La religión en las tribus de Norteamérica
El hilo de la vida
Cuando el jefe Seattle escribía en su carta al presidente de los Estados Unidos de América "Hombre blanco: no tejemos la vida; somos tan sólo uno de sus hilos. Si deshaces el tejido te deshaces a ti mismo", estaba ofreciendo una aproximación muy lúcida al concepto principal de las religiones nativas de Norteamérica: la espiritualidad sencilla y en armonía con la naturaleza.
Como otras culturas, los indios nortemericanos no entienden la religión como los occidentales. Para nosotros, este término está lleno de implicaciones abstractas, pues refiere un culto a algo que está fuera del plano material o terreno. En cambio ellos tienen una concepción mucho más tangible, ya que identifican el mundo que conocen (tierra, nubes, lagos, plantas, animales) con lo sagrado. Por ello, por ejemplo, el dios principal de los sioux-oglalas (Dakota del Sur) es descendiente de un búfalo, es decir, del animal que durante siglos les ha proporcionado sustento.
Como ocurre con sus parientes lejanos de Latinoamérica, creen que el paso entre el mundo del más allá y el del más acá no es tan abrupto. De ahí la importancia de los chamanes, que son los principales intermediarios entre dos mundos que no están claramente separados como en otras religiones, sino unidos por vínculos materiales.
De norte a sur encontramos indios yuma, navajos, cherokees, apaches, shoshoni, winnebago, arapahoes, cheyennes, dakotas, pies negros, aleutianos y esquimales, entre muchos otros grupos étnico-culturales.
Sabemos que todos estos grupos fueron masacrados por el hombre blanco y confinados en pequeñas reservas. Aun así, el ingente número de pueblos dispersos que forman la población indígena hace que no podamos centrarnos en ninguna tribu concreta. Haremos un repaso general de los rasgos comunes que presentan sus cultos, poniendo, eso sí, ejemplos concretos de cada cultura.
Los hombres sagrados y sus visiones
Uno de los rasgos comunes es la necesidad de un proceso de iniciación para lo místico. Determinados conceptos sagrados otorgan mucho poder y sería peligroso que cualquiera accediera a ellos, por lo que sólo unos pocos elegidos (los hechiceros) pueden iniciarse en el uso de la magia y el contacto con los espíritus. Por ejemplo, los wicasa-wakan ("hombres sagrados", es decir, chamanes sioux) acceden al conocimento del mundo de los espíritus a través de una visión. A partir de ella, adquieren poder sobre la realidad y pueden interceder ante los dioses para ganar batallas, curar enfermedades o hacer que llueva, entre muchas otras cosas.
Otro detalle común a muchas de estas culturas es la concepción de la muerte como una transición. Los ritos que la envuelven provienen de la creencia de que la condición humana tiene diversas implicaciones espirituales más allá de la vida que conocemos. Es decir, que la muerte no es más que el tránsito hacia un nuevo tipo de vida, diferente según las personas. Esto emparienta esta religión con las más antiguas creencias de Egipto o con el budismo.
La religión de estos pueblos se transmite de forma oral y se suele dar gran importancia a los lugares: muchos enclaves son sagrados, por lo que las ceremonias deben celebrarse siempre en ellos, ya que así lo designaron los dioses. Esto da la medida de lo trágico que debió de ser para muchas de estas tribus verse desplazadas por la civilización estadounidense y canadiense a lugares que no eran aquellos en los que siempre habían vivido. Especialmente conflictivas fueron pérdidas como la Torre del Diablo, en Wyoming, o el Monte Graham, en Arizona.
Ética y religión
Un gran número de los mandamientos de estas religiones tienen algo de simple ética comunal: la generosidad y la solidaridad son valoradas por encima de muchas otras cosas. Los indígenas de la Costa del Noroeste (nutkas, yakimas) tienen la obligación religioso-política de compartir riquezas. Esta especie de comunismo primitivo los emparienta curiosamente con los indígenas del sur de Chile (justo en el otro extremo del larguísimo continente). La participación en las ceremonias y en la comunidad suele ser más importante que la creencia en sí. La doctrina es menos importante que el comportamiento de los fieles. Ejemplo de ello es el caso de los indios pueblo (Nuevo México), cuyo calendario ritual rige el trabajo comunal, y los beneficios se reparten a partes iguales entre todos los miembros de la tribu.
La importancia de la entrada en la edad adulta es otro rasgo común a estas culturas, como ocurre también en muchos pueblos africanos. Los niños son informados muy pronto de sus obligaciones familiares y con la comunidad, y en el paso al estado adulto deben superar una serie de pruebas, a veces crueles.
Se ha producido un cierto sincretismo debido al afán cristianizador de los misioneros que han convivido con los nativos durante los últimos doscientos años. Pero por tratarse de una conversión forzada, el sincretismo suele ser un disfraz que los nativos dan al hecho de seguir con sus antiguas creencias. Cuando se prohibió la danza del Sol, muchos nativos dijeron creer en un Dios único, en principio el de los cristianos, pero lo que estaban haciendo era mantener el culto al Sol bajo la apariencia del nuevo dios impuesto. No obstante, no todos lo pueblos nativos son politeístas; hay culturas, como la iroquesa, que antes de la llegada de los misioneros ya tenían la concepción de un dios principal, omnipotente, creador y perfecto.
Dos ejemplos de cómo se ha combinado la tradición con la renovación religiosa en Norteamérica son la Iglesia Nativa Americana y el Movimiento de la Danza de los Espíritus. Ambas han conseguido unificar tribus distintas en un mismo culto. La primera surgió en Nuevo México y, combinando ritos de los pueblos mesoamericanos con conceptos del cristianismo, se ha extendido de costa a costa de Estados Unidos. La Danza de los Espíritus fue prohibida por el gobierno en 1890, pero ha resurgido recientemente y es una reacción que podríamos llamar "indiocentrista" a las religiones oficiales impuestas de Norteamérica.
En la actualidad, por tanto, la recuperación del orgullo indio en Norteamérica, y la exigencia de respeto hacia las antiguas tradiciones significan un reequilibrio entre la tradición y la modernidad.
Fauna sagrada entre los indios norteamericanos
Los indios norteamericanos, desde Alaska hasta la frontera con México, identifican lo religioso con la naturaleza. La armonía con parajes, plantas y animales fue la clave del sentimiento trascendente del indígena de esta vasta zona del Nuevo Continente. Según la mitología de los indios nez percé, por ejemplo, antes de la llegada del hombre había existido un pueblo animal.
Como ejemplo muy conocido, el búfalo ha pasado a la mitología popular entre los indios como el animal sagrado por excelencia. Pero son muchos más los que se incluyen en las diversas leyendas de creación y mitos de las tribus norteamericanas.
Águila: Según los nez percé, primer animal alado que compareció en el escrutinio del pueblo animal. Es la reina de las aves y su vuelo majestuoso no puede ser igualado.
Alce: Animal sagrado para los sioux, que valoraban especialmente su carne. Según los nez percé, el alce fue el pimer animal que se sometió a la prueba para determinar qué criaturas volarían, cuáles se arrastrarían, cuáles andarían y cuáles nadarían.
Antílope: Según los gros ventres, el antílope forma una tríada de animales sagrados, junto con el bisonte y el alce: los tres eran las presas favoritas de la deidad cazadora Cuerpo Chamuscado.
Arrendajo: Animal que suele estar presente en las diversas mitologías indias. Desempeña un papel divertido: viene a ser el bufón, como a veces lo es también el coyote, eterno cazador cazado.
Búfalo (o Bisonte): Animal sagrado y centro del culto ceremonial de los sioux, kiowas y assininboin, pueblos que dependían de su carne para el sustento y de su gruesa piel para soportar los duros inviernos. La danza del sol está muy relacionada con su culto.
Búho: Según las leyendas hidatsa, pueblo del Missouri, el búho es un aliado del mítico guerrero Collar de Cuervo, a quien asesoraba con su clarividencia sobre el pasado, el presente y el futuro. En la mitología assininboin existe también un hombre-búho. Según los esquimales, fue el búho quien tiñó de un negro intenso, con grasa de ballena, las plumas de su amigo el cuervo.
Carnero: Animal de las Montañas Rocosas, cuya piel era muy apreciada por los indios pueblo y assininboin.
Ciervo: Animal sagrado para los sioux. Su piel se utilizaba para vestir a las mujeres y en las celebraciones. El gamo cumplía una función similar.
Coyote: Según los sioux, uno de los hijos de Iya y, por tanto, enemigo del género humano. Según los mandan de Missouri, animal sagrado en que se convirtió el Hombre Único cuando su misión creadora estuvo cumplida. Según los nez percé, animal que suplió su carencia de cualidades físicas con la astucia, y por ello es muy admirado.
Cuervo: En la mitología de los esquimales, único animal que puede acompañar a los muertos hasta la Aurora Boreal. Según los mandan, será un cuervo blanco quien anuncie el fin del mundo a los hombres.
Grulla: Según los indígenas del área de Vancouver, se trata de doncellas que se convirtieron en pájaro y, llévandose los moluscos que formaban parte de su dieta, huyeron de la zona donde habían vivido, pero regresan todos los años.
Iya: Según las leyendas sioux, espíritu maléfico que adoptaba la forma de un gigante y luchaba contra los héroes sioux enviándoles a sus dos hijos: el coyote y el árbol de las serpientes. Fue vencido por el Chico de Piedra.
Lobo: Según los assininboin, animal sagrado, símbolo del ardor guerrero. El héroe de este pueblo se llamaba Lobo Hambriento. Entre los kiowas es conocida la historia del Muchacho Lobo, un personaje que fue recogido por una manada de lobos, que le ayudaron a vengarse de quien lo había abandonado.
Oso: Entre los sioux, el Gran Oso era un maléfico aliado de Iya en su lucha contra los seres humanos. Para los nez percé, rey de los animales que andan y muy temido por el hombre. Entre los shasta es también el señor de los animales.
Perro: Como en el mundo ocidental, fiel compañero del hombre. Según los couer d'alene, Perro era amigo de Lobo, hasta que fue a robar a los humanos la chispa del fuego y nunca volvió con Lobo: prefirió las comodidades humanas y se olvidó de su misión.
Polla de agua: Según las leyendas de los mandan, animal primigenio que poblaba los lagos en los que el Hombre Único fabricó el barro del que saldrían el resto de animales.
Rana: Según la mitología mandan, la Abuela Rana fue el primer animal que se dio cuenta de que el Hombre Único estaba superpoblando la Tierra de animales. Para compensarlo, propuso el crear el concepto de muerte. El resto de animales aceptaron, pero ella fue la primera en morir.
