la otra gran cuota, que casualmente no es la que últimamente venimos observando. No se soluciona la pobreza pagándole al FMI por adelantado, no se reduce la pobreza manteniendo en un paupérrimo nivel el ingreso de los jubilados, que por otra parte puede observarse al sistema que alimenta dichos ingresos cada vez más próximo a colapsar, ya que los aportes de los activos son muy inferiores a la necesidad inmediata, esto tiene mucho que ver por la falta de un real control en el empleo “en negro”, una tarea de inalienable responsabilidad del estado. Mucho menos se soluciona la pobreza sino se invierte como se debe en educación, ya que es la base de una sociedad que pretende un futuro de grandeza en base a las riquezas que la naturaleza dotó a nuestra Argentina.
Lo peor es que parecen cada vez mas cercanos caber en el planeta dos estilos de consumo y de vida; uno para los ricos que exigen el monopolio de ciertos nichos de actividad dominante y se expande en las élites periféricas y que siempre será de acceso minoritario, destruyendo la viabilidad y la dignidad del consumo medianamente aceptable de la otra gran porción, algunos de los cuales quedan sin la posibilidad de seguir trabajando y viviendo como antes y sin acceso a la modernidad. Los que tienen trabajo reciben magros ingresos, y eso parece tender la futura regla para que cierren los números, que se disfrazan bajo la palabreja tan de moda “competitividad”. A los que han quedado fuera del sistema, se les ha hecho perder la culturización devenida del trabajo y en su reemplazo se les construye un limbo configurado por los programas de asistencia social.
El pobre de los años noventa se siente necesariamente un rezagado; alguien que quedó atrás cuando todos los demás lograron avanzar y parecen estar disfrutando los beneficios del progreso y el consumo moderno, que ofrecía el neoliberalismo. Lo muestra en sus imágenes la tele, y no puede sino repetir constantemente la promesa implícita porque otra cosa sería revelar el engaño del fin de la pobreza.
Corremos el riesgo de que haya cada día más dependientes, del asistencialismo, ya que no vemos el necesario vigor en políticas tendientes a un fuerte crecimiento del empleo y a una mejora de la situación de los actuales subempleados o empleos en negro. Esta situación no es culpa exclusiva de erróneas políticas de estado, sino de el excesivo egoísmo de ciertos representantes de multinacionales o grupos empresarios nacionales, que la única fórmula que tienen conocida par aumentar sus ganancias, es a costa de menor reconocimiento al trabajo. Lo demuestra la última reunión mundial de La cumbre de la Organización Mundial del Comercio (OMC) realizada en Hong Kong, que mostró inicialmente un enfrentamiento abierto entre la UE y EE UU a cuenta de los subsidios a la agricultura, una de las trabas para avanzar en la liberalización del comercio mundial y en la lucha contra la pobreza. Se ha denunciado que Washington emplea la ayuda alimentaria a países pobres para subvencionar la venta de sus productos agrícolas.
“Es esencial que se reduzcan los subsidios para (alcanzar) cualquier acuerdo”, han apuntado los principales observadores, en referencia a los compromisos que la OMC busca para avanzar en la negociación de la Ronda de Doha, lanzada hace cuatro años para la liberalización del comercio mundial. El resultado finalmente fue que se deberemos esperar hasta el 2013 para la eliminación de los subsidios. No dudamos que en el lapso que resta para esa fecha, se produzcan serias alteraciones de equilibrio entre países pobres y ricos, aparejando ello una doble circunstancia de inestabilidad y una casi inexistente eliminación de la actual situación en que se encuentra la pobreza en el mundo y por ende en nuestro continente y país.
No nos referimos a aquellos pobres dignos, trabajadores, autosuficientes que podían ser el sustento de una sociedad democrática, esos lamentablemente han sido reducidos a un grupo que no marca en las estadísticas. La enorme preocupación existe con los nuevos pobres, desempleados o subocupados, insatisfechos, encandilados por el faro de una modernidad que los reduce a la improductividad y a la pérdida de sus recursos individuales y colectivos. Pobres que buscan trabajo y se les ofrece caridad; sus capacidades no son únicamente redundantes, sino incluso marginales y escasas ante un mundo de modernidad técnica que se le vino encima, sin que desde el estado y desde las organizaciones civiles, se haya previsto una situación interna y global de que ello, producto de la globalización fatalmente sucedería.
El mercado ha sido rediseñado sólo para los productivos y eficientes. Los pobres son más, pero parecen menos en su presencia social, en su capacidad para incidir en el rumbo nacional, en sus apariciones en la televisión, en la que se asoman como marginados, fracasados o antisociales. Son menos porque se han quedado sin discurso y sin rumbo propio; el mensaje de la modernización es apabullante. Aparecen como pseudos representantes de ese grupo marginado, los llamados líderes piqueteros, de los cuales ya se han ocupado con amplitud los distintos medios de sus dudosas relaciones con el poder de turno, de las cuantiosas prebendas que reciben, del aparato clientelístico que se ha formado, y finalmente de un futuro preocupante para una Argentina que muestra una macroeconomía pujante, exclusivamente producto de una situación mundial que tiene sus límites como todo ciclo. Cuando ello acabe no habremos sabido aprovechar tal rédito, y tendremos que esperar muchos años más para que aparezca una situación semejante. Preguntémonos que sucederá entonces.
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