“El papel desempeñado por Estados Unidos en la Guerra de las Falklands fue el deseo de poner fin al programa nuclear argentino”
Es profesor de Historia y Asuntos internacionales de la Universidad George Washington. Escribió más de una docena de libros, de los cuales dos de ellos aportan luz sobre la escalada belicista pergeñada por Thatcher y Reagan desde comienzos de abril de 1982. Fue uno de los panelistas invitados a las conferencias del 19 y 20 de mayo, organizadas por la Royal Navy con motivo del 30º aniversario de la guerra.
Richard Thornton es profesor de Historia y Asuntos internacionales de la Universidad George Washington, Estados Unidos. Escribió más de una docena de libros, de los cuales dos de ellos aportan luz sobre la escalada belicista pergeñada por Thatcher y Reagan desde comienzos de abril. Contrarios a ellos, el canciller de la primera ministra, Francis Pym, y el secretario de Estado, Alexander Haig. Las contradicciones internas y la lucha por el poder en Estados Unidos y Gran Bretaña permiten comprender cabalmente los sucesivos boicoteos a los procesos de paz en abril y primeras semanas de mayo por parte de la administración conservadora. Thornton nos explica también el rol estadounidense en la guerra, pero desde su interés por desmantelar el programa nuclear argentino. Sus conclusiones están sintonía con lo expresado por Lehmnan en la entrevista que oportunamente le realizáramos, unas semanas atrás. Finalmente, cabe destacar que Thorntorn (junto a Lehman) fue uno de los panelistas invitados a las conferencias del 19 y 20 de mayo, organizadas por la Royal Navy con motivo del 30º aniversario. A propósito, preguntamos al profesor estadounidense cómo se entiende que la Armada Real lo haya invitado, por supuesto, contemplando su posición en relación a la guerra. Nos respondió: “Lehman también estuvo en la conferencia de Portsmouth, donde dio el discurso de apertura. Sus observaciones concordaron muy bien con la entrevista que le dio a usted [ver fascículo del 19 de mayo]. También dijo que había estado de acuerdo con todo lo expresado por mí. Los británicos estaban asombrados por mi descripción de la lucha entre facciones entre los Estados Unidos y el Reino Unido. Nadie comprendía al principio, las diferencias abismales entre Pym y Thatcher; muy pocos sabían que Haig y Reagan estaban en veredas opuestas. Parece que tenemos la tendencia de atribuir la política a los líderes individuales y no a los grupos y facciones. Comprensible, pero equivocado. Mientras avanzaba en mi ponencia, la gente fue comprendiendo todo, incluyendo la cuestión vinculada al hundimiento del Belgrano”.
–¿Cómo piensa un especialista estadounidense del Conflicto del Atlántico Sur lo ocurrido en Malvinas en 1982?
–Para los estudiosos británicos, la Guerra de las Falklands es un tema bastante sencillo. La Junta argentina tomó las islas y Margaret Thatcher envió la Fuerza de Tareas para recuperarlas. Después de dos meses y medio de lucha difícil, la victoria fue completa. Caso cerrado. Treinta años después, el resultado permanece sin cambios aunque la cuestión por la que se libró la guerra –la soberanía– sigue sin resolverse. Incluso la mayoría de los libros escritos por autores británicos sobre la guerra versaron sobre la batalla, no sobre la estrategia. Pero el conflicto mirado desde la perspectiva de la estrategia estadounidense, es más complicado. La guerra cambió el curso de tres naciones. La victoria le aseguró a Margaret Thatcher la permanencia en su puesto, permitiéndole llevar a cabo una importante transformación de la sociedad británica: la condujo de una economía de bienestar a una economía de empresa. La Argentina se liberó de una dictadura militar y comenzó a ser gobernada por civiles, una senda pacífica que implicó la desmilitarización y la desnuclearización. En efecto, bajo la Junta militar, Argentina estaba en camino de desarrollar armamento nuclear cuando estalló la guerra.
–¿Y qué pasó con Estados Unidos?
–Logró varios objetivos importantes, pero poco reconocidos. Respecto de Gran Bretaña, obtuvo el fortalecimiento de la relación especial y el firme emplazamiento de un puente con relación a Europa. Respecto de la Argentina, ayudó al restablecimiento del gobierno civil y al fin de la proliferación nuclear, tanto de la Argentina misma como de Brasil. Sí, Brasil, también había emprendido un programa de armas nucleares. Ninguno de estos resultados hubiera sido posible sin la victoria británica en las Islas Falkland.
–¿E internamente?
–La guerra estalló principalmente como una lucha entre facciones durante la administración del presidente Reagan, a su vez intensificando otra lucha en Gran Bretaña. Ambas luchas se entrelazaron con la política de la guerra. En los Estados Unidos, la lucha fue entre el presidente Reagan y su Secretario de Estado, Alexander Haig. Reagan había rechazado la estrategia de distensión perseguida durante los siete años anteriores, desde que Henry Kissinger la inauguró, y decidieron reconstruir el poder estadounidense y resucitar la alicaída alianza occidental. Haig, el acólito de Kissinger, quien representaba lo que he denominado la “nueva facción del orden mundial”, se opuso al presidente en todo momento, tratando de limitar el alcance de la reversión del curso que él pretendía imponer y de mantener abiertas las perspectivas para una futura reconciliación con Moscú. Para justificar la participación en la administración Reagan, los políticos del nuevo orden mundial argumentaron a favor de una “distensión obstinada” pero su objetivo a largo plazo seguía siendo la reconciliación con los rusos.
–Esta contradicción es interesante: ¿Reagan vs Haig?
–Reagan y Haig discutían acerca de todo, incluyendo la estructura misma del proceso de elaboración de políticas. Las políticas respecto de Europa, Japón, China y Oriente Medio, incluido Israel, fueron los principales campos de batalla entre ambos. Como Reagan buscaba ganarse la cooperación de Schmidt, Suzuki y Deng, para adoptar posturas más firmes en contra de Moscú, Haig apoyó las políticas de estos líderes destinadas a lograr una posición intermedia entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. Haig alentó el activismo de Begin en el Líbano, mientras que Reagan intentaba limitarlo. Reagan apoyaba a Irán en la guerra entre Irán e Iraq, mientras que Haig apoyaba a Irak. En relación a América Latina y las Falklands, Haig fomentaba unas relaciones británicas más estrechas con el continente. Reagan apoyaba a Thatcher porque Gran Bretaña era una plataforma esencial para cualquier defensa de Europa, lo que hacía que la relación especial fuera una necesidad estratégica. Un libro reciente mostró lo difícil que era la relación con Thatcher, pero Reagan lo logró con ecuanimidad, como hizo con otras relaciones difíciles. Estados Unidos tenía también un gran interés en el Atlántico Sur, a causa del programa de misiles nucleares de la Argentina. La motivación profunda del papel desempeñado por Estados Unidos en la guerra de las Falklands fue el deseo de poner fin a ese programa.
–¿Y en Gran Bretaña cuál era la principal contradicción?
–La administración Thatcher fue también un gobierno de coalición de thatcheristas y sus oponentes, a quien ella llamaba “wets” [blandos]. La cuestión estratégica era si restablecer la relación especial con Estados Unidos o acercarse a Europa. En la época en que Reagan fue elegido, Thatcher parecía estar a punto de ser defenestrada. Su política de intentar sacar a Gran Bretaña del Estado de bienestar y transformarla en una economía de mercado todavía no se había enraizado, convirtiéndola en “la primera ministra más impopular” desde el comienzo de las encuestas, con una aceptación de apenas el 23%. Sin embargo, los “wets” no estaban lo suficientemente unidos como para sacar a Thatcher por la fuerza, ni para hacer un giro de 180 grados en la política interior.
–¿Entonces la Guerra de las Malvinas vino a colaborar con la posición de los “wets”?
–La oportunidad de los “wets” surgió al estallar repentinamente la guerra por las islas Falkland y Thatcher declaró que debían ser recuperadas. La posibilidad de un fracaso como el de Suez es lo primero que nos vino a la mente. La primera medida que tomaron fue la de postular un posible sucesor de Thatcher, en caso de que fallara su política de restauración de la administración británica en las islas. El ministro de Relaciones Exteriores, Lord Peter Carrington renunció, aparentemente porque había “juzgado incorrectamente el robustecimiento militar argentino que llevó al asalto relámpago”. Pero eso era para el consumo público. El informe Franks revela que Carrington había predicho una y otra vez la probabilidad de la invasión, en caso de que Gran Bretaña siguiera dando largas a la cuestión de las Falklands, como lo venía haciendo desde que Thatcher asumió la Presidencia.
–¿Por qué cree que renunció Carrington?
–Renunció porque su título de par heredado [“hereditary peerage”, en inglés] le impedía ser tomado en cuenta para el cargo de primera ministra. El precio de los “wets” para mantener la unidad del partido era traer de vuelta al hombre al que Thatcher “menos respetaba y el que menos le gustaba”, y a quien ya había eliminado de su gabinete una vez. Era Francis Pym, el hombre más ampliamente aceptado como su sucesor, en caso de que ella cayera. Pym iba a hacer algo más que esperar su oportunidad. Durante todo el tiempo presionó para que se aceptara una solución negociada y la eventual transferencia de la soberanía de las islas a la Argentina, tal y como lo había hecho Carrington. Lo interesante de todo esto es que la movida de los “wets” fue respaldada por Alexander Haig, quien también vislumbró que su papel como mediador le brindaría la oportunidad de ayudar a lograr un cambio en el liderazgo británico, más propicio a las preferencias de la fracción continentalista del nuevo orden mundial. Por lo tanto, las numerosas propuestas de Haig se centraron en un resultado negociado del conflicto que llevaría a lo que denominó una “transferencia camuflada” de las islas Falkland a la Argentina. Este resultado habría significado el fracaso de la restauración del imperio británico en las islas, la dimisión de Thatcher y su reemplazo por Pym.
–Haig vs Reagan y Pym vs Thatcher. ¿Cómo culminó todo esto?
–Ni Haig ni Pym contaban con la habilidad y la tenacidad del presidente y de la primera ministra, quienes terminaron frustrando los esfuerzos desestabilizadores de los primeros. Aunque proclamaba neutralidad, Reagan apoyaba a Thatcher desde el principio “incluso antes de que la Fuerza de Tarea zarpara”, con un programa de asistencia militar secreto y masivo en la isla de Ascensión. Haig y Pym se enteraron de su existencia recién dos semanas después de haberse iniciado el conflicto, momento en que Haig intentó detenerlo.