Salmón: Es un animal muy importante para las tribus del área de Vancouver, ya que era la base de su sustento y el rey de los animales acuáticos.
Serpiente: Según casi todas las mitologías indígenas, animal perverso. En una leyenda de los cowlitz, el Hombre de Misterio las ahogó, erradicándolas de los lugares sagrados. Según los sia, de Nuevo México, la serpiente es paradigma de astucia, pues consigue engañar incluso al coyote.
Wayinkan: En la mitología sioux, animal mitológico cuyo nombre significa "pájaro del trueno". Era considerado una divinidad que al pasar por el cielo ensordecía a los demás animales.
Zorro: Por su inteligencia, desempeña un papel similar al del coyote. Para los pit river, el zorro y su ayudante el coyote fueron los creadores del mundo.
El mito de la creación para los comanches de Texas
La leyenda de La-Que-Ama-Mucho-A-Su-Pueblo
La aportación personal a la acción creadora de la Divinidad es una pauta común en las más diversas religiones a lo largo de la historia.
El faraón egipcio ejercía los rituales matutinos para restablecer el orden creador; Adán y Eva tenían que abstenerse de comer del árbol de la ciencia como aportación ecológica al equilibrio de la creación; Jesucristo, con su muerte y resurrección, restableció este orden; a través de sucesivas purificaciones y reencarnaciones, la ascesis budista permite que la persona se integre en el universo.
Son ejemplos de cómo la humanidad ha entendido que cada uno debe realizar su aportación personal, su sacrificio, al acto creador iniciado por la Divinidad.
Entre los indios comanches de Texas, esta aportación personal se reflejaba en la leyenda de una flor llamada, entre otros nombres, Wolf Flower, y también Conejo. La leyenda permanece viva en la actualidad, conservada en forma de cuento para niños, como tantas otras leyendas antiquísimas.
El pueblo comanche no conocía la idea de un solo Dios o un solo Gran Espíritu. Ellos adoraban a muchos espíritus, cada uno de los cuales representaba una acción. Por ejemplo, invocaban al espíritu del ciervo para obtener la agilidad, al espíritu del águila para conseguir fuerza, al importante espíritu del búfalo para obtener buena caza.
Según la leyenda, en un invierno de los tiempos pretéritos, la lluvia no cayó en las praderas de Texas. La sequía fue tan grande que ahuyentó la caza y sembró el hambre. La muerte abatió a los hombres y diezmó las tribus del pueblo comanche.
Entre los pocos hambrientos que quedaron vivos se encontraba la huérfana Muy-Sola, a quien en tiempo de prosperidad sus padres habían confeccionado un muñeco de piel de ante, con los rasgos del rostro pintados con jugo de bayas y plumas azules de guerrero coronando su cabeza. La niña quería mucho a su muñeco.
Un día, a la hora de la puesta del sol, el sacerdote de la tribu, que había subido al monte para consultar a los espíritus, regresó y dijo: "El pueblo se ha vuelto egoísta; durante años lo ha obtenido todo de la tierra sin devolver nada. Los grandes espíritus dicen que el pueblo ha de ofrecer un sacrificio. Cada uno de nosotros ha de quemar lo más valioso que podamos ofrecer. Las cenizas de la ofrenda serán desparramadas en el Hogar de los Vientos. Cuando el sacrificio se haya consumado, se acabarán la sequía y el hambre, y la muerte ya no os amenazará".
Los hombres pensaron que sus más apreciados arcos con sus correspondientes flechas no agradarían a los espíritus; lo mismo pensaron las mujeres acerca de sus hermosas mantas teñidas a mano. Sólo Muy-Sola comprendió que debía quemar su muñeco: "Tú eres lo más valioso que tengo. Es a ti a quien quieren los grandes espíritus".
Y así, cuando la hoguera del consejo se extinguía y la gente se había recogido en sus tipis para dormir, la pequeña Muy-Sola tomó su muñeco y una tea de la hoguera y subió al monte para ofrecer su sacrificio.
Pensó en su abuela y su abuelo, en su mamá y su papá, a quienes el hambre había devorado; pensó en lo que quedaba de su gente y, antes de que pudiera arrepentirse, prendió fuego al muñeco. Se quedó mirando la pequeña hoguera hasta que las llamas se apagaron y las cenizas se enfriaron; entonces las tomó en sus manos y las esparció por el Hogar de los Vientos, por el norte y el este, el sur y el oeste. Y se durmió hasta el amanecer. Cuando despertó, el suelo se hallaba cubierto de flores azules como las plumas prendidas del cabello de su muñeco allí donde habían caído las cenizas.
Y cuando el pueblo salió de sus tiendas, entendió el fenómeno como un milagro que simbolizaba el perdón de los grandes espíritus. Entonces empezó a caer una lluvia tibia y el suelo reseco volvió a cobrar vida. La gente comprendió que por encima del egoísmo reinante entre las tribus, el sacrificio de la pequeña les había salvado de la extinción.
A partir de entonces, Muy-Sola recibió el nombre de La-Que-Ama-Mucho-A-Su-Pueblo.
Otras leyendas de creación entre los indios de Norteamérica
La identificación con la naturaleza por parte de los indios norteamericanos, como en todas las civilizaciones antiguas, influye en sus leyendas de creación. En ellas se advierte hasta qué punto fueron sensibles al entorno natural en el que vivieron.
Según los indios mandan, el mundo era sólo plantas, agua y arena hasta que el Hombre Único mezcló arena con agua y del barro fue dando forma a los diversos animales que hoy la pueblan.
Para los esquimales, el cielo proviene de las disputas de una familia celestial: ante la mirada de sus padres, el hermano hizo enfadar a la hermana, que le persiguió con un tizón encendido: él se convirtió en la luna y ella en el sol.
Los indios pit river tienen un leyenda según la cual hombres y mujeres fueron creados por Coyote y Lobo a partir de las virutas que salieron raspando con un cuchillo unos palos de madera.
Por último, para los shasta, existe un creador llamado Chareya o el Anciano de lo Alto, que descendió sobre la tierra desierta y plantó los primeros árboles. Luego sopló sobre las hojas caídas y se convirtieron en pájaros. Rompiendo ramas, hizo al resto de animales.
La religión en el México antiguo
Los antecesores de los mayas y los aztecas
Las culturas olmeca, teotihuacana y tolteca poseyeron una religiosidad cuyos elementos rituales y artísticos impusieron una visión del mundo común a casi toda la Mesoamérica precolombina.
En lengua náhuatl, olmeca significa "habitante del país del caucho", porque su origen se encuentra en las regiones mexicanas de Tabasco y Veracruz, en una gran llanura que cruzan caudalosos ríos. La cultura olmeca se desarrolló entre 1200 a.C. y 400 d.C., y resulta difícil obtener muchos datos sobre ella. Muchos detalles nos han llegado a través de los mayas, sobre los que ejercieron una gran influencia.
Uno de los pocos complejos arqueológicos que nos dan bastante información sobre los olmecas es el enclave de La Venta, al sur de Veracruz, que incluye la más importante pirámide de esta cultura que se conserva, además de los mosaicos con cabezas de jaguar y las enigmáticas esculturas. Además de las de La Venta, en otros enclaves se han encontrado cabezas gigantes coronadas con extraños cascos, que probablemente representaban a dioses, aunque es difícil decirlo con seguridad.
Las estelas halladas en Tres Zapotes entroncan el rito calendárico olmeca con el maya, ya que sus jeroglíficos incluyen la fecha más antigua que existe en los calendarios mesoamericanos. También son destacables los altares en forma de boca de jaguar y los sostenidos por atlantes, detalle mitológico que la cultura teotihuacana reprodujo algún tiempo después.
Se antoja evidente que la divinidad principal de los olmecas debía ser representada por un jaguar, animal muy común en casi todos los panteones precolombinos. Aparte de los altares, la figura de este felino aparece en los sarcófagos, las máscaras y las esculturas gigantes. Una de las piezas conservadas parece representar a un jaguar copulando con una mujer, lo que tal vez sea un mito explicativo de la naturaleza antropomorfa del dios jaguar. Otros animales (serpientes, águilas) también están presentes en el arte olmeca, lo cual sugiere que el elemento antropomorfo de sus dioses fue un precedente adaptado posteriormente por teotihuacanos, mayas y aztecas. No en vano, varios estudiosos han denominado a la olmeca la cultura madre de Mesoamérica.
Teotihuacán: la morada de los dioses
No debe extrañar el título de este apartado: en náhuatl la palabra Teotihuacán significa literalmente "Casa de los dioses", aunque en la actualidad se la conoce como la ciudad de las pirámides y es uno de los enclaves arqueológicos más visitados de Centroamérica.
Era una ciudad-estado de gran posperidad y cargada de elementos míticos: como muchos rincones de la ciudad, la pirámide del Sol está construida teniendo en cuenta detalles astronómicos y mágicos. Recientemente se ha desbubierto debajo de su base una cueva antiquísima que era lugar de peregrinación y contiene varias tumbas. No por casualidad se construyó la ciudad posterior sobre este santuario. En México siempre se han venerado las cuevas como lugares sagrados: en ellos se establecía un punto de encuentro entre lo terreno y lo sobrenatural. Algunos antropólogos relacionan estos lugares con la figura materna: según un texto contenido en códices náhuatl, la Luna nació en la cueva de Teotihuacán.
Los constructores de Teotihuacán se plantearon su diseño como una imagen del cosmos, de igual modo que los aztecas consideraban Tenochtitlán el centro del universo. Las pirámides estaban comunicadas por una avenida principal, llamada la calle de los Muertos. La disposición de la pirámide del Sol es cuando menos curiosa: está erigida en un punto que guarda una perfecta armonía con los movimientos celestes, y en algunos de sus rincones sagrados se podía observar con exactitud la puesta de sol o los movimientos de las Pléyades.
El carácter de eje del mundo no es la única aportación teotihuacana a las culturas posteriores: también lo es su reorganización del panteón mesoamericano y la importancia del juego de pelota, así como las estatuas de Quetzalcóatl, divinidad estrella de los mayas y aztecas y que, como veremos enseguida, era el centro de la leyenda tolteca.
Los toltecas: la leyenda del hombre-dios
Tras la decadencia de Teotihuacán, varias poblaciones se unieron para crear la gran Tula o Tollán, otra ciudad-estado de los refinados toltecas: un pueblo que, según la leyenda, vivió feliz durante un tiempo en Tollán, gobernado por Quetzalcóatl. Este personaje era el héroe y no debe confundirse con el dios: más bien era su representante o personificación. Quetzalcóatl -la serpiente emplumada- dictaba las leyes y edificó una pirámide y cuatro templos que señalaban a los cuatro puntos cardinales. También instauró las autoinmolaciones, aunque no permitía los sacrificios humanos.
