InicioParanormal"El mito de Menem"
Buenos días, amigos y amigas de Taringa, señora Presidenta si está leyendo (uno nunca sabe…), amantes de las historias.

Como ustedes sabrán, desde que entré a esta bella comunidad taringuera me he destacado siempre por mis desopilantes historias de humor. Últimamente me aburrí de la comedia, y aprovechando que ahora existe la sección “Paranormal” y que una extraña criatura peluda de 80 cm. de alto deambula por el patio de mi casa cada noche de luna llena, decidí explorar este nuevo género: el terror. A continuación les presento un cuento que escribí, espero que sea de su agrado.




EL MITO DE MENEM



Recuerdo que era un viernes a la noche. Mediados de junio. Hacía mucho frío afuera, y la verdad que no tenía muchas ganas de salir. Mientras me dedicaba a mi (por suerte) no tan conocido pasatiempo preferido (hacer posts en Poringa con las inocentes fotos de mis amigas del facebook), se escuchaba cómo una tenue llovizna caía sobre la ciudad.
Estaba entretenido allí, subiendo fotos y descargándome la primera temporada de Pinky y Cerebro, cuando me llega un mensaje al celular. Era un amigo preguntándome si tenía ganas de hacer algo a la noche. Con un gran poder de convencimiento de su parte logró que me pusiera los jeans que me regalaron para Navidad, la camisa blanca que usaba mi abuelo y de la que me apropié luego de su muerte (nota del autor: estaba en perfecto estado, de no ser por una mancha de salsa que quedó accidentalmente luego de una noche de pizzas en casa), y los viejos mocasines que compré para la fiesta de 15 de mi prima, fiesta de 15 que nunca se hizo porque los padres le terminaron regalando un viaje a Disney.

Lookeado de esa manera, me fui hasta la casa de mi amigo, y luego de una moderada previa salimos a bailar a un boliche de la zona. Después de ir a la barra por un vaso de cerveza, nos dedicamos a observar el panorama. Y en ese vemos, allá, a lo lejos, entre el tumulto de gente, un resplandor. Agudizando la vista (disminuida a esa altura de la noche por los efectos del alcohol) logramos distinguir que se trataba de un simpático piercing en el ombligo de una chica.




“Está con una amiga, parece que las dos solas nomás. Vamos!”, fue la orden de mi amigo, que yo acaté, por supuesto. A medida que nos íbamos acercando a estas muchachas nos dimos cuenta de la particularidad de su vestimenta: Eran góticas.
Mi amigo me dejó para mí a la chica del piercing (Es lo menos que puede hacer por vos una persona a la que le donaste un riñón hace dos años). Y por ella fui, arrancando con una frase tal vez algo anticuada:
- Disculpeme señorita,¿Le importa si la miro durante un ratito? Quiero recordar su cara para mis sueños.
Las risas no se hicieron esperar.
-Jajajaja … Siempre sos así de pelotudo vos?
-Para nada. Quedate tranquila que cuando pierdo a la Play me pongo peor.
-Jajajaja… Sos muy gracioso Juan!
Epa! Eso me llamó la atención…
-Cómo sabés que me llamo Juan?
-La vez pasada fui con unas amigas a comer al Mc Donalds donde laburás, nos serviste un Big Mac y te ví el nombre en la camisa jajajaja
-Ahhh! Mirá vos… pero… no recuerdo haberte visto che… fuiste así vestida?
-Nooo para nada! Yo soy gótica todo el tiempo, pero vestirme así sólo cuando vengo al boliche. Nada más.
A esa altura yo ya sentía que habíamos hablado demasiado para lo que en realidad tenía pensado hacer, así que fui al grano, sin más vueltas:
-Nunca antes había conocido a una gótica. Che, te puedo chupar el piercing?
Lo que en otra ocasión y frente a otra chica hubiese provocado una cachetada en seco, acá mi pregunta fue increíblemente efectiva.
-Dale, dale… pero no acá! Vamos a mi departamento mejor. Vivo con dos chicas más, pero están de viaje y no vuelven hasta la semana que viene.
No podía creer mi golpe de suerte. Una noche que no pintaba para ser la gran cosa de repente me encontró yéndome a un depto. con una loca trola gótica desconocida. Para no quedar mal, le hice una pregunta de honor:
-Bueno, vamos. A propósito… vos cómo te llamás?
-Erica, por?
-Por nada. Vamos a tu depto.
Así fue como en un rapto desenfrenado de lujuria me subí al Citroen C4 negro de Erica y me condujo a su departamento. No era muy grande, a decir verdad. Había ropa tirada en el piso, y muchos posters de bandas metaleras en las paredes. El aroma a incienso era bastante fuerte también.



