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Se me vuelve camalote el corazón ( ensañanza publica )

Info10/15/2008
La enseñanza publica en las isalas del delta del Parana
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Se me vuelve camalote el corazón




La educación pública viene atravesando en los últimos meses una de sus recurrentes crisis. Docentes de todos los niveles y de distintos ámbitos del país reclaman aumentos para sus sueldos misérrimos y los problemas de infraestructura son cada vez más agudos y, en algunas escuelas, colegios y facultades, potencialmente peligrosos. El presupuesto educativo está en uno de sus niveles históricos más bajos. La educación en general no es una prioridad, como sí lo es “honrar” deudas fraudulentas con los organismos internacionales de crédito. En este contexto general hay casos particulares que merecen conocerse, como el de la autora de esta nota, docente en un colegio secundario situado en una alejada isla del Delta del Paraná, donde la belleza del paisaje y la calidad humana de alumnos y profesores se conjugan con la miseria, el atraso y el esfuerzo diario que unos y otros realizan diariamente por aprender y enseñar.





Ejercer la docencia en las islas del Delta es realmente maravilloso. Docentes y alumnos compartimos diversos lugares y momentos: el viaje en lancha, la hora del desayuno, el almuerzo, las fiestas que aún se celebran en los colegios, como por ejemplo la del día del isleño, en la cual se desarrollan juegos propios del campo, jineteadas, competencias deportivas, etc. La escuela sigue siendo un sitio en donde los miembros de la comunidad, no sólo padres y alumnos, se reúnen y participan activamente.

A los pocos colegios secundarios que hay en las islas concurren adolescentes que son completamente distintos a los que nosotros denominamos”planta urbana”.Muy pocos de ellos tienen computadora en sus casas -sí las hay en los colegios-, tampoco tienen play station; no están “contaminados” con la desmesurada cantidad de aparatos, como sucede con los jóvenes de la ciudad; no conocen su alienación, ni su vértigo, ni las grandes aglomeraciones de gente. Jamás son violentos. Conviven con la naturaleza; los únicos ruidos que conocen son los de los diferentes animales, los de la intempestiva sudestada, o el andar de alguna embarcación lejana. Será a causa de este silencio y de tanta soledad que los chicos de la isla son una fuente inagotable de misteriosas leyendas…

No faltan a la clase, a pesar del frío riguroso en el invierno, de las “marejadas”, de las lluvias intensas; sus padres les han inculcado que “los maestros” y el colegio son esenciales para su vida. Tanto unos como otros nos respetan y nos valorizan, como sucedía en tiempos idos ya. Llamamos a los alumnos por su nombre de pila, no son un mero apellido; los cursos, por lo general, no superan los veinte alumnos, lo que hace que podamos realizar una educación personalizada, impensable en cualquier metrópoli. Conocemos a sus padres, sabemos acerca de sus problemas: existe una verdadera comunicación entre docentes y alumnos. En mi caso, puedo avanzar con mayor rapidez con los objetivos que me impuse alcanzar, ya que los chicos, hasta el más limitado, o con mayores dificultades en el aprendizaje, son sumamente receptivos.

Soy profesora de lengua y literatura, y en los albores de la primavera es hermoso leer poemas, u otros textos literarios, en el jardín o en el salón de clase, con toda la naturaleza en derredor: ¡es increíblemente bello! Es por todo esto que quienes trabajamos hace varios años en la isla no dejaremos de hacerlo jamás. Siempre decimos que enseñar en el Delta es adentrarse en otro universo…; es una experiencia que nunca podría comprender aquel educador que solamente trabajó en la ciudad o en pueblos, por más pequeños que éstos fueran. Por supuesto, hay muchas dificultades: estamos siempre supeditados al clima; por ejemplo, cuando hay niebla las lanchas que salen de la estación fluvial de Tigre no pueden hacerlo y hay que esperar a que la niebla se desvanezca o, lo que es peor aún, navegamos unos minutos y nos quedamos literalmente”varados”.Sucede muchas veces que, ante la peligrosidad de cruzar el Paraná de Las Palmas con ese brumoso manto, se debe aguardar a que la luz del sol disipe la neblina. Y durante esa espera, que a veces se torna interminable para chicos y adultos, el frío y la humedad resultan muy intensos e insalubres. Otro problema es cuando en el Paraná hay marejada. Como la embarcación se mueve muchísimo, el patrón de abordo debe conducir y atravesar este ancho río teniendo en cuenta los vientos y las corrientes.

