Cielo e infierno en Occidente
(El jardín del Edén, La Morada de los ángeles, Los vikingos, El Islam, El río de la muerte)
Los conceptos opuestos de Cielo e Infierno han subyugado al hombre desde los tiempos más remotos. Todas las culturas del universo comparten la expectativa de una paz y una felicidad eternas para quienes han llevado una vida recta. y también asignan eternos sufrimientos para los obradores de la maldad.
Actualmente las descripciones clásicas del Cielo y del Infierno tienen el peligro de caer en el tópico. Sin embargo, todo el mundo interpreta debidamente el convencionalismo de los niños alados, arpas y aureolas, así como la imagen del Infierno subterráneo.
La creencia en la vida del más allá es un hecho universal, pero nadie, naturalmente, sabe aun con exactitud lo que ello comporta.
Frecuentemente, lo que el hombre imagina más allá del sepulcro está relacionado con los deseos terrenales. Los pueblos del desierto esperan deliciosas fuentes; los guerreros vikingos, la compañía de los héroes.
El jardín del Edén
La palabra paraíso es de origen persa y después pasó a los griegos. Literalmente significa «tierra de los bienaventurados». Designaba los jardines de palacio de los reyes persas, encerrados tras muros, y fue utilizado más tarde para aludir al Paraíso Terrenal o Jardín del Edén. Finalmente, los escritores del Nuevo Testamento lo aplicaron al Cielo, morada eterna de los cristianos bienaventurados. En casi todas las religiones y mitologías se halla situado en algún lugar del firmamento.
La religión védica del Indostán lo entendía como un reino de luz situado en los confines del cielo. Este Paraíso ofrecía la plena satisfacción de los deleites terrenos, «con música, cumplimiento de los deseos sexuales y ausencia de dolores y preocupaciones».
Morada de los ángeles
El hinduismo tiene también su Paraíso por encima de las nubes, mientras el budismo muestra en el suyo diversos grados y lo sitúa en un cielo vago y no astronómico, más allá de la atmósfera.
El cristianismo se inspiró abundantemente en las religiones hebrea y griega. Del judaísmo procede esa región del cielo donde habitan Dios y sus ángeles. Del helenismo tomó la idea del viaje espiritual.
La idea de los siete cielos -siendo el séptimo y último la máxima felicidad- también es griega. El Elíseo era la morada de los bienaventurados en la mitología de los griegos. De ahí proceden los Campos Elíseos de los poetas que Homero coloca en el «confín del mundo». Otros griegos eran más precisos y los situaban hacia el Atlántico, en una «fértil tierra que tres veces al año producía frutos dulces como la miel».
Los vikingos
La imagen escandinava del Valhalla, versión vikinga del Cielo, era menos placentera y así lo expresa Wagner en sus grandiosas óperas. En la mitología nórdica, el Valhalla era la mansión de los muertos. Se decía que el imponente palacio de Asgard tenía 450 puertas, tan enormes que podían entrar por cada una un frente de 800 guerreros muertos en combate. En su interior el dios Odín celebraba festines con los héroes que las Valkirias, sus servidoras, conducían al Valhalla. Estas cabalgaban radiantes en medio de las batallas y seleccionaban entre los muertos aquellos guerreros dignos de cenar con Odín. Pero la paz de los valientes era exigua, pues cuando los muertos llegaban al Valhalla debían reanudar diariamente la lucha. Cuantos caían en la lid eran resucitados para el banquete de la noche, con el dios de las batallas.
El Islam
La más joven de las grandes religiones, es también la más sencilla: adora al único y supremo Dios, y le invoca con el nombre de Alá. La palabra «islam» significa «sumisión» a la voluntad de Dios. La palabra «muslim» o musulmán significa «el que se somete». La religión islámica afirma que Dios es Alá y Mahoma el profeta por quien Alá se ha comunicado.
Mahoma redactó los primeros capítulos del Corán, la «Biblia islámica», aunque no le sabe si el libro quedó terminado en vida del profeta.
El Corán describe con vivos colores las delicias del Cielo. Ofrece jardines, fuentes, vino y hermosas vírgenes. Aquellos que son admitidos en él pueden beber el vino que les estuvo prohibido en la Tierra y mofarse incluso de los sufrimientos de los no creyentes.
Amenaza del fuego
El Infierno responde a diversas concepciones según las culturas, pero el judaísmo y el cristianismo lo presentan como terrible medio disuasorio para el pecador impenitente. Supone la amenaza de condena eterna, especialmente entre llamas, y se han descrito con viveza sus castigos como medio saludable contra la inmoralidad, el crimen y en definitiva para la salvación del cristiano.
Los primeros cristianos aceptaron desde el principio la realidad del Infierno y en especial la existencia del tormento del fuego. Ello explica la difusión de las enseñanzas El Apocalipsis de Pedro en el siglo II, que dice así: «Algunos condenados estaban colgados de la lengua: eran aquellos que habían blasfemado contra la justicia, y tenían bajo sus pies un fuego cuyas llamas les atormentaban... Y en otro lugar había piedras más afiladas que espadas, calentadas como ascuas de fuego, sobre las que hombres y mujeres cubiertos de harapos eran arrastrados con gran tormento... Junto a ellos había unas muchachas sin más vestido que las sombras, las cuales eran cruelmente castigadas y sus carnes desgarradas en pedazos. Son aquellas jóvenes que no supieron conservar su virginidad hasta el momento de ser otorgadas en matrimonio.»
Homero escribió con pesimismo una espantosa oscuridad a la que todos o casi todos los muertos debían ir. Era la morada del Hades, el dios de la muerte, que gobernaba, tal como se describe en La Ilíada, «odiosas estancias de podredumbre que llenan de horror a los propios dioses». Los griegos sentían tal horror de la muerte que incluso procuraban no nombrarla.
El río de la muerte
La Estigia, una laguna o río de la Arcadía, se convirtió en el río principal de ultratumba. Los muertos la cruzaban en la harca de Caronte, que cobraba por el pasaje una moneda, depositada por los parientes en la boca o en la mano del difunto.
La descripción del Islam no es menos tenebrosa: el Infierno estaba «cubierto de fuego, barrido por vientos pestilentes e inundado de agua hirviendo».
Cielo e infierno en Oriente
(Yang y el Yin, El Tao, El Budismo)
El Yang y el Yin
Miles de años antes de Cristo, la antigua filosofía china desarrolló una armoniosa concepción del orden natural.