El equilibrio tolteca fue roto, siempre según las leyendas conservadas en varios códices, por la aparición del malvado Tezcatlipoca, que pretendía introducir en el reino tolteca los sacrificios humanos que la serpiente emplumada no permitía. Tezcatlipoca causó con sus malas artes la ruina del soberano, que tuvo que huir de Tollán, aunque otras versiones dicen que se autoinmoló quemándose.
La leyenda también afirma que tal vez un día la serpiente emplumada vuelva y restaure su reino. La identificación hombre-dios de Quetzalcóatl es una característica básica de la cultura tolteca, pero ejerció gran influencia en la civilización azteca. En esta figura se aúnan el poder cosmogónico y creador del dios con el poder político y de liderazgo del soberano.
El arquetipo de la serpiente emplumada ha llegado hasta nosotros como algo inmutable dentro del cambiante mundo de las religiones mesoamericanas.
La religión de los pueblos aztecas
Un culto apasionado y dual
La civilización que floreció durante más de dos siglos alrededor de la fastuosa ciudad de Tenochtitlán, considerada el centro del mundo por sus habitantes, se caracterizó por un culto que exaltaba por igual la crueldad y la belleza.
El conocimiento que tenemos de la religión azteca es un complejo mosaico formado por las piezas que sobrevivieron al violento giro histórico que supuso la conquista española (1521) del imperio cuya rutilante capital era Tenochtitlán, que en aquella época tenía más de 300 000 habitantes.
El término azteca fue popularizado por los investigadores del siglo XIX, especialmente Humboldt y Prescott, pero es históricamente incorrecto, ya que hace referencia a los ancestros de los moradores de Tenochtitlán. Para hablar de la civilización que floreció alrededor de esta ciudad-estado desde 1300 hasta la llegada de Hernán Cortés, sería más adecuado hablar de civilización mexica o incluso de cultura tenochta (por su localización geográfica), o bien, siguiendo patrones lingüísticos, náhuatl. Sin embargo, para entendernos mejor, utilizaremos el término azteca que, aun siendo inexacto, es el más universal.
En cualquier caso, tengamos en cuenta que la cultura llamada azteca es una mezcla de elementos de los pueblos que confluyeron en Tenochtitlán durante ese período, especialmente los procedentes de los chichimecas (en concreto, el grupo llamado mexica) y, en menor medida, los de pueblos como los acolhuas, chalcas o tepanecas. Además, incorpora la herencia religiosa y ritual de civilizaciones anteriores. No olvidemos que Tenochtitlán estaba a menos de cincuenta kilómetros de la otra gran tlatocayotl ("ciudad-estado" en náhuatl) de la zona, Teotihuacán. De esta cultura anterior parecen provenir detalles importantes de la religiosidad azteca, por ejemplo, la concepción astrológica y los calendarios. O la distribución (en cuatro elementos siempre organizados en torno a un quinto) de épocas, estructuras sagradas y representaciones de dioses.
Los aztecas consideraban que había habido cuatro épocas anteriores, y las llamaban "soles". La quinta -en la que ellos vivían- era la última y debía acabar con un terrible terremoto, del mismo modo que las otras habían finalizado con grandes catástrofes (lluvias de fuego, huracanes...). Cada vez que acababa una era, quedaba una sola pareja mixta que daba inicio a una nueva progenie. Los dioses, evidentemente, también intervenían en el principio y final de cada etapa, por lo cual era muy importante rendirles el culto adecuado. Los sacrificios humanos que se ofrecían en los ritos aztecas no eran más que una versión humana de los que hacían entre sí los dioses para dar nueva vida al universo.
Cosmología, cosmogonía y divinidades aztecas
La concepción del cosmos en esta cultura es egocéntrica. Todo gira en torno al imperio azteca. Tenochtitlán es el centro del mundo y también del cielo. El mundo es una masa cuadrada de tierra rodeada de agua y los cielos están divididos en trece niveles, en los que moran los diversos dioses. Del mismo modo, bajo tierra existen nueve niveles, el más profundo de los cuales es el que alberga a los muertos.
En cualquier caso, este cosmos tan ordenado no contradice la creencia muy arraigada entre los aztecas de que el universo es dinámico. La inestabilidad es una constante en la visión mítica de los mexica. Los dioses se aman, se reproducen y se matan entre sí, provocando con ello enormes cambios en la realidad. Por ello, para poder controlar o provocar esos cambios, los aztecas creían firmemente en la guerra y los sacrificios rituales, que posibilitaban vida nueva, cosechas provechosas y progreso. La crueldad del rito azteca no es más que una lógica natural que se impone: la vida nace de la muerte.
Las diversas deidades del panteón tenochta eran representadas de modo antropomórfico. Incluso las que son un animal o un objeto inanimado (por ejemplo, Xtol era un perro e Itzli, un cuchillo ceremonial) tienen brazos, piernas, torso y cabeza que humanizan su aspecto. Los dioses eran invisibles, pero los aztecas podían verlos en sueños y visiones.
La lista de deidades del legado azteca sobrepasa las seis decenas, aunque con dioses preponderantes: en el ámbito de la creación cósmica, la deidad determinante era el andrógino Ometeotl, creador del universo. Por debajo de él son importantes sus hijos Tezcatlipoca, muy invocado por los chamanes, y Xiuhtecuhtli (dios del fuego). Por lo que respecta a la guerra, destacan Tomatiuh (divinidad solar) y Mictlantecuhtli, el dios de la muerte, pero sobre todo Huitzilopochtli. Este protector de los aztecas era el que recibía mayor número de sacrificios humanos. Las víctimas solían ser esclavos o guerreros enemigos capturados (en los últimos tiempos, soldados españoles). Después de varios días de preparación ritual y tras un largo suplicio entre el frenesí de diversos instrumentos de percusión, se sacrificaba al prisionero y su corazón era ofrendado al terrible dios, que lo exigía para que su ira fuera aplacada.
También había deidades relacionadas con la fertilidad. La más destacable era Tlaloc, diosa de la lluvia, que ocupaba un lugar tan prominente en el panteón como Huitzilopochtli.
Templos y chamanes
La importancia de lo religioso en el mundo azteca era tal que, desde que nacía hasta que moría, el individuo cumplimentaba estrictamente todas sus actividades relacionadas con el culto. Pero, además, cualquiera de sus otras labores cotidianas estaba bajo la influencia de las prácticas rituales. En el ámbito sociopolítico, el culto contribuía a mantener la estructura jerárquica que regía la sociedad tenochta: los nobles disfrutaban de sus privilegios por voluntad divina.
El templo azteca, llamado teocalli, poseía espacios no sólo para las ceremonias, sino también para dormitorios, escuelas sacerdotales, piscinas sagradas, jardines e instalaciones para el juego de pelota.
Cada dios ejercía una relación tutelar con determinados grupos sociales. Pero el vínculo entre deidad y pueblo estaba muy reforzado por la función de un intermediario: el chamán, llamado en náhuatl teomama. No hay que confundirlo con el sacerdote (teopixqui). Sus funciones y características eran distintas. Los sacerdotes, poseedores de gran poder político, se recluían en una especie de monasterios, practicando la abstinencia sexual, y sólo se socializaban durante las ofrendas y sacrificios. Los chamanes tenían un contacto más directo con la población. Eran considerados hombres-dioses y su poder mágico era ilimitado: accedían a los dioses en visiones y comunicaban sus mandamientos al pueblo, por lo cual eran los encargados de guiar a los aztecas en las diversas migraciones que llevaban a cabo.
Además de sacerdotes y chamanes, existían adivinos, llamados tonalpohualli, que aplicaban el complicado ritualismo del calendario. Las ceremonias podían ser fijas (según el calendario normal de 365 días) o bien movibles: éstas dependían de un ciclo adivinatorio de 260 días y otros ciclos que determinaban la existencia de la buena o la mala suerte para el individuo y la comunidad. Los sacrificios humanos y las ofrendas a las diosas de la fertilidad se regían estrictamente por los diversos ciclos.
El mundo religioso azteca
Amamaxtli: Indumentaria de los sacerdotes para las grandes celebraciones.
Amoxcalli: Literalmente, "Casa de libros", lugar donde se cuidaban los libros nahuas.
Calpulco: Residencia particular de los dioses comunales, o del calpulli.
Calpulli: Núcleo social unido por parentesco, profesión, religiosidad o vivienda.
Cihuacóatl: Deidad serpentiforme que representaba a la Madre Tierra.
Copal: Árbol resinoso del que se extraía el copalli o incienso para las festividades religiosas.
Cuauhnochtli.: Nombre dado a los corazones todavía palpitantes que eran arrancados en los sacrificios humanos a Huitzilopochtli.
Cuauhtli: Águila. Representa al Sol y a la guerra.
Huehuetlatolli: Literalmente, "Palabras de los ancianos", era un código de conducta que los ancianos recitaban a los jóvenes.
Huey miccailhuitl: Gran fiesta de los muertos en la que se sacrificaban en la hoguera prisioneros de guerra y se colocaba la imagen del dios Xocotl en lo alto de un palo engrasado al que debían ascender lo guerreros.
Huitzilopochtli: Dios de la guerra que exigía sacrificios cruentos para sobrevivir y que era la más importante deidad azteca.
Itzli: Cuchillo ceremonial de obsidiana.
Izcalli: Literalmente, "Crecimiento", último mes del calendario azteca; en él se ofrecían sacrificios de niños al dios Tlaloc.
Malinalco: Gran santuario de las órdenes guerreras aztecas, construido en el Cerro de los Ãdolos, a 110 km de Ciudad de México.
Mictlan: Espacio del mundo interior al que estaban destinados quienes tenían una muerte normal.
Motzontecomaitotia: Danza ritual y bélica de los guerreros aztecas con las cabezas de sus enemigos.
Náhuatl: Lengua hablada por los toltecas y los aztecas.
Nemotemi: Nombre de los cinco días inútiles con que se completaba el calendario. Los niños que nacían en estos días solían ser sacrificados.
Panquetzalitzli: Mes del calendario en que se celebraba el nacimiento de Huitzilopochtli, cuya imagen amasada en maíz era comida por todos los asistentes al rito.
Peyotl: Cactus de propiedades alucinógenas usado en ceremonias rituales, magia y curanderismo.
Quecholli: Mes dedicado a honrar a los dioses del infierno, especialmente a Mixcóatl, en cuyo honor se celebraban cacerías y se forjaban armas en los templos.
Quetzal: Pájaro bellísimo, hierofánico y mágico de los aztecas y de los mayas (los mayas lo llamaban Kuk).
Quetzalcóatl: Serpiente emplumada que era a la vez un personaje histórico y dios del viento, de la vida y del amanecer.
