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La historia del inodoro

El filósofo eslovaco Slavoj Zizek dice que los inodoros franceses son “jacobinos” y los sajones “pragmáticos”. Pero se olvidó de los japoneses, los más sofisticados del mundo y que incluso cuentan con museo propio. Este artefacto fue inventado por un ahijado de la reina Isabel I de Inglaterra; mientras que el origen del bidet se remonta a las Cruzadas, cuando se lo usaba como anticonceptivo. Napoleón lo popularizó entre los franceses, pero hoy menos de la mitad tiene uno en su casa. La globalización, le dicen...


Pero no fue un japonés el que inventó el inodoro. Sus orígenes se remontan a la Antigua Grecia. Según registros históricos, los griegos no tenían ningún problema en hacer sus necesidades en público. Era frecuente que en medio de los banquetes, los esclavos romanos trajeran escupideras de plata para que los nobles las usaran a la vista de todos y luego se siguiera bailando y tomando. El palacio cretense de Knossos tenía cuatro desagües que funcionaban en forma separada y desembocaban en grandes cloacas construidas en piedra. Escondido en el interior del palacio estaba el inodoro, un recipiente de arcilla con un asiento de madera y un pequeño tanque de agua. Pero el invento se perdió allá en Creta y recién miles de años más tarde, en el siglo XVI, Sir John Harington inventaría un aparato similar para su madrina, la reina Isabel I, que se jactaba de su limpieza y solía decir que se bañaba una vez por mes “haga falta o no haga falta”. Sin embargo, muchos se burlaron de este absurdo artilugio y Harington abandonó su carrera como inventor. Nunca más volvió a construir un inodoro, pero él y su madrina usaron religiosamente los suyos.



El inodoro actual


Hicieron falta doscientos años más para que un tal Alexander Cumming patentara el inodoro que se usa actualmente. Al principio, pocos se animaban a comprar uno, pero las ventas fueron subiendo a medida que se mejoró el diseño y las redes cloacales redujeron las enfermedades, como la de tifus que todavía persistía. El príncipe Alberto, marido de la reina Victoria, murió de esta enfermedad en 1861. Poco después, el príncipe de Gales perdió a su mayordomo y a un amigo en un brote durante el verano. Las cloacas de la hostería donde se hospedaban habían contaminado el agua y el problema fue corregido por un plomero. Muy agradecido, el propio príncipe, confesó: “si no fuera príncipe, sería plomero”. Y se convirtió en un ferviente impulsor del inodoro de “interior”, construido dentro de las viviendas y no en un patio, como se acostumbraba.




Historia del bidet

Por su parte, la historia del bidet se remonta a la época de las Cruzadas. Se presume que fue inventado por los caballeros cruzados cuando volvían de Jerusalén. Aparentemente estaba diseñado para lavar los órganos genitales antes y después de tener relaciones sexuales, como método anticonceptivo. Más tarde, durante la Revolución Francesa, este artefacto ya era un signo de refinamiento. Claro que en esa época se usaba sólo para lavar los bigotes y barbas. Napoleón era uno de sus adoradores y cuando murió le dejó el suyo, de color rojo, al rey de Roma, es decir, a su hijo. Inmediatamente, tener bidet se convirtió en el último grito de la moda entre la nobleza. La novedad prendió muy pronto entre la burguesía y, gracias a una gran campaña de salud pública, para fines de la Segunda Guerra Mundial, casi todos los hogares franceses tenían uno en su baño.


Para entonces, los parisinos se burlaban de los turistas ingleses que veían un bidet por primera vez y lo usaban para hacer pis, limpiarse los pies o lavar las medias. Pero según Roger-Henri Guerrand, un historiador especializado en el lado “íntimo” de los franceses, muy pocos franceses realmente se molestaban en usarlo, por la fuerte influencia del catolicismo. Aparentemente, muchos seguían las enseñanzas de San Francisco de Asís, que aconsejó a los cristianos permanecer sucios para así tener una idea del olor del infierno. Recién en los ochenta, cuando se desvaneció la influencia de la religión, los franceses empezaron a bañarse. Pero para entonces el bidet ya era un objeto obsoleto. Según las encuestas, hoy menos de la mitad de los franceses cuenta con este artefacto. “Es la globalización”, dice Guerrand.


Quizá a eso se deba cierta fama de los franceses, pero los británicos les llevan la delantera (en fama, por lo menos): “En los últimos tres meses no me duché ni una vez y no siento ninguna necesidad”, dijo hace unos años Trevor Newton, presidente de la compañía de agua británica, durante la gran sequía que azotó a ese país en los noventa. El anuncio sorprendió a los británicos, que consideran a la ducha un “invento continental” y se inclinan por el baño de inmersión una vez por semana.


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