El sueldo que percibimos los maestros y profesores corresponde a lo que se denomina ruralidad. Es mayor, claro está, que el que se gana en planta urbana, pero el viaje hasta la escuela implica sacrificio y esfuerzo: son casi cinco horas, entre ida y vuelta; lanchas que se rompen continuamente por falta de mantenimiento; el terrible y húmedo frío en otoño e invierno, y además la falta de estufas en las escuelas. Los salarios deberían ser mayores; no cualquier docente, por más vocación que posea, puede soportar todas estas vicisitudes.

La mayoría de los padres de los alumnos laboran y cuidan las tierras de los adinerados del lugar -cuatro o cinco apellidos ilustres que parecen verdaderos señores feudales, como ocurre en nuestras provincias-. Lamentablemente, existe un sinnúmero de adultos, adolescentes y niños que son explotados por sus patrones, en una suerte de relación de vasallaje, propia del medioevo….

A pesar de todos los problemas existentes en la isla, jamás sentí mi vocación tan afianzada. En numerosas ocasiones, siento una alegría indescriptible al trabajar con los chicos isleños, al comprobar en sus miradas, esa avidez de conocimientos y un cariño legítimo por mi persona, que hacen que enseñar en el Delta sea lo mejor que me pudo suceder en mi carrera docente y uno de los hechos más hermosos de mi vida. Cuando tenía 16 años, gracias a una profesora de la secundaria que siempre recuerdo, empecé a anhelar el hecho de enseñar, de transmitir, de comunicarme, de formar seres humanos a través de la letra, la palabra y el arte literario.Y ese sueño lo comencé a plasmar y a sentir más vívido cuando descubrí a los adolescentes entrañables de las islas.

Muchos han sido los poetas y escritores que vivieron en el Delta y que describieron su naturaleza. Entre los más destacados se encuentran: Víctor Ostrovosky, Lobodón Garra -seudónimo de Liborio Justo-, Fray Mocho (José Sixto Álvarez), Julio Migno, Domingo Faustino Sarmiento-cuya casa es un museo, sobre el río homónimo-, Marcos Sastre, Leopoldo Lugones -quien se suicidó en el hospedaje “El Tropezón”-, el desaparecido Haroldo Conti (la historia de su novela “Sudeste” transcurre en las islas) y el recientemente fallecido Héctor Prado, quien nació y vivió sobre el arroyo La Barquita, y cuya esposa fue maestra en nuestro establecimiento, que está situado sobre el Río Carabelas. Hace pocos años Héctor, con su característica humildad, visitó nuestra escuela: conversó con los alumnos y les leyó sus poemas. Además de poeta, fue cuentista y dramaturgo. Permítanme evocar su memoria a través de este texto poético que publicó en unos de sus libros más conocidos, Camino del Poema, en la editorial Delta.

“Noche delteña”

¿Quisieras embarcarte
conmigo en la aventura?
pues bien, súbete a mi bote
navega por mi río
conversa con los cielos
de grises otoñales
sumérgete en las rojas
semillas de juncales
o en las aguas isleñas
contagiadas de arenas
o en el canto del monte
espinudo y latente.



Asómate a mi muelle
contempla la corriente
recorre camalotes
y escamas de dorado
y trépate a los pinos
por su savia caliente
escucha cómo canta
el aire entre las cañas
y llénate los ojos de paz
y sol mojado,
aquiétate en mis manos
respira la mañana
acuéstate es espumas
de orillas vegetales
y quédate en silencio
que en la noche delteña
habrá tan sólo aromas
en vez de soledades.


Héctor Prado


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