Historias Inexplicables
México ha tenido infinidad de creencias, muchas de ellas, transmitidas de padres a hijos, así se ha creído en la existencia de la llorona, de las brujas, del nahual, de duendes, aparecidos, de los castigos divinos por no cumplir con las promesas a los santos o las vírgenes que tanto abundan en nuestro credo mexicano.
En el siglo veinte era muy común espantarse de lo inexplicable y más cuando estábamos llenos de historias, que desde niños, y aun adultos, creíamos verdaderas.
La historia que les voy a narrar ocurrió a una niña de escasos 6 años, que si es no verdad ¿quién lo puede comprobar? El hecho es que lo relató la protagonista, pero ya adulta, que guardo sus recuerdos y así nos lo cuenta:
“Corría el año de 1940, mi abuelita Micaela hacia comales de barro y otros utensilios además del petate (los petates eran hechos de tule, tejidos a manera de que formaban una especie de tapete, pero este servía para dormir, la cama era para los ricos), el pueblo era petatero y a veces a mis abuelos le hacían pedidos los vecinos del pueblo - Villagrán, Guanajuato, pueblo cercano a Celaya – o también los habitantes de los pueblos cercanos; así había que llevarlos a domicilio.
Eran como la seis de la tarde, a pesar de ser tan temprano estaba semi-oscuro y mi abuela me mandó a dejar un comal a una casa cercana al puente:
-Luisa, lleva este comal a Petrita que vive cerca de río
-Pero abuelita “Miqueila”, tengo miedo, ya está oscuro, mejor mañana
-O lo llevas, o te doy con una vara de membrillo, semejante “labregona” y tienes miedo, eso déjalo para los bebes
-está bien
Salí a la calle, cargando el comal de barro, con mis escasos seis años, se me hacía inmenso, enorme. La calle, terregosa, sola, pues la gente en su mayoría ya se había recogido, uno que otro perro ladraba cuando pasaba cerca de sus casas, caminé debajo de los “pirules” y cruce el puente. Ahí estaba la casa, de ladrillo, con buenas puertas de madera, con sus escaleras antes de llegar a ella. Las subí y toque la puerta. A un lado de ella, se encontraba un perrito que inmediatamente se me vino encima, queriéndome lamer, y lo corrí…
-Sáquese perro
Y le di una patada… Volví a tocar la puerta, más nadie abrió. “Voltié” a ver al perro y lo vi más grande. No le di importancia, creí que eran “afiguraciones” mías.
Una vez más toque la puerta, voltíe a ver al perro nuevamente y me espante, ¡era del tamaño de un perro grande…! y me gruñía. Además seguía creciendo…
Boté el comal y salí disparada, despavorida rumbo mi casa, que estaba como a tres cuadras. Ahí mi abuela, en vez de oír lo que me había pasado me regañó.
-Luisa ¿Cómo que tiraste el comal?
- ¡Leodoro! ¡Librado!, ¡vayan a buscar el comal!
Salieron mis primos de inmediato, al igual así regresaron, con el comal roto, con lo que me gane una buena tunda. ¿Y del perro, que paso? Ni siquiera lo tomaron en cuenta, ni siquiera me oyeron. ¿Qué fue lo que ocurrió? Para mí que esa aparición fue el mismo diablo que quería jugar con mi alma. ¡Ve tú a saber!”
Esa es la historia que me relato esta mujer, llamada Luisa - hoy ya una anciana de más de 70 años - que a la fecha sigue platicarla a quién quiere escucharla, allá por el barrio de Tacubaya. ¿Que fue lo que le ocurrió? ¿Quien lo sabe?
México ha tenido infinidad de creencias, muchas de ellas, transmitidas de padres a hijos, así se ha creído en la existencia de la llorona, de las brujas, del nahual, de duendes, aparecidos, de los castigos divinos por no cumplir con las promesas a los santos o las vírgenes que tanto abundan en nuestro credo mexicano.
En el siglo veinte era muy común espantarse de lo inexplicable y más cuando estábamos llenos de historias, que desde niños, y aun adultos, creíamos verdaderas.
La historia que les voy a narrar ocurrió a una niña de escasos 6 años, que si es no verdad ¿quién lo puede comprobar? El hecho es que lo relató la protagonista, pero ya adulta, que guardo sus recuerdos y así nos lo cuenta:
“Corría el año de 1940, mi abuelita Micaela hacia comales de barro y otros utensilios además del petate (los petates eran hechos de tule, tejidos a manera de que formaban una especie de tapete, pero este servía para dormir, la cama era para los ricos), el pueblo era petatero y a veces a mis abuelos le hacían pedidos los vecinos del pueblo - Villagrán, Guanajuato, pueblo cercano a Celaya – o también los habitantes de los pueblos cercanos; así había que llevarlos a domicilio.
Eran como la seis de la tarde, a pesar de ser tan temprano estaba semi-oscuro y mi abuela me mandó a dejar un comal a una casa cercana al puente:
-Luisa, lleva este comal a Petrita que vive cerca de río
-Pero abuelita “Miqueila”, tengo miedo, ya está oscuro, mejor mañana
-O lo llevas, o te doy con una vara de membrillo, semejante “labregona” y tienes miedo, eso déjalo para los bebes
-está bien
Salí a la calle, cargando el comal de barro, con mis escasos seis años, se me hacía inmenso, enorme. La calle, terregosa, sola, pues la gente en su mayoría ya se había recogido, uno que otro perro ladraba cuando pasaba cerca de sus casas, caminé debajo de los “pirules” y cruce el puente. Ahí estaba la casa, de ladrillo, con buenas puertas de madera, con sus escaleras antes de llegar a ella. Las subí y toque la puerta. A un lado de ella, se encontraba un perrito que inmediatamente se me vino encima, queriéndome lamer, y lo corrí…
-Sáquese perro
Y le di una patada… Volví a tocar la puerta, más nadie abrió. “Voltié” a ver al perro y lo vi más grande. No le di importancia, creí que eran “afiguraciones” mías.
Una vez más toque la puerta, voltíe a ver al perro nuevamente y me espante, ¡era del tamaño de un perro grande…! y me gruñía. Además seguía creciendo…
Boté el comal y salí disparada, despavorida rumbo mi casa, que estaba como a tres cuadras. Ahí mi abuela, en vez de oír lo que me había pasado me regañó.
-Luisa ¿Cómo que tiraste el comal?
- ¡Leodoro! ¡Librado!, ¡vayan a buscar el comal!
Salieron mis primos de inmediato, al igual así regresaron, con el comal roto, con lo que me gane una buena tunda. ¿Y del perro, que paso? Ni siquiera lo tomaron en cuenta, ni siquiera me oyeron. ¿Qué fue lo que ocurrió? Para mí que esa aparición fue el mismo diablo que quería jugar con mi alma. ¡Ve tú a saber!”
Esa es la historia que me relato esta mujer, llamada Luisa - hoy ya una anciana de más de 70 años - que a la fecha sigue platicarla a quién quiere escucharla, allá por el barrio de Tacubaya. ¿Que fue lo que le ocurrió? ¿Quien lo sabe?