Tamoanchan: Región mítica donde viven los muertos, en concreto los que, por su categoría, pueden volver algún día a la Tierra.
Temicamatl: Libro que contenía los códigos de interpretación de los sueños.
Teoatl: Agua divina con la que se nutrían el Sol y la Tierra. No era otra cosa que la sangre derramada por los guerreos y los sacrificados.
Tlacatlaolli: Comida ceremonial hecha de maíz y carne humana ofrendada en sacrificio.
Tonalamatl: Códice sagrado donde estaba escrito el destino.
Xochiquetzal: Diosa del amor, las flores y el acto sexual.
La religión en los pueblos mayas
Las pirámides de América
Diversas culturas precolombinas cuentan con pirámides escalonadas, pero tal vez las más famosas son las construidas por los mayas. Antiguas maravillas arquitectónicas pobladas por el recuerdo de un culto religioso singular y una precisión astronómica no igualada en su época. Vestigios de un pueblo cuyos signos de identidad están muy presentes en parte de la población mexicana y guatemalteca.
Se acostumbra dividir la historia de la civilización maya (que no la de su cultura, ya que ésta pervive aún en los estados mexicanos de Chiapas y Tabasco, Yucatán, toda Guatemala, Belice y parte de Honduras y El Salvador) en varios períodos, que trataremos brevemente en función de sus particularidades religiosas.
Poco sabemos del período preclásico (2000 a.C.-1 d.C.), aparte de la influencia político-social y, por tanto, religiosa de los olmecas.
El período protoclásico (1 d.C.-250 d.C.) ofrece ya rasgos significativos de la civilización maya: su iconografía religiosa (la luna, el día, felinos, serpientes y saurios) todavía está basada en la cultura olmeca, pero presenta elementos de transición hacia la cultura de las estelas, que predomina en el siguiente período.
Las estelas mayas
Típicas del período clásico (250 d.C.-1000 d.C.), se trata de columnas de piedra en que diversas figuras hábilmente talladas representan a los gobernantes, los dioses, las genealogías y los acontecimientos. Profecías y ritos se expresaban en complejos jeroglíficos contenidos en estas estelas, y muchos aún no han sido descifrados. En ellas, los gobernantes se presentaban divinizados y rodeados de símbolos míticos. Estas esculturas se encontraban en complejos arquitectónicos que incluían las famosas pirámides en torno a las cuales se construían plazas. Algunos de estos núcleos centrales donde habitaban los jerarcas políticos y religiosos eran enormes, como el de Tikal, que abarcaba más de cuatro kilómetros cuadrados. Estos centros podían ser mayores o menores y se situaban a una distancia siempre igual (29 km), lo cual da una idea del valor ritual de ciertos elementos geográficos. La presencia de obsidiana verde en algunas de las estelas demuestra la posterior influencia teotihuacana (esa piedra no se encontraba en la zona maya) en el período clásico de la cultura maya, especialmente en la iconografía. De hecho, el famoso dios maya Kukulkán (la serpiente emplumada) no era más que un trasunto del teotihuacano Quetzalcóatl.
La importancia de la astronomía en la cultura y la religión mayas es un dato importante; se sabe que tenían dos calendarios: uno solar de 360 días y otro ritual de 260. El cómputo de los días empezaba en un momento mítico, en el 8238 a.C. La historia del universo empieza cuando Itzam Na, dios de la creación, crea a los dioses de la Luna, la Tierra, los sacrificios, la lluvia, el Sol, el cocodrilo de tierra, el viento, el jaguar, el maíz, la muerte, la serpiente, el joven y el amor. Itzam Na procede entonces a la creación de los mundos terrenales, que concluye en el 353 a.C. para dar inicio a la civilización maya. El mundo terrestre acabará, según profetizan estas estelas, en el año 2012.
La sociedad maya, como la azteca y la inca, estaba fuertemente jerarquizada. El jefe supremo tenía poderes de gobernante, sumo sacerdote y caudillo militar. Por debajo de su autoridad y hasta llegar a los esclavos, había hasta cinco castas más: en las dos de mayor poder se repartían los sacerdotes, que se ocupaban de los ritos cotidianos y de las ceremonias más extraordinarias, como los sacrificios y las autoinmolaciones. El hallazgo de la tumba del rey Pacal en Palenque da algunas pistas sobre la ritualidad de los mayas, especialmente en el tránsito después de la muerte: su esqueleto se hallaba en un ataúd, en cuya tapa estaba el árbol cósmico, que debía mostrarle el camino hacia el mundo de los muertos. El árbol simboliza también los tres niveles del cosmos vertical de los mayas, cielo-tierra-infierno.
La religiosidad maya pasó por una serie de crisis, cuyos motivos desconocemos. La actividad ritual disminuyó en varias ocasiones, lo cual se traducía en un descenso en la construcción de templos o la dedicación de estelas. No obstante, a cada crisis solía seguirle una época de esplendor, lo cual sugiere una relación inestable y compulsiva de los mayas con sus ritos y divinidades.
En los últimos 200 años del período clásico, la crisis parece más profunda y muchos templos empiezan a ser abandonados. La decadencia económica y la invasión de los toltecas pudieron tener algo que ver con esta debacle cultural que hizo que, cuando los españoles llegaron a las zonas mayas en las postrimerías del llamado período posclásico, la mayor parte de sus edificios y ciudades habían sido devorados por la selva.
El Popol Vuh y otros textos del legado maya
Pese a la cremación que los conquistadores llevaron a cabo en un intento de eliminar de raíz la cultura anterior, sobrevivieron algunos textos míticos mayas. Muchos de ellos se transmitieron de forma oral, salvaguardados por la memoria de los indígenas hasta que fueron transcritos a códices muchos años después de la desaparición de la civilización maya.
El Popol Vuh está escrito en dialecto quiché y sus primeros fragmentos recuerdan notablemente el Génesis. Al estilo de los cantares de gesta medievales, el Popol Vuh pudo ser memorizado por un indígena cuando los códices originales fueron destruidos, para después ser reescrito en Chichicastenango. El Popol Vuh es un libro fundacional, mágico, ritual, ejemplarizador y místico. Muchos lectores modernos se han sorprendido de la vigencia de sus enseñanzas y la belleza de sus pasajes, que alternan el tono épico y el poético para hablarnos de la epopeya del hombre, hecho de pasta de maíz (planta sagrada de los mayas), y su relación con los dioses.
Tan importante como el Popol Vuh, aunque tal vez menos divulgado, es el libro de Chilam Balam, un texto de clara raigambre cosmogónica maya al que se dio un barniz cristiano para evitar su quema.
El mundo religioso maya
Sobre la base de una creación del mundo debida a un dios único (Hunab cu), los mayas desarrollaron un intrincado panteón -del que no estaba excluido el funesto planeta Venus- que guarda estrecha relación con el de los otros pueblos de Centroamérica.
Ah kin: Dios del Sol sometido -al igual que IX chel, diosa de la Luna- al imperio del dios de la Tierra, Ah raxa lac.
Ah puch: Dios de la muerte.
Ah raxa lac: Dios de la Tierra; literalmente, "Señor del verde plato".
Ajtijes: Personas elegidas que eran educadas para ejercer las funciones del sacerdocio, la guerra y el gobierno.
Akbal: Dios de la noche, representado por un jaguar. El Sol, durante la noche, desciende al inframundo en la forma de este animal, cuya piel moteada es un símil del cielo nocturno poblado de estrellas y también un símbolo de poder de quienes lo utilizan como vestimenta.
Alom: Diosa Madre; literalmente, "La que engendra a los hijos".
Bacabs: Cuatro dioses tutelares que sostienen la Tierra sobre sus hombros a la manera del coloso Atlas griego.
Balche: Pócima alucinógena utilizada con fines rituales.
Bolon ti cu: Éste es el nombre que reciben las divinidades de la Maldad: los nueve dioses del inframundo que se encuentran en lucha permante con los trece Oxlahun ti cu.
Chac mool: Ãdolo de piedra antropomorfizado que sostiene con ambas manos sobre el vientre una patena para las ofrendas ceremoniales.
Chacs: Dioses de la lluvia, la tempestad y las aguas. Asumen cuatro representaciones en función del punto cardinal y el color que simbolizan.
Chichén-Itzá: Importante enclave ceremonial en Yucatán, centro de peregrinaciones, ritos y sacrificios, con numerosos elementos toltecas.
Chija tzanja: Chamán, especie de sacerdote con poderes mágicos de manipulación entre lo sagrado y lo profano.
Copán: Conjunto arqueológico situado en la actual Honduras, cuyas estelas, glifos calendáricos, templos, subterráneos y estadios para el juego de pelota son importantísimos en el estudio de la cultura maya.
Ec chuan: Dios de la guerra.
Estela: Monolito escultórico de piedra con escritura maya, que tenía grabados en sus frontispicios la historia de pueblos y gobernantes con dibujos antropomorfos y glifos.
Hunab cu: Dios único, padre de Itzam na, que proporciona al hombre el sustento diario.
Itzam na: Dios supremo de los mayas, ubicuo de la tierra y el agua. Está representado por una iguana y tiene todo tipo de poderes sobre los hombres, ya que controla el Sol, la Luna y la lluvia. Se le considera el inventor de la escritura y los libros. Es el dios que da el nombre a los sitios en su calidad de autor de la división de las tierras.
Iun kax: Dios del maíz y de los trabajos agrícolas. Se le representa como un joven con las piernas cruzadas.
IX cacau: Deidad femenina protectora de la planta del cacao.
IX canil: Deidad femenina benefactora de la floración del maíz.
IX chel: Diosa de la Luna.
IX tah: Diosa de los suicidas.
Kukulkán: (en quiché, Gucumatz). Héroe guerrero histórico divinizado. Equivale al Quetzalcóatl del panteón azteca.
Oxlahun ti cu: Las trece deidades del cielo, cuyas moradas están superpuestas en forma de pirámide ascendente.
Pok-tac-pok: Juego ritual de la pelota.
Tikal: Centro arqueológico situado en la actual Guatemala, cuyos centenares de edificios llegaron a albergar en sus tiempos de esplendor a más de cien mil personas.
Tzolkin: Calendario mágico de los mayas. Tenía 260 días.
Voc: Águila. Mensajero de los dioses del cielo.
Xibalba: Ser maligno. Aparición nefasta en un sueño, un trance hipnótico o producida por alguna planta alucinógena.
Zaqui-nin-ac: El gran jabalí blanco, varón de la pareja creadora de los mayas, que aparece acompañado de Zaqui-Nimá-Tziís, gran pisote blanca. También se les llama el Viejo y la Vieja. Son similares a los Manco Cápac y Mama Ocllo de la cultura incaica.