Existían muchos cielos diferentes a donde se dirigían los muertos para gozar en amable compañía. Los más importantes eran las Islas de los Bienaventurados, en los mares orientales, y el Paraíso de Occidente, situado donde se alzan las montañas del Turquestán.
El universo se componía de dos elementos relativos, el Yang y el Yin. El Yang era lo positivo o masculino, y estaba representado por el calor, la actividad, la dureza, la claridad, la creación y la estabilidad.
El Yin era lo negativo o femenino, y estaba representado por la humedad, el fría, lo pasivo, lo blando, lo misterioso, lo confuso y lo variable.
La eterna cópula de ambos principios dio origen al Cielo y a la Tierra; en aquél predominaba Yang y en ésta Yin. Mientras el dualismo de las demás filosofías -lo bueno y lo malo- se halla en eterno conflicto, el Yang y el Yin están invariablemente de acuerdo.
El Tao
El taoísmo constituye el fundamento de la filosofía china. Es una «senda» o un «camino» y en la comprensión del Tao está el auténtico sentido de la vida.
La unidad del Cielo y de la Tierra sólo es posible cuando el Tao sigue su curso natural. En un principio el taoísmo parecía pulsar resortes ocultos y mágicos y transportaba a las mentes a una tierra de ensueño.
Budismo
Los budistas se apartan de la general creencia en el Paraíso. Ellos, y todos los seres vivos, están sujetos a innumerables ciclos de nacimiento, muerte y resurrección.
El budismo, religión de los discípulos de Gautama Buddha, se esparció por el norte de la India en el siglo VI antes de J. C. y pretende enseñar al hombre la forma de librarse del sufrimiento de la vida. Sólo cuando el hombre se sobrepone a las ansias y deseos materiales puede alcanzar el Nirvana, estado en que se alcanza la paz absoluta.
No obstante, en la China primitiva, en el Japón y en el Tíbet, existía una rama del budismo que creía en el «Gran Paraíso Occidental». Un antiguo texto que ha llegada hasta nosotros lo describe como «un lugar inundado de luz y brillantes joyas de valor incalculable... Buda se sienta en su trono de flor de loto, como sobre una montaña de oro, en medio de todas las excelencias y rodeado de sus santos».
El libro de los vigilantes
La rebelión de los satanes
La figura o la idea del diablo y el nombre de Lucifer o de Satanás se hallan con frecuencia inseparablemente unidos. Y asociamos su maldecida esencia a la fracasada rebelión que protagonizó contra Dios y que le convirtió para siempre en un ángel caído.
También se nos ha enseñado que fue este mismo diablo llamado Satanás el que tentó con éxito, bajo la forma de una serpiente, a nuestra madre Eva en Edén, precipitando su inmediata expulsión -y la de su seducido partenaire- del cuestionable paraíso en el que vivían.
No bien habitaba ya el diablo en aquel maravilloso jardín, la rebelión angélica de la que fue protagonista debió de tener lugar en algún momento anterior a la creación del hombre por Dios al séptimo día de su inspirada semana. ¿Pero en cuál de esos seis días previos pudo haberse desarrollado tan insólita contienda? El Génesis guarda silencio al respecto. Ahora bien, este mismo libro relata en otro pasaje un episodio extraordinario que se desarrolló en los albores de aquella humanidad aún recién creada -aunque ya hubieran transcurrido seis generaciones longevas desde el destierro del paraíso-, atañente asimismo a una rebeldía y posterior caída de los ángeles del cielo.
Génesis, 6, 1-8
«Cuando comenzaron a multiplicarse los hombres sobre la tierra y tuvieron hijas, viendo los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas, tomaron de entre ellas por mujeres las que bien quisieron. Y dijo Yahvé: «No permanecerá por siempre mi espíritu en el hombre, porque no es más que carne. Ciento veinte años serán sus días». Existían entonces los gigantes en la tierra, y también después, cuando los hijos de Dios se unieron con las hijas de los hombres y les engendraron hijos. Estos son los héroes famosos muy de antiguo. Viendo Yahvé cuánto había crecido la maldad del hombre sobre la tierra y que su corazón no tramaba sino aviesos designios todo el día, se arrepintió de haber hecho al hombre en la tierra, doliéndose grandemente en su corazón, y dijo: «Voy a exterminar al hombre que creé de sobre la haz de la tierra; y con el hombre, a los ganados, reptiles y hasta las aves del cielo, pues me pesa de haberlos hecho». Pero Noé halló gracia a los ojos de Yahvé.
En este pasaje tan condensado del primer libro de la Biblia se relatan una serie de hechos que, por sí solos, apenas tienen sentido para el lector piadoso que se aproxima a ellos con un vano intento de reflexionar sobre la fe en que sustenta su piedad.
Para situarnos en el contexto temporal, nos hallamos ante sucesos antediluvianos, en el sentido más exacto del término, y es precisamente a partir del final de la cita cuando da comienzo la historia archiconocida de Noé y el relato del diluvio universal.
Los acontecimientos narrados como de pasada y brevemente en el pasaje genesíaco -o genético- evidencian, entre otras cosas, el abismo existente entre la concepción del hombre predicada en el libro introductorio del Antiguo Testamento, de corte animalesco y de índole creacionista pero des-afiliada, y el sentido absolutista y transcendente que Jesús nos ofrece en el Nuevo, donde al hombre se le atribuye la cualidad espiritual de «hijo de Dios». No así en el relato que estoy comentando, donde los hijos de Dios no son exclusivamente sino los seres celestiales, los ángeles -caídos o no-, o los vigilantes que, desde las alturas, desde las altas bóvedas extraterrenas, tienen la tarea de custodiar el desarrollo de su creación, de uno más entre el resto de los animales que pueblan la tierra, de manera no menos prosaica y alejada de lo espiritual que si estuviéramos hablando de una especie de inmenso zoo planetario. No es de extrañar, no obstante, si tenemos en cuenta que el significado que actualmente damos a la palabra «espíritu» (el de Yahvé que permanecía en el hombre en los días de Edén) se aleja bastante del sentido que podría tener originariamente en hebreo, donde la palabra «ruakh», o espíritu del que el hombre estaría investido, se traduciría por «aliento» o por «viento», en sinonimia con la originaria acepción del pneuma griego.