–Puede afirmarse entonces que tanto Haig como Pym…
–Haig y Pym llevaron a cabo varios intentos para desbaratar la política declarada por Thatcher de restablecer el gobierno británico en las Falkland. De todos ellos me ocuparé de los dos más importantes: la propuesta “estadounidense” del 24 de abril y la “iniciativa peruana” del 2 de mayo. En la tercera semana de abril, el intento de mediación de Haig había producido algo de flexibilidad en Buenos Aires, pero ninguna en Londres, por la razón obvia de que cada una de sus propuestas habría conducido a una eventual cesión de las islas Falkland a la Argentina. Haig decidió que su única esperanza era intentar dividir al gabinete de guerra, aislar a Thatcher y apelar a los “wets”.
–¿En qué consistió, pues la primera acción desestabilizadora de Pym hacia Thatcher?
–El 21 de abril Haig le solicitó a Thatcher que Pym viajara a Washington para trabajar en la propuesta más reciente de la Argentina. La primera ministra accedió a regañadientes. Sin embargo, intentó limitar las negociaciones de Pym al ordenarle enviar “observaciones detalladas” sobre la propuesta argentina e indicando que él debería guiarse por ellas. Pero Pym tenía sus propias ideas. Antes de partir dio a entender mediante preguntas a la Cámara de los Comunes que Gran Bretaña no usaría la fuerza mientras continuaran las negociaciones. Thatcher señaló que esto simplemente permitiría a los argentinos prolongar las negociaciones y exigió que se retractara, cosa que él hizo. No se trata de un error inocente. Pym, así como todos los demás, sabía que si las negociaciones se prolongaban hasta finales de mayo el desembarco sería poco probable por la llegada del invierno, lo cual hubiera posibilitado obtener un resultado negociado.
–¿Por el viaje de Pym y su intención de retrasar el desembarco se explica la escalada bélica de Thatcher a mediados de abril?
–Thatcher estaba muy preocupada por la connivencia entre Haig y Pym. Así se explica que en lo sucesivo, la presión militar aumentara por cada paso que se diera en dirección a nuevas negociaciones. En efecto, antes de la partida de Pym, obtuvo la aprobación del gabinete de guerra para que las fuerzas británicas retomaran las Georgias del Sur. Como las Georgias del Sur se encontraban fuera de la zona de exclusión que rodeaba a las Islas Falkland, decidió emitir también una advertencia general el 23 de abril, mientras Pym estaba en Washington, declarando que “cualquier aproximación por parte de buques de guerra argentinos, incluso submarinos, unidades navales auxiliares o aeronaves militares” en cualquier lugar del Atlántico Sur, será considerado una amenaza para la Fuerza de Tareas y objeto de ataque. Por su parte y en Washington, Haig y Pym habían llegado a un compromiso que guardaba poca relación con los términos de Thatcher. La denominada “propuesta estadounidense”, solicitaba la dispersión de la Fuerza de Tareas tras el alto el fuego, descartaba un retorno al statu quo ante y acordaba la administración conjunta de las islas hasta que concluyeran las negociaciones.
–Y así fue que vino la primera gran victoria de Thatcher sobre Pym…
–Afortunadamente para Thatcher, Pym buscaba coordinar sus conversaciones con el gabinete de guerra mientras se encontraba en Washington. El embajador Nicholas Henderson observa que “los mensajes que volaban entre las tres capitales” le permitieron a Thatcher saber de antemano lo que se proponía Pym, de modo que estaba preparada para rechazar su propuesta a su regresó. La presión de Thatcher sobre el gabinete de guerra le permitió obtener el apoyo de Nott, Parkinson y Whitelaw. Cuando Pym exigió que la propuesta fuera sometida a votación, fue derrotado cuatro a uno. Thatcher no podía haberlo expresado mejor: “y así pasó una gran crisis. No hubiera podido permanecer como primera ministra si el gabinete de guerra hubiese aceptado las propuestas de Francis Pym. Hubiera tenido que renunciar.” Pero la crisis del 24 de abril fue seguida por una aún mayor, una semana después.
–¿La segunda jugada contra Thacher-Reagan por parte de Haig-Pym? ¿El plan de paz de Belaúnde Terry?
–Efectivamente. A pesar del hecho de que el 29 de abril Thatcher había declarado la finalización de la mediación y Reagan había señalado que Gran Bretaña “no tenía otro remedio que continuar con la acción militar”, Haig rápidamente ideó otro plan de paz, esta vez con el presidente del Perú, Belaúnde Terry, para actuar como intermediario entre la Argentina y Gran Bretaña. Haig se puso en contacto con Pym, quien voló a Washington el 1 de mayo y elaboró en secreto una nueva propuesta que ambos planeaban proponerle a Galtieri al día siguiente. Mientras tanto, los dirigentes argentinos se preparaban para defender su conquista. Habían decidido no desafiar a la Task Force en alta mar, sino atacarla cuando fuera más vulnerable, cuando Gran Bretaña intentara desembarcar sus tropas en las islas. La Fuerza Aérea Argentina era una preocupación importante y superaba ampliamente a los veinte Harriers británicos que viajaban a bordo del Invincible y el Hermes. En la reunión del gabinete de guerra del 30 de abril, se tomó la decisión de ejecutar el plan de reducción de amenazas del almirante Sandy Woodward, que lo describió como un “ejercicio de desgaste”, pero que en realidad era una trampa elaborada. Él enviaría buques a las islas fingiendo un desembarco que provocaría una gran respuesta de la Argentina y, a continuación, les tendería una emboscada cuando llegaran.
–¿Una trampa para escalar el conflicto, a contramano de la posición Haig-Pym?.
–Sí, porque la flota argentina estaba afuera de la Zona de Exclusión Total (ZET). Recordemos que la flota se había desplegado en tres grupos, con la orden general de “encontrar y destruir a los británicos si atacaban las islas o el continente”. El portaaviones 25 de Mayo y sus cuatro escoltas estaban desplegados inmediatamente por fuera del límite norte del perímetro de la ZET y a unos cuatrocientos kilómetros de la Fuerza de Tareas situada en su límite oriental. El segundo grupo, el crucero Belgrano y sus dos destructores escoltas, se hallaban en el límite sur de la ZET a lo largo del pasaje de Drake; un tercer grupo de tres corbetas se había desplegado en el Golfo de San Jorge, como fuerza de reserva. Pues bien, el cebo de la trampa ideada por Woodward consistiría en ataques aéreos y bombardeos navales a los aeródromos e instalaciones militares cercanos a Stanley y Darwin. Los submarinos Splendid y Conqueror se desplegaron a posiciones de bloqueo entre el grupo de portaaviones del norte y el grupo del Belgrano al sur, respectivamente. El plan fue explícitamente diseñado para satisfacer la advertencia general emitida el 23 de abril de que “cualquier aproximación” por parte de las fuerzas argentinas sería considerada una amenaza a la fuerza de tarea y objeto de ataque. La acción británica sería una respuesta defensiva legítima ante cualquier “aproximación” a la Fuerza de Tareas por parte de buques de guerra argentinos, en cualquier lugar del Atlántico Sur. Aunque el gabinete de guerra había decidido tender la trampa el 1 de mayo, no logró unificarse con tal propósito. Thatcher vio el ataque como un paso hacia su objetivo de un desembarco y recuperación de las islas. Pym vio el ataque como la única manifestación del poder británico que conduciría rápidamente a la retirada argentina y a una solución negociada, pero no a la recuperación argentina de las islas.
–¿Qué hizo Pym ante la nueva maquinación bélica de Thatcher?
–Se opuso a la trampa tendida al portaaviones 25 de Mayo, argumentando que Gran Bretaña debía advertir en forma fehaciente a la Argentina que sus buques podrían ser atacados fuera de la ZET. Antes de viajar a Washington, presentó lo que equivalía a una disidencia formal exigiendo que Londres advirtiera al gobierno argentino que limitara los movimientos del portaaviones “para mantenerse [la Task Force] dentro de un rango estricto”. Además, insistió en que las fuerzas británicas no debían iniciar los ataques argentinos, sino sólo responder a ellos. A esto, Thatcher se mantuvo firme y declaró que “no se requerían más advertencias” y se negó a limitar la Fuerza de Tareas a una posición puramente defensiva. Cuando Pym se marchó a Washington, su objeción de atacar al portaaviones quedó debidamente notificada, pero las reglas de combate continuaron siendo las establecidas en el comunicado general del 23 de abril. “Cualquier aproximación” realizada por las fuerzas argentinas daría lugar a un ataque británico. Gran Bretaña podía disparar primero, aunque no si los buques argentinos se mantenían alejados. Era una distinción crucial que poco después precipitó una crisis en el gabinete de guerra.
–¿La trampa del 1 de mayo sirvió de algo?
–El ejercicio de “desgaste” del 1 de mayo decepcionó a los líderes británicos porque al parecer, los argentinos no habían caído en la trampa. Sólo media docena de aviones volaron sobre las islas para contrarrestar la acción británica. Cuatro de ellos fueron derribados. No obstante, en realidad el alto mando argentino sí había caído en la trampa. Había intentado enviar sus fuerzas navales primero para atacar después en forma masiva con cincuenta aviones e impedir lo que pensaron que era un desembarco. Pero los salvó su propia incompetencia. Una tercera parte de los aviones perdieron la conexión con la cisterna de reabastecimiento de combustible y debieron regresar. De los más de treinta aviones que alcanzaron las islas, sólo seis hicieron contacto con el enemigo. En el mar, tampoco les fue mejor. Los tres grupos navales, incluyendo al submarino San Luis, se trasladaron hacia la costa oriental de las islas donde supuestamente se encontraba la Fuerza de Tareas británica. Sin embargo, el poco viento de frente impidió todo lanzamiento de aviones desde el portaaviones 25 de Mayo, y las fallas en el equipo impidieron disparar los torpedos del submarino. Y lo que es más importante, por la tarde los argentinos comprendieron que no se estaba realizando desembarco alguno. Al percibir la trampa, se ordenó suspender el ataque y a las 6 de la mañana del 2 de mayo, las fuerzas navales argentinas habían invertido su curso.
–Esto explicaría el repliegue de la flota argentina, incluyendo el General Belgrano, ¿no?
–Así es. El Belgrano recibió la orden de regresar a las aguas relativamente poco profundas del extremo sur de Argentina, había completado el cambio de rumbo y se dirigía hacia el oeste, en dirección contraria a las islas. Y ahí vino el gran dilema de Thatcher…
–¿El gran dilema de Thatcher?