SHALOM
El hilo de la vida
Cuando el jefe Seattle escribía en su carta al presidente de los Estados Unidos de América "Hombre blanco: no tejemos la vida; somos tan sólo uno de sus hilos. Si deshaces el tejido te deshaces a ti mismo", estaba ofreciendo una aproximación muy lúcida al concepto principal de las religiones nativas de Norteamérica: la espiritualidad sencilla y en armonía con la naturaleza.
Como otras culturas, los indios nortemericanos no entienden la religión como los occidentales. Para nosotros, este término está lleno de implicaciones abstractas, pues refiere un culto a algo que está fuera del plano material o terreno. En cambio ellos tienen una concepción mucho más tangible, ya que identifican el mundo que conocen (tierra, nubes, lagos, plantas, animales) con lo sagrado. Por ello, por ejemplo, el dios principal de los sioux-oglalas (Dakota del Sur) es descendiente de un búfalo, es decir, del animal que durante siglos les ha proporcionado sustento.
Como ocurre con sus parientes lejanos de Latinoamérica, creen que el paso entre el mundo del más allá y el del más acá no es tan abrupto. De ahí la importancia de los chamanes, que son los principales intermediarios entre dos mundos que no están claramente separados como en otras religiones, sino unidos por vínculos materiales.
De norte a sur encontramos indios yuma, navajos, cherokees, apaches, shoshoni, winnebago, arapahoes, cheyennes, dakotas, pies negros, aleutianos y esquimales, entre muchos otros grupos étnico-culturales.
Sabemos que todos estos grupos fueron masacrados por el hombre blanco y confinados en pequeñas reservas. Aun así, el ingente número de pueblos dispersos que forman la población indígena hace que no podamos centrarnos en ninguna tribu concreta. Haremos un repaso general de los rasgos comunes que presentan sus cultos, poniendo, eso sí, ejemplos concretos de cada cultura.
Los hombres sagrados y sus visiones
Uno de los rasgos comunes es la necesidad de un proceso de iniciación para lo místico. Determinados conceptos sagrados otorgan mucho poder y sería peligroso que cualquiera accediera a ellos, por lo que sólo unos pocos elegidos (los hechiceros) pueden iniciarse en el uso de la magia y el contacto con los espíritus. Por ejemplo, los wicasa-wakan ("hombres sagrados", es decir, chamanes sioux) acceden al conocimento del mundo de los espíritus a través de una visión. A partir de ella, adquieren poder sobre la realidad y pueden interceder ante los dioses para ganar batallas, curar enfermedades o hacer que llueva, entre muchas otras cosas.
Otro detalle común a muchas de estas culturas es la concepción de la muerte como una transición. Los ritos que la envuelven provienen de la creencia de que la condición humana tiene diversas implicaciones espirituales más allá de la vida que conocemos. Es decir, que la muerte no es más que el tránsito hacia un nuevo tipo de vida, diferente según las personas. Esto emparienta esta religión con las más antiguas creencias de Egipto o con el budismo.
La religión de estos pueblos se transmite de forma oral y se suele dar gran importancia a los lugares: muchos enclaves son sagrados, por lo que las ceremonias deben celebrarse siempre en ellos, ya que así lo designaron los dioses. Esto da la medida de lo trágico que debió de ser para muchas de estas tribus verse desplazadas por la civilización estadounidense y canadiense a lugares que no eran aquellos en los que siempre habían vivido. Especialmente conflictivas fueron pérdidas como la Torre del Diablo, en Wyoming, o el Monte Graham, en Arizona.
Ética y religión
Un gran número de los mandamientos de estas religiones tienen algo de simple ética comunal: la generosidad y la solidaridad son valoradas por encima de muchas otras cosas. Los indígenas de la Costa del Noroeste (nutkas, yakimas) tienen la obligación religioso-política de compartir riquezas. Esta especie de comunismo primitivo los emparienta curiosamente con los indígenas del sur de Chile (justo en el otro extremo del larguísimo continente). La participación en las ceremonias y en la comunidad suele ser más importante que la creencia en sí. La doctrina es menos importante que el comportamiento de los fieles. Ejemplo de ello es el caso de los indios pueblo (Nuevo México), cuyo calendario ritual rige el trabajo comunal, y los beneficios se reparten a partes iguales entre todos los miembros de la tribu.
La importancia de la entrada en la edad adulta es otro rasgo común a estas culturas, como ocurre también en muchos pueblos africanos. Los niños son informados muy pronto de sus obligaciones familiares y con la comunidad, y en el paso al estado adulto deben superar una serie de pruebas, a veces crueles.
Se ha producido un cierto sincretismo debido al afán cristianizador de los misioneros que han convivido con los nativos durante los últimos doscientos años. Pero por tratarse de una conversión forzada, el sincretismo suele ser un disfraz que los nativos dan al hecho de seguir con sus antiguas creencias. Cuando se prohibió la danza del Sol, muchos nativos dijeron creer en un Dios único, en principio el de los cristianos, pero lo que estaban haciendo era mantener el culto al Sol bajo la apariencia del nuevo dios impuesto. No obstante, no todos lo pueblos nativos son politeístas; hay culturas, como la iroquesa, que antes de la llegada de los misioneros ya tenían la concepción de un dios principal, omnipotente, creador y perfecto.
Dos ejemplos de cómo se ha combinado la tradición con la renovación religiosa en Norteamérica son la Iglesia Nativa Americana y el Movimiento de la Danza de los Espíritus. Ambas han conseguido unificar tribus distintas en un mismo culto. La primera surgió en Nuevo México y, combinando ritos de los pueblos mesoamericanos con conceptos del cristianismo, se ha extendido de costa a costa de Estados Unidos. La Danza de los Espíritus fue prohibida por el gobierno en 1890, pero ha resurgido recientemente y es una reacción que podríamos llamar "indiocentrista" a las religiones oficiales impuestas de Norteamérica.
En la actualidad, por tanto, la recuperación del orgullo indio en Norteamérica, y la exigencia de respeto hacia las antiguas tradiciones significan un reequilibrio entre la tradición y la modernidad.
Fauna sagrada entre los indios norteamericanos
Los indios norteamericanos, desde Alaska hasta la frontera con México, identifican lo religioso con la naturaleza. La armonía con parajes, plantas y animales fue la clave del sentimiento trascendente del indígena de esta vasta zona del Nuevo Continente. Según la mitología de los indios nez percé, por ejemplo, antes de la llegada del hombre había existido un pueblo animal.
Como ejemplo muy conocido, el búfalo ha pasado a la mitología popular entre los indios como el animal sagrado por excelencia. Pero son muchos más los que se incluyen en las diversas leyendas de creación y mitos de las tribus norteamericanas.
Águila: Según los nez percé, primer animal alado que compareció en el escrutinio del pueblo animal. Es la reina de las aves y su vuelo majestuoso no puede ser igualado.
Alce: Animal sagrado para los sioux, que valoraban especialmente su carne. Según los nez percé, el alce fue el pimer animal que se sometió a la prueba para determinar qué criaturas volarían, cuáles se arrastrarían, cuáles andarían y cuáles nadarían.
Antílope: Según los gros ventres, el antílope forma una tríada de animales sagrados, junto con el bisonte y el alce: los tres eran las presas favoritas de la deidad cazadora Cuerpo Chamuscado.
Arrendajo: Animal que suele estar presente en las diversas mitologías indias. Desempeña un papel divertido: viene a ser el bufón, como a veces lo es también el coyote, eterno cazador cazado.
Búfalo (o Bisonte): Animal sagrado y centro del culto ceremonial de los sioux, kiowas y assininboin, pueblos que dependían de su carne para el sustento y de su gruesa piel para soportar los duros inviernos. La danza del sol está muy relacionada con su culto.
Búho: Según las leyendas hidatsa, pueblo del Missouri, el búho es un aliado del mítico guerrero Collar de Cuervo, a quien asesoraba con su clarividencia sobre el pasado, el presente y el futuro. En la mitología assininboin existe también un hombre-búho. Según los esquimales, fue el búho quien tiñó de un negro intenso, con grasa de ballena, las plumas de su amigo el cuervo.
Carnero: Animal de las Montañas Rocosas, cuya piel era muy apreciada por los indios pueblo y assininboin.
Ciervo: Animal sagrado para los sioux. Su piel se utilizaba para vestir a las mujeres y en las celebraciones. El gamo cumplía una función similar.
Coyote: Según los sioux, uno de los hijos de Iya y, por tanto, enemigo del género humano. Según los mandan de Missouri, animal sagrado en que se convirtió el Hombre Único cuando su misión creadora estuvo cumplida. Según los nez percé, animal que suplió su carencia de cualidades físicas con la astucia, y por ello es muy admirado.
Cuervo: En la mitología de los esquimales, único animal que puede acompañar a los muertos hasta la Aurora Boreal. Según los mandan, será un cuervo blanco quien anuncie el fin del mundo a los hombres.
Grulla: Según los indígenas del área de Vancouver, se trata de doncellas que se convirtieron en pájaro y, llévandose los moluscos que formaban parte de su dieta, huyeron de la zona donde habían vivido, pero regresan todos los años.
Iya: Según las leyendas sioux, espíritu maléfico que adoptaba la forma de un gigante y luchaba contra los héroes sioux enviándoles a sus dos hijos: el coyote y el árbol de las serpientes. Fue vencido por el Chico de Piedra.
Lobo: Según los assininboin, animal sagrado, símbolo del ardor guerrero. El héroe de este pueblo se llamaba Lobo Hambriento. Entre los kiowas es conocida la historia del Muchacho Lobo, un personaje que fue recogido por una manada de lobos, que le ayudaron a vengarse de quien lo había abandonado.
Oso: Entre los sioux, el Gran Oso era un maléfico aliado de Iya en su lucha contra los seres humanos. Para los nez percé, rey de los animales que andan y muy temido por el hombre. Entre los shasta es también el señor de los animales.
Perro: Como en el mundo ocidental, fiel compañero del hombre. Según los couer d'alene, Perro era amigo de Lobo, hasta que fue a robar a los humanos la chispa del fuego y nunca volvió con Lobo: prefirió las comodidades humanas y se olvidó de su misión.
Polla de agua: Según las leyendas de los mandan, animal primigenio que poblaba los lagos en los que el Hombre Único fabricó el barro del que saldrían el resto de animales.
Rana: Según la mitología mandan, la Abuela Rana fue el primer animal que se dio cuenta de que el Hombre Único estaba superpoblando la Tierra de animales. Para compensarlo, propuso el crear el concepto de muerte. El resto de animales aceptaron, pero ella fue la primera en morir.
Salmón: Es un animal muy importante para las tribus del área de Vancouver, ya que era la base de su sustento y el rey de los animales acuáticos.