Y son esos superiores «hijos de Dios» (tampoco se habla de «hijas de Dios») los que copulan -con o sin su consentimiento (eso no importa)- con las hijas de los hombres en una actuación que más parece una violación en masa que una entente cordiale. Pero no acaba ahí la tropelía. Después de consumada una acción cuya autoría el Génesis atribuye a la voluntad voluptuosa de los hijos de Dios, a Yahvé no se le ocurre otra cosa que impartir su justicia condenando al hombre con una frase lapidaria que limitará los días de su vida a 120 años.
De estas uniones antinaturales nacerán posteriormente (aunque, enigmáticamente, se afirma que anteriormente ya «existían entonces los gigantes en la tierra») unos engendros, los gigantes llamados «nefilim», a quienes el texto bíblico reconoce como los héroes de la antigüedad, tal vez refiriéndose a los semidioses del mundo mitológico griego.
Así de escuetamente termina la única referencia del Génesis a esos extraños seres que debieron de poblar la tierra en los albores de la humanidad, a tenor del recuerdo conservado de ellos en tantas dispersas culturas.
Y sin solución explicativa de continuidad, serán nuevamente los pecados del hombre los que desencadenen la ira de Dios (de Yahvé) desbordada (al parecer, también el dios veterotestamentario pecaba siquiera capitalmente), cuyo descontrol emotivo casi destruye todo rastro de vida sobre la tierra mediante el «universal» diluvio del que aún hoy, miles de años después, se conserva memoria atávica en las cuatro partes del globo.
Que de un relato tan interesante como éste, en el que los mismísimos ángeles guardianes son representados adoleciendo de veleidades comportamentales propias de los más bajos instintos carnales que se alejan irremediablemente de cualquier desapegada espiritualidad, se nos ofrezca noticia tan cicatera, nos hace sospechar de su carácter más cercano al mito que a una contrastada realidad pre-histórica. Sin embargo, afortunadamente, el texto presentado se revelará como una simple anécdota bibliográfica teniendo en cuenta la existencia de otros auténticos libros donde el argumento marginal se transforma en tema central.
Pero antes de adentrarnos a analizar qué dicen al respecto esos otros textos, veamos las variaciones que nos ofrece el judío Flavio Josefo en su obra «Antigüedades Judías» (Ediciones Akal, S.A., 1997), Libro I, después de hablar, en un pasaje no menos interesante sobre la descendencia de Set, de la humanidad posterior a Adán.
Flavio Josefo
67 Descendientes de Set. [...] «Y, siendo todos ellos de buena condición, habitaron tranquilos y felices las mismas tierras, sin que hasta el momento de la muerte les aconteciera nada desagradable, e inventaron la ciencia relativa a los cuerpos celestes y a su regulación. Y con el fin de que no escaparan a los hombres estos descubrimientos ni se perdieran antes de ser conocidos, al advertirles Adán que tendría lugar la desaparición de todo rastro de vida, en un caso por efecto del fuego y en otro por la fuerza y la abundancia de agua, levantaron dos columnas, una de adobe y otra de piedras, y en ambas escribieron los descubrimientos, para que, incluso desaparecida la de adobe por el diluvio, permaneciera la de piedra y permitiera a los hombres conocer el texto de la inscripción, además de señalar que habían erigido también otra columna de adobe. Y permanece hasta el día de hoy en la región de Siris». [¿Puede estar refiriéndose Flavio Josefo al mencionar esa columna de piedras a la Gran Pirámide y a la tradición que habla de antiguos conocimientos celosamente escondidos detrás de sus muros? Lamentablemente, nada sabemos sobre esa región de Siris donde se hallaría ubicada y donde aún se mantendría erguida en tiempos del historiador judío].
72 Degeneración posterior. [...] «Y estos durante siete generaciones permanecieron fieles a la idea de que Dios es el señor del Universo y haciendo todo con miras a la virtud, pero luego, con el paso del tiempo, abandonando los comportamientos patrios cambiaron a peor, no ofreciendo ya a Dios los honores debidos ni manteniendo una relación justa con los hombres [no se sabe si Flavio Josefo está hablando de los primeros hombres o de los ángeles], sino que el celo que antes sentían por la virtud lo duplicaron entonces por el vicio, según mostraban en todo lo que hacían. De ahí vino que obligaran a Dios a enfrentarse con ellos. En efecto [aquí se halla la relación causal a que me refiero], muchos ángeles de Dios copularon con sus mujeres y engendraron hijos soberbios y desdeñosos de todo lo bello, por confiar en su capacidad. Y es que estos, según la tradición cuenta, cometieron iguales desmanes que los atribuidos a los gigantes por los griegos. Noé, en cambio, molesto con sus fechorías y disgustado con sus decisiones, trataba de persuadirlos a que cambiaran a mejor sus determinaciones y acciones, pero al ver que no le hacían caso y que, por el contrario, estaban poderosamente dominados por el placer de los vicios, abandonó el país con sus mujeres, sus hijos y las esposas de estos, por temor a que lo mataran».
Nuevamente nos encontramos con breves alusiones a unos hechos que, seguramente distorsionados por el paso de los milenios transcurridos, o prácticamente casi olvidados, resultaron tan trascendentales para la historia de la humanidad que, precisamente a pesar de la lejanía del tiempo en que sucedieron, aún conservaban suficiente relevancia en el consciente colectivo de los pueblos de la antigüedad para pervivir entre sus tradiciones religiosas con una significancia de verdad tautológica que nuestros modernos hagiógrafos han categorizado como mito. Pero el mito y los mitologemas no son sino eufemismos lingüísticos inventados por los racionalismos para desvirtualizar de contenido material los hechos reales, que adornados con la forma poética de lenguajes extinguidos, cuya semántica completa no alcanza nuestra comprensión, recogieron los aedos antiguos para que fueran conservados y transmitidos a las generaciones venideras.
