En la madrugada del 26 de abril de 1986, durante el cambio de guardia del turno de noche en la unidad número 4 de Chernobil, se produjeron lo que algunos integrantes de la guardia describieron más tarde como “ruidos sordos”.
Se produjo en principio, un silbido por escape de vapor. Y exactamente cuatro segundos después de la 1,23, una bola de fuego apareció en el cielo nocturno sobre el techo del vestíbulo de la turbina.
El reactor nuclear de Chernobil acababa de estallar. Chernobil está situada a 130 kilómetros al norte de Kiev, capital de Ucrania y a 600 kilómetros de Moscú. La planta nuclear, estaba ubicada catorce kilómetros río arriba del manso Prípiat, donde tambien se encontraba el pueblo del mismo nombre, pueblo que se había convertido en el lapso de dieciséis años por derecho propio en una ciudad, con una población de 20.000 habitantes, de un promedio de edad de veintiséis años.
Cerca de la confluencia de los ríos Uzh y Prípiat está la estación meteorológica de Chernobil, donde en las primeras horas del sábado 26 de abril, Zinaida Kordyk, directora del centro, estaba efectuando las mediciones de la mañana.
De repente, se detuvo ante el contador Geiger de la estación, comprobando horrorizada que daba una lectura que indicaba un aumento grande y repentino de los niveles de radicación.
Había una sola explicación: algo debía andar mal en la planta de Chernobil. Ella fue la primera persona fuera de la planta en descubrir las mortíferas descargas que ya habían empezado a desplazarse hacia Europa.
En ese momento, ya la mayor parte del reactor número 4 y de los edificios circundantes estaban ardiendo violentamente.
En un momento, el reactor pasó de presentar un cuadro tranquilo y rutinario a parecer un infierno. En cuestión de minutos, gran cantidad de restos altamente radiactivos saltaban elevándose en la atmósfera. Las autoridades soviéticas se tomaron semanas para establecer el orden de los acontecimientos que se produjeron aquella mañana.
El domingo, una ola de radiactividad afectaba a Finlandia, Suecia, Noruega y Dinamarca. Éste último país había visto multiplicados por seis sus niveles normales de lectura en algunas zonas. Hasta la tarde del lunes, el gobierno soviético no comunicó el accidente al resto del mundo.
El 14 de mayo, Mijail Gorbachov relataba así los detalles del orden de los acontecimientos: “Durante la planificada puesta fuera de servicio del generador número 4 aumentó súbitamente la potencia del reactor. La descarga considerable de vapor y la reacción subsiguiente condujo a la formación de hidrógeno, su explosión, la destrucción del reactor y la emisión radiactiva correspondiente”.
En ese momento, probablemente todavía ignoraba los errores que ocasionaron el accidente y que fueron revelados en un informe presentado en agosto de 1986 a la Agencia Internacional de Energía Atómica.
El informe manifestaba que el accidente se produjo cuando un equipo que había quedado en la planta estaba realizando un experimento, cuyo propósito consistía justamente en aumentar la seguridad del reactor.
Para llevar a cabo el experimento debía disminuirse la potencia del reactor. Hubiera sido más seguro detener su funcionamiento, pero eso era justamente lo que los operarios querían evitar, pues sabían que si interrumpían su marcha, tendrían que dejar pasar varios días hasta volver a ponerlo a pleno rendimiento, debido al fenómeno conocido como “envenenamiento del reactor por xenón”.
Cuando los operadores insertaron los rodillos de control para disminuir la potencia, fueron demasiado lejos y la potencia de salida del reactor cayó a solo treinta megavatios (térmica) alrededor del uno por ciento de la potencia máxima de salida, nivel donde comienza el envenenamiento que los obreros querían evitar.
A la una de la madrugada habían logrado aumentar la potencia a doscientos megavatios, era menor de lo que querían pero decidieron continuar.
En lugar de treinta rodillos sólo ocho quedaron en el núcleo, el mínimo requerido por las normas de seguridad, y los ocho estaban en condiciones incorrectas para cumplir su trabajo.