Serpiente: Según casi todas las mitologías indígenas, animal perverso. En una leyenda de los cowlitz, el Hombre de Misterio las ahogó, erradicándolas de los lugares sagrados. Según los sia, de Nuevo México, la serpiente es paradigma de astucia, pues consigue engañar incluso al coyote.
Wayinkan: En la mitología sioux, animal mitológico cuyo nombre significa "pájaro del trueno". Era considerado una divinidad que al pasar por el cielo ensordecía a los demás animales.
Zorro: Por su inteligencia, desempeña un papel similar al del coyote. Para los pit river, el zorro y su ayudante el coyote fueron los creadores del mundo.
El mito de la creación para los comanches de Texas
La leyenda de La-Que-Ama-Mucho-A-Su-Pueblo
La aportación personal a la acción creadora de la Divinidad es una pauta común en las más diversas religiones a lo largo de la historia.
El faraón egipcio ejercía los rituales matutinos para restablecer el orden creador; Adán y Eva tenían que abstenerse de comer del árbol de la ciencia como aportación ecológica al equilibrio de la creación; Jesucristo, con su muerte y resurrección, restableció este orden; a través de sucesivas purificaciones y reencarnaciones, la ascesis budista permite que la persona se integre en el universo.
Son ejemplos de cómo la humanidad ha entendido que cada uno debe realizar su aportación personal, su sacrificio, al acto creador iniciado por la Divinidad.
Entre los indios comanches de Texas, esta aportación personal se reflejaba en la leyenda de una flor llamada, entre otros nombres, Wolf Flower, y también Conejo. La leyenda permanece viva en la actualidad, conservada en forma de cuento para niños, como tantas otras leyendas antiquísimas.
El pueblo comanche no conocía la idea de un solo Dios o un solo Gran Espíritu. Ellos adoraban a muchos espíritus, cada uno de los cuales representaba una acción. Por ejemplo, invocaban al espíritu del ciervo para obtener la agilidad, al espíritu del águila para conseguir fuerza, al importante espíritu del búfalo para obtener buena caza.
Según la leyenda, en un invierno de los tiempos pretéritos, la lluvia no cayó en las praderas de Texas. La sequía fue tan grande que ahuyentó la caza y sembró el hambre. La muerte abatió a los hombres y diezmó las tribus del pueblo comanche.
Entre los pocos hambrientos que quedaron vivos se encontraba la huérfana Muy-Sola, a quien en tiempo de prosperidad sus padres habían confeccionado un muñeco de piel de ante, con los rasgos del rostro pintados con jugo de bayas y plumas azules de guerrero coronando su cabeza. La niña quería mucho a su muñeco.
Un día, a la hora de la puesta del sol, el sacerdote de la tribu, que había subido al monte para consultar a los espíritus, regresó y dijo: "El pueblo se ha vuelto egoísta; durante años lo ha obtenido todo de la tierra sin devolver nada. Los grandes espíritus dicen que el pueblo ha de ofrecer un sacrificio. Cada uno de nosotros ha de quemar lo más valioso que podamos ofrecer. Las cenizas de la ofrenda serán desparramadas en el Hogar de los Vientos. Cuando el sacrificio se haya consumado, se acabarán la sequía y el hambre, y la muerte ya no os amenazará".
Los hombres pensaron que sus más apreciados arcos con sus correspondientes flechas no agradarían a los espíritus; lo mismo pensaron las mujeres acerca de sus hermosas mantas teñidas a mano. Sólo Muy-Sola comprendió que debía quemar su muñeco: "Tú eres lo más valioso que tengo. Es a ti a quien quieren los grandes espíritus".
Y así, cuando la hoguera del consejo se extinguía y la gente se había recogido en sus tipis para dormir, la pequeña Muy-Sola tomó su muñeco y una tea de la hoguera y subió al monte para ofrecer su sacrificio.
Pensó en su abuela y su abuelo, en su mamá y su papá, a quienes el hambre había devorado; pensó en lo que quedaba de su gente y, antes de que pudiera arrepentirse, prendió fuego al muñeco. Se quedó mirando la pequeña hoguera hasta que las llamas se apagaron y las cenizas se enfriaron; entonces las tomó en sus manos y las esparció por el Hogar de los Vientos, por el norte y el este, el sur y el oeste. Y se durmió hasta el amanecer. Cuando despertó, el suelo se hallaba cubierto de flores azules como las plumas prendidas del cabello de su muñeco allí donde habían caído las cenizas.
Y cuando el pueblo salió de sus tiendas, entendió el fenómeno como un milagro que simbolizaba el perdón de los grandes espíritus. Entonces empezó a caer una lluvia tibia y el suelo reseco volvió a cobrar vida. La gente comprendió que por encima del egoísmo reinante entre las tribus, el sacrificio de la pequeña les había salvado de la extinción.
A partir de entonces, Muy-Sola recibió el nombre de La-Que-Ama-Mucho-A-Su-Pueblo.
Otras leyendas de creación entre los indios de Norteamérica
La identificación con la naturaleza por parte de los indios norteamericanos, como en todas las civilizaciones antiguas, influye en sus leyendas de creación. En ellas se advierte hasta qué punto fueron sensibles al entorno natural en el que vivieron.
Según los indios mandan, el mundo era sólo plantas, agua y arena hasta que el Hombre Único mezcló arena con agua y del barro fue dando forma a los diversos animales que hoy la pueblan.
Para los esquimales, el cielo proviene de las disputas de una familia celestial: ante la mirada de sus padres, el hermano hizo enfadar a la hermana, que le persiguió con un tizón encendido: él se convirtió en la luna y ella en el sol.
Los indios pit river tienen un leyenda según la cual hombres y mujeres fueron creados por Coyote y Lobo a partir de las virutas que salieron raspando con un cuchillo unos palos de madera.
Por último, para los shasta, existe un creador llamado Chareya o el Anciano de lo Alto, que descendió sobre la tierra desierta y plantó los primeros árboles. Luego sopló sobre las hojas caídas y se convirtieron en pájaros. Rompiendo ramas, hizo al resto de animales.
La religión en el México antiguo
Los antecesores de los mayas y los aztecas
Las culturas olmeca, teotihuacana y tolteca poseyeron una religiosidad cuyos elementos rituales y artísticos impusieron una visión del mundo común a casi toda la Mesoamérica precolombina.
En lengua náhuatl, olmeca significa "habitante del país del caucho", porque su origen se encuentra en las regiones mexicanas de Tabasco y Veracruz, en una gran llanura que cruzan caudalosos ríos. La cultura olmeca se desarrolló entre 1200 a.C. y 400 d.C., y resulta difícil obtener muchos datos sobre ella. Muchos detalles nos han llegado a través de los mayas, sobre los que ejercieron una gran influencia.
Uno de los pocos complejos arqueológicos que nos dan bastante información sobre los olmecas es el enclave de La Venta, al sur de Veracruz, que incluye la más importante pirámide de esta cultura que se conserva, además de los mosaicos con cabezas de jaguar y las enigmáticas esculturas. Además de las de La Venta, en otros enclaves se han encontrado cabezas gigantes coronadas con extraños cascos, que probablemente representaban a dioses, aunque es difícil decirlo con seguridad.
Las estelas halladas en Tres Zapotes entroncan el rito calendárico olmeca con el maya, ya que sus jeroglíficos incluyen la fecha más antigua que existe en los calendarios mesoamericanos. También son destacables los altares en forma de boca de jaguar y los sostenidos por atlantes, detalle mitológico que la cultura teotihuacana reprodujo algún tiempo después.
Se antoja evidente que la divinidad principal de los olmecas debía ser representada por un jaguar, animal muy común en casi todos los panteones precolombinos. Aparte de los altares, la figura de este felino aparece en los sarcófagos, las máscaras y las esculturas gigantes. Una de las piezas conservadas parece representar a un jaguar copulando con una mujer, lo que tal vez sea un mito explicativo de la naturaleza antropomorfa del dios jaguar. Otros animales (serpientes, águilas) también están presentes en el arte olmeca, lo cual sugiere que el elemento antropomorfo de sus dioses fue un precedente adaptado posteriormente por teotihuacanos, mayas y aztecas. No en vano, varios estudiosos han denominado a la olmeca la cultura madre de Mesoamérica.
Teotihuacán: la morada de los dioses
No debe extrañar el título de este apartado: en náhuatl la palabra Teotihuacán significa literalmente "Casa de los dioses", aunque en la actualidad se la conoce como la ciudad de las pirámides y es uno de los enclaves arqueológicos más visitados de Centroamérica.
Era una ciudad-estado de gran posperidad y cargada de elementos míticos: como muchos rincones de la ciudad, la pirámide del Sol está construida teniendo en cuenta detalles astronómicos y mágicos. Recientemente se ha desbubierto debajo de su base una cueva antiquísima que era lugar de peregrinación y contiene varias tumbas. No por casualidad se construyó la ciudad posterior sobre este santuario. En México siempre se han venerado las cuevas como lugares sagrados: en ellos se establecía un punto de encuentro entre lo terreno y lo sobrenatural. Algunos antropólogos relacionan estos lugares con la figura materna: según un texto contenido en códices náhuatl, la Luna nació en la cueva de Teotihuacán.
Los constructores de Teotihuacán se plantearon su diseño como una imagen del cosmos, de igual modo que los aztecas consideraban Tenochtitlán el centro del universo. Las pirámides estaban comunicadas por una avenida principal, llamada la calle de los Muertos. La disposición de la pirámide del Sol es cuando menos curiosa: está erigida en un punto que guarda una perfecta armonía con los movimientos celestes, y en algunos de sus rincones sagrados se podía observar con exactitud la puesta de sol o los movimientos de las Pléyades.
El carácter de eje del mundo no es la única aportación teotihuacana a las culturas posteriores: también lo es su reorganización del panteón mesoamericano y la importancia del juego de pelota, así como las estatuas de Quetzalcóatl, divinidad estrella de los mayas y aztecas y que, como veremos enseguida, era el centro de la leyenda tolteca.
Los toltecas: la leyenda del hombre-dios
Tras la decadencia de Teotihuacán, varias poblaciones se unieron para crear la gran Tula o Tollán, otra ciudad-estado de los refinados toltecas: un pueblo que, según la leyenda, vivió feliz durante un tiempo en Tollán, gobernado por Quetzalcóatl. Este personaje era el héroe y no debe confundirse con el dios: más bien era su representante o personificación. Quetzalcóatl -la serpiente emplumada- dictaba las leyes y edificó una pirámide y cuatro templos que señalaban a los cuatro puntos cardinales. También instauró las autoinmolaciones, aunque no permitía los sacrificios humanos.
