Garzón y el complejo de Núremberg
La vida no es posible sin olvido. No descubro nada. Nietzsche ya lo dijo en numerosas ocasiones y Borges hizo su versión con Funes el memorioso. Sí. Esto parece contradecir las ingenuas esperanzas de la historiografía decimonónica todavía imperante entre la opinión pública, según la cual solo con un conocimiento exhaustivo del tiempo pasado es posible evitar en el presente todos los errores cometidos. Esta visión de la historia sufre de la miopía de cuantos han aplicado el método de ensayo y error científico al mundo de la vida. Pero es bien fácil de echar por tierra; bastaría con que cada uno de cuantos creen en esa visión del pasado como maestra del presente se preguntaran a sí mismos con inmisericorde sinceridad: «¿Acaso cada error que he cometido en mi vida pasada es garantía para mí de que no los volveré a cometer en el futuro? ¿Acaso no he cometido, en muchas ocasiones, el mismo error varias —e incluso muchísismas— veces?» Es más: pensar que el pasado debe quedar máximamente registrado para que sirva narcisistamente a cada generación viva en sus avatares es tan ingenuo como pensar que las mismas causas producen los mismos efectos en el tiempo histórico de las sociedades y de las vidas de los individuos. Por eso Nietzsche tenía razón: el olvido es una de las dimensiones históricas más importantes, porque sin olvido no es posible que la vida, en sus pulsiones, se abra los espacios adecuados para su continuación. La vida se paralizaría a cada instante si tuviera que desplegarse a través de juicios analíticos y comparativos de las experiencias pasadas en cada uno de nosotros y en cada uno de cuantos nos antecedieron.
La dimensión moral del olvido es el perdón. Aquí ya todo se llena de dificultades, porque una cosa es defender que, estructural y antropológicamente, la vida solo progresa en un baile peligroso de conocimiento e ignorancia del pasado, y otra cosa bien distinta aplicar esta estructura a la vida moral. El perdón solo es posible cuando la voluntad de un hombre es atravesada por el amor hacia el otro. Sin amor, en sentido amplio, no puede producirse el perdón. Basta con que el amor al otro surja por la humanidad propia que aquel que perdona observa en quien cometió la falta. Por ello no es legítimo pretender aplicar al milímetro la necesidad del olvido como estrategia vital de la vida histórica a la libertad de perdonar que se produce en la vida moral de los individuos. En todo caso, el olvido es una estrategia ineludible para la vida de las generaciones, mientras que el perdón es un acto libre de la voluntad determinada por el amor; en tal sentido, mientras que el primero es, por así decir, una necesidad vital como el agua, el segundo brota de la libre voluntad de cada ser humano en su relación moral con el otro.
La cuestión llega al nivel máximo de complejidad cuando vida y moral se unen en esa institución normativa que es el Derecho. La dimensión jurídica del olvido es la amnistía. Aquí, según mi opinión, considero que debe primar siempre la pulsión vital sobre la pulsión moral. La amnistía constituye la objetivación pública del olvido histórico y del perdón moral de una sociedad. Una comunidad dispuesta a perdonar es ya una comunidad que pone en funcionamiento los mecanismos del olvido en cuyos intersticios se abre la vida en común, se cierra el camino al remordimiento y se interrumpe la herencia del resentimiento. Por eso, creo muy preocupante el creciente envanecimiento del poder judicial en nuestras sociedades democráticas, porque ningún juez lo es de la historia, sino solo de casos puntuales individualizados; porque ningún juez representa la aristocracia historiográfica, sino que su tiempo debe quedar acotado a lo inmediato; porque ningún juez puede alzarse como la voz moral de la redención de una historia de dolor común a todos los hombres.
Esto lo pudieron hacer aquellos hombres de Núremberg, que, vencedores y con la legitimidad que ofrece la inmediatez del horror, improvisaron juicios moralmente irreprochables. Sin embargo, pensar que aquella situación excepcional puede reproducirse a capricho en cualquier momento de normalidad democrática, es un craso error que dificulta la convivencia, pues toda la historia humana es una acumulación de culpa que sólo puede superarse con fuertes dosis de olvido.
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