–Al amanecer del 2 de mayo, Thatcher temió que hubiera surgido la peor de todas las situaciones posibles. El plan para interceptar y destruir elementos sustanciales de la Fuerza Aérea y la Armada argentinas, había fracasado. Las principales amenazas a la Fuerza de Tareas permanecían intactas. Al mismo tiempo, una amenaza más ominosa se desarrollaba en Washington donde Thatcher temía que Haig y Pym estuvieran tramando insistir con la iniciativa de paz de la semana anterior. Todo hacía pensar que Pym volvería a Londres con otra propuesta de paz en la mano. ¿Seguirían llegando propuestas de paz una y otra vez hasta perder la oportunidad de realizar un desembarco? Se estaba acabando el tiempo, ya que el invierno se acercaba rápidamente. ¿Qué hacer? Tan pronto como Pym llegó a Washington el 1 de mayo, se reunió con Haig para ponerse en contacto con Belaúnde Terry con el fin de elaborar lo que se conocería como la iniciativa peruana, pero que en realidad era, como señaló Jean Kirkpatrick, “una nueva misión encubierta de Haig” o, como también dijo, “Haig vestido con un poncho”. Habiendo aprendido la lección de la semana anterior, esta vez Pym no se comunicaría a través de la Embajada sino que intentaría coordinar sus esfuerzos con el gabinete de guerra.
–¿En qué consistió la iniciativa de Belaúnde Terry?
–La iniciativa peruana consistía en una propuesta de siete puntos que Haig y Pym elaboraron en forma conjunta la noche del 1 de mayo. Además del alto el fuego, la retirada y la eliminación de las sanciones –comunes a todas las propuestas– solicitaba también que las islas fueran administradas por terceros hasta alcanzar un acuerdo. Las negociaciones se celebrarían bajo los auspicios de un grupo de contacto integrado por los Estados Unidos, Brasil, Alemania y Perú, cuyos miembros tomarían en cuenta los puntos de vista y los intereses de los isleños, aunque no sus deseos. La propuesta de siete puntos representaba la posición de los “wet” dentro de la administración Thatcher, y era la antítesis de aquello a lo que ella había apostado como primera ministra. No se produciría el retorno de la administración británica, no habría autodeterminación para los isleños y se tendría la garantía de que el problema se resolvería en abril de 1983. La Junta difícilmente podría haber deseado una oferta mejor. La propuesta de siete puntos era un mecanismo para transferir la soberanía a la Argentina. De haber sido aceptada, esta solución hubiera significado la victoria para la Argentina y la Junta militar, a la vez que una derrota para Gran Bretaña y la caída del gobierno de Thatcher. Probablemente Pym hubiera sido su sucesor.
–¿Y cómo boicoteó Thatcher la propuesta de paz?
–Belaúnde Terry llamó a Leopoldo Galtieri esa noche bien tarde para transmitirle la propuesta. Su plan era negociar un acuerdo de paz en secreto a la mañana siguiente, el 2 de mayo, en una conferencia telefónica tripartita entre Washington, Lima y Buenos Aires. De esta forma, al amanecer el 2 de mayo, Thatcher se enfrentó con el dilema del que hablamos antes. Por un lado, la Argentina había eludido la trampa de la Royal Navy y sus fuerzas estaban preparadas para asestar un golpe letal cuando comenzara el desembarco. Por otro lado, sabía por una conversación interceptada que Haig, Pym, Belaúnde Terry y Galtieri se preparaban para negociar un acuerdo de paz más tardar esa mañana a las 10 am, hora de Washington, (3 pm hora de Londres). Si bien reducir la capacidad de la Argentina para impedir un desembarco llevaría su tiempo, las maniobra “entre bastidores” entre Pym y Haig debía ser neutralizada en forma inmediata de. La propuesta de siete puntos era una oferta que Galtieri no podía rechazar y Thatcher no podía aceptar. Pues bien, el gran interrogante era cómo hacer fracasar la estratagema de Pym. La respuesta estuvo en los despliegues del día anterior para atrapar a la Armada argentina. El Splendid y el Conqueror estaban todavía en posición. La decisión de Thatcher fue escalar por la vía militar el camino que había comenzado la semana anterior en las Georgias del Sur. Como Pym se había opuesto a un ataque contra el portaaviones, Thatcher decidió ordenar un ataque sobre el próximo objetivo más redituable, el Belgrano.
–Pero hundir al Belgrano implicaba una serie de grandes riesgos para Thatcher…
–En realidad, más que riesgos eran inconvenientes. En primer lugar, tenía que convencer a sus colegas sobre la necesidad de tomar una decisión inmediata, y tomarla en ausencia de Pym. En segundo lugar, tenía que justificar el ataque al Belgrano en lugar del objetivo más peligroso, el portaaviones 25 de Mayo. Y tercero, la primera ministra tenía que alterar las reglas de combate para poder atacar un objetivo que no estaba aproximándose. Fue así que invitó al gabinete de guerra a almorzar antes de una reunión plenaria con los jefes del Estado Mayor que se realizaría por la tarde, basó su argumentación en un mensaje que acaba de recibir del almirante Woodward. Thatcher argumentó que era inminente un ataque de pinzas sobre la Fuerza de Tareas y que debían decidir inmediatamente qué hacer. Woodward informó que el portaaviones 25 de Mayo había eludido al Splendid, pero el Conqueror tenía al Belgrano en su mira. Podría evitar el movimiento de pinzas, dijo, si atacaba rápidamente al Belgrano, antes de que también pudiera eludir al Conqueror. El gabinete de guerra lo aceptó y a la 1:30 pm. Northwood envió la orden de atacar al capitán Wreford-Brown a bordo del Conqueror.
–¿Y qué hizo el capitán del Conqueror?
–Wreford-Brown respondió que la señal era “confusa”. El Conqueror había tenido algunos daños en su mástil y dificultades de comunicación el día anterior. Aunque eso haya sido verdad, muy probablemente Wreford-Brown apuntaba a una ratificación del mensaje enviado desde Londres, lo que daría tiempo a reconsiderar su contenido. Para dar más elementos a la reflexión, a las 3 pm utilizó la franja disponible en el satélite de comunicaciones de EE UU para subrayar que el Belgrano había “invertido su curso”, un mensaje que de hecho implicaba que la señal inicial no había llegado tan distorsionada. Por supuesto y como mínimo, la información de que el Belgrano había invertido su curso significaba que no existía el movimiento de pinzas y por lo tanto, que no había necesidad de precipitarse a tomar una decisión apresurada. Había tiempo suficiente de esperar hasta después del almuerzo para que el gabinete de guerra y los jefes consideraran las implicaciones más generales que resultarían de la acción prevista. Sin embargo, Margaret Thatcher, no estaba dispuesta a admitir más demoras. Dos horas después de recibir del Conqueror el mensaje de “inversión del curso”, a las 5 p.m., Northwood envió la confirmación del mensaje anterior ordenando el ataque.
–Y así fue como el hundimiento del Belgrano hundió también la propuesta Haig-Pym…
–Resulta instructivo yuxtaponer el orden cronológico de la decisión de Thatcher con el avance de la iniciativa peruana. Dicha yuxtaposición explica claramente la urgencia de la Primera ministra, a pesar de su declaración: “los que tomamos la decisión en Chequers en ese momento no conocíamos en absoluto las propuestas peruanas”. Esto era cierto, pero ella en realidad estaba al tanto de la inminencia de las negociaciones. Lo que la había alertado fue el llamado de Belaúnde Terry a Galtieri (temprano en la mañana del 2 de mayo en Londres) para transmitirle la propuesta de siete puntos. Es fácil imaginar la exasperación de Thatcher frente a Wreford-Brown y su informe de que la señal inicial era confusa. El tiempo era esencial. El mensaje había sido enviado una hora y media antes de la reunión de Pym con Haig, con la debida antelación para evitar cualquier mala noticia desde Washington. El segundo mensaje de Wreford-Brown a las 3 pm acerca de que el Belgrano había revertido su curso aparentemente habría logrado que Thatcher reflexionara. Habiendo llegado justo en el momento en que comenzaba la reunión de Pym y Haig; Thatcher decidió esperar y escuchar. Esa mañana, el embajador Nicholas Henderson acompañó a Pym a la oficina de Haig en el Departamento de Estado. Para él, Haig “respaldaba la convicción del presidente Reagan de que las fuerzas británicas estaban ‘haciendo el trabajo del mundo libre’, pero inmediatamente contradijo la declaración de apoyo del presidente a Gran Bretaña ‘haciendo fervientes votos para que se pudiera evitar una batalla a gran escala’”. Más tarde Haig le contó a Henderson una historia absolutamente falsa para ocultar el propósito de la visita de Pym. Según Henderson, Haig apenas había esbozado ciertas ideas originadas en la iniciativa peruana, pero que no habían sido formuladas de manera alguna en forma definitiva. Eran muy similares a las que él mismo había anticipado más temprano y pensó que serían más aceptables para Buenos Aires si eran presentadas por un gobierno sudamericano. Al respecto, Pym dijo estar “muy dispuesto a considerar nuevas ideas”, pero tendría que ver cuál era la reacción de los argentinos. Dijo: “por supuesto tendría que analizar toda nueva idea con sus colegas en Londres, a su regreso”. Haig también “estaba de acuerdo en que se necesitaba más tiempo y más trabajo detallado”. Ahora bien, lo único verdadero en este intercambio era el argumento de Haig acerca de involucrar a un gobierno sudamericano y la de Pym sobre que tendría necesidad de “analizar toda nueva idea con sus colegas en Londres, a su regreso”. La iniciativa peruana era el esfuerzo encubierto de Haig, bastante avanzado y muy específico. Haig no le mostró ningún texto escrito a Henderson, lo cual llevó al embajador ingles a concluir que lo que el secretario estadounidense le había esbozado “no podía describirse en forma alguna como una `propuesta´”. Sin embargo, sí existía una propuesta escrita, y Galtieri ya la tenía en sus manos.