El equilibrio tolteca fue roto, siempre según las leyendas conservadas en varios códices, por la aparición del malvado Tezcatlipoca, que pretendía introducir en el reino tolteca los sacrificios humanos que la serpiente emplumada no permitía. Tezcatlipoca causó con sus malas artes la ruina del soberano, que tuvo que huir de Tollán, aunque otras versiones dicen que se autoinmoló quemándose.
La leyenda también afirma que tal vez un día la serpiente emplumada vuelva y restaure su reino. La identificación hombre-dios de Quetzalcóatl es una característica básica de la cultura tolteca, pero ejerció gran influencia en la civilización azteca. En esta figura se aúnan el poder cosmogónico y creador del dios con el poder político y de liderazgo del soberano.
El arquetipo de la serpiente emplumada ha llegado hasta nosotros como algo inmutable dentro del cambiante mundo de las religiones mesoamericanas.
La religión de los pueblos aztecas
Un culto apasionado y dual
La civilización que floreció durante más de dos siglos alrededor de la fastuosa ciudad de Tenochtitlán, considerada el centro del mundo por sus habitantes, se caracterizó por un culto que exaltaba por igual la crueldad y la belleza.
El conocimiento que tenemos de la religión azteca es un complejo mosaico formado por las piezas que sobrevivieron al violento giro histórico que supuso la conquista española (1521) del imperio cuya rutilante capital era Tenochtitlán, que en aquella época tenía más de 300 000 habitantes.
El término azteca fue popularizado por los investigadores del siglo XIX, especialmente Humboldt y Prescott, pero es históricamente incorrecto, ya que hace referencia a los ancestros de los moradores de Tenochtitlán. Para hablar de la civilización que floreció alrededor de esta ciudad-estado desde 1300 hasta la llegada de Hernán Cortés, sería más adecuado hablar de civilización mexica o incluso de cultura tenochta (por su localización geográfica), o bien, siguiendo patrones lingüísticos, náhuatl. Sin embargo, para entendernos mejor, utilizaremos el término azteca que, aun siendo inexacto, es el más universal.
En cualquier caso, tengamos en cuenta que la cultura llamada azteca es una mezcla de elementos de los pueblos que confluyeron en Tenochtitlán durante ese período, especialmente los procedentes de los chichimecas (en concreto, el grupo llamado mexica) y, en menor medida, los de pueblos como los acolhuas, chalcas o tepanecas. Además, incorpora la herencia religiosa y ritual de civilizaciones anteriores. No olvidemos que Tenochtitlán estaba a menos de cincuenta kilómetros de la otra gran tlatocayotl ("ciudad-estado" en náhuatl) de la zona, Teotihuacán. De esta cultura anterior parecen provenir detalles importantes de la religiosidad azteca, por ejemplo, la concepción astrológica y los calendarios. O la distribución (en cuatro elementos siempre organizados en torno a un quinto) de épocas, estructuras sagradas y representaciones de dioses.
Los aztecas consideraban que había habido cuatro épocas anteriores, y las llamaban "soles". La quinta -en la que ellos vivían- era la última y debía acabar con un terrible terremoto, del mismo modo que las otras habían finalizado con grandes catástrofes (lluvias de fuego, huracanes...). Cada vez que acababa una era, quedaba una sola pareja mixta que daba inicio a una nueva progenie. Los dioses, evidentemente, también intervenían en el principio y final de cada etapa, por lo cual era muy importante rendirles el culto adecuado. Los sacrificios humanos que se ofrecían en los ritos aztecas no eran más que una versión humana de los que hacían entre sí los dioses para dar nueva vida al universo.
Cosmología, cosmogonía y divinidades aztecas
La concepción del cosmos en esta cultura es egocéntrica. Todo gira en torno al imperio azteca. Tenochtitlán es el centro del mundo y también del cielo. El mundo es una masa cuadrada de tierra rodeada de agua y los cielos están divididos en trece niveles, en los que moran los diversos dioses. Del mismo modo, bajo tierra existen nueve niveles, el más profundo de los cuales es el que alberga a los muertos.
En cualquier caso, este cosmos tan ordenado no contradice la creencia muy arraigada entre los aztecas de que el universo es dinámico. La inestabilidad es una constante en la visión mítica de los mexica. Los dioses se aman, se reproducen y se matan entre sí, provocando con ello enormes cambios en la realidad. Por ello, para poder controlar o provocar esos cambios, los aztecas creían firmemente en la guerra y los sacrificios rituales, que posibilitaban vida nueva, cosechas provechosas y progreso. La crueldad del rito azteca no es más que una lógica natural que se impone: la vida nace de la muerte.
Las diversas deidades del panteón tenochta eran representadas de modo antropomórfico. Incluso las que son un animal o un objeto inanimado (por ejemplo, Xtol era un perro e Itzli, un cuchillo ceremonial) tienen brazos, piernas, torso y cabeza que humanizan su aspecto. Los dioses eran invisibles, pero los aztecas podían verlos en sueños y visiones.
La lista de deidades del legado azteca sobrepasa las seis decenas, aunque con dioses preponderantes: en el ámbito de la creación cósmica, la deidad determinante era el andrógino Ometeotl, creador del universo. Por debajo de él son importantes sus hijos Tezcatlipoca, muy invocado por los chamanes, y Xiuhtecuhtli (dios del fuego). Por lo que respecta a la guerra, destacan Tomatiuh (divinidad solar) y Mictlantecuhtli, el dios de la muerte, pero sobre todo Huitzilopochtli. Este protector de los aztecas era el que recibía mayor número de sacrificios humanos. Las víctimas solían ser esclavos o guerreros enemigos capturados (en los últimos tiempos, soldados españoles). Después de varios días de preparación ritual y tras un largo suplicio entre el frenesí de diversos instrumentos de percusión, se sacrificaba al prisionero y su corazón era ofrendado al terrible dios, que lo exigía para que su ira fuera aplacada.
También había deidades relacionadas con la fertilidad. La más destacable era Tlaloc, diosa de la lluvia, que ocupaba un lugar tan prominente en el panteón como Huitzilopochtli.
Templos y chamanes
La importancia de lo religioso en el mundo azteca era tal que, desde que nacía hasta que moría, el individuo cumplimentaba estrictamente todas sus actividades relacionadas con el culto. Pero, además, cualquiera de sus otras labores cotidianas estaba bajo la influencia de las prácticas rituales. En el ámbito sociopolítico, el culto contribuía a mantener la estructura jerárquica que regía la sociedad tenochta: los nobles disfrutaban de sus privilegios por voluntad divina.
El templo azteca, llamado teocalli, poseía espacios no sólo para las ceremonias, sino también para dormitorios, escuelas sacerdotales, piscinas sagradas, jardines e instalaciones para el juego de pelota.
Cada dios ejercía una relación tutelar con determinados grupos sociales. Pero el vínculo entre deidad y pueblo estaba muy reforzado por la función de un intermediario: el chamán, llamado en náhuatl teomama. No hay que confundirlo con el sacerdote (teopixqui). Sus funciones y características eran distintas. Los sacerdotes, poseedores de gran poder político, se recluían en una especie de monasterios, practicando la abstinencia sexual, y sólo se socializaban durante las ofrendas y sacrificios. Los chamanes tenían un contacto más directo con la población. Eran considerados hombres-dioses y su poder mágico era ilimitado: accedían a los dioses en visiones y comunicaban sus mandamientos al pueblo, por lo cual eran los encargados de guiar a los aztecas en las diversas migraciones que llevaban a cabo.
Además de sacerdotes y chamanes, existían adivinos, llamados tonalpohualli, que aplicaban el complicado ritualismo del calendario. Las ceremonias podían ser fijas (según el calendario normal de 365 días) o bien movibles: éstas dependían de un ciclo adivinatorio de 260 días y otros ciclos que determinaban la existencia de la buena o la mala suerte para el individuo y la comunidad. Los sacrificios humanos y las ofrendas a las diosas de la fertilidad se regían estrictamente por los diversos ciclos.
El mundo religioso azteca
Amamaxtli: Indumentaria de los sacerdotes para las grandes celebraciones.
Amoxcalli: Literalmente, "Casa de libros", lugar donde se cuidaban los libros nahuas.
Calpulco: Residencia particular de los dioses comunales, o del calpulli.
Calpulli: Núcleo social unido por parentesco, profesión, religiosidad o vivienda.
Cihuacóatl: Deidad serpentiforme que representaba a la Madre Tierra.
Copal: Árbol resinoso del que se extraía el copalli o incienso para las festividades religiosas.
Cuauhnochtli.: Nombre dado a los corazones todavía palpitantes que eran arrancados en los sacrificios humanos a Huitzilopochtli.
Cuauhtli: Águila. Representa al Sol y a la guerra.
Huehuetlatolli: Literalmente, "Palabras de los ancianos", era un código de conducta que los ancianos recitaban a los jóvenes.
Huey miccailhuitl: Gran fiesta de los muertos en la que se sacrificaban en la hoguera prisioneros de guerra y se colocaba la imagen del dios Xocotl en lo alto de un palo engrasado al que debían ascender lo guerreros.
Huitzilopochtli: Dios de la guerra que exigía sacrificios cruentos para sobrevivir y que era la más importante deidad azteca.
Itzli: Cuchillo ceremonial de obsidiana.
Izcalli: Literalmente, "Crecimiento", último mes del calendario azteca; en él se ofrecían sacrificios de niños al dios Tlaloc.
Malinalco: Gran santuario de las órdenes guerreras aztecas, construido en el Cerro de los Ãdolos, a 110 km de Ciudad de México.
Mictlan: Espacio del mundo interior al que estaban destinados quienes tenían una muerte normal.
Motzontecomaitotia: Danza ritual y bélica de los guerreros aztecas con las cabezas de sus enemigos.
Náhuatl: Lengua hablada por los toltecas y los aztecas.
Nemotemi: Nombre de los cinco días inútiles con que se completaba el calendario. Los niños que nacían en estos días solían ser sacrificados.
Panquetzalitzli: Mes del calendario en que se celebraba el nacimiento de Huitzilopochtli, cuya imagen amasada en maíz era comida por todos los asistentes al rito.
Peyotl: Cactus de propiedades alucinógenas usado en ceremonias rituales, magia y curanderismo.
Quecholli: Mes dedicado a honrar a los dioses del infierno, especialmente a Mixcóatl, en cuyo honor se celebraban cacerías y se forjaban armas en los templos.
Quetzal: Pájaro bellísimo, hierofánico y mágico de los aztecas y de los mayas (los mayas lo llamaban Kuk).
Quetzalcóatl: Serpiente emplumada que era a la vez un personaje histórico y dios del viento, de la vida y del amanecer.