El Libro de los Vigilantes de Henoc
Existe, no obstante, un libro, el del Henoc etiópico, que es en realidad un conjunto de libros refundidos por mano anónima, y que puede encontrarse en castellano en el Volumen IV dedicado al ciclo de Henoc, de la obra APÓCRIFOS DEL ANTIGUO TESTAMENTO, publicado en 1984 por Ediciones Cristiandad, extraordinariamente interesante, siquiera fuera por lo sugerente de uno de los libros de que se compone, el «Libro de los Vigilantes». Nótese en primer término que este título de «vigilantes» atribuido a los ángeles o entidades más cercanas al Dios celestial, por cuanto eran los «hijos de los cielos», no es exclusivo de Henoc, y debía de estar arraigado en la tradición judía, no bien también lo recoge el profeta y visionario Daniel en 4-14 («Esta sentencia es decreto de los vigilantes, es resolución de los santos, para que sepan los vivientes que el Altísimo es dueño del reino de los hombres y lo da a quien le place, y puede poner sobre él al más bajo de los hombres») y en 4-20 («En cuanto a lo que ha visto el rey: un vigilante, un santo que bajaba del cielo y decía: Abatid el árbol, destruidlo, pero el tocón y sus raíces dejadlos en tierra, con ataduras de hierro y bronce, entre la hierba del campo, y sea bañado del rocío del cielo y comparta la suerte de las bestias del campo hasta que hayan pasado por él siete tiempos»).
En cuanto al término «vigilante» del Libro de Henoc, es un epíteto traducido así tradicionalmente del etiópico «teguhan», constantes (servidores); en otros pasajes, la expresión literal es «los que no duermen». En cuanto al texto arameo de los fragmentos hallados en Qumran del Libro de los Vigilantes, la traducción halla sentido en la raíz aramaica que significa «despertar», «estar en vela, vigilante», para designar a unos seres superiores que habitaban el cielo [son notas tomadas de la obra ya citada].
Es en el Libro de los Vigilantes de Henoc donde se detalla más extensamente el relato de una rebelión celestial tradicionalmente estimada como espiritual mediatizada por caracteres sospechosamente físicos. Este parece ser el relato de los ángeles caídos que tuvo lugar durante la sexta generación humana desde la creación de Adán. Pero entonces, ¿quién (o quiénes) era la serpiente antigua, el diablo o Satanás que tentó a Eva y provocó la expulsión del Edén de nuestros primeros padres? ¿No se nos ha enseñado que Satanás fue un ángel, el ángel caído por antonomasia? ¿Cuándo aconteció realmente la rebelión contra Dios (o contra un comandante en jefe celeste)?
Según Henoc, que era el séptimo patriarca después de Adán, cierto número de ángeles o de vigilantes celestiales (¿vigilantes de qué?; ¿de la evolución del hombre?) se juramentaron bajo anatema «en aquellos días, cuando se multiplicaron los hijos de los hombres...» para tomar por mujeres a las hijas de los hombres, que eran hermosas y deseables. Al parecer, iba a ser una acción que tenían expresamente prohibida. Y Semyaza, el líder de los rebeldes, no queriendo asumir solo la culpa, hizo jurar el complot a todos los que estaban de acuerdo con desobedecer la orden de no mantener contacto con el hombre, ese -digo yo- animal inferior: «Temo que no queráis que tal acción llegue a ejecutarse y sea yo solo quien pague por tamaño pecado». Cuenta Henoc que «eran doscientos los que bajaron en los días de Yared sobre la cima del monte Hermón» [Yared fue el sexto después de Adán. Según la cronología del Génesis, nació el año 460 de la Creación y murió en el año 1422; durante
El pecado de aquellos seres fue que «tomaron mujeres; cada uno se escogió la suya y comenzaron a convivir y a unirse con ellas, enseñándoles ensalmos y conjuros y adiestrándolas en recoger raíces y plantas [...] Azazel enseñó a los hombres a fabricar espadas, cuchillos, escudos, petos, los metales y sus técnicas, brazaletes y adornos; cómo alcoholar los ojos y embellecer las cejas, y de entre las piedras, las que son preciosas y selectas, todos los colorantes y la metalurgia. Hubo gran impiedad y mucha fornicación, y se corrompieron sus costumbres. Amezarak adiestró a los encantadores y a los que arrancan raíces; Armaros, cómo anular los encantamientos; Baraquiel a los astrólogos; Kokabiel, los signos; Tamiel enseñó astrología; Asradel, el ciclo lunar. Pero los hombres clamaron en su ruina y llegó su voz al cielo».
Los ángeles caídos, por tanto, lo son por un doble pecado: por haber fornicado con las hijas de los hombres, y por haber revelado al hombre ciertos conocimientos que, para mantenerlo en un estado de ingenuo primitivismo, tenía vedados. Aquella ancestral «revelación» devino en divina «rebelión». Da la impresión de que incumplieron su cometido de «vigilar» desde fuera (desde arriba) y que actuaron de consuno tomando parte activa en el desarrollo civilizador del hombre. Su pecado no fue otro que hacer de civilizadores, enseñando al hombre a sembrar, a hacer uso de los minerales y a transformarlos, a observar y medir el cielo y los astros, dando un impulso ajeno y artificial detonador de un nuevo estadio en la evolución natural humana (¿del homo sapiens al homo sapiens sapiens?), a impulsos de unos deseos físicos incontenibles (a juzgar por el paso que dieron a sabiendas de las consecuencias catastróficas de su acción), que solucionan definitoriamente y sin ambages el tan traído y llevado «sexo de los ángeles».
En el resumen de los hechos que hace el Génesis la concupiscencia angélica no tiene otras consecuencias que el engendro de los nefilim. Como los hombres de Cortés o de Pizarro, la licenciosidad de su empuje civilizador no conllevó causas penales asociadas.
Sin embargo, para el autor del Libro de los Vigilantes, su deshonesta acción fue la causa de su caída y de su castigo eterno. Lo cual no se puede entender sin considerar a esos seres angélicos como auténticos seres carnales, quizá cercanos a las esferas celestes, pero desde luego bien alejados de los círculos celestiales. Y tampoco se comprende el castigo sino como consecuencia de una transgresión de un orden natural que se ha alterado peligrosamente con consecuencias imprevisibles, al haber desoído instrucciones precisas de alguna suerte de entidad de alto mando en un momento de despiste o de ausencia temporal incomprensible en la definición de un Dios ubicuo y omnisciente.
«Semyaza, a quien tú has dado poder para regir a los que están junto con él, ha enseñado conjuros. Han ido a las hijas de los hombres, yaciendo con ellas: con esas mujeres han cometido impureza, y les han revelado estos pecados. Las mujeres han parido gigantes, por lo que toda la tierra está llena de sangre e iniquidad [...] Y dijo también el Señor a Rafael: Encadena a Azazel [el texto habla indistintamente de Semyaza o de Azazel como líder de la conjuración] de manos y pies y arrójalo a la tiniebla; hiende el desierto que hay en Dudael y arrójalo allí. Echa sobre él piedras ásperas y agudas y cúbrelo de tiniebla; permanezca allí eternamente; cubre su rostro, que no vea la luz, y en el gran día del juicio sea enviado al fuego».