–Digamos que la iniciativa peruana fue totalmente conducida a espaldas de Thatcher…
–El disimulo de Haig hacia Henderson tenía por objeto mantener al Foreign Office ignorante de lo que él y Pym estaban por hacer. Haig sabía que, si le informaba a Henderson sobre la propuesta de siete puntos en forma detallada, el embajador británico naturalmente enviaría un informe a Londres, lo que alertaría inmediatamente a la primera ministra, por cierto, un desarrollo de los acontecimientos que Pym deseaba evitar. A su vez, Pym tampoco enviaría información a Londres sobre la propuesta. Si todo salía del modo previsto, él regresaría con la propuesta en la mano. El episodio de Henderson confirma más allá de toda duda que Haig y Pym estaban confabulados para asestar un acuerdo de paz a Reagan y Thatcher, presumiblemente desprevenidos. Pero sigamos con Henderson. Este observa que después de del intercambio señalado entre Pym y Haig, ambos salieron “para una reunión frente a frente que duró dos horas”. Lo que Henderson no sabía –y no le dijeron– fue que ya ambos habían decidido comprometerse en una negociación intercontinental con Galtieri y Costa Méndez que involucraba a Belaúnde Terry como mediador. Si los servicios de inteligencia estaban monitoreando la conexión Washington-Lima-Buenos Aires, como es lógico asumir que sucediera, las ondas de radio deben haber crujido con la tensión y la aprehensión a medida que avanzaban las negociaciones. Cuando terminaron las discusiones, cerca del mediodía, había una sola palabra que impedía el acuerdo. Como le expresó Belaúnde Terry al Ministro de Relaciones Exteriores argentino: “Con la única excepción de esta palabra ‘deseos’, sobre la cual ha insistido el Reino Unido, ¿el resto es aceptable?” Costa Méndez respondió: “Correcto”.
–Y esto fue lo que finalmente recibió Thatcher que la alarmó al máximo, ¿es correcto?
–Correcto. Según Thatcher, no había tiempo que perder. Galtieri dijo que la Junta consideraría la propuesta esa tarde a las 19 hs y respondería rápidamente. Había pocas dudas sobre cuál sería su respuesta. Pero con una sola palabra que obstaculizaba el acuerdo, Pym retornaría a Londres y le presentaría a Thatcher un hecho consumado. Por ese motivo, ella debía interrumpir la negociación sin demora. El mediodía de Washington eran las 5 de la tarde en Londres, momento en que la primera ministra reconfirmó la orden al Conqueror de hundir el Belgrano. Pym no fue consultado ni informado acerca de esta decisión. El resto, como se sabe, ya es historia. El Conqueror hundió al Belgrano y el ataque también hizo volar en mil pedazos la confabulación de Haig y Pym de presentarle a Thatcher un acuerdo de paz satisfactorio.
–Después del Belgrano vino el Sheffield. ¿Qué hicieron los “confabuladores”?
–Pym reavivaría brevemente la propuesta peruana después del ataque al Sheffield, pero una vez iniciado el desembarco se apartó casi totalmente de la idea de seguir confabulando con Haig. Haig por su parte persistió hasta el final en su intento de impedir una victoria británica. Su posición sobre las ideas de Reagan sobre las Islas Falkland no fue un evento aislado. En ese momento, a principios de junio, con el partido presidencial en París, trató de evitar un cese del fuego en la invasión de Israel al Líbano, de interrumpir un acuerdo pendiente de EE UU con China para establecer un modus vivendi sobre Taiwán, de bloquear la imposición de sanciones sobre la tubería de gas en Europa y de evitar la decisión de restringir los créditos a la Unión Soviética. Haig y Reagan estaban virtualmente en guerra.
–¿Puede afirmarse que la cuestión del veto/no veta estadounidense fue el último reflejo de esa “guerra” entre Haig y Reagan?
–Claro. En el último minuto, cuando los Estados Unidos y Gran Bretaña habían vetado conjuntamente una propuesta de España y Panamá para un alto el fuego en las Falklands, y que hubiera dejado a las fuerzas argentinas en el lugar, Haig envió instrucciones a la Embajadora Jean Kirkpatrick de desligar a Washington de Londres y declarar que Estados Unidos retiraría su veto, si aún fuera posible hacerlo. Envió esas instrucciones a espaldas del presidente que se encontraba durmiendo. Esto, por supuesto, era el colmo. El presidente aceptó la renuncia de Haig unas semanas más tarde, el 25 de junio, poco después de terminada la guerra. Pym se mantuvo en su puesto hasta la reelección de Thatcher y luego cayó.
–¿Qué cree hubiera sucedido de haber triunfado el dúo Haig-Pym?
–No es difícil imaginar las consecuencias si Haig y Pym hubieran tenido éxito. La opresiva dictadura de la Junta argentina hubiera sobrevivido, en posesión de las Falklands y habiendo desarrollado armamento nuclear. Thatcher hubiera caído y hubiera sido reemplazada por Pym, que sin duda hubiera llevado a Gran Bretaña por un camino diferente, más compatible con los principios del nuevo orden mundial. Y Haig hubiera asumido una posición fuerte en la toma de decisiones políticas de los Estados Unidos, y hubiera estado en condiciones de tomar posturas aún más decisivas contra su presidente. En cambio, la victoria aseguró un papel de liderazgo a Thatcher en la política británica, ya que procedió a transformar a Gran Bretaña en una próspera economía de mercado. Para los Estados Unidos, la victoria británica resolvió dos problemas estratégicos. No sólo eliminó el espectro de la proliferación nuclear en Sudamérica y permitió restituir el gobierno civil en Argentina, sino que también afianzó el puente entre el Atlántico y Europa. Estos fueron los grandes y poco reconocidos éxitos de lo que he dado en llamar el golpe de las Falklands [Falklands Sting, en original en inglés]. En resumen, la guerra de las Falklands fue una “guerra de la derecha”, en el momento adecuado y en el lugar correcto.
–Según usted el papel de EE UU en el conflicto se redujo a alcanzar el objetivo de la no proliferación nuclear que perseguía la dictadura argentina. ¿Es correcto?
–La estrategia de Estados Unidos hacia América Latina en general, durante el período que abarca a todos los presidentes desde la Segunda Guerra Mundial, ha sido promover la democracia y evitar la proliferación nuclear. Fue Carter quien descubrió inicialmente el programa de armas nucleares de la junta en 1979. Fue entonces cuando revirtió la política hacia la Argentina y trató en vano de persuadir al régimen de Videla de cambiar el rumbo. Reagan intentó hacer lo mismo con Viola a comienzos de 1981. Cuando éste tampoco lo aceptó, Reagan cambió de táctica y apoyó a Galtieri contra Viola. Esa lucha fue en cualquier caso un hecho, pero el apoyo estadounidense a Galtieri incluía como mínimo un apoyo implícito a su plan de apoderarse de las Islas Malvinas. Creo que esto fue el origen de la “espina” que le hizo creer a Galtieri que EE UU lo apoyaría cuando tomara las islas, aunque sólo fuese como mediador neutral, y que no respaldaría a Thatcher.
–¿Dice usted que se trató de un ardid para derrocar a Galtieri?
–Galtieri no puede culpar a nadie más que a sí mismo por haber caído en el engaño estadounidense. Si hubiera tenido mejor asesoramiento, hubiera ido tras Viola en lugar de apresurarse a tomar las Islas Malvinas cuando se produjo el incidente de las Georgias del Sur. De hecho, el incidente de las Georgias sólo puede entenderse en función de las luchas internas de poder entre las facciones de Viola y Galtieri. Fue esto lo que aprovechó Thatcher para enviar un ultimátum a la Argentina cuando estalló la crisis de las Georgias. Esto obligó a Galtieri ya sea a actuar antes de lo previsto (planeaba atacar las Malvinas más cerca del invierno, el 20 de mayo, para que los británicos no tuvieran tiempo de montar una expedición y recuperar las islas), o bien esperar hasta el otoño. Entretanto y plenamente conscientes de que algo estaba sucediendo, los británicos aprovecharían para reforzar las islas. En lugar de eso, Galtieri atacó el 2 de abril, dando a Thatcher suficiente tiempo para reunir una Fuerza de Tarea s –y con el apoyo crucial de los Estados Unidos– recuperar las islas antes del comienzo del invierno.
–¿Qué nos puede decir en relación al desarme nuclear y a la desmilitarización de la Argentina que sobrevinieron después de la caída de Galtieri?
–La Argentina comenzó una senda de paz y desarrollo democrático. A modo de ejemplo: en la década que siguió al conflicto, es decir entre 1983 y 1993, el gasto militar se redujo en más de la mitad, desde 9200 millones de pesos a 4200 millones, con un mínimo de 2400 millones en 1991. El total de personal de las Fuerzas Armadas pasó de 175 mil a 65 mil. El gasto militar per cápita se redujo de $ 311 a $ 127. La importación de armas se precipitó drásticamente, de 1400 millones de pesos a 10 millones. Medidas las importaciones de armas sobre el total importado, la cifra es aún mayor: del 22,2 al 0,1%. En consecuencia, el retorno a un gobierno civil, el rechazo al armamento nuclear y el repudio al militarismo fueron los cambios históricos verdaderos directamente atribuibles a la Guerra de las Islas Falkland.
–¿Qué sucedió en Gran Bretaña terminada la guerra?
–Thatcher se transformó en la “Dama de Hierro”. La reelección fue un hecho. Luego vendría una tercera reelección. En total estuvo como primera ministra once años y medio. Durante ese período, Gran Bretaña viró bruscamente a una economía de mercado. La economía británica creció en los ’80 mucho más que cualquier otra europea, a excepción de España. Ocurrieron cambios estructurales. Los sindicatos fueron reducidos en número e influencia, los negocios desregulados, la propiedad privada estimulada. La industria y las empresas públicas fueron privatizadas, los impuestos reducidos y un control estricto de la política monetaria disminuyó la inflación del 10% a menos del 4%. En cuanto al recorte del presupuesto militar barajado en 1981, una revisión en materia de defensa revirtió la decisión. Gran Bretaña retendría y fortalecería la capacidad de la fuerza de proyección de la Royal Navy en las zonas de interés nacional. Todas las pérdidas de la guerra fueron reemplazadas y se adquirieron nuevos armamentos, aviones y buques.
–Es decir, la Fortaleza Malvinas se hizo realidad…
–El gasto anual en materia de defensa aumentó un 3% anual. Y en las islas, la decisión implicó justamente pasar a una política de “Fortaleza Falklands”. ¿Cómo? En primera medida, con una guarnición permanente, sumado a un escuadrón de F-4 Phantoms adquiridos a EE UU. En segundo lugar, el HMS Endurance quedaría en las islas, de la misma manera que los buques de asalto anfibio HMS Fearless y HMS Intrepid. Uno de los cambios más importantes fue la de mantener 3 portaaviones en lugar de 2. Las fragatas y destructores se mantuvieron en 55 cuando antes de 1982 se pensaba reducirlos por debajo de 50.