Tamoanchan: Región mítica donde viven los muertos, en concreto los que, por su categoría, pueden volver algún día a la Tierra.
Temicamatl: Libro que contenía los códigos de interpretación de los sueños.
Teoatl: Agua divina con la que se nutrían el Sol y la Tierra. No era otra cosa que la sangre derramada por los guerreos y los sacrificados.
Tlacatlaolli: Comida ceremonial hecha de maíz y carne humana ofrendada en sacrificio.
Tonalamatl: Códice sagrado donde estaba escrito el destino.
Xochiquetzal: Diosa del amor, las flores y el acto sexual.
La religión en los pueblos mayas
Las pirámides de América
Diversas culturas precolombinas cuentan con pirámides escalonadas, pero tal vez las más famosas son las construidas por los mayas. Antiguas maravillas arquitectónicas pobladas por el recuerdo de un culto religioso singular y una precisión astronómica no igualada en su época. Vestigios de un pueblo cuyos signos de identidad están muy presentes en parte de la población mexicana y guatemalteca.
Se acostumbra dividir la historia de la civilización maya (que no la de su cultura, ya que ésta pervive aún en los estados mexicanos de Chiapas y Tabasco, Yucatán, toda Guatemala, Belice y parte de Honduras y El Salvador) en varios períodos, que trataremos brevemente en función de sus particularidades religiosas.
Poco sabemos del período preclásico (2000 a.C.-1 d.C.), aparte de la influencia político-social y, por tanto, religiosa de los olmecas.
El período protoclásico (1 d.C.-250 d.C.) ofrece ya rasgos significativos de la civilización maya: su iconografía religiosa (la luna, el día, felinos, serpientes y saurios) todavía está basada en la cultura olmeca, pero presenta elementos de transición hacia la cultura de las estelas, que predomina en el siguiente período.
Las estelas mayas
Típicas del período clásico (250 d.C.-1000 d.C.), se trata de columnas de piedra en que diversas figuras hábilmente talladas representan a los gobernantes, los dioses, las genealogías y los acontecimientos. Profecías y ritos se expresaban en complejos jeroglíficos contenidos en estas estelas, y muchos aún no han sido descifrados. En ellas, los gobernantes se presentaban divinizados y rodeados de símbolos míticos. Estas esculturas se encontraban en complejos arquitectónicos que incluían las famosas pirámides en torno a las cuales se construían plazas. Algunos de estos núcleos centrales donde habitaban los jerarcas políticos y religiosos eran enormes, como el de Tikal, que abarcaba más de cuatro kilómetros cuadrados. Estos centros podían ser mayores o menores y se situaban a una distancia siempre igual (29 km), lo cual da una idea del valor ritual de ciertos elementos geográficos. La presencia de obsidiana verde en algunas de las estelas demuestra la posterior influencia teotihuacana (esa piedra no se encontraba en la zona maya) en el período clásico de la cultura maya, especialmente en la iconografía. De hecho, el famoso dios maya Kukulkán (la serpiente emplumada) no era más que un trasunto del teotihuacano Quetzalcóatl.
La importancia de la astronomía en la cultura y la religión mayas es un dato importante; se sabe que tenían dos calendarios: uno solar de 360 días y otro ritual de 260. El cómputo de los días empezaba en un momento mítico, en el 8238 a.C. La historia del universo empieza cuando Itzam Na, dios de la creación, crea a los dioses de la Luna, la Tierra, los sacrificios, la lluvia, el Sol, el cocodrilo de tierra, el viento, el jaguar, el maíz, la muerte, la serpiente, el joven y el amor. Itzam Na procede entonces a la creación de los mundos terrenales, que concluye en el 353 a.C. para dar inicio a la civilización maya. El mundo terrestre acabará, según profetizan estas estelas, en el año 2012.
La sociedad maya, como la azteca y la inca, estaba fuertemente jerarquizada. El jefe supremo tenía poderes de gobernante, sumo sacerdote y caudillo militar. Por debajo de su autoridad y hasta llegar a los esclavos, había hasta cinco castas más: en las dos de mayor poder se repartían los sacerdotes, que se ocupaban de los ritos cotidianos y de las ceremonias más extraordinarias, como los sacrificios y las autoinmolaciones. El hallazgo de la tumba del rey Pacal en Palenque da algunas pistas sobre la ritualidad de los mayas, especialmente en el tránsito después de la muerte: su esqueleto se hallaba en un ataúd, en cuya tapa estaba el árbol cósmico, que debía mostrarle el camino hacia el mundo de los muertos. El árbol simboliza también los tres niveles del cosmos vertical de los mayas, cielo-tierra-infierno.
La religiosidad maya pasó por una serie de crisis, cuyos motivos desconocemos. La actividad ritual disminuyó en varias ocasiones, lo cual se traducía en un descenso en la construcción de templos o la dedicación de estelas. No obstante, a cada crisis solía seguirle una época de esplendor, lo cual sugiere una relación inestable y compulsiva de los mayas con sus ritos y divinidades.
En los últimos 200 años del período clásico, la crisis parece más profunda y muchos templos empiezan a ser abandonados. La decadencia económica y la invasión de los toltecas pudieron tener algo que ver con esta debacle cultural que hizo que, cuando los españoles llegaron a las zonas mayas en las postrimerías del llamado período posclásico, la mayor parte de sus edificios y ciudades habían sido devorados por la selva.
El Popol Vuh y otros textos del legado maya
Pese a la cremación que los conquistadores llevaron a cabo en un intento de eliminar de raíz la cultura anterior, sobrevivieron algunos textos míticos mayas. Muchos de ellos se transmitieron de forma oral, salvaguardados por la memoria de los indígenas hasta que fueron transcritos a códices muchos años después de la desaparición de la civilización maya.
El Popol Vuh está escrito en dialecto quiché y sus primeros fragmentos recuerdan notablemente el Génesis. Al estilo de los cantares de gesta medievales, el Popol Vuh pudo ser memorizado por un indígena cuando los códices originales fueron destruidos, para después ser reescrito en Chichicastenango. El Popol Vuh es un libro fundacional, mágico, ritual, ejemplarizador y místico. Muchos lectores modernos se han sorprendido de la vigencia de sus enseñanzas y la belleza de sus pasajes, que alternan el tono épico y el poético para hablarnos de la epopeya del hombre, hecho de pasta de maíz (planta sagrada de los mayas), y su relación con los dioses.
Tan importante como el Popol Vuh, aunque tal vez menos divulgado, es el libro de Chilam Balam, un texto de clara raigambre cosmogónica maya al que se dio un barniz cristiano para evitar su quema.
El mundo religioso maya
Sobre la base de una creación del mundo debida a un dios único (Hunab cu), los mayas desarrollaron un intrincado panteón -del que no estaba excluido el funesto planeta Venus- que guarda estrecha relación con el de los otros pueblos de Centroamérica.
Ah kin: Dios del Sol sometido -al igual que IX chel, diosa de la Luna- al imperio del dios de la Tierra, Ah raxa lac.
Ah puch: Dios de la muerte.
Ah raxa lac: Dios de la Tierra; literalmente, "Señor del verde plato".
Ajtijes: Personas elegidas que eran educadas para ejercer las funciones del sacerdocio, la guerra y el gobierno.
Akbal: Dios de la noche, representado por un jaguar. El Sol, durante la noche, desciende al inframundo en la forma de este animal, cuya piel moteada es un símil del cielo nocturno poblado de estrellas y también un símbolo de poder de quienes lo utilizan como vestimenta.
Alom: Diosa Madre; literalmente, "La que engendra a los hijos".
Bacabs: Cuatro dioses tutelares que sostienen la Tierra sobre sus hombros a la manera del coloso Atlas griego.
Balche: Pócima alucinógena utilizada con fines rituales.
Bolon ti cu: Éste es el nombre que reciben las divinidades de la Maldad: los nueve dioses del inframundo que se encuentran en lucha permante con los trece Oxlahun ti cu.
Chac mool: Ãdolo de piedra antropomorfizado que sostiene con ambas manos sobre el vientre una patena para las ofrendas ceremoniales.
Chacs: Dioses de la lluvia, la tempestad y las aguas. Asumen cuatro representaciones en función del punto cardinal y el color que simbolizan.
Chichén-Itzá: Importante enclave ceremonial en Yucatán, centro de peregrinaciones, ritos y sacrificios, con numerosos elementos toltecas.
Chija tzanja: Chamán, especie de sacerdote con poderes mágicos de manipulación entre lo sagrado y lo profano.
Copán: Conjunto arqueológico situado en la actual Honduras, cuyas estelas, glifos calendáricos, templos, subterráneos y estadios para el juego de pelota son importantísimos en el estudio de la cultura maya.
Ec chuan: Dios de la guerra.
Estela: Monolito escultórico de piedra con escritura maya, que tenía grabados en sus frontispicios la historia de pueblos y gobernantes con dibujos antropomorfos y glifos.
Hunab cu: Dios único, padre de Itzam na, que proporciona al hombre el sustento diario.
Itzam na: Dios supremo de los mayas, ubicuo de la tierra y el agua. Está representado por una iguana y tiene todo tipo de poderes sobre los hombres, ya que controla el Sol, la Luna y la lluvia. Se le considera el inventor de la escritura y los libros. Es el dios que da el nombre a los sitios en su calidad de autor de la división de las tierras.
Iun kax: Dios del maíz y de los trabajos agrícolas. Se le representa como un joven con las piernas cruzadas.
IX cacau: Deidad femenina protectora de la planta del cacao.
IX canil: Deidad femenina benefactora de la floración del maíz.
IX chel: Diosa de la Luna.
IX tah: Diosa de los suicidas.
Kukulkán: (en quiché, Gucumatz). Héroe guerrero histórico divinizado. Equivale al Quetzalcóatl del panteón azteca.
Oxlahun ti cu: Las trece deidades del cielo, cuyas moradas están superpuestas en forma de pirámide ascendente.
Pok-tac-pok: Juego ritual de la pelota.
Tikal: Centro arqueológico situado en la actual Guatemala, cuyos centenares de edificios llegaron a albergar en sus tiempos de esplendor a más de cien mil personas.
Tzolkin: Calendario mágico de los mayas. Tenía 260 días.
Voc: Águila. Mensajero de los dioses del cielo.
Xibalba: Ser maligno. Aparición nefasta en un sueño, un trance hipnótico o producida por alguna planta alucinógena.
Zaqui-nin-ac: El gran jabalí blanco, varón de la pareja creadora de los mayas, que aparece acompañado de Zaqui-Nimá-Tziís, gran pisote blanca. También se les llama el Viejo y la Vieja. Son similares a los Manco Cápac y Mama Ocllo de la cultura incaica.
SHALOM