En realidad, ¿no ha sido así en la mayoría de las culturas que conocemos? Quiero decir: los mitos de la prehistoria de los pueblos hablan de seres extraños a la propia cultura que fueron quienes enseñaron al hombre los secretos de la naturaleza, pasando por el conocimiento de la siembra, de la domesticación de los animales o de la ciencia de los calendarios. En ningún caso se nos habla de que fuera el propio hombre el que descubriera de tal o cual modo las artes prácticas tan útiles para el desarrollo de los pueblos. Las viejas tradiciones sobre el impulso civilizador son siempre ajenas, vienen de fuera del entorno tribal. Como prototipo arcaico mostrativo, la mitología preindoeuropea de la cultura vasca atribuye a los basajaunak («los señores del bosque», criaturas de ética ambigua y de aspecto parecido al hombre) el conocimiento de ciertos secretos de la naturaleza que guardan celosamente al objeto de que no sean robados por el hombre, lo cual no obstante sucederá finalmente mediante el uso de ciertas tretas y engaños atribuidos en el mito a la recurrida personificación de Sanmartin o Martintxiki (después de todo, los basajaunak tampoco eran tan listos).
Pero volviendo al tema que nos ocupa, ¿fue aquélla la caída real angélica? Antes he apuntado que Satanás ya formaba parte del escenario de la creación del hombre, y su intervención fue decisiva para que el ser humano alcanzara la consciencia de sí mismo separándose así cualitativamente del resto de los animales con los que convivía asilvestradamente. ¿Es posible que ya hubiera habido una rebelión anterior a la que tuvo lugar en tiempos -según nos cuenta Henoc- de Yared? ¿O son las manos de los amanuenses que recogen las tradiciones quienes confunden los tiempos en que se produjo? Henoc llama a los ángeles caídos los satanes, nombre genérico que alguna tradición posterior personalizaría en Satanás; sin embargo, se afirma que «[...] el tercero se llama Gadreel: éste enseñó todos los golpes mortales a los hijos de los hombres; él sedujo a Eva Eva Eva [...]». Y continúa explicando cómo ha pervertido al hombre especialmente la enseñanza de la escritura (don también superior): «El cuarto se llama Penemué: éste mostró a los hijos de los hombres lo amargo y lo dulce, y todos los arcanos de su sabiduría. Él enseñó a los hombres la escritura con tinta y papel, a causa de lo cual son muchos los que se extravían desde siempre y hasta siempre, hasta este día. Pues los hombres no fueron creados para semejante cosa: con pluma y tinta fortificar su fe».
El Libro de los muertos
El llamado Libro de los muertos o Fórmulas del salir durante el día para los antiguos egipcios, de época tolemaica, es un compendio de fórmulas mágicas, o de grimorios, que posiblemente tampoco tuvieran sentido para los contemporáneos de la fecha en que se elaboró el mismo como una especie de recopilación de los no menos relevantes Textos de las pirámides.
Pero de su farragosa lectura tal vez podamos rescatar alusiones que guardan directa relación con el tema que estamos tratando, siquiera intuitivamente. Porque en el trasfondo de esas fórmulas pretendidamente mágicas, utilizadas para velar al difunto en su viaje al más allá, se pueden esconder -como en tantas otras ocasiones- velados relatos de hechos que realmente pudieron tener lugar en un remoto pasado, y cuya preservación para el conocimiento de las generaciones futuras, o bien precisa ser transmitido inconscientemente por quien no lo entiende, asumiéndolo como algo sagrado, y digno, por tanto, de ser guardado, o bien es irremisiblemente transformado por reglas inadvertidas del lenguaje que evoluciona socialmente en el transcurso de largos períodos de tiempo.
A través de la traducción que del Libro de los muertos según el papiro de Turín proporciona Boris de Rachewiltz (versión castellanizada por Ediciones Destino, 1989), resulta difícil no apercibirse de las similitudes escénicas que guardan sus páginas con el relato bíblico. «Yo soy uno de aquellos dioses -dice la primera de las fórmulas-, los Jueces que efectúan la justificación de Osiris contra sus adversarios en el día en el que son pesadas las Palabras [...] Yo soy uno de los dioses concebidos por Nut que destrozan a los adversarios del Ser con el corazón inmóvil (Osiris), que encarcelan a los Sebau para él». Diccionario: SEBAU: los «Hijos de la Rebelión», personificación de las potencias de las tinieblas que combatieron contra las de la Luz, resultando vencidas.
Veamos otros ejemplos mostrativos de dicho paralelismo:
· «Entro y salgo de la cisterna de las llamas aniquilando a los Sebau, los rebeldes en Jem».
· [Título]:«Fórmula para pasar sobre el dorso del Apep que es el Mal». Diccionario: APEP: El dragón maléfico, símbolo de las tinieblas demoníacas y del mal que diariamente se opone a la circulación de la Luz [...] Pictográficamente está representado bajo forma de una serpiente jorobada de la que surgen cuchillos.
· «Es el inicio de Ra cuando surge en Het-nen-nesut como el Ser que se ha dado forma, cuando Shu ha levantado al cielo quedándose en la altura de Jemenu [lit.: la Ciudad de los Ocho]. Él ha destruido a los Hijos de la Rebelión a la altura de Jemenu».
· «Yo soy ese gran gato que se encontraba en el lago del árbol Persea en Heliópolis la noche de la batalla en la que ocurrió la derrota de los Sebau y el día del exterminio de los adversarios del Señor del Universo [...] Respecto a aquél que está en la cuenca de Persea en Heliópolis es aquel que ha [vencido] a los Hijos de la Rebelión y a cuanto han hecho. Y respecto a la noche de la batalla es cuando llegaron al oriente del cielo y hubo batalla en el cielo y sobre la tierra hasta sus más alejadas fronteras».
· «Y los Sebau que han sido derrotados y destruidos son los aliados de Set cuando renovaron el asalto [...] Y respecto al juicio de quienes no están ya es la parálisis de las fuerzas de los Hijos de la Rebelión».