Es profesor de Historia y Asuntos internacionales de la Universidad George Washington. Escribió más de una docena de libros, de los cuales dos de ellos aportan luz sobre la escalada belicista pergeñada por Thatcher y Reagan desde comienzos de abril de 1982. Fue uno de los panelistas invitados a las conferencias del 19 y 20 de mayo, organizadas por la Royal Navy con motivo del 30º aniversario de la guerra.
Richard Thornton es profesor de Historia y Asuntos internacionales de la Universidad George Washington, Estados Unidos. Escribió más de una docena de libros, de los cuales dos de ellos aportan luz sobre la escalada belicista pergeñada por Thatcher y Reagan desde comienzos de abril. Contrarios a ellos, el canciller de la primera ministra, Francis Pym, y el secretario de Estado, Alexander Haig. Las contradicciones internas y la lucha por el poder en Estados Unidos y Gran Bretaña permiten comprender cabalmente los sucesivos boicoteos a los procesos de paz en abril y primeras semanas de mayo por parte de la administración conservadora. Thornton nos explica también el rol estadounidense en la guerra, pero desde su interés por desmantelar el programa nuclear argentino. Sus conclusiones están sintonía con lo expresado por Lehmnan en la entrevista que oportunamente le realizáramos, unas semanas atrás. Finalmente, cabe destacar que Thorntorn (junto a Lehman) fue uno de los panelistas invitados a las conferencias del 19 y 20 de mayo, organizadas por la Royal Navy con motivo del 30º aniversario. A propósito, preguntamos al profesor estadounidense cómo se entiende que la Armada Real lo haya invitado, por supuesto, contemplando su posición en relación a la guerra. Nos respondió: “Lehman también estuvo en la conferencia de Portsmouth, donde dio el discurso de apertura. Sus observaciones concordaron muy bien con la entrevista que le dio a usted [ver fascículo del 19 de mayo]. También dijo que había estado de acuerdo con todo lo expresado por mí. Los británicos estaban asombrados por mi descripción de la lucha entre facciones entre los Estados Unidos y el Reino Unido. Nadie comprendía al principio, las diferencias abismales entre Pym y Thatcher; muy pocos sabían que Haig y Reagan estaban en veredas opuestas. Parece que tenemos la tendencia de atribuir la política a los líderes individuales y no a los grupos y facciones. Comprensible, pero equivocado. Mientras avanzaba en mi ponencia, la gente fue comprendiendo todo, incluyendo la cuestión vinculada al hundimiento del Belgrano”.
–¿Cómo piensa un especialista estadounidense del Conflicto del Atlántico Sur lo ocurrido en Malvinas en 1982?
–Para los estudiosos británicos, la Guerra de las Falklands es un tema bastante sencillo. La Junta argentina tomó las islas y Margaret Thatcher envió la Fuerza de Tareas para recuperarlas. Después de dos meses y medio de lucha difícil, la victoria fue completa. Caso cerrado. Treinta años después, el resultado permanece sin cambios aunque la cuestión por la que se libró la guerra –la soberanía– sigue sin resolverse. Incluso la mayoría de los libros escritos por autores británicos sobre la guerra versaron sobre la batalla, no sobre la estrategia. Pero el conflicto mirado desde la perspectiva de la estrategia estadounidense, es más complicado. La guerra cambió el curso de tres naciones. La victoria le aseguró a Margaret Thatcher la permanencia en su puesto, permitiéndole llevar a cabo una importante transformación de la sociedad británica: la condujo de una economía de bienestar a una economía de empresa. La Argentina se liberó de una dictadura militar y comenzó a ser gobernada por civiles, una senda pacífica que implicó la desmilitarización y la desnuclearización. En efecto, bajo la Junta militar, Argentina estaba en camino de desarrollar armamento nuclear cuando estalló la guerra.
–¿Y qué pasó con Estados Unidos?
–Logró varios objetivos importantes, pero poco reconocidos. Respecto de Gran Bretaña, obtuvo el fortalecimiento de la relación especial y el firme emplazamiento de un puente con relación a Europa. Respecto de la Argentina, ayudó al restablecimiento del gobierno civil y al fin de la proliferación nuclear, tanto de la Argentina misma como de Brasil. Sí, Brasil, también había emprendido un programa de armas nucleares. Ninguno de estos resultados hubiera sido posible sin la victoria británica en las Islas Falkland.
–¿E internamente?
–La guerra estalló principalmente como una lucha entre facciones durante la administración del presidente Reagan, a su vez intensificando otra lucha en Gran Bretaña. Ambas luchas se entrelazaron con la política de la guerra. En los Estados Unidos, la lucha fue entre el presidente Reagan y su Secretario de Estado, Alexander Haig. Reagan había rechazado la estrategia de distensión perseguida durante los siete años anteriores, desde que Henry Kissinger la inauguró, y decidieron reconstruir el poder estadounidense y resucitar la alicaída alianza occidental. Haig, el acólito de Kissinger, quien representaba lo que he denominado la “nueva facción del orden mundial”, se opuso al presidente en todo momento, tratando de limitar el alcance de la reversión del curso que él pretendía imponer y de mantener abiertas las perspectivas para una futura reconciliación con Moscú. Para justificar la participación en la administración Reagan, los políticos del nuevo orden mundial argumentaron a favor de una “distensión obstinada” pero su objetivo a largo plazo seguía siendo la reconciliación con los rusos.
–Esta contradicción es interesante: ¿Reagan vs Haig?
–Reagan y Haig discutían acerca de todo, incluyendo la estructura misma del proceso de elaboración de políticas. Las políticas respecto de Europa, Japón, China y Oriente Medio, incluido Israel, fueron los principales campos de batalla entre ambos. Como Reagan buscaba ganarse la cooperación de Schmidt, Suzuki y Deng, para adoptar posturas más firmes en contra de Moscú, Haig apoyó las políticas de estos líderes destinadas a lograr una posición intermedia entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. Haig alentó el activismo de Begin en el Líbano, mientras que Reagan intentaba limitarlo. Reagan apoyaba a Irán en la guerra entre Irán e Iraq, mientras que Haig apoyaba a Irak. En relación a América Latina y las Falklands, Haig fomentaba unas relaciones británicas más estrechas con el continente. Reagan apoyaba a Thatcher porque Gran Bretaña era una plataforma esencial para cualquier defensa de Europa, lo que hacía que la relación especial fuera una necesidad estratégica. Un libro reciente mostró lo difícil que era la relación con Thatcher, pero Reagan lo logró con ecuanimidad, como hizo con otras relaciones difíciles. Estados Unidos tenía también un gran interés en el Atlántico Sur, a causa del programa de misiles nucleares de la Argentina. La motivación profunda del papel desempeñado por Estados Unidos en la guerra de las Falklands fue el deseo de poner fin a ese programa.
–¿Y en Gran Bretaña cuál era la principal contradicción?
–La administración Thatcher fue también un gobierno de coalición de thatcheristas y sus oponentes, a quien ella llamaba “wets” [blandos]. La cuestión estratégica era si restablecer la relación especial con Estados Unidos o acercarse a Europa. En la época en que Reagan fue elegido, Thatcher parecía estar a punto de ser defenestrada. Su política de intentar sacar a Gran Bretaña del Estado de bienestar y transformarla en una economía de mercado todavía no se había enraizado, convirtiéndola en “la primera ministra más impopular” desde el comienzo de las encuestas, con una aceptación de apenas el 23%. Sin embargo, los “wets” no estaban lo suficientemente unidos como para sacar a Thatcher por la fuerza, ni para hacer un giro de 180 grados en la política interior.
–¿Entonces la Guerra de las Malvinas vino a colaborar con la posición de los “wets”?
–La oportunidad de los “wets” surgió al estallar repentinamente la guerra por las islas Falkland y Thatcher declaró que debían ser recuperadas. La posibilidad de un fracaso como el de Suez es lo primero que nos vino a la mente. La primera medida que tomaron fue la de postular un posible sucesor de Thatcher, en caso de que fallara su política de restauración de la administración británica en las islas. El ministro de Relaciones Exteriores, Lord Peter Carrington renunció, aparentemente porque había “juzgado incorrectamente el robustecimiento militar argentino que llevó al asalto relámpago”. Pero eso era para el consumo público. El informe Franks revela que Carrington había predicho una y otra vez la probabilidad de la invasión, en caso de que Gran Bretaña siguiera dando largas a la cuestión de las Falklands, como lo venía haciendo desde que Thatcher asumió la Presidencia.
–¿Por qué cree que renunció Carrington?
–Renunció porque su título de par heredado [“hereditary peerage”, en inglés] le impedía ser tomado en cuenta para el cargo de primera ministra. El precio de los “wets” para mantener la unidad del partido era traer de vuelta al hombre al que Thatcher “menos respetaba y el que menos le gustaba”, y a quien ya había eliminado de su gabinete una vez. Era Francis Pym, el hombre más ampliamente aceptado como su sucesor, en caso de que ella cayera. Pym iba a hacer algo más que esperar su oportunidad. Durante todo el tiempo presionó para que se aceptara una solución negociada y la eventual transferencia de la soberanía de las islas a la Argentina, tal y como lo había hecho Carrington. Lo interesante de todo esto es que la movida de los “wets” fue respaldada por Alexander Haig, quien también vislumbró que su papel como mediador le brindaría la oportunidad de ayudar a lograr un cambio en el liderazgo británico, más propicio a las preferencias de la fracción continentalista del nuevo orden mundial. Por lo tanto, las numerosas propuestas de Haig se centraron en un resultado negociado del conflicto que llevaría a lo que denominó una “transferencia camuflada” de las islas Falkland a la Argentina. Este resultado habría significado el fracaso de la restauración del imperio británico en las islas, la dimisión de Thatcher y su reemplazo por Pym.
–Haig vs Reagan y Pym vs Thatcher. ¿Cómo culminó todo esto?
–Ni Haig ni Pym contaban con la habilidad y la tenacidad del presidente y de la primera ministra, quienes terminaron frustrando los esfuerzos desestabilizadores de los primeros. Aunque proclamaba neutralidad, Reagan apoyaba a Thatcher desde el principio “incluso antes de que la Fuerza de Tarea zarpara”, con un programa de asistencia militar secreto y masivo en la isla de Ascensión. Haig y Pym se enteraron de su existencia recién dos semanas después de haberse iniciado el conflicto, momento en que Haig intentó detenerlo.
