Un poema bastane pelotudo, pero te cagas de risa jaja
Cierta noche aciaga, cuando, con la mente cansada
daba rienda libre a mi vicisitud taciturna de tipeo
y asentía, adormecido, de pronto se oyó un zumbido,
como un suave, apenas perceptible aleteo.
Es un ensueño –me dije- producto del cabeceo;
sólo eso y nada más.”
¡Ah, recuerdo tan claramente aquel desolado diciembre!
Cada chispa resplandeciente dejaba un rastro espectral.
Yo esperaba ansioso al sueño, pues no había hallado calma en mi distracción,
ni consuelo a la pérdida abismal
de aquella a quien los ángeles Musa podrán llamar
y aquí nadie nombrará.
Cada crujido de las persianas plásticas y cetrinas
me embargaba de dañinas dudas y mi sobresalto fue tal
que, para calmar mi angustia repetí con voz mustia:
“No es sino un delirio fruto del agotamiento mental;
una quimera que interrumpe mi vano intento de producción intelectual.
Sólo eso y nada más”.
Mas de pronto me animé y sin vacilación realicé
un recorrido visual por las paredes de lo que oso llamar hogar:
un cubículo de veintinueve metros cuadrados
con pasaplatos que separa a la cocina del comedor principal,
y, entre cuadros y adornos varios no encontré nada particular:
sólo sombras, nada más.
La noche miré de lleno, de temor y dudas pleno,
y soñé sueños que nadie osó soñar jamás;
pero en este silencio atroz, superior a toda voz,
sólo se oyó la palabra “inspiración”, que yo me atreví a susurrar…
sí, susurré la palabra “inspiración” y un eco volvióla a nombrar.
Sólo eso y nada más.
Aunque mi alma ardía por dentro, regresé a mi tecleo
pero pronto aquel zumbido se escuchó más pertinaz.
“Esta vez quien sea que acecha lo hace en mi ventana;
veré pues de qué se trata, que misterio habrá detrás.
Si mi corazón se aplaca lo podré desentrañar.
¡Es el viento y nada más!”.
Mas cuando abrí la persiana se coló por la ventana,
agitando sus alas, un insecto muy solemne y ancestral.
Sin cumplido o miramiento, sin detenerse un momento,
con aire envarado y grave fue a posarse en mi portal,
en un poster promocional de Gremlins que hay encima del umbral;
fue, posóse y nada más.
Esta negra y torva cucaracha tocó, con su aire grave,
en sonriente extrañeza mi gris solemnidad.
“Esas antenas filiformes-le dije-, no te impiden ser
osada, viejo bicho desterrado de la negrura cloacal;
¿cuál es tu tétrico nombre en el abismo infernal?”
Dije el insecto: “Nunca más”.
Que una cucaracha zarrapastrosa tuviera esa voz virtuosa
sorprendióme aunque el sentido fuera tan poco cabal,
pues acordaréis conmigo que muchos habrán tenido
ocasión de ver posado tal bicho en su portal.
Ni insecto ni bestia alguna sobre el portal
que se llamara “Nunca más”.
Mas la cucaracha, altiva, adusta, no pronunció,
como si en ello le fuera el alma, ni una sílaba más.
No movió una sola antena ni dijo palabra alguna
hasta que al fin musité: “Ví a otras de las suyas volar;
pronto, muy pronto, ella también volará”.
Dije entonces :”Nunca más”.
Esta certera respuesta dejó mi alma traspuesta;
Mas no tuve tiempo de cavilaciones pues se echó a volar
sus alas translúcidas dirigidas a mi ser desgraciado;
y a pesar de la torpeza insomne en un salto logré reaccionar.
Posose en la biblioteca, sobre una frondosa edición del
“Nunca mas”.
Como el insecto aún convertía en sonrisa mi porfía
me deje caer en una silla en la esquina opuesta al animal;
y hundido en la gomaespuma me afané con recelo
en descubrir qué quería la funesta cucaracha ancestral
al repetir: “Nunca más”.
Esto, sentado, pensaba, aunque sin decir palabra
al insecto que ahora quemaba mi pecho con su andar;
eso y más cosas pensaba, con la espalda apoyada
sobre el cojín purpúreo que el candil hacía brillar.
¡Sobre aquel cojín purpúreo en el que solía crear,
y donde ya no crearé nunca más!
Luego el aire se hizo denso, como si ardiera un incienso
mecido por serafines de leve andar musical.
El miserable bicho batió sus alas,
y recorrió el monoambiente sin dirección particular.
Eludí sus embestidas, y en la lampara del centro se fue a posar.
Dijo el insecto: “Nunca mas”.
“¡Profeta! -grité -, ser malvado, profeta eres, diablo alado!
Por el Dios que veneramos, por el manto celestial,
dile a este desventurado si en el Edén lejano
a la inspiración un día podré abrazar”.
Dijo el insecto: “¡Nunca más!”.
“¡Diablo alado, no hables más!”, dije, dando un paso atrás;
¡Que la tromba te devuelva a la negrura cloacal!
¡Ni rastro de tu pelaje en recuerdo de tu ultraje
quiero en mi luz cenital! ¡Deja en paz mi soledad!
¡Quita las antenas de mi pecho y tu sombra del fanal!”
Dijo el insecto: “Nunca más”.
Y el impávido bicho osado aún sigue, sigue posado,
en el pálido spot de tres luces de diseño industrial;
y su mirada aguileña es la de un demonio que sueña,
que nunca, pero nunca, recuerde comprar un raid;
y mi alma, de esa sombra que allí flota fantasmal,
no se alzará…¡nunca más!
Saludos!