· «[...] y ellos han sido entregados al Gran Aniquilador que vive en el Valle de las Tinieblas para que no puedan escapar jamás de la vigilancia de Gueb».
· «Yo soy Set, jefe de los rebeldes [...]»
[...]
Set, Satanás, Azazel, Semyaza... ¿Son todos estos nombres apelativos culturales que adjetivan a un mismo personaje o entidad sobrehumana protagonista de una historia antigua inevitablemente distorsionada? ¿Se entabló alguna vez en un espacio adimensional una batalla espiritual entre el Bien y el Mal, en cuyo caso entenderíamos que se habría desarrollado de forma simbólica o incorpórea con desenlace incruento, o pudo, por el contrario, tener realidad física en los cielos corpóreos una especie de guerra de las galaxias en la que los actores que hacían de malos interpretaban una primera versión prototípica de Darth Vader? ¿Qué papel desempeñaron en medio de una humanidad surgente cuando, tras la derrota sufrida, fueron confinados, el líder de la sedición y sus huestes, en el planeta Tierra?
Tal vez sea un disparate pretender atribuir connotaciones de película de ciencia ficción a lenguajes que, por su propia idiosincrasia religiosa, no pueden ser accesibles sino tras de una elevada ascesis que logre quebrar la impenetrabilidad de una simbología que se escapa al común de los mortales, pero, no habiéndome desapegado aún enteramente de mis prosaicas ligaduras materiales, me resulta arduo no ver en este pasaje del capítulo 12 del Apocalipsis una descripción expresiva de un acontecimiento ocularmente «visible» y espiritualmente ininteligible: «[...] 7Y se trabó una batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles iniciaron el combate contra el dragón. 8Y el dragón peleó y con él sus ángeles, y no pudieron resistir, y no se halló ya para ellos lugar en el cielo. 9Y fue precipitado el dragón grande, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el que seduce a todo el mundo; fue precipitado a la tierra, y sus ángeles fueron con él precipitados».
El testamento numismático de Nostradamus
Este último mensaje, precisamente, es el que transmite abiertamente Nostradamus en la Carta a su hijo César fechada el 1 de marzo de 1555, escrita a modo de prefacio de sus Centurias. «Considerando también -dice el de Salon- la sentencia del verdadero Salvador, no deis cosas santas a los perros ni arrojéis perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen y volviéndose os despedacen. Esta ha sido la causa de haber retirado mi lengua al pueblo, y la pluma del papel [...] pues todo ha sido escrito en forma nebulosa».
Nostradamus habla también del futuro, de los «últimos tiempos» que tendrá que padecer esta generación humana. Él afirma sin rodeos que, al igual que otros profetas, visionarios de esos tiempos de angustia, también conoce lo que acontecerá mañana. Pero reconoce que ha escondido su lenguaje, es decir, lo ha cifrado o codificado.
Daniel Ruzo («El Testamento auténtico de Nostradamus») cree poseer la clave que permitiría descodificar ese lenguaje y encontrar la pluma que Nostradamus retiró del papel. Según este intérprete, la llave de un inicial desvelamiento se encontraría en el Testamento que el autor de las Centurias redactó ante Notario el 17 de junio de 1566, el cual permite deducir, según su teoría, que «sólo» hay (¡repárese en la cifra!) 1080 cuartetas realmente significativas, no siendo las restantes sino meros peones de una maniobra de despiste y ocultación.
Sea o no acertada esta interpretación, que, de cualquier modo, tampoco ofrece la resolución del mensaje final, sí es cierto que en la lectura del testamento de referencia se percibe cierto «tufillo» críptico subyacente a la ceremoniosa escritura notarial, y cuya sola relación detallada del dinero contante con que se pretende hacer frente al legado establecido llama nuestra atención por la coincidencia casual que guarda con las cifras que hemos venido subrayando. Baste esta breve muestra, con la que comienza el recuento, para convenir conmigo en que aquí hay algo más que dinero contante:
Dinero contante de Nostradamus:
36 Nobles rosa
Nobles rosa Nobles rosa
101 Ducados Simples
79 Angelotes
180
126 Dobles Ducados
¿Alguien puede creer aún en tanta casualidad? «Desde luego que sí -contestarán muchos-. Porque en esta disertación sesgada ni siquiera se nos ha evidenciado una casualidad que resulte asombrosa».
No voy a ser yo quien les sustraiga a estos su razón. Mientras no se demuestre de manera contundente la existencia de un código circulante a través de la historia de la humanidad, que sea, además, reproducible en laboratorio, y que explicite un mensaje, no sólo inteligible, sino también creíble y comprobable experiencialmente, no dejaremos de ser gozosos miembros de una manada de perros, o de una piara de cerdos (según nos convenga), sumergidos en la felicidad que proporciona la ignorancia de un saber del que los dioses consideran que no debemos ser partícipes. No fuera a suceder, si no, como en los tiempos de los antiguos que nos describe el durmiente Henoc (el que hacía el número 7 de nuestros primeros padres), y volviera así a reproducirse el error que cometieron los rebeldes Vigilantes celestiales que contravinieron las órdenes de un Jefe aún más celestial en grado y poder, y que, juramentándose, tomaron para sí mujeres y se contaminaron con ellas, y les enseñaron toda suerte de hechicerías y encantamientos, les instruyeron en toda clase de plantas, y quedaron embarazadas y dieron a luz a los terribles gigantes que habitaron la tierra en aquella época; y también enseñaron a los hombres a hacer espadas, les dieron a conocer los metales de la tierra y el arte de trabajarlos, y toda clase de pesadas piedras, y las constelaciones y el movimiento de los astros... Por todo ello, por desobedecer las órdenes expresas de mantener al ser humano sumido en la feliz ignorancia animal, fueron juzgados y sentenciados a permanecer eternamente encadenados en las profundidades del abismo.
Acceder al conocimiento siempre ha resultado peligroso. Tanto para el que lo recibe como para el que lo proporciona. Quizá desde aquel instante los ángeles custodios o los Vigilantes de Henoc con vocación por la enseñanza se hayan vuelto más cautelosos a la hora de transmitir al ser humano unos conocimientos que, desprendidos de todo límite de accesibilidad, a Ellos mismos les volvería otra vez a costar bien caro.