Luego de participar activamente en una increíble perfomance de mi compañera (donde mi papel, si bien muy breve, también fue muy destacado), ella se quedó acostada al lado mío y prendió un pucho.
-Flaco, tenés que irte!
-Naa… dejame. Me voy mañana. Después que me sirvas el desayuno.

-No, no… tenés que irte ya. Dale! – Erica se levantó de la cama y me tiró mi ropa encima.
-Pero pará, loca! Qué te pasa?
-Andate, mejor andate!! Ya! Y no le cuentes a nadie lo que hicimos esta noche!
No sé qué le pasó por la cabeza a la mina. Se transformó. En dos segundos se había vuelto loca.
-Pero no entiendo! Recién la estábamos pasando bien y ahora me echás?? Sos una histérica!!
-No me entendés! Andate! Ahora!
Me vestí y me cambié. Antes de cruzar la puerta del depto para irme, ella me dio un beso y me dijo:
-Yo también la pasé bien! Pero es mejor que te vayas! Y acordate: nunca repitas la palabra “Menem” 3 veces frente a un espejo.
Esa última frase me resultó muy extraña. ¿Por qué lo habría dicho?
Durante días me quedé pensando cuál podría haber sido la causa de esa desesperación de Erica para que me fuera cuanto antes de su departamento. ¿Por qué ese cambio de actitud tan repentino? Para responder a este interrogante recurrí a los estudios de Freud sobre la histeria, pero aún cuando hubiera sido factible atribuir el cambio de conducta de mi gótica novia a conflictos afectivos no resueltos, la siguiente pregunta sería más inquietante todavía que la primera: ¿Por qué no debía repetir la palabra “Menem” 3 veces frente a un espejo?



Había escuchado ya que nombrar en voz alta a Carlos Menem era mufa. Y confieso que varias veces toqué madera cuando escuché su nombre en la televisión o en la radio. Pero esta advertencia de Erica me intrigaba. Así fue que, finalmente, una noche decidí hacer la prueba. Tomé valor, encaré el espejo del baño de casa, y pronuncié, con voz temblorosa, el apellido del ex presidente argentino en 2 ocasiones:
- Menem... Menem...

Cuando terminé de pronunciarlo por segunda vez, un silencio sepulcral invadió el lugar. Mis palpitaciones se aceleraron, noté que estaba empezando a transpirar. Y con la poca voz que me quedaba lo dije por tercera vez:
- Menem!

Al principio no sucedió nada. Una repentina calma me devolvió el aliento. Con el correr de los minutos comprendí que nada anormal había ocurrido, y pensé que había logrado derrumbar un mito. Me acosté a dormir... Al día siguiente, mientras iba en bici para el trabajo, me chocó un camión que venía en contramano y sin respetar las calles autorizadas para la circulación de tránsito pesado. Volé por el aire y mi cabeza se golpeó fuertemente contra el cordón de la vereda. Hace más de un mes desperté de un coma profundo que mis familiares dicen que duró 2 años y medio. Y aquí estoy, desde la clínica, contando mi historia. Los médicos confían en que pronto la rehabilitación dará resultados y volveré a caminar. De Erica nunca supe más nada. Lamento no haber seguido su sano consejo.

FIN.


Nota del autor: El mito de que nombrar a Menem fuera prácticamente lo mismo que cruzar un gato negro o pasar por debajo de una escalera data de la campaña para las elecciones presidenciales de 1989, cuando dos camiones comandados por militantes que lo apoyaban desbarrancaron en una ruta salteña. La abultada lista de sucesos que definen esta curiosa relación del ex presidente con los infortunios del destino merecería un relato aparte; pero es posible nombrar, entre otros, el fallecimiento de uno de sus ministros a los cinco días de asumir el cargo, una visita al programa de Tato Bores la misma noche que le desvalijaron la casa que Tato tenía en Punta del Este, darle la mano a Daniel Scioli luego de participar de una regata con él (al otro día Scioli perdió el brazo derecho), etc.


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