–Puede afirmarse entonces que tanto Haig como Pym…
–Haig y Pym llevaron a cabo varios intentos para desbaratar la política declarada por Thatcher de restablecer el gobierno británico en las Falkland. De todos ellos me ocuparé de los dos más importantes: la propuesta “estadounidense” del 24 de abril y la “iniciativa peruana” del 2 de mayo. En la tercera semana de abril, el intento de mediación de Haig había producido algo de flexibilidad en Buenos Aires, pero ninguna en Londres, por la razón obvia de que cada una de sus propuestas habría conducido a una eventual cesión de las islas Falkland a la Argentina. Haig decidió que su única esperanza era intentar dividir al gabinete de guerra, aislar a Thatcher y apelar a los “wets”.
–¿En qué consistió, pues la primera acción desestabilizadora de Pym hacia Thatcher?
–El 21 de abril Haig le solicitó a Thatcher que Pym viajara a Washington para trabajar en la propuesta más reciente de la Argentina. La primera ministra accedió a regañadientes. Sin embargo, intentó limitar las negociaciones de Pym al ordenarle enviar “observaciones detalladas” sobre la propuesta argentina e indicando que él debería guiarse por ellas. Pero Pym tenía sus propias ideas. Antes de partir dio a entender mediante preguntas a la Cámara de los Comunes que Gran Bretaña no usaría la fuerza mientras continuaran las negociaciones. Thatcher señaló que esto simplemente permitiría a los argentinos prolongar las negociaciones y exigió que se retractara, cosa que él hizo. No se trata de un error inocente. Pym, así como todos los demás, sabía que si las negociaciones se prolongaban hasta finales de mayo el desembarco sería poco probable por la llegada del invierno, lo cual hubiera posibilitado obtener un resultado negociado.
–¿Por el viaje de Pym y su intención de retrasar el desembarco se explica la escalada bélica de Thatcher a mediados de abril?
–Thatcher estaba muy preocupada por la connivencia entre Haig y Pym. Así se explica que en lo sucesivo, la presión militar aumentara por cada paso que se diera en dirección a nuevas negociaciones. En efecto, antes de la partida de Pym, obtuvo la aprobación del gabinete de guerra para que las fuerzas británicas retomaran las Georgias del Sur. Como las Georgias del Sur se encontraban fuera de la zona de exclusión que rodeaba a las Islas Falkland, decidió emitir también una advertencia general el 23 de abril, mientras Pym estaba en Washington, declarando que “cualquier aproximación por parte de buques de guerra argentinos, incluso submarinos, unidades navales auxiliares o aeronaves militares” en cualquier lugar del Atlántico Sur, será considerado una amenaza para la Fuerza de Tareas y objeto de ataque. Por su parte y en Washington, Haig y Pym habían llegado a un compromiso que guardaba poca relación con los términos de Thatcher. La denominada “propuesta estadounidense”, solicitaba la dispersión de la Fuerza de Tareas tras el alto el fuego, descartaba un retorno al statu quo ante y acordaba la administración conjunta de las islas hasta que concluyeran las negociaciones.
–Y así fue que vino la primera gran victoria de Thatcher sobre Pym…
–Afortunadamente para Thatcher, Pym buscaba coordinar sus conversaciones con el gabinete de guerra mientras se encontraba en Washington. El embajador Nicholas Henderson observa que “los mensajes que volaban entre las tres capitales” le permitieron a Thatcher saber de antemano lo que se proponía Pym, de modo que estaba preparada para rechazar su propuesta a su regresó. La presión de Thatcher sobre el gabinete de guerra le permitió obtener el apoyo de Nott, Parkinson y Whitelaw. Cuando Pym exigió que la propuesta fuera sometida a votación, fue derrotado cuatro a uno. Thatcher no podía haberlo expresado mejor: “y así pasó una gran crisis. No hubiera podido permanecer como primera ministra si el gabinete de guerra hubiese aceptado las propuestas de Francis Pym. Hubiera tenido que renunciar.” Pero la crisis del 24 de abril fue seguida por una aún mayor, una semana después.
–¿La segunda jugada contra Thacher-Reagan por parte de Haig-Pym? ¿El plan de paz de Belaúnde Terry?
–Efectivamente. A pesar del hecho de que el 29 de abril Thatcher había declarado la finalización de la mediación y Reagan había señalado que Gran Bretaña “no tenía otro remedio que continuar con la acción militar”, Haig rápidamente ideó otro plan de paz, esta vez con el presidente del Perú, Belaúnde Terry, para actuar como intermediario entre la Argentina y Gran Bretaña. Haig se puso en contacto con Pym, quien voló a Washington el 1 de mayo y elaboró en secreto una nueva propuesta que ambos planeaban proponerle a Galtieri al día siguiente. Mientras tanto, los dirigentes argentinos se preparaban para defender su conquista. Habían decidido no desafiar a la Task Force en alta mar, sino atacarla cuando fuera más vulnerable, cuando Gran Bretaña intentara desembarcar sus tropas en las islas. La Fuerza Aérea Argentina era una preocupación importante y superaba ampliamente a los veinte Harriers británicos que viajaban a bordo del Invincible y el Hermes. En la reunión del gabinete de guerra del 30 de abril, se tomó la decisión de ejecutar el plan de reducción de amenazas del almirante Sandy Woodward, que lo describió como un “ejercicio de desgaste”, pero que en realidad era una trampa elaborada. Él enviaría buques a las islas fingiendo un desembarco que provocaría una gran respuesta de la Argentina y, a continuación, les tendería una emboscada cuando llegaran.
–¿Una trampa para escalar el conflicto, a contramano de la posición Haig-Pym?.
–Sí, porque la flota argentina estaba afuera de la Zona de Exclusión Total (ZET). Recordemos que la flota se había desplegado en tres grupos, con la orden general de “encontrar y destruir a los británicos si atacaban las islas o el continente”. El portaaviones 25 de Mayo y sus cuatro escoltas estaban desplegados inmediatamente por fuera del límite norte del perímetro de la ZET y a unos cuatrocientos kilómetros de la Fuerza de Tareas situada en su límite oriental. El segundo grupo, el crucero Belgrano y sus dos destructores escoltas, se hallaban en el límite sur de la ZET a lo largo del pasaje de Drake; un tercer grupo de tres corbetas se había desplegado en el Golfo de San Jorge, como fuerza de reserva. Pues bien, el cebo de la trampa ideada por Woodward consistiría en ataques aéreos y bombardeos navales a los aeródromos e instalaciones militares cercanos a Stanley y Darwin. Los submarinos Splendid y Conqueror se desplegaron a posiciones de bloqueo entre el grupo de portaaviones del norte y el grupo del Belgrano al sur, respectivamente. El plan fue explícitamente diseñado para satisfacer la advertencia general emitida el 23 de abril de que “cualquier aproximación” por parte de las fuerzas argentinas sería considerada una amenaza a la fuerza de tarea y objeto de ataque. La acción británica sería una respuesta defensiva legítima ante cualquier “aproximación” a la Fuerza de Tareas por parte de buques de guerra argentinos, en cualquier lugar del Atlántico Sur. Aunque el gabinete de guerra había decidido tender la trampa el 1 de mayo, no logró unificarse con tal propósito. Thatcher vio el ataque como un paso hacia su objetivo de un desembarco y recuperación de las islas. Pym vio el ataque como la única manifestación del poder británico que conduciría rápidamente a la retirada argentina y a una solución negociada, pero no a la recuperación argentina de las islas.
–¿Qué hizo Pym ante la nueva maquinación bélica de Thatcher?
–Se opuso a la trampa tendida al portaaviones 25 de Mayo, argumentando que Gran Bretaña debía advertir en forma fehaciente a la Argentina que sus buques podrían ser atacados fuera de la ZET. Antes de viajar a Washington, presentó lo que equivalía a una disidencia formal exigiendo que Londres advirtiera al gobierno argentino que limitara los movimientos del portaaviones “para mantenerse [la Task Force] dentro de un rango estricto”. Además, insistió en que las fuerzas británicas no debían iniciar los ataques argentinos, sino sólo responder a ellos. A esto, Thatcher se mantuvo firme y declaró que “no se requerían más advertencias” y se negó a limitar la Fuerza de Tareas a una posición puramente defensiva. Cuando Pym se marchó a Washington, su objeción de atacar al portaaviones quedó debidamente notificada, pero las reglas de combate continuaron siendo las establecidas en el comunicado general del 23 de abril. “Cualquier aproximación” realizada por las fuerzas argentinas daría lugar a un ataque británico. Gran Bretaña podía disparar primero, aunque no si los buques argentinos se mantenían alejados. Era una distinción crucial que poco después precipitó una crisis en el gabinete de guerra.
–¿La trampa del 1 de mayo sirvió de algo?
–El ejercicio de “desgaste” del 1 de mayo decepcionó a los líderes británicos porque al parecer, los argentinos no habían caído en la trampa. Sólo media docena de aviones volaron sobre las islas para contrarrestar la acción británica. Cuatro de ellos fueron derribados. No obstante, en realidad el alto mando argentino sí había caído en la trampa. Había intentado enviar sus fuerzas navales primero para atacar después en forma masiva con cincuenta aviones e impedir lo que pensaron que era un desembarco. Pero los salvó su propia incompetencia. Una tercera parte de los aviones perdieron la conexión con la cisterna de reabastecimiento de combustible y debieron regresar. De los más de treinta aviones que alcanzaron las islas, sólo seis hicieron contacto con el enemigo. En el mar, tampoco les fue mejor. Los tres grupos navales, incluyendo al submarino San Luis, se trasladaron hacia la costa oriental de las islas donde supuestamente se encontraba la Fuerza de Tareas británica. Sin embargo, el poco viento de frente impidió todo lanzamiento de aviones desde el portaaviones 25 de Mayo, y las fallas en el equipo impidieron disparar los torpedos del submarino. Y lo que es más importante, por la tarde los argentinos comprendieron que no se estaba realizando desembarco alguno. Al percibir la trampa, se ordenó suspender el ataque y a las 6 de la mañana del 2 de mayo, las fuerzas navales argentinas habían invertido su curso.
–Esto explicaría el repliegue de la flota argentina, incluyendo el General Belgrano, ¿no?
–Así es. El Belgrano recibió la orden de regresar a las aguas relativamente poco profundas del extremo sur de Argentina, había completado el cambio de rumbo y se dirigía hacia el oeste, en dirección contraria a las islas. Y ahí vino el gran dilema de Thatcher…
–¿El gran dilema de Thatcher?