Por mi parte, creo que no me queda más remedio que continuar intentando con ingenuo anhelo rozar con los dedos el aroma que exhala la presencia del espíritu dominador del espacio y del tiempo, allá en sus celestes bóvedas mensurables, resignándome a no poseer la varita angélica traductora del Templo divino, confraternizando, entre tanto, con la manada de ignorantes menos felices por ser conscientes de la existencia de un saber que se nos niega a sabiendas, y debiendo con-tentarme con la sugerencia que Edgar Cayce, otro de nuestros visionarios nacido en Kentucky en 1877, famoso por sus «lecturas» realizadas en estado de trance, hace en una de ellas:
«[...] Esta es la interpretación. Que los períodos, vistos desde el lado material, vayan a acabarse, no tiene importancia para el alma, pero ¡cumple con tu deber hoy! Cada día trae su afán. Estos cambios de la Tierra sucederán, pues el tiempo, y los tiempos, y los medios tiempos están concluyendo, y empiezan los períodos de los ajustes. Pues, ¿qué ha dicho Él? Los justos heredarán la Tierra. ¿Tienes tú una heredad en la Tierra, hermano mío?» (núm. 294-185, 30 de junio de 1936).
Los adoradores del ángel, también llamados Yezidas
¿Quienes son los Yezidas?
Primera Nota:
¿Es verdad que son "los adoradores del diablo" ?
Tal vez como escribió R. Guénon en su crítica al libro "Aventuras en Arabia" (1) ¿Son una "pequeña religión" que puede "ser usada por intereses y fuerzas por ellos desconocidas" ?
¿Son realmente "satanistas avant la lettre" que deslumbran a occidentales con afición por el ocultismo ?
¿Por qué impactaron en el espíritu de esa rara amalgama de taumaturgo y mixtificador que fue Gurdieff ?
La presente nota y otras subsiguientes intentarán responder a estos interrogantes primarios (pues se descuenta que se presentarán otros más complejos) y permitirán al público de lengua castellana interesado en la historia de las religiones, ir conociendo a ésta muy antigua cuyo objetivo es igual a toda otra creencia o tradición religiosa: religar al ser humano con la divinidad.
¿Qué significa la palabra yezida?
El origen primigenio es el vocablo sánscrito yazata o yezad que indicaría a las deidades menores en el hiduísmo y también designa a los himnos y cantos religiosos que en paleo y medio iranio pasaron a significar ángel, con lo cual yezidas vendrían a ser "angelicales" o por extensión "adoradores del Angel" términos sinónimos son yezidis, yazidis, dasni y dasna´i .(2)
La religión yezida primigenia era el mithraísmo (adoración al dios sol) que fue evolucionando por ejemplo , rechazando la crueldad de los sacrificios masivos de animales (la famosas hecatombes donde sacrificaban a 100 caballos y 100 toros) y abandonado el carácter machista del mithraísmo (el suyo lo fue muy sui generis) se anticiparon a las reformas de Zarathustra, pero no aceptaron nunca el dualismo (bien vs. mal)
EL Sheij Adi bin Musafir ,no siendo de origen yezida marcó una profunda diferencia entre el yezidismo original. el Pir Dr. M. Othman apunta "Un velo cayó sobre las formas originales del yezidismo". Precisamente, el mote peyorativo e insultante surgió de una pésima interpretación de la teoría del Sheij Adi bin Musafir respecto al arrepentimiento y redención de Satán (en el peor de los casos el yezidismo sería un "satanismo sin Satán"

Seguramente motivada en intereses económicos pues al ser considerados lo peor entre los kafires (infieles) sus propiedades podían ser saqueadas y ellos esclavizados, como generalmente ocurrió (hubo rechazos de estas pretensiones a través de la huída a lugares de difícil acceso (el macizo Sinyar) y hasta el choque armado este heroísmo, les permitió sobrevivir. Sin embargo, presionado por Inglaterra y Francia el Sultán Abdul Madjid promulgó el Hatti Sheriff (Decreto Imperial) de 1.849, dentro de esa vasta serie de reformas iniciadas por el sultán Selim III, con la abolición del cuerpo de jenízaros, que se denomina como proceso de Tanzimat (o reforma del Imperio Otomano).
Catón, el viejo: El defensor de Roma
Marco Porcio Catón ha pasado a la historia como uno de los personajes más relevantes de la Roma republicana. Su pensamiento reaccionario y su carácter insobornable ante las influencias extranjeras dieron forma a los conceptos patrióticos que marcaron el ánimo de la potencia más poderosa del mundo antiguo. Un personaje que hoy recordamos por su integridad y sapiencia...
Nació en el seno de una humilde familia en el año 234 a. de C., en Tusculum, localidad donde vivió sus primeros años. El apellido Porcio venía a resaltar que su clan había cuidado cerdos en épocas pretéritas, mientras que lo de Catón hacía referencia a que en su linaje abundaban gentes muy astutas.
El joven Marco, que se dedicó a la agricultura, no era muy agraciado ya que su aspecto mostraba a un hombre de pelo rojizo, cara asimétrica cubierta por cicatrices y boca desdentada, y manos ásperas como el pedernal.
En fin, que no era Adonis, pero ni falta que le hacía: su inteligencia brillaba con energía propia y la suerte quiso que un viejo senador asqueado de la vida social y política que vivía en Roma fuera a establecerse en una villa contigua a las tierras que cultivaba nuestro personaje.
Los dos vecinos entablaron amistad y pronto, el veterano patricio se percató de que era algo más que un campesino analfabeto. En efecto, Catón tenía amplias inquietudes intelectuales y leía los textos clásicos a escondidas de sus parientes.
El senador jubilado supo ver en los ojos del muchacho que un dechado de virtudes se escondía en el interior de su alma y lo animó a ser letrado en Roma. El joven no descartó el sabio consejo y viajó a la capital con la esperanza de doctorarse en leyes.
Lejos del fracaso, ganó una docena de pleitos y su fama creció como la espuma. Al poco tenía su propio equipo de abogados, lo que le permitió alcanzar méritos suficientes para alcanzar el cargo de edil -a los treinta años- tras ganar las consiguientes elecciones.
Al año siguiente fue elegido pretor, cargo que ejerció en Sicilia, y tres años más tarde alcanzó la gloria con su elección consular.
Catón en Hispania
La situación en la recién conquistada provincia occidental era anárquica y muy comprometida para la república, dado que decenas de tribus ibéricas hostigaban constantemente a las mal pertrechadas legiones romanas.