A la 1,22,30s horas, la reacción había llegado al nivel en que se hubiera producido un corte de emergencia. A la 1,23,04s, se cerraron las válvulas que controlaban el flujo de vapor al generador.
El reactor quedó entonces aislado del mundo exterior, con los rodillos de control fuera y los sistemas de seguridad desconectados.
El jefe de la guardia tardó sólo 36 segundos en darse cuenta que algo andaba muy mal. Ordenó que volvieran a introducirse los rodillos de control, pero éstos no cumplían todo el recorrido, probablemente porque ya estaban deformados por el calor.
Entonces se oyeron unos “ruidos de disparos” y desconectaron los rodillos de control para permitirles caer por gravedad dentro del reactor. Hubo una explosión que hizo volar el techo y envió fragmentos ardiendo a la sala de turbinas produciéndose el incendio.
El complejo de Chernobil estaba amenazado por la destrucción total. El fuego empezó a extenderse al reactor número 3, lo que hubiera provocado una catástrofe aún mayor.
Solamente el valor humano y el autosacrificio evitaron que eso llegase a ocurrir. Los bomberos soviéticos demostraron un heroísmo extraordinario que habría de ser la característica de su lucha para derrotar el incendio de Chernobil. Todos sabían que había pérdidad de radiación del núcleo del reactor en destrucción, pues los equipos de emergencia que medían la dosis ya habían advertido cuál era la situación, pero ninguno de los hombres abandonó la tarea: “Había que luchar contra el fuego a pesar de todas las consecuencias”, dijo Leonid Telvatnikov, jefe de bomberos de Chernobil.
De la sala, abajo salían humos y vapores y el techo bituminoso de la sala de la turbina se fundía rápidamente por el intenso calor. Advirtieron que las botas les dificultaban los movimientos porque estaban adhiriéndose a la masa fundida de la resina que les quedaba pegada y las hacía cada vez más pesadas.
En estas condiciones, los bomberos lucharon contra el fuego durante tres horas, hasta que lograron contener la dispersión de las llamas y evitar así que los otros tres reactores de la planta corrieran la misma suerte. Su heroísmo impidió un desastre muchísimo peor.
La primera víctima del terrible accidente fue Valery Hodiemchuk. Era un operador de la planta de energía y quedó atrapado por los escombros cuando se produjo la explosión.
Cerca de él, su compañero y amigo Vladimir Sashionok, operador del sistema automático, tampoco pudo salvarse. Sashionok salió tambaleándose del edificio en ruinas, con el ochenta por ciento del cuerpo quemado, hasta caer en brazos de sus horrorizados compañeros y sólo alcanzó a murmurar dos palabras: “Valeri adentro..”, antes de perder la conciencia.
Sashionok murió en la ambulancia. Los servicios de la ambulancia, temiendo la contaminación radiactiva, lo enterraron enseguida en el cementerio de la primera aldea que encontraron.
Muchas muertes posteriores fueron comunicadas. De las 237 personas que sufrieron irradiación en el accidente, 28 murieron y de las 209 restantes, 13 debieron ser sometidas a trasplantes de médula ósea. Pero las extrañas tumbas de Valeri Hodiemchuck y Vladimir Sashionok son como monumentos que hablan al mundo de la “fiabilidad” de la energía nuclear.
Durante más de una semana, las muertes de esos dos hombres fueron las únicas admitidas por las autoridades soviéticas, y la de Hodiemchuck constituyó una de las notas más conmovedoras del desastre.
Antes de salir para su guardia nocturna, le había dicho a su mujer que viajarían el fin de semana a la aldea vecina para ayudar a su madre a sembrar.
Cuando llegó el fin de semana, su mujer y su hijo viajaron en autobús a la aldea como habían planeado, pero el autobús formaba parte de un convoy de evacuación, y el cadáver de Hodiemchuk quedaba sepultado por una masa de cemento, bajo el reactor número 4 de Chernobil.
Será una tumba rara para su hijo cuando la visite, también lo será para muchas generaciones por venir, pues hasta dentro de siglos, el interior de la tumba no dejará de ser radiactivo.
