¿No es demasiado poco bajar la edad de responsabilidad penal a doce años? ¿Por qué no a diez? Si a los diez los niños tienen pelos en las piernas y hasta fuman. Ya desde el jardín de infantes se revelan las malas inclinaciones. El nene que le roba pinturitas de la mochila al compañerito tiene que ir directo a Guantánamo. No hay edad que deba ser perdonable. Hasta los bebés pueden ser malos: hay algunos que desde la cuna son altamente sospechosos. Destripan los muñequitos de peluche y dan indicios de cómo van a ser de grandes. Incluso desde las ecografías. Borroneado ya se ve en ellas al futuro bebé agazapado y amenazante. Hay ecografías donde luce como si quisiera agredir a alguien apenas salga. La gestación es el escondrijo. Bebé que aspire a malo, bebé al que hay que iniciarle un expediente carcelario. Y por más que la madre patalee debe hacerse responsable de lo que engendre. No se entiende cómo con tan alta tecnología global en cualquier rubro, no se inventa un detector de embriones asesinos. La inseguridad exige que los “buenos” nos unamos. Los vecinos saben dónde están los delincuentes. Los proyectos de leyes penales no deben ser más tratados por el Congreso: deben ser tratados por asambleas vecinales recalentadas por la radio “tolerancia extra cero” y por sus epígonos mediáticos justicieros. Los tiempos en que no había democracia curtieron a la sociedad civilizada. Sabe defenderse. Aunque por el exceso de entusiasmo penal se cometan algunos daños no queridos. Dotemos a la policía de armas de destrucción masiva y cámaras de suplicios. Confiemos en patrullas barriales indignadas.
Esas que señalen con su sana justicia donde se esconden los criminales. Y que marcan las casas malas con el dedo. Si se comete un error estará justificado por el deseo de “aniquilar” el delito. Es obvio que la entera confianza que despierta una residencia con pileta climatizada, no puede compararse a la poca que despierta una “casucha” de lata. Por eso, menos las casas de quienes nos conocemos de la misa, del consorcio o del club todas las demás deben ser requisadas. Basta de malos en las calles. Distinguirlos es fácil: tenemos una larga experiencia de discriminación por portación de cara y de vestuario. Y las condenas de los culpables deben ser diferenciadas según el rango y jerarquía de las víctimas. No es igual que el muerto sea un vagabundo a que sea un ingeniero. Ni que conduzca un auto caro o un carrito. Ni es lo mismo que el crimen suceda en San Isidro, que en un lote suburbano en un basural abierto. Cada cosa en su sitio. Cada llanto tiene su estatus. Y no me vengan a hablar de ninguna falla cultural o de la mala distribución de la riqueza. Menos planes sociales y más planes letales. Menos voz de alto y más balas. Si las cárceles se llenan de excluidos es una prueba de que el delito lo recluta la exclusión. Los que quieren seguir siendo excluidos que se atengan a las consecuencias. Basta de dejar la justicia en manos de jueces débiles garantistas; la justicia hay que ponerla en manos de los deudos de las víctimas que siempre tienen ánimo piadoso. Y terminemos con eso de presunto: el que es presunto, es culpable. Para qué perder tiempo en bajar la edad de condena espasmódicamente. El mal ya viene desde el embrión. Las nuevas prisiones deberían tener incubadoras punitivas. Incubadoras con patíbulo. Amén.
Autor: Orlando Barone
Fuente: http://continental.com.ar/noticias/698360.asp