Así pues, la solución al problema pasaba por una acción de escarmiento que doblegara el ánimo aborigen, lo que dejaría el camino allanado para la explotación comercial de la Península Ibérica.
En el verano del año 195 a. de C., 25 naves cargadas de legionarios llegaban al puerto de Rhode -la actual Rosas (Girona)-. Con presteza, las columnas romanas desembarcaron dirigiéndose a Emporion -Ampurias-, donde se entrenaron a conciencia para la misión que debían asumir en aquel terreno tan hostil.
Algunas tribus como los ilergetas, por entonces muy debilitados, quisieron negociar alianzas ventajosas. Sin embargo, Catón, decidido a dar un golpe definitivo, escuchó con oídos tapados las propuestas nativas tomando algunos rehenes para impedir cualquier ataque por la espalda.
A las pocas semanas, el ejército romano estuvo dispuesto para enfrentarse a los rebeldes. La batalla se libró cerca de la misma Emporion con resultado favorable para los latinos, quienes además aprovecharon la estación veraniega para llenar los almacenes de aprovisionamiento.
Con el excedente se enviaron naves a Roma que llevaron no sólo el preciado grano, sino un claro mensaje de Catón: "La guerra se alimentará de sí misma". Con esta sentencia, el cónsul confirmaba que su permanencia en Hispania no sería gravosa para Roma y que, mientras durase, se abastecería del propio terreno enemigo.
Mientras tanto, los turdetanos de la Ulterior se habían levantado en armas contra Roma. Su abundante riqueza les permitió contratar a miles de mercenarios celtíberos con los que pretendían expulsar a los romanos del valle del Guadalquivir.
Catón acudió con su ejército y convenció a los celtíberos para que retornaran a sus tierras. Esta acción impidió una guerra generalizada en el sur peninsular, si bien es cierto que el ejército romano atravesó la Celtiberia en una demostración de fuerza hacia las tribus del interior.
Al concluir el año y, en consecuencia, su mandato, el cónsul regresó a Roma para rendir cuentas sobre su expedición a Hispania con un resultado óptimo. La rapiña incautada fue impresionante: 25.000 libras de plata, 1.400 de oro, 123.000 denarios y 540.000 monedas de plata. El Senado, conmovido por tanto brillo, no tuvo ninguna duda a la hora de otorgarle el triunfo sobre aquella gesta.
Contra Grecia
El ilustre político fue muy longevo, pero a lo largo de sus 85 años de vida hizo gala de un espíritu reaccionario a prueba de influencias helenísticas. De hecho odiaba todo lo que evocara a Grecia. Consideraba que los aires orientales minarían los cimientos de Roma tarde o temprano.
Catón fue el primero que escribió en latín para oponerse a los que lo hacían en griego. En aquel tiempo, las corrientes culturales helenas invadían Roma, hasta el punto de que muchas familias patricias, incluida la de los Escipiones, se dejaron llevar por el influjo estético e intelectual llegado de Oriente.
Estos círculos influenciados por lo helenístico promulgaban un refinamiento de la sociedad, una admiración por la belleza y una apuesta clara por la filosofía vital de los grandes intelectuales nacidos en aquella tierra virginal para las formas democráticas y civilizadas.
Daba la impresión de que frente a un griego, un romano parecía un bárbaro, y Catón se rebeló ante ello. Por ese motivo, sus textos se publicaron en latín, lo que le valió ganar el privilegio de ser considerado "padre de las letras latinas".
Poco se ha conservado de su legado escrito. Únicamente se conoce un tratado de agricultura y algunos párrafos de sus obras, aunque se sabe que generó una extensa obra literaria que abarcaba discursos, ensayos y, sobre todo, una enciclopedia histórica sobre los orígenes de Roma.
La sabiduría de Catón abarcaba ámbitos que iban desde la medicina a la agricultura, pasando por la estrategia militar. Era todo un erudito al servicio de la Roma más enraizada en las tradiciones ancestrales, un defensor de las costumbres netamente romanas y detractor de las tendencias extranjeras que pudieran contaminar su amada ciudad.
Catón mantuvo una forma de vida austera; nunca acumuló más riqueza que la necesaria para vivir modestamente, lo que favoreció sus continuas victorias en las urnas.
Es cierto que no gozaba de mucha simpatía entre la clase política y la plebe, pero todos le reconocían como un romano íntegro, incorruptible, alguien al que no se podía sobornar con dinero o argumentos banales.
Por no hablar de su oratoria, que era seca, contundente y cargada de una ironía que en ocasiones rozaba el sarcasmo. Era el dedo acusador de los desmanes cometidos por una población que se empezaba a dedicar a la molicie, víctimas de la abundancia llegada desde las provincias conquistadas.
Catón, posiblemente, fue de los primeros en percatarse del hipotético futuro que le esperaba a Roma de seguir las cosas por el camino que se había iniciado. Advirtió, con encendidos reproches, que la ciudad eterna y el universo creado por ella debían prevalecer por encima de injustificados cultos a valores superficiales e inocuos.
Por ejemplo, criticó con severidad en el año 184 a. de C. que no se pidieran cuentas a los Escipiones sobre su actuación en tierras de Oriente.
Éste asunto acabó con la carrera política de Escipión, "el africano", un héroe admirado y respetado por la ciudadanía romana desde su victoria sobre Aníbal, lo que sin embargo no fue óbice para que afirmara de forma airada que Roma estaba por encima de sus héroes.
Como digo, Catón fue alguien odioso que acumuló cientos de enemigos, aunque nadie le rechistó públicamente, porque, en el fondo, todos intuían que tenía razón.
No en vano, uno de sus apelativos más populares fue el de "censor", nombramiento que obtuvo en el año 184 a. de C., y desde el que ejerció una presión total sobre la inmoralidad que se vivía en la ciudad.
El triunfo sobre Cartago en la segunda guerra púnica no fue suficiente para él, por ver en la potencia africana a un irreconciliable enemigo. Durante años animó al Senado para que emprendiera una guerra definitiva sobre Cartago.
El propio Catón visitó ésta urbe comprobando horrorizado su resurgimiento. Finalmente estalló la Tercera y definitiva Guerra Púnica justo antes de la muerte de uno de sus mayores instigadores.
Catón falleció complacido al saber que las legiones marchaban sobre Cartago para destruirla hasta los cimientos. Ésa fue, seguramente, su última sonrisa en este mundo.
SHALOM