–Al amanecer del 2 de mayo, Thatcher temió que hubiera surgido la peor de todas las situaciones posibles. El plan para interceptar y destruir elementos sustanciales de la Fuerza Aérea y la Armada argentinas, había fracasado. Las principales amenazas a la Fuerza de Tareas permanecían intactas. Al mismo tiempo, una amenaza más ominosa se desarrollaba en Washington donde Thatcher temía que Haig y Pym estuvieran tramando insistir con la iniciativa de paz de la semana anterior. Todo hacía pensar que Pym volvería a Londres con otra propuesta de paz en la mano. ¿Seguirían llegando propuestas de paz una y otra vez hasta perder la oportunidad de realizar un desembarco? Se estaba acabando el tiempo, ya que el invierno se acercaba rápidamente. ¿Qué hacer? Tan pronto como Pym llegó a Washington el 1 de mayo, se reunió con Haig para ponerse en contacto con Belaúnde Terry con el fin de elaborar lo que se conocería como la iniciativa peruana, pero que en realidad era, como señaló Jean Kirkpatrick, “una nueva misión encubierta de Haig” o, como también dijo, “Haig vestido con un poncho”. Habiendo aprendido la lección de la semana anterior, esta vez Pym no se comunicaría a través de la Embajada sino que intentaría coordinar sus esfuerzos con el gabinete de guerra.
–¿En qué consistió la iniciativa de Belaúnde Terry?
–La iniciativa peruana consistía en una propuesta de siete puntos que Haig y Pym elaboraron en forma conjunta la noche del 1 de mayo. Además del alto el fuego, la retirada y la eliminación de las sanciones –comunes a todas las propuestas– solicitaba también que las islas fueran administradas por terceros hasta alcanzar un acuerdo. Las negociaciones se celebrarían bajo los auspicios de un grupo de contacto integrado por los Estados Unidos, Brasil, Alemania y Perú, cuyos miembros tomarían en cuenta los puntos de vista y los intereses de los isleños, aunque no sus deseos. La propuesta de siete puntos representaba la posición de los “wet” dentro de la administración Thatcher, y era la antítesis de aquello a lo que ella había apostado como primera ministra. No se produciría el retorno de la administración británica, no habría autodeterminación para los isleños y se tendría la garantía de que el problema se resolvería en abril de 1983. La Junta difícilmente podría haber deseado una oferta mejor. La propuesta de siete puntos era un mecanismo para transferir la soberanía a la Argentina. De haber sido aceptada, esta solución hubiera significado la victoria para la Argentina y la Junta militar, a la vez que una derrota para Gran Bretaña y la caída del gobierno de Thatcher. Probablemente Pym hubiera sido su sucesor.
–¿Y cómo boicoteó Thatcher la propuesta de paz?
–Belaúnde Terry llamó a Leopoldo Galtieri esa noche bien tarde para transmitirle la propuesta. Su plan era negociar un acuerdo de paz en secreto a la mañana siguiente, el 2 de mayo, en una conferencia telefónica tripartita entre Washington, Lima y Buenos Aires. De esta forma, al amanecer el 2 de mayo, Thatcher se enfrentó con el dilema del que hablamos antes. Por un lado, la Argentina había eludido la trampa de la Royal Navy y sus fuerzas estaban preparadas para asestar un golpe letal cuando comenzara el desembarco. Por otro lado, sabía por una conversación interceptada que Haig, Pym, Belaúnde Terry y Galtieri se preparaban para negociar un acuerdo de paz más tardar esa mañana a las 10 am, hora de Washington, (3 pm hora de Londres). Si bien reducir la capacidad de la Argentina para impedir un desembarco llevaría su tiempo, las maniobra “entre bastidores” entre Pym y Haig debía ser neutralizada en forma inmediata de. La propuesta de siete puntos era una oferta que Galtieri no podía rechazar y Thatcher no podía aceptar. Pues bien, el gran interrogante era cómo hacer fracasar la estratagema de Pym. La respuesta estuvo en los despliegues del día anterior para atrapar a la Armada argentina. El Splendid y el Conqueror estaban todavía en posición. La decisión de Thatcher fue escalar por la vía militar el camino que había comenzado la semana anterior en las Georgias del Sur. Como Pym se había opuesto a un ataque contra el portaaviones, Thatcher decidió ordenar un ataque sobre el próximo objetivo más redituable, el Belgrano.
–Pero hundir al Belgrano implicaba una serie de grandes riesgos para Thatcher…
–En realidad, más que riesgos eran inconvenientes. En primer lugar, tenía que convencer a sus colegas sobre la necesidad de tomar una decisión inmediata, y tomarla en ausencia de Pym. En segundo lugar, tenía que justificar el ataque al Belgrano en lugar del objetivo más peligroso, el portaaviones 25 de Mayo. Y tercero, la primera ministra tenía que alterar las reglas de combate para poder atacar un objetivo que no estaba aproximándose. Fue así que invitó al gabinete de guerra a almorzar antes de una reunión plenaria con los jefes del Estado Mayor que se realizaría por la tarde, basó su argumentación en un mensaje que acaba de recibir del almirante Woodward. Thatcher argumentó que era inminente un ataque de pinzas sobre la Fuerza de Tareas y que debían decidir inmediatamente qué hacer. Woodward informó que el portaaviones 25 de Mayo había eludido al Splendid, pero el Conqueror tenía al Belgrano en su mira. Podría evitar el movimiento de pinzas, dijo, si atacaba rápidamente al Belgrano, antes de que también pudiera eludir al Conqueror. El gabinete de guerra lo aceptó y a la 1:30 pm. Northwood envió la orden de atacar al capitán Wreford-Brown a bordo del Conqueror.
–¿Y qué hizo el capitán del Conqueror?
–Wreford-Brown respondió que la señal era “confusa”. El Conqueror había tenido algunos daños en su mástil y dificultades de comunicación el día anterior. Aunque eso haya sido verdad, muy probablemente Wreford-Brown apuntaba a una ratificación del mensaje enviado desde Londres, lo que daría tiempo a reconsiderar su contenido. Para dar más elementos a la reflexión, a las 3 pm utilizó la franja disponible en el satélite de comunicaciones de EE UU para subrayar que el Belgrano había “invertido su curso”, un mensaje que de hecho implicaba que la señal inicial no había llegado tan distorsionada. Por supuesto y como mínimo, la información de que el Belgrano había invertido su curso significaba que no existía el movimiento de pinzas y por lo tanto, que no había necesidad de precipitarse a tomar una decisión apresurada. Había tiempo suficiente de esperar hasta después del almuerzo para que el gabinete de guerra y los jefes consideraran las implicaciones más generales que resultarían de la acción prevista. Sin embargo, Margaret Thatcher, no estaba dispuesta a admitir más demoras. Dos horas después de recibir del Conqueror el mensaje de “inversión del curso”, a las 5 p.m., Northwood envió la confirmación del mensaje anterior ordenando el ataque.
–Y así fue como el hundimiento del Belgrano hundió también la propuesta Haig-Pym…
–Resulta instructivo yuxtaponer el orden cronológico de la decisión de Thatcher con el avance de la iniciativa peruana. Dicha yuxtaposición explica claramente la urgencia de la Primera ministra, a pesar de su declaración: “los que tomamos la decisión en Chequers en ese momento no conocíamos en absoluto las propuestas peruanas”. Esto era cierto, pero ella en realidad estaba al tanto de la inminencia de las negociaciones. Lo que la había alertado fue el llamado de Belaúnde Terry a Galtieri (temprano en la mañana del 2 de mayo en Londres) para transmitirle la propuesta de siete puntos. Es fácil imaginar la exasperación de Thatcher frente a Wreford-Brown y su informe de que la señal inicial era confusa. El tiempo era esencial. El mensaje había sido enviado una hora y media antes de la reunión de Pym con Haig, con la debida antelación para evitar cualquier mala noticia desde Washington. El segundo mensaje de Wreford-Brown a las 3 pm acerca de que el Belgrano había revertido su curso aparentemente habría logrado que Thatcher reflexionara. Habiendo llegado justo en el momento en que comenzaba la reunión de Pym y Haig; Thatcher decidió esperar y escuchar. Esa mañana, el embajador Nicholas Henderson acompañó a Pym a la oficina de Haig en el Departamento de Estado. Para él, Haig “respaldaba la convicción del presidente Reagan de que las fuerzas británicas estaban ‘haciendo el trabajo del mundo libre’, pero inmediatamente contradijo la declaración de apoyo del presidente a Gran Bretaña ‘haciendo fervientes votos para que se pudiera evitar una batalla a gran escala’”. Más tarde Haig le contó a Henderson una historia absolutamente falsa para ocultar el propósito de la visita de Pym. Según Henderson, Haig apenas había esbozado ciertas ideas originadas en la iniciativa peruana, pero que no habían sido formuladas de manera alguna en forma definitiva. Eran muy similares a las que él mismo había anticipado más temprano y pensó que serían más aceptables para Buenos Aires si eran presentadas por un gobierno sudamericano. Al respecto, Pym dijo estar “muy dispuesto a considerar nuevas ideas”, pero tendría que ver cuál era la reacción de los argentinos. Dijo: “por supuesto tendría que analizar toda nueva idea con sus colegas en Londres, a su regreso”. Haig también “estaba de acuerdo en que se necesitaba más tiempo y más trabajo detallado”. Ahora bien, lo único verdadero en este intercambio era el argumento de Haig acerca de involucrar a un gobierno sudamericano y la de Pym sobre que tendría necesidad de “analizar toda nueva idea con sus colegas en Londres, a su regreso”. La iniciativa peruana era el esfuerzo encubierto de Haig, bastante avanzado y muy específico. Haig no le mostró ningún texto escrito a Henderson, lo cual llevó al embajador ingles a concluir que lo que el secretario estadounidense le había esbozado “no podía describirse en forma alguna como una `propuesta´”. Sin embargo, sí existía una propuesta escrita, y Galtieri ya la tenía en sus manos.