Extraido de "Los Peores Desastres del Siglo XX" Bs. As. 1987.
Se produjo en principio, un silbido por escape de vapor. Y exactamente cuatro segundos después de la 1,23, una bola de fuego apareció en el cielo nocturno sobre el techo del vestíbulo de la turbina.
El reactor nuclear de Chernobil acababa de estallar. Chernobil está situada a 130 kilómetros al norte de Kiev, capital de Ucrania y a 600 kilómetros de Moscú. La planta nuclear, estaba ubicada catorce kilómetros río arriba del manso Prípiat, donde tambien se encontraba el pueblo del mismo nombre, pueblo que se había convertido en el lapso de dieciséis años por derecho propio en una ciudad, con una población de 20.000 habitantes, de un promedio de edad de veintiséis años.
Cerca de la confluencia de los ríos Uzh y Prípiat está la estación meteorológica de Chernobil, donde en las primeras horas del sábado 26 de abril, Zinaida Kordyk, directora del centro, estaba efectuando las mediciones de la mañana.
De repente, se detuvo ante el contador Geiger de la estación, comprobando horrorizada que daba una lectura que indicaba un aumento grande y repentino de los niveles de radicación.
Había una sola explicación: algo debía andar mal en la planta de Chernobil. Ella fue la primera persona fuera de la planta en descubrir las mortíferas descargas que ya habían empezado a desplazarse hacia Europa.
En ese momento, ya la mayor parte del reactor número 4 y de los edificios circundantes estaban ardiendo violentamente.
En un momento, el reactor pasó de presentar un cuadro tranquilo y rutinario a parecer un infierno. En cuestión de minutos, gran cantidad de restos altamente radiactivos saltaban elevándose en la atmósfera. Las autoridades soviéticas se tomaron semanas para establecer el orden de los acontecimientos que se produjeron aquella mañana.
El domingo, una ola de radiactividad afectaba a Finlandia, Suecia, Noruega y Dinamarca. Éste último país había visto multiplicados por seis sus niveles normales de lectura en algunas zonas. Hasta la tarde del lunes, el gobierno soviético no comunicó el accidente al resto del mundo.
El 14 de mayo, Mijail Gorbachov relataba así los detalles del orden de los acontecimientos: “Durante la planificada puesta fuera de servicio del generador número 4 aumentó súbitamente la potencia del reactor. La descarga considerable de vapor y la reacción subsiguiente condujo a la formación de hidrógeno, su explosión, la destrucción del reactor y la emisión radiactiva correspondiente”.
En ese momento, probablemente todavía ignoraba los errores que ocasionaron el accidente y que fueron revelados en un informe presentado en agosto de 1986 a la Agencia Internacional de Energía Atómica.
El informe manifestaba que el accidente se produjo cuando un equipo que había quedado en la planta estaba realizando un experimento, cuyo propósito consistía justamente en aumentar la seguridad del reactor.
Para llevar a cabo el experimento debía disminuirse la potencia del reactor. Hubiera sido más seguro detener su funcionamiento, pero eso era justamente lo que los operarios querían evitar, pues sabían que si interrumpían su marcha, tendrían que dejar pasar varios días hasta volver a ponerlo a pleno rendimiento, debido al fenómeno conocido como “envenenamiento del reactor por xenón”.
Cuando los operadores insertaron los rodillos de control para disminuir la potencia, fueron demasiado lejos y la potencia de salida del reactor cayó a solo treinta megavatios (térmica) alrededor del uno por ciento de la potencia máxima de salida, nivel donde comienza el envenenamiento que los obreros querían evitar.
A la una de la madrugada habían logrado aumentar la potencia a doscientos megavatios, era menor de lo que querían pero decidieron continuar.
En lugar de treinta rodillos sólo ocho quedaron en el núcleo, el mínimo requerido por las normas de seguridad, y los ocho estaban en condiciones incorrectas para cumplir su trabajo.
A la 1,22,30s horas, la reacción había llegado al nivel en que se hubiera producido un corte de emergencia. A la 1,23,04s, se cerraron las válvulas que controlaban el flujo de vapor al generador.