–Digamos que la iniciativa peruana fue totalmente conducida a espaldas de Thatcher…
–El disimulo de Haig hacia Henderson tenía por objeto mantener al Foreign Office ignorante de lo que él y Pym estaban por hacer. Haig sabía que, si le informaba a Henderson sobre la propuesta de siete puntos en forma detallada, el embajador británico naturalmente enviaría un informe a Londres, lo que alertaría inmediatamente a la primera ministra, por cierto, un desarrollo de los acontecimientos que Pym deseaba evitar. A su vez, Pym tampoco enviaría información a Londres sobre la propuesta. Si todo salía del modo previsto, él regresaría con la propuesta en la mano. El episodio de Henderson confirma más allá de toda duda que Haig y Pym estaban confabulados para asestar un acuerdo de paz a Reagan y Thatcher, presumiblemente desprevenidos. Pero sigamos con Henderson. Este observa que después de del intercambio señalado entre Pym y Haig, ambos salieron “para una reunión frente a frente que duró dos horas”. Lo que Henderson no sabía –y no le dijeron– fue que ya ambos habían decidido comprometerse en una negociación intercontinental con Galtieri y Costa Méndez que involucraba a Belaúnde Terry como mediador. Si los servicios de inteligencia estaban monitoreando la conexión Washington-Lima-Buenos Aires, como es lógico asumir que sucediera, las ondas de radio deben haber crujido con la tensión y la aprehensión a medida que avanzaban las negociaciones. Cuando terminaron las discusiones, cerca del mediodía, había una sola palabra que impedía el acuerdo. Como le expresó Belaúnde Terry al Ministro de Relaciones Exteriores argentino: “Con la única excepción de esta palabra ‘deseos’, sobre la cual ha insistido el Reino Unido, ¿el resto es aceptable?” Costa Méndez respondió: “Correcto”.
–Y esto fue lo que finalmente recibió Thatcher que la alarmó al máximo, ¿es correcto?
–Correcto. Según Thatcher, no había tiempo que perder. Galtieri dijo que la Junta consideraría la propuesta esa tarde a las 19 hs y respondería rápidamente. Había pocas dudas sobre cuál sería su respuesta. Pero con una sola palabra que obstaculizaba el acuerdo, Pym retornaría a Londres y le presentaría a Thatcher un hecho consumado. Por ese motivo, ella debía interrumpir la negociación sin demora. El mediodía de Washington eran las 5 de la tarde en Londres, momento en que la primera ministra reconfirmó la orden al Conqueror de hundir el Belgrano. Pym no fue consultado ni informado acerca de esta decisión. El resto, como se sabe, ya es historia. El Conqueror hundió al Belgrano y el ataque también hizo volar en mil pedazos la confabulación de Haig y Pym de presentarle a Thatcher un acuerdo de paz satisfactorio.
–Después del Belgrano vino el Sheffield. ¿Qué hicieron los “confabuladores”?
–Pym reavivaría brevemente la propuesta peruana después del ataque al Sheffield, pero una vez iniciado el desembarco se apartó casi totalmente de la idea de seguir confabulando con Haig. Haig por su parte persistió hasta el final en su intento de impedir una victoria británica. Su posición sobre las ideas de Reagan sobre las Islas Falkland no fue un evento aislado. En ese momento, a principios de junio, con el partido presidencial en París, trató de evitar un cese del fuego en la invasión de Israel al Líbano, de interrumpir un acuerdo pendiente de EE UU con China para establecer un modus vivendi sobre Taiwán, de bloquear la imposición de sanciones sobre la tubería de gas en Europa y de evitar la decisión de restringir los créditos a la Unión Soviética. Haig y Reagan estaban virtualmente en guerra.
–¿Puede afirmarse que la cuestión del veto/no veta estadounidense fue el último reflejo de esa “guerra” entre Haig y Reagan?
–Claro. En el último minuto, cuando los Estados Unidos y Gran Bretaña habían vetado conjuntamente una propuesta de España y Panamá para un alto el fuego en las Falklands, y que hubiera dejado a las fuerzas argentinas en el lugar, Haig envió instrucciones a la Embajadora Jean Kirkpatrick de desligar a Washington de Londres y declarar que Estados Unidos retiraría su veto, si aún fuera posible hacerlo. Envió esas instrucciones a espaldas del presidente que se encontraba durmiendo. Esto, por supuesto, era el colmo. El presidente aceptó la renuncia de Haig unas semanas más tarde, el 25 de junio, poco después de terminada la guerra. Pym se mantuvo en su puesto hasta la reelección de Thatcher y luego cayó.
–¿Qué cree hubiera sucedido de haber triunfado el dúo Haig-Pym?
–No es difícil imaginar las consecuencias si Haig y Pym hubieran tenido éxito. La opresiva dictadura de la Junta argentina hubiera sobrevivido, en posesión de las Falklands y habiendo desarrollado armamento nuclear. Thatcher hubiera caído y hubiera sido reemplazada por Pym, que sin duda hubiera llevado a Gran Bretaña por un camino diferente, más compatible con los principios del nuevo orden mundial. Y Haig hubiera asumido una posición fuerte en la toma de decisiones políticas de los Estados Unidos, y hubiera estado en condiciones de tomar posturas aún más decisivas contra su presidente. En cambio, la victoria aseguró un papel de liderazgo a Thatcher en la política británica, ya que procedió a transformar a Gran Bretaña en una próspera economía de mercado. Para los Estados Unidos, la victoria británica resolvió dos problemas estratégicos. No sólo eliminó el espectro de la proliferación nuclear en Sudamérica y permitió restituir el gobierno civil en Argentina, sino que también afianzó el puente entre el Atlántico y Europa. Estos fueron los grandes y poco reconocidos éxitos de lo que he dado en llamar el golpe de las Falklands [Falklands Sting, en original en inglés]. En resumen, la guerra de las Falklands fue una “guerra de la derecha”, en el momento adecuado y en el lugar correcto.
–Según usted el papel de EE UU en el conflicto se redujo a alcanzar el objetivo de la no proliferación nuclear que perseguía la dictadura argentina. ¿Es correcto?
–La estrategia de Estados Unidos hacia América Latina en general, durante el período que abarca a todos los presidentes desde la Segunda Guerra Mundial, ha sido promover la democracia y evitar la proliferación nuclear. Fue Carter quien descubrió inicialmente el programa de armas nucleares de la junta en 1979. Fue entonces cuando revirtió la política hacia la Argentina y trató en vano de persuadir al régimen de Videla de cambiar el rumbo. Reagan intentó hacer lo mismo con Viola a comienzos de 1981. Cuando éste tampoco lo aceptó, Reagan cambió de táctica y apoyó a Galtieri contra Viola. Esa lucha fue en cualquier caso un hecho, pero el apoyo estadounidense a Galtieri incluía como mínimo un apoyo implícito a su plan de apoderarse de las Islas Malvinas. Creo que esto fue el origen de la “espina” que le hizo creer a Galtieri que EE UU lo apoyaría cuando tomara las islas, aunque sólo fuese como mediador neutral, y que no respaldaría a Thatcher.
–¿Dice usted que se trató de un ardid para derrocar a Galtieri?
–Galtieri no puede culpar a nadie más que a sí mismo por haber caído en el engaño estadounidense. Si hubiera tenido mejor asesoramiento, hubiera ido tras Viola en lugar de apresurarse a tomar las Islas Malvinas cuando se produjo el incidente de las Georgias del Sur. De hecho, el incidente de las Georgias sólo puede entenderse en función de las luchas internas de poder entre las facciones de Viola y Galtieri. Fue esto lo que aprovechó Thatcher para enviar un ultimátum a la Argentina cuando estalló la crisis de las Georgias. Esto obligó a Galtieri ya sea a actuar antes de lo previsto (planeaba atacar las Malvinas más cerca del invierno, el 20 de mayo, para que los británicos no tuvieran tiempo de montar una expedición y recuperar las islas), o bien esperar hasta el otoño. Entretanto y plenamente conscientes de que algo estaba sucediendo, los británicos aprovecharían para reforzar las islas. En lugar de eso, Galtieri atacó el 2 de abril, dando a Thatcher suficiente tiempo para reunir una Fuerza de Tarea s –y con el apoyo crucial de los Estados Unidos– recuperar las islas antes del comienzo del invierno.
–¿Qué nos puede decir en relación al desarme nuclear y a la desmilitarización de la Argentina que sobrevinieron después de la caída de Galtieri?
–La Argentina comenzó una senda de paz y desarrollo democrático. A modo de ejemplo: en la década que siguió al conflicto, es decir entre 1983 y 1993, el gasto militar se redujo en más de la mitad, desde 9200 millones de pesos a 4200 millones, con un mínimo de 2400 millones en 1991. El total de personal de las Fuerzas Armadas pasó de 175 mil a 65 mil. El gasto militar per cápita se redujo de $ 311 a $ 127. La importación de armas se precipitó drásticamente, de 1400 millones de pesos a 10 millones. Medidas las importaciones de armas sobre el total importado, la cifra es aún mayor: del 22,2 al 0,1%. En consecuencia, el retorno a un gobierno civil, el rechazo al armamento nuclear y el repudio al militarismo fueron los cambios históricos verdaderos directamente atribuibles a la Guerra de las Islas Falkland.
–¿Qué sucedió en Gran Bretaña terminada la guerra?
–Thatcher se transformó en la “Dama de Hierro”. La reelección fue un hecho. Luego vendría una tercera reelección. En total estuvo como primera ministra once años y medio. Durante ese período, Gran Bretaña viró bruscamente a una economía de mercado. La economía británica creció en los ’80 mucho más que cualquier otra europea, a excepción de España. Ocurrieron cambios estructurales. Los sindicatos fueron reducidos en número e influencia, los negocios desregulados, la propiedad privada estimulada. La industria y las empresas públicas fueron privatizadas, los impuestos reducidos y un control estricto de la política monetaria disminuyó la inflación del 10% a menos del 4%. En cuanto al recorte del presupuesto militar barajado en 1981, una revisión en materia de defensa revirtió la decisión. Gran Bretaña retendría y fortalecería la capacidad de la fuerza de proyección de la Royal Navy en las zonas de interés nacional. Todas las pérdidas de la guerra fueron reemplazadas y se adquirieron nuevos armamentos, aviones y buques.
–Es decir, la Fortaleza Malvinas se hizo realidad…
–El gasto anual en materia de defensa aumentó un 3% anual. Y en las islas, la decisión implicó justamente pasar a una política de “Fortaleza Falklands”. ¿Cómo? En primera medida, con una guarnición permanente, sumado a un escuadrón de F-4 Phantoms adquiridos a EE UU. En segundo lugar, el HMS Endurance quedaría en las islas, de la misma manera que los buques de asalto anfibio HMS Fearless y HMS Intrepid. Uno de los cambios más importantes fue la de mantener 3 portaaviones en lugar de 2. Las fragatas y destructores se mantuvieron en 55 cuando antes de 1982 se pensaba reducirlos por debajo de 50.