El reactor quedó entonces aislado del mundo exterior, con los rodillos de control fuera y los sistemas de seguridad desconectados.
El jefe de la guardia tardó sólo 36 segundos en darse cuenta que algo andaba muy mal. Ordenó que volvieran a introducirse los rodillos de control, pero éstos no cumplían todo el recorrido, probablemente porque ya estaban deformados por el calor.
Entonces se oyeron unos “ruidos de disparos” y desconectaron los rodillos de control para permitirles caer por gravedad dentro del reactor. Hubo una explosión que hizo volar el techo y envió fragmentos ardiendo a la sala de turbinas produciéndose el incendio.
El complejo de Chernobil estaba amenazado por la destrucción total. El fuego empezó a extenderse al reactor número 3, lo que hubiera provocado una catástrofe aún mayor.
Solamente el valor humano y el autosacrificio evitaron que eso llegase a ocurrir. Los bomberos soviéticos demostraron un heroísmo extraordinario que habría de ser la característica de su lucha para derrotar el incendio de Chernobil. Todos sabían que había pérdidad de radiación del núcleo del reactor en destrucción, pues los equipos de emergencia que medían la dosis ya habían advertido cuál era la situación, pero ninguno de los hombres abandonó la tarea: “Había que luchar contra el fuego a pesar de todas las consecuencias”, dijo Leonid Telvatnikov, jefe de bomberos de Chernobil.
De la sala, abajo salían humos y vapores y el techo bituminoso de la sala de la turbina se fundía rápidamente por el intenso calor. Advirtieron que las botas les dificultaban los movimientos porque estaban adhiriéndose a la masa fundida de la resina que les quedaba pegada y las hacía cada vez más pesadas.
En estas condiciones, los bomberos lucharon contra el fuego durante tres horas, hasta que lograron contener la dispersión de las llamas y evitar así que los otros tres reactores de la planta corrieran la misma suerte. Su heroísmo impidió un desastre muchísimo peor.
La primera víctima del terrible accidente fue Valery Hodiemchuk. Era un operador de la planta de energía y quedó atrapado por los escombros cuando se produjo la explosión.
Cerca de él, su compañero y amigo Vladimir Sashionok, operador del sistema automático, tampoco pudo salvarse. Sashionok salió tambaleándose del edificio en ruinas, con el ochenta por ciento del cuerpo quemado, hasta caer en brazos de sus horrorizados compañeros y sólo alcanzó a murmurar dos palabras: “Valeri adentro..”, antes de perder la conciencia.
Sashionok murió en la ambulancia. Los servicios de la ambulancia, temiendo la contaminación radiactiva, lo enterraron enseguida en el cementerio de la primera aldea que encontraron.
Muchas muertes posteriores fueron comunicadas. De las 237 personas que sufrieron irradiación en el accidente, 28 murieron y de las 209 restantes, 13 debieron ser sometidas a trasplantes de médula ósea. Pero las extrañas tumbas de Valeri Hodiemchuck y Vladimir Sashionok son como monumentos que hablan al mundo de la “fiabilidad” de la energía nuclear.
Durante más de una semana, las muertes de esos dos hombres fueron las únicas admitidas por las autoridades soviéticas, y la de Hodiemchuck constituyó una de las notas más conmovedoras del desastre.
Antes de salir para su guardia nocturna, le había dicho a su mujer que viajarían el fin de semana a la aldea vecina para ayudar a su madre a sembrar.
Cuando llegó el fin de semana, su mujer y su hijo viajaron en autobús a la aldea como habían planeado, pero el autobús formaba parte de un convoy de evacuación, y el cadáver de Hodiemchuk quedaba sepultado por una masa de cemento, bajo el reactor número 4 de Chernobil.
Será una tumba rara para su hijo cuando la visite, también lo será para muchas generaciones por venir, pues hasta dentro de siglos, el interior de la tumba no dejará de ser radiactivo.
Extraido de "Los Peores Desastres del Siglo XX" Bs. As. 1987.
